jueves, 16 de febrero de 2012

Michelet y el mar


DGD: Paisajes-Serie azul 25 (clonografía), 2012


Cuando Jules Michelet se disponía a escribir un gran tratado sobre el mar (La Mer, 1861), lo primero que hizo fue usar esa inmensidad y ese tremendo poderío como punto de referencia del ser humano: “Si nosotros necesitamos del mar, en cambio el mar no nos necesita para nada. Puede pasar muy bien sin el hombre. A la Naturaleza parece no importarle gran cosa ese testigo: Dios es el único que se encuentra ahí como en su casa”.

En este punto imagina que el mar nos dice, burlón y engreído, desde el fondo de su inmutabilidad: “Mañana tú dejarás de ser, y yo soy eterno. Tus huesos reposarán bajo la tierra, se disolverán en el transcurso de los siglos, y yo existiré aún, majestuoso, indiferente, equilibrada la grande vida que me armoniza a la vida de los mundos lejanos”.

Michelet ve en el mar a la gran metáfora: sólo vemos la superficie y el mar profundo y verdadero nos resulta invisible; y es por ello que apunta: “El elemento al que llamamos fluido, movible, caprichoso, en realidad no cambia: es la regularidad misma”. Y aquí llega a su imagen central:

“Contraste humillante que se revela con dureza y como irrisoriamente para nosotros, sobre todo en las playas bravías, en donde el mar arranca guijarros a los derrumbaderos y vuelve a lanzarlos, dos veces al día, arrastrándolos con siniestro estrépito como si fueran cadenas o metralla. Toda imaginación juvenil ve en esto el símbolo de la guerra, un combate, y empieza por acobardarse. Luego, notando que aquel furor tiene límites o se detiene, el niño, tranquilizado ya, detesta más bien que teme a esa cosa salvaje al parecer enemistada con él.”

Y es que Michelet está hablando de algo que vio en julio de 1831 en el puerto de Le Havre. Llevaba a un niño pequeño quizás a su primer encuentro con el mar (pero también para Michelet fue su primera mirada real al océano), y lo que hizo el pequeño lo impresionó tanto como a nosotros, lectores de Michelet (pero también lectores del mar y de las inmensidades aparentemente indiferentes): luego de un largo momento de pasmo y sobrecogimiento, el pequeño se enardeció y se indignó; entonces comenzó a recoger piedras y arrojarlas al mar, con euforia colérica, respondiendo a aquella especie de desafío rugiente.

“El mar devolvió estocada por estocada”, relata Michelet. “Lucha desigual que movía a risa, entre la mano delicada de la frágil criatura y la espantosa fuerza que tampoco se curaba de la debilidad del contrario. Mas la risa desaparecía de los labios al pensar en lo efímera de la existencia del ser amado, y en su impotencia ante la presencia de la infatigable eternidad que nos arrebata. Tal fue una de mis primeras miradas hacia el mar. Tales mis ensueños empañados por el exacto augurio que me inspiraba ese combate entre el mar que veo cuando quiero, y el niño que para siempre ha desaparecido de mi vista.”

Habrá quien ante esta imagen piense en la ingenuidad de la infancia, en la inconciencia de los primeros años de la vida. Mucho más fértil resulta ver ahí la imagen más esencial del hombre. Éste sabe que las inmensidades no lo necesitan, que él resulta por completo indiferente al universo, pero lo mismo que David frente a Goliat lanza guijarros, y no para establecer combate (porque no se puede hablar de guerra entre un microbio y una montaña) sino para hacerse notar, para reclamar el diálogo al que se sabe perfectamente dispuesto y capaz.

El niño no acepta que se le defina como débil e impotente (juguete del destino), del mismo modo en que rechaza a la devastación y la violencia que supuestamente definen al cosmos y sus potestades. De entrada les teme y se sobrecoge, pero pronto aprende ese lenguaje (que es el de sus semejantes, los poetas, los profetas, los soñadores): así, termina por levantarse y recoger el guijarro. La metáfora es la de una rebelión contra el gran tirano, sí, pero también y sobre todo la del llamado a jugar (no se reconoce como juguete, sino como jugador del destino), un llamado hecho en el propio lenguaje de los abismos atronadores: el juego los vuelve iguales, por más que parezcan distanciarlos sus diferencias diametrales. Quizás sea el último juego pero habrá valido la pena porque hubo una respuesta, un reconocimiento, una integración. Al menos por un instante el niño al que Michelet lleva de la mano (es decir, el niño al que Michelet lleva en sí, como lo llevamos todos y cada uno de nosotros) se habrá sentido ahí —ante la pavorosa vastedad inconmensurable— como en su casa, lo mismo que Dios.

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