miércoles, 26 de octubre de 2011

Fragmentario (IV) (Etimología-ficción latina)

DGD: Textil 64 (clonografía), 2009


a Arno


Aspicio, aspexi: Mirar, contemplar

“Con auspicios de”: bajo la mirada protectora. “Auspiciar”: no sólo contemplar, sino crear para mirar.

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Cernire: Ver, discernir

Cernir, discernir: ver es filtrar.

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Coitum, coire: Ir juntos

Ir juntos. Venirse cada uno. Aunque se vengan juntos, estarán separados por el mismo retorno. Sólo en la ida estarán realmente juntos, y cuando se vengan retornará cada uno sin recordar a dónde fueron juntos y lo que ahí hicieron.

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Concreto: Que ha crecido con

Concreto es lo que ha crecido con uno. Abstracto es lo que acaba de nacer, o lo que no ha nacido, o lo que no ha crecido con uno sino lejos, quién sabe en dónde.

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Fiat: Hágase
Fieri: En hacerse


La orden genésica Fiat Lux (“Hágase la luz”) es una mala traducción del lenguaje divino. Se trata de una traducción sucesivista que convierte a una creación plural y simultánea en un acto único e irrepetible. Menos equívocos habría habido si en el canon se hubiera registrado la orden como Fieri Lux. No “Hágase” sino “Dé en hacerse”. La luz hecha sólo puede contemplarse desde fuera, lo mismo que sucede con la frase hecha y el hombre hecho. En cambio, de la luz por hacerse (o mejor, en hacerse), sólo podrían desprenderse una frase que nunca puede terminar de pronunciarse y un hombre haciéndose sin fin. La luz no significa nada si se mira desde fuera; el hombre carece de sentido si se concibe como mero espectador de un universo ajeno, incomprensible, indiferente y amenazador. La luz y el hombre no han sido “hechos” sino dados en hacerse: fueron hechos para darse y fueron dados para hacerse desde dentro.

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Libro, librare: Equilibrar

Un equi-libro. Un libro equidistante de todos los equilibrios. Un libro que equilibra a todos los equilibrios. No otra cosa es un clásico. No otra cosa sueña todo escritor: un libro que se mantenga en su equilibrio tal como el mundo se mantiene en el suyo. Un libro que nos haga sentir el modo en que todos los equilibrios son uno solo.

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Loco: Lugar
Locutusest: Habló
Loquor, loqui, locutus: Hablar


Hablar es hacerse un lugar. El loco es el que habla sin que lo que dice tenga por función primaria localizar, localizarse. El loco habla por todo lo que no tiene lugar.

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Bona nullius: Bienes de nadie

Gran pregunta: los bienes en plural son de nadie. Y como nadie no puede pluralizarse, porque es a la vez singular y plural, también puede decirse “el bien es de nadie”. ¿El mal, por tanto, es de alguien? ¿Es el mal el que arranca a uno del bien de nadie bajo la promesa de convertirlo en alguien? ¿Es la identidad el mal?

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Alma mater

Los latinos llamaban así a la patria; hoy se dice de las universidades y, por extensión, de las escuelas formadoras. Máter, explican los estudiosos, se escribe con tilde. Y agregan, misteriosamente, que “Con artículo es la alma máter, ya que alma no es sustantivo”. Una cultura para la que el alma no es sustantiva, ¿en qué se sustenta? En la materia, acaso responderán los académicos, es decir en el cuerpo. Pero será en un cuerpo sin sustento. Y, peor aún, será una materia sin mater. Un mundo desalmado es aquel al que se despoja de su carácter generador (generatriz) de alma madre.

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Homo absens: Hombre ausente
Homo esuriens: Hombre hambriento, necesitado
Homo sapiens: Hombre que piensa


En orden alfabético: primero Absens (no está, no se halla), luego Esuriens (está porque tiene hambre; se halla porque necesita), y sólo entonces Sapiens (se da cuenta de la Trinidad, del orden alfabético de su creación). Es entonces que surge el Absens de la siguiente escala. Tres rostros simultáneos que se alternan y complementan en una espiral sin fin.

Pero el Sapiens ha destruido al Absens y al Esuriens. Vivimos los resultados de haber petrificado al pensamiento y de haberlo convertido en el tirano absoluto que sólo cree en lo que está, que se considera hecho y cerrado, y que no cree tener más necesidades que las que le proponen la materia y el poder.

Homo sapiens se entiende generalmente como “El hombre que piensa”. Circula por ahí una definición iluminadora: “El hombre que empieza a pensar”. Sapiens es sólo el punto de partida, la promesa, el principio del salto. Mientras no lo dé en verdad, seguirá siendo Homo absens en exclusiva. Porque antes que Sapiens es Esuriens, hambriento de sí mismo. Y antes que Esuriens es Absens, expresión de lo invisible y lo inmaterial a partir de lo cual debe emprender una constante creatio ex nihilo (“creación a partir de la nada”).

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[Leer Fragmentario (V).]


sábado, 15 de octubre de 2011

Fragmentario (III) (tercer aniversario del blog)

DGD: Paisajes-Serie azul 10 (clonografía), 2008


[Con estos fragmentos celebramos el tercer aniversario de este blog. Gracias a los amigos por su apoyo. (DGD)]


El papalote
_____________________a José Juan Tablada

Se me va de las manos el papalote.
Para mí es la caña del pescador;
Para él soy el ancla.
¡Ya quisiera romper el hilo
y volver a casa!
El papalote es mis manos
que quieren asir
todos los cielos.

*

Un amor

Un amor en el que dos sabidurías inocuas
se vuelven una ignorancia capital.

Un amor para ver de cerca
lo más lejano.

Un amor sin violetas oscuras.
Un amor de girasoles.

*


El silencio

El silencio es también ausencia de sentido. Por eso se dice el sentido y no el pensado, porque el sentido se siente antes de decirse, y también porque debe decirse si es realmente sentido.

*

El artista
(un armónico)



                              a Pal Kepenyes

Necedad
(Sí)
Nece(si)dad

*

La sombra

La sombra se oculta
en el punto ciego
entre los rayos de luz

*

Abril/libra

a Aída Espino

El signo zodiacal libra debería caer en abril. No sólo por la magia anagramática, sino por el equilibrio perfecto del mes más cruel y el signo más abnegado.

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Regla y excepción, I

Uno sólo aprecia la excepción una vez que ha comprobado cuán extendida está la regla. En casa y antes de salir al primer viaje exploratorio, los milagros son invisibles, es decir anodinos, tan comunes como todo lo demás.

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Regla y excepción, II

Lo terrible de la excepción es que, si se repite (y nos basta una excepción que se parezca lo suficiente a una anterior), forma una regla. Y la excepción de una regla hecha de excepciones es una regla sin excepciones: el orden más conservador que pueda imaginarse, el más monolítico: el sueño de todo dictador. Es a eso a lo que Occidente llama tradición. Por eso el poder, cuando detecta la presencia de una verdadera excepción, no la combate con afán de destruirla: al contrario, le ofrece un terreno propicio para que se reproduzca y parezca repetirse.

*
Soledad


Esta soledad de la que te precias es una mera coquetería. No hay soledad si no se está entre los hombres. Los ascetas que se aíslan en una montaña se vuelven montañas. Los eremitas que se destierran a un desierto se convierten en desiertos. Incluso los estilitas que se elevan en una columna se transforman en columnas. Es necesario estar, sin diferencias, entre los hombres. Cada uno tiene una soledad única e irrepetible, aunque no lo sepa o no quiera saberlo. Hay que estar solo entre los hombres para seguir siendo hombre.

***



jueves, 6 de octubre de 2011

Canto a la pérdida de nada

DGD: Paisajes-Serie ártica 15 (clonografía), 2008


La peor de las pérdidas
Es la de lo que nunca se tuvo

Si te hubiera tenido
Extrañaría al menos algo

Pero desterrado absoluto de ti
Extraño nada

Y si es nada lo que me devasta
¿Por qué es como si lo hubiera perdido todo?

¿Es tan poco el todo
Que puede tan fácilmente perderse por nada?

¿O en esa nada que no tuve
Iba un todo ávido de perderse?

Extraño lo que no tuve y era mío
Y era mío porque no lo tuve

La peor de las pérdidas
Es la de lo que nunca se tuvo

Por eso nos duele tanto
El paraíso

domingo, 25 de septiembre de 2011

Dialéctica de lo ordinario

DGD: Textil 34 (clonografía), 2001




Nadie es ordinario. Nadie es común. La masa no existe. Pero nadie se salva del trance por las burocracias. Cuando uno está en una fila de personas esperando a hacer uno de los infinitos trámites que la vida en sociedad impone, ve cómo casi todos los demás navegan satisfactoriamente, con mano y pie seguros, y salen avante de esas experiencias infernales, sin rastros, sin resacas, sin demoras. Entonces uno comete el pecado de confundir ese talento para la navegación con la característica de “la gente” y comienza a repetirse “soy como ellos, soy ordinario”, en un angustiado deseo de navegar con igual pericia, de salir avante, de abandonar la fila de personas con la misma naturalidad, con la misma liviandad, con la misma certeza (que es una forma de la fe) en el funcionamiento de la maquinaria.

Uno se miente, claro está, y esa frase equivale en realidad a “quiero ser como ellos, quiero ser ordinario al menos en este trance”, porque nos hemos dado cuenta de que las burocracias son metáforas de la inconciencia y de que estar consciente de ellas es severamente castigado: veo que todos han hecho los mil trámites necesarios para el trámite final (pero nunca hay un trámite final: éste no es sino uno de los mil trámites del siguiente nivel, y así hasta el final de los tiempos, como bien supo Kafka), y que los han efectuado con ligereza, como sin darse cuenta, y todo les sale bien, mientras que yo he hecho cada uno de los trámites estando consciente de la tortura, de la humillación y del oprobio, y entonces hay un papeleo que hice mal y que vuelve inútiles a los restantes 999 y entonces debo recomenzarlo todo como suprema punición porque he pasado despierto por las interminables colas, los infinitos resellos, las pavorosas revalidaciones.

Y sí, la maquinaria funciona, uno sale avante, y también funciona en las conversaciones casuales, en las reuniones más o menos solemnes, en las salidas a ese Ministerio de la Oscuridad que son los media. Uno aprende a repetir esas frases (“soy como ellos, soy ordinario”) como si se pusiera un disfraz o un camuflaje usado por otros, como si fuera un mantra de invisibilidad, un conjuro de protección. Claro, uno comete el error de pensar que los otros son ordinarios justamente porque se ajustan tan bien a las maquinarias de la ordinariedad. Uno los vuelve masa para disolverse en ella “temporalmente”, hasta que el trámite, el impuesto, la encomienda hayan terminado y uno pueda volver a sus cosas, a lo que no es burocracia o al menos se niega a serlo. Y lo que sucede es que a fuerza de repetir “soy ordinario, soy común” para que la maquinaria no nos trague, para que las alarmas no suenen ante la presencia de un no ordinario, de un supernumerario, uno termina volviéndose numerario, es decir ordinario. Yo volví ordinarios a los demás y tal hechizo no puede quedar sin retroalimentación, sin carambola de regreso. Ahora yo soy ordinario en verdad, y lo es también ese otro a mi lado que hizo lo mismo, y otro más allá, y otro, y entonces sí, entonces ya hay “gente común”, ya hay promedio, entonces la burocracia ha cumplido su ciega misión más sagrada, la masa ha nacido como supremo y desesperado esfuerzo de salvación.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Un texto de Praxedis Razo sobre Mil usos curativos del fuego

DGD: Textil 77 (clonografía), 2008



Fantasía calemburesca
(Daniel González Dueñas: Mil usos curativos del fuego,
Ediciones Intempestivas, Monterrey, 2011)

Praxedis Razo




Oh, Daniel, de nuevo nos pusiste a balbucear tus palabras, porque esta poesía ingenieril sólo se halla en la voz de cada lector. Tus versos truculentos son trampas para osos, diseñados especialmente para no callárnoslos, duras y espinosas invitaciones a cantarlos, a saborearlos en el paladar, y luego a pensarlos, a darles formas:

_______oh, mi no sagrada, vas taciturna, ensimismada
_______ominosa grada basta si tu urna en sí misma da

____________________________(“Urna”)

De nuevo, Daniel, nos mostraste una cara nueva, distinta a la del bloguero puntilloso y disciplinado, exigente y alejado del bullicio. Atrás dejaste, por el momento al menos, a los nutricionales ensayos de cine, a la amada amadísima Rosa Blanda, a la evidencia del hombre invisible, pero no tan alejada de la poesía elemental —que no evidente— de La raíz eléctrica, tan impresionable como tus

_______mil usos curativos del fuego
_______mi luz oscura a ti, voz del fuego

_____________________(“Fuego”)

En donde además de aprovecharte del lector de pasadita, que quizá entienda poco, casi nada, de lo que pasa entre pasta y pasta, aprovechas para rendir tributo a un escritor que espero ya esté aplaudiéndolos, Gabriel Zaid, a quien dedicas gustoso tu sección “Armónicos de amortiguador de fogonazo”, y es el celebérrimo autor (por lo que ha sabido callar) de esta joyita quasi infantil, si los niños de ahora no padecieran de bibliotecas tan especializadas:

_______¡Qué gusto da lo mismo!
_______Describir lo mismo.
_______Repasar lo mismo.
_______¡Qué sabroso es lo mismo!
_______Encontrarse en lo mismo.
_______¡Oh, mismo inabarcable!
_______Danos siempre lo mismo.
______________(Gabriel Zaid: “Elogio de lo mismo”)

Y que seguramente te abrió puertas lexicosemánticas para meter las manos en este ardid de juegos escabrosos, tanto o más que la aparentemente dócil estrofita de cuatro versos heptasilábicos que por lo menos todos los poetas deberían conocer:

_______y mi voz que madura
_______y mi voz quemadura
_______y mi bosque madura
_______y mi voz quema dura
______________(Xavier Villaurrutia: “Nocturno en que nada se oye”)

Del que además tomas su aire de mantra tribal a lo largo de tu libro, que casi al azar sale volando este calembur, que es comparable, en precisión, belleza y entretelas, al de Villaurrutia:

_______sí, yo vi era
_______si yo viera
_______si lloviera

______________(“Eras”, fragmento)

Este Mil usos curativos del fuego no esconde nada al lector, tengo que decirlo. Las instrucciones de vuelo y las salidas de emergencia están aguardando a la primera ojeada. Ahí están nuestra querida Helena Beristáin y su impagable Diccionario de retórica y poética, por supuesto don Xavier Villaurrutia, acompañado del brazo de Ramón Xirau que lo explica, y un breve prólogo-pórtico que, a manera de la mejor versión de las wikipedias (me refiero a las que tienen carácter), es breve, arbitrario, encantador y conciso. Pero además se convierte en un tratado ortográfico de nuestra lengua, y un florecimiento y caída de la propia figura retórica convocada, pues parte de cero, en la página 5, y llega a su máximo esplendor en la 79.

Rápidamente llega lo extraordinario. Comienzan a desfilar frente a nuestros ojos estos hallazgos musicales, organizados en distintos estilos armónicos: los transparentes, haikús acalambrados:

_______adiós, amor tajado
_______a Dios amortajado

______________(“Amor tajado”)

Los armónicos de amortiguador, atrevimientos dactilográficos que comienzan a darnos un golpeteo más fuerte en la boca, toda vez que sacan chispas de genialidad cuantificable:

_______a ser que sea ser: quedan doce así
_______hacer que se acerque dándose a sí
_______acérquese: hacer que, dando, sea sí

_____________________(“Doce”)

Y en donde se encuentran, quizá —no lo investigué tan obsesivamente—, las únicas estrofas prosísticas en español… o casi de cualquier idioma (“Pira tabernáculo”).

Los armónicos de galope, atrapalenguas brillantes, que ya los hubiera querido en mi infancia de “di ‘bronca’ muchas veces: bronca, bron ca, bron, cabrón, cabrón”, hechicerías de abracadabra, ¿no? Y aquí una nota que quizá llegue a ser un recordatorio trivial: el poema con el que cierra esta sección, “Simiente”, me recordó a la magnífica obra automática que con tanta ceremoniosa entrega Jack Torrance escribía con su ruidosa Olivetti en El resplandor de Kubrick, porque no he leído —ni sé si sea necesario— el de Stephen King.

Los armónicos circulares, probablemente los más ambiciosos, aunque no los más bellos. Cabe destacar, entre todo lo destacable de este libro, otra obra pionera al interior de esta pionerísima construcción silabárica: “Asterión”, que es una especie de diálogo dramático, homenaje al joven Cortázar, creo yo, hecho con base en medidos calembures, perfectamente escenificables.

Y el cierre de los entrañables armónicos poligonales, con los paronomásicos, quizá los más libres, los que llevan a su límite este juego imposible, y los armónicos onomásticos, cátedra en la cual yo incursioné para lograr, con mucho trabajo, traerles un regalito burdo y maquinario con el que termino:

_______¡Oh, Daniel!
_______O dan hiel,
_______u oda ni él.


*

[Texto leído en la presentación del libro Mil usos curativos del fuego, agosto 24 de 2011.]

martes, 6 de septiembre de 2011

Un texto de Ana Alonzo sobre Mil usos curativos del fuego

DGD: Textil 116 (clonografía), 2010

Mil usos curativos del fuego, de Daniel González Dueñas
(Ediciones Intempestivas, Monterrey, 2011)

Ana Alonzo

A Daniel,
Adán y él


Quizás el principio de esta presentación tenga que ver con ese principio, lejano y secreto, que San Juan dicta en su evangelio: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Éste era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas” (Jn. 1:1-3). La inauguración del mundo, de la vida humana y de todo lo sagrado que hay en ella, viene de la palabra, del Verbo. Y este principio fue el que Adán, el primer hombre según la tradición judeocristiana, siguió en cuanto fue insuflado de vida por Dios, al sexto día de la Creación.

En el Génesis se menciona que la primera tarea encomendada a Adán fue labrar y cuidar el jardín del Edén. Viendo que el hombre estaba solo, “Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera”. Este pasaje bíblico nos obliga a imaginar que, para Adán, “aquél que es hombre”, “aquél hecho de barro”, no fue tarea fácil nombrar, por ejemplo, las 2,400 especies de aves, pues, aunque Adán las nombrara genéricamente, al menos doscientos nombres tuvo que otorgar, sin contar los nombres de los animales domésticos y las bestias del campo. Aunque parezca ingenua esta suposición, lo cierto es que la tarea fue ardua para Adán, pues inmediatamente después de mencionarla, se lee en el Génesis que “puso Adán nombre a toda bestia y ave de los cielos y a todo ganado del campo; mas para Adán no se halló ayuda idónea para él”.

Nombrar, dar a los animales una identidad única a través de la palabra (es decir, hacerles un llamado al que pudieran responder, en todo momento y en cualquier lugar), supone un esfuerzo, una búsqueda de auxilio y de “ayuda idónea” que Adán no halló, aun cuando hubo sido hecho a imagen y semejanza de Dios.

Si todo fue creado por el Verbo divino, lo que se solicita a Adán es que, como primer hombre en el Edén, continúe la labor creativa del Verbo, y siga ejercitando el arte de discernir la esencia de cada una de las cosas creadas. Podemos imaginar entonces a un Adán que sabe reconocer la naturaleza marítima del albatros, las costumbres nocturnas del búho, la habilidad cazadora del águila o la inmovilidad en el aire que sólo el colibrí consigue.

Cuando Adán prolonga el acto creativo del Verbo, lo prolonga también en un acto amoroso y constante, pues de dónde sino del amor surge la capacidad para ver y reconocer en cada ser viviente aquello que lo hace único, especial e imprescindible para su Creador.

Si para este primer hombre la primera tarea fue usar el Verbo divino, quizá debamos hacer un pequeño homenaje a todos aquellos que se han dedicado a prolongar esa tarea creativa y, a través de ella, lograr que podamos reconocernos, unos a otros, a través de la palabra.

Entre Adán y Daniel no hay una línea de tiempo, hay un espacio de ecos. Los ecos del Verbo aquel que inaugura emociones, ideas y afanes, cuando nos permitimos dar tregua al ruido circundante.

Daniel, como Adán, más que nombrar, repite ese sonido primigenio. Ambos lo repiten sin imitación, sin duplicación, sino más bien, hallan el sonido que, en su pronunciación, es distinto, pero igual en su silencio, en su origen.

Pero aquí debemos hacernos un par de preguntas: ¿puede haber ecos distintos?, ¿puede haber un eco del silencio? Es oportuno citar a Daniel para dar respuesta a estas interrogantes. Cuando escuchamos “Mil usos curativos del fuego”, captamos un eco, esto es, un significado peculiar, único. Sin embargo, cuando con este mismo verso Daniel nos hace escuchar “Mi luz oscura a ti, voz del fuego”, tenemos un eco distinto de aquello que, en su principio, fue igual. Ese principio no es otro que el silencio, ese lugar en que anida el Verbo antes de volar a nuestros oídos.

Más que enfatizar un tono en ciertas palabras para cambiar su significado, lo que diferencia a estas frases no es meramente el empeño pianístico de presionar las teclas para conseguir notas altas o notas bajas. La diferencia es el silencio que media entre un eco y otro, entre un significado y otro, pues es el silencio, justamente, el que purifica a la inmovilidad del pensamiento. Si escuchamos la enumeración “sol luna agua acero”, nuestra mente fija la secuencia. Sin embargo, Daniel nos invita a escuchar, en una sucesión insólita, aquellos ecos que las palabras esconden y, entonces, nuestra mente se libera de fijaciones para rodar con los sonidos:


_______sol luna agua acero
_______sol, un aguacero
__________un agua cero
____________agua ser o


Más que un juego de palabras, es un juego de silencios. Cuando estos silencios se abren paso en las letras, encontramos caminos de agua, caminos de una transparencia semántica que no imaginábamos. Escuchemos, por ejemplo, cómo se acomodan los silencios en el siguiente verso: “cómo pesa no nadarte”. Aquí los silencios, como el agua, atravesaron ciertas letras. Pero, tal como afirma Heráclito, “nadie se baña dos veces en el mismo río”, así que este silencio caudaloso, al pasar por las mismas palabras, abre otro camino semántico, uno que adquiere un tono más alegre que el primero: “como pez anonadarte”.

Daniel González Dueñas, en el poemario Mil usos curativos del fuego, nos enseña a nadar en esos ríos de silencio y a descubrir la fluidez de los sonidos. A través de los cincuenta y dos poemas que conforman el libro, el poeta ejercita nuestra capacidad de escucha y de asombro. En cada poema se podrán percibir los ecos de ese Verbo primigenio, y se podrá participar también de esa tarea que compartimos con Adán, no de nombrar, como él, sino de renombrar. Tarea no más o menos difícil sino igual de fascinante, tal como se descubre en estos poemas que Daniel llama armónicos, en lugar de ecos.

Para Daniel, el nombre de “armónicos”, como bautiza a los juegos sonoros que se consiguen usando otras figuras retóricas, como la jitanjáfora, el palindroma o el calembur, es más preciso que estos nombres porque surgen, no del encanto fácil del juego (como las mencionadas figuras retóricas), sino de una búsqueda del sonido fundamental a través de dos caminos: la vibración de las palabras y la ondulación de los silencios.

De esta manera, creo, deben comprenderse los hallazgos tan radiantes que Daniel comparte con nosotros. Uno de ellos es el poema “Asterión”, en el cual los personajes de ese mito se presentan como un coro griego para recordarnos que la existencia es recorrer un laberinto, y que en el centro hay un minotauro, un Asterión que no espera a alguien que pueda salvarlo, sino que ora para salir del laberinto de sí mismo. Escuchemos su canto: “Asterión, para salir de Minotauro, ora”. Escuchemos también a Teseo, su redentor: “Teseo: Sea nocivo, ya hogar mentí”. Pero en el revés de esta historia, Teseo también dice, quizás a Ariadna, quizás al Minotauro: “Te sé océanos y voy a ahogarme en ti”.

El eco de Adán, en Daniel, toma diversas formas: la de un Cometa, un Delfín, un Camino o un Desierto. Cada una de estas formas da título a respectivos poemas de este libro, y es admirable cómo los sonidos llegan con las formas. La luna, por ejemplo, aparece con estos sonidos:


_______Luna a ti, cósmico sol, vida a dos,
_______Lunáticos micos olvidados

_______Sólido neón hace lunática
_______Sol idóneo nace: luna ática.

_______Simios curan a tu raleza
_______Sí, mi oscura naturaleza.


Las llamas, por ejemplo, no habían tenido un sonido tan fulgurante como su naturaleza:


_______Sí, nacerme llamas
_______Sin hacer mella, mas
_______Sin hacerme ya más
_______(sin nacer me llamas).


Ya sea que esas formas sean circulares, transparentes o poligonales (tal como se nombran tres de las cinco partes que conforman el libro), todos los armónicos son amortiguadores de fogonazo o galopes en tiempo de suspensión (tal como se llaman las otras dos).

Paul Valéry alguna vez dijo que “el verdadero poeta es el que inspira”. Por tanto, creo que quienes se acerquen a este libro, estarán tentados a continuar la tarea de buscar las resonancias de esos sonidos fundamentales. Daniel, al menos, inspiró a esta lectora a buscar un armónico y a encontrar un eco, que es el siguiente y con el cual cierro esta presentación:


_______A Daniel
_______Adán y él
_______nadan en la nada
_______adivinan:
_______Adán a Daniel
_______Él a nada
_______nada a Nadie
_______Nadie a él.


*



[Texto leído en la presentación del libro Mil usos curativos del fuego, agosto 24 de 2011.]

viernes, 26 de agosto de 2011

Límites

DGD: Paisajes-Serie azul 15 (clonografía), 2008



Aquí estoy con toda mi presencia.
Mi alma gris. Mi corazón distante.
Otra cosa no tengo. Ni he tenido.
Y sin embargo, falto.

Falto en mi corazón. Huyo en mi sangre.
Mi alma siente su humedad de nada.
Y sólo tengo como mío, el fondo
Del propio abismo que nos crece dentro.

Roque Vallejos




El mar sólo se deja sentir en sus límites. A medida que la mirada desde la costa se aleja hacia el horizonte, el azul se va aquietando de tal manera que a lo lejos no es sino algo tan inmóvil como el cielo. Pero basta ver cómo y de qué manera se mueve en la orilla, cómo la ola rompe, esa ola que ha sido engendrada en la quietud, en la aparente inmovilidad del azul de lontananza, y que ha venido acercándose, cobrando cuerpo, cargándose de sí misma, hasta culminar en eso que llamamos rompimiento, ahí, justo en el límite entre mar y tierra.

No sólo el mar: también su espejo en el cielo. En la nube que está sobre nuestras cabezas podemos apreciar ese otro oleaje, el hilado y deshilado, el irse descargando de sí misma, mientras que las nubes lejanas —sobre todo aquellas que se posan sobre el límite entre cielo y mar— nos parecen inmóviles.

Lo mismo sucede con los árboles agitados por el viento. Lo que más se mueve es la parte más alta del follaje, la más fina. A medida que la mirada baja, hay menos y menos movimiento hasta llegar al tronco y a la quietud con que se asienta en la tierra. Una gradación de movimientos: del tronco a las ramas inferiores, y de ellas a las superiores, y de ellas a las hojas y así, en lo más alto, a la danza espléndida que son los árboles que creemos quietos.

Tampoco la montaña debe estar tan quieta como nos parece.

No. Toda esta naturaleza no es indiferente: sólo está absorta. Es como la parte más lejana de mi conciencia, equivalente al romper de la ola, al destejerse de las nubes o a los ramajes más altos y delgados.

En lo más quieto está lo más raudo. Lo que llamamos límites no son sino los cambios de ritmo, la síncopa que aumenta, la percusión que se acelera.

El mundo sólo se deja sentir en los límites, precisamente para sabernos ilimitados.


*


[De Ónfalo, nuevo material.]





lunes, 15 de agosto de 2011

Los que saben no hablan

DGD: Paisajes-Serie ártica 17 (clonografía), 2009


Un antiguo principio del Zen rinzai indica: “Los que saben no hablan; los que hablan no saben”. En la “era de la información”, la práctica mística de la iniciación puede actualizarse de este modo: “Los que hablan están informados, algunos de ellos conocen, ninguno sabe. Los que saben no están informados, algunos de ellos conocen, ninguno habla”.

Estar informado es con frecuencia el mayor impedimento para conocer. Conocer es con frecuencia el mayor impedimento para saber.

“La sabiduría no conoce, pero ilumina la más profunda hondura”, dice la doctrina Zen.

La “era de la información” comete la falacia de considerar al conocimiento como punto medio entre estar informado y saber.

Los que están informados confunden información con conocimiento. Esa confusión los hace perder por completo el contacto con la sabiduría.

Los que saben no necesitan el conocimiento, pero algunos lo buscan por elección y casi por gusto. Casi todos ellos se desentienden por completo de la información, pero unos pocos la acumulan como entrenamiento, e incluso, a veces, llegan a hablar como amorosa penitencia.

Entonces dicen, con Antonio Porchia: “Hablo pensando que no debiera hablar: así hablo”. Pero hablan. Y el porqué hablan es claramente expuesto por otro hombre que sabe y habla, Tomás Segovia:



Hablar es desarmarse porque es estar siempre en falta abiertamente. Es cierto pues que seul le Silence est grand, tout le reste est faiblesse. Pero esta debilidad puede ser el principio de una fuerza. El que se transporta, el que habla y con ello abre la puerta a la duda, el que se explica y de ese modo se descubre, el que se expresa y por tanto nunca coincidirá exactamente consigo mismo, el que se delata y se traiciona, en fin, renuncia a la victoria. Lo cual no significa necesariamente que esté por debajo de la victoria. Puede quizá aspirar a una victoria más alta, no sobre el contrincante, sino sobre la guerra misma. [...] Perderse en explicaciones es correr efectivamente el riesgo de perderse. Pero todo lo que puede perderse puede también salvarse, e incluso sólo eso puede salvarse.

Las escuelas esotéricas y herméticas de Occidente asumen el no hablar como ocultar; de manera muy distinta, Oriente denuncia la total incompatibilidad de la sabiduría y la razón, y ante todo la racionalidad del lenguaje. El occidental calla para mantener en secreto de élite las claves y principios; el oriental no habla porque considera que la verdadera iniciación es ajena al pensamiento discursivo y que la verbalidad racional sólo produce falsas iluminaciones.

En un momento en que Occidente se ha extendido a casi todo el mundo y ha impuesto su cultura basada en la información, saber ya no puede ser el antagónico de hablar. El que sabe debe hablar, aun con todos los “aunques” imaginables: aunque nuestra modernidad coloca a todo hablar en un mismo nivel superficial equivalente a hacer ruido con la boca; aunque vivamos en una verborrea diseñada por el poder para enmudecer el sentido y mantenerlo mudo; aunque haya tantos informados y conocedores que hablan casi como tiros al aire, esperando que de modo espontáneo y azaroso adquirirán (así lo dicen) alguna sabiduría, o al menos ese simulacro que tanto deslumbra en las academias.

De ahí la amorosa penitencia del que sabe y habla. Sabe que no debería hablar, pero habla. Se dirige a todos, amorosamente, y no sólo a aquellos que saben que escuchar es la forma más íntima de saber. Porque también sabe que su palabra habrá de distinguirse de la de los que hablan sin saber, y que un día será la única palabra posible: la que se expone, descubre y desnuda, la que se pierde para salvarse.


sábado, 6 de agosto de 2011

Tiempo y control

DGD: Paisajes-Ciudad alienígena 13 (clonografía), 2001


Desde épocas remotas se ha cultivado la idea según la cual medir es controlar. Gran ejemplo es el tiempo y, con él, ese mecanismo de larga historia y cuyo nombre es reloj. Las antiguas civilizaciones observaron que el universo era modular: el día y la noche o los ciclos de la luna eran sucesivos, pero esa sucesividad no se cerraba en sí misma: era la expresión de una portentosa simultaneidad. Para el hombre “arcaico” medir el tiempo no era controlarlo sino reconocerse parte de esa expresión cósmica. Desde el presente concebimos a esos hombres como encerrados en una maquinaria de ominosa regularidad a la que debían adaptarse (tal como hacemos nosotros, que todo lo definimos como maquinaria), pero ellos no se contemplaban de ese modo. Aún no había nacido el tiempo como invención humana de control.

Tres milenios antes de Cristo, los chinos (y más tarde los egipcios y los incas) usaron el reloj de sol: brillantemente notaron que la sombra de una arista dispuesta sobre un disco podía marcar fragmentos del día a los que luego se llamó horas. Sin embargo, las noches y los días nublados quedaban sin medida (es decir sin la ilusión de ser “controlados”); los romanos solucionaron en parte ese problema por medio de velas con marcas regulares cuyo propósito era sentir las horas nocturnas.

El siguiente paso fue apoyarse en el agua, que era otro fluir semejante al del tiempo: en Babilonia, Egipto, Grecia y Roma se impuso el bello diseño de la clepsidra, en la que más tarde el agua se cambió por arena: otra forma de flujo, como sabían los hombres que veneraban el desierto. (Vitrubio habla de un reloj de aire cuyos pormenores nos son desconocidos.) Alfonso el Sabio cuenta que hacia el año 1267 se fue afinando el mecanismo de movimiento rotatorio continuo cuyos antecedentes se remontan a los ilustres nombres de Leonardo y Galileo.

Hacia principios del siglo VIII los relojes de pesas adornaron las torres de las iglesias europeas, imagen simbólica de la eternidad divina. Era, en efecto, una forma de control, pero no del tiempo sino de los fieles, que a cada tanto debían volver las miradas hacia la iglesia para medir el tiempo (y aunque no lo hicieran, las campanadas les recordaban no sólo sus obligaciones religiosas sino su lugar subordinado en el universo). Si ya para la ciencia de la época el mundo era un mecanismo, la iglesia lo convirtió en un reloj cuyo centro inalterable era la institución religiosa. Las torres “laicas”, como la de Londres, se basaron en el mismo principio, sólo que sustituyendo la omnipresencia divina por la del poder del Estado.

Fue justamente en un grupo de refugiados que huían de las persecuciones religiosas y que hacia el año 1535 se ubicaron en los Alpes suizos, que comenzó la idea de construir un reloj que midiera el tiempo humano en independencia de la ominosa eternidad que la iglesia había monopolizado. Así nació el reloj del que el herético Harry Lime se burla cuando en The Third Man (1949), desde la historia de Graham Greene y la cínica voz y expresión facial de Orson Welles, emprende su célebre elogio del mal como motor de la historia: “En Italia durante treinta años bajo el dominio de los Borgia hubo guerra, terror, asesinatos y baños de sangre, pero produjeron a Miguel Ángel, a Leonardo da Vinci y al Renacimiento. En Suiza proclamaron el amor fraterno: tuvieron quinientos años de democracia y paz, y ¿qué produjeron? ¡El reloj cucú!”.

Todos los cronómetros están sincronizados, en el sentido de que existe un acuerdo universal en la medida del tiempo: en todas partes se “controla” el devenir de igual modo. Por eso es tan interesante el reloj japonés o wadokei, que medía las horas tradicionales de esa cultura; sucedió que el reloj occidental, llevado a Japón por misioneros jesuitas y comerciantes holandeses en el siglo XVI, fue adaptado a husos particulares del Japón; el primer paso fue dotarlo de seis unidades de tiempo diurnas y seis nocturnas. Mientras que los relojes europeos medían horas siempre iguales, el wadokei variaba con las estaciones: las horas diurnas duraban más en verano y menos en invierno, y a la inversa. Lo fascinante es que este reloj iba hacia atrás: la hora novena comenzaba a medianoche; luego venían la octava y la séptima; la sexta marcaba el amanecer; después de la quinta y la cuarta, al llegar el mediodía se retornaba a la hora novena (no se usaban los números 1 a 3 porque ellos estaban reservados al ámbito de lo sagrado). Además, a cada hora correspondía un signo del zodíaco oriental. Este meritorio —y complejo— esfuerzo por mantener unidas la sucesividad y la simultaneidad terminó en 1873, cuando el gobierno japonés se avino al estilo occidental: desde entonces también en Japón hay igualdad con el calendario gregoriano y horas desgajadas del sustento arquetípico.

No es el único ejemplo de una gran pérdida: también en Mesoamérica había un calendario, el Tonalpohualli, y la versión maya, el Tzolkin, que medían el tiempo de acuerdo con una visión integral: el orden humano coincidía con órdenes mayores y medir no era controlar sino sincronizarse. Las cuentas cortas (kalendarium: libro de cuentas) eran parte de las cuentas largas, y la más larga estaba presente en la más corta. El tiempo no era una máquina opresiva consagrada a la producción sino un organismo vivo, consciente. Ahora se mide; antes se contaba, en el mismo sentido en que se dice contar un cuento o un mito.

Y aunque en el siglo XX y el XXI la industria relojera es ya cuestión de robótica, cuarzo, sistemas numéricos y fibra óptica (y, sobre todo, en que los relojes son símbolos de distinción y de clase), la ilusión es la misma: el hombre cree que controla el tiempo pero en realidad es controlado por él, y a tal grado, que la simultaneidad ha desaparecido por completo de la mentalidad humana. Miramos las manecillas que como cuchillas nos dividen en tajadas el día y la noche, pero ya no contemplamos la carátula misma en conjunto, que contiene todos los signos a la vez.

Ese era uno de los portentos que lograba el wadokei con su sola presencia: el hecho de numerar los fragmentos de tiempo con una numeración inversa (de 9 a 4) era un conjuro mágico que permitía a quien se regía por él mantener viva la certeza de que el ir hacia adelante no es la única dirección posible del tiempo. Las repercusiones de este conjuro son profundas e inagotables; la más inmediata es que el japonés se liberaba de la esclavitud con un simple cambio de mirada. El occidental se concibe como esclavo del tiempo, pero lo es del poder que ha inventado el tiempo exclusivamente sucesivo como una “carrera contra el reloj” sin posible escapatoria.

Lo que los relojes omnipresentes miden no es el tiempo sino la prisa. No es el tiempo al que se da tanta importancia, sino a la premura por la producción y el “progreso”, la insaciable carrera hacia ninguna parte. Homo hominis lupus: el tiempo exclusivamente sucesivo es la mayor y más eficiente forma de control del hombre sobre el hombre.

“No hay tiempo que perder”, dice Huidobro en Altazor. (Nótense de paso las dos posibles lecturas: la primera es la previsible: “hay que aprovechar el tiempo”, pero la segunda es una antigua intuición que ha sido eliminada por la idea moderna del tiempo útil: “no existe tal cosa como el tiempo perdido”.) El occidental entiende la frase “No hay tiempo que perder” como la desesperada exhortación a “aprovechar” cada segundo de una cuenta finita, de una clepsidra que se vacía inexorablemente. Sin embargo, los versos que siguen aclaran el sentido que persigue el poeta: “A la hora del cuerpo en el naufragio ambiguo / Yo mido paso a paso el infinito”. El cuerpo parece sumido en el naufragio (la inmersión en el tiempo), pero el adjetivo elegido es perfecto en cuanto a su conjuro mágico: el naufragio no es absoluto (unívoco) sino ambiguo (poseedor de distintos sentidos aparentemente contradictorios entre sí). Si desde el punto de vista de lo sucesivo la “carrera contra el reloj” —la finitud— parece imponderable, desde la mirada de lo simultáneo el cuerpo no sólo puede medir paso a paso el infinito (medir no como controlar sino como sincronizarse), sino que ello es su mayor desafío y su más profunda prerrogativa.

lunes, 25 de julio de 2011

Memoria fotográfica

DGD: Redes 122 (clonografía), 2009


Alguna vez, en alguna eternidad, ¿las cosas habrán sido las cosas y no recuerdo de las cosas?


Antonio Porchia



Me dicen que esa estrella que veo dejó de existir hace millones de años. Me dicen que veo el sol como era hace ocho minutos, no como es ahora. Incluso la montaña que contemplo en el horizonte está sumida unos instantes en el pasado. Observo mis propias manos como eran un milisegundo atrás. Sólo el punto focal del ojo sería contemporáneo de sí mismo, únicamente él estaría en el esquivo presente —si he de creer en quienes afirman que la realidad es visual—, pero ese punto nunca se contempla.

Todo está lejano a mis ojos, absorbido ya en el pretérito. En el instante en que veo el mundo, ese mundo que creo que es, ya no es: fue. La luz es lenta. Y nostálgica. Y sueña. Debe haber otra cosa que no tenga que avanzar, como ella, a tropezones, debe haber algo capaz de informarnos de lo que existe ahora, y con ello hacernos contemporáneos del universo. Debe haber algo que no sea, como la luz, celosa y represora. Porque nos oculta lo que existe tanto allá como aquí, lo que es en las galaxias ahora, ahora mismo que las necesito a ellas y no a sus imágenes diferidas.

Somos contemporáneos sólo de lo invisible. Porque la luz mantiene ignoto a todo aquello que no alimenta su nostalgia por lo que ya no es. La luz es la memoria fotográfica de lo inexistente. Toda imagen es póstuma. Toda imagen nace ya insertada en el álbum de recuerdos de la luz.

sábado, 16 de julio de 2011

Quien puede ser quien es

DGD: Textil 40 (clonografía), 2001


Antonio Porchia exclama: "Quien puede ser quien es, ¡qué poco es para quien no puede ser quien es!".

Estos son algunos de los infinitos niveles de esa exclamación:

1) Existe la posibilidad de ser quien se es, puesto que hay algunos que pueden ser quienes son.

2) Existe la imposibilidad de ser quien se es, puesto que hay algunos que no pueden ser quienes son.

3) Para los segundos, los primeros son poco.

4) Los primeros, por tanto, es también poco lo que pueden ser, mientras existan quienes no pueden en absoluto.

5) Si unos pueden, todos pueden.

6) Nadie puede ser lo que es hasta que todos y cada uno sean lo que son.

7) Así sea por egoísmo, los que pueden muestran a los que no pueden que esa imposibilidad es falsa, y los llevan a ser quienes son, porque sólo entonces unos serán mucho para otros. Serán ser.

martes, 5 de julio de 2011

Resquicios

DGD: Textil 73 (clonografía), 2009

“Demiurgo, el viento da vía.” Ahí está la vieja certeza de los exploradores del alma: irse hacia donde el viento sopla, seguir a esa guía por más voluble que parezca. Los marinos de Conrad, los exiliados de Melville, los extraviados de London, saben que el viento sopla siempre en una dirección determinada, y que no es por azar que va para acá o para allá, que mil veces cambia de rumbo, que sigue yendo hacia alguna parte aunque en apariencia se haya estacionado. Y lo siguen, a sabiendas o no, porque saben que el alma es eso, un soplo, un aliento. En los relatos genésicos, Dios sopla sobre sus criaturas para insuflarles vida. Por eso quien da aliento es el que sopla en un alma estancada, quieta, enrarecida. El alma es un impulso; por eso sufre cuando está encerrada, cuando no se le dejan resquicios para que el viento pueda colarse. Los exploradores del anima mundi tienen cuerpos porosos, llenos de resquicios: a cada instante el alma se les va en murmullos, en suspiros, en exhalaciones, en rugidos: es así que han aprendido a seguir al gran impulso del mundo, a irse por la vía que les indica el soplo divino. Saben que decir “el viento” no es generalizar: cada quien tiene una irrepetible rosa de los vientos. Por eso se van por la gran vía siempre irrepetible que el gran demiurgo da, por eso se atreven a ir siempre viento en popa, sin importarles hacia dónde los lleve, por eso se deciden a seguir al gran aliento genésico que anda por el mundo completando la creación.

*

[De Ónfalo; sobre uno de los poemas incluidos en Mil usos curativos del fuego.]

sábado, 25 de junio de 2011

Los cuatro votos de Marguerite Yourcenar

DGD: Paisajes-Serie ártica 2 (clonografía). 2009

En 1999 la editorial Gallimard, en su serie Cahiers de la NRF, publicó en París Sources II (Fuentes II), que recoge la mayor parte de un cuaderno de notas que Marguerite Yourcenar (1903-1987) no había destinado a la imprenta y que donó a la biblioteca Houghton de Harvard. Este libro —en edición de Elyane Dezon Jones y con presentación de Michèle Sarde— contiene esbozos de textos, reflexiones, citas, inventarios, recuerdos, resúmenes de lecturas y fragmentos que posiblemente pueden fecharse en la década del setenta y ubicarse en Petite-Plaisance, la casa de Yourcenar en la isla de los Montes Desiertos (Mount Desert Island, Northeast Harbor, Maine).

En uno de los textos de Fuentes II, “Meditaciones en un jardín”, la autora de Memorias de Adriano (1951) delinea sus principios y dibuja su mundo ideal:



ANHELOS

Desearía vivir en un mundo sin ruidos artificiales e inútiles, sin velocidad, y en el cual la noción misma de velocidad sería despreciada o aborrecida; los medios rápidos de transporte estarían reservados para las profesiones indispensables o para algunos casos graves.

Un mundo sin efusión de sangre humana o animal, en el cual todo crimen se consideraría odioso y conllevaría sanciones prácticas y purificaciones morales. El hombre manchado de sangre sería automáticamente apartado por considerarse mancillado, extraviado e insensato.

Un mundo en el que la sexualidad, en todas sus formas, se consideraría sagrada, aunque no necesariamente situada en el más alto rango de lo sagrado. [...]

Un mundo en el que la prostitución sería solamente ritual. [...]

Un mundo que tendría muy en alto la idea de renovación y que despreciaría la noción de novedad. [...]

Un mundo en el que todo objeto viviente, árbol, animal, sería sagrado y jamás destruido, salvo por absoluta necesidad y con un sentimiento de aflicción. [...]

Un mundo sin idolatría pero rico en respeto. [...]

“Meditaciones en un jardín” incluye los cuatro votos de Marguerite Yourcenar, que nunca podrán ser reiterados lo suficiente:



PROYECTOS

Ausencia total del miedo físico.

Ausencia total del miedo intelectual (creo que ya está logrado).

Aprender a ignorar el ruido. [...]

Rectificar siempre si el mínimo error se ha dicho o escrito.

Recordar siempre que cierto coeficiente de error es humano.


Principales virtudes:

Serenidad (ausencia de agitación inútil);

Valentía (casi lo mismo);

Atención, sin cesar alerta;

Sobriedad (ausencia de abusos);

Circunspección (rigor o prudencia);

No malignidad (bondad).


Tomar fuerzas momento tras momento. Es Dios (quien quiera que Él sea) quien proveerá el valor de mañana o pasado mañana.

Intentar estar o parecer tranquilo. La calma es calmante.

Volver a leer las cartas manuscritas y retocarlas con el fin de aclarar las palabras poco legibles. No olvidar jamás que escribimos para comunicarnos.

¿La alegría? No. Prematura en un mundo miserable.

¿La felicidad? Tal vez. Pero entonces que la felicidad sea un estanque claro en el cual el dolor vaya a beber.


Los cuatro votos:

Por numerosos que sean mis errores

Me esforzaré en vencerlos.

Por difícil que sea el estudio

A él me entregaré.

Por ardua que sea la vía de la perfección

No renunciaré a caminar en ella.

Por innumerables que sean las criaturas vivientes

En la extensión de los tres mundos,

Trabajaré para su salvación.


Después de esto, todo está dicho y no hay ninguna necesidad de otro precepto en esta tierra.

[Traducción de Vicente Torres.]


miércoles, 15 de junio de 2011

Metáfora: el camino infinito

DGD: Paisajes-Ciudad alienígena 7 (clonografía), 2001




Ninguna empresa que busque definir al genio tiene más que breves y efímeras posibilidades de satisfacerse, pero si en lugar de buscar criterios se buscaran signos, el sendero de menor equívoco sería estudiar la mirada metafórica de cada autor. Un maestro en esa forma de mirar es sin duda Lawrence Durrell; sus grandes edificios narrativos (El cuarteto de Alejandría, 1962; La revuelta de Afrodita, 1974, y El quinteto de Aviñón, 1992) reposan en un complejo tejido de metáforas deslumbrantes.

Un esfuerzo de enlistado sería casi tan largo como estos once libros; bastaría centrarse en los dos primeros volúmenes del Cuarteto de Alejandría (Justine, 1957, y Balthazar, 1958) para obtener ejemplos virtuosos en todas las tesituras. Por ejemplo, en el ámbito de los contrastes: “Los sirvientes negros, de largos guantes blancos, se mueven veloces de grupo en grupo, como eclipses de luna”. O bien las imágenes fulgurantes: “Yo, recluido en espíritu al igual que todos los escritores —como el velero en la botella, que no navega a ninguna parte”.

Existen muestras en que la poesía se alía a lo metafísico: “La representación era tan alucinante como una obra maestra pintada con toques de rocío”. Y en el mismo sendero de lo hermético, aquí en el sentido de la expiación y la trascendencia: “Tendría que pasar por las mismas contorsiones ridículas que todos nosotros, sentir su cuerpo como una capa de cal viva que se apaga torpemente para consumir el cadáver del criminal que está debajo”. O esta joya: “El desierto, melodramáticamente insípido como una hostia”. Son esas metáforas-palimpsestos que engloban más y más metáforas en progresión sensible:


Podía seguir los sentimientos de su madre en la voz como quien sigue la línea de una melodía.


La desnudez del espacio, puro como un teorema.


Su espíritu era una confusión de colores y sensaciones agudas, filosas como puñales, como si todo su sistema sensorial se hubiera derretido con el calor, a la manera de una caja de pinturas, fundiendo las ideas y los deseos. La alegría le daba vértigo y se sentía tan inmaterial como un arco iris.

Durrell utiliza a la metáfora para dar una imagen a algo que de otro modo no podría tenerla, y este es un ejemplo climático: “tuvo la sensación de que su libro pasaba rápidamente por debajo de su vida, de la misma manera que el imán, en la experiencia clásica que se hace en la escuela, atrae a las limaduras de hierro bajo una hoja de papel trazando en ella las líneas del campo magnético”.

En algún momento de su vida (presumiblemente, en la escuela), Durrell presencia ese experimento y su memoria visual guarda la imagen de las limaduras de hierro animadas y ordenadas por el campo magnético sobre la hoja de papel, cuando un imán se mueve por debajo de ésta. En otro momento, esa imagen concreta se inserta en otra, infinitamente abstracta, y en la conjunción metafórica lo invisible se vuelve visible en el territorio de la magia pura.

Vemos entonces al libro que se mueve por debajo de la vida del autor imantando, animando, reordenando de manera impensada a sucesos, emociones, pensamientos. La conjunción metafórica funciona de esa manera: ayudando a la formación de imágenes impensadas y, de hecho, a que todo tenga imagen, aun lo más etéreo e intangible, es decir, a lo que era inimaginable y que de ese modo ha sido conquistado y llevado dentro de los límites de la imaginación. Esos límites nunca son fijos: sólo esperan a la imagen que los desencadene, que los impulse y abra. Esto puede enunciarse de otra manera: no existe lo imposible; no hay límites, no existe nada ajeno a la imaginación.

Las imágenes que persigue Durrell, puesto que nacen en el blanco de la cuartilla (para el autor) y de la página impresa (para el lector), se vuelven magia en el sentido de revelación:


En el rostro dormido de Justine vio también a la niña que habitaba en ella, “la huella de un helecho en una roca cretácea”.


Era tan fácil desalentar a Justine como a un equinoccio.


Eran besos saludables como el mordisco de un niño hambriento en una manzana al horno.


Como leía poco llevaba, como una tribu antigua, toda su literatura en la cabeza.

Integradas en tal riqueza y pluralidad de registros y entrevisiones, las metáforas más sencillas de Durrell resultan doblemente eficientes: “la multitud, tensa como las chispas que saltan de un yunque”; o “el viejo sombrero, tan abollado o desteñido por el tiempo, que colgaba detrás de la puerta como un retrato de su dueño”.

En esa vena, una de las más memorables metáforas es esta de Justine: “A través de todo eso, como a través de la imagen de alguien muy querido que se sostiene en el lente de aumento de una lágrima gigantesca, vi avanzar el moreno y rígido cuerpo desnudo de Justine”. El lector se desentiende de la descripción, del suceso, de los personajes, y permanece absorto en el hallazgo: ¡las lágrimas como lentes de aumento! Si alguien reprochara a este fragmento la invención, un tanto forzada y artificial, de una lágrima gigantesca, es la propia imagen la que se explica: esa lágrima enorme que contiene la imagen de “alguien muy querido” debe sus dimensiones a que está aumentada por la lágrima que la sigue en el torrente.

En un nivel sucesivista, el llanto queda entrevisto como una sucesión de lentes de aumento que acrecientan la imagen hasta penetrar en lo microscópico; en otro nivel simultáneo, el llanto entero queda comprendido en una sola lágrima que, surgida del ojo y puesta ante él, hace crecer la imagen dolorosa hasta el tamaño del mundo... y entonces lo microscópico se identifica con lo macrocósmico. Lo de arriba con lo de abajo. La alquimia con la poesía.

Cuando parecía que el lenguaje era incapaz de ir más lejos, aparece la metáfora (imagen hecha de palabras, palabra hecha de imágenes) y muestra el camino infinito que hay todavía por recorrer.

domingo, 5 de junio de 2011

Una versión del soneto 84 de Shakespeare

DGD: Textil 36 (clonografía), 2001


William Shakespeare


Sonnet 84


Who is it that says most, which can say more,
Than this rich praise, that you alone, are you,
In whose confine immured is the store,
Which should example where your equal grew?

Lean penury within that pen doth dwell,
That to his subject lends not some small glory,
But he that writes of you, if he can tell,
That you are you, so dignifies his story.

Let him but copy what in you is writ,
Not making worse what nature made so clear,
And such a counterpart shall fame his wit,
Making his style admired everywhere.

You to your beauteous blessings add a curse,
Being fond on praise, which makes your praises worse.



* * *



William Shakespeare


Soneto 84

¿Quién es el que más dice, quién puede más decir
que este gran elogio: que sólo tú eres tú?
¿En qué castillo amurallado podrá nadie mostrar
como ejemplo la bóveda en donde tu semejante florece?

Oprobiosa vergüenza espera a aquella pluma
que a su modelo no concede una u otra gloria pequeña.
Pero aquel que de ti escribe, si es capaz de decir
que tú eres tú, ya tiene la luz del retrato.

Basta que sólo copie lo que en ti está escrito,
sin manchar aquello que la vida dijo en ti tan claro,
y ese doble dará nobleza a su sabiduría,

y tal copia será admirada en todas partes.
Y es que a tus dones celestiales sumas una maldición:
amas tanto a los elogios que ninguno te alcanza.



[Versión libre de DGD.]


viernes, 27 de mayo de 2011

Escritores inclasificables: la extrañeza (octava y última parte)

DGD: Textil 72 (clonografía), 2009

8

La extrañeza bien puede entenderse metafóricamente como un atisbo del otro lado. Hemos mencionado aquí al maestro argentino Antonio Porchia; el poeta Roberto Juarroz, que disfrutó de la amistad de Porchia, lo describe de este modo: “Su forma de escuchar parecía crear la profundidad en sus acompañantes, y cuando él hablaba, teníamos la sensación de que él lo hacía ‘desde el otro lado’, que por otra parte se volvía infinitamente próximo, mucho más que este lado”. Acaso ese otro lado al que alude Juarroz pueda entreverse si —de modo experimental— es primero identificada la magnitud opuesta, este lado.

Cuando el hombre piensa, una serie de corrientes intervienen directamente en ese proceso: el espíritu de los tiempos, la opinión pública, la modernidad, la cultura y, ante todo, la educación que ha recibido. Qué parte de ese pensamiento realmente le pertenece, es una cuestión que sigue debatiéndose, pero lo más probable es que, por más original e irrepetible que sea el pensar de un individuo, en todo caso se sirve, como los demás seres humanos, de una única base mental, definida ésta como la forma de traducir el pensamiento a las palabras que lo expresan.

Es precisamente la base mental lo que primero aprenden los seres humanos, aquello que los forma: en primer lugar la mentalidad binaria (la dialéctica, la lucha de los opuestos) y todos los mecanismos racionales asociados a ella. Dicho en términos llanos: el hombre piensa según la forma en que ha aprendido a traducir sus pensamientos. En todo caso los individuos reacomodan los módulos, fórmulas y núcleos constitutivos de esa base mental, pero nunca inventan nuevos sistemas cognoscitivos. Para ello sería necesaria otra mentalidad. En este sentido un pensamiento “puro”, es decir totalmente ajeno a los paradigmas y sistemas culturales, resultaría la mayor y más inalcanzable de las abstracciones. La base mental parece, pues, inamovible.

Si el hombre no hace sino reacomodar módulos, fórmulas y núcleos preexistentes, a veces se presentan reacomodos absolutamente imprevisibles: es a esto a lo que se llama genio. Sin embargo, incluso este altísimo registro no es más que una combinatoria inaudita, no la invención de otra base mental. (En casos como los de Leonardo Da Vinci y otros grandes creadores, lo que los modernos creemos entender es la parte de su pensamiento que se aproxima a nuestra base mental, aquella que nos permite reconocer un discurso y validarlo.) Porque la característica de tal base, fabricada por la razón, es ser exclusiva, es decir que construye su coherencia a partir de negar cualquiera otra base de pensamiento. Tanto Occidente como el Oriente occidentalizado contemplan como incoherencia, e incluso como locura o delirio, a módulos, fórmulas o núcleos que no sean los que determinan su base mental. Aun el pensamiento más radical, más esforzado por salirse de los paradigmas culturales, permanece, así, de “este lado”.

La noción de un “pensamiento puro” tiene una larga historia en el mundo de la filosofía. Mientras que los geómetras griegos pedían “aferrar la realidad con el pensamiento puro” (que fue más tarde el sueño de Einstein), Parménides —para quien ser y pensar son sinónimos: lo que no puede ser pensado no existe— aseveraba que la mayor dificultad del pensamiento puro está en alcanzar algún conocimiento del contenido de su objeto. Es por eso que un refrán afirma: “Un pensamiento puro es más penetrante que el filo de una cuchilla de afeitar”. Se trata del correspondiente de lo que, en otras esferas, Buda enseñaba: un solo pensamiento puro constituye en sí un momento de iluminación.

El problema del lenguaje como traducción del pensamiento es abordado en un texto poco conocido del metafísico René Guénon llamado “Discurso contra los discursos” (dictado en 1917 en plena guerra mundial), al que pertenece este fragmento:



Se ha dicho, sin duda bromeando, que el lenguaje fue dado al hombre para disfrazar su pensamiento; pero esto encierra una verdad más profunda de lo que podría suponerse a primera vista, a condición, no obstante, de añadir que este disfraz puede ser inconsciente e involuntario. En efecto, la función esencial del lenguaje es la de expresar el pensamiento, es decir la de revestirlo de una forma exterior y sensible, por medio de la cual podamos comunicarlo a nuestros semejantes, en la medida, al menos, en que sea comunicable: y es bajo esta restricción que quiero llamar más particularmente la atención de ustedes.


¿Puede decirse que la expresión sea alguna vez adecuada al pensamiento?, ¿y no es cualquier traducción, por su misma naturaleza, forzosamente infiel? Traduttore, traditore, dice un proverbio italiano bien conocido, que aunque parezca un poco un juego de palabras por su extrema concisión, no por ello es menos justo, y hasta tal punto que es extremadamente difícil y raro encontrar en dos lenguas diferentes, e incluso bastante cercanas la una a la otra, dos términos que se correspondan exactamente, de tal modo que cuanto más una traducción quiere ser literal, a menudo más se aleja del espíritu del texto.


Y si esto ocurre cuando se trata simplemente de pasar de una lengua a otra, es decir de cierta forma sensible a otra forma de la misma naturaleza —de cambiar de alguna manera el vestido del pensamiento—, ¿cómo no será todavía más difícil hacer entrar en las formas estrechas y rígidas del lenguaje a ese mismo pensamiento, que es esencialmente independiente de cualquier signo exterior y radicalmente heterogéneo respecto a su expresión? Para comprender hasta qué punto el puro pensamiento debe verse por ello disminuido, reducido y como esquematizado, sólo hace falta un instante de reflexión, a menos que se parta de las ilusiones de ciertos filósofos que, cegados por el espíritu de sistema, han creído que el pensamiento entero podía y debía encerrarse en una especie de fórmula concebida según el tipo matemático.



Lo que es cierto, por el contrario, es que lo que expresan las palabras o los signos no es nunca la totalidad del pensamiento, que éste contiene siempre en sí mismo una parte inexpresable, luego incomunicable, y que esta parte es tanto mayor cuanto más elevado sea el orden de este pensamiento, puesto que más alejado está entonces de cualquier figuración sensible. Lo que podemos confiar a nuestros semejantes no es pues nuestro pensamiento mismo, sino sólo un reflejo más o menos indirecto y lejano de él, un símbolo más o menos oscuro y velado; y es por ello que el lenguaje, vestido del pensamiento, es también forzosamente y por el mismo motivo, su disfraz.

Guénon toca aquí un fenómeno esencial que bien puede ejemplificarse en el hecho de que, de manera opuesta a las ambiciones de Descartes, el pensamiento sólo existe como palabra y discurso. El tan añorado “pensamiento puro” no aparece en la civilización humana como tal, sino sólo en su traducción a la palabra. Aun quien se aísla y piensa a solas, no hace otra cosa que seguir hablándose a sí mismo; él es su propio traductor, puesto que lo que llama pensar es la búsqueda de fórmulas que le permitan “entender” su propio pensamiento.
Se crean nuevos términos cuando no hay fórmulas lingüísticas para determinadas dimensiones del pensar que no se entienden mediante el lenguaje existente. Esos términos nuevos son eminentemente técnicos, y de ahí que la ciencia sea la primera en inventar conceptos para sus interpretaciones de la realidad. El pensamiento humano es discursivo o dialogal, pero no se identifica con la palabra, no es su prisionero: supera al verbo y lo precede. Por ello se dice que el lenguaje es un disfraz del pensamiento. Guénon enfrenta esta difícil cuestión:




Sin embargo, que el lenguaje sea un disfraz del pensamiento, supone evidentemente que hay un pensamiento escondido detrás de las palabras: ¿es siempre así para todos los hombres? Se puede estar tentado de dudarlo, y de preguntarnos si, para algunos, las palabras mismas no llegan a ocupar casi por completo el lugar de un pensamiento ausente. ¿No hay demasiados que, incapaces de pensar verdadera y profundamente, llegan sin embargo a darse la impresión a sí mismos, y a veces a los demás, de que son capaces de hacerlo, encadenando, con más o menos habilidad y arte, palabras que no son más que formas vacías, sonidos que, aun ofreciendo tal vez un conjunto armonioso, están en cambio desprovistos de significación real?


Ciertamente, el lenguaje rinde al pensamiento grandes y preciosos servicios, no solamente suministrándonos un medio de transmitirlo en la medida de lo posible, sino también ayudándonos a precisarlo y permitiendo definírnoslo mejor a nosotros mismos, y hacerlo consciente de una manera más clara y completa. Pero al lado de estas ventajas incontestables, el lenguaje, o mejor, su abuso, da lugar a graves inconvenientes, el menor de los cuales no es el verbalismo que ahora mismo denunciaba yo aquí ante ustedes, verbalismo cuya deplorable manifestación es lo que se ha convenido en llamar elocuencia. [...]


Es tan raro que un mismo hombre reúna dones tan diversos como los del escritor y el orador: el escritor, que no tiene a su disposición los mismos medios exteriores, necesita cualidades de otro orden, quizás menos brillantes, pero también menos superficiales y más sólidas en el fondo. Y además la obra del orador solamente tiene su razón de ser en una circunstancia determinada y pasajera, mientras que la del escritor debe tener normalmente un alcance más duradero. Al menos debería ser así, pero desde luego hay escritores cuyas frases no contienen más pensamiento que las de los oradores [...], y mucha de la literatura que en suma no es más que mala elocuencia, y que, fijada sobre el papel, ya ni siquiera tiene los encantos artificiales que podría prestarle una dicción agradable o sabia. Y naturalmente, al atacar a la elocuencia verbal, incluyo también con el mismo título, a toda esta vana literatura.

Guénon se aplica entonces a rastrear las causas de ese verbalismo hueco y estéril; si bien algunas parecen inherentes a la naturaleza humana en general, o bien al temperamento de ciertos pueblos o de ciertas personas, el factor esencial es la educación. Y aquí se lamenta de la educación helenística que él mismo recibió, puramente verbal: “En lugar de que la idea fuera independiente de la palabra, como debe serlo naturalmente, era la palabra la que, al contrario, se hacía independiente de la idea y usurpaba su lugar”.

Por un lado está el inalcanzable pensamiento puro; por otro, su traducción a las palabras; finalmente, la usurpación que hace el lenguaje al pensamiento. Es por ello que Guénon, no sin cierta amargura, termina por advertir: “Parece ser, hoy más que nunca, que el dominio del pensamiento puro debe permanecer como patrimonio de un pequeño número, y quizás es bueno que así sea, si es verdad que la especulación y la acción normalmente van bastante mal juntas”. Y concluye: “No nos dejemos engañar más por las palabras, como nos ha sucedido demasiado a menudo; sepamos de ahora en adelante, en todos los dominios, mirar las realidades cara a cara, verlas tal y como son”. Sin embargo, con objeto de mirar frontalmente a las realidades como son, hace falta estar lo más lejos que sea posible de “este lado”. Un logro enorme y casi impensable.

El pensamiento de Antonio Porchia no es “puro” en el sentido usual, y sin embargo, de un modo asombroso y apabullante, contiene una forma de la pureza que resulta radicalmente inédita:


Has venido a este mundo que no entiende nada sin palabras, casi sin palabras.
En las sentencias de Porchia, a las que él mismo denominó voces, están los módulos, fórmulas y núcleos preexistentes en la base mental humana:


Y si no hay nada que es igual al pensamiento y no hay nada sin el pensamiento, o el pensamiento es sólo pensamiento o el pensamiento es todo.
Precisamente porque Porchia habla “como todos”, Occidente puede reconocer una coherencia en las voces; por ello, la mentalidad occidental se ve impedida de descartarlas bajo la acusación de incoherencia, irracionalidad o delirio. No obstante, Porchia “habla como todos” situado en un punto anterior al establecimiento de esa base mental común —y acaso de cualquiera otra base mental posible.


Si yo fuese como una roca y no como una nube, mi pensar, que es como el viento, me abandonaría.
Y, sobre todo:


Mirando las nubes he visto que mi pensamiento no tiene su cuerpo solamente en mi cuerpo.
Qué portentoso el reconocer que el pensamiento tiene su propio cuerpo, y que éste es complementario pero no del todo equivalente al cuerpo físico. Mi pensamiento tiene un cuerpo que sólo en parte incluye a mi cuerpo material y que, con toda naturalidad incluye, por ejemplo, a las nubes.

Notable analogía y portentosa metáfora, porque las nubes tienen un cuerpo flexible, cambiante, que a veces se comprime hasta la forma de un cirrocúmulo y a veces se extiende por todo el firmamento como un tapiz algodonoso. Si soy capaz de contemplar así el cuerpo de mi pensamiento, ya no resulta tan delirante dar el salto y decir: “así también es el pensamiento de mi cuerpo”; no sólo mi cerebro piensa, del mismo modo en que mi pensamiento no sólo procede de lo que considero mi cuerpo y sus fronteras. Mirando las nubes no sólo veo cómo piensa mi pensamiento, sino veo el cuerpo del que procede ese pensamiento mío, y tal cuerpo incluye a las nubes y a todo lo que me parece “exterior” a mí, distinto y ajeno. Lo que resulta antinatural o incluso demencial desde una determinada base mental, es perfectamente natural apenas se aborda otra base.

Resulta muy probable que Roberto Juarroz se refiera, con la frase “el otro lado”, a ese punto desde donde Porchia se sitúa para hablar del mundo humano. Y, en efecto, Juarroz es el primero en advertir que Porchia “está en este universo pero podría estar en cualquier otro”, lo que implica que si Porchia habla de lo humano no es por fatalidad (el hombre piensa según la forma en que aprende a pensar) sino por decisión:


Mi palabra olvidada es la otra palabra que pronuncio; es todas mis palabras.
En efecto, la lectura profunda de la obra de Antonio Porchia lleva a la intuición —que es casi una certeza extralingüística— de que el autor eligió la base mental por medio de la cual sería entendido, es decir, el modo en que, al menos en una primera instancia, sería entendida la forma en que tradujo su pensamiento, en sí infragmentable:


Todos mis pensamientos son uno solo. Porque no he dejado nunca de pensar.
Sin embargo, a la vez sabemos que de igual modo podría haber utilizado otra base mental para esa traducción. Porchia lo sabía muy bien:


Lo que dicen las palabras no dura. Duran las palabras. Porque las palabras son siempre las mismas y lo que dicen no es nunca lo mismo.
Y:


El ocaso de las primeras palabras comienza en las segundas palabras.
Detrás de las palabras brota siempre lo no dicho, lo que no necesita traducción. El pensamiento en Porchia es algo que sale por completo de la base mental en la que sin embargo se sitúa para hablar: es una nube que por decisión habla como roca. El pensamiento de “este lado”, el de las rocas, es el que aleja de lo real: “Parece que mi pensar, cuando se encuentra conmigo, pierde las alas”, exclama Porchia. Y en otro momento: “Dejo y sé qué dejo; mas si pienso qué dejo, no sé qué dejo”. Sin embargo, existe también el otro lado:


Cuando pienso yo, pienso como pienso yo, no “seriamente”.
Una gran parte de las voces, independientemente de su discurso particular, parecen ser módulos, fórmulas o núcleos destinados a mostrar el acceso a otra base mental, e incluso podría decirse que a una mente sin bases, es decir a una mentalidad capaz de usar la base que desee, pero que no depende de ninguna de ellas. Es como un árbol que lo fuera por decisión —casi diríase por gusto—, y que si así lo quisiera podría ser nube, o roca, o ambas, o nada. Al hombre de la modernidad, en cambio, no le queda de otra: está convencido de que eso es precisamente lo que lo vuelve hombre, el no quedarle “de otra”, es decir que, esté en donde esté, se halla siempre y fatalmente de este lado, con lo que el otro lado se mantiene permanentemente en las antípodas: es lo imposible, lo más opuesto al hombre, aquello que éste no podría visitar sin dejar, automáticamente, de ser hombre.

Es sin duda a esto a lo que Porchia alude con ese uso tan agudo que hace del adverbio seriamente. Cuando el hombre piensa, lo hace como piensa el hombre; pensar seriamente equivaldría al impensable acto de hacer a un lado a los lados, de dejar de concebirse respecto a, de ser hombre porque no se es nube, roca, árbol. La extrañeza no es sino eso: pensar seriamente. En suma: las voces de Antonio Porchia son a la vez el lenguaje y la traducción universal de éste, la codificación para traducirlas a cualquier base mental posible. Está, por ejemplo, la forma de convertir el pensamiento de las rocas en el de las nubes:



Lo que me digo, ¿quién lo dice? ¿A quién lo dice?


Con las palabras que no he dicho he desarmado mis armas.


Las veces que hablo conmigo, algunas cosas no me las digo.


La verdad, cuando la pienso, no la digo.


Está, también, la más profunda experiencia humana:



Habla con su propia palabra sólo la herida.


Para que tu tristeza muda no oyese mis palabras, te hablé bajito.


A veces una palabra que parece de más no está de más, porque acompaña.


Las voces saben desligarse del espíritu de los tiempos, de la opinión pública, de la modernidad, de la cultura, de este lado:



Lo que quiero es lo que quiero si no pienso. Si pienso es lo que piensas.


Y enfocan la diferencia entre lo que el hombre es y lo que cree o piensa ser:



Sí, sufro siempre, pero sólo en algunos momentos, porque sólo en algunos momentos pienso que sufro siempre.


Y si no puedo decirte nada sin lo que yo me digo; lo que yo te digo, ¿es lo que yo te digo o es lo que yo me digo?


Antonio Porchia no está “lo más lejos posible de este lado” sino que se sitúa y habla desde el otro lado, lo cual significa, en primer lugar, que no hay lados para su pensamiento, es decir, que no los necesita para pensar:



Cuando me parece que escuchas mis palabras, me parecen tuyas mis palabras y escucho mis palabras.


Cuando digo lo que digo es porque me ha vencido lo que digo.


Hablo pensando que no debiera hablar: así hablo.


Y seguiré eliminando las palabras malas que puse en mi todo, aunque mi todo se quede sin palabras.


Acaso la magnitud del milagro implícito en las voces sólo podrá ser apreciado en el futuro (Palabras que me dijeron en otros tiempos, las oigo hoy), en un tiempo en que el hombre sea capaz de abandonar una base mental, y no para acceder a otra sino para aprender a usarlas todas; eso es la extrañeza a la que hemos intentado entrever aquí en tan diversos registros: traducir cualesquiera bases mentales una a otra, por decisión, por gusto, según la magnitud de ese único deseo intemporal que nos vuelve humanos.