jueves, 8 de octubre de 2026

Zweig y Borges (2 de 2)

 

DGD: Postales, 2024-2026.

 

r e t r a t o s   (e n)   (c o n)   p o s t a l e s

Zweig y Borges (2 de 2)

D.G.D.

 

IV. Lenguajes matemáticos y paradojas. | Stefan Zweig fue uno de los autores más leídos y traducidos del mundo en las décadas de 1920 y 1930. No ocultaba su objetivo: quería que sus libros fueran accesibles, emocionantes y universales porque atribuía a la literatura la misión de unir espiritualmente a una Europa que se estaba despedazando. Para lograr ese impacto colectivo, Zweig necesitaba que el lector se identificara de inmediato con el dolor, la pasión o la locura de sus personajes. Esto resalta si experimentalmente se coloca como referente a la obra de Jorge Luis Borges; si en lugar de Zweig el autor del relato “Mendel el de los libros” hubiera sido Borges, Mendel habría descubierto que los libros de su mente eran en realidad un lenguaje matemático que regía al universo; si el escritor argentino hubiera escrito Novela de ajedrez, el Dr. B. se habría disuelto en una paradoja temporal. Esas soluciones eran ajenas a Zweig, que si las hubiera elegido habría perdido el anclaje realista y emocional que conmovía a sus lectores. Zweig usaba lo extraordinario (la mente prodigiosa de Mendel o el desdoblamiento del Dr. B.) sólo como un síntoma de la fragilidad humana bajo la presión de la historia y del trauma.

               A Borges, como es bien sabido, el éxito comercial le era ajeno y la fama le causó una genuina sorpresa. No escribía para salvar a la humanidad ni para educar a los públicos, sino para resolver sus propias obsesiones filosóficas y lúdicas. Escribía por placer, mientras que Zweig escribía por compromiso y por una verdadera y sincera filantropía (lo que no contradice que hubiera también un gozo en su escritura). Ahí en donde Zweig colocaba piedad, compasión y lágrimas, Borges insertaba geometría, ironía y escepticismo. Al autor de “El Sur” no interesaba que el lector sufriera con sus personajes sino que quedara inmerso en la arquitectura lógica del relato. Por eso Borges se permitía dar el salto hacia lo metafísico: sus personajes son a menudo ideas andantes o piezas de un ajedrez cósmico.

 


               Jacob Mendel o el Dr. B. son los puntos en los que Zweig estuvo más cerca de tocar el universo borgesiano; ambos personajes son “monómanos”, es decir, individuos que reducen el infinito a un solo elemento (los libros o el tablero de ajedrez). Sin embargo, es necesario notar el destino que da cada autor a sus criaturas: Zweig humaniza a la obsesión. Al final de “Mendel el de los libros”, lo que conmueve al lector no es la pérdida del catálogo bibliográfico sino el maltrato físico a un anciano inocente y la trágica soledad de su muerte en el Café Gluck; el foco está en el sufrimiento humano. Borges paradojiza a la obsesión. Si el argentino hubiera escrito Novela de ajedrez, el Dr. B. probablemente habría descubierto que él mismo era una pieza jugada por un dios ciego, o que el universo entero se regía por los movimientos de la defensa siciliana; el foco se halla en la paradoja existencial.             

               El humanismo de Zweig era una fe inquebrantable en el individuo. Irónicamente, esa misma empatía que lo convirtió en el autor preferido de millones de lectores fue la que le impidió abstraerse de la realidad para jugar con los laberintos abstractos y metafísicos en los que Borges se movía como un pez en el agua. (Y que Zweig no dejó de intuir.)

 

V. Contra el aislamiento metafísico. | Si Zweig hubiera sobrevivido a la segunda guerra mundial y hubiera visto el colapso definitivo de sus ideales humanistas, ¿habría dado el paso hacia una literatura más escéptica y metafísica, o habría guardado silencio? Para él era imposible concebir una literatura del fracaso y de la derrota del hombre por sí mismo; este es el núcleo trágico de su vida y de su pensamiento. La aciaga tarde del 22 de febrero de 1942 en Petrópolis, Brasil, confirma que para él el silencio final era la única opción coherente frente al colapso de su mundo.

               Zweig pertenecía a la última generación de creadores que creyeron firmemente en el proyecto de la Ilustración europea: la fe en que la cultura, la literatura y el arte harían al ser humano libre, noble, justo y pacífico. Cuando esa fe se derrumbó ante la barbarie nazi, el antisemitismo y la complicidad de las masas, no es que Zweig se quedara sin herramientas literarias: se quedó sin razón de ser. Para un autor humanista que concebía a la literatura como un puente entre comunidades, el exilio no sólo fue geográfico sino lingüístico y espiritual. Al ser prohibidos sus libros en Alemania y Austria, Zweig se vio privado de su comunidad natural de lectores. Escribir desde el aislamiento metafísico o recrearse en el fracaso humano, como harían más tarde los existencialistas (Sartre, Camus) o el teatro del absurdo (Beckett, Ionesco), requería un desapego y un cinismo de los que Zweig carecía por completo: necesitaba a la esperanza para empuñar la pluma. Adoptar una mirada fría, nihilista o puramente matemática ante el dolor del hombre habría sido convalidar el triunfo moral del fascismo.

 


VI. Un mundo en llamas. | A diferencia de otros exiliados alemanes como Thomas Mann o Bertolt Brecht, que convirtieron a su literatura en un arma de combate político y de resistencia ideológica contra el fascismo, Zweig era un pacifista absoluto. No creía en la violencia ni en el adoctrinamiento, ni siquiera para combatir al mal. Al ver que sus conferencias sobre la fraternidad universal ya no tenían eco en un mundo en llamas, sintió que su voz se había vuelto anacrónica. Su último gran texto autobiográfico, El mundo de ayer, cuyo manuscrito envió a su editor apenas un día antes de suicidarse, es la prueba definitiva. No se trata de un libro de teoría metafísica ni una ficción abstracta: es el epitafio de toda una era. En sus últimas páginas, Zweig deja claro que prefiere cerrar el libro de la historia con dignidad, recordando el esplendor del pasado, antes que arrastrarse a presenciar la degradación definitiva del humanismo.

               Para Stefan Zweig era inconcebible una literatura de la derrota total. Antes de traicionar su fe en la nobleza intrínseca del ser humano escribiendo relatos oscuros, escépticos o nihilistas al estilo de las pesadillas de la posguerra, prefirió retirarse del escenario por voluntad propia, dejando intacto el idealismo que definió cada una de sus palabras. Hay un trágico paralelismo entre el fin de su vida y el desenlace de ciertos personajes suyos como Jacob Mendel, el Dr. B o Madame de Prie (“Historia de un ocaso”), que también eligen el retiro o sucumben antes de integrarse al nuevo orden. Hay numerosos personajes devastados en sus cuentos, relatos y novelas, pero cuando los retrata lo hace en tono de advertencia (algo como “así es el poder, pero tú lector tienes la posibilidad de librarte de su corrupción”) y, en última instancia, de lamento (“te hago notar lo que estás perdiendo, lo que el poder que domina a la época te está arrebatando sin que te des cuenta”). Si se hubiera tratado de dibujar a sus personajes en un tono cínico o nihilista jamás habría escrito esos textos, puesto que para Zweig el cinismo es una ulterior complicidad con las estrategias dominantes, el fascismo y la barbarie.

               La ética literaria de Stefan Zweig es la única razón por la que este escritor se negó a dar el paso hacia la literatura de la posguerra. El conflicto ético de su vida radica en este punto: adoptar el cinismo o el nihilismo habría sido, a sus ojos, rendirse ante la misma barbarie que estaba destruyendo a Europa. Si los totalitarismos operaban mediante la deshumanización, la crueldad y la falta de empatía, responder desde la literatura con una mirada fría, cínica o desprovista de compasión habría sido volverse cómplice del enemigo; habría equivalido a aceptar que el ser humano es irremediablemente una bestia o una máquina sin alma.

 


VII. La piedad activa. | Cuando Zweig retrata la devastación de sus personajes, el narrador (que a menudo funciona como un confesor o un testigo casual) nunca juzga desde una posición de superioridad moral. En Amok, en Veinticuatro horas en la vida de una mujer o en La piedad peligrosa (novela también conocida como Impaciencia del corazón), el tono es de una profunda tristeza ante la fragilidad humana. El lamento zweiguiano no es una queja pasiva sino un acto de piedad activa que busca rescatar la dignidad del caído. Para él, registrar el dolor de un individuo debía conmover al lector y mantener encendida la llama de la empatía.

               En sus biografías políticas actúa la misma ética literaria: en Fouché retrata a Joseph Fouché (el genio tenebroso de la traición y el poder político descarnado) no para ensalzar su astucia de manera maquiavélica, sino como una advertencia de lo que ocurre cuando un hombre se despoja de toda convicción moral. En Castellio contra Calvino, al contraponer a Castellio (un humanista tolerante) frente a la tiranía teocrática de Calvino, Zweig está gritando a la Europa de los años treinta: “Miren el espejo de la historia: el fanatismo ya antes ha intentado destruir a la libertad humana, pero aún podemos resistir”.

               Para autores posteriores que vivieron la posguerra, el cinismo fue un escudo protector contra el trauma. Para Zweig, en cambio, era un veneno del espíritu; no concebía a la literatura como un ejercicio de pirotecnia intelectual o un laberinto de ironías desafectadas o indiferentes. Escribir requería una entrega sagrada, una fe absoluta respecto a la capacidad del lenguaje para curar y no para anestesiar. El suicidio de Zweig en Petrópolis no fue un acto de debilidad personal, sino la consecuencia lógica de un sistema de pensamiento llevado hasta sus últimas consecuencias. Cuando la advertencia ya no pudo ser escuchada y el lamento quedó sin eco, la única forma que Stefan Zweig tuvo de no ser cómplice del cinismo del mundo fue el silencio definitivo.

 

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