viernes, 14 de noviembre de 2008

Los dos silencios

DGD: Textil 52, 2005
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Hay dos silencios: uno que invita a romperlo, otro que no quiere sino ahondarse. El primero parece muy afín a los niños, mientras que el segundo los molesta vivamente. En una caverna o una ladera montañosa, un niño se pone a gritar con el pretexto de oír el eco, pero lo que está haciendo es aceptar la invitación —casi la demanda— de romper ese silencio. En el mismo sentido se dice que los nonatos cantan en el vientre materno, que se arrullan o dialogan consigo mismos. El otro silencio es el de las catedrales, los cementerios, las antiguas ciudades en ruinas, los museos, los mausoleos, los lugares de culto; basta ver el profundo estremecimiento de los adultos cuando en uno de esos sitios un niño suelta un grito o se pone a llorar; casi podría verse el cuchillo sonoro que a todos sobrecoge cuando rasga ese sutil velo de silencio. Lo que esos niños realizan es un acto arquetípico. “Todos nacemos llorando y nadie se muere riendo”, dice una conseja del refranero popular que, de un modo poético, subraya el primer silencio roto por invitación de él mismo, y el último silencio que sólo quiere ahondarse.
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Los adultos aprenden que hay sitios para callar y otros para hacer ruido, pero si por un lado respetan esas reglas, por otro sienten, como los niños, una franca incomodidad cuando se trata de “guardar silencio”. No por otra razón la fantasía popular imagina el cielo como un lugar de recogimiento en donde no es necesario hablar (y si lo es, sólo se murmura), y al infierno como un cabaret demencial en bullicio eterno. “Hay muertos que no hacen ruido”, dice aquel otro refrán, “porque andan en alpargatas.” Es la elemental asociación del silencio con la muerte y del sonido con la vida. Ese refrán tiene una versión más estremecedora en las coplas del repertorio popular:
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Dicen que no tengo duelo,
Llorona,
porque no me ven llorar.
Hay muertos que no hacen ruido,
Llorona,
y es más grande su penar.
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Este pensamiento metafísico identifica al silencio con un sufrimiento contenido. La frase “hay muertos...” especifica una excepcionalidad: todos los muertos hacen ruido para expresar y desahogar su pena (incluidos los que usan alpargatas para no ser detectados); aquellos que permanecen silenciosos carecen incluso del alivio de hacer ruido, y por tanto su congoja es más honda. Ese dolor es generalmente descrito de un modo paradójico: los muertos lamentan no vivir, pero la vida en sí era ya una pena, como certifica el refranero: “Si odias a un hombre, no lo mates; déjalo vivir”, o bien “Las penas no matan, pero ayudan a morir”.
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Es claro que no se trata del estrépito burgués surgido del ennui al que se refiere aquel personaje de Alexander Griboyedov en la sátira de la aristocracia rusa que le dio fama, Gore ot uma (1823). En un momento se pregunta a este personaje mayestático a qué se dedica y él responde: “Hacemos ruido, amigo, hacemos ruido”. Es el lema de todos aquellos que a lo largo de la historia humana han disfrutado de vidas sin esfuerzos a costa de las penurias de muchos otros. Es el barullo del “esplendor” en el mundo de la nobleza y la monarquía.
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No. El ruido a que nos referimos es otro, más antiguo y más humano. El tam tam, los rezos hipnóticos, las invocaciones, tienen una versión laica en los fuegos de artificio hechos de pólvora que se remontan a los cielos y rompen en magníficas luces y estallidos sonoros; acaso su ulterior sentido es elevar a la bóveda celeste un ruido que es como la afirmación de la vida. Muy probablemente puede verse aquí una fusión de ambos tipos de silencio: el fuego de artificio acepta la llamada de un magno silencio que no quiere sino ahondarse pero que a la vez demanda ser roto.
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Aquel personaje de Hacedor de estrellas (1937) de Olaf Stapledon, que hace un viaje astral por los insondables abismos del cosmos, muy probablemente, si pudiera, lanzaría ahí un grito portentoso para responder a los elementos esenciales asociados con el segundo silencio: desolación y sinsentido y, ante todo, indiferencia divina. Los niños, los exploradores astrales y los poetas comparten el deseo enunciado con tanto filo por Rubén Bonifaz Nuño: “o gritar el quién vive / nada más que por ver si me responden”. Acaso los dos silencios son uno solo: la vida, que es ruido, responde a ese máximo silencio que no quiere sino ahondarse y a la vez pide ser roto: el silencio de Dios.
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