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Postales, 2021-2026. |
r e t r a t o s (e n)
(c o n) p o s t a l e s
Frank Herbert: una
ciencia de la sabiduría
D.G.D.
Frank Herbert (1920-1986) supo desde la adolescencia
que su vocación era la escritura; aprendió todos los oficios relacionados (periodista,
editor, crítico...) y leyó, además, como se dice, todo lo que caía en sus
manos, hasta que en 1952 vendió su primer cuento, “Looking for Something” (el
título era a la vez una declaración de principios), que pertenecía a la ciencia-ficción,
un amplio territorio en el que comenzó una búsqueda de postura y estilo. El
azar se los dio el año siguiente, cuando aceptó el encargo de escribir un
artículo sobre el control de las dunas de arena en una zona llamada Dunes,
cerca de Florence, Oregon. En una entrevista posterior, Herbert relató: “Hay un
área ahí en donde crece la arena de las dunas y llega a cruzar la autopista, y
normalmente la deben cerrar por ese motivo. El Servicio Forestal puso ahí una
estación para estudiar cómo controlar esas dunas. Y a mí me fascinaron, por la
idea de que algo en principio tan pequeño como granos de arena pudiera
convertirse en algo tan grande con el tiempo, como las olas del mar pero más
lentas”. Sus notas de trabajo comenzaron a acumularse; el artículo, que se iba
a llamar “Los que detuvieron a las arenas movedizas” (“They Stopped the Moving
Sands”), nunca fue escrito; más que la locación física, lo que lo absorbió
fueron sus implicaciones simbólicas y metafóricas: comenzó a imaginar un
desierto que cubre a un planeta entero que había sido un paraíso y ahora estaba
devastado por sobreexplotación tecnológica y la voraz ambición capitalista. Era
la semilla para una escritura que demandaba una preparación extensa y que ya no
era sólo una novela sino un centro de
operaciones.

Herbert
recuerda: “Leí cerca de doscientos libros para preparar esta novela, y en uno
de ellos alguien, no recuerdo quién, definía a la ecología como ‘la ciencia de
entender las consecuencias’. ¡Qué gran frase! Es perfecta porque nos lleva a
uno de los puntos claves que la novela pretendía, las consecuencias de lo que
hacemos al medio ambiente. El hombre occidental ha asumido que todo lo que necesita
lo puede conseguir por la fuerza. No le parece que haya problema alguno en
someter. Somos unos ignorantes. Así vivimos. Necesitamos una ciencia de la
sabiduría”. Ante la dimensión potencial de lo que bien podía ya considerarse una
saga, Herbert desarrolló un método
influido por la semántica no aristotélica de Alfred Korzybski: contar el
argumento a distintos oyentes antes de escribirlo, “porque creo que el
inconsciente acepta mejor la transmisión oral”.

Así
nació Arrakis o Dune, un mundo en donde el agua es tan escasa que se vuelve la
esencia mítico-religiosa de la vida del pueblo nativo, los Fremen (“Ver las
dunas me llevó a la mística árabe del desierto, así que recurrí al árabe para
los términos, nombres y muchas otras cosas. También pensé en los indios navajos
o en las tribus del desierto del Kalahari, que usan cada gota de agua”). Se
trata, además, del único planeta en el universo conocido en el que se encuentra
una sustancia fundamental: la melange
o especia, que alarga la vida y permite los viajes interestelares. La saga debía
extenderse, primero en el tiempo: la historia comienza más de veinte mil años
en el futuro; luego, en el espacio: Arrakis pertenece a un imperio galáctico-feudal
que domina a numerosos mundos. La humanidad se ha dispersado por estos planetas
como resultado de una cruzada religiosa, el Jihad Butleriano, un movimiento que
destruyó a las máquinas que estuvieron a punto de esclavizar a la mente humana.
Para sustituir la labor de los cerebros electrónicos surgen instancias como los
Mentat (que desarrollan las capacidades mentales hasta hacerse tan versátiles como
las antiguas computadoras), la Cofradía Espacial (cuyos miembros posibilitan
los viajes espaciales utilizando su característica, la visión presciente) y la
Bene Gesserit (una orden religiosa femenina que ejerce el dominio político a
través de ritos secretos y una cierta forma de ingeniería genética). El Imperio se divide en feudos
o señoríos planetarios controlados por familias conocidas como Las Grandes
Casas. Una sola de éstas es capaz de rivalizar con el emperador: la Casa
Atreides (que Herbert remonta a Menelao y Agamenón). En complicidad con los
Harkonnen, encarnizados enemigos de los Atreides, el emperador ofrece el
dominio de Arrakis a Leto Atreides como suprema trampa. Este último muere, pero
sobreviven su concubina Jessica, una Bene Gesserit, y el hijo de ambos, Paul
Atreides, que gracias a la ayuda de los Fremen se enfrenta al emperador. Con el
tiempo se convierte en guía espiritual de los Fremen cuando se cumple una
antigua profecía que señalaba la llegada del Kwisatz Haderach, el Mesías que
habría de devolverles el poder y el cuidado único tanto de la melange como de los gigantescos gusanos
que la originan, llamados
Shai-Hulud.

Dune significó para Herbert diez años de
escritura (“como las olas del mar pero más lentas”) y terminó conformando un
manuscrito más copioso que lo aceptable para las novelas de ciencia-ficción en
la época. Con objeto de publicarla, Herbert aceptó dividirla en dos partes; la
primera, llamada “El mundo de Dune” apareció en diciembre de 1963, y la
segunda, “El profeta de Dune” en enero de 1964. Además de una entusiasta acogida
de público y crítica, consiguió los dos premios más importantes de la
ciencia-ficción, primero el Nébula en 1965 y el año siguiente el Hugo compartido
con otra novela-río de primera magnitud, Tú
el inmortal (...And Call Me Conrad)
de Roger Zelazny; recibió asimismo el Premio Internacional de Fantasía.

En
los años setenta y ochenta Herbert empleó sus ganancias en comprar casas que
transformó en “granjas biológicas”, además de patrocinar proyectos ecológicos. Continuó
la saga con El Mesías de Dune (1969),
Hijos de Dune (1976), Dios Emperador de Dune (1981), Herejes de Dune (1984) y Casa Capitular Dune (1985). El hijo de
Herbert, Brian, terminó las dos últimas novelas de la saga a partir de notas
dejadas por su padre: Cazadores de Dune
(2008) y Gusanos de arena de Dune
(2009). Añadió dos “trilogías-precuelas”, Preludio
a Dune y Leyendas de Dune.
Son
intensos los contactos de la novela con el cine. Arthur P. Jacobs (productor de
El planeta de los simios de 1968)
llegó a considerar una adaptación que habría de dirigir David Lean (autor de Lawrence de Arabia y Dr. Zhivago). Más tarde —1973-1974— hubo
otro intento más ambicioso y legendario: el Dune
de Alejandro Jodorowsky; Herbert aceptó a regañadientes los cambios que había
introducido Jodorowsky, cuyo guión era un cómic colosal escrito por éste y
dibujado por Moebius; el filme, que no llegó a realizarse, habría tenido unas catorce
horas de duración. Luego vino en 1984 la adaptación fílmica producida por Dino
de Laurentiis, dirigida por David Lynch y filmada en México. De modo más
reciente, en plena era de la CGI ha aparecido la bastante firme versión de Denis
Villeneuve, en dos entregas (2021 y 2024).

El
proceso de creación de Dune es
revelador: Frank Herbert se interesó por el entorno físico a la vez que
estudiaba culturas humanas fusionadas con este severo ambiente; poco a poco fue
entreviendo, más a profundidad, el aspecto simbólico y místico, que lo llevó a
relacionar la ecología con la mitología y las religiones comparadas. De ahí su
demanda de una ciencia de la sabiduría
que es sin duda la esencia de Dune (más
allá de sus baches ideológicos y de sus generalizaciones en temas como el
mesianismo y la exégesis del mal): ella implica que antes de hacer una
recolección de conocimientos bajo la mirada de la ciencia dura, es necesario un
estudio profundo tan relacionado con la epistemología y la gnoseoleogía como
con la ética: una redefinición de qué es conocer y de los medios y
características de esta acción de la conciencia cuando ésta (al decir de T.S.
Eliot) da no sólo el paso usual de la información al conocimiento sino el mucho
más arduo del conocimiento a la sabiduría.
* * *
[Leer Líber Falco: un atajo en el cielo]
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