martes, 16 de febrero de 2010

Vuelta del unicornio

DGD: Textil 57, 2005

a Ducel

“¿Para qué preguntar si no sabes de antemano la respuesta?”, afirma aquella enigmática pregunta que es en sí una respuesta. Sabemos que el unicornio no existe, pero también sabemos que, puesto que no existe, no sabríamos reconocerlo si nos topamos con uno. Por eso preguntamos “¿qué es un unicornio?”. En el fondo sabemos que existe, e incluso qué y cómo es, pero queremos que se nos den los elementos necesarios para reconocerlo (es decir, para reconocer que, con los elementos suficientes, seríamos capaces de reconocerlo). No nos importa que la posibilidad de encontrar a un unicornio sea baja o alta, del mismo modo en que, en el fondo, no nos importan en absoluto todas esas pruebas y condiciones, todo ese cálculo de probabilidades que nos permiten afirmar, o negar, que algo existe. Sabemos la respuesta a cualquier pregunta, pero necesitamos saber que la sabemos; nos resulta imprescindible que los demás nos recuerden nuestra más elemental capacidad, la de conocer íntimamente al unicornio y, en general, la de reconocer la existencia de todo lo que no existe, la infinita posibilidad de lo imposible.
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