martes, 6 de septiembre de 2011

Un texto de Ana Alonzo sobre Mil usos curativos del fuego

DGD: Textil 116 (clonografía), 2010

Mil usos curativos del fuego, de Daniel González Dueñas
(Ediciones Intempestivas, Monterrey, 2011)

Ana Alonzo

A Daniel,
Adán y él


Quizás el principio de esta presentación tenga que ver con ese principio, lejano y secreto, que San Juan dicta en su evangelio: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Éste era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas” (Jn. 1:1-3). La inauguración del mundo, de la vida humana y de todo lo sagrado que hay en ella, viene de la palabra, del Verbo. Y este principio fue el que Adán, el primer hombre según la tradición judeocristiana, siguió en cuanto fue insuflado de vida por Dios, al sexto día de la Creación.

En el Génesis se menciona que la primera tarea encomendada a Adán fue labrar y cuidar el jardín del Edén. Viendo que el hombre estaba solo, “Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera”. Este pasaje bíblico nos obliga a imaginar que, para Adán, “aquél que es hombre”, “aquél hecho de barro”, no fue tarea fácil nombrar, por ejemplo, las 2,400 especies de aves, pues, aunque Adán las nombrara genéricamente, al menos doscientos nombres tuvo que otorgar, sin contar los nombres de los animales domésticos y las bestias del campo. Aunque parezca ingenua esta suposición, lo cierto es que la tarea fue ardua para Adán, pues inmediatamente después de mencionarla, se lee en el Génesis que “puso Adán nombre a toda bestia y ave de los cielos y a todo ganado del campo; mas para Adán no se halló ayuda idónea para él”.

Nombrar, dar a los animales una identidad única a través de la palabra (es decir, hacerles un llamado al que pudieran responder, en todo momento y en cualquier lugar), supone un esfuerzo, una búsqueda de auxilio y de “ayuda idónea” que Adán no halló, aun cuando hubo sido hecho a imagen y semejanza de Dios.

Si todo fue creado por el Verbo divino, lo que se solicita a Adán es que, como primer hombre en el Edén, continúe la labor creativa del Verbo, y siga ejercitando el arte de discernir la esencia de cada una de las cosas creadas. Podemos imaginar entonces a un Adán que sabe reconocer la naturaleza marítima del albatros, las costumbres nocturnas del búho, la habilidad cazadora del águila o la inmovilidad en el aire que sólo el colibrí consigue.

Cuando Adán prolonga el acto creativo del Verbo, lo prolonga también en un acto amoroso y constante, pues de dónde sino del amor surge la capacidad para ver y reconocer en cada ser viviente aquello que lo hace único, especial e imprescindible para su Creador.

Si para este primer hombre la primera tarea fue usar el Verbo divino, quizá debamos hacer un pequeño homenaje a todos aquellos que se han dedicado a prolongar esa tarea creativa y, a través de ella, lograr que podamos reconocernos, unos a otros, a través de la palabra.

Entre Adán y Daniel no hay una línea de tiempo, hay un espacio de ecos. Los ecos del Verbo aquel que inaugura emociones, ideas y afanes, cuando nos permitimos dar tregua al ruido circundante.

Daniel, como Adán, más que nombrar, repite ese sonido primigenio. Ambos lo repiten sin imitación, sin duplicación, sino más bien, hallan el sonido que, en su pronunciación, es distinto, pero igual en su silencio, en su origen.

Pero aquí debemos hacernos un par de preguntas: ¿puede haber ecos distintos?, ¿puede haber un eco del silencio? Es oportuno citar a Daniel para dar respuesta a estas interrogantes. Cuando escuchamos “Mil usos curativos del fuego”, captamos un eco, esto es, un significado peculiar, único. Sin embargo, cuando con este mismo verso Daniel nos hace escuchar “Mi luz oscura a ti, voz del fuego”, tenemos un eco distinto de aquello que, en su principio, fue igual. Ese principio no es otro que el silencio, ese lugar en que anida el Verbo antes de volar a nuestros oídos.

Más que enfatizar un tono en ciertas palabras para cambiar su significado, lo que diferencia a estas frases no es meramente el empeño pianístico de presionar las teclas para conseguir notas altas o notas bajas. La diferencia es el silencio que media entre un eco y otro, entre un significado y otro, pues es el silencio, justamente, el que purifica a la inmovilidad del pensamiento. Si escuchamos la enumeración “sol luna agua acero”, nuestra mente fija la secuencia. Sin embargo, Daniel nos invita a escuchar, en una sucesión insólita, aquellos ecos que las palabras esconden y, entonces, nuestra mente se libera de fijaciones para rodar con los sonidos:


_______sol luna agua acero
_______sol, un aguacero
__________un agua cero
____________agua ser o


Más que un juego de palabras, es un juego de silencios. Cuando estos silencios se abren paso en las letras, encontramos caminos de agua, caminos de una transparencia semántica que no imaginábamos. Escuchemos, por ejemplo, cómo se acomodan los silencios en el siguiente verso: “cómo pesa no nadarte”. Aquí los silencios, como el agua, atravesaron ciertas letras. Pero, tal como afirma Heráclito, “nadie se baña dos veces en el mismo río”, así que este silencio caudaloso, al pasar por las mismas palabras, abre otro camino semántico, uno que adquiere un tono más alegre que el primero: “como pez anonadarte”.

Daniel González Dueñas, en el poemario Mil usos curativos del fuego, nos enseña a nadar en esos ríos de silencio y a descubrir la fluidez de los sonidos. A través de los cincuenta y dos poemas que conforman el libro, el poeta ejercita nuestra capacidad de escucha y de asombro. En cada poema se podrán percibir los ecos de ese Verbo primigenio, y se podrá participar también de esa tarea que compartimos con Adán, no de nombrar, como él, sino de renombrar. Tarea no más o menos difícil sino igual de fascinante, tal como se descubre en estos poemas que Daniel llama armónicos, en lugar de ecos.

Para Daniel, el nombre de “armónicos”, como bautiza a los juegos sonoros que se consiguen usando otras figuras retóricas, como la jitanjáfora, el palindroma o el calembur, es más preciso que estos nombres porque surgen, no del encanto fácil del juego (como las mencionadas figuras retóricas), sino de una búsqueda del sonido fundamental a través de dos caminos: la vibración de las palabras y la ondulación de los silencios.

De esta manera, creo, deben comprenderse los hallazgos tan radiantes que Daniel comparte con nosotros. Uno de ellos es el poema “Asterión”, en el cual los personajes de ese mito se presentan como un coro griego para recordarnos que la existencia es recorrer un laberinto, y que en el centro hay un minotauro, un Asterión que no espera a alguien que pueda salvarlo, sino que ora para salir del laberinto de sí mismo. Escuchemos su canto: “Asterión, para salir de Minotauro, ora”. Escuchemos también a Teseo, su redentor: “Teseo: Sea nocivo, ya hogar mentí”. Pero en el revés de esta historia, Teseo también dice, quizás a Ariadna, quizás al Minotauro: “Te sé océanos y voy a ahogarme en ti”.

El eco de Adán, en Daniel, toma diversas formas: la de un Cometa, un Delfín, un Camino o un Desierto. Cada una de estas formas da título a respectivos poemas de este libro, y es admirable cómo los sonidos llegan con las formas. La luna, por ejemplo, aparece con estos sonidos:


_______Luna a ti, cósmico sol, vida a dos,
_______Lunáticos micos olvidados

_______Sólido neón hace lunática
_______Sol idóneo nace: luna ática.

_______Simios curan a tu raleza
_______Sí, mi oscura naturaleza.


Las llamas, por ejemplo, no habían tenido un sonido tan fulgurante como su naturaleza:


_______Sí, nacerme llamas
_______Sin hacer mella, mas
_______Sin hacerme ya más
_______(sin nacer me llamas).


Ya sea que esas formas sean circulares, transparentes o poligonales (tal como se nombran tres de las cinco partes que conforman el libro), todos los armónicos son amortiguadores de fogonazo o galopes en tiempo de suspensión (tal como se llaman las otras dos).

Paul Valéry alguna vez dijo que “el verdadero poeta es el que inspira”. Por tanto, creo que quienes se acerquen a este libro, estarán tentados a continuar la tarea de buscar las resonancias de esos sonidos fundamentales. Daniel, al menos, inspiró a esta lectora a buscar un armónico y a encontrar un eco, que es el siguiente y con el cual cierro esta presentación:


_______A Daniel
_______Adán y él
_______nadan en la nada
_______adivinan:
_______Adán a Daniel
_______Él a nada
_______nada a Nadie
_______Nadie a él.


*



[Texto leído en la presentación del libro Mil usos curativos del fuego, agosto 24 de 2011.]