lunes, 29 de junio de 2026

Reunión (38). Teatro, 2

 

DGD: Postales, 2022-2026.

 

r e t r a t o s   (e n)   (c o n)   p o s t a l e s

El teatro y su doble (fragmentos)

Antonin Artaud

 

[En el teatro moderno los actores siguen desempeñando los papeles de corifeos, bardos y rapsodas del mismo modo en que la pintura rupestre era un ritual mágico tan complejo como los ritos órficos. Pirandello (1867-1936) escribe: “El mundo no se limita a la idea que podemos hacernos de él: fuera de nosotros el mundo existe por sí y con nosotros, y por lo tanto debemos proponernos realizarlo en nuestra representación todo cuanto nos sea posible, dándonos una conciencia en la que viva, tanto en nosotros como en sí mismo; viéndolo como él se ve, sintiéndolo como él se siente”. (De “Ilustradores, actores y traductores”.) En el mismo tenor, Antonin Artaud (1896-1948), el metafísico del teatro —según lo denominó Jean-Louis Barrault—, había escrito El teatro y su doble (Gallimard, París, 1938) con objeto de devolver todo su poderío al antiguo concepto sagrado de representación. He aquí algunos fragmentos de este libro. (DGD)]

 

Si el signo de la época es la confusión, yo veo como base de esa confusión una ruptura entre las cosas y las palabras, las ideas, los signos que son la representación de las cosas. [...]

            Juzgamos a alguien civilizado según el modo en que se comporta, y piensa como se comporta; pero ya en la palabra civilización aparece la confusión: para todo el mundo, alguien civilizado y cultivado es un hombre modelado con base en sistemas, que piensa en sistemas, en formas, en signos, en representaciones. Es un monstruo que ha desarrollado hasta el absurdo esa facultad que tenemos de derivar pensamientos de nuestros actos, en vez de identificar nuestros actos con nuestros pensamientos.


Como toda cultura mágica a la que descifran los jeroglíficos adecuados, el verdadero teatro tiene también sus sombras, y de todos los lenguajes y de todas las artes, es el único que todavía posee sombras que han traspasado sus limitaciones. Y desde sus orígenes, podríamos decir que esas sombras no han soportado limitaciones.


El verdadero teatro, por ser móvil y por valerse de instrumentos vivos, sigue agitando sombras en las que la vida no ha dejado de pulsar. [...]

            El teatro que no está en nada pero que se sirve de todos los lenguajes: gestos, palabras, sonidos, fuego, gritos, se encuentra exactamente en el punto en el que el espíritu tiene necesidad de un lenguaje para producir sus manifestaciones.


Tanto para el teatro como para la cultura, queda abierta la cuestión de nombrar y dirigir a las sombras; el teatro, que no se fija en el lenguaje ni en las formas, destruye por ese hecho a las falsas sombras, pero prepara el camino para otro nacimiento de sombras en torno a las cuales se congrega el verdadero espectáculo de la vida.


Destruir el lenguaje para tocar a la vida es hacer o rehacer el teatro, y lo importante es no creer que ese acto debe seguir siendo sagrado, es decir, reservado. Lo importante es creer que cualquiera puede hacerlo, y que hace falta una preparación.

            Esto lleva a negar las limitaciones habituales del hombre y los poderes del hombre, y a hacer infinitas las fronteras de aquello que llamamos la realidad.


Es necesario creer en un sentido de la vida renovado por el teatro, en el que el hombre impávidamente se vuelve amo de lo que todavía no es, y lo hace nacer.

            Si el pueblo ha perdido el hábito de ir al teatro, si todos hemos terminado por considerar al teatro un arte inferior, un medio de distracción vulgar, y por utilizarlo como receptáculo de nuestros malos instintos, es porque se nos ha dicho reiteradamente qué era el teatro, es decir, una mentira y una ilusión. Es porque nos han habituado desde hace cuatrocientos años, es decir, desde el Renacimiento, a un teatro puramente descriptivo y que relata, que es una crónica de la psicología. [...] El teatro, y nosotros mismos, debemos terminar con la psicología.


Para quien ha olvidado el poder comunicativo y el mimetismo mágico de un gesto, el teatro puede ser un recordatorio, porque un gesto lleva consigo su fuerza, y porque hay en el teatro seres humanos para manifestar la fuerza del gesto que se hace.

 

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P O S T A L E S  /  D G D  /  E N L A C E S

Voces de Antonio Porchia

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jueves, 18 de junio de 2026

Reunión (37). Teatro, 1

 

DGD: Postales, 2022-2026.

 

r e t r a t o s   (e n)   (c o n)   p o s t a l e s

Teatro y representación

D.G.D.

 

La aguda percepción de Walter Benjamin se detiene en un detalle de la parafernalia teatral: “Una y otra vez, en Shakespeare, en Calderón, los combates ocupan el último acto y reyes, príncipes, escuderos y séquito ‘entran huyendo’. El instante en que se hacen visibles a los espectadores los hace detenerse. La escena da el alto a la fuga de los personajes del drama. Su entrada en el campo visual de los ajenos a la acción y en verdad superiores permite tomar aliento a los abandonados y los envuelve en un aire nuevo. De ahí que la repentina aparición en escena de los que entran ‘huyendo’ tenga su significado oculto. En la lectura de esta fórmula entra en juego la expectativa de un lugar, de una luz o de unas candilejas en las que también nuestra huida por la vida quede a salvo de observadores extraños” (Calle de sentido único, 1928).

               En el teatro es perfectamente aceptable que un personaje se sitúe en un punto alto de la escenografía, mire a lo lejos y exclame: “He ahí a cuatro mil hombres trenzados en batalla”. Igual podría decir “La luna cayó anoche en ese valle” o “He ahí a Dios dictando los mandamientos a Moisés”. De cualquier forma el espectador, en lugar de sonreír con sorna, colabora con el drama y visualiza aquello que el personaje dice estar viendo en la lejanía. El cine, en cambio, está obligado a mostrar la batalla, la luna caída o la divinidad dictadora, y si no lo hace, el espectador se siente estafado y sujeto de burla. En el cine todo es imagen, incluso lo que no se ve. En el teatro —bien lo sabe Kafka— no sólo los actores al entrar en escena se hacen visibles a los espectadores, sino que se hace visible (visualizable) todo lo invisible.

               El teatro tiene como prerrogativa el espacio sagrado en cuya horizontalidad (el escenario) todo puede representarse, mientras que la verticalidad del cine (la pantalla) tiene como demanda el mostrar. Si en el séptimo arte hay representación, es lo que toma del teatro y queda casi totalmente en el trabajo de los actores. Es por ello que los actores de mayor virtuosismo se han formado en el teatro: su oficio implica un dominio intuitivo de los signos, mientras que los actores formados en el cine son expertos en mostrarse y muy poco se interesan por el paso del estar al significar.

               En el teatro, en efecto, la figura de un actor que entra huyendo es simbólica y esencial: es la mirada de los espectadores la que lo detiene; si no la hubiera, entraría corriendo por un lado del escenario y saldría de inmediato por el otro. Pero esta mirada es tan poderosa porque actúa en colaboración con la sacralidad del escenario: quien entra en escena siempre lo hace huyendo, aunque camine a paso calmo, sencillamente porque antes de entrar existía sólo a medias, o dicho de otro modo, era únicamente un ser físico y al entrar recobra la otra mitad de su carácter: la del símbolo.

               La presentación sucede en la vida cotidiana, en las calles e incluso en los bastidores teatrales. En el escenario hay re-presentación: el actor que entra en escena huye de la media existencia (medianía, mediocridad, aurea mediocritas): su imagen, durante los minutos sagrados que esté en escena, se complementa con el signo. Y lo mismo sucede al espectador. El cine satisface lo que tenemos de imagen; el teatro, lo que tenemos de anhelo de un lenguaje completo, es decir, de universo.

 


 


 


 


 


 

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