domingo, 18 de enero de 2026

Kafka: la memoria mítica (4)

 

DGD: Postales, 2025-2026.

 

r e t r a t o s   (e n)   (c o n)   p o s t a l e s

Sobre el Esbozo de Broskwa de Franz Kafka

D.G.D.

 

Tras la última palabra del “Esbozo de Broskwa” (véase la entrada anterior), Kafka se detiene aunque lo que hay ahí no es la clausura de un punto final sino el impulso de un punto y aparte: lo que leemos es el aliento inicial de una narración que adivinamos larga y compleja y que sin embargo no existe en ninguna parte. En general, los narradores suelen registrar en sus libretas de apuntes un argumento que se les ha ocurrido de pronto (“Un huevo de cristal que refleja imágenes de otro mundo”), y con ello lo ponen a prueba: si más tarde al releerlo les parece interesante, proceden a desarrollarlo; sólo entonces comienzan a redactar (“Todavía el año pasado existía no lejos de ‘Los Siete Cuadrantes’ una tiendecita de aspecto mísero...” —Wells: El huevo de cristal—). Kafka no apunta argumentos en líneas sintéticas: casi siempre, desde el primer instante está ya redactando, haciendo ya plenamente literatura, como si cada uno de sus fragmentos fuera definitivo, es decir, como si ya estuvieran ahí las páginas consecutivas, cuyo número se nos antoja no sólo vasto sino infinito.

               Kafka no escribe, por ejemplo, “Un hombre llega a un remoto poblado del que no puede o no quiere salir”, sino “Es posible que haya asentamientos europeos más al norte que Broskwa, pero ninguno puede estar más desolado”. Los diarios y cuadernos de Kafka están llenos de este tipo de inicios sin continuación a los que una mirada superficial podría calificar como “elaboradas promesas sin cumplimiento” (por ello se les llama Paralipómenos, usando una palabra divulgada por Schopenhauer); sería difícil para el lector aceptar que si hay en ellos alguna promesa, ya está plenamente cumplida en ese fragmento. Kafka no necesita más. En su obra apenas unos cuantos de esos “esbozos” pasarán a lo que podría llamarse un “estadio desarrollado”; sin embargo —adivinamos asimismo—, por más que el escritor los hubiera trabajado nunca habrían llegado a lo que se conoce como desenlace.

               Otra sospecha se desencadena: la de que muchos de estos esbozos ni siquiera habrán llegado a la página del diario, y que Kafka los habrá desechado tan pronto como aparecieron en su mente; si los hubiera escrito, suponemos que en conjunto podrían haber llenado miles de páginas. Ello apoya la intuición de que Kafka estaba casi siempre en un febril estado de recepción, abierto a un acto creativo que no necesariamente lo llenaba de gozo sino de —para usar la perfecta palabra empleada por un hermano espiritual de Kafka, Fernando Pessoa— desasosiego. Es de ese modo —y esto Blanchot lo aprecia perfectamente— que aun los muy pocos esbozos que llegaron al “estadio completo”, no por ello puedan considerarse “terminados”: nunca puede decirse que los relatos y novelas que forman su obra más conocida han sido “llevados a término”: en todos predomina la sensación de que han sido trabajados, sí, y con la perfección literaria característica de Kafka, pero nunca han sido concluidos, independientemente de su longitud.

               Los textos de Kafka se detienen en el punto preciso para abrir una zona en la que el lector queda solo con los personajes, o más bien con la atmósfera que los ha rodeado, con los ecos que resuenan cada vez más dentro, con la imagen que se vuelve, tersa pero imperturbablemente, sobre sí misma. Kafka consigue sin cesar el muy excepcional portento de conservar intacta la extrañeza que dio origen a la “idea”, es decir a la imagen inicial. Todo escritor lucha por hacer esto, es decir ser fiel a la “inspiración”, pero en general la escritura tiende a irse por su lado, mil factores intervienen y provocan que la intuición originaria se vaya diluyendo o en todo caso modificando (sobre todo porque se considera que desarrollarla es explicarla, es decir, insertarla en la lógica cotidiana, en la mentalidad que pueda comprenderla, y aun en el caso de que esto lograra eludirse, la escritura sería afectada por el “espíritu de los tiempos”).

               El lector que recorre el “Esbozo de Broskwa” queda —como se dice— “picado”: hay en ese párrafo una tal seguridad de trazo, una acumulación de detalles tan precisos, que despiertan su curiosidad y luego capturan su interés. Le gustaría saber por qué este narrador sin nombre (que, como los narradores kafkianos esenciales podría ser llamado “K”) anuncia con absoluta certeza que nunca abandonará un entorno tan aislado, precario y hasta hostil como el de Broskwa. En principio el lector ha sentido que este personaje está prisionero y que es uno de tantos héroes que luchan por la libertad individual en un ambiente más o menos carcelario. Pero entonces viene la frase “Si algún día regreso a Europa podría contar muchas cosas, pero jamás regresaré”. Aun el lector piensa que se alude a un aparato represor tan potente e imbatible como el de Edmundo Dantés (El conde de Montecristo), e incluso parece confirmar esta sospecha la frase siguiente, en la que Kafka amplía el punto de vista a una consideración general: “Es extraño, basta que a un hombre lo retengan durante un tiempo en un mismo lugar para que comience a hundirse en seguida”. La palabra hundirse parece confirmar un carácter de víctima en el narrador (o que se trata de una variante de lo que luego se conoció como “síndrome de Estocolmo”, en el que la persona se vuelve adicta al oprobio), pero en ese instante se desencadena lo inaudito puesto que el propio narrador toma el lugar del lector y especifica: “Podría pensarse que mi único deseo es salir de aquí, pero no es cierto, en absoluto”. Es libre de irse en cualquier momento, nada lo retiene, ni física ni “psicológicamente”.

               El lector queda estupefacto: ese personaje, pues, entiende el verbo hundirse de otra manera; se ha hundido en Broskwa pero no desea en absoluto abandonarla. Especulamos acerca de las posibles razones de esa extraña actitud, Podría pensarse en El ángel exterminador de Buñuel, sólo que en una versión mucho más cruel, puesto que no sería un grupo sino un único individuo el que se ve atrapado en un espacio abierto, sin rejas ni murallas. (Ya que este sujeto no nació en Broskwa y llegó ahí por azar, queda descartado el apego patriótico, como el que refleja por ejemplo el himno de la región austríaca del Tirol: Zu Mantua in Banden..., “A Mantua encadenado...”.) La especulación podría dirigirse, entonces, hacia una hipótesis más simple: ha encontrado en ese poblado un interés amoroso, se ha enamorado de un ser excepcional que tampoco quiere irse. O bien ha dado con algo distinto, no romántico sino místico, tal vez un maestro que le ha mostrado una vía de conocimiento insospechada. O bien —y esto suena más probable a un lector asiduo de Kafka— ni siquiera se trata de un individuo sino de un algo que en Broskwa no se enuncia pero se manifiesta: algo hay ahí que ni siquiera el propio narrador puede identificar pero a lo que va poco a poco adivinando, y que le muestra un sentido que jamás ha vislumbrado en otros sitios. Sabemos que nunca se nos dirá cuál es ese sentido, sino solamente, cuando mucho, las formas que tiene de manifestarse. La palabra hundirse adquiere, pues, otra valencia. El propio Kafka la señala con toda exactitud en la fulgurante entrevista que le hizo Gustav Janouch y que se publicó en 1951: “Hundirnos en nosotros mismos no constituye un descenso a lo inconsciente, sino un ascenso desde lo vagamente intuido hasta la superficie diáfana de la conciencia”.

               El lector entiende, además, que Kafka no espera nada de él: ni que imagine ni que deduzca nada (un desglose, un desentrañamiento, una resolución): al escritor bastará haberlo sumergido precisamente en esa situación del narrador, que no sabe qué hay ahí pero no quiere abandonarlo. En este caso se entiende que aún si Kafka hubiera ampliado este texto, incluso hasta la longitud de una novela, la carencia de explicaciones habría permanecido. No hay ahí ninguna adivinanza pero sí un enigma: el de este esbozo no se limita al hecho de que el narrador nunca se irá de Broskwa, y ni siquiera a por qué sabe absolutamente que jamás partirá. El lector sabe lo suficiente: por ejemplo, que este personaje nunca caerá en la trampa de “explicar el misterio”. Un enigma más de fondo es la naturaleza de esa trampa. El lector que se hunde lo bastante en el texto llega incluso a intuir que este hombre (en su ascenso desde lo vagamente intuido hasta la superficie diáfana de la conciencia) tiene la absoluta certeza de que una de las formas de irse de Broskwa sería explicarse a sí mismo por qué se queda (en caso de que lo supiera y de que pudiera ponerlo en palabras). Sin embargo, pese a todo, escribirá su testimonio, o mejor dicho, el primer párrafo de su testimonio, o incluso, el único párrafo: el texto no será inconcluso sino incubado, hundido en sí mismo: lúcido más allá de toda demarcación.

 


 


 


 


 


 

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Franz Kafka: “Fragmentos de cuadernos y hojas sueltas” y “Paralipómenos” en Carta al padre y otros escritos, Alianza editorial, Biblioteca Kafka, Madrid, 1999; trad.: Carmen Gauger.

Gustav Janouch: Conversaciones con Kafka (Gesprache mit Kafka, 1951), Destino, Imago mundi, Barcelona, 2006; trad.: Rosa Sala.

 

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