martes, 17 de marzo de 2026

Isak Dinesen: la historia de las historias

 

DGD: Postales, 2022-2026.

 

r e t r a t o s   (e n)   (c o n)   p o s t a l e s

Isak Dinesen: fragmentos

 

[Karen Christence Dinesen, conocida por su apellido matrimonial, baronesa Karen Blixen-Finecke, y ante todo por su seudónimo literario, Isak Dinesen (Rungsted, Dinamarca, abril 17 de 1885-idem, septiembre 7 de 1962), cifra su renombre en la novela autobiográfica Memorias de África (1937), que tiene, como los libros esenciales, un principio resonante: “Yo tuve una granja en África, al pie de las colinas de Ngong”. Autora, además de varias colecciones de relatos y dos novelas, jamás quiso asumirse como escritora y prefirió siempre llamarse narradora de historias. Y en efecto, pocos como ella han asumido la tradición oral de distintos continentes a un grado apenas imaginable de abundancia y virtuosismo. Heredera de laberintos literarios como las Mil y Una Noches, era capaz de hilvanar tapices narrativos de cuentos dentro de cuentos no como piezas separadas sino como intrincadas estructuras en donde una historia sólo puede justificarse en otra, y ésta en una más, para formar contenidos que no terminan por diluirse en el juego de espejos sino se concentran en la construcción de personajes tan concretos y complejos como los de la vida cotidiana. La novelista Eudora Welty lo sintetizó con acierto: “De una historia [Dinesen] extraía la esencia, de la esencia hacía un elixir, y con el elixir se dedicaba a componer otra historia, de la que extraía la esencia...”. Percepción insólita, la de quien entiende el mundo como una múltiple secuencia narrativa extendida desde una sola historia que está en el fondo de todas las demás, narradas o aún por contar. Fragmentos, además, en los que no sólo se describen personalidades y sucesos, sino que ellos están enmarcados en una cosmovisión, en una filosofía única en la que conviven la ironía y la profundidad. Una diminuta muestra se reúne aquí; proviene de tres de los Siete cuentos góticos (1934): “Los caminos de los alrededores de Pisa”, “El viejo caballero” y “El mono”. (DGD)]

 

Tu propio yo, tu personalidad y existencia, se reflejan en el espíritu de cada una de las personas con las que te relacionas y convives a la manera de un retrato, de una caricatura de ti mismo que se nutre de tu verdad y, en cierto modo, pretende encarnarla. Incluso un retrato favorecedor es una caricatura y una mentira.

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Si nos dijeran que un simple instante de nuestra vida, incluso uno de los que nosotros consideramos más felices, iba a durar eternamente, concluiríamos que habíamos alcanzado, no la dicha eterna, sino el perpetuo sufrimiento.

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La vida tiene su ley de gravitación espiritual, igual que física.

 


Ese es justamente el defecto de mi relato: que no tiene fin. Es algo fascinante, el fin. Los finales son siempre falsos, convenciones para poder salir.

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La obra que se estaba representando era la inmortal Venganza de la verdad, la más encantadora de las comedias de marionetas. Todo el mundo recordará cómo se origina la trama cuando una bruja lanza, sobre una casa en la que están juntos todos los personajes, una maldición por la que cualquier mentira que se diga dentro de ella se convertirá en verdad. Así, la joven mercenaria que trata de cazar a un marido rico haciéndole creer que lo ama se enamora de él; el fanfarrón se convierte en héroe; el hipócrita acaba volviéndose virtuoso; el viejo avaro que dice a la gente que es pobre pierde todo su dinero.

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Todo ser humano con el que tropezamos y llegamos a conocer es en definitiva algo para nuestro espíritu, como un árbol plantado en nuestros jardines.

 


—Cuando era pequeña —dijo—, me decían que no cometiera nunca la tontería de enseñar una cosa a medio terminar. Pero ¿qué otra cosa hace el Señor con nosotros a lo largo de nuestra vida?

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Su contacto me hacía daño como hace daño el contacto de un hierro ardiente un día de invierno: uno no sabe si el dolor proviene del calor o del frío.

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Siempre he considerado injusto que la mujer no haya estado nunca sola en el mundo. Adán tuvo su tiempo, largo o breve, en el que pudo vagar por una tierra fresca y apacible, entre los animales, dueño absoluto de su alma, y la mayoría de los hombres nacen con un recuerdo de ese periodo. Pero la pobre Eva lo descubrió ya ahí, con todo el derecho sobre ella, en el instante en que abrió los ojos al mundo. Esa es una queja que la mujer ha tenido siempre contra su Creador: siente que tiene derecho a una etapa en el Paraíso para ella sola.

 


En aquel tiempo, el cuerpo de una mujer era un secreto que sus vestidos hacían lo posible por guardar. Las ropas [...] estaban destinadas a transformar el cuerpo que envolvían, y crear una silueta muy alejada de la forma real, para generar un misterio que era un privilegio divino resolver. Los anchos y rígidos corsés, las ballenas, faldas y enaguas, polisones y drapeados, toda esa masa de telas bajo las que las mujeres de mi época se enterraban y ataban hasta donde podían resistir..., todo eso tenía un fin: disfrazar. [...] Una mujer era entonces una obra de arte, producto de siglos de civilización, y uno hablaba de su figura con la admiración que se tributa a la proeza de un artista hábil e incansable. [...] Nada es misterioso sino hasta que simboliza algo. Las mujeres de entonces eran más que un mero conjunto de individuos. Simbolizaban, o representaban, a la Mujer. Comprendo que la palabra misma, en ese sentido, ha desaparecido del lenguaje. Mientras nosotros hablábamos de la mujer, ustedes hablan de las mujeres. Y ahí está la diferencia.

 


¿Qué es lo que se compra muy caro, se ofrece a cambio de nada y después se rechaza casi siempre? La experiencia, la experiencia de los viejos. Si los hijos de Adán y Eva hubieran estado dispuestos a hacer uso de la experiencia de sus padres, el mundo se habría comportado con sensatez hace seis mil años.

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—Ah —dijo la priora con gran energía—, el doctor Sass, que fue sacerdote de Closter Seven en el siglo XVII, afirmaba que en el Paraíso, hasta la caída, el mundo entero era plano, el telón de fondo del Señor, y que es el diablo quien inventó una tercera dimensión. Así, las palabras “recto”, “cuadrado” y “plano” son nobles, pero la manzana era un orbe, y el pecado de nuestros primeros padres fue su intento de circundar a Dios. Yo misma prefiero mucho más el arte de la pintura que el de la escultura.

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La verdadera diferencia entre Dios y los seres humanos, pensó, está en que Dios no soporta la continuidad: no bien ha creado una estación del año, o una hora del día, se le antoja algo distinto, y lo suprime todo. No bien ha llegado uno a la juventud, y es feliz, cuando la naturaleza de las cosas lo arroja al matrimonio, al martirio y a la vejez. Y los seres humanos se aferran a esa situación. Sus vidas pugnan por sujetar fuertemente el instante, y luchan contra una force majeure; su arte no es sino un intento de atrapar por todos los medios un momento concreto, un estado de ánimo, una luz, una belleza fugaz de una mujer o de una flor, y hacerlos durar eternamente. Es un error, pensó, imaginar al Paraíso como un estado inmutable de dicha. Al contrario, probablemente se revelará, en el verdadero espíritu de Dios, como un fluctuar incesante, un remolino de cambio. Sólo que, para entonces, puede que te hayas fundido con Dios, y haya empezado a gustarte.

 


—Una pasión como esta, Boris —dijo—, que te devora real y efectivamente el corazón y el alma, no puedes sentirla por seres humanos individuales. Tal vez no puedes sentirla por nada capaz de amarte a cambio.

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Para él, el teatro era la vida real. Cuando no podía actuar, se sentía perplejo ante el mundo y no sabía qué hacer; pero como su verdadera personalidad era la del actor, en cuanto podía ver una situación bajo la luz del teatro, se sentía a gusto en ella.

 


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Isak Dinesen: Cuentos reunidos, Alfaguara, Madrid, 2011.

Isak Dinesen: Memorias de África, Alfaguara, Madrid, 2011.

 

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