sábado, 15 de junio de 2013

Tradición y ruptura: el conflicto esencial. Apostillas (XIX: Freno y acelerador / La risa y lo solemne)


DGD: Textiles-Serie blanca 30 (clonografía), 2011

(XIX) Freno y acelerador / La risa y lo solemne

No es difícil encontrar las raíces del ateísmo mayoritario de los científicos. Si Dios no existe, toda esa devastación a lo largo de miles de millones de años es como todo lo demás, fruto del azar y de la adaptabilidad. Pero si existe una divinidad, qué monstruosa es aquella que para su puro entretenimiento se diseña una película gore de eones de longitud, basada en el horror, el canibalismo y un constante e insistente holocausto de la pureza y de la inocencia.

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Un divertido ejemplo fílmico del discurso de la conveniencia, en este caso en el territorio de la teología y expuesto, evidentemente, por el diablo en persona, se halla en la película El día final (End of Days, 1999): “Cuando pasa algo bueno, todos dicen que ‘es Su voluntad’. Cuando pasa algo malo, lo que dicen es que ‘Dios actúa en formas misteriosas’”.

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Otro ejemplo, más serio, es ofrecido por La Bruyère: “La experiencia confirma que la blandura o la indulgencia para uno mismo y la dureza para con los demás no es sino un solo y mismo vicio”.

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Isaac Asimov, en el que era su favorito entre todos los cuentos que escribió (“La última pregunta”, 1956), acumula los planteamientos más incómodos: “la energía, una vez gastada, se va y no puede recuperarse”; “la entropía (una palabra que significa la cantidad de desgaste del universo) debe aumentar al máximo incesantemente”; “todo se acaba”; “la entropía no puede invertirse. No puedes volver el humo a cenizas primero y a árbol después”. El subtexto final es rotundo: el universo como tradición contiene, en su más íntima fibra, a la ruptura, cuyo nombre es desgaste y caos.

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En un cuento de Asimov cuyo tema son los chistes (“Jokester”, 1956), se registra uno de ellos cuya punch line es a la vez hilarante y asombrosa. Un hombre sufre agónicamente de mareos en el transcurso de un viaje por barco y otro pasajero, con el deseo de confortarlo, le dice “Nadie se ha muerto de mareo”. El sufriente responde: “¡No me diga eso! Es solamente la posibilidad de morir la que me mantiene con vida”.
          Se trata de una risueña variante del Muero porque no muero de Santa Teresa (“Sólo con la confianza / vivo de que he de morir, / porque muriendo el vivir / me asegura mi esperanza”).
          Acaso lo mismo se halla en el núcleo de la dicotomía tradición-ruptura. Es solamente la posibilidad de la ruptura radical la que mantiene viva a la tradición.

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La posibilidad de la ruptura radical, no la puesta en práctica. Bien se cuidarán las rupturas de detenerse en la frontera más allá de la cual acecha lo radical. Se moverán, pues, en el campo de lo moderado, porque ni el mayor irruptor de cualquier territorio parcial (social, religioso, político) quiere la desaparición del territorio global.

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El concepto de tradición es, tradicionalmente, una herencia, una riqueza cuya transmisión a la vez genera y justifica a lo humano. En su novela Tierra de hombres (1939) Antoine de Saint-Exupéry lo sintetiza inmejorablemente:

Lo que se transmitía así, de generación en generación, con el lento progreso de un crecimiento de árbol, era la vida, pero era también la conciencia. ¡Qué misteriosa ascensión! De una lava en fusión, de una pasta de estrella, de una célula viva germinada por milagro hemos brotado, y, poco a poco, nos hemos elevado hasta escribir cantatas y pesar vías lácteas. La madre no sólo había transmitido la vida: ella había enseñado un lenguaje. Había confiado a sus hijos el caudal tan lentamente acumulado en el curso de los siglos, el patrimonio espiritual que ella misma había recibido en depósito, ese pequeño lote de tradiciones, de conceptos y de mitos que constituye toda la diferencia que separa a Newton o Shakespeare del bruto de las cavernas.

La pregunta es: ¿puede introducirse una manipulación en ese patrimonio, e incluso en la forma de concebirlo?

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En una hermosa novela que con toda justicia es un clásico de la ciencia-ficción especulativa, La tierra permanece (Earth Abides, 1949), de George R. Stewart, la humanidad es afectada por una plaga que sólo deja viva a una de cada 250 mil personas. El protagonista dirige a un grupo de sobrevivientes e intenta reconstruir la civilización, aunque se da cuenta de que ya no hay sociedades sino tribus, “deformadas por las circunstancias, libres del freno de las tradiciones”. Uno de los logros de esta obra maestra es ese precisamente, el ver a la tradición como un freno, lo que, en la balanza, revela a la ruptura como un acelerador.
          Si el hombre se impone frenos es porque sabe que lo suyo es el “movimiento desbocado”. El primer freno es “No matarás”, “No robarás”, etcétera, mandamientos de una divinidad que no parece haber asimilado la experiencia de Adán y Eva en el paraíso, quienes lo primero que hicieron fue desobedecer el primer mandamiento, “De ese árbol no comerás”. Según la teoría de Rabelais, el movimiento desbocado habría aprendido de manera “natural” a equilibrarse; en otras palabras, el hombre habría tendido espontáneamente a no matar, no robar, etcétera, pero en el momento en que aparecen las prohibiciones explícitas, las rompe con redoblado fervor, puesto que desea lo prohibido.
          Desde ese momento el complejo tabú, creación abierta, se vuelve un simple freno, límite a la creación. Y los frenos se vuelven “necesarios”: ya no son partes orgánicas sino el organismo en sí. La tradición se vuelve un “No” y para no ahogarse en la negación y la petrificación, inventa pequeños “sí” de cuando en cuando, rupturas provisionales para que haya al menos la apariencia de un movimiento y, en última instancia, la apariencia de un equilibrio.

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Solemnidad y tradición están fuertemente ligadas, y la risa o el humor son rupturas inaceptables. En las ceremonias de la aristocracia, la monarquía o la diplomacia, la solemnidad es sinónimo de seriedad e incluso de gravedad, ligado este sobreentendido a sus orígenes “divinos” (la divinidad siempre está del lado de los poderosos y bendice a ciertas élites que se consideran “elegidas”).
          En la inauguración de los Juegos Olímpicos de Londres en 2012 la reina de Inglaterra se prestó a hacer un sketch con Daniel Craig, actor en ese momento encargado de encarnar a James Bond en el cine. En este sketch, la reina, escoltada por “Bond”, saltaba de un helicóptero para caer en el estadio olímpico (era evidentemente un doble, una stunt woman, pero el símbolo permanecía intacto); se convertía así en una más de las “chicas Bond” que forman parte de la tradición de esta franquicia. Este sketch hacía inferir que el “buen humor” no es contrario a la monarquía, y que ésta sabe reírse de sí misma. Pero el gag no fue una ruptura sino una parte audaz y bravucona de la tradición. La cultura popular no triunfaba sobre las élites: eran ellas las que mostraban su consentimiento en cubrir a esa cultura bajo el manto de su gracia.

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Resulta interminable la cantidad de implicaciones de este “simple y ligero sketch”. En primer lugar basta imaginar los argumentos que se dieron a la reina para que aceptara romper su “imagen” de esa manera. En ese discurso no hubo la menor sencillez ni la menor ligereza, y podría intentarse reconstruir esa labor de convencimiento (que debe haber sido larga) como uno de esos diálogos teatrales usados con tanta eficacia por ejemplo en México por Salvador Novo. ¿Qué se dijo a la monarca para vencer su reticencia, qué antecedentes se le ofrecieron, qué ventajas se le hicieron ver, qué utilidades se le demostraron?
          En millones de hogares en el mundo entero hubo toda una gama del escándalo, a veces iracundo, a veces risueño. Contemplar a la reina como “chica Bond” fue una ruptura oficial, con todo lo que de contradictorio tiene ese término (similar a “revolución institucional”).

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Uno más de los miles de casos similares: Bond nació como ruptura. Las novelas de Ian Fleming eran una reacción contra la solemnidad y el engolamiento del género policiaco y de espías: una revuelta contra las flemáticas propuestas de Agatha Christie y otros autores británicos, como lo fue también en Estados Unidos la aparición de la novela negra (Chandler, Hammet). Con el tiempo la ruptura Bond se volvió industria. Poco antes de aparecer aquel sketch en la televisión mundial, se había transmitido un corto promocional de la entonces más reciente película de la saga, que sería un blockbuster como las anteriores, un negocio seguro, una de las “franquicias” más exitosas de la historia. La reina y las Olimpiadas fueron, ante todo, partes de la promoción. God Save the Tradition.



jueves, 6 de junio de 2013

Tradición y ruptura: el conflicto esencial. Apostillas (XVIII: Sujeción y objeción)


DGD: Textiles-Serie roja 32 (clonografía), 2012

(XVIII) Sujeción y objeción

La tradición es sujeción. No en balde uno de los sinónimos de individuo es “sujeto”; en el habla cotidiana esta palabra suele tener una cierta connotación despectiva, como cuando se dice: “vino ese sujeto a verte”. Acaso el origen de ese regusto despectivo se vuelve claro cuando la misma palabra es usada ya no como sustantivo, sino como adjetivo, como cuando los pescadores hablan de “pez sujeto y pez libre”. No hay en realidad ninguna diferencia entre el sustantivo  y el adjetivo.
          De hecho, estar sujeto, como opuesto a estar libre, bien puede transponerse, con los mismos resultados, a ser sujeto, lo opuesto a ser libre. La tradición es sujeción, y la ruptura es libertad. ¿De ahí que se tema tanto a la ruptura y se le considere una traición?

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La tradición es anónima. Si tiene nombre, es ruptura.
          Lo anónimo es lo que no está sujeto; sujeto, precisamente, por el nombre. El nombre rompe la insujeción, fija lo que estaba suelto. El sujeto lo es porque tiene nombre propio; de otro modo, es objeto.
          La sujeción, si se entiende como inmovilización del sujeto, tiene como opuesto a la objeción, que es la movilización del objeto (sus sinónimos son réplica, respuesta, discusión, razonamiento, impugnación, refutación, negación).
          La tradición es silencio. Se rompe —hace ruido— para oírse y medirse por medio de los ecos.

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La tradición juzga, pero no puede juzgarse a sí misma. Sólo la ruptura puede ser juzgada. Es como un juez, cuyo único sentido es conceptuar, sancionar, re-ordenar, y que, carente de un acusado, se desprendiera de una parte de sí mismo para que cumpliera ese papel.

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En el cine hollywoodense (todo él realista y “de acción”) se habla interminablemente, al grado de que la imagen no parece sino la ilustración del discurso verbal (si es realmente un discurso). A despecho de la idea que todo crítico y toda escuela de cine venden (es decir, que el cine es imagen), el torrente de imágenes apoya, explica y da sentido a la avalancha de palabras. Dicho de otro modo: la tradición se dice y lo que se dice hace “coherente” a lo que se ve.

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En incontables ocasiones se presentan en las películas de la “Meca del cine” diálogos que parecen rupturas, es decir afirmaciones tendientes, en apariencia, a provocar una purga moral en el espectador, a concientizarlo de un “estado incorrecto de cosas”. Sin embargo, un instante después de haber sido dichos (o incluso en el momento mismo de ser pronunciados por los actores), estos diálogos son absorbidos por la tradición: no sólo no hay purga moral en el espectador sino que éste recibe una enésima confirmación de un estado inmutable de cosas.

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El espectador puede estar en desacuerdo con ese estado de cosas, pero se ha acostumbrado a él. En el mejor de los casos, se ha acostumbrado a estar en desacuerdo con él. A fin de cuentas, se ha acostumbrado a él.

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Un ejemplo entre mil. En The Bourne Legacy (2012), un experimentado y duro “ejecutivo” (Edward Norton), integrante de una agencia de gobierno dedicada a las actividades ilícitas y secretas, explica a un aprendiz renuente (Jeremy Renner): “¿Sabe lo que es un comedor de pecados? Pues eso es lo que somos. Somos los comedores de pecados; eso significa que tomamos el excremento moral que hallamos en una determinada ecuación y lo enterramos muy profundo en nosotros y en el resto de nuestra causa para que ella permanezca pura. Ese es el trabajo. Somos moralmente indefendibles, y absolutamente necesarios”.
          El espectador de The Bourne Legacy no toma esto como una “denuncia” ni se indigna de la institucionalización del genocidio, el asesinato y la corrupción: lo toma como un eco más del ininterrumpido discurso que, en los medios de comunicación y las artes narrativas, le dice una y otra vez que la tradición es el Mal.

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En la novela El agente secreto (1907) de Joseph Conrad, un endurecido y burocrático jefe de policía justifica sus medios violentos y rapaces con la frase “Este es un mundo imperfecto”. Páginas más adelante, un rudo cochero que martiriza a su caballo plantea, como justificación, la frase “No vivimos en un mundo fácil”. Los dos personajes, como todos los de Conrad, no son simples ni esquemáticos en su trazo; ambos viven realidades contradictorias, ambos están sumergidos en el mundo de los hombres, “cuyos sufrimientos son grandes y su inmortalidad de ningún modo está asegurada”. Y eso hace aún más honda la atroz resonancia de sus frases de justificación, que son parte esencial del discurso de la conveniencia.
          Aquel policía implica que en un mundo que fuera “perfecto” no serían necesarios los medios retorcidos, la violencia represiva, la crueldad sistematizada; incluso sugiere que ni siquiera la policía, las leyes y el aparato de justicia serían necesarios en un mundo perfecto; sin embargo, como el mundo dista de esa perfección (a la que este agente apenas podría imaginar), esa misma comparación entre el “ideal” y lo “real” vuelve al mundo “imperfecto”, es decir, aquel en donde la rapiña se vuelve natural y en todo caso necesaria.
          Por su parte, el cochero sobreentiende que si el mundo fuera “fácil”, él no sería una víctima (formula esta pregunta: “¿le gustaría a usted sentarse atrás de este caballo hasta las dos o las tres de la mañana, [...] muerto de frío y de hambre, esperando pasajeros borrachos?”) y por tanto no habría victimarios, esos que han convertido a la vida de este cochero en un eslabón más de la cadena según la cual el que sufre la cruel dominación de sus superiores se desahoga por medio de dominar cruelmente a sus inferiores (así es como “se maneja” la pirámide del poder). El que el mundo no sea “fácil” justifica —porque es conveniente— el mantenerlo “difícil”.

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El realismo hollywoodense hereda ávidamente este tipo de frases sintéticas, justificadoras, de apabullante e indudable “veracidad”: “el mundo es horrible”, “la gente es malvada”, “la vida es injusta”. La reiteración de estas muletillas no podría ser más conveniente al poder instituido, puesto que mantiene al mundo en el desequilibrio necesario para que el poder y sus predaciones sigan siendo necesarios.



sábado, 25 de mayo de 2013

Tradición y ruptura: el conflicto esencial. Apostillas (XVII: Misantropía y altruismo)


DGD: Redes 191 (clonografía), 2012

(XVII) Misantropía y altruismo

En el prólogo a Facundo de Sarmiento, Borges dejó estas líneas, cuya esencia solía repetir en muy diversas circunstancias: “El mayor escritor comprometido de nuestra época, Rudyard Kipling, comprendió al fin de su carrera que a un autor puede estarle permitida la invención de una fábula, pero no la íntima comprensión de su moraleja. Recordó el curioso caso de Swift, que se propuso redactar un alegato contra el género humano y dejó un libro para niños. Regresemos, pues, a la secular doctrina de que el poeta es un amanuense del Espíritu o de la Musa. La mitología moderna, menos hermosa, opta por recurrir a la Subconsciencia o aun a lo Subconsciente”.
          Borges se hace eco de la ironía de Kipling, sin que ello contradiga la seriedad y profundidad de la tesis. Resulta inquietante, y revelador, el que los inventores de fábulas puedan conocer la forma pero no del todo el contenido; en cierto modo es un llamado a la humildad el que deban considerarse amanuenses del Espíritu, o de la Musa, o del Subconsciente, o del Inconsciente colectivo, vehículos de un algo que se dice a través de ellos, y de lo que no están del todo conscientes. Uno de los mayores ejemplos sería el de Cervantes, que cree estar haciendo una sátira de las novelas de caballería y lo que deja es un hondo testimonio de la tragicomedia humana, un retrato del alma que se niega a dejar de soñar.

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Sin embargo, el ejemplo que Kipling y Borges ofrecen es equívoco, porque dicho de esa forma —“se propuso redactar un alegato contra el género humano y dejó un libro para niños”—, oscuramente sobreentendemos que tal cambio fue obra de un Destino o de una Musa y que éstos, pese a las intenciones del autor, dieron a Los viajes de Gulliver su rostro “verdadero”. Pero quien transformó a una cosa en la otra fue una sociedad, una cultura, aquella contra la cual Swift levanta su crítica y que se venga convirtiendo a ese manuscrito corrosivo en un “simple libro para niños”, con lo cual los niños se vuelven, una vez más, “simples”, y se muestra con qué facilidad la más aguda crítica contra la sociedad puede banalizarse; dicho de otra manera, se prueba con qué insolencia la ruptura más virulenta puede ser transformada en la más ortodoxa tradición.

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Existe otro equívoco, más grave, al decir que Swift “se propuso redactar un alegato contra el género humano”, porque aquí se trasluce una de las más tramposas equiparaciones que a todos se nos hace sobreentender: la de humanidad con sociedad. Esta tramposa sinonimia es gemela de otra: el tan frecuente decir “la vida” cuando lo que se quiere significar es “la vida social”, que no son lo mismo en absoluto.

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Cuántos suicidas habrían tomado otro camino si se hubieran dado cuenta de que es perfectamente posible escapar de la vida social sin renunciar a la vida. Y es que, en general, no sólo equiparamos humanidad con sociedad, sino con nuestra sociedad; perdonamos hasta nuestros mayores errores, mientras que somos severísimos con las menores equivocaciones de sociedades lejanas a la nuestra, en tiempo o en espacio.
          Al respecto dice Swift: “cuán vano intento es en un hombre el de hacerse honor a sí mismo entre aquellos que están fuera de todo grado de igualdad o de comparación con él”. La comparación es uno de los temas fundamentales de Gulliver; gigante entre diminutos, o diminuto entre gigantes, el narrador termina por intuir que “la comparación me inspiraba un lamentable concepto de mí mismo”, y lo que hace en consecuencia es que “pasaba por alto mi propia pequeñez, como es corriente en cada uno hacer con sus defectos”. Uso primordial del discurso de la conveniencia.

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La posteridad ha actuado respecto a Swift del mismo modo que ante otros autores irreductibles: lo ha acusado de misántropo, es decir, de odiador de la humanidad. Y quienes transmiten esta etiqueta se respaldan en el famoso pasaje de una carta de Swift a Alexander Pope, en el que aquél afirma: “Principalmente odio y detesto a ese animal llamado hombre”. Al reiterar hasta el cansancio esta cita, la crítica está filtrando no sólo la obra entera de Swift sino su vida misma, de tal manera que quedará muy poco de la presencia de Swift en su posteridad (sólo permanecerá lo que ha sido filtrado, que es casi únicamente el de ser “autor de un libro para niños”). La crítica quedará muy satisfecha al usar palabras de Swift para alejarlo de los lectores.
          Y sin embargo, aquí no se está haciendo sino poner en práctica una de las más burdas y a la vez eficientes tácticas del discurso de la conveniencia: el citar de manera incompleta, gran ejemplo de lo cual es el “errar es humano” de Séneca, casi un lema de la modernidad del que se ha expurgado la segunda mitad: “pero perseverar en el error es diabólico”. Lo mismo se hace con aquella frase de Swift, de la que se ha censurado la parte final: “Principalmente odio y detesto a ese animal llamado hombre, aunque con todo mi corazón amo a Juan, a Pedro, a Tomás, y así”. Swift desconfía de la masa, que tiende a la abstracción manipulable, y confía en el individuo, que tiene como características la concreción y la imprevisibilidad.

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Swift redactó un alegato contra la vida social, no contra la vida. Es muy fácil calificar a los críticos de la sociedad como “misántropos”; es, de hecho, la más efectiva de las armas para minimizar su virulencia, para acallar la exactitud de sus denuncias, para deshacerse de la tremenda incomodidad que surge de verse en un espejo tan nítido, tan insobornable. Pero ese espejo —hay que reiterarlo sin fin— no fue construido contra el género humano, sino contra la sociedad, y su primera virulencia consiste en hacernos ver que ambos términos no son, ni con mucho, sinónimos.

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Rubén Bonifaz Nuño, en el prólogo a su traducción de Cármenes de Catulo, sostiene que “hay, en todo verdadero gran poeta, una médula básica de malignidad, mezcla de admiración y desprecio profundo por los hombres, con la cual él se considera a veces a sí mismo, y mira, siempre, hacia todo cuanto externamente lo condiciona”.

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Swift coloca en Los viajes de Gulliver (el libro original, no el pasteurizado por su posteridad) una verdadera bomba, que es justamente un antídoto contra todos los condicionamientos. Es por ello que resultan casi intolerables los párrafos como aquel en que un personaje se atreve a resumir la historia humana en “un montón de conjuras, rebeliones, asesinatos, matanzas, revoluciones y destierros, justamente los peores efectos que pueden producir la avaricia, la parcialidad, la hipocresía, la perfidia, la crueldad, la ira, la locura, el odio, la envidia, la concupiscencia, la malicia y la ambición” (II-6).

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La frase “pasteurizado por su posteridad” permite un juego de palabras no demasiado burdo: la pausteridad. En efecto, eso es precisamente lo que hace cada modernidad: pasar el pretérito por un tamiz, por un filtro, y sólo rescatar lo que esa modernidad valora, desechando todo lo demás. Y lo hará en un sentido de “purificación” e incluso de “sanidad” (en el sentido de “filtración sanitaria”). En el territorio del arte, la posteridad pasteuriza de tal modo que en el imaginario y la memoria colectiva sólo permanece lo conveniente.

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Swift denuncia implacablemente cada una de las lacras que observa en las sociedades, en todos los niveles, y sin duda su observación está cargada de pesimismo, e incluso de nihilismo, pero eso no lo hace un misántropo. El verdadero misántropo se encierra en una torre de marfil, que es una torre de desprecio, y nunca habla a aquellos a los que repudia. Swift, y otros grandes satiristas como él, salen a la calle y hablan a quien quiera oírlos. Hacen obra, se arriesgan al territorio del decir y del hacer.

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Al respecto puede recordarse lo que escribió Tomás Segovia: “El lenguaje es un espacio para una transparencia, y ‘decir’ es ponerse o querer ponerse bajo unos rayos X. Hablar es exponerse. La transparencia es pues expuesta, mientras que el poder y la fuerza están defendidos. El hombre impenetrable y opaco no nos permite entrar en él y así parece real como un objeto” (“El silencio y el resto”, 1964).

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Los grandes satiristas no son “misántropos”, e incluso bien podrían ser vistos como los únicos verdaderos altruistas: si desprecian algo es a su sociedad, no al hombre; algo en su interior les dice, con plena y casi dolorosa claridad, que la vida no es ni con mucho un sinónimo de la vida social, ni el hombre sinónimo del aparato de poder que lo domina. El verdadero misántropo es impenetrable; el altruista se transparenta, se arriesga a equivocarse, se deja ver.

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En Gulliver, Swift afirma que la corrupción de la facultad de razonar es peor que la brutalidad misma. Pero agrega: “Con todo, [...] no era razón lo que poseíamos, sino solamente alguna cierta cualidad apropiada para aumentar nuestros defectos naturales, de igual modo que en un río de corriente agitada se refleja la imagen de un cuerpo deforme, no sólo mayor, sino también mucho más desfigurada”.
          A la vez, con Rabelais, Swift piensa que “la verdad, la justicia, la moderación y sus semejantes residen en todos los hombres” y que “la razón por sí sola es suficiente para dirigir a un ser racional”. Para este autor, el Mal comienza con la aparición de los aparatos autonombrados como intermediarios: la Iglesia, intermediaria entre Dios y el hombre; el Estado, intermediario entre el hombre y el mundo; la burocracia, intermediario entre el hombre y el Estado. Llamar a estos autores misántropos es confabular con la verdadera misantropía, la del poder, que quiere ser, a fin de cuentas, el intermediario entre el hombre y el hombre mismo, es decir el que se interpone entre el hombre y su conciencia, o su psique, o su alma.



miércoles, 15 de mayo de 2013

Tradición y ruptura: el conflicto esencial. Apostillas (XVI: La tradición es lo opuesto a la felicidad)


DGD: Textiles-Serie negra 35 (clonografía), 2012

(XVI) La tradición es lo opuesto a la felicidad

Cyril Connolly se hace una gran pregunta: “Con el deseo de progresar viene anexo el temor a no progresar, el sentimiento de culpa. Si no hubiera padres que se empeñaran en que seamos buenos, ni maestros que nos convencieran de que aprendiéramos, ni nadie que quisiera sentirse orgulloso de nosotros, ¿no viviríamos felices?”. De ahí se deduce fácilmente que la tradición es lo opuesto de la felicidad, o al menos que no la tiene como fin supremo. Más bien, si hubiera que pensar en su meta, vendrían de inmediato a la mente palabras como deber (ser buenos) y trabajo (ser útiles o productivos).

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De maneras siempre oportunas, los “incentivos” o los “correctivos” nos son ofrecidos por ciertas entidades abstractas: el “Estado”, la “Iglesia”, la “sociedad”, la “humanidad”, la “familia”, la “escuela”, e incluso por figuras que no tendrían por qué considerarse abstractas (pero que lo son en cuanto representan a la misma tradición): el amigo(a), el novio(a), el esposo(a), los hijos, los padres, los maestros, los jefes.
          De ahí también que resuenen como irresponsables o escapistas los esfuerzos por reivindicar el ocio emprendidos por Rabelais, Stevenson o Wilde, puesto que el ocio es independencia y libertad respecto a quienes con su orgullo o indignación nos dan tamaño y dirección. La primera expectativa de todas esas entidades abstractas es modelar a los seres a partir del miedo a no satisfacer lo que se espera de cada uno.

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“¡Qué puede importar a la naturaleza”, exclama Connolly, “si progresamos o no! Sus instintos son la satisfacción del hambre y del sexo, la destrucción de los enemigos y la protección de su progenie. ¿Qué monstruo sería el primero que resbaló a la idea del progreso? ¿Quién destruyó nuestra concepción estática de la felicidad con estos dolores del crecimiento?”

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La tradición es lo que se espera. La ruptura es lo inesperado. Pero tan regulado está aquello como esto. Una tradición regulada es algo que se espera, pero ¿cómo puede lo inesperado ser objeto de la misma regulación?
          Las contradicciones en todos estos planteamientos resultan incluso desquiciantes. Connolly habla de “nuestra concepción estática de la felicidad”, con lo que la identifica con una tradición (que es reposo, inmovilidad o estancamiento). Entonces viene la “idea del progreso” con sus “dolores del crecimiento”, y por tanto esta propia movilidad identifica a la idea del progreso con la ruptura.
          ¿Pensar en la felicidad como tradición y en el progreso como ruptura no es más que otra modalidad del discurso de la conveniencia? ¿O se trata de una confusión entre los elementos que nos permiten identificar a la tradición (estatismo) y a la ruptura (movimiento)? ¿O bien sencillamente sucede que hay aquí niveles distintos que no fueron cuidadosamente desbrozados?

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¿La tradición es la felicidad o lo que nos impide ser felices? Depende como se defina tradición. Evidentemente, una tradición verdadera, ligada a las raíces arquetípicas de lo humano (aquella que, en los términos y niveles planteados por Connolly, es la felicidad, no entendida como autogratificación burguesa sino como plenitud humana), ha sido retirada del ámbito social para ser suplantada por otra “tradición”, la que impone el “progreso” como meta ciega de la modernidad y desvía a los destinos individuales hasta hacerlos servir al aparato. Esta es la tradición manipulada, que con toda evidencia es —dice Connolly— la que sistemáticamente (todo el Sistema radica en esto) nos impide ser felices.

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En inglés existe el adjetivo human (“humano”), pero esta misma lengua se ha visto misteriosamente obligada a acuñar otro adjetivo que difiere de aquél en una sola letra: humane, que significa “humanitario” (en el sentido de civilizado, noble, íntegro, ético). En la balanza, la otra palabra genérica, human, se cubre de barbarie. ¿Cuál de las dos es la tradición y cuál la ruptura? Responderá la conveniencia, una vez más. Cuando un sistema, una institución o un individuo quieren legitimarse, dirán “I’m humane” (con lo que el sistema se vuelve democrático, la institución se hace benéfica —de beneficencia— y el individuo deviene altruista), pero cuando conviene volver “inevitables” a la guerra, la competitividad o la crueldad, se perderá esa letra “e” y se dirá, resignadamente, “I’m human”, con una palabra intermedia sobreentendida: “I’m only human” (“Soy sólo humano”), en eco de aquel dictum de Séneca el joven: Errare humanum est, que, dicho así y en ese contexto, convierte al “error” en la esencia de lo humano. Hábilmente es escatimada la segunda parte de esa locución: errare humanum est, sed perseverare diabolicum, “errar es humano, pero perseverar [en el error] es diabólico”. Sin duda el discurso de la conveniencia es diabólico.

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En su célebre invención de la abadía de Thelema en Pantagruel, Rabelais expone su convicción de que el hombre tiende de manera espontánea a la bondad; el mal surge cuando aparecen los aparatos represores (Iglesia, Estado) que quieren obligarlo a hacer el bien —aquello para lo que ya estaba naturalmente inclinado— y le ordenan “no hagas el mal”; en ese momento ha nacido el mal, puesto que el ser humano tiende, por rebeldía, a desear lo prohibido.
          Unos cuantos siglos después, un personaje de Melville (en The Confidence Man) coloca esa idea en un contexto ya ni siquiera de nature sino de nurture, esto es, de la mera conveniencia individual: “¿Qué criatura que no sea demente no optaría por hacer el bien y no el mal, cuando está claro que, haga el bien o el mal, le será devuelto?” (For, what creature but a madman would not rather do good than ill, when it is plain that, good or ill, it must return upon himself?).

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La decisión de este personaje se parece mucho a la atrición, es decir el acatamiento de las reglas (religiosas, legales, sociales) menos por convicción que por miedo al castigo, o más bien, en este caso, por comodidad. Este personaje de Melville opta por el bien ya sin importarle si está o no naturalmente inclinado a él, y ni siquiera le importa que exista o no un castigo para el mal; elige el bien por mera conveniencia e incluso por egoísmo puro cuando entiende que es medido con la misma vara que usa para medir a los otros y que todo lo que haga se le revierte.

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El bien de Rabelais es una característica humana, una inmanencia; el de Melville, una simple herramienta práctica, un resultado del sentido común, de la más elemental sensatez. He aquí un uso práctico de la conveniencia que no está contemplado en el discurso del poder dominante en Occidente.

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Porque no es ese el uso regulado, establecido y mayoritario de la conveniencia egoísta en sociedad. Ejemplo palpable: cuando así nos conviene, festejamos el romper moldes, el arriesgarnos en territorios no frecuentados, el desobedecer ciertas reglas, el ser un poco audaces, aventureros, imprevisibles; pero cuando se trata de ir más allá de ciertos límites que cuestionan nuestro propio orden simbólico, nuestras más íntimas seguridades y hasta nuestra identidad genérica, entonces todo aquello a lo que antes festejábamos se cubre de un cariz siniestro y se vuelve inaceptable, inimaginable e incluso monstruoso.
          No se trata de criticar esta especie de doble moral del individuo (a fin de cuentas cada quien tiene perfecto derecho de establecer sus propios límites, de proteger lo que considera que debe protegerse), sino de observar que si hay una ruptura “simbólica” (ese pequeño margen de juego, de representación, que no podemos evitar el concedernos, así sea a través de pequeños simulacros, para desahogar el siempre urgente deseo de trascendencia), ello a la vez demuestra que existe una tradición simbólica (arquetípica, integral, simultánea) y que la necesitamos con mayor urgencia que nunca precisamente porque más que nunca está desterrada del mundo cotidiano.



domingo, 5 de mayo de 2013

Tradición y ruptura: el conflicto esencial. Apostillas (XV: El cambio y lo inmutable)


DGD: Textiles-Serie del vino 22 (clonografía), 2001

(XV) El cambio y lo inmutable

Todas las artes narrativas pueden sintetizarse (con los riesgos de toda síntesis) en dos tipos de personajes: los que cambian y los que permanecen inmutables pese a todo. Estos últimos son la tradición; aquéllos, la ruptura.

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Entre todos los géneros dramáticos hay uno que se caracteriza por el esquematismo: el melodrama superficial, que plantea lo que se llama “simplificación maniqueísta”, esto es, retratos en blanco o negro, con una ausencia casi total de grises intermedios. En otras palabras, sus caracteres son, o inmensamente “buenos”, o radicalmente “malos”.
          Los demás géneros se proponen pintar seres más “complejos” (más “reales”): reclaman un juego de matices del gris y rechazan caer en los polos blanco o negro. Sin embargo, en todos los géneros, del más simple al más complejo, el acento radica en el cambio que sufre el protagonista, en general como resultado de una toma de conciencia (anagnórisis) surgida de la fatalidad.

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En el esquemático melodrama superficial, tal cambio es eso precisamente: esquemático (abreviado, reducido a lo elemental, sintético), y sólo por ello en este territorio dramático resulta muy claro lo que otros géneros y estilos intentan sumergir en la ambigüedad o en la ambivalencia (a eso se llama complejidad o matices del gris, es decir, personajes irreductibles a esquemas).

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Esquemáticamente, hay cuatro opciones fundamentales en el transcurso de un personaje:

1. Es bueno y cambia (se hace malo).
2. Es bueno y no cambia (sigue bueno).
3. Es malo y cambia (se hace bueno).
4. Es malo y no cambia (sigue malo).

En el cómic “tradicional”, por ejemplo, las opciones (2) y (4), que representan a lo inmutable, sólo funcionan para héroes (2) o villanos (4); de estos últimos no se espera ningún cambio (solamente, si acaso, un castigo rutinario), pero un héroe inmaculadamente bueno resultaría intolerable para el público mayoritario si no arriesgara a cada paso cubrirse de oscuridad (ahí radica, en el cómic “moderno”, el éxito de la vertiente Dark Knight de la saga de Batman).

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El cambio es el resorte nuclear, pero ¿de qué clase de cambio se habla? El melodrama superficial (cuya ulterior degeneración se llama telenovela) permite un atisbo de respuesta; en él, las opciones (2) y (4) sólo funcionan para personajes secundarios (las historias no suelen centrarse en un personaje que no cambia). Los protagonistas solamente pueden ubicarse en las opciones (1) y (3); se espera, pues, un cambio en ellos, o de otra manera esa historia en particular no se estaría contando.
          Sin embargo, sólo la opción (3) implica una “purga moral” en el espectador, a quien se invita a “redirigirse hacia la bondad”. En la opción (1), en cambio, el personaje bueno que se hace malo pasa a representar una purga en sí mismo, puesto que su resorte es ahora la venganza: el acento ya no está en el cambio que él ha sufrido sino en su nuevo “móvil”: hacer pagar a otros el haberlo cambiado. Es la única permutación que parece aceptar el espectador.

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Se dice que “los media dan al público lo que éste pide”, pero Enrique Serna ha demostrado que en ese lugar común se oculta sistemáticamente la parte final: “...luego de entrenarlo para pedir basura”.

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Independientemente de si son planteados como “buenos” o como “malos”, los personajes que no cambian ofrecen un subtexto de estabilidad, de integridad, de fidelidad a sí mismos; por comparación, en los que cambian existe una especie de traición, sin importar si van del bien al mal o en la dirección contraria.
          Hay siempre una traición asociada con la ruptura, sea en el nivel que sea. En el simple nivel fonético asombra, pues, la cercanía entre las palabras tradición y traición.

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La famosa “purga moral” que el melodrama superficial supuestamente provoca en el público —y que es su principal resorte “didáctico”— consiste en transmitir historias en las que un personaje “malo” se vuelve “bueno”, es decir, que cambia en el sentido de expiación y redención. Es esta una mecánica que no puede sino resultar muy curiosa si se confronta con la sabiduría popular, según la cual “la gente no cambia”; si uno encuentra filósofos prácticos menos tajantes, los oirá decir que el cambio es la faena más ardua para el ser humano. Acaso de ahí lo fascinante de los personajes que “cambian”, independientemente de cuál es su estadio anterior y cuál el posterior. Lo inmutable corresponde, en este nivel, a la tradición (lo que casi no puede cambiar), mientras que el cambio es la ruptura (lo que redirige, reconforma, redefine). O al menos así parece.

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La afirmación de que la gente no cambia puede significar que resulta casi imposible al individuo salir de todo aquello que lo hace ser como es —ser quien es—, en donde el acento cae en lo externo —en lo que lo hace, lo afecta, lo determina— antes que en lo interno —el ser quien es.

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El misterioso convencimiento popular no dice que a la gente resulta difícil cambiar, sino que no cambia. Acaso ello explica la necesidad de que los protagonistas de las historias de difusión masiva sufran una transformación: ésta es vicaria, fascinante en la medida en que no funciona “sobre” el espectador sino por él. El público sobreentiende que los grandes cambios (aquellos que dan un giro a la vida individual) sólo son realmente posibles en la ficción. Todo cambio ulterior pertenece (así lo hacen sobreentender los media) al terreno de lo hipotético, lo ideal, lo esquemático.

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En el cine hollywoodense existen miles de refranes que apoyan a la tradición del poder predador y casi ninguno que fomente a la ruptura de esa tradición. No es una limitación del lenguaje ni tampoco una “verdad autoevidente”: no se trata más que de pura conveniencia. Gran ejemplo se halla en la última parte de la rapaz trilogía The Matrix, en la que un prototípico villano exclama: “El propósito de la vida es terminar”.
          Este tipo de refranes, máximas y sentencias de apoyo a la definición fascista del mundo se inculcan (“inculcar” significa instruir por medio de la repetición, que es la característica de la tradición... y de la propaganda y la publicidad), y la forma de inculcar esas sentencias consiste en ponerlas en labios de personajes que, como ése de The Matrix, son “villanos” derrotados y castigados pero que, a la larga, salen triunfando... sencillamente porque jamás cambian: son fieles a sí mismos y por tanto resultan modélicos, como no lo son los personajes que cambian (aquéllos son vistos como reales, mientras que éstos no pasan de ser percibidos como hipotéticos).

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En todo caso, la “purga moral” es tolerada por el espectador como una suerte de trámite moroso e inevitable que él no toma en serio y que desde luego no le provoca “cambios” en su conducta personal o en sus definiciones del mundo. A la vez, la mecánica opuesta sí es tomada muy en serio, es decir, la historia de un personaje esencialmente “bueno” que es cambiado en “malo” por una sociedad depravada o por personajes viles o por sucesos aciagos que redirigen sus objetivos, antes vagos e inciertos, hacia una sola meta ahora concreta y muy clara: la venganza.

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La venganza es el esencial y más exitoso resorte dramático en el dominante realismo hollywoodense, que es un esquematismo tajante vestido de una engañosa complejidad. La revancha, la sed de desquite es vista como “fortaleza adquirida a la fuerza”, mientras que la transformación de un personaje malo en bueno se sobreentiende como debilitamiento inaceptable. (Uno de los caracteres más respetados y abundantes en la mitología hollywoodense es el vengador anónimo, que es un individuo “bueno” que se transfigura en letal a partir del lema “La rata acorralada muerde”.)

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Es el discurso de la conveniencia lo que vuelve conmovedoras a algunas de estas historias y tediosas a las otras. Lo que conmueve y sacude no es lo éticamente coherente, sino todo aquello que confirma a lo conveniente. La tradición se ha vuelto confirmadora de conductas predadoras, al mismo tiempo que las “rupturas” (convencionales) sólo sirven para destacar y clasificar a las formas de la “debilidad”.

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Cuando un personaje “bueno” es transformado en “malo” debido a actos humanos perversos, es decir por causa de una injusticia social, su venganza sucede en un nivel horizontal y se desenvuelve en el terreno del melodrama y hasta del thriller. Sin embargo, cuando lo que lo afecta es una fatalidad, un acto imprevisible e imponderable debido a la naturaleza o al “destino”, su venganza se desarrolla en un nivel vertical: el terreno de la religión y la teología. Es el antiguo resorte del hombre que se vuelve contra Dios (o contra el universo) debido a una injusticia metafísica.

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Entonces surge la dicotomía climática: la divinidad es equiparada a la tradición y el hombre a la ruptura. Ante tal marco de referencia, todo en el mundo humano se vuelve ruptura, porque incluso se vuelven pequeñas o relativas las mismísimas tradiciones que lo vuelven humano. Si el orden es inhumano, el caos se vuelve absoluto: es lo único que puede llamarse humano. En ese nivel de consideración, lo que se define como tradición y lo que se entiende por ruptura quedan al arbitrio de un único discurso: el de la conveniencia.

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Las opciones humanas serán, o bien tradiciones, o bien rupturas, de acuerdo a lo que, en determinado tiempo y lugar, convenga a los intereses del poder que impone definiciones y certezas. De ahí que las artes narrativas, independientemente de géneros y estilos, demuestran que optar por lo conveniente es superior a toda consideración moral, ética, filosófica o incluso mística. Es lo natural, mientras que detenerse por consideraciones éticas o humanitarias resulta antinatural. Los actos humanos quedan definidos como aquellos que son capaces de ejercer una justificadísima venganza contra la máxima injusticia: los actos divinos o fatales.

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Una de las más resonantes definiciones del Mal con mayúscula es precisamente esa: la venganza contra Dios, sobreentendido como divinidad indiferente, cínica, tiránica, sanguinaria.
          (De ahí la tremenda fuerza cuasi-arquetípica de aquella secuencia de Blade Runner en que la criatura besa a su creador en los labios y luego lo mata hundiéndole los pulgares en los ojos.)

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El personaje malo que se hace bueno es una ganancia de un bien al que se contempla como “ideal” (un estancamiento fastidioso y rutinario, es decir, una “tradición” entre comillas), mientras que el personaje bueno que se vuelve malo es una ganancia del Mal que es definido como “real” (el Mal es el único móvil, lo único que mueve, es decir que la “ruptura” entre comillas se concibe como mera reacción bestial). El realismo de Hollywood y los media no quiere un cambio sino una enésima corroboración del mismo antiquísimo discurso. El cambio —el verdadero cambio— es en realidad lo único proscrito.



jueves, 25 de abril de 2013

Tradición y ruptura: el conflicto esencial. Apostillas (XIV: Lo sedentario y lo nómada)


DGD: Redes 198 (clonografía), 2012

(XIV) Lo sedentario y lo nómada

En el célebre prólogo a su reunión de prólogos (Torres Agüero, Buenos Aires, 1975), Borges recuerda un momento capital de la historia argentina:

En el Congreso de Tucumán resolvimos dejar de ser españoles; nuestro deber era fundar, como los Estados Unidos, una tradición que fuera distinta. Buscarla en el mismo país del que nos habíamos desligado hubiera sido un evidente contrasentido; buscarla en una imaginaria cultura indígena hubiera sido no menos imposible que absurdo. Optamos, como era fatal, por Europa y, particularmente, por Francia (el mismo Poe, que era americano, llegó a nosotros por Baudelaire y por Mallarmé). Fuera de la sangre y del lenguaje, que asimismo son tradiciones, Francia influyó sobre nosotros más que ninguna otra nación.

“Dejar de ser españoles” es romper una tradición manipulada. La asamblea legislativa de las Provincias Unidas del Río de la Plata, que se reunió entre los años 1816 y 1820 —primero en la ciudad de San Miguel de Tucumán y luego en Buenos Aires—, buscaba “una tradición que fuera distinta”, y en su propia raíz indígena encontró otra tradición manipulada a la que acceder resultaba “no menos imposible que absurdo”. El grupo que sancionó la Declaración de Independencia y la Constitución Argentina de 1819, eligió, según sintetiza Borges irónicamente, una tradición “distinta”, la francesa, porque Francia había sido tan influyente para ellos como las dos tradiciones más íntimas, la sangre y el lenguaje. Este grupo siente como ajena a la tradición española; al romper con ella, busca una tradición que no le es menos ajena (porque no la lleva ni en la sangre ni en el lenguaje), pero que se diferencia de la española en que ese grupo la ha elegido, mientras que la española se le ha impuesto.

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Borges habla de tres tradiciones a las que no parece posible colocar en un mismo nivel, sino más bien en niveles descendentes: 1) la sangre; 2) el lenguaje; 3) la cultura. La primera es, con toda evidencia, imposible de romper; la segunda no puede romperse sino sólo ampliarse; es en la tercera en la que resulta posible emprender una ruptura, que en este caso consiste en ser remplazada (aunque nunca de forma “definitiva” o “total”). El Congreso de Tucumán, en representación de su pueblo —puesto que cuenta con la misma sangre y con un lenguaje ampliado—, se siente capaz de insertarse en la tradición elegida.

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Y no puede negarse que la fuerza de la tradición con la que estos vanguardistas legislativos rompieron les permitió insertarse en la elegida con la suficiente intensidad. (Porque todo indica que la ruptura, para ser significativa, debe tener la fuerza suficiente como para compararse a la potencia de la tradición a la que se opone. De otra manera no puede alejarse de ella, y menos aún adoptar una tradición “distinta”.)

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La ruptura de una tradición, pues, se entiende aquí como el paso necesario para adoptar otra tradición. (Nadie habla de quedarse sin tradición alguna; aun el Congreso de Tucumán busca no una destrucción sino un remplazo; no una mera renuncia sino un renuevo.)
          En un nivel, la tradición es aquello que ha sido impuesto, y la ruptura equivale a renunciar a tal imposición. En otro nivel, sin embargo, la ruptura no es más que el trámite, el paso, el puente entre una y otra tradición, que se diferencian de manera subjetiva: este grupo pasa de una tradición impuesta a una elegida. Pero las dos son tradiciones. Lo que vuelve a una de ellas indeseable y a la otra deseable, es justamente la postura intelectual del grupo que las contempla: la orientación de su deseo.

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Pero ello no implica que la tradición de llegada (la francesa) sea la “buena” o “definitiva”, así como tampoco la tradición de salida (la española) es necesariamente la “mala” o “precaria”. La ironía borgesiana se explica acaso en otro de sus prólogos, el de Recuerdos de provincia de Sarmiento, autor de quien Borges afirma que es enemigo de España pero no necesariamente para cambiarla por Francia, sino por la universalidad a la que este último país simboliza: “[Sarmiento] sabe que nuestro patrimonio no debe reducirse a los haberes del indio, del gaucho y del español; que podemos aspirar a la plenitud de la cultura occidental, sin exclusión alguna”.
          Al paso del tiempo, los descendientes de este grupo podrían renegar de la tradición francesa, puesto que bien pueden llegar a sentir que se les ha impuesto (“diferir de los padres es tal vez una fatalidad de los hijos”, afirma Borges en otro de sus prólogos); acaso elegirán otra, no por “mejor” sino por elegida. Y sus descendientes podrían actuar de la misma manera. Y ya hay aquí, una vez más, “tradición de la ruptura”. Un momento en que Borges se aproxima a este concepto es su afirmación según la cual el desafío de Yeats a la tradición (que implica a la evolución de la poesía británica: “el pasaje de lo remoto, lo ilustre y lo melodioso a lo inmediato, lo común y lo áspero, sin menoscabo de la esencia”) es tradicional.
          Pero acaso lo que sucede en Argentina (y en el mundo entero en virtud de la tradición manipulada) es incluso peor; el mismo Borges lo prefigura: “A unos treinta años del Congreso de Tucumán, la historia no había asumido todavía la forma de un museo histórico. Los próceres eran hombres de carne y hueso, no mármoles o bronces o cuadros o esquinas o partidos”.

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Podría preguntarse, entonces, si la tradición es el puente entre las islas y no las islas mismas. O acaso sea más fructífero imaginar que sólo hay islas, y que es la actitud de los que las habitan o viajan entre ellas lo que las convierte, ya sea en tradiciones (sedentarismo) o en rupturas (nomadismo). Tal vez esa actitud no puede tener otro nombre que fervor. Borges anota: “sin la tradición que [Bartolomé] Hidalgo inaugura no hubiera existido el Martín Fierro, pero también es cierto que [José] Hernández se rebeló contra ella y la transformó y puso en el empeño todo el fervor que encerraba su pecho y tal vez no hay otra manera de utilizar una tradición”.



martes, 16 de abril de 2013

Tradición y ruptura: el conflicto esencial. Apostillas (XIII: Subir y bajar)


DGD: Textiles-Serie blanca 28 (clonografía), 2010

(XIII) Subir y bajar

La pirámide de poder se repite a escala en todas las áreas de la sociedad: hogares, escuelas, fábricas, asociaciones, logias, clubes, equipos, y no se diga en ministerios, cuarteles, hospitales, cárceles y templos. Los mapas a escala de la pirámide, unos dentro de otros, la forman. Nadie nos dice con todas sus letras lo que es el objetivo, el destino y la obligación de todo ciudadano: “Deberás ascender por la pirámide de poder”. Nunca este supremo mandamiento es enunciado con sus letras, pero él se transmite incesantemente bajo mil eufemismos como “estudiar para superarse” o “trabajar para salir adelante”, y en última instancia, “triunfar en la vida”. La avalancha de sobreentendidos hace el resto, porque sólo ellos definen —desde lo callado que nunca se dice pero todos aprenden— lo que es “superarse”, “salir adelante” y “triunfar”.
          Todo ciudadano dispone del complejísimo código que rige el funcionamiento de la pirámide y la ascensión por ella, un código que no está enunciado completo en parte alguna y sólo existe en retazos indirectos. Cualquiera de nosotros podría hacer un esfuerzo por enunciarlo, y se daría cuenta de todo lo que sabe al respecto sin saber en dónde exactamente lo ha aprendido.

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Ejemplos al azar de retazos indirectos: 1) Se sube haciendo méritos a través del trabajo duro. Si hago pocos méritos, seré definido como perezoso o indiferente al bien común y puedo perder el lugar que por mi nacimiento en sociedad me corresponde. Pero tampoco debo hacer demasiados méritos, porque puedo generar el repudio de quienes están en mi mismo nivel tratando de subir (con lo que multiplicaré los ya numerosos obstáculos diseñados para hacer severo todo ascenso).
          2) Se debe mostrar una sumisión a la autoridad, pero no demasiada, porque entonces seré clasificado como “arribista” y “advenedizo”, y tampoco demasiado poca, porque entonces se me etiquetará como rebelde.
          3) Los obstáculos al ascenso se presentan en una indescriptible cantidad, a tal grado que parece haber ya un obstáculo (y a veces varios) previsto para cada movimiento que yo haga, sin importar cuán novedoso o imaginativo sea; como no hay en parte alguna una enunciación clara y precisa del código para ascender la pirámide, no queda más que aprender de cada obstáculo y también de cómo mis competidores enfrentan sus respectivos frenos e impedimentos. (Todos sabemos que en la ascensión no hay “triunfos” sino sólo derrotas mayores y menores.)
          4) La amplia gama de los medios de que puede servirse cada quien para ascender cubre todas las opciones, desde las maneras más honestas (aplicación, responsabilidad, excelencia, ética) hasta las tácticas más deshonestas (competencia desleal, obstaculización de los demás, mezquindad, delación); sin embargo, en la práctica muy pronto se llega a la convicción de que un medio, mientras más sucio, resulta más efectivo.

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El solo hecho de que la única acción ambicionada sea ascender, implica a su contrario: el acto de descender es contemplado como espantajo suficientemente aterrador. Siempre habrá niveles inferiores a los que es muy fácil caer al menor descuido, y niveles superiores que se vuelven más y más arduos a medida que se sube (con un correspondiente recrudecimiento de los medios sucios necesarios para ello, reprobados en las declaraciones oficiales y muy fomentados “por debajo del agua”).
          El lenguaje cotidiano está lleno de expresiones que reflejan esta mecánica: se identifica a lo bueno con lo alto y a lo malo con lo bajo; en las religiones oficiales la gloria está arriba y el castigo abajo; en las monarquías la fórmula de rigor es “Su Alteza”; en las instituciones y organizaciones cualquier figura de autoridad es un “superior” y en la burocracia se habla de “ganar un ascenso”; ningún arquitecto ubica las oficinas de los dirigentes y funcionarios en sótanos o pisos bajos; el desprecio hacia los carentes de privilegios se nota en eufemismos como “clases bajas”; la doble moral arruga la cara con repulsión cuando dice “bajas pasiones” (en el propio cuerpo humano el orgulloso cerebro, que se localiza más cerca del cielo, mira con vergüenza a los bajos, tortuosos e inconfesables genitales, que están más cerca del infierno), pero ellas son las únicas que prueban tener un resultado concreto cuando no hay otra posible opción social que la de “ascender a las alturas”. Etcétera.

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En esta imagen de una pirámide, ascender es sobrentendido como “coronarse”, pero descender es caer, con todas las implicaciones míticas de la tiniebla y el abismo. Y no es más que eso, una imagen, un gran simulacro, puesto que el subir y el bajar sólo suceden en términos materiales y, de hecho, en términos espirituales no hay el menor ascenso: sólo hay caída.

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Los niveles inferiores e intermedios de la pirámide del poder están tan atestados, que no parece haber otra forma de subir que escalando hombres. De ahí la subversión implícita en esta sentencia del maestro argentino Antonio Porchia: A veces pienso en ganar altura, pero no escalando hombres.
          El vocabulario de la burocracia sabe perfectamente lo que significa escalar hombres, y de ahí las abismales connotaciones de la palabra escalafón. No es gratuito que en inglés se le llame promotion ladder, “escalera de promoción”. Moverse es promoverse, lo cual implica que todo movimiento válido es hacia arriba, subiendo una metafórica escalera cuyos escalones se hallan tan saturados que parecen hechos con seres humanos.

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Una enciclopedia define al escalafón como “la lista de rangos en que se agrupan las personas integradas en una institución; tales rangos pueden definir funciones jerárquicas, administrativas, operativas, o ser sólo elementos honorarios. Cada rango o cargo dentro de un escalafón puede ir acompañado de títulos, símbolos y distinciones, que siempre dependerán de la institución que lo defina”.
          Importante apunte, puesto que la palabra institución es indesligable de otra: tradición. A todas luces se trata de una tradición manipulada que, con objeto de que la tradición sea entendida y asumida como la competencia perpetua, crea la ilusión de niveles en los que “cualquiera” puede ascender. (En realidad el poder no se abre a cualquiera, pero depende de la batalla de todos por obtenerlo.)

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Todo el decálogo sobreentiende la medianía: ni demasiado ni demasiado poco, “todo con medida”. La gran mayoría de los trepadores saben que no llegarán a la mítica punta de la pirámide y que deben conformarse porque a cada “ascenso” arriesgan perder todo lo que han conseguido. Se estacionarán, incrementando lo atestado de los niveles medios. A la vez, una corriente secreta alimentará la codicia de ciertos trepadores que “llegarán muy alto” y serán muy criticados por su falta de ética, así como por su cinismo e inhumanidad, pero que por eso mismo se volverán modélicos, ejemplos de lo que eufemísticamente se llama “perseverancia”.

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La pirámide de poder es también el orden simbólico que la sustenta. Al mismo tiempo que cada individuo aprende, sin saber cómo, el decálogo de la ascensión y cada minucia de cada inciso, con penas y premios incluidos, aprende también cuál es la definición de los colores (es decir, del mundo) según el capricho y la conveniencia del tirano o la corporación en turno. Porque ya desde mucho antes del tiempo de Rabelais, el poderoso —se lee en Gargantúa—, “sin razón, sin causa y sin apariencia, osa prescribir por su particular autoridad los significados de los colores; así hacen los tiranos al colocar a su arbitrio en el lugar de la razón”.


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Qué distinto sería el mundo si se diera en los hombres un cambio de óptica, un darse cuenta, con Porchia, de que “Las alturas guían, pero en las alturas”. Y también de que “Quien asciende peldaño a peldaño, se halla siempre a la altura de un peldaño”.
          La mentalidad misma en que se basa la pirámide empobrece el lenguaje de modos insospechados. Porchia exclama: “Para poder alcanzar ciertas alturas, no las bajo: las levanto más”. Y es que el que sube escalando hombres, no alcanza verdaderas alturas: sólo las baja, las degrada, miente el sentido arcaico de lo alto. El único modo de no traicionar a esa tradición legítima está en esta otra sentencia de Porchia: “Las alturas bajan, subiendo”.

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Un párrafo de Cyril Connolly ayuda a pensar que un cambio —el dejar de pensar en términos de arriba-abajo, subir-bajar, gloria-olvido, cielo-infierno— no es imposible: “El surrealismo romántico y el humanismo clásico, aunque antagónicos, son afines: se engendran uno a otro, y el artista de hoy tiene que fraguar con ellos una síntesis. Blake y Pope, o Flaubert y su loco Garçon son complementarios. El humanista clásico es el progenitor, el surrealista el adolescente rebelde. Ambos están centrados en la madre; sólo el ‘Realismo social’ queda fuera de la familia”.

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La pirámide deliberadamente olvida y hace olvidar lo que Porchia enuncia con todas sus letras: “Para elevarse es necesario elevarse, pero es necesario también que haya altura”.

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En cuanto la pirámide de poder es contemplada con ojos que se niegan a ser sus cómplices, resulta evidente que en ella no hay altura verdadera. No hay más que horizontalidad: un gran simulacro, un único nivel (una sola dimensión, diría Marcuse) dotado con la apariencia de que hay niveles, de que éstos son ascendentes y de que trepar por ellos es alcanzar la “gloria”.




sábado, 6 de abril de 2013

Tradición y ruptura: el conflicto esencial. Apostillas (XII: Memoria y esperanza)


DGD: Redes 186 (clonografía), 2012

(XII) Memoria y esperanza

La tradición es lo que se repite. La ruptura es irrepetible (si se reitera, se vuelve tradición). La reiteración tiene muchos nombres. En religión se llama liturgia. En el mundo jurídico se le denomina código civil. En psicología se conoce como pulsión (“repetir esquemas”; Freud afirma: “existe en la vida psíquica un impulso de repetición que rebasa al principio del placer”). En la cotidianidad su eufemismo es rutina. En política y sociología, en la vida social y cultural, su nombre es más contundente: burocracia.

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En cuanto a la ciencia, se llama... ciencia. Antoine de Saint-Exupéry lo dice en Ciudadela: la ciencia es lo que se repite. Y aclara: “El que planta una semilla de cedro prevé la ascensión del árbol al igual que el que suelta una piedra sabe que caerá por su propio peso, porque el cedro repite al cedro y la caída de la piedra repite a la caída de la piedra”.
          Y sin embargo, Saint-Exupéry intuye que, en cierto sentido, las leyes de la física no son observaciones hechas a posteriori sobre cómo se comporta el universo, sino a la inversa: es el universo acomodado a priori a esas reiteraciones de las que depende el ojo científico para observar.
          Saint-Exupéry se pregunta si las repeticiones que forman a la tradición no son sino rupturas heterogéneas forzadas por el ojo a formar series, esquemas o ciclos capaces de “recurrir”, puesto que sólo entonces pueden ser tasadas, medidas, codificadas: “¿Quién pretende prever el destino del cedro que se transfigura, de semilla en árbol y de árbol en semilla, de crisálida en crisálida? Es un génesis del que todavía no he conocido ejemplo. Y el cedro es una especie nueva que se elabora sin repetir nada de lo que conozco. E ignoro a dónde va. E ignoro igualmente a dónde van los hombres”.

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La tradición es eso, en efecto, un saber a dónde van los hombres. O un intento de saberlo. O una apariencia de saber. De ahí el temor a las rupturas surgidas de la misma tradición: cada una es un recordatorio de una ignorancia insoportable. La tradición es un prever la caída de la piedra, la ascensión del cedro a partir de la semilla, la recurrencia del día y la noche. La ruptura es lo imprevisible, lo inesperado, el no saber a dónde se va.

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La liturgia teme al diálogo directo del individuo con lo divino; el código civil, a un mundo que no requiere leyes; la pulsión, a la libertad emocional; la burocracia, a todo cambio verdadero.

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Acaso una clave esencial se halla en esta frase de Ciudadela: “para engrandecerse, el hombre debe crear y no repetir”. La repetición es lo opuesto a la creación. Dicho de otra manera: la tradición reitera (es reiteración) y por tanto no crea. La creación, entonces, depende de la ruptura (siempre y cuando no se repita, puesto que en cuanto lo hace deviene tradición y deja de ser creativa).
          El hombre requiere a la tradición (lo reiterativo) para asegurarse no sólo la supervivencia inmediata sino la continuidad interior, espiritual: la memoria. Pero esta tradición implica un estancamiento; nace entonces la necesidad de la ruptura, el crecimiento: la esperanza. Es el más delicado e inestable de los equilibrios: el que existe entre lo que se repite y lo irrepetible, entre materia y espíritu, entre pasado y futuro, entre la supervivencia y la vida.

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Si la creación es ruptura, la máxima creación imaginable, el universo mismo, es la máxima ruptura imaginable.

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Las insondables dimensiones de este problema comienzan a notarse de un modo realmente inquietante cuando se considera que la creación misma del universo (ya sea desde los ojos del creacionismo o los del evolucionismo) es intuida como ruptura.
          No hace falta entrar en el terreno de la cosmología, ni de la cosmogonía, ni de la teología, para preguntarse, con o sin sorna: ¿el universo es la ruptura de qué tradición?
          De un modo apenas experimental puede darse a esa tradición intuida el nombre que parece corresponderle: la nada (creatio ex nihilo).

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La nada es el mayor estancamiento imaginable (si es en realidad imaginable). El todo es lo opuesto a la nada, y sin embargo parece absorbido por ella, tendiente a la disolución (entropía). El orden parece jaloneado por el caos a cada segundo, a tal grado que la palabra “orden”, que parece fija e inmutable, debe cambiarse por un término que refleje mejor su carácter efímero y provisional: “ordenamiento”. El caos es una reducción, y la lucha contra el caos implica lo contrario: la expansión, el crecimiento. Esa parece ser la función de la ruptura: provocar a cada tanto un crecimiento que compense a la reducción paulatina del orden hacia el caos, del todo hacia la nada.

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Si el todo se va reduciendo inevitablemente, cuando llega a un punto crítico en esta reducción, la ruptura le provoca un crecimiento. Es una prórroga: crece para recuperar en parte el tamaño que tenía; escapa por un tiempo del punto crítico. Por un tiempo, puesto que la reducción continúa y el punto crítico sigue acercándose de nueva cuenta en el horizonte.
          ¿Es esto lo que representa el péndulo metafórico, la sucesión de ciclos? Si existe este “gatopardismo cósmico”, ¿ha sido manipulado y sustituido por un gatopardismo civilizado?
          El dictum según el cual la naturaleza aborrece al vacío, significa “el orden odia al caos”, o “el todo detesta a la nada”. A este dictum se ha añadido otro: “la civilización aborrece a la naturaleza”, que significa “la tradición odia a la ruptura”, precisamente porque depende de ella: tal dependencia humilla a la mentalidad civilizada, y por ello ésta se venga manipulando a la ruptura, ordenándola, incluso diseñándola según el discurso de la conveniencia.