martes, 19 de mayo de 2026

Stefan Zweig: la imparcialidad

 

DGD: Postales, 2024-2026.

 

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Stefan Zweig: la imparcialidad

 

[Stefan Zweig (Viena, Austria-Hungría, noviembre 28 de 1881-Petrópolis, Brasil, febrero 22 de 1942) debe merecidamente su fama a las imborrables biografías que dio a la imprenta; retratista de primer nivel, hizo desfilar ante su caballete a figuras como Erasmo de Rotterdam, María Estuardo, Verlaine, Americo Vespucio, Magallanes, María Antonieta, Montaigne, Romain Rolland, y en trípticos, a Balzac, Dickens y Dostoievski, Hölderlin, Kleist y Nietzsche, Casanova, Stendhal y Tolstoi... Con una mirada especialmente honda intentó incluso un retrato colectivo, ya sea en Momentos estelares de la humanidad o El legado de Europa, y ante todo en El mundo de ayer. Igualmente abarcadoras son su correspondencia con Rilke, Hesse, Joseph Roth, Richard Strauss, Pirandello o Romain Rolland (el acervo existente abarca más de diez mil cartas), sus crónicas de viajes y reseñas literarias (Encuentros con libros). Sin embargo, su deseo era ser leído también y sobre todo por su creación literaria, y de ahí las novelas (Impaciencia del corazón, La embriaguez de la metamorfosis, Novela de ajedrez), la profusión de novelas cortas (Ardiente secreto, Los ojos del hermano eterno, Miedo, Una historia crepuscular, 24 horas en la vida de una mujer, El amor de Erika Ewald) y de relatos coleccionados en libros como Amok, Calidoscopio, La mujer y el paisaje, Noche fantástica, Sueños olvidados, La estrella sobre el bosque, a lo que deben incluirse sus incursiones en la poesía (Cuerdas de plata, Las primeras coronas) y el teatro (Thersite, Jeremías, La casa al borde del mar). A este horizonte habría que añadir sus diarios y su libreto operístico La mujer silenciosa (1935, ópera prohibida casi de inmediato en Alemania).

               Su deslumbrante y revelador El mundo de ayer (1942) inicia con una declaración de principios: “Jamás me he dado tanta importancia como para sentir la tentación de contar a otros la historia de mi vida. Han tenido que pasar muchas cosas, acontecimientos, catástrofes y pruebas, muchísimas más de lo que suele corresponder a una sola generación, para que yo encontrara valor suficiente como para concebir un libro que tenga a mi propio ‘yo’ como protagonista o, mejor dicho, como centro. Nada más lejos de mi intención que colocarme en primer término, a no ser que se me considere como un conferenciante que relata algo sirviéndose de diapositivas; es la época la que pone las imágenes, yo me limito a ponerle las palabras; aunque, a decir verdad, tampoco será mi destino el tema de mi narración, sino el de toda una generación, la nuestra, la única que ha cargado con el peso del destino, como, seguramente, ninguna otra en la historia”.

               Una de las grandes características de Zweig es una necesidad de imparcialidad que podría llamarse dialéctica: cuando ha expuesto un tema y su punto de vista sobre éste, no evita dar la visión opuesta dejando al lector en completa libertad de elegir. Así, por ejemplo, cuando relata con detalle los años de sufrimiento que en Austria su generación debió soportar a causa de una educación escolar rígida, seca e intolerante (“Para nosotros, la escuela era una obligación, una monotonía tediosa, un lugar en donde se tenía que asimilar, en dosis exactamente medidas, la ciencia de todo cuanto no vale la pena saber”), al final no omite añadir que, de no haber sido por ese tormento y esa impaciencia por librarse de aquel fastidio rutinario, su generación difícilmente habría encontrado el refugio en los libros, la vida cultural y las manifestaciones artísticas (“nuestro afán de aprender, que estaba estancado, nuestra curiosidad intelectual, artística y de ocio, que en la escuela no encontraba alimento alguno, nos lanzó a una búsqueda apasionada de todo aquello que se producía muros afuera”), además de haber infundido en Zweig “el odio que siento por toda muestra de autoritarismo, por el ‘hablar desde arriba’, que me ha acompañado a lo largo de toda mi vida”.

               Ese sentido de imparcialidad, que vuelve tan vivos, palpitantes y casi podría decirse tangibles a sus textos biográficos, se extiende a lo largo y ancho de una obra torrencial signada por la honestidad y el asombro incesante. (DGD)]

 


 


 


 


 


 


 

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viernes, 8 de mayo de 2026

Yeats: la memoria superior

 

DGD: Postales, 2022-2026.

 

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Yeats: la memoria superior

 

[La fundamental característica del poeta y dramaturgo irlandés William Butler Yeats (Dublín, junio 13 de 1865-Roquebrune-Cap-Martin, Francia, enero 28 de 1939) era una curiosidad sin límites, una sed de ahondamiento que en primera instancia lo llevó a recoger leyendas y fábulas y a escribir varias piezas teatrales inspiradas en la mitología celta y las tradiciones irlandesas. Esta faceta es la causa principal de que en 1923 le fuera otorgado el Premio Nobel de Literatura, “tanto por su obra”, escribe Juan Villoro, “de gran importancia dentro de la literatura irlandesa como elemento diferenciador de la cultura inglesa, como por su papel destacado dentro de la independencia de Irlanda”. Pero el interés de Yeats en lo legendario y mítico no era el del antropólogo o del historiador, sino parte de la búsqueda de un conocimiento superior codificado, que él sentía como base de toda exploración intelectual: el hombre busca y se conforma con lo que encuentra, puesto que siente que lo ha dominado, pero para Yeats esos hallazgos son apenas la punta de un iceberg siempre desatendido. Por ello se interesó en las áreas despreciadas o incluso proscritas de todos los territorios, el simbolismo, la magia, el hermetismo, el erotismo, la metafísica y sobre todo la poesía. Bien lo define Villoro como “Un personaje desmedido, deliberadamente único, que combina las ocupaciones mundanas con el disciplinado cultivo de sus visiones interiores”.

               Esta es la faceta menos conocida de Yeats. Sus biógrafos mencionan a regañadientes que “llegó a formar parte de la orden esotérica Golden Dawn” pero siempre en el tono de extravagancia, de “pecadillo” que puede perdonársele a la luz de sus logros literarios y nacionalistas. Pero no se trata de un apunte lateral sino central. Basta hacer el intento de averiguar un poco más acerca de esa misteriosa Golden Dawn para darse cuenta de que no cualquiera, ni siquiera un dramaturgo aclamado, podía llegar, como Yeats lo hizo durante años, al más alto de los cargos dentro en la Logia principal de la Golden Dawn en Londres, el de Imperator.

               La aventura intelectual de la Golden Dawn es conocida sobre todo por ciertas personalidades que se unieron a ella: además de Yeats, Arthur Machen (autor de The Great God Pan), Algernon Blackwood, Sax Rohmer, Bram Stoker (creador de Drácula). La Golden Dawn, según Jacques Bergier (autor junto con Louis Pauwels de El retorno de los brujos y, con este volumen, del realismo fantástico), estuvo a punto de convertirse en una “verdadera central de energía, una resplandeciente ciudadela que dominara al siglo XX. [...] Por muy escéptico que uno sea respecto a la magia —y mi escepticismo es bastante considerable—, no es menos cierto que la Golden Dawn consiguió una experiencia mágica inigualada, que yo sepa, en toda la historia de la humanidad. Y no sólo la consiguió, sino que también fue capaz de enseñarla. Durante milenios, el hombre soñó con un estado de conciencia más despierto que la propia vigilia. La Golden Dawn lo alcanzó”.

               El origen de la Golden Dawn es recuperado por Bergier en su revelador Los libros condenados (1971). En 1880 un clérigo inglés, Woodford, francmasón y rosacruz, encuentra en una vieja librería de Farrington Street unos manuscritos en clave y una carta en alemán. Ésta informa que quien los descifre podrá comunicarse, a través de un cierto intermediario, con una sociedad secreta alemana compuesta principalmente por alquimistas y llamada Sapiens Donabitur Astris. La SDA es célebre por haber salvado la vida de Goethe, ya desahuciado por la medicina oficial (cf. Goethe el alquimista, Oxford, 1952); se le conoce también por dos de sus miembros: Stephan George —creador de los “círculos cósmicos” opuestos al nazismo— y el conde Von Stauffenberg —organizador del atentado a Hitler del 20 de julio de 1944.

               Woodford descifra los manuscritos en colaboración con dos amigos, los doctores Woodman y Westcott, cabalistas. Tras comunicarse con la SDA, reciben instrucciones de proseguir sus estudios. A ellos se suma un extraño personaje, Samuel Liddell Mathers, casado con una hermana del filósofo Henri Bergson. Mathers redacta entonces el conjunto de los Rituales que llevan su nombre, compuestos —escribe Bergier— “por extractos del documento alemán original, por otros documentos poseídos por Mathers y por mensajes recibidos por su esposa a través de clarividencia. El conjunto es sometido en Alemania a la SDA, la cual autoriza al pequeño grupo inglés a formar una sociedad oculta y externa, es decir abierta, que se llamará Order of the Golden Dawn in the Outer (Orden del Alba Dorada en el Exterior). [...] En 1889 se crea oficialmente esta sociedad. Es de advertir que es esta la única vez, en el curso de los siglos XIX y XX, que una autoridad esotérica calificada, la SDA, concede autorización para fundar una sociedad exterior”.

               Los linderos en que se movía Yeats quedan perdurablemente establecidos en su ensayo “Magia” (1901): “Yo tengo fe en la práctica y en la filosofía de lo que hemos convenido en llamar magia, y [...] en la visión de la verdad, en las profundidades de la mente cuando nuestros ojos están cerrados; y tengo fe en tres doctrinas que nos han sido transmitidas desde épocas primitivas y que han servido de fundamento a casi todas las prácticas de magia. Estas doctrinas son: 1) Que los límites de nuestra mente se hallan en un estado de fluidez constante, y que muchas mentes pueden, por así decirlo, fusionarse para crear o revelar una mente única, una energía única. 2) Que los límites de nuestros recuerdos se hallan en un estado igual de fluidez y nuestras memorias forman parte de una inmensa memoria, la de la Naturaleza misma. 3) Que es posible evocar por medio de símbolos esta mente superior o esta memoria superior”. (DGD)]

 


 


 


 


 


 


 

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 [Leer Stefan Zweig: la imparcialidad]

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Jacques Bergier y Louis Pauwels: El retorno de los brujos. Una introducción al realismo fantástico (1960), Plaza & Janés, Barcelona, 1980; Debolsillo, Barcelona, 2016.

Jacques Bergier: Los libros condenados (1971), Plaza & Janés, Barcelona, 1984.

Ronald Douglas Gray: Goethe the Alchemist: A Study of Alchemical Symbolism in Goethe's Literary and Scientific Works (1952), Cambridge University Press, 2010.

Juan Villoro: prólogo a El crepúsculo celta y La rosa secreta, Reino de Redonda 6, Madrid, 2003.

William Butler Yeats: “Magia” (“Magic”), en The Monthly Review, Londres, 1901. Inc. en Ideas of Good and Evil (Ideas del bien y del mal), A.H. Bullen, Londres 1903.

 

 

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