miércoles, 29 de julio de 2026

Reunión (41). Pájaros, 3

 

DGD: Postales, 2020-2026.

 

r e t r a t o s   (e n)   (c o n)   p o s t a l e s

Nota sobre un haiku

D.G.D.

 

            El pez y el pájaro
            En la orilla del mundo
            Ven su reflejo

 

Imaginemos a un pájaro que vuela por encima de la superficie del océano. Imaginemos a un pez que nada por debajo de esa superficie. Imaginemos que ambas rutas coinciden y que en un momento dado el pez y el pájaro se descubren uno a otro.

            Para un pájaro y para un pez, ¿cuál otra puede ser la “orilla del mundo” sino esa superficie marina? El pájaro sólo puede atravesar esa frontera momentáneamente (cuando se lanza en picada y se sumerge para atrapar a un pez) y el pez tampoco puede hacerlo sino de ese modo efímero (cuando salta fuera del agua).

            Supongamos que es de día (una tarde nublada es lo que conviene a esta analogía) y que tanto el pájaro como el pez detienen sus caminos y se quedan suspensos, mirándose: el pájaro aleteando a un metro por encima del agua, y el pez ondulando suavemente a un metro por debajo de la superficie.

            Se miran y... ¿qué ven? Para responder hace falta un cierto esfuerzo de imaginación: el pájaro mira directamente hacia abajo y en la superficie del agua (supongamos que no se trata de un océano agitado sino de una laguna en serenidad) contempla tanto su reflejo como al pez, ambas imágenes superpuestas. Es como si nos asomamos a una pequeña fuente: en el agua vemos nuestro reflejo pero a la vez, si el fondo está próximo a la superficie y recibe la suficiente luz, vemos algún objeto que se encuentre ahí, digamos unas monedas; nuestro reflejo se superpone a esa imagen: vemos ese objeto dentro de nuestro reflejo. Sólo hace falta lo que se llama “enfocar”: nuestro reflejo o las monedas; o bien, las monedas enmarcadas en la silueta de nuestra cabeza.

            Por su parte, el pez mira directamente hacia arriba y también en la superficie ve su reflejo. Si estuviéramos buceando y levantáramos la mirada, y si el día no fuera demasiado luminoso y se dieran ciertas condiciones ambientales, veríamos nuestro reflejo en la tersura de la superficie. El pez se mira, pero a la vez contempla al pájaro mirándolo: el reflejo del pez se superpone a la imagen del pájaro. Supongamos que puede “enfocar” y que mira “hacia adelante” (faena un tanto ardua para un pez que tiene los ojos a cada lado de la cabeza, pero licencia de nuestra analogía): sin necesidad de cambiar su cuerpo de orientación, sus ojos enfocan su reflejo, o bien, “más allá”, al pájaro.

            En la orilla del mundo, pues, el pez y el pájaro se miran y a la vez ven sus respectivos reflejos. La superficie del agua es un espejo, de uno u otro lado. Sin embargo, ¿cuáles son los cuerpos y cuáles los reflejos? Y, sobre todo, ¿es cierto que ni el pez ni el pájaro pueden pasar al otro lado del espejo? La orilla del mundo es subjetiva, puesto que sólo es tal respecto a un ser que se contrapone a ella y que no puede pasar perdurablemente esa frontera.

            Si el pájaro y el pez se lanzaran al mismo tiempo hacia su orilla del mundo, probablemente chocarían uno con otro, pero acaso el haiku contiene un movimiento interno que sólo puede concebirse bajo otra analogía subjetiva.

            Imagine el lector que alguien llamado Juan se encuentra en una sala de danza en donde hay un gran espejo que ocupa el sitio de toda una pared. Supongamos que Juan tiene en una de sus manos una pequeña pelota de goma y que la lanza hacia el espejo desde unos tres metros de distancia. Desde luego, la pelota chocará contra el espejo y rebotará en la dirección contraria a la que fue lanzada.

            Esta es la situación: la sala en que está Juan se duplica en una sala “virtual”; la frontera entre ambas es el espejo. Juan-real ve en el espejo a Juan-virtual con una pelota en una mano.

            Ahora Juan repite su acción anterior pero esta vez intentará un cierto juego de la imaginación y la percepción: decide dar injerencia en la realidad al reflejo que está mirando.

            Todo se trata de seguir. Veamos el proceso en “cámara lenta”: en el momento en que Juan lanza la pelota, en su atención “va” con ella atribuyéndole, como siempre ha hecho, toda la realidad (la pelota de Juan es real y la pelota que se ve en el espejo es “virtual”). Pero en el instante en que la pelota toca el espejo, en lugar de seguirla en su rebote, Juan traslada rápidamente su atención a la pelota-reflejo y la sigue. Si Juan ha hecho oportunamente el switch mental, le parecerá, pues, que la pelota atraviesa el espejo y que se va del otro lado, a la sala de danza “virtual”.

            Y si Juan-real hubiera logrado el portento de seguir a la pelota-virtual que Juan-reflejo lanza al mismo tiempo, le parecería que esa pelota-virtual pasaba a la sala-real en un solo movimiento continuo. Cuando Juan recoja la pelota, le será difícil no sentir que sostiene un objeto proveniente del otro lado. Acaso tendrá que intentar esa acción varias veces para conseguir el “salto” en el instante preciso, pero no tardará en lograrlo. Durante las primeras veces lo asombrará tanto el milagro óptico, que olvidará ir por la pelota en su rebote mismo. Más tarde comenzará, realmente, a jugar a la pelota con Juan-virtual.

            Acaso se trata únicamente una “ilusión” óptica, pero bien podría no serlo, puesto que ha funcionado como un ejercicio de apertura de la percepción, de desacomodo de las costumbres sensoriales. En más de un sentido (que sólo es “subjetivo” respecto a —y en comparación con— una objetividad dada) Juan ha logrado el milagro de traspasar la frontera impenetrable.

            Si el pájaro y el pez se lanzaran hacia la orilla del mundo, para nuestra percepción habitual chocarían y serían devueltos a sus respectivos orbes. Mas si aplicáramos la atención según el ejemplo de la sala de danza, se habrían intercambiado: el pájaro pasaría al mundo del pez y viceversa.

            Sin embargo, ¿no estaban ya “del otro lado” desde el origen mismo de la imagen planteada por el haiku? ¿No eran cada uno el reflejo del otro? “El pez y el pájaro / En la orilla del mundo / Ven su reflejo.”

            El tercer verso, apoyado por la visión subjetiva de los dos anteriores, indica menos una pasividad que una acción: el pájaro y el pez ven sus reflejos superpuestos a la imagen del otro. El reflejo no es sólo la opaca réplica invertida de sus cuerpos sino también es el brillante cuerpo del otro. Son uno solo que se mira al espejo. ¿Cuál es el lado “verdadero” de ese espejo y cuál el lado “virtual”? No se trata sino de una cuestión de subjetividades, o bien de colocación: lado del pájaro, lado del pez.

            En principio podría verse en el haiku una idea coincidente con el idealismo de Hume y Berkeley: no hay sino “virtualidad” y reflejos de reflejos de reflejos... Pero ¿no resulta igualmente válida (o más) la contraparte? Todo es realidad.

            Este haiku sugiere que lo verdadero y lo virtual sólo se definen por un punto de vista. El espejo, todo espejo, es una orilla del mundo, pero la dirección en que esto funciona depende del punto en que se sitúa quien llega a esa orilla. De un lado o del otro hay absoluta realidad. Todo reflejo contiene a un ser real que nos mira. Los espejos son orillas de este mundo y de aquel mundo. Y a la inversa, toda orilla del mundo es un espejo.

            Aún más allá, el haiku sugiere que en todo enfrentamiento con el otro, yo veo mi reflejo superpuesto a su cuerpo real. Me veo en él y por eso le “concedo” realidad: es “tan real como yo” puesto que me veo en él. Alcanzar el siguiente nivel resulta casi imposible, y bien lo sabía Machado: “El ojo que ves no es / ojo porque lo veas. / Es ojo porque te ve”.

            La dificultad estriba en aceptar que el otro se ve en mí, y que sólo por ello me concede realidad. El haiku sugiere que todos hacemos esto último, aun sin darnos cuenta, y que también realizamos inadvertidamente el portento supremo: no “atribuirnos realidad” sino dárnosla, intercambiar nuestra realidad.

            Si yo voy hacia el otro y lo toco, cuando nos separamos mi reflejo se va con él. Y del otro lado: si el otro viene hacia mí y me abraza, cuando nos separamos su reflejo se queda conmigo. (El ejemplo de la sala de danza implica, al menos en un nivel metafórico, que en verdad la pelota atraviesa la frontera, la orilla, y pasa del otro lado al tiempo que pasa de mi lado lo que yo consideraba su reflejo.)

            Si el pez y el pájaro chocaran y volvieran a sus respectivos mundos, cada uno se quedaría con el reflejo del otro. No hay más que un paso para decir que intercambiarían más que el reflejo: gracias al pez, el pájaro puede conocer desde dentro el mundo marino; gracias al pájaro, el pez puede conocer el mundo del aire.

            En la pura mirada se intercambian reflejos, lo que significa pasar al otro. Lejos de subjetivizar la realidad, el haiku intenta un vislumbre a una realidad integral en que los mundos sólo tienen orillas para romperlas; aún más: contiene el deseo de pasar al otro lado y vivir otras vidas. Todas esas vidas son nuestra vida; dicho de otro modo, para nuestros ojos todo es real y todo milagro es posible, incluido el gran salto de no sólo aceptar al otro sino de ser el otro.

 


 


 


 


 


 


 

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domingo, 19 de julio de 2026

Reunión (40). Pájaros, 2

 

DGD: Postales, 2020-2024.

 

r e t r a t o s   (e n)   (c o n)   p o s t a l e s

Ítalo Calvino y la extrañeza alada

D.G.D.

 

En los textos que forman dos de las obras maestras de Ítalo Calvino, Las cosmicómicas (1965) y Tiempo cero (1967), el autor parte de epígrafes extraídos de fuentes científicas a los que luego comenta e interpreta a partir de un personaje, Qfwfq, eterno como el universo y testigo de todos los génesis. En el caso de “El origen de los Pájaros”, uno de los textos de Tiempo cero, el epígrafe es este: “La aparición de los Pájaros es relativamente tardía en la historia de la evolución: posterior a la de todas las otras clases del reino animal. El progenitor de los Pájaros —o por lo menos el primero del que los paleontólogos hayan encontrado trazas—, el Archaeopteryx (dotado todavía de algunas características de los Reptiles de los que desciende), se remonta al Jurásico, decenas de millones de años después de los primeros Mamíferos. Esta es la única excepción a la sucesiva aparición de grupos de animales cada vez más evolucionados en la escala zoológica”.

               Al longevo Qfwfq la “evolución” le parecía perfectamente comprensible en su implacable método de exclusión e inclusión, hasta un buen día en que lo sorprende un sonido que nadie había oído jamás y que luego será denominado “canto”. Y es que “la existencia de los pájaros echaba por tierra al modo de razonar en que habíamos crecido”, de tal manera que se desata una oposición a la nueva criatura, decretada “errónea” y hasta monstruosa: “Después de la caída de los Pterosaurios, hacía millones y millones de años que se había perdido toda traza de animales con alas, aparte de los insectos”; hasta ese momento, el imperante razonamiento existencial era simple: “no-monstruos somos todos los que somos y monstruos en cambio son todos los que podían ser y no son, porque la sucesión de las causas y de los efectos nos ha favorecido claramente a nosotros, los no-monstruos, en lugar de a ellos”.

               Sin embargo, “si una criatura imposible por definición como un pájaro era posible (y además podía ser un hermoso pájaro como éste, agradable a la vista cuando se cernía sobre las hojas del helecho, y al oído cuando lanzaba sus gorjeos), entonces la barrera entre monstruos y no-monstruos saltaba por el aire y todo volvía a ser posible”. El origen de los pájaros es misterioso pero lo que representa para la humanidad —según atestigua el inmortal Qfwfq, capaz de contemplar procesos muy lentos pero inexorables— es un cambio de paradigma. Con el paso del tiempo lo imposible y monstruoso no sólo es aceptado sino que se vuelve lo único posible y bello; lo que ayer era mentira es hoy la verdad indiscutible y un nuevo orden se extiende hasta parecer que así ha sido desde siempre. La resultante de ello es escalofriante: “En el cielo sigue habiendo pájaros, pero ya nadie se fija en ellos”.

               En “El origen de los pájaros” Calvino parece concordar con la idea de un ciclo fatal y determinista, pero en este texto el acento no radica en tal ciclo sino en una de sus etapas: aquella en que todos terminan por aceptar el primer mensaje de esos cantores alados: “esta no era sino una de las innumerables posibilidades; nadie excluía que las cosas pudieran ser de otras maneras completamente diferentes”. Es ese instante en que todos contemplan a los pájaros como revelación: “Se habría dicho que ahora cada uno se avergonzaba de ser como se esperaba que fuera, y se esforzara por ostentar un aspecto irregular, imprevisto: un aspecto un poco de pájaro, o si no exactamente de pájaro, uno que no nos causara el hacer un mal papel frente a la extrañeza de los pájaros”. El acento recae, pues, en ese lapso en que la extrañeza no es vista como potencialmente peligrosa sino como un radical cambio de actitud: “el que tenía cualquier particularidad inexplicable, mientras que antes trataba de ocultarla, ahora la ponía de relieve, y todos tenían el aire del que de un momento a otro espera algo, no el sucederse puntual de causas y efectos, como en un tiempo, sino lo inesperado”.

               Calvino centra “El origen de los pájaros” en el periodo anterior a la institucionalización de lo impensable convertido en paradigma. Es el momento en que la reina de los pájaros dice a Qfwfq, sediento de respuestas: “Entenderás cuando hayas olvidado lo que entendiste antes”. Qfwfq alcanza así su propia revelación: “conseguí abarcar en un solo pensamiento el mundo de las cosas tal como eran y el de las cosas como habrían podido ser, y me di cuenta de que un solo sistema lo incluía todo. [...] ¡Monstruos y no-monstruos han estado siempre cerca! Lo que no ha sido continúa siendo”. Los pájaros —sugiere Calvino— son la paradoja, la excepción que no confirma a ninguna regla, la gran metáfora de un universo que lo incluye todo.

 


 


 


 


 


 


 

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