viernes, 16 de junio de 2017
La literatura “rara” y las corrientes subterráneas (IX)
Locos, excéntricos y marginales
Otra similar antología de ensayos, también surgida a finales
del siglo XX, rompe todas las expectativas de mesura y no sólo por sus
dimensiones (está dividida en dos gruesos volúmenes, uno de 1,676 páginas, el
otro de 2,376). Se trata de Locos, excéntricos y marginales en las
literaturas latinoamericanas, publicado en Poitiers en 1999 y coordinado
por Joaquín Manzi.
Aquí, pues, los eufemismos no se consideran necesarios: este
título ya no parece consagrado a la escritura secreta y ni siquiera a la
“atípica”, sino a la locura (primera palabra del título). Sin embargo, a la
locura se le asocian la excentricidad y la marginalidad, que son dos
características de lo “atípico”. Es decir que se habla de lo mismo pero con
menos escrúpulos.
Así, se habla
de Mercedes Cabello de Carbonera a partir del rubro “Una locura anunciada”, o
de Lima Barreto como “Dipsomanía y frecuentación de la locura”, y a Francisco
Matos Paoli, puesto que uno de sus poemarios se llama Canto a la locura
(1962), se le califica naturalmente como “loco de poesía”.
Independientemente de la calidad o apresuramiento de los
juicios respectivos, una línea avanza por sí misma y provoca que a lo secreto,
atípico o excéntrico se asocien términos como locura y vanguardia. Por
más que los diversos autores intenten situar al autor a quien estudian en un
determinado registro de esta escala, los demás rubros lo rondan.
Esto sucede
con la inclusión de Juan José Arreola y Efrén Hernández junto a nombres como
los de Horacio Quiroga, Vicente Huidobro, Oliverio Girondo, Gabriela Mistral,
por un lado y, por otro, los de Qorpo-Santo, el Vizconde de Lascano Tegui, Juan
Emar, Machado de Assis, Porfirio Barba-Jacob o Roberto Arlt.
Por más “vanguardistas” (“atípicos”) que sean estos autores,
desde el momento en que son incluidos en este volumen reciben diversas
combinatorias (que el lector no se molesta en medir individualmente) de tres
elementos: “locos”, “excéntricos” o “marginales”. A escoger.
*
lunes, 5 de junio de 2017
La literatura “rara” y las corrientes subterráneas (VIII)
A fin de cuentas, todos estos acomodos (“típico”, “atípico”)
resultan arbitrarios en cuanto se examinan casos particulares. Miguel de
Cervantes luchó por ser algo más que “el autor del Quijote”;
lo mismo hicieron Michael Ende respecto a La historia interminable
o Julio Cortázar respecto a Rayuela.
Numerosos ejemplos podrían añadirse. Pocos son los autores
que no hayan luchado contra la tipificación (que significa ser petrificados,
encasillados, vueltos previsibles), y el resultado es que la crítica utiliza a
esa actitud en la medida misma de su intensidad: mientras más luchan por no ser
tipificados, con mayor y más redoblado ímpetu se les tipifica. Su forma
personal de batalla contra la tipificación se convierte a la vez en estilo y en temperamento. En este sentido sería más honesto llamarlos tipificados, palabra que ya revela una
maniobra exterior a su vida y obra.
En cuanto a
los “atípicos”, un mote menos equívoco sería “atipificables”; sin embargo,
sería una etiqueta a la que la crítica no podría aceptar, en cuanto implicaría
llamarlos “acriticables”: una crítica que aceptara que hay territorios a los
que no puede llegar sería a su vez entendida —por decir lo menos— como
“atípica”, y perdería toda autoridad (¿es esta la última definición sobreentendida
de lo atípico, es decir, aquello que carece de autoridad?).
Pero ¿qué
importa el mote —preguntará el editor de este volumen— si al menos de este modo
se les ofrece una cierta difusión, aquella de la que carecieron, sea por
voluntad, sea por fatalidad? Difundirlos sería, en efecto, un acto meritorio,
si no se diera de manera automática una mecánica de poder cultural: en la
balanza de la mentalidad binaria se incrementa el sobreentendido de que todo
escritor “atípico” necesariamente aspira a ser tipificado (no por “atípico”
sino por escritor). A fin de cuentas
se dice que lo típico es una etapa que, en sus estadios más preclaros,
desemboca en lo clásico (y aquí sí no hay escritor que no quisiera ser clásico;
no es gratuito que no haya antologías de lo “aclásico”). Y en última instancia:
¿no es el término “atípico” la peor tipificación imaginable, casi diríase la
más impune porque surge desde fuera, generalmente sobre autores que ya no
pueden defenderse?
En el mundo
de la ciencia, estudiar a las excepciones sirve para probar la fortaleza y
resistencia de las reglas, y ulteriormente para “confirmarlas”; lo mismo sucede
cuando se analiza la obra literaria de los “atípicos”. Lo típico no es
concebido como lo define el diccionario, “peculiar de un grupo, país, región,
época”, sino tajantemente como la norma. De nada sirve la frecuente
certeza de que, apenas se analiza a fondo lo más típico, puede encontrarse ahí una
multitud de elementos atípicos; de nada sirve que las excepciones abunden en
las reglas más monolíticas; de nada sirve que la heterodoxia se revele a cada
paso no como “error” de lo ortodoxo sino como su base misma (el poder usa a sus
detractores para detectar los puntos débiles de la ortodoxia con objeto de
reforzarlos). Lo atípico sigue viéndose como caos, es decir, amenaza a lo
típico, que es el orden.
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