martes, 29 de septiembre de 2026

Zweig y Borges (1 de 2)

 

DGD: Postales, 2024-2026.

 

r e t r a t o s   (e n)   (c o n)   p o s t a l e s

Zweig y Borges (1 de 2)

D.G.D.

 

I. El zahorí y el memorioso | En el relato “Mendel el de los libros” (1929), Stefan Zweig (1881-1942) llama al protagonista zahorí, la palabra que designa al buscador de agua subterránea que usa para ello una vara o un péndulo. Zweig utiliza esa palabra con objeto de describir el talento casi sobrenatural e intuitivo de Jacob Mendel para encontrar libros raros y descatalogados. Así como un zahorí tradicional camina sobre la tierra seca y siente una vibración mística en las manos cuando hay agua oculta a decenas de metros bajo el suelo, Mendel hace lo mismo con el conocimiento humano. No necesita catálogos modernos ni ordenadores; simplemente mira al vacío y, a través de su memoria prodigiosa, “siente” exactamente en dónde está un libro, quién lo editó en París en 1790 o en qué librería de viejo en Viena queda un ejemplar.

               Para Zweig, el agua que busca el zahorí equivale al conocimiento, la poesía y la historia contenidos en las páginas impresas. Mendel es el mediador entre ese “manantial oculto” y el resto del mundo. Los eruditos, los maestros universitarios y los coleccionistas acuden a esa mesa del Café Gluck de Viena para que este humilde zahorí les indique en dónde excavar para dar con un agua que no podían encontrar de otro modo o que ya de plano daban por perdida. Un zahorí vive concentrado únicamente en las corrientes invisibles que corren bajo sus pies, e ignora el paisaje superficial. Del mismo modo, Mendel el de los libros vive en un permanente estado de trance. Está tan absorto en su universo bibliográfico que es completamente ajeno a la realidad que lo rodea: no se entera de la llegada de la primera guerra mundial, no sabe qué es el dinero y ni siquiera nota el paso del tiempo en su rincón del café en donde habita el día entero.

               Para concebir la memoria de Mendel habría que imaginar un equivalente en la Biblioteca del Congreso de Washington o en la Biblioteca Nacional de París, y aún más allá porque Mendel es capaz de interrelacionar los trillones de datos y, para colmo, está enterado de las existencias de bibliotecas y librerías en toda Europa. Parecería, en efecto, un hermano espiritual de uno de los personajes más famosos de Borges: Funes el memorioso (protagonista del relato homónimo reunido en Ficciones en 1944). Al igual que Ireneo Funes, Mendel sufre de una “hipermnesia” sagrada y terrible: no sólo recuerda el título de un libro sino el precio que tenía en una librería de Londres en 1890, el color de la portada de la edición de Leipzig y el nombre del impresor. Su mente es una máquina analógica, una trilladora de datos que funciona en un estado de interconexión perpetua.

               La mesa del Café Gluck que ocupa Jacob Mendel es el punto en donde converge la bibliografía europea. Desde ese polvoriento rincón vienés, balanceándose como un hipnotizado, Mendel puede ver simultáneamente los inventarios de París, Berlín, San Petersburgo y Roma. Hay una apabullante coincidencia temática entre Zweig y Borges: para ambos autores, una mente que lo contiene todo es incompatible con la supervivencia en el mundo real. El Funes de Borges muere joven, abrumado por el peso de recordar cada brizna de hierba y cada nube del pasado. El Mendel de Zweig es destruido por la brutalidad de la primera guerra mundial; su mente, que registra con precisión quirúrgica incontables datos sobre catálogos de arte y literatura, es incapaz de procesar conceptos humanos tan absurdos y destructivos como una cartilla de racionamiento o una frontera militar. Al final, la guerra destruye ese orden perfecto que vivía dentro de la cabeza de Mendel, demostrando que el mundo exterior es caótico, analfabeto y despiadado con los guardianes del conocimiento.

 

 

               ¿Qué habría pensado Zweig si hubiera tenido oportunidad de leer “La Biblioteca de Babel” (1944) de Borges? Aunque Zweig conoció Buenos Aires durante su exilio e incluso Borges llegó a reseñar algunas obras de Zweig en revistas como El Hogar y Sur, no consta que profundizaran mutuamente en sus textos de ficción antes de la muerte del austriaco en 1942. Si Zweig hubiera abierto esas páginas borgesianas, su reacción probablemente habría oscilado entre la fascinación y un profundo terror existencial. Zweig, que era un coleccionista obsesivo de manuscritos originales y reliquias culturales, muy probablemente se habría sorprendido  ante la escala conceptual de Borges. Para Zweig, el conocimiento humano era un tesoro sagrado que debía protegerse de la barbarie. Una biblioteca como la de Babel, que contiene todas las combinaciones posibles de letras (y por tanto, todos los libros que se han escrito y los que se escribirán) le habría parecido la utopía máxima: el catálogo absoluto. Habría reconocido en el narrador de Borges a un alma gemela de su Jacob Mendel: un ser que pasa la vida entera peregrinando entre estanterías en busca de un libro sagrado.

               Sin embargo, hay un punto en el que muy probablemente Zweig habría marcado una distancia emocional respecto a Borges. La prosa de Zweig es de un humanismo desbordante, cálido y profundamente psicológico (en el sentido primigenio del término, el de los albores del psicoanálisis, cuando era un campo totalmente abierto a la exploración, antes de su corrupción y su puesta al servicio de los poderes dominantes); lo que le interesaba era el alma de los personajes, su pasión y sufrimiento. La Biblioteca de Borges, en cambio, es una estructura geométrica, matemática, infinita y fría, en donde la inmensa mayoría de los libros contienen líneas absurdas o combinaciones caóticas de letras sin sentido. Sin duda Zweig se habría horrorizado por la desesperación de los bibliotecarios borgesianos que se vuelven locos o se suicidan al comprobar que la verdad es inalcanzable en medio de un océano de datos inútiles. Para el escritor vienés, un universo hecho de infinitas galerías hexagonales de piedra y papel carecería de la calidez espiritual y musical que él tanto defendía.

               Aún más desgarradora resulta la sospecha de que Zweig habría visto en “La Biblioteca de Babel” un espejo de la tragedia que él mismo estaba viviendo durante la segunda guerra mundial. En el relato de Borges, los hombres adoran a la Biblioteca pero se matan entre sí por disputas absurdas sobre los catálogos o los libros falsificados. Zweig, un pacifista que vio cómo la intolerancia nazi destruía los puentes culturales de Europa y quemaba libros, habría interpretado el cuento de Borges como una perfecta alegoría del modo en que la razón y la cultura humana pueden llegar a convertirse en una pesadilla inhabitable cuando los hombres pierden la brújula moral y la empatía. Es muy posible imaginar que Zweig habría aplaudido el genio de Borges pero probablemente habría confirmado el peor de sus miedos: que el intelecto puro, desprovisto de piedad y corazón, puede llegar a construir el más compacto de los infiernos.

 


II. Diálogo | Si se exploran los relatos de Ficciones de Borges, es posible descubrir varios puntos de contacto con las obsesiones psicológicas características de Stefan Zweig. A pesar de sus diferencias  —Zweig emocional y freudiano; Borges geométrico y metafísico—, ambos compartían una fascinación por los personajes poseídos por una sola idea fija: los grandes monomaníacos. En Novela de ajedrez (1941), el personaje referido como Dr. B. sobrevive al aislamiento y a la tortura nazi dividiendo en dos su propia mente para jugar al ajedrez contra sí mismo. Esta fragmentación termina provocando una peligrosa patología (la “fiebre del ajedrez” o “intoxicación ajedrecística”). En “El milagro secreto” de Borges, el escritor checo Jaromir Hladík va a ser fusilado por la Gestapo; en el momento de la fatal orden de fuego y cuando se produce la descarga de los fusiles, la ignota divinidad concede a Hladík un milagro: el tiempo físico se detiene, pero su mente sigue funcionando durante un año entero. En ese espacio mental incorpóreo, Hladík, consagrado a un único fin, a un único desafío, pasa los meses corrigiendo pacientemente los versos de su drama teatral antes de que las balas alcancen su blanco.

               A Zweig obsesionaba el modo en que una pasión repentina o una pulsión ciega (como en su novela corta Amok, 1922) obliga a un personaje a traicionar su moral, sus modales burgueses o su propia reputación en cuestión de segundos. En “Tema del traidor y del héroe”, Borges explora la paradoja de un líder revolucionario irlandés sacudido por el descubrimiento de que ha traicionado a su propia causa; al ser descubierto, acepta que su ejecución sea montada como un falso asesinato heroico para no perjudicar la rebelión. Aunque Borges lo trata como un laberinto histórico, el trasfondo psicológico es puramente zweiguiano: el drama de un individuo atrapado entre sus debilidades secretas, la culpa y la representación teatral que debe sostener ante la sociedad (no porque quiera mentirle sino justamente por lo contrario).

 


               Borges y Zweig muy probablemente conversarían sobre un tema caro a ambos: el universo contenido en un objeto. El relato “La colección invisible” de Zweig, está protagonizado por un tiflógrafo, un coleccionista ciego que atesora una amplia y muy valiosa colección de grabados; él ignora, sin embargo, que sus familiares se han visto obligados a ir vendiendo una a una las piezas de esa colección debido a la miseria causada por la guerra, y a cada grabado vendido lo han sustituido por una cartulina de idénticos tamaño y textura para que él no note el cambio; los objetos materiales de una serie que ya no existe físicamente pero vive en la memoria del anciano protagonista, actúan como un puente directo al pasado y a la identidad profunda de un hombre.

               En “El Sur”, el cuento preferido por el propio Borges, el protagonista, Juan Dahlmann, vive obsesionado con su linaje criollo y sus antepasados militares. Un simple ejemplar de Las mil y una noches desencadena su accidente y posterior delirio. Al final del cuento, Dahlmann viaja a una llanura casi mítica en donde empuña un puñal para morir en un duelo a cielo abierto. El viejo coleccionista de Zweig no lo sabe, pero vive dentro de su propia fantasía romántica, al igual que Dahlmann, que prefiere vivir y morir antes que aceptar la gris y dolorosa realidad de una cama de hospital o de la decadencia europea.

               ¿Podría haber sido el humanismo de Zweig el que le impidió desarrollar esa parte fantástica/metafísica de su obra, bien representada por Mendel o por el Dr. B. de Novela de ajedrez? Zweig aspiraba a la mayor cantidad posible de lectores y ya se sabe que las mayorías no son afectas a lo metafísico, mientras que a Borges realmente no le importaba tener miles de lectores y este hecho más bien representaba para él una sorpresa. El desesperado humanismo de Zweig y su deseo consciente de ser un “constructor de puentes” para la colectividad europea actuaron, en efecto, como un límite para que sus relatos no cruzaran la frontera hacia lo puramente fantástico o metafísico; por ello siempre prefirió quedarse en el extremo de lo psicológico, consciente de que en la psicología no hay zona media (eso que tan hipotéticamente se llama normalidad) y que no es otra cosa que sus extremos (traumas, complejos, represiones).

 

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