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Postales, 2022. |
r e t r a t o s (e n)
(c o n) p o s t a l e s
Escritos
(selección)
Manjunatha
[Manjunatha (Antonio María
Pérez y Pérez, julio 5 de 1958-febrero 3 de 2026), maestro budista de origen
venezolano, obtuvo en 1978 una beca para estudiar ingeniería metalúrgica en la
universidad de Manchester y cursar lenguas en la de Reading; en el Centro
Budista de Manchester conoció a quien sería su maestro, Sangharakshita (Dennis
Philip Edward Lingwood, 1925-2018). En 1982 se relacionó con la comunidad
semi-monástica de Aryatara en Croydon, al sur de Londres, y se unió a la
Comunidad Budista Triratna, que había sido fundada en 1968 por Sangharakshita con la cualidad de
no ser de carácter monástico y de que sus miembros siguen el estilo de vida que
consideran afín a su compromiso espiritual. El nombre Triratna significa “Tres Joyas”, y se
refiere al Buda, el Dharma y la Sangha, que son respectivamente el ideal de la
Iluminación, el Camino que conduce a la Iluminación y la Comunidad de aquellos
que han entrado en el camino transcendental. Manjunatha fue el primer
latinoamericano en recibir la ordenación en Triratna.
La ceremonia de su iniciación se llevó a cabo en 1984 en un
antiguo monasterio de la Toscana en Italia; a partir de entonces centró su
devoción en Manjusri (el Gentil Resplandor, el
Bodhisattva de la sabiduría, la iluminación y la visión clara en el budismo
Mahayana y Vajrayana), conocido también como Manjughosha (Voz Gentil), o Manjunatha (Gentil
Protector), de quien obtuvo su nombre ritual. “El efecto más notable de
esta devoción”, explicó, “es la sobriedad, la ecuanimidad que permite ver las
cosas del mundo interior o exterior con claridad objetiva y sin dramas
fantasiosos.”
En 1992 regresó a Venezuela y co-fundó el Centro Budista de Mérida,
en donde asumió la enseñanza a lo largo de dos décadas y media. En 2016 se
separó de la Orden Triratna pero continuó dedicando su vida a una vocación de
servicio que dejó una huella profunda en quienes lo conocieron. De humor
irreverente y risa franca, ávido lector, incursionó en la escritura y en la traducción, por ejemplo de los Versos raíz de los seis bardos (atribuidos
al legendario Padmasambhava, el gurú que llevó el budismo al Tíbet y a otros
sitios, conocido como el segundo Buda).
A partir del año 2022 tuve el privilegio de sostener con él una correspondencia que de manera
espontánea y natural fue impregnándose de sus aforismos y reflexiones; le
sugerí reunir estos fragmentos en un libro; Manjunatha revisó lenta y
cuidadosamente un primer armado al que añadí como colofón una entrevista. Llamó
a este libro, con sencillez budista, Escritos.
La siguiente es una selección de esos fragmentos de sabiduría. (DGD)]
Cuando escribo, las palabras son
mías mientras las voy moldeando en un sentido. Luego de que vuelan, ya son de
quien las reciba. Otro tanto ocurre con los pensamientos con los que he vivido
en claridad: pertenecen más al Buda y a la tradición, y a tantos otros guías
anteriores de quienes adquirí los términos para entender y decir. Mía ha sido
la ocasión de asumir esa guía con seriedad para orientar la vida que me ha
tocado en suerte vivir.
*
Me identifico con el andariego
peregrino: con el fuego fugaz sobre la montaña. El camino y la intemperie son
mi hogar. Andar los caminos de tierra me sirvió para orillar los horizontes de
la tierra, buscando caminos de vida para orillar los horizontes de la
conciencia.
*
Sangharakshita, amado maestro
budista, nos dice que el hecho de ser “sujetos” conscientes, con una
subjetividad perturbada, difusa e inasible, seres que sufrimos un mundo de
objetos aparentemente sólidos y cognoscibles, hace de la poesía una herramienta
indispensable para acercarnos a nosotros mismos, a nuestra finitud y
perplejidad, a nuestros temores de un más allá oscuro y amenazante. Como un
modo de honrar a los misterios que yacen más allá del mundo aparentemente
objetivo, la poesía es devoción y reverencia liberadora.
Me muevo por la vida adivinando y
sin saber mucho, tanteando y tonteando, y descubriendo poco a poco el drama en
que me toca participar.
*
¡Invisibles somos, aún para
nosotros mismos! ¡Pero con una sed perniciosa de ser visibles, concretos,
eternos, y validados por otros de igual suerte! Infructuosa, pero inevitable
empresa.
*
Desde siempre, tal vez por una
previa formación budista contemplativa, en esta vida he tenido problemas,
conflictos y contrariedades con la gente inteligente. Veo a la inteligencia
siempre al servicio de la ambición y el poder. Mi interés por saber tiene otra
manera, que contrasta con lo intelectual. Me gustan las ideas, pero sé que no
son la única forma de ver el mundo, y confío más en mi corazón. Soy
contemplativo y antropófago. Para mí las ideas nobles no son suficientes;
prefiero siempre a una persona noble, aunque no tenga idea de lo que es.
Si no nos vemos a nosotros mismos
donde miramos, no hemos aprendido aún a mirar hacia adentro. Si no vemos más
allá de nosotros mismos, no hemos aprendido aún a mirar hacia afuera.
*
Libertad, belleza unicolor. Cielo
azul sin manchas. Simple y certera. La gaviota. (“Blanquísima gaviota, novia del mar y el cielo”, dice Alí Primera,
cantor del pueblo.) Las gaviotas son del mar, las golondrinas son de tierra
firme. Mi anhelo es de golondrinas y gaviotas.
*
Entre mis objetos regulares de
contemplación están los cuatro elementos materiales: tierra, agua, fuego y
aire, los ríos, los árboles y los caminos. Nuestra humana existencia está
irremediablemente ligada a ellos.
*
¡El agua nunca llega a un
destino, porque su destino es circular! El agua que pasa por nosotros sirve de
soporte vital a todos nuestros procesos, ¡es el mismo río de agua recién
llovida, inexorable, que fluye y sigue, y sigue su curso a través de la
existencia!
Tal vez sea la locura la forma
más antigua y humana de volar.
*
Retornamos siempre a lo humano,
inevitable e intrínseco, a pesar de nuestros desvaríos y extravíos,
persiguiendo espejismos de deseo y peleando contra molinos de viento. Hay una
humanidad subyacente que retorna. Por suerte somos apenas burbujas en la
corriente inexorable de la vida.
*
No todos los pecados son negros.
Ni es pecado todo lo que tememos. Lo que mancha y oscurece nuestra conciencia
es la negrura de no querer ver lo que alguna vez escondimos.
*
El individuo humano, en tanto que
Uno autoconsciente, tiene como horizonte posible integrar en sí lo masculino y
lo femenino para llegar a ser como los dioses. Puede llegar aún más lejos, si
logra trascender la percepción dualista y con Perfecta Sabiduría rompe el velo
de ignorancia fundamental, experimentando directamente la Vacuidad esencial de
todo. Siendo uno con todo en conciencia trascendente y a la vez nada, cero,
vacuidad, habrá destruido toda posibilidad de caer en el engaño.
¡Con los ojos cerrados se ve más
lejos, porque se ve con el sentir y la intuición, los ojos del corazón!
¡Paradójicamente certero! Como el koan zen. ¡Para subir hasta el tope de un
mástil, hay que comenzar por el tope!
*
Se cuenta que el primer patriarca
de la tradición budista Zen, Mahakashapa, fue el único que despertó al Nirvana,
después de un largo silencio meditativo, en una congregación de quinientos
discípulos en donde el Buda sólo mostró y sostuvo una flor amarilla. Para decir
su liberación, Mahakashapa solamente sonrió. Luego, la traición Zen tuvo que
explicar lo que había ocurrido en ese momento: “Una transmisión. Sin depender de escrituras. Mostrando directamente la
naturaleza de la Mente”. Un altísimo nivel de la conciencia que, a la vez,
permea y está en lo más bajo, ordinario y concreto de la forma. Esa es la
paradoja terrible de la perfección de la sabiduría: Forma es vacío, Vacío es
forma. La Unidad está en la esencia inasible y vacía de la cosa.
*
La agitación generalizada, tan
característica de cualquier ciudad moderna, crea un campo energético
desenfrenado, un torbellino de actividad inútil, muy contagioso, que desgasta
la vitalidad. Pausar, aquietar y dejar fluir la vida en contemplación, es el
mejor antídoto. Pero es muy costoso. Canta Chabela Vargas: “Las ciudades
destruyen las costumbres”. Las grandes ciudades no son aptas para la vida
humana.
Es bueno y saludable para el
intelecto aceptar que hay cosas que no puede comprender, aunque sepa
manejarlas. ¿Quién se atreverá a decir que ha comprendido qué es la vida?
*
Creo que es la obligación más
esencialmente humana: asumir individualmente la responsabilidad de educarnos,
desde la dignidad y la libertad, para ser verdaderamente humanos.
*
Los pensamientos y emociones de
los artistas —poetas, pintores, músicos— se contagian a veces de un fuego
sagrado que los impulsa a la trascendencia: hacen lo que hacen con tal pasión
que olvidan necesidades, comodidades y temores; dan todo, aunque sea sólo por
momentos, para vivir la inspiración que los transporta más allá de sí mismos.
De esa vida profunda no quedará memoria, sólo la obra que surgió de esa experiencia.
Lo curioso es que, habiendo expresado de modo tal su Ser, quedan en paz y viven
aspirando ser y expresarse así, siempre; aunque nadie vea, escuche, lea o
entienda. Su paz y satisfacción provienen de haber cumplido una ley
fundamental, expresar esa conciencia inspirada y trascendente que los habita.

Me atrae y me seduce esa región
oscura del alma y de las cosas. Me atrae irresistiblemente lo que no sé, lo que
se esconde, lo sutil, lo subjetivo tenebroso que no acepta yugos de palabras o
determinación alguna. Me atrae y me seduce el misterio en el otro, lo objetivo
que además es sujeto tenebroso, es alma y vida. Es irresistible el misterio de
las cosas, pero sólo hay misterio si hay mirada.
*
Cada vez que medito, siento que
eso desconocido está presente, que sabe de mi mirada y se esconde. Con el
tiempo lo he aprendido a pillar de reojo, notando matices en la luz de la
conciencia que ilumina el espacio de la experiencia, o en intenciones
repentinas, ajenas y contrarias a la continuidad de las establecidas al inicio
de la meditación. He aprendido a ser paciente para aceptar ese no saber, aun
cuando miro lo más obvio. Una sensación en el cuerpo, intensa, burda y
definida, que creo saber definitivamente lo que es; pero cuando eso desconocido
está presente, de súbito comienza a vibrar, a disolverse, se vuelve
intermitente y difusa. ¡Ya no sé más, ni lo que es, ni lo que viene, pero es
liberador, es un deleite! He aprendido a sentir terror y deleite ante ese
desconocido que me quita todos los saberes.

Sin duda, somos apenas una brizna
de sed, pero insaciable. Somos la brizna fugaz, somos la sed de ser y de
infinito, y somos el palpitar del espejo profundo. Esa sed de infinito hace de
lo poco, grande, y logra el misterio de que lo grande quepa en lo poco.
*
Sólo es oscura la mirada
ignorante. El espejo del fondo se esclarece y transparenta a la atención
atinada de conciencia pura, vacía y sin centro. Pasado, presente, futuro, son
sólo puntos relativos, una forma de mirar el proceso del devenir. La conciencia
es luz y, en sí misma impoluta, es espacio infinito para todo, y es ser
esencial en todos.
*
Mi corazón es un tambor. Cada día
la vida golpea su propia melodía. Lloro, canto, sueño, vivo y digo. Hoy
agradezco y comprendo el porqué de haber nacido en una gran familia: la
Humanidad.
El fuego por naturaleza es nada
en sí mismo, sólo un vibrar intenso que se adhiere a las cosas combustibles. Un
misterio que vive y muere por arder. ¡Tal es el amor, un fuego sagrado! ¡Salud!
¡Brindemos por el fuego sagrado que transmuta materia gruesa en sentir
celestial y conciencia infinita! ¡Por el aire de la inspiración que alimenta
ese fuego! ¡Y por la esencia vital, impulso creativo, misterio de la nada, más
allá de ser y de no ser!
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[Leer Hombre de Vitrubio: la sagrada proporción (1)]
[Regresar al primer retrato]
[Entrevista a DGD sobre las postales]
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