miércoles, 28 de octubre de 2026

Reunión (44). Música y exilio (2 de 3)

 

DGD: Postales, 2020-2026.

 

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Reunión (44). Música y exilio (2 de 3)

D.G.D.

 

El exilio espiritual. | Nikolái Medtner (1880-1951) acuñó un concepto significativo: la “música epistolar”; no se refiere a cartas de papel sino a un concepto estético: la música en sí misma funciona como una carta enviada desde el exilio hacia un hogar espiritual que el tiempo borró (en el primer nivel), o que nunca existió (en el segundo y tercero). Mientras que Rachmaninoff expresaba su desarraigo a través de palabras trágicas y abandonó la composición por largos periodos, Medtner canalizó de inmediato su correspondencia con el pasado directamente en las notas de su piano. El ciclo Forgotten Melodies (compuesto por Medtner entre 1919 y 1922) encierra la paradoja de su exilio; a diferencia de Rachmaninoff, que alcanzó un gran éxito económico en Occidente, Medtner vivió de forma precaria y casi en la oscuridad en Alemania, Francia e Inglaterra; su negativa a adaptarse a las modas de la música de vanguardia convirtió a su obra en un exilio estilístico.

               Grandes pianistas como Glenn Gould (1932-1982) o Sviatoslav Richter (1915-1997) llevaron la noción del exilio espiritual al extremo práctico convirtiendo el aislamiento absoluto en una condición indispensable para habitar y transmitir la música con total honestidad. Aunque tenían personalidades opuestas, ambos demostraron que el verdadero artista debe exiliarse del mundo exterior para proteger su arte. En este segundo nivel el exilio deja de ser fatalidad y se convierte en necesidad. Para Glenn Gould, las salas de conciertos tradicionales eran “lugares de exhibición circense” que pervertían la pureza de la música. En 1964, a los 31 años y en la cúspide de su fama, tomó la radical decisión de retirarse para siempre de los escenarios y se autoexilió en el estudio de grabación. Sostenía que sólo en ese aislamiento controlado, libre de la mirada del público y de la acústica impredecible de las salas, el intérprete podía alcanzar una comunión legítima con la partitura (y por tanto, con el universo onírico e idealizado que sólo habita en la música).

               A diferencia de Gould, el ucraniano Sviatoslav Richter tocó en vivo toda su carrera, pero su aproximación al escenario era la de un ermitaño. Puesto que sufría profundamente por el peso de la realidad y la distracción que suponía el entorno, en sus últimas décadas Richter impuso una condición radical para sus recitales: la sala y el escenario debían estar completamente a oscuras, con la única excepción de una pequeña lámpara que iluminara la partitura. (Mientras que la mayoría de los pianistas juzgan que tocar con partitura a la vista es un signo de debilidad, Richter lo hacía siempre de esa manera porque consideraba que tocar de memoria era un menosprecio hacia el compositor.) Según él, la penumbra ayudaba al público a concentrarse en la música, pero en realidad era su mecanismo para exiliarse de la audiencia. En la oscuridad, la sala desaparecía y sólo quedaban él, el piano y el compositor. Richter detestaba las grandes capitales de la música y el mercado industrial; en sus últimos años prefería subir su piano a un camión y emprender viajes para dar conciertos en pequeñas aldeas de Siberia o en provincias francesas, buscando lugares en donde la música no estuviera “contaminada” por las expectativas de la alta sociedad. Para Gould y para Richter la única forma de rozar el universo onírico era cortando los hilos con el presente cotidiano; ambos parecían entender que el intérprete no es un animador sino un monje que custodia un misterio.





El tercer exilio. | Hay aquí, pues, varios exilios, o uno solo en tres niveles de profundización: 1) el físico, causado por circunstancias históricas; 2) el exilio doble o exilio dentro del exilio del que habla Rachmaninoff, y 3) el que el artista se impone a sí mismo y que implica habitar esa “patria hecha de sonido”. Esta última puede ser: 3.1) una reconstrucción nostálgica del país natal (la Villa Senar de Rachmaninoff que reproduce la finca de Ivanovka), o bien 3.2) un país que sólo existe musicalmente y que es a la vez el origen y el destino (Malofeev habla de un lugar que nunca tuvo existencia histórica, un universo onírico que sólo vive cuando la música suena y sueña). En (1) los exiliados son ciertos artistas rebeldes en ciertas épocas de la historia; el (2) es un exilio duplicado o a la segunda potencia (exiliado dentro del exilio, como Rachmaninoff desterrado por partida doble en medio de su destierro). El nivel (3), sin embargo, está representado por Gould autoexiliándose en el estudio de grabación, o por Richter, que logra aislarse dentro de la multitud (como el hombre del cuento de Poe).

               Este tercer exilio deja de ser resultado de coordenadas exteriores y se vuelve interior; tanto es así que parece revelar como exiliados a todos los seres humanos y sólo deja a los músicos geniales como esos privilegiados que pueden romper o vencer ese exilio existencial, cada uno “un monje custodiando un misterio”. Es el exilio espiritual del que habla Rachmaninoff: “el intérprete debe transitar por una tormenta de máxima dificultad técnica sin perder jamás la lucidez melódica, manteniendo a salvo ese núcleo onírico”.

               Lo que se ventila aquí es acaso la paradoja esencial del arte. El nivel (3.1) (la reconstrucción nostálgica) es el exilio que duele en la piel y en los ojos, y es por lo tanto el intento humano, casi desesperado, por aferrarse a la materia originaria (Rachmaninoff reproduciendo la finca rusa en Suiza). El nivel (3.2) (el universo onírico de Malofeev) es el verdaderamente trascendental; el no-lugar que es origen y destino; se invierte así la lógica del desterrado: el músico de altas miras no “pierde” su patria al ser expulsado de su país sino que ya en el propio instante de su nacimiento estaba exiliado del mundo real porque su verdadera procedencia es ese orden superior y perfecto que sólo existe en el sonido.

               Richter bien puede equipararse con “El hombre de la multitud” de Poe; al igual que este último personaje, Richter necesita a la colectividad humana (la sala de conciertos llena) para consumar su aislamiento: no es el ermitaño del desierto sino el guardián del faro que requiere a su alrededor el oleaje oscuro del público para que la luz de su lámpara sobre la partitura tenga dirección y sea el centro de irradiación de una esfera a su alrededor. De modo inquietante, el nivel (3) sitúa al músico en su rol más noble: el de taumaturgo y redentor (o sanador como sugiere la palabra saudade). Si la condición humana es, por definición, un exilio de la belleza y de la unidad absoluta, el intérprete genial se convierte en el único capaz de cruzar la aduana de esa “tormenta técnica” para traer, aunque sea por cinco minutos —es lo que duran la Toccata en re menor, Op. 11 de Prokófiev, o la Sonata-Reminiscenza en la menor, Op. 38 de Medtner, o la mayoría de los Nocturnos de Chopin—, un pasaporte temporal de regreso a casa. Ese núcleo onírico que los grandes exiliados mantienen a salvo en un quest rabiosamente individual es, en realidad, el hogar de todos. El exilio físico (1) y su multiplicación en el extranjero (2) sólo subrayan o incrementan un exilio metafísico (3) que únicamente la música parece capaz de entrever.





Referencias cruzadas. | Con todos estos antecedentes, la experiencia del exilio espiritual parece exclusiva de los músicos; sin embargo, ¿no puede ser abierta a otros territorios artísticos, la literatura, por ejemplo? El territorio de la música y el tema del exilio permiten una cierta balanza en la que es posible contraponer nombres pertenecientes a distintos territorios. En ese sentido, acaso no sea excesivo comparar a Stefan Zweig con Rachmaninoff o Piotr Ilich Chaikovski, y a Jorge Luis Borges con Anton Bruckner o Alban Berg: el temperamento orgánico-emocional y el temperamento geométrico-abstracto. Zweig, Rachmaninoff y Chaikovski comparten el drama del corazón desarraigado. Zweig contempló la destrucción de su amada “patria espiritual” (la Europa cosmopolita, culta y pacífica de entreguerras) a manos de la barbarie nazi, un dolor plasmado en El mundo de ayer.

               Cuando Zweig escribía desde la desesperación del exilio físico y cultural, asumía la misma actitud de Rachmaninoff cuando lloraba por la Rusia perdida y de Chaikovski cuando volcaba en sus sinfonías una melancolía lacerante y un aislamiento existencial. En estos artistas la nostalgia es una fuerza volcánica, dolorosa y desesperada. La incapacidad de Zweig para resistir el peso del exilio en Brasil evoca la parálisis creativa de Rachmaninoff al perder el suelo originario: su obra es una carta de despedida a un hogar que ya sólo puede existir en la memoria escrita o sonora, pero no sólo es recordado: se le reinventa. El universo onírico y sonoro nunca existió pero está hecho de la esencia de lo que existe (o podría existir): convocarlo en el momento de la interpretación musical (o de la lectura literaria) es recordar lo que nunca fue presente. El lugar común indica que “recordar es vivir”; en este caso se recuerda lo que no fue, para vivirlo en su propia imposibilidad. El desgarramiento debe ser muy profundo —arquetípico— para haber generado una experiencia como esta que combina el sufrimiento con el éxtasis.

               En cierta forma puede concluirse que para Borges el universo onírico y ciego no pertenece a este mundo sino a las leyes de una arquitectura sagrada; Bruckner construía sinfonías monumentales a las que los musicólogos comparan con catedrales góticas; no componía para complacer al público vienés sino para hablar con un orden divino e infinito. De manera idéntica, Borges se autoexilia de la narrativa convencional para construir laberintos, enciclopedias infinitas (“La biblioteca de Babel”) y arquitecturas lógicas (“El Aleph”). Ambos son monjes de una geometría sagrada. El “desarraigo” de Borges no se da respecto a una Argentina física perdida: es el desarraigo de un hombre que sabe que la realidad es un simulacro y que la verdadera patria es el orden del pensamiento. El exilio físico parece un pretexto para que el exilio espiritual cobre su dimensión última.





La atonalidad. | Alban Berg, miembro de la Segunda Escuela de Viena, llevó la técnica matemática del dodecafonismo a un nivel absoluto de sofisticación intelectual, pero a la vez cargado de una tensión secreta y contenida. Borges es el equivalente literario de la atonalidad y la estructura rigurosa: sus cuentos funcionan con la precisión de un mecanismo de relojería o de un canon musical estricto en donde cada palabra o nota altera la totalidad del laberinto. Tanto Borges como Bruckner y Berg no necesitan que la historia los expulse de su país para considerarse exiliados: nacen ya desterrados de la realidad ordinaria. Su exilio es de carácter matemático, metafísico y ciego. (Borges llega a declarar que la ceguera le permitió abordar el pensamiento puro sin distracciones, y el correspondiente en el mundo de la música bien podría ser el caso de Richter tocando el piano en una sala de conciertos en tinieblas con objeto de ayudar a la audiencia a sumergirse en el sonido sin distracciones visuales.) Unir a Zweig con la carne y la sangre del romanticismo eslavo, y a Borges con la abstracción matemática del pensamiento germánico y austríaco, sugiere que la literatura y la música son dos idiomas distintos para nombrar a un único misterio.

               Independientemente del nivel en que se considere, es muy antigua y está muy arraigada la figura del artista que nace ya desterrado de la realidad ordinaria. La psicología se ha regodeado hasta el cansancio con la idea de que el nacimiento puede verse como el más violento de los exilios. ¿El tercer exilio es “sencillamente” la añoranza por un pasado intrauterino (el paraíso perdido, Arcadia, etcétera), en cuyo caso la “explicación” quedaría como meramente psicológica, o el trauma del nacimiento es más bien una especie de símbolo carnal de algo mucho más serio, más allá de la psicología e incluso de la religión y la mitología? ¿Es lo intangible lo único que puede realmente asirse? ¿Es la experiencia del artista la metáfora de una devastadora pérdida que sólo puede ubicarse en el terreno de lo metafísico? La metafísica trasciende al mundo físico, pero no lo abandona por completo. El exilio concéntrico, tal como es revelado por la experiencia de los artistas de mayor nivel, ¿oculta una estructura en la que se gestan tanto las estrellas como los arquetipos?

               La psicología no es sino una mitología que no se atreve a decir su nombre. Por eso estableció una amistad tan pronta y espontánea con Edipo. No es que la psicología vaya a explicarnos las pulsiones secretas de la mitología, sino que sólo esta última puede revelar las predisposiciones y apetencias que se ocultan en la psicología. A la luz del esquema del exilio concéntrico, ¿puede decirse lo mismo del mito de Adán y Eva? ¿Hay ahí una desgarradora nostalgia por algo que nunca se tuvo ni se podría tener, de un lugar que no necesita existir en la historia humana para ser real, de una sublimación que no es sino una anagnórisis respecto a algo que es consustancial y a la vez contemporáneo de todo?


 

[Continúa]

 

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Alexander Malofeev (solista): Nikolai Medtner: Sonata-Reminiscenza en la menor, Op. 38 n. 1.

 

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domingo, 18 de octubre de 2026

Reunión (43). Música y exilio (1 de 3)

 

DGD: Postales, 2020-2026.

 

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Reunión (43). Música y exilio (1 de 3)

D.G.D.

 

Un universo onírico. | Uno de los pianistas más destacados del mundo, Alexander Malofeev (nacido en Moscú en 2001), edita en 2026 su primer trabajo discográfico como solista, Forgotten Melodies (Sony Classical), en el que interpreta obras de cuatro compatriotas rusos que vivieron y murieron en el exilio: Mikhail Glinka (fallecido en Berlín), Aleksandr Glazunov (en París), Serguéi Rachmaninoff (en California) y Nikolái Medtner (en Londres). El título del álbum proviene deliberadamente del ciclo de piezas a las que Medtner llamó Melodías olvidadas (Op. 38); ya en sí se trata de la nostalgia por un mundo perdido, pero en las notas incluidas en el álbum, Malofeev hace un apunte intrigante: el nexo común de estas piezas —afirma— no es una simple melancolía patriótica sino un sentimiento de añoranza hacia un lugar o un tiempo que en realidad nunca existió en la historia humana: “una suerte de universo onírico e idealizado que sólo habita en la música”.

               En una entrevista realizada en el contexto del festival de Aspen (agosto de 2025), Malofeev se había referido a Medtner: “Hay en su música una nostalgia e incluso algo muy antiguo en la cultura rusa. Parece extrañar un tiempo que nunca existió. Todo compositor ruso, todo escritor ruso, todo creador ruso, lo que hacen es romantizar una Rusia que nunca existió: un país imaginario con arcos iris y unicornios. El arte ruso es tan apreciado porque de alguna manera todos ellos se las arreglaron para construir el país de las maravillas [wonderworld] de Rusia. Y por supuesto, al leer sus biografías, la de Rachmaninoff o la de Medtner, uno se da cuenta de que Rusia no fue en absoluto un país de las maravillas para ellos. Fue realmente una relación compleja y a veces dolorosa, y pienso que, con objeto de huir de esta dolorosa realidad crearon este país de las maravillas en su música”.

               Ante estas declaraciones de Malofeev brota una pregunta inicial: ¿por qué estos creadores no añoran directa y literalmente los paisajes de los que por una u otra razón han sido arrancados, sino que como fuente de su nostalgia erigen un wonderworld con arcos iris y unicornios que es a la vez soñado por todos y parcialmente inventado por cada uno? No se trata aquí de restar importancia al exilio físico, que casi siempre es funesto y catastrófico, sino de preguntarse 1) ¿por qué estas personalidades parecen haber “aprovechado” la descolocación para sublimar la colocación originaria?; 2) ¿esta sublimación equivale a re-inventar el terruño (como sugiere Malofeev) o precisamente a esencializarlo y llevarlo a su expresión más profunda, algo que sólo puede verse de lejos y con imposibilidad de regreso?; y 3) ¿por qué el desarraigo tiende a multiplicarse hasta imponer un sentido espiritual en el fuera-de-lugar?

               No todos los artistas de Rusia padecieron exilio, pero Malofeev hace una decidida generalización: “Todo compositor ruso, todo escritor ruso, todo creador ruso”, con lo que abre el campo a todas las artes y no sólo a la música, de tal modo que invita a abrir la consideración a otros países y acaso a todos, puesto que fenómenos similares podrían observarse en muy diversas partes (y aunque cada uno es irrepetible, comparten ciertos núcleos y rasgos de fondo). La pregunta ulterior es: ¿vive entonces una forma ulterior del exilio todo artista de altas miras y acentuada percepción, independientemente de su país de origen y de que haya sufrido destierro físico o no?

 

Un absoluto idealizado.| En efecto: si se examinan las biografías y testimonios de grandes músicos, filósofos y teóricos del arte, todas estas voces coinciden en que la sensibilidad artística de alto nivel conlleva de manera intrínseca un exilio espiritual o incluso metafísico, sin importar las fronteras geográficas del creador. Esta visión se sostiene sobre tres ideas fundamentales arraigadas en la historia del arte. La primera de ellas es el concepto de Sehnsucht: este término del romanticismo alemán define precisamente un anhelo infinito por algo inalcanzable o un “hogar” que no puede ubicarse en el mundo llamado “real”. Aquí se aborda la paradoja en un sentido extremo, puesto que se trata de la añoranza de algo que nunca se tuvo ni podrá tenerse y que a la vez resulta más propio, más esencial y más real que lo que se poseyó o pueda llegar a poseerse en el mundo material. Para los compositores románticos y modernos, la música no es un reflejo de la realidad cotidiana sino un puente hacia ese absoluto idealizado.

               Sin embargo, en este caso “idealizar” no significa volver ilusorio o adornar, sino una especie de potente inversión: en el exilio todo se irrealiza pero no en comparación con la realidad material de infancia y juventud sino como una anagnórisis: toda realidad queda cuestionada, puesto que el marco de referencia es ahora una realidad mayor, tan alta que apenas puede ensoñarse, y no porque sea falsa —tal como se entiende comúnmente la palabra sueño— sino justamente por lo contrario: es la única Verdad, la única Realidad.)




El deseo de deseo. | El término Sehnsucht suele definirse como “deseo de deseo”. Mientras que la nostalgia es usualmente una aspiración a reapropiarse del pasado, Sehnsucht es un anhelo abstracto hacia alguna cosa intangible e intemporal. C.S. Lewis lo describe como “el incontrolable deseo en el corazón del humano hacia no se sabe qué” (El regreso del peregrino, 1933). Esta noción se manifiesta en mil formas a lo largo del tiempo y el espacio siempre ligada al exilio; buen ejemplo es la diáspora negra que extendió su música al mundo entero ligada directamente con la melancolía o con estados de ánimo oscuro. El blues, proveniente de spirituals, cantos de trabajo, rimas y baladas antiguas, ha sido etimológicamente ubicado en los llamados blue devils o “diablos azules”, la depresión y la tristeza. Algo similar ocurre con el cante hondo o la samba, y con todo género popular apasionado en el que se intenta expresar sentimientos en lugar de contar historias.

               El Sehnsucht bien podría ser identificado asimismo con el antiguo sentimiento lusitano conocido como saudade, memorablemente definido en 1660 por Manuel de Melo como “un bien que se padece y un mal que se disfruta” (bem que se padece e mal de que se gosta). Silvio Lima (“Reflexões sobre a consciência saudosa”, 1955) aporta un matiz importante: “Recordemos que el término saudade está etimológicamente relacionado con saúde (salud) que también significa salvación o redención, en el sentido religioso”.





El arte como refugio. | La segunda idea que fundamenta el exilio espiritual es aún más antigua: la del arte como refugio. Al igual que Malofeev describe un universo onírico en las piezas que componen su álbum, figuras históricas como Gustav Mahler o el propio Rachmaninoff llegaron a declarar que el proceso de composición o interpretación profunda exige retirarse del mundo físico: mientras dura la música se habita una patria hecha de sonidos. La tercera idea es la del exilio del intérprete: el músico de altos vuelos vive constantemente en el pasado de aquellos compositores a los que interpreta y a la vez habita en el futuro de su propio perfeccionamiento técnico. Ese constante viaje mental genera una distancia respecto al presente ordinario, un aislamiento que muchos creadores describen como una soledad necesaria. En este sentido, el exilio físico de Medtner o Glazunov fue sólo la manifestación externa de una condición que ya habitaba en su arte; la música, por lo tanto, se convierte en el único territorio en donde ese creador (y el oyente sensible) puede finalmente “regresar a casa”. Pero la interrogante continúa: ¿qué casa es esa?





La imposibilidad de retorno. | Ante todos estos testimonios, la noción de exilio parece multiplicarse en un esquema concéntrico. Las cartas de Serguéi Rachmaninoff revelan que su exilio físico, tras huir de la Revolución Rusa en 1917, no hizo más que intensificar un profundo desarraigo espiritual que ya arrastraba desde la infancia; sus diarios muestran a un hombre que sentía como su verdadera patria a un tiempo y un paisaje perdidos aunque nunca fueron alcanzados, o al menos no en la realidad tal como se la entiende. En su correspondencia se pueden identificar tres grandes ejes de este doloroso desarraigo; el primero es la pérdida de la fuente de inspiración: En una célebre carta a un amigo, Rachmaninoff confesó el impacto creativo de su exilio con estas frases: “Al dejar Rusia dejé atrás mi deseo de componer. Al perder mi patria, me perdí a mí mismo. Para el exiliado que no tiene raíces musicales ni tradiciones de su propia tierra, no queda ningún consuelo”. Para Rachmaninoff, la música no nacía del vacío sino del terruño, de las campanas de las iglesias, del aire y de la luz. Este es el sentido más usual de la palabra exilio: el apartamiento forzado de la fuente vital.

               El segundo eje hace que ese sentido primario avance un nivel: el piano como un exilio impuesto. En las cartas escritas durante sus extenuantes giras por Estados Unidos y Europa, Rachmaninoff se quejaba constantemente de su vida como pianista itinerante. Aunque el mundo lo aclamaba, se veía a sí mismo como un compositor obligado a un exilio dentro del exilio, atrapado en vagones de tren y habitaciones de hotel, tocando para vivir en lugar de crear. El tercer eje es la imposibilidad del regreso: incluso cuando en la década de 1930 Rachmaninoff construyó su famosa Villa Senar en Suiza, diseñada para duplicar exactamente su amada finca rusa de Ivanovka, sus cartas reflejan que el desarraigo era irreversible. El compositor se dio cuenta de que la Rusia a la que añoraba ya no existía geográficamente (si es que alguna vez había existido y no era sino una manifestación de la sensibilidad infantil entonces en pleno desciframiento del mundo): se había convertido en ese universo onírico e idealizado del que habla Malofeev en su álbum.



[Continúa]

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