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| DGD: Textiles-Serie blanca 24 (clonografía), 2010 |
sábado, 24 de agosto de 2013
Tradición y ruptura: el conflicto esencial. Apostillas (XXVI: Precipitación y estancamiento)
(XXVI) Precipitación
y estancamiento
Tras la revolución industrial, la diada tradición-ruptura
fue convertida en un solo concepto inferido: precipitación. Si el pasado se
aleja del presente a una determinada velocidad, la concepción occidental del
tiempo acelera esa velocidad a cada generación. El resultado es bien visto por
Octavio Paz cuando en Los hijos del limo
afirma que cada vez el pasado envejece más rápidamente.
*
La evidencia de esto sería perfectamente palpable si no
fueran escatimadas de las escuelas y los medios las formas de palparla. Sin
embargo, puede ponerse en ciertos términos (funcionales aunque un tanto
forzados porque no hay manera de comprobar las cifras) si se encuentra un
contexto adecuado:
Para un
adolescente existe un periodo que lo precede: es a lo que él llama “el pasado”,
es decir un sector del tiempo que le es connatural, que le atañe, que lo afecta
directamente y con el que establece una relación cada vez que intenta
representarse su origen y sus antecedentes. Es, para él, el pasado vivo.
Más allá de
este sector reconocido queda una vasta oscuridad: el pasado muerto. Su nombre es “la historia”, eso
que se enseña en las escuelas pero que no guarda con este adolescente una
relación directa, o no le parece que la tenga ni que deba buscarla (interesarse
en ella le parece tan innecesario, e incluso tan temible, como sería internarse
en un cementerio de noche), y si lo hace será de una manera abstracta,
impersonal, despojada por completo de intimidad o compromiso.
*
A principios del siglo XX, antes de la revolución industrial,
un adolescente pensaba en “el pasado vivo” en términos quizá de un siglo: el
tiempo de sus padres, abuelos y bisabuelos. En el periodo de entreguerras, el
adolescente había reducido ese “pasado vivo” acaso a medio siglo: el tiempo de
sus padres y abuelos. Hacia los años de la contracultura, después de la segunda
guerra mundial y en plena guerra “fría”, el adolescente consideraba que “el
pasado vivo” era tal vez un lapso de tres décadas: el tiempo de sus padres. Al
principio del siglo XXI, un adolescente piensa que su “pasado vivo” es poco más
de una década: el tiempo de su propio nacimiento.
*
El mismo lapso de tiempo activo
que un individuo reconoce al pasado vivo
es el que proyecta hacia el futuro. Biológicamente, nada diferencia el proceso
de crecimiento de uno u otro de estos adolescentes, pero en términos
esquemáticos, el adolescente de principios del siglo XX tenía un siglo para
proyectarlo sobre su propia expectativa de vida: sólo hasta etapas muy
avanzadas de su propio recorrido vital se consideraría —y sería considerado por
sus coetáneos— como un “anciano” (en un sentido metafórico). El adolescente de
entreguerras contaba con medio siglo para llegar a ese punto de la ancianidad
metafórica, mientras que el de la contracultura sería un “anciano” en sólo tres
décadas. Es claro que el adolescente de principios del siglo XXI lo será en
únicamente una década: así es como contempla a quienes son diez años mayores, y
como será contemplado cuando llegue a esa edad, aunque esté en plenitud de
facultades.
*
El pasado vivo no
sólo envejece cada vez más rápidamente, sino que se reduce a cada paso como en
la metáfora de la pata de mono de Jacobs o la piel de zapa de Balzac. A la vez,
aumenta el pasado muerto hasta volverse una magnitud oscura, temible y de peso
insoportable aunque intente ignorársele. En la balanza, el futuro vivo también se reduce en dimensiones.
La modernidad aspira a ser su propia tradición, una que no debe nada a lo
muerto (por eso lo mata) ni espera tampoco deber nada a lo breve de su futuro,
más allá del cual sólo espera la misma oscuridad (también el futuro inmediato ha
sido asesinado desde el presente).
*
Isaac Asimov enfoca esta cuestión en un visionario relato
llamado precisamente “El pasado ha muerto”:
Cuando la gente piensa en el pasado, lo hace como si
estuviera muerto, muy lejos, desaparecido tiempo atrás. [...] El pasado
significa Grecia, Roma, Cartago, Egipto, la Edad de Piedra. Cuanto más muerto,
mejor... [...] ¿Qué significa el pasado para ustedes? Su juventud. Su primer amor.
Su madre fallecida. Hace veinte años, treinta años, cincuenta... Cuanto más
muerto esté, mejor... Pero ¿cuándo comienza realmente el pasado? ¿Cuándo
comienza? ¿Hace un año? ¿Cinco minutos? ¿Un segundo? ¿No es obvio que el pasado
comenzó hace un instante? El pasado muerto es apenas otro nombre para el
presente vivo.
No piensa lo
mismo el poder que ha manipulado a la tradición: para éste, el pasado muerto es
el enemigo del presente vivo, su némesis. En el relato, ese personaje de Asimov
contempla, en cambio, la verdadera tradición: la de una humanidad que contempla
el nacimiento del pasado en el propio instante presente, pero no como una
entidad muerta y ominosa sino viva y palpitante. La manipulación de la ruptura
implica negar la vida del pasado, acaso para justificar también lo inerte del
presente (y la ausencia de un verdadero compromiso con el futuro).
jueves, 15 de agosto de 2013
Tradición y ruptura: el conflicto esencial. Apostillas (XXV: Pensar y dudar)
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| DGD: Textil 126 (clonografía), 2010 |
(XXV) Pensar y dudar
Una de las tácticas principales de la modernidad consiste en
“olvidar” partes de las citas que usa para fundamentarse. El gran ejemplo es la
sentencia de Séneca, Errare humanum est,
“errar es humano”, que sirve para justificarlo todo cuando ya no quedan coartadas
posibles, y que, dicho así y en ese nivel primario en que se dice todo en la
modernidad, no significa que el ser humano también
se equivoca, sino que el error es la esencia de lo humano. Y es que de una
manera muy mañosa se ha eliminado la segunda parte de esa sentencia: errare humanum est, sed perseverare
diabolicum, “errar es humano, pero perseverar [en el error] es diabólico”.
Otro gran
ejemplo se halla en la archiconocida máxima cartesiana je pense, donc je suis (Discours
de la Méthode, 1637), vertida por el propio Descartes al latín como ego sum, ego existo (Meditationes de Prima Philosophia, 1641)
y como ego cogito, ergo sum (Principia Philosophiae, 1644), de donde
procede la celebérrima derivación cogito
ergo sum, traducida generalmente como “pienso, luego existo” y que es el slogan fundamental del racionalismo
positivista.
Citado así,
no podría sonar de modo más fehaciente y “constructivo”, es decir, productivo, puesto que tanto el pensar
como el existir son concebidos como “actividades” y aún más, como producciones (en el sentido exacto de “producción
en serie”, es decir, de progreso).
*
Y sin embargo, en la célebre locución se ha omitido el
primer elemento. Uno de los principales intérpretes y admiradores de Descartes,
el crítico literario Antoine-Léonard Thomas (Éloge de René Descartes, 1765), rescató ese elemento “perdido”
cuando supo leerla de este modo: Puisque
je doute, je pense; puisque je pense, j’existe, es decir, “dudo, luego
pienso; pienso, luego existo”, o en una posterior versión latina: dubito ergo cogito, ergo sum.
No es una
interpretación: Thomas se limita a extender (se le llama precisamente “el cogito extendido”) lo que ahí estaba
implícito y luego fue “olvidado”, y se basa en la subsiguiente declaración en
las Meditationes de Descartes: Ego sum res cogitans, id est dubitans,
affirmans, negans, pauca intelligens, multa ignorans (“Soy una cosa
pensante que es un ser que duda, afirma, niega, conoce unos cuantos objetos e
ignora la mayoría de ellos”). En su elogio reverente, Thomas reivindica el
papel que Descartes había aplicado a la duda, y coloca este acto antes que
cualquier otro (afirmar, negar, conocer, ignorar). La duda no sólo se sitúa
antes del pensamiento sino que es su mismísimo origen.
*
El razonamiento completo —dubito ergo cogito, ergo sum—
implica que si dudo de que existo, ello es una prueba de mi existencia, puesto
que hay alguien que duda. Se trata de
un uso deliberadamente parcial del acto de dudar, porque se aplica solamente en
una dirección (dudo de que existo),
al tiempo que se eliminan las otras direcciones posibles (por ejemplo, dudo de que pienso, e incluso dudo de que dudo).
Cuando Descartes
dice “dudo”, quiere significar sólo la parte de la duda que conviene a su
sistema filosófico: sopesar, comparar, poner en acción a la lógica para que
ella vaya eliminando falsos razonamientos y llegue a donde este filósofo quiere
llegar. Descartes nunca implica llevar la duda hasta las últimas consecuencias,
que implicarían dudar de todo, incluso de la validez de su propio sistema de
pensamiento y hasta de la razón misma como método para conocer el mundo.
Por medio de
la parcialidad unidireccional se demuestra la conclusión predeterminada: el
pensamiento es la prueba de que existo, y la existencia es la prueba de que
pienso.
*
Brillante gambito: convertir a la duda en confirmación y
hasta en prueba de la existencia y solidez de aquello respecto de lo cual se
duda. Si dudo de la tradición, si la cuestiono, esa duda es ya en sí misma una
ruptura a esa tradición; sin embargo, la manipulación del cogito (gemela a la manipulación de esa tradición) causa, por
enésima vez, que de todas formas la ruptura termine confirmando no sólo la
existencia de la tradición, sino su invulnerabilidad.
*
Más allá de las minucias filosóficas (nos referimos aquí al
uso que se le da en el nivel de los media,
no en los claustros académicos), se trata de un magnífico pilar para el
positivismo optimista y bobalicón de la modernidad, que de ese modo se afirma y
justifica: pensar es la prueba de la existencia, y la existencia es la prueba
del progreso.
*
La “filosofía” de la modernidad se deshace del dubito y erige como único centro al cogito. Las razones son evidentes: el
mundo moderno no se beneficia en absoluto si promueve en sus habitantes la duda;
intuye muy bien que ésta es un mecanismo que se muerde la cola: dudo, dudo de
que dudo, dudo de que dudo de que dudo, etcétera. Así nace la “tradición” que
consiste en evitar al hombre de la calle confusiones, ambigüedades,
descolocaciones,
“conflictos innecesarios”.
*
Sobre todo en el nivel de los media no es en absoluto conveniente reconocer el papel de la duda y
menos fomentarla en los ciudadanos: nada menos deseado que sugerirles, por
ejemplo, el acto de aplicar la duda a la autoridad, o a la solidez del mundo
moderno, o a sus instituciones, o al papel asignado a cada ciudadano en esa
maquinaria.
Un ciudadano
que sistemáticamente pusiera en práctica la duda se “debilitaría” y, peor aún,
se desadaptaría (sufriría un extrañamiento, se saldría del carril). Al eliminar
el dubito del lema fundamental del
positivismo racionalista, la modernidad paternalista y totalitaria desactiva la
parte más fecunda de la duda: la de poner en cuestionamiento, que es asimismo
la necesidad de responder.
*
En cuanto a la necesidad de responder, una de las más hondas
respuestas (rupturas) a la soberbia del cogito,
ergo sum (tradición) ha sido dada por
Tomás Segovia en sus cuadernos de notas:
“Pienso,
luego existo” no es bastante evidencia. Es una demostración, pero no una seguridad.
Las pruebas sólo pueden ser seguridades para otras pruebas; los hombres
necesitan más. La verdadera seguridad la tenemos al exclamar “Yo sufro”. La
duda metódica deja de ser comprobable cuando llegamos al “yo pienso”; pero no
deja de ser satisfactoria hasta que llegamos al “¡ay!”, al grito de dolor. Lo
que exclamamos entonces no es “Sufro, luego existo”, sino: “Sufro, luego soy
yo”. “Existo” no es satisfactorio porque no nos asegura la realidad de ese yo que sabemos que existe; y aunque nos la asegurara,
no nos asegura la realidad de eso que el “yo” piensa. Una cosa real sólo puede
definirse, delimitarse en su realidad
frente a otra cosa real. ¿Cómo podría una cosa irreal definir, delimitar a una
cosa real? La realidad del yo sólo puede acabar donde empieza la realidad del
no-yo, no donde empieza su irrealidad. El “Yo sufro” nos asegura la realidad
del yo, y la realidad de lo que hace sufrir al yo. Y nos marca además la
frontera de estas dos realidades, que se definen la una por la otra.
*
Eliminar el dubito
como primer paso del cogito tiende ante
todo a exaltar ese hedonismo burgués que nada quiere saber del dolor y que es la
falsa imagen de la felicidad que venden la publicidad y la propaganda. Pero aún
existe un más grave resultado: condenar al olvido la antigua certeza de que dudar
no es un debilitamiento, de que responder no es una altanería, de que cuestionar
no es perder el tiempo.
martes, 6 de agosto de 2013
Tradición y ruptura: el conflicto esencial. Apostillas (XXIV: La tradición del sacrificio)
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| DGD: Textil 84 (clonografía), 2008 |
(XXIV) La tradición del
sacrificio
Dos grandes denuncias del discurso de la conveniencia. Una
se halla en el primer párrafo de Historia
de dos ciudades (1859) de Dickens:
Era el mejor de los tiempos, era el
peor de los tiempos, era la edad de la sabiduría, era la edad de la estupidez,
era la época de la fe, era la época de la incredulidad, era la estación de la
luz, era la estación de la oscuridad, era la primavera de la esperanza, era el
invierno de la desesperación, lo teníamos todo por delante, nada teníamos por
delante, íbamos todos directamente al Cielo, íbamos todos directamente en
sentido contrario.
La otra procede de la novela Galápagos (1985) de Kurt Vonnegut Jr.:
Las meras opiniones, de hecho,
gobernaban a la conducta de la gente, tanto como la más probada verdad, y
estaban sujetas a súbitos cambios como jamás podría estarlo la más probada
verdad. De modo que las Islas Galápagos podían ser el infierno en un instante
dado y el cielo en el siguiente, y Julio César podía ser un estadista en un
momento y un carnicero en el siguiente, y el papel moneda ecuatoriano podía
cambiarse por alimentos, vivienda y ropas en un momento y forrar el suelo de
una jaula en el siguiente, y el universo podía ser la creación de Dios
todopoderoso en un momento y el producto de una gran explosión en el
siguiente... y etcétera, etcétera.
*
En 1810 E.T.A.
Hoffmann afirmó que la Quinta Sinfonía de Beethoven pertenecía plenamente
al romanticismo; por su parte, la crítica del siglo XX exclamó que es “el
ejemplo consumado de la lógica sinfónica”, “la expresión definitiva de la
racionalidad clásica que rehúsa ceder a las violentas convulsiones del
romanticismo inmanente”. ¿Quién acierta? En principio, Hoffmann y la crítica
del siglo XX no hacen otra cosa que afirmar a su propia modernidad a partir de
una obra de fuerza inclasificable. Que ambos aciertan y que ambos se equivocan
lo demuestra Tomás Segovia (entrevistado por Eduardo Vázquez Martín en
diciembre de 2004):
Lo que los románticos dicen es:
“Nosotros sabemos lo que Homero dijo, pero también lo que quiso decir sin darse
cuenta, cómo se hace un poema épico y cuál era el contexto histórico que hizo
posible su escritura, pero al saber eso hemos perdido el poder de escribir la Ilíada”. Pero esta reflexión no la
hacían confrontados a la razón o contra la ciencia, sino desde la razón y con
la ciencia. Los románticos eran científicos y se consideraban herederos de
Rousseau y Voltaire; lo que buscaban era la síntesis, eran críticos de la
objetividad que nos hizo perder el genio, por eso se acercan a los lenguajes
oscuros, como el religioso o el mágico, al lenguaje de los que han sido
proscritos por la razón: los locos, los niños, las mujeres, los salvajes.
*
Para Tomás Segovia, la insistencia de la modernidad en el
valor de lo nuevo es una inmensa campaña de persuasión y tiene que ver con el
más esquivo de los conceptos: la Significación. Y todo parece indicar que este
concepto resulta esquivo no sólo por su complejidad inherente, sino sobre todo
por los esfuerzos de otra gran campaña que lo mantiene en los claustros del
especialismo y fuera de la atención colectiva.
“Cortarse de
la tradición”, escribe Segovia en 1987, “es la primera tentativa que se le
ocurre al que quiere una significación en sí, salvada del movimiento
indominable de la Significación. La Significación no existe realmente, quiero
decir de hecho, sino como tradición. El acto mismo que la hace existir,
aparecer en un presente efectivo, la empuja ya hacia el pasado y la hace ya
tradicional, como se ve en la propia historia efectiva de las vanguardias, que
se constituyen de inmediato en la famosa ‘tradición de la ruptura’. Hacer de lo
moderno y lo nuevo un valor en sí y negar consiguientemente la tradición
(ignorarla sobre todo, como por fin está empezando a suceder) tiene obviamente
el sentido de escapar de la Significación. (La crítica de la tradición empezó
mucho antes, por lo menos en el siglo XVIII.)”
*
A nadie se le ocurre inventar una tradición. Ésta, como dice
Segovia, implica al pasado: mientras más antigua, más venerable. De ahí el
regusto de culpabilidad e incluso de traición que se adhiere a la ruptura (invención,
vanguardia, cambio), y que resultan mayores en la medida de lo vetusto de la
tradición contra la que atentan. Y existe otro regusto que se adhiere a la
tradición: el de sacrificio. Basta considerar este ejemplo nada infrecuente: el
muchacho que debe estudiar la profesión de su padre porque fue también la de su
abuelo y la tradición “debe mantenerse”: para ello tendrá que sacrificar sus
propias vocaciones, renunciar a sus verdaderos deseos. Si se sacrifica, resulta
muy posible imaginar el tipo de padre, profesionista y ciudadano que será con
el tiempo: un juez severo e implacable de la más pequeña ruptura, puesto que si
él se sacrificó a tal grado, nadie tiene
derecho a renunciar al sacrificio. Este es sólo uno de muchos otros
sacrificios, individuales y colectivos, que se consideran no sólo justificados
sino necesarios para que la tradición continúe.
Esa es una de las razones de que la palabra tradición sea tan venerada en los
discursos oficiales y de que a la vez, en privado, se le contemple con odio
soterrado.
*
En términos llanos y casi generales: para ser en sociedad se
debe sacrificar lo que se es (poeta,
revolucionario, librepensador, homosexual o bisexual, etcétera)
en función
de lo que no se es; en otras palabras, todo
aquello que no sea conveniente (útil,
productivo) para la sociedad. La sociedad es el discurso de la conveniencia. Ayer las cosas eran blancas, hoy son negras, mañana serán... lo que convenga al poder para que los sacrificios sean no sólo aceptados por los ciudadanos sino impuestos por ellos mismos, los unos sobre los otros.
*
A nadie se le ocurre inventar una tradición. Y sin embargo,
es precisamente eso lo que ha hecho el poder, y con mayor virulencia de lo
imaginable. El desarrollo de las tradiciones fue uno de los intereses del
ilustre historiador marxista Eric Hobsbawm (1917-2012); en sus estudios acerca de
la construcción de lo tradicional en el Estado-nación, argumenta que muchas
tradiciones son inventadas por élites para justificar la existencia y
supremacía de sus respectivas naciones (mejor dicho, del discurso político que
en ese momento las rige). La invención de tradiciones de acuerdo al interés
resulta, desde luego, clandestina y secreta; a la luz pública se les presenta
como antiguas y venerables, es decir, dignas de confianza. Porque uno de los
sobreentendidos que bañan al concepto “antigua tradición” indica que mientras
más añeja más ha probado su eficiencia, es decir que mucha gente ha confiado en
ella y ha obtenido en reciprocidad: seguridad, tranquilidad, estabilidad, paz:
las máximas promesas del poder.
*
Segovia llega a uno de los momentos más recordados de su
obra ensayística cuando llama a los románticos “nuestros clásicos”. ¿Está
convirtiendo en tradición a la más profunda ruptura de la historia? Lejos de
ello.
*
Cuando a principios del siglo XX Tzara y Breton comenzaron a
reivindicar el sueño, el mito, la magia, hubo una violenta sacudida: ¿cómo la
vanguardia, que es lo más nuevo, lo que está más adelante, exalta a lo viejo, a
lo que está en la mayor retaguardia, es decir lo que se ha dejado atrás en la oscuridad del pretérito? Los líderes del
dadaísmo y del surrealismo se beneficiaron de lo que habían dicho y hecho
numerosos artistas inclasificables y solitarios en un relativo aislamiento,
esto es, sin el ruido suficiente como para llamar la atención (vanguardia es
ruido, tradición es silencio). Y lo primero que exclamaron fue que la verdadera
tradición había sido manipulada y que había que volver a ella. Es lo mismo que
habían dicho los románticos: que había habido una manipulación no sobre el
pasado sino sobre la memoria, borrando convenientemente del recuerdo colectivo
todo aquello que pudiera cuestionar a la definición de lo humano impuesta por
el poder.
“Hasta el
romanticismo inclusive”, escribe Segovia, “lo que busca el pensamiento y el
arte más audaz de Occidente es justamente reanudar la tradición. Una tradición
que ellos consideran perdida o traicionada y que se trata de rescatar de sus
falsificaciones y deformaciones.” Éstas consisten, ante todo, en “neutralizar
el movimiento tradicional de la Significación, disolviéndolo o controlándolo
desde fuera”.
Lo que sucede
en la actualidad es visto de esta manera por Segovia: “Pero lo que es nuevo en
estos últimos cien años es la existencia de una guerra total contra la
tradición, aunque coexista con la crítica restauradora y a veces se mezcle con
ella o pacte con sus posiciones. En el arte (incluyendo la poesía), esa guerra
total moderna es la que combate a la Significación a la vez negando el valor de
la tradición con la que la identifica (justificadamente, aunque claro que
deformando esa identificación) y negando la interpretabilidad”.
*
Segovia insiste una y otra vez en hacernos recordar que el
sentido, como su nombre lo indica, está siempre orientado. En esto descansan
sus principales sinónimos, valor y significación. Segovia escribe: “El Valor —y
por ende la significación como valor y el valor como significación— está
directamente incorporado en el Círculo de la Existencia. Sólo una estrategia, o
sea una praxis práctica, una interpretación del uso, una reflexión en y sobre
el tiempo puede abordarlo. La reflexión sobre el arte, como sobre el Valor (o
sea sobre ‘la vida’) no puede ser teórica porque no puede captar sus
condiciones de posibilidad, que son incaptables, sino sólo darlas. No hay
teoría del arte como no hay teoría de ‘la vida’. Hay meditación. (Tampoco, en
rigor, hay teoría del lenguaje, por supuesto.)”
El arte de la
ruptura conveniente hace lo mismo que el poder: contribuye a la amnesia
impuesta, a la guerra contra la significación. Segovia nos hace ver que no otra
cosa son las vanguardias más aclamadas, “todo ese arte, que reúne a la vez la
buena conciencia de declararse maldito y rebelde y amenazado, y la buena suerte
de monopolizar todo el éxito, los honores y el dinero, busca no decir”. La manipulación
de la verdadera tradición se basa precisamente en manipular la más antigua de las certezas: la cultura es la historia que es el sentido que es el hombre.
miércoles, 24 de julio de 2013
Tradición y ruptura: el conflicto esencial. Apostillas (XXIII: Fluidez y estancamiento)
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| DGD: Textil 66 (clonografía), 2009 |
(XXIII) Fluidez y
estancamiento
En la hipercomercial y opulenta película Guerra mundial Z, un supuesto científico
dice el lema central de toda esta película-negocio: “La madre naturaleza es una
asesina serial. No hay nadie mejor, ni más creativo. Pero como todo asesino
serial, tiene el terrible deseo de ser descubierta. ¿Para qué cometer crímenes
tan brillantes si nadie se lleva el crédito? Así que deja migajas. Lo más
difícil, lo que te mantiene una década en la escuela, es reconocer las migajas
como los indicios que son. Y a veces, lo que creíste que era el aspecto más
cruel y brutal del virus, es la gran debilidad en su armadura. Y le encanta
disfrazar las debilidades como fortalezas”.
El discurso
de la conveniencia se forma con este tipo de gotas de un torrente dictatorial y
permanente. El darwinismo social gobierna a todas las ideas difundidas por
Hollywood. Una vez aceptado que “la madre naturaleza es una asesina serial”,
entonces sí conviene reconocer las raíces naturales del hombre, quien por tanto
es también un asesino serial, por “herencia”, o, para usar la gran coartada, por naturaleza.
*
En biología se utiliza el término palingénesis para aludir a
la reproducción exacta de los aspectos ancestrales de la herencia; el opuesto
es la cetogénesis, en donde el medio ambiente modifica a las características
heredadas. Es este un binomio correspondiente a nature/nurture. Pero el
discurso de la conveniencia nunca aceptará el factor educación (la influencia
del medio ambiente), puesto que éste implica el libre albedrío, la capacidad de
elección, el acto individual de negarse a recibir determinada educación por
falsa o perniciosa.
*
Oponerse al discurso ideológico de Guerra mundial Z (y de los millares de filmes y series de
televisión semejantes) es, por tanto, “antinatural”. La crítica y toda
actividad lúcida alternativa se vuelven prácticamente actos “contra-natura”.
*
Nurture (la
cetogénesis) queda fuera del juego para que reine Nature, que no es en absoluto “la naturaleza”, sino ese específico
simulacro (tradición manipulada) que el poder requiere para afirmarse como
fatal e inevitable: no hay opciones, no hay libre albedrío: sólo hay
palingénesis: el hombre es un asesino serial y punto.
*
El propio discurso hollywoodense, entusiasmado por su “evidencia
avasallante”, descuida la metáfora. De Hollywood (y de todo el discurso de la
conveniencia) puede decirse lo mismo: “Pero como todo asesino serial, tiene el
terrible deseo de ser descubierto”. Y aún más: “A veces, lo que creíste que era
el aspecto más cruel y brutal del virus, es la gran debilidad en su armadura. Y
le encanta disfrazar las debilidades como fortalezas”.
* * *
No puede decirse propiamente que la tradición “tienda a
estancarse”: la historia humana prueba que la tradición es un estancamiento; de ahí que la ruptura no resulte “a veces”
necesaria, sino incesantemente indispensable. En el terreno de la filosofía,
Borges estipula que Macedonio Fernández “no formuló ideas nuevas —acaso no las
hay—, [pero] redescubrió y repensó las ideas eternas”.
*
El estancamiento en ningún modo es exclusivo de la
literatura, pero parece especialmente notable en ella. En una página citada por
Borges, T.S. Eliot denunciaba uno de tantos agotamientos, el de la novela
policiaca, que —observa Eliot— “se repite peligrosamente: en el primer capítulo
el consabido mayordomo descubre el consabido crimen; en el último, el criminal
es descubierto por el consabido detective, después de haberlo ya descubierto el
consabido lector”. Muy diversos tipos de ruptura intentan salvar el peligro de
las repeticiones, pero a la vez el público las acepta y hasta las demanda: es
el reconocimiento a las “convenciones de género” que hacen reconocible, en este
caso, a la novela policial.
*
Los autores buscan, pues, rupturas “moderadas”:
suficientemente “renovadoras del género” pero nunca tan definitivas que
pudieran escapar por completo al reconocimiento (y menos aún que pudieran
contribuir a la desaparición de ese género o subgénero). El público aplaude una
“variante novedosa” que le muestra nuevas facetas de las mismas “leyes” pero
rechazaría con indignación una ruptura absoluta de esas leyes.
Los géneros
viven, pues, no de sus leyes sino de la graduación (siempre subjetiva, siempre
graduada) de las variaciones practicadas sobre ellas. Existe un límite más allá
del cual las rupturas dejan de ser moderadas, graduadas y calibradas, y se
vuelven definitivas: esa zona off limits
es muy temida porque su nombre es caos o, en otros niveles, revolución.
Pero las
revoluciones, cuando surgen, y sobre todo cuando no pueden ser sofocadas a
tiempo, son entonces prontamente devueltas al territorio conocido: se
institucionalizan, se vuelven tradición, es decir, estancamiento. Y el péndulo
comienza de nuevo a moverse. O a la apariencia de moverse, puesto que el péndulo
ha sido congelado en su extremo: el de la extrema derecha.
*
Borges aporta un matiz a esta discusión eterna y
aparentemente irresoluble: “los géneros no son otra cosa que comodidades o
rótulos y ni siquiera sabemos con certidumbre si el universo es un espécimen de
literatura fantástica o de realismo”. Acaso esta oración puede parafrasearse
por medio de sustituir los sustantivos: tradición y ruptura no son otra cosa
que comodidades o rótulos y ni siquiera sabemos con certidumbre si el universo
es una tradición o una ruptura, o en qué niveles podría considerarse esto o
aquello.
Evidentemente
no es ni una cosa ni la otra; tradición y ruptura son formas humanas de mirar (modos
de adjudicar niveles a posteriori), y
por lo general es
el discurso de la conveniencia el que determina que el universo sea visto como tradición o
como ruptura (o como tradición de la ruptura, o como traición de la tradición).
* * *
Twice Told Tales (Cuentos dos veces contados) es el título
de una colección de cuentos en dos volúmenes de Nathaniel Hawthorne publicada
en la primavera de 1837. Ese título estaba inspirado en un fragmento de The Life and Death of King John (acto 3,
escena 4) de William Shakespeare: Life is
as tedious as a twice-told tale / Vexing the dull ear of a drowsy man (“La
vida es tan aburrida como un cuento contado dos veces / Que fatiga el oído
sordo de un hombre somnoliento”).
La repetición
mata a la novedad y no hay como repetir un suceso insólito para volverlo
tradición y con ello devolverlo a lo tedioso.
Escribe
Sergio Pitol que, sin la existencia de la literatura, “el lenguaje sería gris,
plano, reiterativo. Es la literatura la que lo alimenta, lo transforma, lo
castiga a veces, pero le otorga una luminosidad que sólo ella es capaz de
crear”. En este párrafo podría sustituirse “lenguaje” por “tradición” y
“literatura” por “ruptura”.
* * *
La vida es una tradición que depende, para perdurar, de sus
rupturas incesantes (si no se producen se las inventa), impredecibles (aunque
no sólo se las predice sino se las provoca) y totalmente novedosas (aunque los
elementos que barajan son tradicionales y aun las combinatorias más afortunadas
se volverán rápidamente tradición).
*
Uno de los niveles más curiosos de este fenómeno es la
juventud, que es tradicionalmente
definida como ruptura en sí misma. Sin embargo, el culto generalizado hacia
ella la infiere como sólida tradición. La edad madura del ser humano, que
tendría que ser lo tradicional respecto a lo cual la juventud es ruptura, se
vuelve, por tanto, ruptura de la tradición que es la juventud. El anciano que
realiza obras o demuestra vitalidad se vuelve anómalo, y, como ruptura, se
cubre de los atributos de lo heterodoxo: la culpabilidad (por no ser joven), la
envidia (a quienes son físicamente jóvenes), la sed de expiación (no por haber
vivido sino por haber sido joven una vez).
*
“Cuando fracasan”, dice Dostoievski en Crimen y castigo, “incluso los mejores proyectos parecen estúpidos.”
En la mentalidad capitalista el fracaso es la tradición: está por todas partes
y es el más probable de los resultados en todo esfuerzo individual por “destacar”;
por tanto, el triunfo es la ruptura. Pero qué curiosa ruptura, cuando todos
tienden a ella y, sobre todo cuando, al conseguirla, ella se convierte en parte
de una tradición secreta, la de los triunfadores, los reguladores y líderes de
la comunidad. Los peores proyectos parecen magníficos si triunfan, mientras que
los mejores resultan estúpidos si fracasan. El carácter particular de cada
proyecto importa mucho menos que su inserción en la contradictoria categoría de
“tradición” (el fracaso que espera a todos, el triunfo designado para unos
cuantos) o de “ruptura” (el triunfo que vuelve glorioso a lo que toca, el
fracaso que vuelve vil a lo que no puede separarse de él).
* * *
Uno de los personajes de Paradiso
de Lezama Lima “siente el tiempo como un castigo”. El devenir temporal es visto
a veces como tradición, cuya ruptura es paradójicamente la eternidad (como los
instantes sagrados que experimentan Proust y Borges), y a veces como ruptura de
una tradición que es la eternidad.
lunes, 15 de julio de 2013
Tradición y ruptura: el conflicto esencial. Apostillas (XXII: Cerebro y sexo / Culpabilidad e inocencia)
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| DGD: Serie de la piel 66 (clonografía), 2009 |
(XXII) Cerebro y sexo
/ Culpabilidad e inocencia
El ser humano está tradicionalmente dividido en tres áreas:
cerebro, corazón y sexo. Las dos últimas suelen considerarse como una sola, de
tal manera que la dicotomía queda entre cerebro y sexo, la razón y el instinto,
y en términos del sobreentendido, tradición y ruptura. El instinto es la
ruptura de la razón. De ahí el miedo que el racionalismo siente hacia lo “irracional”,
y de ahí que las principales vanguardias se hayan situado decididamente en los
territorios “oscuros”: erotismo, sueño, locura. Porque la tradición es vista
casi siempre como luz y la ruptura como oscuridad. La razón es “luz” de la
inteligencia; el instinto equivale a las tinieblas de lo primitivo. La sexualidad
es obsesivamente racionalizada, ordenada, regulada, puesto que ella equivale a la
ruptura; pero al mismo tiempo es una tradición, cuyo nombre es
heterosexualidad, que a su vez tiene rupturas: las así llamadas sexualidades
alternativas.
*
En este juego de espejos, las sexualidades alternativas son rupturas
que se mantienen obsesivamente como tales sin permitir el menor ordenamiento que
las amenace con ser englobadas por la tradición. Cuando se legalizó el
matrimonio gay en México, ciertos sectores de la propia comunidad homosexual
masculina fueron los primeros en oponerse, rechazando de bloque la “regulación”.
Algunos voceros de esos sectores dieron la clave cuando mencionaron que una de
las características fundamentales de las sexualidades alternativas es
precisamente la clandestinidad, condición que se les retiraría si comenzaran a
ser contempladas con la misma mirada rutinaria que recibe el matrimonio
heterosexual.
Todos los
deseos secretos, las parafilias, las perversiones, e incluso las adicciones,
son rupturas cuya fascinación casi desaparecería por completo si fueran de
pronto vistas como partes de una tradición. Una vez más, la repetición y la perdurabilidad
de lo clandestino lo convierten en una cierta tradición, pero una que depende
de estar siempre contrapuesta a la tradición mayor. Lo clandestino (el sabor
del peligro) da sabor a la ruptura, y por ello se la mantiene como tal, aunque
es, de hecho, una tradición.
En un poema publicado en 1896, Emily Dickinson murmura:
*
En un poema publicado en 1896, Emily Dickinson murmura:
Forbidden fruit a flavor has
That lawful orchards mocks;
How luscious lies the pea within
The pod that Duty locks!
[La fruta prohibida tiene un sabor
Que el huerto legal escarnece;
¡Con qué dulzura reposa el guisante
Dentro de la vaina que el Deber confina!]
*
Pregunta nada impertinente: ¿es el especialísimo sabor de
esa fruta el que genera la prohibición (lectura bíblica, es decir de la
tradición), o es precisamente la prohibición la que la vuelve especialísima
(lectura heterodoxa, es decir de la ruptura), y si no estuviera vedada sería
tan común y corriente como las demás frutas del huerto legal?
*
“Yo aseguro”, escribe el poeta Elías Nandino en su
autobiografía (Juntando mis pasos, 2000),
“que los hombres más felices no han tenido las noches de amor que yo tuve,
porque ellos las han gozado normalmente y yo las gocé con lo prohibido.”
Y si hay en
esas líneas una clave, ella se complementa con la que habita en estas otras: “Nadie
puede comprender el goce tan tremendo del amor contranatura y tener, al mismo
tiempo, el remordimiento como una punzada adentro de la conciencia”.
La expiación,
pero también la incertidumbre: “Nadie puede imaginar lo que es un placer así,
con deseo y con miedo, sin saber cuál será el resultado final”. Y: “No imaginan
qué grande fue para mí el goce cercado por el miedo”. Nandino practica un leve
cambio en la carga metafórica: “El amor no es eterno, pero el tiempo que es
amor, es cielo e infierno a la vez, es decir, un martirio gozoso”.
*
Pero no hay cielo (tradición) e infierno (ruptura), sino dos
infiernos que cumplen uno aquella tarea y el otro ésta: “El amor verdadero
[...] sólo se goza cuando los dos infiernos confunden sus llamas”.
Todos los
niveles son vasos comunicantes. No hay exceso en intuir que existe un regusto
de clandestinidad en la ruptura que la hace deliciosa, lo mismo que un matiz de
culpabilidad (por trastocar, por desafiar, por abusar, por traicionar).
*
A la sociedad no importa realmente que una persona sea
heterosexual; lo que sí le importa (y en grado superlativo) es que así lo declare. El machismo no es otra cosa que una permanente declaración de heterosexualidad: es
“propaganda ambulante”, y aún más que eso, puesto que la propaganda tiende a persuadir de forma esporádica mientras que el machismo tiende a advertir y hasta amenazar de modo constante e ininterrumpido. Esta es la verdadera educación del varón en sociedad, y el carácter de esta educación es agresivo y misógino. Bien observa Tomás Segovia que “a veces es difícil distinguir el lenguaje de nuestra moral erótica y el de las conversaciones de cantina, en las que parece que el asco y el repudio de la mujer es la única prueba de la heterosexualidad” (Cuaderno inoportuno, 1987).
Sucede con toda evidencia con las películas hollywoodenses que tocan temáticamente a las sexualidades alternativas: no sólo los críticos que hablan de ellas sino los propios directores, guionistas y actores se apresuran a declarar, en una inmensa mayoría de los casos, que son felices y satisfechos representantes de la heterosexualidad oficial. Si han hecho tal película es por el “desafío artístico” que ella contenía, etcétera; con este tipo de declaraciones se libran del estigma, aunque precisamente la película en cuestión tenga por tema denunciar ese estigma, criticar el repudio a lo heterodoxo en materias de orientación sexual e incluso exponer los crímenes de intolerancia perpetrados contra estas personas. Quien se declara heterosexual paga su tributo a una férrea tradición que no admite sino pequeñas rupturas convencionales que le permitan presumir de “respeto a la diversidad”.
La
declaración perpetua del machismo tiende, en efecto, a repudiar a la mujer, pero
ante todo a fomentar y mantener un sobreentendido básico: aquel según el cual
la heterosexualidad y la masculinidad son sinónimos. De esta forma, toda
actitud erótica alternativa es convertida en una declaración complementaria,
impuesta desde afuera a sus detentadores: “yo no soy heterosexual”, se les hace decir, que tiene un colofón
inferido: “y me atengo a las consecuencias”, que suelen ser graves.
Aun en
contextos sociales “permisivos”, el acento en esa frase cae en yo no soy, lo que implica una negación
del ser (no se entiende como “yo no soy heterosexual” sino como “yo no soy
hombre”, y en última instancia, literalmente, yo no soy). La primera consecuencia, en todo caso, es que las sexualidades alternativas son de entrada incluidas en (mejor dicho, excluidas hacia) el temido rubro de los otros, de lo otro: es la misma otredad que el machismo teme en la mujer. De ahí que la orientación
alternativa en cualquier varón sea vista en bloque como afeminamiento. (Y el rubro de lo otro es, tradicionalmente, el de los que no son.)
*
Sucede con toda evidencia con las películas hollywoodenses que tocan temáticamente a las sexualidades alternativas: no sólo los críticos que hablan de ellas sino los propios directores, guionistas y actores se apresuran a declarar, en una inmensa mayoría de los casos, que son felices y satisfechos representantes de la heterosexualidad oficial. Si han hecho tal película es por el “desafío artístico” que ella contenía, etcétera; con este tipo de declaraciones se libran del estigma, aunque precisamente la película en cuestión tenga por tema denunciar ese estigma, criticar el repudio a lo heterodoxo en materias de orientación sexual e incluso exponer los crímenes de intolerancia perpetrados contra estas personas. Quien se declara heterosexual paga su tributo a una férrea tradición que no admite sino pequeñas rupturas convencionales que le permitan presumir de “respeto a la diversidad”.
*
Un artista que en una obra denunciara la discriminación de
los zurdos, ¿sentiría a la vez la necesidad de declararse “orgullosamente
diestro”? ¿Se esforzaría en especificar que si le interesa lo zurdo es por
“interés humano”, y llegaría a reclamar que no es necesario ser zurdo para
entender las áreas y conflictos más íntimos de la “zurdidad”?
*
La ruptura, pues, conlleva un subtexto de traición, y la
traición implica a la culpabilidad. Es un asunto peliagudo. Del mismo modo en
que aquel que blasfema, cree (aún en la más atea de las blasfemias hay una
parte que confía en ser oída
precisamente por aquello contra lo que blasfema), las vanguardias de finales
del siglo XX —que fue cuando comenzó a hablarse de la “tradición de la ruptura”—
llevan al extremo, en su comportamiento y propuestas, el cinismo, la insolencia
y la provocación, acaso para compensar una soterrada culpabilidad (por la
“traición de la ruptura”). Nótese que culpabilidad no es lo mismo que
arrepentimiento; sin embargo, en este caso se usan como sinónimos.
*
El mismo trasfondo de culpabilidad y arrepentimiento a priori suele existir en las travesuras
de niños y adolescentes, así como en el cine hollywoodense de rebeldes. Desde
el origen de este subgénero con Rebelde
sin causa, la rebeldía es tratada como resultado de un hogar “disfuncional”
y el rebelde es visto como un muchacho extraviado que sólo quiere una
restauración del orden familiar a través de una serie de destrucciones y venganzas
que no son sino formas de llamar la atención.
La familia,
máxima tradición occidental, tiene a lo disfuncional como ruptura; en la muy
simple psicología de los media, el
rebelde se siente culpable (aunque no necesariamente arrepentido) de los males
que causa en su venganza contra la sociedad (ésta nunca se define como disfuncional
en sí misma sino como un orden cuyas falencias, y sólo ellas, son
disfuncionales).
Si la
historia del arte y la crítica son comparadas con lo anterior, se comprende por
qué historiadores y críticos, de una u otra manera, tratan al artista de vanguardia
a través del mismo sobreentendido: si el vanguardista llama la atención es debido
a una ulterior necesidad de orden. A mayor violencia de su propuesta personal,
mayor culpabilidad se le atribuye en ella.
*
Después de milenios de patriarcado, lo masculino es
sobreentendido como la tradición y lo femenino como la ruptura. Las muestras
abundan, y se hallan enraizadas en el mito fundamental: basta ver el modo en
que Eva rompió la tradicional placidez del paraíso y cómo su propia presencia
ya en sí fue una ruptura de tal magnitud, que San Agustín llegó a decir, sin
pizca de ironía ni de autocrítica, en su comentario del Génesis: “Si era compañía y buena
conversación lo que Adán necesitaba, habría sido mucho mejor arreglo el que
hubiera dos hombres juntos, como amigos, [y] no un hombre y una mujer”.
*
Evidentemente,
este mito actúa como ruptura y manipulación de otro anterior. Cuando se
identifica a lo femenino con la vida, atribuyéndole lo generador, lo estable (la
tradición), no automáticamente se está identificando a lo masculino con la
muerte. La manipulación consiste en dar a lo masculino una parte de la vida: la
activa, y a la femenina la “otra parte”: lo pasivo. Una manifestación más del
discurso de la conveniencia.
*
Los niveles no sólo actúan como vasos comunicantes, sino que
cada uno es la ruptura del que lo precede. Volvamos al ejemplo en el cual la
heterosexualidad es la tradición y las sexualidades alternativas son su
ruptura. Aún cuando, en cualquiera de las artes narrativas, en una historia se
ventilan formas alternativas dentro de la heterosexualidad (infidelidades, parafilias,
psicopatías), de todas maneras quedan dentro de la tradición (son a la vez
rupturas y partes de la tradición). Es por ello que no hay historias alternativas
dentro de lo alternativo y si las hay, automáticamente se convierten en
parodias (como las historias de “matrimonios” homosexuales en Staircase o La cage aux folles, o el intento de “humanizar” a personajes queer como en The Adventures of Priscilla, Queen of the Desert). Una ruptura
dentro de otra es vista como vuelta a lo tradicional, puesto que una de las dos
es negada; gran ejemplo es Brokeback Mountain, en donde los dos protagonistas declaran “I’m no queer”, con lo que el acento se coloca, por tanto, no en la excepción que pretendía la autora del relato original (Annie Proulx) sino en la culpabilidad y la auto-expiación (esa frase se reduce a “I’m no [one]”, “soy nadie”, “soy nada”, “no existo”). Esto en el interior de la película, pero en el exterior de ella la misma declaración de heterosexualidad han hecho incansablemente el director (Ang Lee) y los dos actores protagónicos (Jake Gyllenhaal y Heath Ledger). Y no porque importe su orientación sexual —hay que reiterarlo— sino porque lo esencial es declarar una sola orientación (pagar el tributo) para conjurar todo estigma que podría marcar indeleblemente sus carreras e incluso condenarlos a la inexistencia.
La tradición es una afirmación (“yo soy”), dicha de manera agresiva y amenazante, que requiere a una antagonista (la ruptura) a la que obliga a declarar lo contrario (“no soy”), aunque ella se desgañite gritando que es, e incluso que su ser equivale a demostrar formas alternativas del ser. Esos gritos no serán escuchados, sencillamente porque el territorio asignado a la ruptura es la oscuridad (el clóset) y el silencio (la clandestinidad), todo ello con objeto de que la tradición se apropie de la luz y de la voz.
*
La tradición es una afirmación (“yo soy”), dicha de manera agresiva y amenazante, que requiere a una antagonista (la ruptura) a la que obliga a declarar lo contrario (“no soy”), aunque ella se desgañite gritando que es, e incluso que su ser equivale a demostrar formas alternativas del ser. Esos gritos no serán escuchados, sencillamente porque el territorio asignado a la ruptura es la oscuridad (el clóset) y el silencio (la clandestinidad), todo ello con objeto de que la tradición se apropie de la luz y de la voz.
*
El mismo sobreentendido, de muy diversas maneras, cubre a
todo lo alternativo y lo heterodoxo: desde la medicina alternativa hasta las
religiones alternativas, desde el pensamiento “seudocientífico” hasta el
políticamente contestatario. Resulta innegable que todas estas corrientes, cada
una a su manera, conservan deliberadamente una forma de la clandestinidad: es
ella la que precisamente les da identidad, al contraponerlas con una vaga y
general tradición ortodoxa.
*
“Humanizar” a los personajes de Priscilla, Queen of the Desert no resulta tan tolerante o altruista
como parece. Hay en ello, al menos en parte, un decir “también estos personajes
tienen su tradición, y por tanto no son tan diferentes de nosotros”. Lo que no
se dice (pero se sobreentiende) en este mensaje subliminal, es que esa
“tradición irruptora” es vista desde fuera (es decir desde la “tradición
tradicional”, si es que existe) como anomalía, caso clínico, cuando no como
acto circense. Humanizarlos es hacerlos confesar que también ellos necesitan un
“tronco firme” en qué apoyarse (tradición), que también ellos se contradicen a
cada paso y que manipulan las cargas semánticas para que ellas signifiquen lo
que ellos quieren dependiendo de si desean defenderse de otros o atacarse entre
sí.
Humanizar de este modo a los heterodoxos
es usarlos como apoyo del discurso de la conveniencia; es, pues, afirmar la
tradición por medio de esa ruptura. El desgarramiento inherente a toda
heterodoxia, a toda minoría, a toda corriente alternativa, estriba en que se ve
necesitada de reivindicarse en lo marginal e incluso en lo clandestino, áreas
que sólo existen si están en contraposición con el orden, y que terminan así
por confirmar y reforzar a la regulación y la ortodoxia.
viernes, 5 de julio de 2013
Tradición y ruptura: el conflicto esencial. Apostillas (XXI: Infancia y madurez)
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| DGD: Redes 71 (clonografía), 2009 |
(XXI) Infancia y madurez
Un niño podría preguntarse por qué es necesaria la
tradición, y por qué ésta es indesligable de su ruptura. Y es que los niños
hacen preguntas fundamentales sin la retórica y la lógica adultas.
En este
sentido el niño es la ruptura de la tradición adulta. Y acaso ello explica por
qué la sociedad insiste en ver al niño como adulto en potencia, es decir como
una mera promesa cuyo cumplimiento corre a cargo —muy significativamente— no
del niño sino del adulto mismo.
Curioso nivel
éste en el que la ruptura no es definida sino como “promesa de tradición”.
*
En uno de los textos de Territorios,
Julio Cortázar registra con admiración la forma en que un niño inglés explicaba
su método para dibujar: “Primero pienso y luego trazo una línea alrededor de mi
pensamiento”. Esa es la forma en que actúa la tradición: hay un “pensamiento”
(que nadie en particular ha pensado) alrededor del cual se trazan las líneas de
la cultura. Las rupturas son aquellas líneas que se alejan del contorno o que
rompen las reglas de la simetría.
Existen dos
modos de contemplar este proceso: el heterodoxo (alejarse es buscar otros
contornos posibles) y el tradicional (las líneas de ruptura terminan por
confirmar y preservar el contorno general del “pensamiento”). Es esta última
interpretación la que termina por imponerse. La tradición es la forma
tradicional de contemplar a la ruptura.
*
He aquí otro misterio en la carga semántica que se da a las
palabras de la dicotomía: la tradición es el “pensamiento” y la ruptura lo que
no se piensa, lo impensado, y a veces lo impensable. Aquel niño de la anécdota piensa;
luego traza una línea en el contorno de lo que ha pensado. La línea es fiel a
su pensamiento (otra dicotomía: fidelidad-infidelidad) y por tanto es
tradicional. Pero si la línea se aleja de lo pensado, si no le es fiel, resulta
una ruptura. La ruptura es la infidelidad a la tradición: equivale (como indica
la terminología amorosa) a engañarla, a abusar de ella, a lastimarla.
Dicho de otro
modo: si este niño piensa, si puede
pensar, es porque pertenece a una tradición. De entrada, pues, su pensamiento debe
ser fiel a esa tradición que le permite pensar. Si no es fiel, si traiciona a
esa tradición (en efecto, cuán sospechosamente cercanas, en español, son las palabras tradición y traición, sólo separadas por una “d”), si la rompe, está de una u
otra manera renunciando a su pertenencia a esa tradición.
Pero —podrían
exclamar los defensores de la vanguardia— existen numerosos matices en la
ruptura, desde el puro arrebato pueril hasta una legítima actitud de búsqueda. El niño de la anécdota
cortazariana traza las líneas apoyándolas fielmente en el contorno de lo
pensado y así obtiene su dibujo irrepetible, pero muy bien podría alejarse de
su pensamiento (trazar líneas fuera del contorno pensado) para comprobar hasta
qué punto ese pensamiento es suyo, y
no parte de la “tradición de pensar” (o de aquella magnitud que le permite
pensar).
Qué dentro cae esa anécdota en la historia
del arte, pero no sólo en ella, puesto que esa búsqueda que hace un individuo
de lo que es realmente suyo corresponde a una forma de buscar quién es y en
dónde está situado.
martes, 25 de junio de 2013
Tradición y ruptura: el conflicto esencial. Apostillas (XX: Orden y símbolo / Moda y modernidad)
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| DGD: Redes 195 (clonografía), 2012 |
(XX) Orden y símbolo
/ Moda y modernidad
Uno de los vinos más caros del mundo, el Château Margaux
(Francia) cuesta alrededor de tres mil dólares la botella. Quien paga este
precio, como es usual en el capitalismo, está pagando no sólo el líquido sino el proceso, es decir, el sueldo de un
ejército de personas: desde cosechadores hasta vinateros, desde capataces hasta
contadores, desde publicistas hasta abogados. Pero está adquiriendo algo más:
compra el nombre, es decir,
tradición. El conocedor de vinos, como cualquier otro habitante de Occidente,
sabe que lo humano es un orden que trata de imponerse a un caos universal, a
una entropía imparable. Quiere sentir que a mitad de ese caos, en donde todo
tiende a la destrucción, es posible volver a ese néctar que ha sobrevivido a
todas las rupturas, a ese sabor inconfundible que ha sabido mantenerse incólume
en el tiempo y que es capaz de mezclarse con otros sabores y en los mejores
casos dar pie a toda una experiencia sensorial. Acaso la humanidad como
tradición no es otra cosa: un romperla en todos los sentidos para que se
refuerce sin cesar y haga posible los retornos, seguras las combinaciones,
placentero el fugaz instante presente. La tradición es un orden simbólico.
*
El orden simbólico que sustenta a la modernidad es el
castrense.
En el
ejército se dan órdenes, y la orden fundamental detrás de todas las demás es
“Ordena”. El orden es una orden. Lo lleva en el nombre. El ejército es la
representación simbólica de cómo funciona el orden, de cómo se ejercita. Lo
lleva en el nombre.
De ahí que
todas las sociedades imperialistas se construyen según el orden militar y la
lógica castrense.
*
Las órdenes no son sugerencias, propuestas o alternativas;
no son consejos o invitaciones. El orden no se ofrece: se impone. No hay
disyuntiva.
Las órdenes
se imponen lo mismo que el orden.
La orden es
“Ordena”, pero no en el sentido de ofrecer el orden o demostrarlo preferible,
sino de imponerlo. Y cuál es el orden a ser impuesto lo define el discurso de
la conveniencia.
El discurso de la conveniencia “empuja” a la Historia por medio de crear contextos que dignifican o legitiman a todo aquello que, fuera de esos contextos específicos, sería llamado por su nombre: asesinato, genocidio, crueldad, violencia, injusticia, discriminación, sojuzgamiento brutal. Esos contextos son eminentemente retóricos, pero no se presentan como tales sino como “realidades tangibles” que son incluso “evidentes por sí mismas” (nacionalismo, patriotismo, nobleza, incluso democracia).
*
El discurso de la conveniencia “empuja” a la Historia por medio de crear contextos que dignifican o legitiman a todo aquello que, fuera de esos contextos específicos, sería llamado por su nombre: asesinato, genocidio, crueldad, violencia, injusticia, discriminación, sojuzgamiento brutal. Esos contextos son eminentemente retóricos, pero no se presentan como tales sino como “realidades tangibles” que son incluso “evidentes por sí mismas” (nacionalismo, patriotismo, nobleza, incluso democracia).
*
En un orden absoluto no hay nada desordenado, nada que
ordenar. El propio orden se ve obligado, para cumplir la orden, a desarreglar una parte de sí mismo con objeto de
reordenarla. Cuando esto se cumple, esa parte se reintegra en el orden absoluto
y entonces retorna el estado en el que no hay nada que ordenar, es decir, el
estado en el que el orden no puede obedecer la
orden ni tiene órdenes que dar (imponer).
En ese
estado, el orden pierde por completo el sentido y deja de verse a sí mismo. Lo
soluciona desarreglando periódicamente no una sino varias partes de sí, y
dotando a cada parte de la misma capacidad de parcial desarreglo periódico. La
generación periódica de desórdenes permite que siempre haya en alguna parte un
desorden para reordenar, y así garantiza la permanencia del orden y su sentido,
puesto que le permite estar constantemente obedeciendo la orden y dado órdenes
para ordenar.
*
El orden absoluto no puede mirarse a sí mismo, no tiene tamaño
ni dirección. Las partes de sí a las que desarregla se convierten en sus
espejos. Mientras existe el desorden, el orden puede verse reflejado en todos
esos espejos y obtener de ellos un solo sentido y una sola dirección.
Mientras más
espejos, más dimensional es la imagen que el orden obtiene de sí mismo. Si no
hubiera más que un solo espejo, esa imagen sería torpe y unidimensional. Si no
hubiera ningún espejo, todo se inmovilizaría.
*
La tradición es un orden absoluto que crea a la ruptura
relativa. Ella es su espejo, y también aquello que le permite ordenar.
*
Y he aquí la paradoja: mientras más multidimensional es la
imagen que el orden obtiene de sí mismo, ese orden es más unidimensional. La
multiplicación de espejos y su torbellino de imágenes son usados para la
ulterior inmovilidad. Dicho de otro modo: mientras más rupturas haya actuando
aquí y allá, más sólida, inmóvil y unidimensional es la “tradición”.
*
El orden desordena partes de sí mismo para mirarse en esos
“fuera de lugar” como si fueran espejos, pero a la vez diseña cuidadosamente
los reflejos, es decir, la imagen de sí que obtiene gracias a la descolocación
autoinferida. Esa imagen se llama modernidad y, específicamente, su nombre es moda.
*
Aquello a lo que se llama “moda” no consiste en una “tendencia”,
como suele promocionarse, sino en una sustitución. El valor de una moda no está
en sí misma sino en el hecho de que sustituye a la anterior. Sólo por ello la
moda es una industria. Sólo por ello puede hablarse del “espíritu de los
tiempos” en la misma forma en que se habla de una institución.
*
La celeridad con que una moda remplaza a la anterior es
vista como ruptura de ésta. La mayoría de los individuos están ávidos por
adoptar los nuevos comportamientos, vestuarios, utensilios, las nuevas formas
de hablar, los nuevos estilos de pensar, apenas aparecen y a veces antes incluso
de que se extiendan convertidos en “espíritu de los tiempos”. Pero no lo hacen
por convencimiento ni por una verdadera identificación con esta nueva moda,
sino por temor a ser calificados como démodé,
anticuados, retrógrados, incapaces de “vivir su tiempo”.
Pero la
modernidad, convertida en un puñado de modas, no se vive: se consume. Es así
como el presente termina por ser definido por las rupturas convencionales, por
los consensos de corporaciones que necesitan renovarse cada día y no para
apoyar a la “evolución humana” sino para que el mercado permanezca activo. Lo
único a lo que estas corporaciones temen es a que el consumismo disminuya. La
más impensable de las rupturas sería que la economía dejara de “empujar” a la Historia
con mayúscula.
*
Pero que nadie piense que estas maniobras de la modernidad son
“recientes”. Un siglo antes de Cristo, el gran Lucrecio escribía: “Conforme el
tiempo transcurre va cambiando el valor de las cosas; lo que era antes
apreciado no merece ahora ninguna estimación; ha venido a ocupar su puesto algo
distinto que antes era menospreciado a su vez, y ahora cada día con vehemencia
mayor es de todos apetecido, y goza de gran reputación e inagotables alabanzas”
(De rerum natura, V, 1841-1846). O
como lo dice mejor la versión en endecasílabos de José Marchena (1918):
Cambia el tiempo la suerte de las cosas;
Lo que antes se estimaba, hoy se desprecia;
Lo que no se quería, vale ahora
Y se codicia más de día en día,
Y es el objeto digno de alabanzas,
Y tiene sumo aprecio entre los hombres.
*
Lucrecio fue aún más profundo y visionario: “A mi ver, el
mundo no es antiguo; apenas acaba de nacer: así vemos que algunas artes van
progresando y principalmente la navegación, la cual es más próspera de día en
día” (V, 460-465). O en la versión de Marchena:
Nuevo es empero el mundo según pienso,
En la infancia está aún, y muy reciente
Tiene la fecha: pues se perfeccionan
También algunas artes al presente,
Y ahora se inventan otras; se adelanta
En la navegación bastante ahora.
Nos parece que sólo la más remota antigüedad podía pensar
que el mundo estaba recién nacido. Y sin embargo Lucrecio, en su presente,
encara su remota antigüedad (tradición) y reconoce que mientras haya invención (ruptura)
el mundo está en la infancia. Algo nos impide, en nuestro presente, llegar al
mismo reconocimiento.
*
Cuando un arte “progresa” se coloca a la vanguardia de las
demás artes, puesto que ha sido una vanguardia la que lo ha hecho progresar.
Acaso ya en las palabras mismas se encuentran los gérmenes de la manipulación.
Basta pensar que “vanguardia” y “retaguardia” son términos eminentemente
bélicos (el orden castrense). En el léxico militar, avant-garde es la parte más adelantada del ejército, la “primera
línea” de avanzada en exploración y combate. No deja de ser extraño que en la
primera guerra mundial muchos artistas (Apollinaire entre ellos) cumplieron
ambas facetas: como soldados en las trincheras y como vanguardistas en sus
respectivas disciplinas. Y en este último sentido era una guerra contra las
tradiciones, es decir, contra el statu
quo. Pero pronto la carga energética cambió.
En 1974 Peter
Bürger se apresuró a distinguir: por un lado están las vanguardias “auténticas”
(las que rompen o distorsionan los sistemas más aceptados de representación);
por otro, los movimientos que orientan sus innovaciones en la búsqueda de
nuevas relaciones de poder. Una de las características de ambas vanguardias es
el tocar los temas denominados “tabú”. La diferencia estriba en que en la
vanguardia “auténtica” el tabú es atacado de frente, mientras que las
vanguardias acomodaticias buscan nuevas formas de acción de esos tabúes. Es
evidente cuál de ellas ha ganado: la que ha vuelto tabú a ciertos usos de la
inteligencia, entre ellos a aquel que busque la relación profunda entre
tradición y vanguardia.
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