viernes, 8 de mayo de 2009

El bien y la amnesia

DGD: Redes 104, 2009
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En alguna parte Éliphas Lévi afirma que los malos han ganado porque saben hacer el mal, mientras que los buenos pierden porque no saben hacer el bien. Responder tal afirmación es temerario y acaso inútil porque la sabiduría sólo sabe de sabiduría, pero en todo caso se hace necesario a veces, cuando la realidad parece saber de todo menos de sabiduría.
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Es cierto: quien hace el mal gana porque sabe hacer el mal, pero quien intenta el bien sólo parece perder porque no sabe hacer el bien. Y la respuesta es “simple”: el mal es su propia praxis, mientras que el bien no es otra cosa que no saber hacer el bien. (Si se supiera hacer el bien habría un sistema, y si hubiera sistema el bien sería automáticamente absorbido por el mal.)
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En cierta forma, el mal puede definirse como experiencia acumulada, mientras que el bien nace a cada instante, amnésico y sin referentes, y se esfuma sin dejar huellas. El que quiere hacer el bien sólo puede amar, por ejemplo, a Francisco de Asís, pero no comprenderlo, no derivarlo a un sistema, a una praxis.
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En cambio, no puede decirse que haya quien quiere hacer el mal, porque el mal se hace en cualquiera: ya nace hecho, total, consumado. No necesita comprensión: el sistema es la praxis. Quien hace el mal no necesita ninguna referencia, no tiene que “amar” (u odiar) a alguien que haya hecho el mal.
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El mal es experiencia acumulada, pero no acumulándose: equivale a un sistema cerrado que no puede crecer, perfeccionarse, afinarse. Sólo puede “adaptarse”. El primer acto malvado de la historia es idéntico al último. Nació ya “acumulado”.
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El mal no necesita saberse hacer: no hay vocaciones para el mal sino para recibirlo ya hecho, como totalidad. El mal no crece: desde el principio tiene el mismo tamaño.
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El mal nace ya hecho y completo: quien hace mal hace todo el mal imaginable, el de todo el pasado, el de todo el futuro. (No hay males pequeños.) El bien nace y se esfuma: quien hace el bien no hace sino ese bien concreto y específico que luego de cumplirse se desvanece. (No hay sino bienes pequeños que no pueden sumarse ni acumularse.) Por eso el mal no puede atraparlo.
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El mal es un hacer, pero el bien es un no saber hacer, un hacer que brota y se extingue sin dejar rastro. Sólo por eso parece que no existe, o que, como decía Antonio Porchia, no es sino “un bello deseo del mal”. Y en otra ocasión el propio Porchia reconoce el poder del bien sin sabiduría: “El no saber hacer supo hacer a Dios”.
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Francisco de Asís no es una vida: es un cúmulo de instantes de bien que nacen, se cumplen y se esfuman sin necesidad de perduración, de acumulación, de herencia. Y precisamente por eso (y sólo por eso) el bien se hereda. No como herencia o legado (sistema) sino como instante excepcional.
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El mal se hace; el bien sólo se intenta, se busca a tientas, se realiza a manotazos.
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El mal es el mal. El bien es elegir el bien.
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El mal está en todas partes, como una sombra ya cumplida. El bien es siempre la posibilidad de la luz, sin garantía alguna de que se cumpla.
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Y sin embargo, el bien se cumple cuando alguien lo elige. Es, acaso, la única elección verdadera, la única que no está pre-determinada por el mal.
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El bien es elegir la posibilidad imposible.
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Elegir la posibilidad imposible es la única libertad posible.
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El mal gana sólo en ese sentido: parece ser no únicamente un sistema sino “el” sistema, la realidad en sí. Pero es una apariencia que se denuncia a cada instante fugaz en que brota el bien amnésico.
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El bien es la amnesia. El mal es la memoria que sólo se recuerda a sí misma, pero no como acumulación de recuerdos: lo único que esa memoria recuerda es su forma de recordar.
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El mal gana si nos convence de que la realidad es un continuo inamovible y condenado. Gana por imponer una apariencia, una ilusión. Y sólo dentro de esa ilusión el bien “pierde”.
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El mal es el falso mar. El bien es cada gota de realidad.
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Cada vez que afirmamos la existencia de continuos, de herencias, de fatalidades, hacemos ganar al mal. Cada instante de reconocimiento fulgurante, de belleza excepcional, de humildad, de generosidad, de solidaridad, hace perder al bien un poco menos.
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El mal es un “estado”: por eso es íntimamente falso e irreal. El bien es un instante real: por eso no puede ser vencido o sumergido en la irrealidad.
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El bien no puede saberse hacer: no hay vocaciones para el bien sino para cumplirlo (elegirlo) en un instante fugaz, como milagro sutil e irrepetible. El bien sólo nace y se extingue: tiene cada vez el tamaño de quien lo deja nacer en sí y extinguirse en sí.
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El mal triunfa en la “carrera larga” porque nos convence de que existen las carreras largas (los progresos, las evoluciones, los desarrollos). El bien es el instante, y ese instante se ubica en el paraíso: no tiene memoria ni ilusiones (sólo por eso parece cumplirse en un pasado que nunca fue presente). Es lo que es, sin ambición de perdurar o de instaurarse. Sólo por eso el bien es lo contrario del poder, y sólo por eso puede más que cualquier poder.
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El bien se cumple en lo callado, pero no en el silencio.
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El mal es el ruido. El bien es el intervalo en el ruido: el intervalo que nos permite oír, por un instante casi inexistente, el gran silencio en que el universo nace a cada instante.
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[De Libro de Nadie 3, en preparación.]
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3 comentarios:

Ana dijo...

"El mal es el mal. El bien es elegir el bien". Nada más cierto, esta frase resume parte de esa Historia (con mayúscula) de la humanidad (con minúscula). Un texto que es obligación compartir para saber qué elegimos cuando elegimos. Gracias, otra vez, Daniel, por los fulgores de tu generosidad.

Anónimo dijo...

"Elegir el bien". ¿Porqué no lo elegimos? ¿Porqué estamos sordos y ciegos? Leí hace unos momentos "El Encore de Tokio" y Jarret se conectó a la gracia ¡ocho minutos! y sumergió a todos los presentes. Hizo el bien. Todos se unieron en esta gracia. Ahí no estaba el mal. No fue un instante; ¡fueron ocho minutos! Necesitamos más Jarrets que contagien el bien y así, el mal que no es real, pero que cuando toma forma, hace mucho daño, se irá diluyendo.

Es muy complicado, pero debemos actuar(despertar) cada uno en esos instantes en que queremos seguir siendo sordos.

Martha

Anónimo dijo...

El bien es un "saber hacer" en el instante, porque si dudamos, aparece de inmediato el PDO, el egoismo...Pero, hacer el bien en el momento, deja huella; uno se siente más liviano y con un sabor dulce en la boca. Y la persona a la que le hicimos un bien, nos regala una sonrisa.

Eso me sucedió hoy, cuando una muchacha subió al microbús, cargando a una niña de cinco o seis meses. Con un brazo, cargaba a la niña, con el otro, en la otra mano, llevaba el dinero para pagar el pasaje. ¿Cómo iba a sostenerse cuando el camión avanzara? Solamente, me recorrí en el asiento hacia la ventana, para que la muchacha se pudiera sentar, y ella me regaló una sonrisa y dijo:"¡Gracias!
Martha