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Postales, 2022-2026. |
r e t r a t o s (e n)
(c o n) p o s t a l e s
Isak Dinesen: fragmentos
[Karen
Christence Dinesen, conocida por su apellido matrimonial, baronesa Karen
Blixen-Finecke, y ante todo por su seudónimo literario, Isak Dinesen (Rungsted,
Dinamarca, abril 17 de 1885-idem,
septiembre 7 de 1962), cifra su renombre en la novela autobiográfica Memorias de África (1937), que tiene, como los libros
esenciales, un principio resonante: “Yo tuve una granja en África,
al pie de las colinas de Ngong”. Autora además de varias colecciones de relatos
y dos novelas, jamás quiso asumirse como escritora y prefirió siempre llamarse
narradora de historias. Y en efecto, pocos como ella han asumido la tradición
oral de distintos continentes a un grado apenas imaginable de abundancia y
virtuosismo. Heredera de laberintos literarios como las Mil y Una Noches, era capaz de hilvanar tapices narrativos de
cuentos dentro de cuentos no como piezas separadas sino como intrincadas estructuras
en donde una historia sólo puede justificarse en otra, y ésta en una más, para
formar contenidos que no terminan por diluirse en el juego de espejos sino se
concentran en la construcción de personajes tan concretos y complejos como los
de la vida cotidiana. La novelista Eudora Welty lo sintetizó con acierto: “De
una historia [Dinesen] extraía la esencia, de la esencia hacía un elixir, y con
el elixir se dedicaba a componer otra historia, de la que extraía la
esencia...”. Percepción insólita, la de quien entiende el mundo como una múltiple
secuencia narrativa extendida desde una sola historia que está en el fondo de
todas las demás, narradas o aún por contar. Fragmentos, además, en los que no
sólo se describen personalidades y sucesos, sino que ellos están enmarcados en
una cosmovisión, en una filosofía única en la que conviven la ironía y la
profundidad. Una diminuta muestra se reúne aquí; proviene de tres de los Siete cuentos góticos (1934): “Los
caminos de los alrededores de Pisa”, “El viejo caballero” y “El mono”. (DGD)]
Tu propio yo, tu personalidad y existencia, se reflejan
en el espíritu de cada una de las personas con las que te relacionas y convives
a la manera de un retrato, de una caricatura de ti mismo que se nutre de tu
verdad y, en cierto modo, pretende encarnarla. Incluso un retrato favorecedor
es una caricatura y una mentira.
*
Si nos dijeran que un simple instante de nuestra vida,
incluso uno de los que nosotros consideramos más felices, iba a durar
eternamente, concluiríamos que habíamos alcanzado, no la dicha eterna, sino el
perpetuo sufrimiento.
*
La vida tiene su ley de gravitación espiritual, igual
que física.
Ese es justamente el defecto de mi relato: que no
tiene fin. Es algo fascinante, el fin. Los finales son siempre falsos, convenciones
para poder salir.
*
La obra que se estaba representando era la inmortal Venganza de la verdad, la más
encantadora de las comedias de marionetas. Todo el mundo recordará cómo se
origina la trama cuando una bruja lanza, sobre una casa en la que están juntos
todos los personajes, una maldición por la que cualquier mentira que se diga
dentro de ella se convertirá en verdad. Así, la joven mercenaria que trata de
cazar a un marido rico haciéndole creer que lo ama se enamora de él; el
fanfarrón se convierte en héroe; el hipócrita acaba volviéndose virtuoso; el
viejo avaro que dice a la gente que es pobre pierde todo su dinero.
*
Todo ser humano con el que tropezamos y llegamos a
conocer es en definitiva algo para nuestro espíritu, como un árbol plantado en
nuestros jardines.
—Cuando era pequeña —dijo—, me decían que no cometiera
nunca la tontería de enseñar una cosa a medio terminar. Pero ¿qué otra cosa
hace el Señor con nosotros a lo largo de nuestra vida?
*
Su contacto me hacía daño como hace daño el contacto
de un hierro ardiente un día de invierno: uno no sabe si el dolor proviene del
calor o del frío.
*
Siempre he considerado injusto que la mujer no haya
estado nunca sola en el mundo. Adán tuvo su tiempo, largo o breve, en el que
pudo vagar por una tierra fresca y apacible, entre los animales, dueño absoluto
de su alma, y la mayoría de los hombres nacen con un recuerdo de ese periodo. Pero
la pobre Eva lo descubrió ya ahí, con todo el derecho sobre ella, en el
instante en que abrió los ojos al mundo. Esa es una queja que la mujer ha
tenido siempre contra su Creador: siente que tiene derecho a una etapa en el
Paraíso para ella sola.

En aquel tiempo, el cuerpo de una mujer era un secreto
que sus vestidos hacían lo posible por guardar. Las ropas [...] estaban
destinadas a transformar el cuerpo que envolvían, y crear una silueta muy
alejada de la forma real, para generar un misterio que era un privilegio divino
resolver. Los anchos y rígidos corsés, las ballenas, faldas y enaguas,
polisones y drapeados, toda esa masa de telas bajo las que las mujeres de mi
época se enterraban y ataban hasta donde podían resistir..., todo eso tenía un
fin: disfrazar. [...] Una mujer era entonces una obra de arte, producto de
siglos de civilización, y uno hablaba de su figura con la admiración que se
tributa a la proeza de un artista hábil e incansable. [...] Nada es misterioso
sino hasta que simboliza algo. Las mujeres de entonces eran más que un mero
conjunto de individuos. Simbolizaban, o representaban, a la Mujer. Comprendo
que la palabra misma, en ese sentido, ha desaparecido del lenguaje. Mientras
nosotros hablábamos de la mujer,
ustedes hablan de las mujeres. Y ahí
está la diferencia.

¿Qué es lo que se compra muy caro, se ofrece a cambio
de nada y después se rechaza casi siempre? La experiencia, la experiencia de
los viejos. Si los hijos de Adán y Eva hubieran estado dispuestos a hacer uso
de la experiencia de sus padres, el mundo se habría comportado con sensatez
hace seis mil años.
*
—Ah —dijo la priora con gran energía—, el doctor Sass,
que fue sacerdote de Closter Seven en el siglo XVII, afirmaba que en el
Paraíso, hasta la caída, el mundo entero era plano, el telón de fondo del
Señor, y que es el diablo quien inventó una tercera dimensión. Así, las
palabras “recto”, “cuadrado” y “plano” son nobles, pero la manzana era un orbe,
y el pecado de nuestros primeros padres fue su intento de circundar a Dios. Yo
misma prefiero mucho más el arte de la pintura que el de la escultura.
*
La verdadera diferencia entre Dios y los seres
humanos, pensó, está en que Dios no soporta la continuidad: no bien ha creado
una estación del año, o una hora del día, se le antoja algo distinto, y lo
suprime todo. No bien ha llegado uno a la juventud, y es feliz, cuando la
naturaleza de las cosas lo arroja al matrimonio, al martirio y a la vejez. Y
los seres humanos se aferran a esa situación. Sus vidas pugnan por sujetar
fuertemente el instante, y luchan contra una force majeure; su arte no es sino un intento de atrapar por todos
los medios un momento concreto, un estado de ánimo, una luz, una belleza fugaz
de una mujer o de una flor, y hacerlos durar eternamente. Es un error, pensó,
imaginar al Paraíso como un estado inmutable de dicha. Al contrario, probablemente
se revelará, en el verdadero espíritu de Dios, como un fluctuar incesante, un
remolino de cambio. Sólo que, para entonces, puede que te hayas fundido con
Dios, y haya empezado a gustarte.

—Una pasión como esta, Boris —dijo—, que te devora
real y efectivamente el corazón y el alma, no puedes sentirla por seres humanos
individuales. Tal vez no puedes sentirla por nada capaz de amarte a cambio.
*
Para él, el teatro era la vida real. Cuando no podía
actuar, se sentía perplejo ante el mundo y no sabía qué hacer; pero como su
verdadera personalidad era la del actor, en cuanto podía ver una situación bajo
la luz del teatro, se sentía a gusto en ella.
* * *
Isak Dinesen: Cuentos reunidos, Alfaguara,
Madrid, 2011.
Isak Dinesen: Memorias de África,
Alfaguara, Madrid, 2011.
* * *
[Leer Reunión (33). Verdad y mentira, 1]
* * *
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