jueves, 28 de mayo de 2026

Frank Herbert: una ciencia de la sabiduría

 

DGD: Postales, 2021-2026.

 

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Frank Herbert: una ciencia de la sabiduría

D.G.D.

 

Frank Herbert (1920-1986) supo desde la adolescencia que su vocación era la escritura; aprendió todos los oficios relacionados (periodista, editor, crítico...) y leyó, además, como se dice, todo lo que caía en sus manos, hasta que en 1952 vendió su primer cuento, “Looking for Something” (el título era a la vez una declaración de principios), que pertenecía a la ciencia-ficción, un amplio territorio en el que comenzó una búsqueda de postura y estilo. El azar se lo dio el año siguiente, cuando aceptó el encargo de escribir un artículo sobre el control de las dunas de arena en una zona llamada Dunes, cerca de Florence, Oregon. En una entrevista posterior, Herbert relató: “Hay un área ahí en donde crece la arena de las dunas y llega a cruzar la autopista, y normalmente la deben cerrar por ese motivo. El Servicio Forestal puso ahí una estación para estudiar cómo controlar esas dunas. Y a mí me fascinaron, por la idea de que algo en principio tan pequeño como granos de arena pudiera convertirse en algo tan grande con el tiempo, como las olas del mar pero más lentas”. Sus notas de trabajo comenzaron a acumularse; el artículo, que se iba a llamar “Los que detuvieron a las arenas movedizas” (“They Stopped the Moving Sands”), nunca fue escrito; más que la locación física, lo que lo absorbió fueron sus implicaciones simbólicas y metafóricas: comenzó a imaginar un desierto que cubre a un planeta entero que había sido un paraíso y ahora estaba devastado por sobreexplotación tecnológica y la voraz ambición capitalista. Era la semilla para una escritura que demandaba una preparación extensa y que ya no era sólo una novela sino un centro de operaciones.

 


               Herbert recuerda: “Leí cerca de doscientos libros para preparar esta novela, y en uno de ellos alguien, no recuerdo quién, definía a la ecología como ‘la ciencia de entender las consecuencias’. ¡Qué gran frase! Es perfecta porque nos lleva a uno de los puntos claves que la novela pretendía, las consecuencias de lo que hacemos al medio ambiente. El hombre occidental ha asumido que todo lo que necesita lo puede conseguir por la fuerza. No le parece que haya problema alguno en someter. Somos unos ignorantes. Así vivimos. Necesitamos una ciencia de la sabiduría”. Ante la dimensión potencial de lo que bien podía ya considerarse una saga, Herbert desarrolló un método influido por la semántica no aristotélica de Alfred Korzybski: contar el argumento a distintos oyentes antes de escribirlo, “porque creo que el inconsciente acepta mejor la transmisión oral”.

 


               Así nació Arrakis o Dune, un mundo en donde el agua es tan escasa que se vuelve la esencia mítico-religiosa de la vida del pueblo nativo, los Fremen (“Ver las dunas me llevó a la mística árabe del desierto, así que recurrí al árabe para los términos, nombres y muchas otras cosas. También pensé en los indios navajos o en las tribus del desierto del Kalahari, que usan cada gota de agua”). Se trata, además, del único planeta en el universo conocido en el que se encuentra una sustancia fundamental: la melange o especia, que alarga la vida y permite los viajes interestelares. La saga debía extenderse, primero en el tiempo: la historia comienza más de veinte mil años en el futuro; luego, en el espacio: Arrakis pertenece a un imperio galáctico-feudal que domina a numerosos mundos. La humanidad se ha dispersado por estos planetas como resultado de una cruzada religiosa, el Jihad Butleriano, un movimiento que destruyó a las máquinas que estuvieron a punto de esclavizar a la mente humana. Para sustituir la labor de los cerebros electrónicos surgen instancias como los Mentat (que desarrollan las capacidades mentales hasta hacerse tan versátiles como las antiguas computadoras), la Cofradía Espacial (cuyos miembros posibilitan los viajes espaciales utilizando su característica, la visión presciente) y la Bene Gesserit (una orden religiosa femenina que ejerce el dominio político a través de ritos secretos y una cierta forma de ingeniería genética). El Imperio se divide en feudos o señoríos planetarios controlados por familias conocidas como Las Grandes Casas. Una sola de éstas es capaz de rivalizar con el emperador: la Casa Atreides (que Herbert remonta a Menelao y Agamenón). En complicidad con los Harkonnen, encarnizados enemigos de los Atreides, el emperador ofrece el dominio de Arrakis a Leto Atreides como suprema trampa. Este último muere, pero sobreviven su concubina Jessica, una Bene Gesserit, y el hijo de ambos, Paul Atreides, que gracias a la ayuda de los Fremen se enfrenta al emperador. Con el tiempo se convierte en guía espiritual de los Fremen cuando se cumple una antigua profecía que señalaba la llegada del Kwisatz Haderach, el Mesías que habría de devolverles el poder y el cuidado único tanto de la melange como de los gigantescos gusanos que la originan, llamados Shai-Hulud.

 


               Dune significó para Herbert diez años de escritura (“como las olas del mar pero más lentas”) y terminó conformando un manuscrito más copioso que lo aceptable para las novelas de ciencia-ficción en la época. Con objeto de publicarla, Herbert aceptó dividirla en dos partes; la primera, llamada “El mundo de Dune” apareció en diciembre de 1963, y la segunda, “El profeta de Dune” en enero de 1964. Además de una entusiasta acogida de público y crítica, consiguió los dos premios más importantes de la ciencia-ficción, primero el Nébula en 1965 y el año siguiente el Hugo compartido con otra novela-río de primera magnitud, Tú el inmortal (...And Call Me Conrad) de Roger Zelazny; recibió asimismo el Premio Internacional de Fantasía.

 


               En los años setenta y ochenta Herbert empleó sus ganancias en comprar casas que transformó en “granjas biológicas”, además de patrocinar proyectos ecológicos. Continuó la saga con El Mesías de Dune (1969), Hijos de Dune (1976), Dios Emperador de Dune (1981), Herejes de Dune (1984) y Casa Capitular Dune (1985). El hijo de Herbert, Brian, terminó las dos últimas novelas de la saga a partir de notas dejadas por su padre: Cazadores de Dune (2008) y Gusanos de arena de Dune (2009). Añadió dos “trilogías-precuelas”, Preludio a Dune y Legendas de Dune.

               Son intensos los contactos de la novela con el cine. Arthur P. Jacobs (productor de El planeta de los simios de 1968) llegó a considerar una adaptación que habría de dirigir David Lean (autor de Lawrence de Arabia y Dr. Zhivago). Más tarde —1973-1974— hubo otro intento más ambicioso y legendario: el Dune de Alejandro Jodorowsky; Herbert aceptó a regañadientes los cambios que había introducido Jodorowsky, cuyo guión era un cómic colosal escrito por éste y dibujado por Moebius; el filme, que no llegó a realizarse, habría tenido unas catorce horas de duración. Luego vino en 1984 la adaptación fílmica producida por Dino de Laurentiis, dirigida por David Lynch y filmada en México. De modo más reciente, en plena era de la CGI ha aparecido la bastante firme versión de Denis Villeneuve, en dos entregas (2021 y 2024).

 


               El proceso de creación de Dune es revelador: Frank Herbert se interesó por el entorno físico a la vez que estudiaba culturas humanas fusionadas con este severo ambiente; poco a poco fue entreviendo, más a profundidad, el aspecto simbólico y místico, que lo llevó a relacionar la ecología con la mitología y las religiones comparadas. De ahí su demanda de una ciencia de la sabiduría que es sin duda la esencia de Dune (más allá de sus baches ideológicos y de sus generalizaciones en temas como el mesianismo y la exégesis del mal): ella implica que antes de hacer una recolección de conocimientos bajo la mirada de la ciencia dura, es necesario un estudio profundo tan relacionado con la epistemología y la gnoseoleogía como con la ética: una redefinición de qué es conocer y de los medios y características de esta acción de la conciencia cuando ésta (al decir de T.S. Eliot) da no sólo el paso usual de la información al conocimiento sino el mucho más arduo del conocimiento a la sabiduría.

 

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martes, 19 de mayo de 2026

Stefan Zweig: la imparcialidad

 

DGD: Postales, 2024-2026.

 

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Stefan Zweig: la imparcialidad

 

[Stefan Zweig (Viena, Austria-Hungría, noviembre 28 de 1881-Petrópolis, Brasil, febrero 22 de 1942) debe merecidamente su fama a las imborrables biografías que dio a la imprenta; retratista de primer nivel, hizo desfilar ante su caballete a figuras como Erasmo de Rotterdam, María Estuardo, Verlaine, Americo Vespucio, Magallanes, María Antonieta, Montaigne, Romain Rolland, y en trípticos, a Balzac, Dickens y Dostoievski, Hölderlin, Kleist y Nietzsche, Casanova, Stendhal y Tolstoi... Con una mirada especialmente honda intentó incluso un retrato colectivo, ya sea en Momentos estelares de la humanidad o El legado de Europa, y ante todo en El mundo de ayer. Igualmente abarcadoras son su correspondencia con Rilke, Hesse, Joseph Roth, Richard Strauss, Pirandello o Romain Rolland (el acervo existente abarca más de diez mil cartas), sus crónicas de viajes y reseñas literarias (Encuentros con libros). Sin embargo, su deseo era ser leído también y sobre todo por su creación literaria, y de ahí las novelas (Impaciencia del corazón, La embriaguez de la metamorfosis, Novela de ajedrez), la profusión de novelas cortas (Ardiente secreto, Los ojos del hermano eterno, Miedo, Una historia crepuscular, 24 horas en la vida de una mujer, El amor de Erika Ewald) y de relatos coleccionados en libros como Amok, Calidoscopio, La mujer y el paisaje, Noche fantástica, Sueños olvidados, La estrella sobre el bosque, a lo que deben incluirse sus incursiones en la poesía (Cuerdas de plata, Las primeras coronas) y el teatro (Thersite, Jeremías, La casa al borde del mar). A este horizonte habría que añadir sus diarios y su libreto operístico La mujer silenciosa (1935, ópera prohibida casi de inmediato en Alemania).

               Su deslumbrante y revelador El mundo de ayer (1942) inicia con una declaración de principios: “Jamás me he dado tanta importancia como para sentir la tentación de contar a otros la historia de mi vida. Han tenido que pasar muchas cosas, acontecimientos, catástrofes y pruebas, muchísimas más de lo que suele corresponder a una sola generación, para que yo encontrara valor suficiente como para concebir un libro que tenga a mi propio ‘yo’ como protagonista o, mejor dicho, como centro. Nada más lejos de mi intención que colocarme en primer término, a no ser que se me considere como un conferenciante que relata algo sirviéndose de diapositivas; es la época la que pone las imágenes, yo me limito a ponerle las palabras; aunque, a decir verdad, tampoco será mi destino el tema de mi narración, sino el de toda una generación, la nuestra, la única que ha cargado con el peso del destino, como, seguramente, ninguna otra en la historia”.

               Una de las grandes características de Zweig es una necesidad de imparcialidad que podría llamarse dialéctica: cuando ha expuesto un tema y su punto de vista sobre éste, no evita dar la visión opuesta dejando al lector en completa libertad de elegir. Así, por ejemplo, cuando relata con detalle los años de sufrimiento que en Austria su generación debió soportar a causa de una educación escolar rígida, seca e intolerante (“Para nosotros, la escuela era una obligación, una monotonía tediosa, un lugar en donde se tenía que asimilar, en dosis exactamente medidas, la ciencia de todo cuanto no vale la pena saber”), al final no omite añadir que, de no haber sido por ese tormento y esa impaciencia por librarse de aquel fastidio rutinario, su generación difícilmente habría encontrado el refugio en los libros, la vida cultural y las manifestaciones artísticas (“nuestro afán de aprender, que estaba estancado, nuestra curiosidad intelectual, artística y de ocio, que en la escuela no encontraba alimento alguno, nos lanzó a una búsqueda apasionada de todo aquello que se producía muros afuera”), además de haber infundido en Zweig “el odio que siento por toda muestra de autoritarismo, por el ‘hablar desde arriba’, que me ha acompañado a lo largo de toda mi vida”.

               Ese sentido de imparcialidad, que vuelve tan vivos, palpitantes y casi podría decirse tangibles a sus textos biográficos, se extiende a lo largo y ancho de una obra torrencial signada por la honestidad y el asombro incesante. (DGD)]

 


 


 


 


 


 


 

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