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r e t r a t o s (e n) (c o n) p o s t a l e s
Rodney Collin: la luz como conciencia
D.G.D.
Rodney Collin (Brighton, Inglaterra, abril 26 de 1909-Cuzco, Perú, mayo 3 de 1956) fue testigo y protagonista de una época ahora difícil de imaginar en la que se extendió en Occidente un interés generalizado hacia un conocimiento trascendental. Fue el tiempo de la contracultura, cuando los Beatles convirtieron a Maharishi Mahesh en una superestrella del misticismo, pero sin duda la inquietud colectiva que hizo esto posible había sido abierta en octubre de 1922 cuando G.I. Gurdjieff (1874-1949) fundó en Fontainebleau (Francia) el “Instituto para el Desarrollo Armónico del Hombre”; este gran promotor difundió desde entonces en Occidente un inusitado aspecto de lo esotérico a través de un sistema al que llamó Cuarto Camino y que según descubrió había sido esencial en la remota antigüedad: había existido en forma oculta y de tiempo en tiempo sus señales podían verse surgir en la superficie de la historia, en una u otra forma; su único propósito era ayudar al individuo a despertar a un plano diferente de conciencia. Cualquier intento de utilizar este conocimiento en propósitos distintos o más ordinarios, era descartado o prohibido.
Gurdjieff lo reestructuró, renombró y presentó al mundo occidental: era una invitación a “construir el alma” individual con apoyo en distintos medios, entre ellos de la danza iniciática de inspiración sufi que él había aprendido en su larga peregrinación por distintas culturas de Oriente. Gurdjieff parte de la dificultad implícita en los tres principales caminos místicos orientales, el del fakir (ascetismo: dominio de las sensaciones que demanda medio siglo de entrenamiento), el del monje (misticismo: implica un sufrimiento emocional y una práctica de al menos 25 años) y el del yogui (filosofía: búsqueda a través de la meditación, que requiere al menos una década de preparación). El occidental, que tiene otra tradición, no puede entregarse a esas disciplinas por un problema de tiempo y dedicación. De ahí el cuarto camino de Gurdjieff, una técnica que usa partes de las otras tres vías (entendidas respectivamente como símbolos de los centros motor, emocional e intelectual del ser humano) para construir una cuarta senda adaptada a la civilización occidental. A diferencia de las vías del fakir, el monje y el yogui, que demandaban aislamiento, el cuarto camino —planteaba Gurdjieff— no requería que el adepto abandonara sus condiciones normales de vida, y si se practicaba adecuadamente podía ser alcanzado en unos dos años. El objetivo era un ser humano que rompe las cadenas del sueño y arriba a un nivel de conciencia más elevado mientras intenta alcanzar el potencial completo de sus posibilidades de evolución.
Esto, que a nuestra época escéptica y desencantada suena como otro más de los ingenuos medios new age de autoayuda, revistió en su momento una gran seriedad debido a la fuerte y misteriosa personalidad de Gurdjieff, difundida casi a nivel legendario, y también a la calidad de sus discípulos, ante todo P.D. Ouspensky (1878-1947), un experto en literatura ocultista, simbología e historia de las religiones que desesperadamente había buscado respuestas hasta que en 1915 encontró lo que buscaba, y aún más, en la figura y los preceptos de Gurdjieff. Los libros de Ouspensky (Psicología de la posible evolución del hombre, Fragmentos de una enseñanza desconocida, El Cuarto Camino) siguen siendo los mejores representantes de la búsqueda de Gurdjieff, modificada y afinada por la experiencia y la cultura de Ouspensky. En la expansión del Cuarto Camino durante las décadas siguientes el gran problema radicaba —como sigue siendo en la actualidad— en que era indispensable la guía de un maestro consciente y el número de éstos resultaba muy reducido, como por otro lado era abundante la aparición de seudo-maestros. De ahí que irónicamente se haya dicho que el primer paso hacia la iluminación es no equivocarse al elegir al guía, lo cual es extremadamente difícil si debe tratarse de alguien que realmente haya escapado de las leyes de la mecanicidad y haya despertado.
Curiosamente, la peculiaridad del encuentro de Ouspensky y Gurdjeff pareció repetirse cuando Rodney Collin conoció a Ouspensky, primero por sus libros (especialmente Un nuevo modelo del Universo) y luego de manera personal. Los tres coincidían en el hecho de que desde la infancia habían buscado respuestas, o al menos preguntas conscientes. En la juventud, Collin, hijo de un comerciante, pasaba las vacaciones leyendo, a veces incluso un libro al día, lo mismo que caminando y explorando el paisaje europeo. Luego de conocer a Ouspensky en 1936, y de asombrarse por haber encontrado lo que buscaba, y aún más, se sumergió en la biblioteca del Museo Británico para estudiar religión, filosofía, ciencia y arte en busca de antecedentes y paralelos de las ideas del Cuarto Camino. Convertido en el principal discípulo de Ouspensky, durante el periodo bélico lo siguió a Estados Unidos y más tarde viajó a México, un país que lo atraía irresistiblemente y en el que veía el lugar idóneo para un nuevo inicio. En México terminó su libro La teoría de la vida eterna, que había iniciado en Londres, y fundó una editorial independiente, Ediciones Sol. Fue en estas modestas ediciones que publicó, hacia 1954, de forma anónima (es decir, sin acreditarlo a su nombre), el que es sin duda su libro más asombroso, La pirámide de fuego, uno de los textos cosmogónicos más extraños —y breves— de la literatura, que —debido a su apabullante coherencia, al modo en que parece narrado por una voz arquetípica— bien podría considerarse un libro sagrado mesoamericano.
Fue una sorpresa para muchos el que Ouspensky, cuando regresó a Inglaterra en sus últimos años, proclamara que había abandonado el Cuarto Camino e invitara a sus seguidores a encontrar cada uno su senda individual de investigación y realización. (Ello no es demasiado anómalo y quizás fue un acto de concordancia ulterior con Gurdjieff; éste no creía en los maestros ni en los métodos: un guía autorizado era indispensable pero cada persona debía iniciarse a sí misma a través de la verificación de lo que se le enseñaba.) O como Collin lo resume: “Los había librado [a sus discípulos] de una expresión de la verdad que pudo convertirse en dogma pero que, en vez de aquello, reverdecería en un centenar de formas vivas, que afectarían a todo aspecto de la vida”.
Fue la etapa de mayor cercanía entre Ouspensky y Collin y puede decirse que este último, entre los que aceptaron aquella exhortación de Ouspensky, fue el que la asumió del modo más responsable y honesto. Lo prueba la escritura de El desarrollo de la luz (conocido bajo distintos títulos, entre ellos El espejo de la luz, y en inglés The Theory of Celestial Influence), una ambiciosísima propuesta que comienza con una clasificación de las ciencias en concordancia con las ideas del Camino para luego abarcar al hombre y al universo entero desde casi todos los sistemas humanos de conocimiento. Para Rodney Collin, la tarea del universo y de cada ser que lo habita, desde los soles hasta las células, es hacerse conscientes: “La luz y la conciencia son el mismo fenómeno visto en escalas diferentes”.
El autor presenta El desarrollo de la luz de la siguiente manera: “A pesar de su apariencia científica, [este libro] no tiene ninguna importancia como un compendio de hechos científicos o incluso como una nueva forma de presentar estos hechos, [sino que] deriva de la percepción real de una conciencia mayor y de la vía por medio de la cual esa conciencia puede ser re-obtenida”. En efecto, toda la obra escrita de Rodney Collin, más allá de si se comulga o no con sus conclusiones, es fruto de la “percepción real”, de la experiencia inmediata, de la confrontación, del rigor y de la honestidad. Fue de este modo como Collin asumió las propuestas del Cuarto Camino, es decir, siguiendo el duro requerimiento de Ouspensky: romper con el maestro para ser fiel a éste (que a fin de cuentas es lo que Ouspensky había hecho respecto a Gurdjieff): el caminante es el camino.
Esta visión que sólo puede llamarse simultaneísta, rompe serena pero firmemente todas las fronteras genéricas, incluso las de la “literatura esotérica”: más que un ensayo o un tratado, El desarrollo de la luz es un espíritu, una forma de mirar, una manifestación de la recurrencia eterna —para usar un término caro a Collin. Todo ello (y ciertas afirmaciones que parecen absurdas si esas páginas son enfocadas desde cualquier forma del especialismo) limita el número de sus lectores posibles, lo cual es lamentable porque existen muy pocos libros que merezcan, como este, el calificativo de universal.
Es muy difícil hacer justicia a la figura de Rodney Collin en una época caracterizada por la malicia, la decepción y el dominio feroz del especialismo. Resulta muy arduo encontrar a alguien que se haya entregado con tanta autenticidad y tal esfuerzo a una espiritualidad consciente, y además sin convertir esa entrega en un acto de poder. Collin rehusó ser nombrado el sucesor de Ouspensky y se consagró a cumplir la exhortación de éste; lo hizo, además, a fondo, sin cortapisas, sin querer erigirse como gurú, realmente preocupado por la crítica situación de la conciencia colectiva (seguramente se habría preocupado aún más al ver el estado de esa conciencia mundial el día de hoy). Es sin duda por ello que sus libros son casi desconocidos y que aún la comunidad esotérica le niegue otro sitio que el de “discípulo de Ouspensky”. Y es que su obra misma se construye desde la necesidad de redefinir las ideas aceptadas y oponerse la fuerza de la inercia intelectual, y él mismo ejemplifica este principio con una analogía: “Un tranvía que se mueve sobre las mismas vías con la suficiente frecuencia, tarde o temprano tendrá que desgastar sus rieles y quedarse inmóvil...”, y la conclusión de esta frase es un retrato preciso de la libertad de pensamiento de Rodney Collin: “...o adquirir un nuevo método de avance y elevarse en el aire”.
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Rodney Collin: The Theory of Celestial Influence: Man, the Universe and Cosmic Mystery (1953), Shambhala, Boston, 1984.
Rodney Collin: The Theory of Eternal Life, Shambhala, Boston, 1984. [La Teoría de la vida eterna, YUG, serie Esoterismo y realidad, México, 1978.]
Rodney Collin: Mirror of Light (1954), Shambhala, Boston, 1985. [El espejo de la luz, Kier, Buenos Aires, 1998; Ediciones Sol, México, 2002; Berbera, México, 2003.]
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P O S T A L E S / D G D / E N L A C E S

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