sábado, 15 de agosto de 2009

Un texto de Ana Alonzo sobre Rosa Blanda

DGD: Serie Rosaceae 3, 2009
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En la claridad de líneas que parecen ríos
Ana Alonzo
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Samuel Taylor Coleridge, un poeta inglés, se preguntaba: “Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces qué?”. Esta pregunta suele estar en nuestra boca más veces de las que podemos recordar. Ese “¿entonces qué?”, tan desprovisto de respuestas, suele ser la expresión más común que cierra un episodio amoroso: el “¿entonces qué?”, en estos casos, quiere decir: “¿entonces para qué viví este amor?, ¿entonces por qué termina esta relación?, ¿entonces por qué te conocí?”. Parecería que el amor, visto así, es un mundo que sólo podemos visitar ocasionalmente, y los testimonios que traemos de vuelta de esa visita —las cartas, los regalos, las fotografías— se convierten en esa interrogante que Coleridge formula desde su hipotética flor. Sin embargo, la pregunta “¿entonces qué?”, más que anclarnos en la duda, nos obliga a nadar en la invención de todos los mundos posibles que se abren cuando alguien logra visitar el mundo de otro.
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Por supuesto, Coleridge no se refería al amor en la frase citada, sino al Paraíso que, por extensión, es más bien un mundo inaccesible, un mundo posible en la imaginación, mas no en la realidad. Y, claro está, su hipótesis se refiere más a las consecuencias que a las causas del suceso, es decir, si alguien pudiera entrar a un mundo que no le pertenece, y pidiera un testimonio, y regresara a su mundo con un objeto que atestiguara esa visita, ¿entonces, qué consecuencias tendría para los demás habitantes de ese mundo la visita que esta sola persona hiciera al otro mundo? Es decir, qué habría sucedido si, por ejemplo, Cristo nos hubiera dado un testimonio “visible” de que era hijo de Dios: una pluma del ala de un ángel o una flor que no se marchitara nunca. Si tuviéramos estos objetos, ¿nos bastarían para creer en el Paraíso? Siguiendo esta lógica, creo que la pregunta de Coleridge sugiere más la fascinación que tenemos hacia la incertidumbre que aquella que podríamos tener hacia la certeza. Esta última impone una disciplina a la voluntad, pero la ambigüedad disciplina en el asombro.
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Si lo pensamos bien, quizás esto explica por qué las certidumbres no nos gustan tanto. Éstas se traducen en decisiones que, por muy difíciles que puedan parecer, siempre se toman para recorrer un camino ya trazado. En cambio, las incertidumbres resultan más encantadoras porque nos dan la posibilidad, racionalmente absurda, de creer que el mero hecho de andar un camino provoca que se tracen otras vías. Quizá nunca conoceremos esas nuevas vías, pero las imaginamos mejores, menos accidentadas, más amables. La ambigüedad, la incertidumbre, la duda, son palabras que inauguran destinos, siempre y cuando la imaginación nos auxilie y la creatividad nos salve de andar a tientas por los caminos del ensueño.
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Pienso, entonces, que Rosa Blanda es un homenaje a la ambigüedad, a la del amor, y a la de los mundos posibles. Y lo creo justamente porque al leer este libro, tenemos la certidumbre de que el enigma es lo que nos alimenta el alma. Desde sus primeras líneas se conjura lo obvio y se inaugura lo posible: “Paloma, espada, naipe, rosa, tormenta. Podría haber empleado cualquier término para nombrarte y no hubiera mentido”. Desde estas líneas entendemos que el panteísmo del amor hace que todos los mundos sean posibles porque uno solo lo es. Recibir esta revelación desde el inicio hace de Rosa Blanda el testimonio de un mundo que convive con éste porque se comunica, porque responde a cualquier pregunta sobre el aquí y el ahora de la conciencia amorosa.
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Rosa Blanda es novela, es poesía, es ensayo y, por ser todo esto, es, para el lector, una ejercitación de la sensibilidad. La trama de un joven archivista que se enamora de una bruja establece un diálogo con todas las formas escriturales irreversiblemente posibles, “porque hay algunas cosas que sólo comienzan a existir cuando alguien las interrelaciona”, como se afirma en el texto. Esas formas son la poesía y el ensayo que se leen en la claridad de líneas que parecen ríos. El ritmo de la lectura es una modulación de silencios que nos preparan para revelaciones como esta: “En el fondo de todo recuerdo late la certeza de que hay algo más que no podemos olvidar”.
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La trama de Rosa Blanda descansa más en las imágenes y en las ideas, que en las acciones mismas. Y es la posibilidad para el lector de reconocer, en las palabras, formas que limpian la mirada. La lectura de Rosa Blanda sugiere una visita a un mundo paralelo, que hace excepcional el regreso al mundo de la vigilia. Cada vez que uno detiene la lectura, es porque está descubriendo que “una pareja enamorada es el testimonio vivo de la caducidad del reino de la Costumbre, de sus dudosos privilegios”, o porque está entendiendo que “los amantes no temen recordar el mundo para asumirlo”.
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Quien escribe así, creo, tiene una disposición espiritual tan cercana al milagro que puede hacer, de cada palabra, un templo para la memoria. Eso que muchas personas llaman “el poder evocativo” de la literatura, que no es otra cosa que el poder recordar algo de nosotros mismos, hace de Rosa Blanda un libro íntimo, no sólo porque conforme se avanza en la lectura se escuchan los ecos de nuestras propias historias amorosas, sino porque también escuchamos los ecos de lo que imaginamos que serían y, tal vez, de lo que serán. Quizás esta sea la razón de que Rosa Blanda es también un ensayo sobre la Memoria; a partir de la narración de una historia amorosa podemos descubrir que “la Memoria se recuerda y juega; no hay quien recuerde si no aprende a jugar [...]. En cambio, hay quien olvide, porque la Amnesia es la única que puede administrarse”.
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Si el amor es un mundo alterno a éste, un mundo del que podemos entrar y salir, creo que muchos podríamos elegir este libro como testimonio de lo que es visitar ese lugar de unión tan parecido a lo que creemos que es el Paraíso. La flor de Coleridge podría ser Rosa Blanda. Y, aunque en este libro se afirme que “atisbar los milagros no basta para cambiar los ojos”, creo que la obra de Daniel González Dueñas sí tiene el poder para cambiar nuestra mirada, porque su obra nos hace participar del milagro y nos da un testimonio de él, una respuesta, una rosa blanda.
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[Texto leído por la autora en la presentación de Rosa Blanda (Ediciones Sin Nombre, col. Los Libros de la Oruga, México, 2009), Casa Refugio Citlaltépetl, julio 21 de 2009.]
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[Ana Leonor Cuandón Alonzo es licenciada en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma Metropolitana, y pasante de Maestría en Letras Latinoamericanas por la UNAM. Se ha desempeñado como maestra e investigadora en diferentes instituciones educativas. Sus principales temas de investigación son la poesía, bajo el enfoque de la mitocrítica. Ha escrito la columna “Lecturas compartidas” para el suplemento cultural Caravansary, del periódico Tabasco Hoy, y para Diario Monitor. Desde el 2007 está adscrita a la Academia de Lenguaje y Pensamiento de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, como maestra e investigadora de tiempo completo.]
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