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| DGD: Postales, 2023. |
r e t r a t o s (e n) (c o n) p o s t a l e s
Manuel
Altolaguirre: “No he nacido de mí”
D.G.D.
Los poetas cuyos nombres no circulan con tanta
insistencia como otros son afortunadamente numerosos, como lo prueba el escuchar
con frecuencia la frase “No conocía a este poeta”, exclamación asombrada que es
en realidad una pregunta: “¿por qué no
conocía a este poeta?”. (Una pregunta que cuestiona directamente el sistema
de difusión en el que se basan los media.) Cada lector exigente tiene sus poetas
favoritos, y los atesora con una cierta usura hasta convertirlos en joyas de
una colección privada, pero con estos poetas, que son hierofantes de pequeñas
logias, la crítica en general suele ser más severa y condescendiente que con
los consagrados. Así lo parece, por ejemplo, cuando James Valender, prologuista
de la obra de Manuel Altolaguirre (Málaga, 1905-Burgos, 1959), escribe: “fue un
poeta desigual (como casi todos los poetas), que (a diferencia de muchos) en
sus mejores momentos nos dejó unos poemas verdaderamente memorables. Poco
dotado para escribir poemas de circunstancias (su elegía a Lorca, por ejemplo,
resulta muy decepcionante, y más todavía si se recuerda la estrecha amistad que
uniera a los dos andaluces desde su juventud), el malagueño fue sobre todo un
poeta involuntario, y casi siempre el primero en sorprenderse ante la
experiencia que su poesía solía ofrecerle”.[1]
Pero no se trata de una forma de paternalismo sino del tono de confianza que
usamos para hablar de amigos en el sentido de “sus defectos o carencias no los
hacen menos queridos ni menos entrañables”. El lector que se interne en la
poesía de Altolaguirre entenderá ese calificativo de “poeta involuntario” no
como un individuo en el que el hallazgo caía como don inesperado sino como un
artista que nunca creyó en las categorías usuales por medio de las cuales se
define al arte (un hombre renuente a llenar un sitio preestablecido, es decir a
volverse personaje, autoridad y estilo) y que, en efecto, fue siempre el primer asombrado por los
hallazgos que su escritura le propiciaba.
En
ese contexto, la aseveración final de Valender se libra de equívocos: “la
gracia (es decir, la magia) de la poesía de Altolaguirre estriba no tanto en lo
que nos dice como en el movimiento mismo de su decir, en su ritmo, [...] en
esas repentinas aceleraciones o cambios de sentido, quiebros que producen en
nuestra percepción del mundo una transformación de tal intensidad que por un
momento todo nos parece posible. Logro poético, pero también humano, en el que
todo movimiento es una entrega amorosa y vital”.
En
la diversidad de la cultura humana siempre habrá alguien que ignore a alguien:
imposible conocerlo todo, andar en todas partes, enterarse de todas las entrevisiones,
algo que es deseable sólo por imposible: la ubicuidad se atisba en cada acto de
desconocer un poco menos. El único pecado verdadero es detenerse, plantarse
como en los juegos de cartas, contentarse con lo conocido, creer que lo que no
se ignora es suficiente.
Manuel
Altolaguirre no se detiene en el lenguaje: para este poeta las palabras son
medios, no fines, cuyo propósito es registrar experiencias perceptuales y
psíquicas surgidas en el terreno de lo excepcional. Por ejemplo, su “Poema del
agua” abre con una imagen espléndida en tres endecasílabos: “El reflejo
soledades ausenta. / Sobre cristal que copia cielos verdes / largas planicies
anda el marinero”.
El
“poeta involuntario”, mote que sería aceptado ciertamente por la modestia —y la
proverbial inconformidad— de Altolaguirre, se funda en un dolor ulterior, el
del oficio de escribir: “y ver luego que todo / se queda siempre dentro, / que
las palabras fueron / espejos engañosos...” (“Soledad sin olvido”). Pocos
poetas osan enunciar desde tal transparencia el dolor esencial de todo ser
consciente, el de un mundo adolorido, cruel e injusto: “Huyo del mal que me
enoja / buscando el bien que me falta. / Más que las penas que tengo / me
duelen las esperanzas” (“Cerrando los ojos”).
Y
la respuesta fragorosa: “Ya que no puedo ser libre, / agrandaré mis prisiones”
(“Sin libertad”). El modo primigenio de agrandar las prisiones es la mirada, un
ávido beber que no sólo concierne a los ojos: “Yo junto al mundo y el mundo /
comunicando conmigo, / que mis ojos son las puertas / de dos salones contiguos”
(“Mundo y carne”), ya que “Si abro los ojos, por la doble herida / la luz me
adentra carga muy pesada” (“Alma y tierra”). Escribir es el resultado de un
intercambio: “Hemos cambiado / mundo y yo nuestras luces” (“Yo y la luz”).
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En
“Alba quieta (Retrato)” accede a la simultaneidad en octosílabos: “En la alta
mar de mi cuerpo / ojos veleros recortan / contra la luz de mi frente / lentas
miradas en fuga”. Y ello por un poderoso motivo: “No he nacido de mí. Estoy
conmigo / y quiero desprenderme de mí mismo, / ser padre mío en un espejo” (“Anhelo”).
El poeta se yergue en lo intemporal: “porque mañana temprano, / desnudo de mi
desnudo, / iré a bañarme en un río, / mientras mi traje con traje / lo
guardarán para siempre”. (“Crepúsculo”).
En
un poemario que lleva por exacto nombre La
lenta libertad, Altolaguirre hace una de esas preguntas hondísimas que sólo
la poesía más transparente (la casi imposible) se atreve a formular, aquí en
torno a la fugacidad: “¿Qué forma soñarás para tu alma? / ¿Cómo reconocerte si
te encuentro?”. Y asimismo: “Yo soy éste que veo / brotar de mí, sobrepasarme,
/ el que fuera de sí ya no se encuentra, / el que agrandó sus brazos por
buscarse” (“¿Te acuerdas?”).
Es
el poeta que ante un árbol se despoja de todo para vestirse con ese mismo
desnudo ulterior, y le dice: “Si yo tuviera comunicaciones / con las duras
raíces ancestrales, / si mis antepasados retorcidos / me retuvieran firmes
desde el suelo, / si mis hijos, mis versos y las aves / brotaran de mis brazos
extendidos, / como un hermano tuyo me sintiera” (de Las islas invitadas).
*
Manuel Altolaguirre (1905-1959) fundó en 1923 su
primera revista poética, Ambos,
en colaboración con José María Hinojosa y José María Souvirón. A partir
de 1926 co-dirigió con Emilio Prados la revista Litoral. Viajó a Francia en 1930 y
estableció ahí su propia imprenta privada, que lo acompañó en todos sus viajes.
En 1932 casó con la poeta Concha Méndez. De 1933 a 1935 hizo estancia en
Londres, en donde siguió editando libros y fundó la revista hispano-inglesa 1616, en recuerdo del año de la muerte de
Cervantes y de Shakespeare. En 1935 regresó a España y editó otra revista, Caballo
Verde para la Poesía, dirigida
por Pablo Neruda. En enero de 1936 fundó la colección poética Héroe, que
publicó algunos libros de sus compañeros de generación. En la guerra civil
luchó al lado de la República y continuó su labor de impresor. En febrero de
1939 abandonó España y se trasladó primero a Cuba y luego a México, en donde
transcurrió todo su exilio y en donde fundó una colección poética con el nombre
de La Verónica. A partir de 1950 fue productor cinematográfico; en 1959,
durante un viaje a España, perdió la vida en un accidente de automóvil.
Sus libros de
poesía: Las islas invitadas y otros poemas (Málaga, 1926); Ejemplo (Málaga, 1927); Soledades juntas (Madrid, 1931); La lenta libertad (Madrid, 1936); Las islas invitadas (Madrid, 1936); Nube temporal (La Habana, 1939); Poemas de Las
islas invitadas (México,
1944); Nuevos poemas de las islas invitadas (México, 1946), Fin de un amor (México, 1949); Poemas en América (Málaga, 1955); Poesías completas (México, 1960); Vida poética (Málaga, 1962) y Poema del agua (Málaga, 1973).
*
Nota
[1] Manuel Altolaguirre:
Antología, Consejería de Cultura de
la Junta de Andalucía (Centro Andaluz de las Letras), 2005; edición y prefacio
de James Valender.
*
[Leer Jorge González Durán: “La soledad de todos”]
*
P O S T A L E S / D G D
/ E N L A C E S
Voces
de Antonio Porchia
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