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r e t r a t o s (e n)
(c o n) p o s t a l e s
Nota sobre un haiku
D.G.D.
El pez y el pájaro
En la orilla del mundo
Ven su reflejo
Imaginemos a un pájaro que vuela
por encima de la superficie del océano. Imaginemos a un pez que nada por debajo
de esa superficie. Imaginemos que ambas rutas coinciden y que en un momento
dado el pez y el pájaro se descubren uno a otro.
Para
un pájaro y para un pez, ¿cuál otra puede ser la “orilla del mundo” sino esa
superficie marina? El pájaro sólo puede atravesar esa frontera momentáneamente
(cuando se lanza en picada y se sumerge para atrapar a un pez) y el pez tampoco
puede hacerlo sino de ese modo efímero (cuando salta fuera del agua).
Supongamos
que es de día (una tarde nublada es lo que conviene a esta analogía) y que
tanto el pájaro como el pez detienen sus caminos y se quedan suspensos,
mirándose: el pájaro aleteando a un metro por encima del agua, y el pez
ondulando suavemente a un metro por debajo de la superficie.
Se
miran y... ¿qué ven? Para responder hace falta un cierto esfuerzo de
imaginación: el pájaro mira directamente hacia abajo y en la superficie del
agua (supongamos que no se trata de un océano agitado sino de una laguna en
serenidad) contempla tanto su reflejo como al pez, ambas imágenes superpuestas.
Es como si nos asomamos a una pequeña fuente: en el agua vemos nuestro reflejo
pero a la vez, si el fondo está próximo a la superficie y recibe la suficiente
luz, vemos algún objeto que se encuentre ahí, digamos unas monedas; nuestro
reflejo se superpone a esa imagen: vemos ese objeto dentro de nuestro reflejo.
Sólo hace falta lo que se llama “enfocar”: nuestro reflejo o las monedas; o
bien, las monedas enmarcadas en la silueta de nuestra cabeza.
Por
su parte, el pez mira directamente hacia arriba y también en la superficie ve
su reflejo. Si estuviéramos buceando y levantáramos la mirada, y si el día no
fuera demasiado luminoso y se dieran ciertas condiciones ambientales, veríamos
nuestro reflejo en la tersura de la superficie. El pez se mira, pero a la vez
contempla al pájaro mirándolo: el reflejo del pez se superpone a la imagen del
pájaro. Supongamos que puede “enfocar” y que mira “hacia adelante” (faena un
tanto ardua para un pez que tiene los ojos a cada lado de la cabeza, pero
licencia de nuestra analogía): sin necesidad de cambiar su cuerpo de
orientación, sus ojos enfocan su reflejo, o bien, “más allá”, al pájaro.
En
la orilla del mundo, pues, el pez y el pájaro se miran y a la vez ven sus
respectivos reflejos. La superficie del agua es un espejo, de uno u otro
lado. Sin embargo, ¿cuáles son los cuerpos y cuáles los reflejos? Y, sobre
todo, ¿es cierto que ni el pez ni el pájaro pueden pasar al otro lado del espejo?
La orilla del mundo es subjetiva, puesto que sólo es tal respecto a un ser que
se contrapone a ella y que no puede pasar perdurablemente esa frontera.
Si
el pájaro y el pez se lanzaran al mismo tiempo hacia su orilla del mundo,
probablemente chocarían uno con otro, pero acaso el haiku contiene un
movimiento interno que sólo puede concebirse bajo otra analogía subjetiva.
Imagine
el lector que alguien llamado Juan se encuentra en una sala de danza en donde
hay un gran espejo que ocupa el sitio de toda una pared. Supongamos que Juan
tiene en una de sus manos una pequeña pelota de goma y que la lanza hacia el
espejo desde unos tres metros de distancia. Desde luego, la pelota chocará
contra el espejo y rebotará en la dirección contraria a la que fue lanzada.
Esta
es la situación: la sala en que está Juan se duplica en una sala “virtual”; la
frontera entre ambas es el espejo. Juan-real ve en el espejo a Juan-virtual con
una pelota en una mano.
Ahora
Juan repite su acción anterior pero esta vez intentará un cierto juego de la
imaginación y la percepción: decide dar injerencia en la realidad al reflejo
que está mirando.
Todo
se trata de seguir. Veamos el proceso en “cámara lenta”: en el momento
en que Juan lanza la pelota, en su atención “va” con ella atribuyéndole, como
siempre ha hecho, toda la realidad (la pelota de Juan es real y la pelota que
se ve en el espejo es “virtual”). Pero en el instante en que la pelota toca el
espejo, en lugar de seguirla en su rebote, Juan traslada rápidamente su
atención a la pelota-reflejo y la sigue. Si Juan ha hecho oportunamente el switch
mental, le parecerá, pues, que la pelota atraviesa el espejo y que se va del
otro lado, a la sala de danza “virtual”.
Y
si Juan-real hubiera logrado el portento de seguir a la pelota-virtual que
Juan-reflejo lanza al mismo tiempo, le parecería que esa pelota-virtual pasaba
a la sala-real en un solo movimiento continuo. Cuando Juan recoja la pelota, le
será difícil no sentir que sostiene un objeto proveniente del otro lado.
Acaso tendrá que intentar esa acción varias veces para conseguir el “salto” en
el instante preciso, pero no tardará en lograrlo. Durante las primeras veces lo
asombrará tanto el milagro óptico, que olvidará ir por la pelota en su rebote
mismo. Más tarde comenzará, realmente, a jugar a la pelota con Juan-virtual.
Acaso
se trata únicamente una “ilusión” óptica, pero bien podría no serlo, puesto que
ha funcionado como un ejercicio de apertura de la percepción, de desacomodo de
las costumbres sensoriales. En más de un sentido (que sólo es “subjetivo”
respecto a —y en comparación con— una objetividad dada) Juan ha logrado el
milagro de traspasar la frontera impenetrable.
Si
el pájaro y el pez se lanzaran hacia la orilla del mundo, para nuestra
percepción habitual chocarían y serían devueltos a sus respectivos orbes. Mas
si aplicáramos la atención según el ejemplo de la sala de danza, se habrían
intercambiado: el pájaro pasaría al mundo del pez y viceversa.
Sin
embargo, ¿no estaban ya “del otro lado” desde el origen mismo de la imagen
planteada por el haiku? ¿No eran cada uno el reflejo del otro? “El pez y
el pájaro / En la orilla del mundo / Ven su reflejo.”
El
tercer verso, apoyado por la visión subjetiva de los dos anteriores, indica
menos una pasividad que una acción: el pájaro y el pez ven sus reflejos
superpuestos a la imagen del otro. El reflejo no es sólo la opaca réplica
invertida de sus cuerpos sino también es el brillante cuerpo del otro.
Son uno solo que se mira al espejo. ¿Cuál es el lado “verdadero” de ese espejo
y cuál el lado “virtual”? No se trata sino de una cuestión de subjetividades,
o bien de colocación: lado del pájaro, lado del pez.
En
principio podría verse en el haiku una idea coincidente con el idealismo de
Hume y Berkeley: no hay sino “virtualidad” y reflejos de reflejos de
reflejos... Pero ¿no resulta igualmente válida (o más) la contraparte? Todo
es realidad.
Este
haiku sugiere que lo verdadero y lo virtual sólo se definen por un punto de
vista. El espejo, todo espejo, es una orilla del mundo, pero la dirección en
que esto funciona depende del punto en que se sitúa quien llega a esa orilla.
De un lado o del otro hay absoluta realidad. Todo reflejo contiene a un ser
real que nos mira. Los espejos son orillas de este mundo y de aquel mundo.
Y a la inversa, toda orilla del mundo es un espejo.
Aún
más allá, el haiku sugiere que en todo enfrentamiento con el otro, yo veo mi
reflejo superpuesto a su cuerpo real. Me veo en él y por eso le “concedo”
realidad: es “tan real como yo” puesto que me veo en él. Alcanzar el siguiente
nivel resulta casi imposible, y bien lo sabía Machado: “El ojo que ves no es /
ojo porque lo veas. / Es ojo porque te ve”.
La
dificultad estriba en aceptar que el otro se ve en mí, y que sólo por
ello me concede realidad. El haiku sugiere que todos hacemos esto último, aun
sin darnos cuenta, y que también realizamos inadvertidamente el portento
supremo: no “atribuirnos realidad” sino dárnosla, intercambiar nuestra
realidad.
Si
yo voy hacia el otro y lo toco, cuando nos separamos mi reflejo se va con él. Y
del otro lado: si el otro viene hacia mí y me abraza, cuando nos separamos su
reflejo se queda conmigo. (El ejemplo de la sala de danza implica, al menos en
un nivel metafórico, que en verdad la pelota atraviesa la frontera, la orilla,
y pasa del otro lado al tiempo que pasa de mi lado lo que yo consideraba su
reflejo.)
Si
el pez y el pájaro chocaran y volvieran a sus respectivos mundos, cada uno se
quedaría con el reflejo del otro. No hay más que un paso para decir que
intercambiarían más que el reflejo: gracias al pez, el pájaro puede conocer
desde dentro el mundo marino; gracias al pájaro, el pez puede conocer el mundo
del aire.
En
la pura mirada se intercambian reflejos, lo que significa pasar al otro.
Lejos de subjetivizar la realidad, el haiku intenta un vislumbre a una realidad
integral en que los mundos sólo tienen orillas para romperlas; aún más:
contiene el deseo de pasar al otro lado y vivir otras vidas. Todas esas vidas
son nuestra vida; dicho de otro modo, para nuestros ojos todo es real y todo
milagro es posible, incluido el gran salto de no sólo aceptar al otro sino de ser
el otro.
* * *
[Leer Reunión (42). Pájaros, 4]
* * *
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Voces de Antonio Porchia
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