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| DGD: Morfograma 4, 2017. |
martes, 5 de diciembre de 2017
El misterio de los actores y de la actuación (IV)
[A] veces el
juego fisonómico de un gran comediante traduce una emoción de la cual participa
toda una multitud, todo un siglo.
Marguerite Yourcenar: Memorias
de Adriano
Audi alteram partem
James Lipton acentúa la escucha como característica del buen
actor:
Todos los grandes maestros, Strasberg, Stella,
Meisner, Lewis, enfatizan el escuchar. Ahora me estás escuchando a mí; cuando
hables, yo te escucharé a ti. En la vida cotidiana oímos a otros con diversos
grados de concentración y atención, pero los actores deben aprender a escuchar
de otra manera. En nuestro escenario, Alan Alda, que entiende muy bien estas
cosas, dijo: “El arte de escuchar consiste en darse cuenta de si lo escuchado
te cambia de cualquier manera”. En la vida cotidiana oímos todo, la televisión,
a nuestros compañeros en la cena, el tráfico en las calles, pero la del actor es
una clase distinta de escuchar: una que es tan precisa, tan concentrada, que si
el otro actor dice, por ejemplo, “Tengo muy malas noticias para ti”, eso
realmente te golpea. No es teatro, no es maquillaje, no es vestuario. Alguien
acaba de decir a tu personaje una mala noticia. No tiene que ser una noticia
terrible, puede ser algo pequeño pero tú estás escuchando.
Si numerosos
actores colocan el acento en la importancia de escuchar, es porque están
definiendo a la actuación como algo que se hace entre dos (o más), es decir, un
proceso interactivo: siempre un diálogo. Incluso en el caso de los monólogos
teatrales, el actor dialoga consigo mismo, o con los objetos, o con la
atmósfera misma.
Jack Lemmon
lo explica: “Una gran cantidad de actores no actúan contigo [act with you]: actúan a partir de ti [o
a tu costa] [act at you]. Están ahí
esperando sus líneas, y oyen tus líneas esperando un cue [señal, indicación, pie], pero no te escuchan a ti: oyen las
palabras. Oír, en los términos en que nosotros los usamos, no significa oír las
palabras sino oír a la persona” [IV-10, 25-10-1998].
El concebir a
la actuación como un diálogo no niega sino fundamenta a la aportación
individual. En Linterna mágica, el
libro de memorias de Ingmar Bergman, la experiencia ideal de una puesta en
escena es descrita de este modo: “Los actores, que se mueven seguros en el
marco ensayado con precisión, se sienten libres para actuar. Improvisan con
fantasía, inesperada y humorísticamente. Nunca le comen el terreno a su
compañero, sino que respetan la totalidad, el ritmo. [...] La verdadera libertad se basa en esquemas trazados en
común, ritmos que han calado minuciosamente en los actores. [Éstos van]
descubriendo sus posibilidades en el marco de límites claramente definidos.
Satisfechos, aguardan el momento en el que pueden poner en juego su propia
creatividad”.
A
continuación, Bergman habla del papel del director:
La dirección debe ser clara
y tener un objetivo. Debe proscribirse la vaguedad en sentimientos e
intenciones. Las señales que envía el actor al receptor deben ser sencillas y
claras. Siempre de una en una, de preferencia instantáneas; una sugerencia
puede muy bien contradecir a la anterior, pero “intencionadamente”; entonces
surge una ilusión de simultaneidad y profundidad, un efecto estereofónico. La
acción que se desarrolla en el escenario debe llegar en cada instante al
público, la verdad de la expresión viene en segundo término; además, los buenos
actores siempre tienen recursos para transmitir la verdad reflejada. [...]
El arte del actor es además el arte de la repetición. Por ello cada
uno de los aportes se debe basar en la cooperación voluntaria entre las partes
implicadas. Si un director se impone a un actor, tal vez pueda conseguir
salirse con la suya durante los ensayos. Cuando el director abandona el teatro,
el actor comienza consciente o inconscientemente a corregir su actuación de
acuerdo con su propio criterio. Inmediatamente el compañero cambia también por
los mismos motivos. Y así sucesivamente. Después de cinco funciones, un montaje
basado en la doma se cae a pedazos, siempre que el director no vaya cada noche
a vigilar a sus tigres.
A lo que
Bergman llama “señales”, el realizador Mike Nichols (en eco de Strasberg, que a
su vez se inspira en Stanislavsky) las llama “sucesos”:
Hay dos grandes definiciones de la dirección, la de
Strasberg y la de Kazan. Strasberg dice que el director es el que crea los
sucesos de la obra; Kazan dice que el director convierte a la psicología en
conducta. [...] Llamo “suceso” a algo que ocurre impalpablemente y de lo que no
estamos conscientes; no está en las palabras: es algo que ocurre por debajo o a
un lado o alrededor o a pesar de las palabras. Sólo puede ser descrito como
“suceso” porque es algo que el público percibe y que es más importante de lo
que cualquier personaje está diciendo. Sin eso no hay drama. Subraya al texto,
lo soporta, está inspirado en el texto y es más verdadero que el texto. Es lo
que está sucediendo. Mi trabajo es
buscarlos a lo largo de la obra. Sólo hay una pregunta, que se contesta de
manera distinta pero es única: ¿qué es
esto en realidad? [what is this
really like?]. Sin importar las convenciones, y las decisiones que hemos
hecho juntos, y sin importar, de hecho, el propio guión, ¿qué es esto en realidad? Cuando esto sucede, cuando alguien seduce
a alguien, cuando alguien mata a alguien, cuando alguien pierde a alguien, ¿qué es esto en realidad? Y la única
diferencia es que en el cine las respuestas son menos literales, porque lo que
“es esto en realidad” incluye al subconsciente, y por tanto incluye a nuestros
sueños. Así que en una película una parte de la respuesta (a veces toda) va de
un subconsciente a todos los demás subconscientes. [III-8, 1997.]
El “suceso”
es matizado por el actor Ralph Fiennes: “Mi primer maestro de actuación, Hugh
Cruttwell (de RADA [Royal Academy of Dramatic Art, Real Academia de Arte
Dramático, creada en Bloomsbury, Londres, en 1904]), me decía ‘Está bien, pero
tú lo estás haciendo suceder; en cambio, déjalo suceder’. Y tenía razón”
[XII-6, 15-1-2006]. Esta visión transforma y matiza: tanto en la experiencia
del actor como en la del director, no se trata de “hacer suceder” sino de
“dejar que suceda”. Es decir, no imponer actos (gestos, posturas, tonos) e
interpretaciones de esos actos, sino colocarse en un estado de disponibilidad,
de susceptibilidad, a partir de unos elementos dados, para que sea el mismo
juego de relaciones el que determine el suceso.
*
domingo, 26 de noviembre de 2017
El misterio de los actores y de la actuación (III)
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| DGD: Morfograma 3, 2017. |
Recuento
En un programa especial de la serie Inside the Actors Studio, James Lipton hace un recuento tanto del
método de esta escuela como de la serie misma. Lipton comienza explicando que
en esencia hay dos corrientes en el sistema de Stanislavsky, ambas aún
existentes y paralelas, que con frecuencia se cruzan y alcanzan el mismo
resultado. Una de estas corrientes es la de Lee Strasberg, educado por
Stanislavsky cuando éste fue a Nueva York en los años veinte. En los años
siguientes el grupo de Strasberg, a partir de las enseñanzas de Stanislavsky,
cambió el medio en Estados Unidos: transformó los modos en que los actores
actuaban, los escritores escribían y los directores dirigían, y se volvió la
fuerza dominante en teatro y cine.
Esta poderosa
corriente, que llegó a ser conocida sintéticamente como “el Método”, descansaba
en una noción fundamental, la “memoria emocional” (también conocida como
“memoria de los sentidos”, sens memory).
Lipton explica este concepto:
La memoria emocional es lo que enseñó Stanislavsky
cuando se quedó aquí después del Teatro de Arte de Moscú, y Strasberg y otros
fueron muy influidos por eso. Es lo que mucha gente piensa que es el Método de
Stanislavsky. Consiste en que el actor recuerda sus propias experiencias, que
son parecidas o a veces idénticas a las del personaje, y las saca desde el centro
mismo de su ser. No es realmente lo que la gente piensa que es; es más complejo
y más interesante de lo que he descrito porque no sólo se trata de borrarse del
mundo y recordar cuando el perro murió y abrir los ojos con lágrimas en ellos.
Es mucho más interesante y complicado que eso, e implica recordar sucesos de
nuestra vida que evocan emociones similares a las del personaje, y entonces uno
las revisa, no en el sentido en que el público puede creer que esto se realiza,
sino en el de recordar qué hora del día era, noche o día; si era dentro o
fuera; si fue dentro, recordar la habitación: ¿era cálida, fría, podemos ver el
papel tapiz en las paredes o el color de la pintura?, etcétera. Se trata de
refinar y definir; recordar con el mayor detalle la experiencia, no
necesariamente en voz alta sino en nuestro propio recuerdo. Usualmente se hace
bajo la guía de un director, y lo que sucede es que cuando alcanzas un cierto
nivel en ese ejercicio de memoria afectiva o emocional, empiezas a revivirla
tan vívidamente, que cualquier emoción que tuvieras en aquel momento regresa
avasalladoramente.
Una discípula
de Strasberg, Stella Adler, que había estudiado escrupulosamente el método
stanislavskiano y sobre todo la “memoria emocional”, comenzó a volverse en
contra de esta técnica, argumentando que a ella la “sacaba” del personaje y de
los sucesos de la propia obra; la sentía como un impedimento. Esta oposición
daría origen a la segunda corriente, la adleriana, que en rigor no es más que
una revisión de la primera. Hacia 1934 Adler fue a París, en donde Stanislavsky
se encontraba durante el verano y lo buscó para confrontarlo. Lipton recuenta:
Stella le dijo que su sistema la estaba volviendo
loca. Stanislavsky oyó sus quejas y aceptó enseñarle, me parece que por unas
seis semanas: la entrenó en un papel [role]
y ella regresó a Nueva York con su grupo de colegas. Ellos la estaban esperando
y le preguntaron: “¿Qué tenía que decir el maestro?”, y ella respondió: “Él ha
abandonado la memoria emocional”. [...]
Stella sentía a
la memoria emocional como un impedimento. Mucha gente no estará de acuerdo con
ella: aún hay muchos actores que la usan; en la memoria emocional estaba casi
todo el énfasis de Strasberg en el Actors Studio. Pero Stanislavsky dijo a
Stella: “Yo ya no la uso. En cambio, lo que me interesa es lo que el personaje quiere en cualquier momento dado y en
cualquier circunstancia. Debes enraizarte en la obra, no apartarte de ella. No
te separes de tu compañero o compañeros en la escena, no vayas tan dentro de ti
misma que dejes de existir para tu compañero, y para el personaje, y para la
obra”.
Eso le dijo
Stanislavsky y Stella lo repetía: “Debes estar tan inmerso en las
circunstancias de la obra, que puedes decir, en cualquier momento, lo que el
personaje quiere. Y cuando tratas de lograr lo que ese personaje quiere, las
emociones surgirán”. Del mismo modo en que surgen si, por ejemplo, yo trato de
convencerte de que jamás debes hablar a una determinada persona. Esa es mi
acción, tratar de persuadirte, y si requiere una acción más poderosa, la
persuasión será completa.
Brota aquí la
palabra clave: persuasión. Con objeto
de persuadir al espectador de que el personaje es real, el actor debe persuadirse primero a sí mismo; sin embargo, el
panorama es mucho más complejo, puesto que con gran frecuencia lo que hacen los
actores es persuadirse unos a otros, de la misma manera en que lo hacen entre
sí los personajes a los que aquéllos representan. Las persuasiones son
concéntricas, y de ahí que se diga que no otra cosa es la vida social sino un
inmenso campo de persuasiones: de padres a hijos, de maestros a discípulos, de
un grupo a otro, de los media a la
sociedad civil, de los individuos a sí mismos.
Aquí Lipton
recuerda la intervención, en uno de los episodios de la serie, del director
Mark Rydell, que comentó: “Uno puede darse cuenta de cuándo un actor está realmente
haciendo algo, o bien de cuándo imita
hacer algo. Y si realmente lo hace, todo lo demás viene con eso, y todo lo que
uno tiene que hacer para probarlo es poner a alguien en un clóset y cerrar la
puerta con llave y pedirle que salga. Si realmente trata de salir, en un minuto
estará saturado de emociones, debido a su hacer y a la imposibilidad de lograr
su objetivo”. [III-1, 1997; este episodio en el que aparece Rydell no fue
transmitido en su momento; algunos fragmentos fueron luego incorporados al episodio
antológico número 100.]
El ejercicio
propuesto no implica, desde luego, encerrar a un alumno en un clóset verdadero:
basta que se imagine en esa situación a mitad de un escenario vacío y que la
viva. Lipton añade: “No vas a recordar una emoción que sentiste en una
situación parecida; todo lo que vas a pensar es en salir del maldito clóset”. Y
continúa con su recuento:
Ese era el énfasis de Stella. No digo que uno u otro
lado sea el correcto; de hecho, creo que la mejor técnica reúne a ambas
corrientes, porque hay momentos en que uno tiene problemas para acceder a las
emociones profundas y conflictivas de uno mismo y un ejercicio de memoria
afectiva puede soltarlas y tener un magnífico efecto.
En todo caso,
creo que Stella enfatizaba el saber lo
que quieres. En nuestro programa, Alan Alda decía que debería haber un
letrero en la entrada a todo escenario, dedicado a los actores: “¿Qué es lo que
quieres?”. Claro que es más complicado que eso: se divide en bits, en las decisiones de cada momento
acerca de lo que quiere el personaje, y asimismo en una acción general [overall action], el superobjetivo [super objective], que te lleva a lo
largo de toda la obra, etcétera, pero hablando en general, eso es lo que Stella
enseñaba. Hay ejercicios que enseñan a hacerlo. No es fácil. Suena más simple
de lo que es.
Por décadas han
estado de un lado Strasberg y sus discípulos, que enfatizan la memoria
emocional, pero no exclusivamente, y del otro Stella Adler, Harold Clemen,
Robert Lewis, Sanford Meisner, que fueron grandes exponentes del último trabajo
en la vida de Stanislavsky: la acción, el objetivo, el superobjetivo (la acción
general) y la devoción a ciertas circunstancias. Ambos lados enfatizan la
concentración: debes concentrarte de una forma en la que la gente normal no lo
hace.
La “memoria
emocional”, como técnica exclusiva, podría ser no sólo contraproducente sino
devastadora; el “superobjetivo”, más exterior, menos comprometido, podría
fomentar actores igualmente superficiales si fuera la única técnica a
desarrollar. Aquí es donde comienza el misterio: el ser humano es deseo pero no sabe realmente lo que
quiere; por eso se concentra en los mil y un requerimientos de lo cotidiano,
que le parecen “objetivos” e inmediatos, y rehúye la suma, el gran Deseo (en
este contexto podría llamarse “superdeseo”), que le resulta “subjetivo” y
lejano. Lo mismo hace el actor, pero ya no como una vaga postura existencial
sino como técnica: puesto que no sabe
realmente lo que su personaje quiere en última instancia (sólo intuye lo
subjetivo y lejano), se concentra en los pequeños requerimientos operativos
(puede manejar lo objetivo e inmediato). Ese intuir vagamente lo esencial a
partir de lo superficial operativo, lo hermana, de entrada, con cada uno de los espectadores.
Lipton cierra
la exposición subrayando la diferencia
en los sentidos del verdadero actor a través de una especie de iniciación:
Yo fui el deán fundador de la Actors Studio Drama
School en la Pace University y lo fui por diez años; ya no lo soy, pero cuando
llegan los estudiantes, les doy una conferencia y les digo: “Con el trabajo que
van a hacer aquí, con estos ejercicios de memoria emocional que también se llaman
memoria de los sentidos, porque son la memoria de esos cinco sentidos a los que
ustedes van a hacer extremadamente sensibles, están a punto de separarse del
resto del mundo. Va a llegar un punto en su educación en nuestra escuela (en
cualquier buena escuela) en que alcancen lo que se llama rompimiento [breakthrough], y es como el cruce del
Rubicón: ya nunca podrán regresar. Porque ahora sienten más que la gente
normal: ven, oyen, huelen, tocan, saborean más que otra gente. ¿Y respecto a
qué serás sensible? Al momento, a tu compañero de escena, a tu acción, a la
acción de tu compañero que afectará a la tuya, a la obra, de una manera en que
otra gente no está sensible”. [...]
A lo largo de
la serie hemos tenido 250 invitados en dieciséis años, y suelo preguntarles qué
es la cosa más importante que dirían a un actor, y casi siempre responden:
“escuchar”. Pero es de esa clase particular de escuchar de la que un actor se
vuelve capaz con el tiempo, porque no sucede en un día. Cuando Paul Newman fue
nuestro primer invitado, alguien le pidió “Dame una palabra”, y él respondió:
“Persistencia”.
*
miércoles, 15 de noviembre de 2017
El misterio de los actores y de la actuación (II)
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| DGD: Morfograma 2, 2017. |
Los episodios del programa Inside the Actors Studio tienen una duración individual de sesenta minutos (son editados
a partir de un seminario/conferencia/entrevista que dura tres o cuatro horas en
tiempo real) y cada uno es generalmente dedicado a un solo invitado. Ahí se ventilan,
pues, no sólo sus experiencias profesionales, métodos de trabajo y definiciones
personales, sino sus intimidades y conflictos. El espectador televisivo es casi
colocado en calidad de voyeur, y ello
es muy probablemente la causa del éxito de la serie, que llegó a re-transmitirse
en 125 países con una audiencia calculada en 89 millones de hogares. Los
invitados (que en 2012 habían llegado a sumar casi trescientos) fácilmente se
deshacen de la conciencia de estarse dirigiendo a tan nutrido público, y se
limitan a hablar ante los estudiantes que llenan el auditorio en el que se
llevan a cabo las entrevistas. Todo este contexto implica un acercamiento
excepcional a la industria del espectáculo, y permite internarse en sus luces y
oscuridades bajo la guía de sus más reconocidos integrantes: los actores.
La serie es,
pues, desde todos estos puntos de vista, un magnífico mirador sobre el oficio
del actor norteamericano (que, a través de Hollywood, es la principal
influencia de sus colegas del mundo entero): un oficio que ha llegado a un alto
grado de depuración técnica pero que a la vez refleja los valores de la cultura
en la que está inmerso. (La elección de esta serie televisiva como fuente
principal de testimonios es la razón fundamental de que en estas páginas
existan, de manera mayoritaria, aportaciones de actores hollywoodenses. Se han
convocado voces de otras procedencias en un intento de compensar ese
desequilibrio y ampliar el panorama.)
Misterio y estrellato
El primer misterio que se ventila en todas las emisiones de Inside the Actors Studio es el de la
propia actuación, aunque sin enfocarlo directamente como misterio, sino
solamente como “desafío técnico”. La serie entera y todos sus integrantes e
invitados pertenecen (o anhelan pertenecer) a la industria hollywoodense. Nunca
hay, pues, una definición de lo que es Hollywood: ella está plenamente
sobreentendida. Sin embargo, no pueden sobreentenderse los irrepetibles caminos
personales que recorren los entrevistados en la “fábrica de sueños”, y por ello
leer en sus sobreentendidos convierte a esta serie en un fascinante testimonio
centrado en lo que no se dice.
Una de las
invitadas, Juliette Binoche, reconoce incluso a esta mecánica como esencial en
el actor: “En la actuación lo más interesante es lo que no se dice” (IX-2, 27-10-2002).
De manera profunda, esta actriz coincide con la visión de Albert Camus,
filósofo existencialista que ha visto en el actor al representante perfecto del
ser humano. “Un hombre lo es más por las cosas que calla que por las que dice”,
afirma Camus en El mito de Sísifo.
De la misma
manera en que en esta serie casi nunca se habla de política, tampoco existe una
crítica ética del aparato hollywoodense. A fin de cuentas la institución
académica en la cual el espectador es colocado dentro, no forma actores, sino actores
hollywoodenses. No hay tampoco valoración o catalogación artística: un
filme como El ocaso de una vida es
tan reconocido y celebrado como Buffy la
cazavampiros; así lo requiere la definición inferida de “éxito”, palabra
que se repite mucho más que la palabra “arte”. Todos los invitados reciben la
misma ovación del público que se pone de pie; ello se debe a un “reconocimiento
objetivo” (en la tónica escolar se evitan los juicios de valor), pero también y
sobre todo a un reconocimiento de la industria dirigido hacia sí misma. Se
infiere que todos, entrevistados y alumnos, buscan lo mismo. Este “lo mismo” también se sobreentiende como
“realización profesional”, “logro de una vocación” o “excelencia”.
Un tema
recurrente en la serie es el número de veces que los actores consagrados, en
aquel tiempo de sus vidas previo a toda consagración, solicitaron ingreso en el
Actors Studio y fueron rechazados. Harvey Keitel posee el récord a este
respecto: diez solicitudes no aceptadas en otros tantos años hasta que fue por
fin admitido. Martin Landau relata que, en el año en que lo intentó, dos mil
postulantes audicionaron y solamente dos fueron aceptados: Steve McQueen y el
propio Landau. Con este tipo de menciones, el alumnado refuerza su sentido de
élite y el privilegio que implica el haber sido acogido por la institución.
Este orgullo de pertenencia no sólo se refiere al Actors Studio, sino al propio
Hollywood. Por ello no importa realmente si los invitados son egresados del
Actors Studio o de otras escuelas, o incluso si son autodidactas, y ni siquiera
si usan de una u otra manera el famoso Método stanislavskiano. Basta que formen
parte de la industria hollywoodense —y, desde luego, que sean celebridades, como sucede con la gran
mayoría de los invitados.
El programa
académico insta a los alumnos a ser individualistas, creativos, inspirados,
exigentes consigo mismos; el acto de escuchar a los invitados narrar sus
conflictos y choques incita a los novicios, a la vez, a no ser “demasiado
idealistas”, a saber valorar los logros pequeños, a conseguir la excelencia
dentro (inside) del aparato
hollywoodense del que muy raramente sueñan con alejarse. Buen ejemplo es el
caso de un alumno, Bradley Cooper, que tras haber sido parte del público de
alumnos en numerosas emisiones, luego de graduarse comenzó a tener éxito en las películas y que vuelve al
mismo auditorio en el año 2011 ahora como entrevistado, y pasa llorando la
primera mitad del programa, profundamente conmovido por haber vuelto a su alma mater esta vez del otro lado, en
calidad inferida de “actor profesional competidor por el carácter de estrella”.
Contra la
imagen del actor fuertemente entrenado en una escuela sigue levantándose la
contraimagen del intérprete autodidacta. En una emisión de Inside the Actors Studio y ante una audiencia conformada por
estudiantes, Russell Crowe declara:
No me adhiero a ningún modo particular de hacer las
cosas. Nunca fui a la escuela de actuación [...]; decidí hacerlo muy joven [y]
siempre vi a esas personas que tenían un papel en una mano y se sentían por
encima de mí porque habían estudiado el oficio. [...] Cuando estaba tratando de
ahorrar dinero para ir a la escuela de arte dramático en Australia terminé
reuniendo toda esta experiencia, lo que significó que cuando tenía dinero
suficiente para ir a la escuela, ya no lo necesitaba porque ya era un actor
trabajando. Así que sólo tomo pedazos y partes de todas las técnicas. [X-7,
4-1-2004.]
No se trata,
desde luego, de una invitación a renunciar al entrenamiento: “Preparación e
investigación son privilegios”, afirma Crowe; “amo hacerlo. Soy muy
inquisitivo. Sé absolutamente que mientras más ponga en un papel, más aparecerá
en la pantalla”. Y matiza de este modo:
Dicen que debes enamorarte del personaje al que estás
interpretando. Cuando uno se enamora de alguien, olvida sus defectos. Cuando te
enamoras del personaje, pierdes la oportunidad de mostrar esos defectos. Debes
ser objetivo respecto a tu personaje porque son esos defectos los que lo hacen
un individuo, un ser humano. Decidí decir, en cambio, que me enamoré del
trabajo: amo actuar.
*
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