No fue deliberado. Entre los pasos cuatro y cinco (véase la ejemplificación gráfica del proceso de la clonografía en la columna de la derecha, abajo) había una relación exactamente igual a la de una puerta abierta y cerrada. Imposible dar una u otra por definitiva: en este caso la clonografía era la relación entre ambos pasos. Imposible, asimismo, no dar el salto e imaginar que toda imagen es “destapable”, que en cada una hay un pórtico, un umbral, un pasaje perfectamente disimulado pero sujeto a ceder a la mirada buscadora de tapas, de accesos, de inmersiones. Tal vez el primer sentido de la frase mágica “Ábrete, Sésamo” es abrir ese muro en particular, pero tiene un segundo sentido: recordarnos que cualquier muro es o podría ser una entrada. Se rompe así la idea común de las imágenes como fronteras y muros impenetrables, y se desactiva también el ominoso poderío del “No pasarás”. Surge así el gran desafío: la mirada como buscadora de puertas escondidas en un mundo urgente y encarecidamente destapable.
miércoles, 25 de abril de 2012
Clonografía destapable
No fue deliberado. Entre los pasos cuatro y cinco (véase la ejemplificación gráfica del proceso de la clonografía en la columna de la derecha, abajo) había una relación exactamente igual a la de una puerta abierta y cerrada. Imposible dar una u otra por definitiva: en este caso la clonografía era la relación entre ambos pasos. Imposible, asimismo, no dar el salto e imaginar que toda imagen es “destapable”, que en cada una hay un pórtico, un umbral, un pasaje perfectamente disimulado pero sujeto a ceder a la mirada buscadora de tapas, de accesos, de inmersiones. Tal vez el primer sentido de la frase mágica “Ábrete, Sésamo” es abrir ese muro en particular, pero tiene un segundo sentido: recordarnos que cualquier muro es o podría ser una entrada. Se rompe así la idea común de las imágenes como fronteras y muros impenetrables, y se desactiva también el ominoso poderío del “No pasarás”. Surge así el gran desafío: la mirada como buscadora de puertas escondidas en un mundo urgente y encarecidamente destapable.
domingo, 15 de abril de 2012
Fragmentario (VII)

Todo es interior
Yourcenar habla en alguna parte de “los árboles del bosque, que vistos desde lejos parecen meterse unos dentro de otros”. Hermosa imagen del pasado: a medida que se aleja, los hechos e imágenes que lo componen se van metiendo unos en otros hasta que no queda sino la gran masa que nos aplasta en el presente. Pero hay más en esa metáfora: “El recuerdo no era más que una mirada posada de cuando en cuando sobre unos seres que se habían interiorizado, pero que no dependían de la memoria para continuar existiendo”. Meterse unos en otros es interiorizarse. En la cercanía del yo las cosas y sucesos se separan y parecen independientes unos de otros. A medida que se alejan del poder radiante del ego, se van metiendo unos en otros, se interiorizan. Nueva prueba (si alguien necesita pruebas) de que todo es interior.
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Amor anónimo
El amor, por ejemplo. Era Alfred Douglas el que no se atrevía a decir un nombre que por otro lado no era un nombre sino una etiqueta. En realidad ningún amor puede decir cómo se llama porque todo amor es la búsqueda de un nombre.
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Intervalos
Hacia el final de El mundo como voluntad y representación, Schopenhauer, el más fragmentario de los pensadores, advierte: “hay que considerar que mis escritos, por pocos que sean, no se han redactado todos a la vez sino sucesivamente, en el curso de una larga vida y con amplios intervalos; por eso no se puede esperar que todo lo que he dicho sobre un objeto se encuentre también junto en un solo lugar”. No se puede esperar pero se espera, e incluso es considerado un error o una falencia el que un escritor toque el mismo tema en diversos libros, y que no disponga de una sola vez todo lo que piensa al respecto, para comodidad del lector. Se olvida que los intervalos son parte esencial de la reflexión, puentes de silencio, inhalaciones anteriores y necesarias a la exhalación. Por lo demás, en rigor no puede decirse que se tengan “pensamientos”, en plural, sino uno, en singular, que lo abarca todo y es sinónimo del pensador. Bien lo sabía Antonio Porchia: “Todos mis pensamientos son uno solo. Porque no he dejado nunca de pensar”.
viernes, 6 de abril de 2012
Puesta en escena

Abro la puerta y salgo a la vida con el nerviosismo del actor que sale al escenario la noche del estreno. ¿Habré memorizado bien las líneas, tendré bien “amarrado” mi papel? Sólo que abro la puerta y salgo al escenario para hacer exactamente lo contrario: olvidar el papel hasta el último detalle, decir todo menos las líneas del libreto. Minuciosamente he aprendido mi papel para tener muy claro qué es lo que no debo hacer ni decir. Mi personaje es la guía negativa, el vaciado, el vacío, el único referente que no usaré. Me amarraré a todo menos a lo que es él. No seré fiel a sus emociones ni creceré como él crece, ni veré lo que él mira, ni reaccionaré a las cosas según la tabla de valores que lo ha construido como un traje a mi medida. Durante años he ensayado el papel para conocerlo tan bien que pueda contradecirlo punto a punto. Cada vez que abro la puerta y salgo a la vida hay una puesta en escena que debo destruir.
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[Fragmento de novela en proceso.]
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lunes, 26 de marzo de 2012
Fragmentario (VI)

Equilibrio
Resulta indispensable encontrar un equilibrio entre el corazón y el cerebro, pero quien encuentra ese equilibrio es el corazón, no el cerebro.
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El mal se viste de bien
And captive Good attending Captain ill, dice Shakespeare en el Soneto 66: “Y al Bien que, cautivo, sirve al Mal, su Señor”. ¿Por qué el refranero popular nos aconseja no hacer cosas buenas que parezcan malas, sino porque a cada instante vemos por todas partes cosas malas que parecen buenas? En el fondo, he aquí una definición del mal. Al parecer malas las cosas buenas que hacemos, podrían semejarse al modo en que las cosas malas parecen buenas. Sólo cuando el bien se basa en la mera apariencia cae en el cautiverio del mal. Porque eso es el mal: ese arte por medio del cual se viste de bien.
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El biógrafo oficial
But there’s more in me than thou understand’st.
Why dost thou so oppress me with thine eye?
W.S., Troilus and Cressida
“En estos tiempos”, observa Oscar Wilde, “todos los grandes hombres tienen sus discípulos y siempre es Judas el que escribe su biografía.”
B no comprende a A en absoluto; se deja convencer por los lugares comunes más burdos para situarlo (porque B cree firmemente que vivir es situarse, y que basta describir el lugar para entender al ocupante); no ve en A sino el reflejo deformado y precario de B. En conclusión: B habla más de B que de A: será nombrado, reconocido y festejado como su biógrafo oficial.
Para comprender por qué B habla de A de ese modo, cuáles son las razones profundas de que lo sitúe, defina y explique de esa manera, sería necesario que C escribiera una biografía de B. Y D una de C. Y E una de D, al infinito.
viernes, 16 de marzo de 2012
¿Qué sucede en una sola mirada?

Cuando unos ojos, sean de humanos o de animales, se posan en los míos, siento de inmediato que una conciencia se está poniendo en contacto con la mía. Me sucede incluso con los animales diminutos cuyos ojos no puedo percibir, como esas arañas recién nacidas de las que cabrían veinte en una de mis uñas. Me sucede incluso cuando miro fotografías, en los casos en que los ojos del modelo —de nuevo, trátese de humano o de animal— sean claramente perceptibles. Pero también me sucede frente a un árbol. Es cierto que no se trata del mismo contacto, y sin embargo, aunque siento que el árbol está absorto en sus cosas, también experimento la inequívoca sensación de que, de alguna manera, está consciente de mí. Lo mismo, aunque de manera un poco más lejana, un poco menos perceptible por mis sentidos, me sucede con el mundo mineral: una gran roca, por ejemplo, o una montaña. Jamás he podido convencerme de que un paisaje, un panorama, un horizonte —el mar, por ejemplo— se hallan por completo indiferentes respecto a mi mirada. ¿El ser humano está aislado en su conciencia, como extremo de una escala, y esa conciencia se va abriendo y queda menos aislada a medida que en la escala se pasa de lo humano a lo animal, a lo vegetal y a lo mineral? ¿Qué sucede realmente en una sola mirada, sea de quien sea hacia quien sea? (Me resisto a decir “de lo que sea a lo que sea” porque la mirada ofrece un inmediato carácter de quién y no de qué, aunque nunca estaremos seguros de que no existe una forma de conciencia incluso en los “objetos”, a los que se la negamos por pura soberbia.) ¿Lo que sucede en todos los casos es que la gran conciencia se pone en contacto con ella misma? ¿Son los ojos la parte más especializada, pero ni con mucho la única, que tiene el mundo para ahondar la conciencia de sí?
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[Fragmento de Alteroscopio (Cuaderno de lectura sobre metáfora y visión), de próxima aparición por La Cabra Ediciones.]
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lunes, 5 de marzo de 2012
Fragmentario (V)

París/Nueva York
París y Nueva York son polos opuestos. París es como el Sena, un río de murmullos incesantes, de voces entretejidas. Nadie te grita en París, y aun si lo hicieran sería como otra forma de murmullo que pronto retorna al río sedoso e inquieto. En cambio, si alguien te susurra en Nueva York, incluso ese murmullo se hace parte del grito, de la rugiente vociferación que es aún más taladrante en las noches, en los callejones umbríos y desiertos. Nueva York es como su bahía, aguas que parecen quietas porque son un grito contenido que en la ciudad no sólo deja de contenerse sino que resuena a toda hora.
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El sabor
Comemos para no tener hambre, amamos para no estar solos, vivimos para no morir.
¿Quién arrebató el sabor a los alimentos, al amor, a la vida? ¿En qué recodo de la pubertad se pierde la infancia, la pura delicia de comerse el mundo, el delirio de cuerpos que son almas, el ansia por vivir el instante inmortal?
Uno olvida que alguna vez comía el mundo en una manzana, y amaba a todos los cuerpos en una enramada, y vivía todas las vidas en una sola. Uno termina por olvidar el sabor de lo insaboro, la belleza de lo invisible, el rumor del silencio, la caricia de lo intocable.
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Sueño de los mitos
Cuando los mitos se duermen nacen las leyendas, y cuando las leyendas se duermen, nacen los estereotipos. Estamos en una época de estereotipos que brotan por todos lados, y peor aún: son estereotipos cuya función no es despertar a las leyendas —y menos aún a los mitos—, sino mantenernos dormidos a todos. Por eso hay que aferrarse a un mito, aunque esté dormido, como nuestro Iztaccíhuatl, la mujer dormida, guardada por su Popocatépetl, que la inventó y a la vez fue inventado por ella, y que está ya tan furibundo por no poder hacerla despertar, que en una de esas muy bien podría terminar por cubrirnos con su ígnea rabia de lava ardiente.
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Coda extemporánea
“Uno termina por.” Horresco referens. Uno termina. Ya es hora de advertir que algo grave sucede cuando comienzan a interesarnos los términos, cuando principian los finales por ocuparnos más que los comienzos. Fijarse en que se dice “Uno comienza a interesarse por los finales”. Hay comienzos incluso en los finales. La clave está acaso en dónde se coloca el acento.
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sábado, 25 de febrero de 2012
La última desnudez

DGD: Serie de la piel 80 (clonografía), 2011
El vestuario tiene usos espurios (protegernos del clima, marcar un status, imponer una identidad) pero, como toda metáfora, debe ser desnudada. El sentido último es este: uso vestuario para poder desnudarme como un acto voluntario, y además para hacerlo frente a alguien, que deja de ser “cualquiera” y se vuelve único si asimismo se desnuda para mí; entonces somos, el uno para el otro, misterio abierto, revelación, androfanía. Si anduviéramos desnudos todo el tiempo no habría ese acto ritual de desnudar un cuerpo, de develarlo, de desvelarlo, de mostrarlo ya no como una imagen más sino como toda una develación del mundo. El mundo es también un regalo envuelto que se entrega sólo a quien se le da en el mismo nivel. El don es siempre mutuo. La ropa equivale a un envoltorio, a un recubrimiento, a un velamen cuyo único sentido es retirarse. En sí mismo, el acto gradual de quitar recubrimientos sucede en un momento “cualquiera” y lo convierte en sagrado. Usamos ropa para recordar que la mayor parte del tiempo la realidad es vulgar, profana, prosaica, en contraposición a los momentos sagrados en que nos desnudamos. Existen, desde luego, desnudos “vulgares”, como en vestidores deportivos o consultorios médicos, pero incluso ahí, aunque no haya en principio ningún contexto erótico, sí hay un aura sagrada. Inventamos la ropa para mantener vivo el sentido sagrado del cuerpo. El vestido sólo existe para que exista la noción de desnudo. Y aún más: me visto de mí para poder desnudarme de mí ante alguien, que a su vez se desnudará de sí únicamente para mí. Porque lo mismo sucede con el alma. Si estando desnudo frente a alguien que también me ofrece su desnudez, imagino que en cierta forma y de todas maneras seguimos vestidos, el erotismo será entonces ese segundo desnudamiento, ese retirar los últimos velos para mostrar, y dar, la última desnudez: la de las almas.
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jueves, 16 de febrero de 2012
Michelet y el mar

En este punto imagina que el mar nos dice, burlón y engreído, desde el fondo de su inmutabilidad: “Mañana tú dejarás de ser, y yo soy eterno. Tus huesos reposarán bajo la tierra, se disolverán en el transcurso de los siglos, y yo existiré aún, majestuoso, indiferente, equilibrada la grande vida que me armoniza a la vida de los mundos lejanos”.
Michelet ve en el mar a la gran metáfora: sólo vemos la superficie y el mar profundo y verdadero nos resulta invisible; y es por ello que apunta: “El elemento al que llamamos fluido, movible, caprichoso, en realidad no cambia: es la regularidad misma”. Y aquí llega a su imagen central:
“Contraste humillante que se revela con dureza y como irrisoriamente para nosotros, sobre todo en las playas bravías, en donde el mar arranca guijarros a los derrumbaderos y vuelve a lanzarlos, dos veces al día, arrastrándolos con siniestro estrépito como si fueran cadenas o metralla. Toda imaginación juvenil ve en esto el símbolo de la guerra, un combate, y empieza por acobardarse. Luego, notando que aquel furor tiene límites o se detiene, el niño, tranquilizado ya, detesta más bien que teme a esa cosa salvaje al parecer enemistada con él.”
Y es que Michelet está hablando de algo que vio en julio de 1831 en el puerto de Le Havre. Llevaba a un niño pequeño quizás a su primer encuentro con el mar (pero también para Michelet fue su primera mirada real al océano), y lo que hizo el pequeño lo impresionó tanto como a nosotros, lectores de Michelet (pero también lectores del mar y de las inmensidades aparentemente indiferentes): luego de un largo momento de pasmo y sobrecogimiento, el pequeño se enardeció y se indignó; entonces comenzó a recoger piedras y arrojarlas al mar, con euforia colérica, respondiendo a aquella especie de desafío rugiente.
“El mar devolvió estocada por estocada”, relata Michelet. “Lucha desigual que movía a risa, entre la mano delicada de la frágil criatura y la espantosa fuerza que tampoco se curaba de la debilidad del contrario. Mas la risa desaparecía de los labios al pensar en lo efímera de la existencia del ser amado, y en su impotencia ante la presencia de la infatigable eternidad que nos arrebata. Tal fue una de mis primeras miradas hacia el mar. Tales mis ensueños empañados por el exacto augurio que me inspiraba ese combate entre el mar que veo cuando quiero, y el niño que para siempre ha desaparecido de mi vista.”
Habrá quien ante esta imagen piense en la ingenuidad de la infancia, en la inconciencia de los primeros años de la vida. Mucho más fértil resulta ver ahí la imagen más esencial del hombre. Éste sabe que las inmensidades no lo necesitan, que él resulta por completo indiferente al universo, pero lo mismo que David frente a Goliat lanza guijarros, y no para establecer combate (porque no se puede hablar de guerra entre un microbio y una montaña) sino para hacerse notar, para reclamar el diálogo al que se sabe perfectamente dispuesto y capaz.
El niño no acepta que se le defina como débil e impotente (juguete del destino), del mismo modo en que rechaza a la devastación y la violencia que supuestamente definen al cosmos y sus potestades. De entrada les teme y se sobrecoge, pero pronto aprende ese lenguaje (que es el de sus semejantes, los poetas, los profetas, los soñadores): así, termina por levantarse y recoger el guijarro. La metáfora es la de una rebelión contra el gran tirano, sí, pero también y sobre todo la del llamado a jugar (no se reconoce como juguete, sino como jugador del destino), un llamado hecho en el propio lenguaje de los abismos atronadores: el juego los vuelve iguales, por más que parezcan distanciarlos sus diferencias diametrales. Quizás sea el último juego pero habrá valido la pena porque hubo una respuesta, un reconocimiento, una integración. Al menos por un instante el niño al que Michelet lleva de la mano (es decir, el niño al que Michelet lleva en sí, como lo llevamos todos y cada uno de nosotros) se habrá sentido ahí —ante la pavorosa vastedad inconmensurable— como en su casa, lo mismo que Dios.
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domingo, 5 de febrero de 2012
Tomás Segovia: una antología temática (IX. Deseo y apropiación)

Un texto de Tomás Segovia
Por otra parte, lo apropiable (o el “deseo de apropiación”) no se refiere únicamente a lo que en nuestra civilización se entiende por propiedad (necesariamente privada; es absolutamente ilusorio que exista una propiedad colectiva). Se refiere a todo aquello que, si es consumido por uno, no puede a la vez ser consumido por otro. Si el gobierno ofrece un concierto gratuito, llamo “apropiable” en este sentido a la butaca que ocupo en la sala de conciertos, porque no puede ocuparla simultáneamente otro individuo. Es decir que si no la consumo literalmente (en el sentido de que al usufructuarla la destruyo), por lo menos dispongo de ella, que, momentáneamente, para otro posible ocupante, es lo mismo que si la destruyera. La ocupación de la butaca es condición para poder recibir la belleza del concierto (toda belleza, por supuesto, es material); pero no es lo mismo que esa belleza; porque una vez cumplida la condición de ocupar una butaca, mi absorción de esa belleza no sólo no excluye su absorción por mi vecino sino que incluso puede intensificarla. (Eso es lo que jamás han entendido nuestros doctrinarios.) La belleza por eso no es apropiable: no es económica. La ceguera fundamental de esta época (ideológica, naturalmente) es creer en el fondo que “material” y “valioso” se excluyen —y que lo “material” explica, absorbe y disuelve lo valioso. Que el valor oculta la materia, y que por lo tanto, una vez desenmascarado, muestra o materia o falsedad. Eso es justamente, por mucho que les sorprenda, una visión idealista del valor. Todo valor es material —es una carga de la realidad material. Hay también una realidad inmaterial (la de la matemática por ejemplo.) Ésa justamente no tiene carga valorativa. Pero lo material no es materia. La materia sólo existe justamente en el universo segundo de la objetivación —universo que se construye idealmente por reducción de lo valioso en lo material.
No es que el deseo enturbie la visión (¿es Sófocles quien dice eso?) —como si hubiera primero una visión y luego un deseo que la enturbia. La visión es deseo —y después se puede construir una visión-sin-deseo reduciendo su carga interesante (es decir, se puede hasta cierto punto, porque eso es necesariamente represión y es sabido que lo reprimido siempre retorna). Llamar a esa visión segunda visión clara es lícito en algún sentido, pero no en el que suele dársele.
Así es como hay que explicar ciertos traslapes.
Por ejemplo: traslape del deseo de apropiación en el deseo de amor —que es deseo de ser deseado. El deseo del otro no es apropiable porque nunca es verdad que pueda uno disponer de él.
El deseo es la libertad irreductible que habita al individuo: nadie puede disponer de esa libertad, ni siquiera él mismo.
El hombre ha llamado desde siempre deseo justamente a eso: el lugar donde soy libre incluso más allá de mi albedrío. Si no es libre no es deseo, es cuando mucho instinto. Si no está más allá del albedrío tampoco es deseo: es voluntad.
(Instinto: autonomía máxima en ausencia de toda libertad, o sea automatismo.)
El deseo es para la inteligencia lo más difícil y peligroso de pensar. Toda su astucia es poca para esa tarea.
El deseo se funda en el valor puro e incondicionado. Es sentido constituyente, y como todo sentido constituyente aparece como sinsentido para el sentido constituido. El deseo de que habla el psicoanálisis es deseo constituido.
Lo constituido supone siempre lo constituyente y nunca lo usurpa totalmente, es decir nunca lo constituye totalmente —si es que sigue teniendo sentido.
Sentido es excedente de sentido constituyente.
Posibilidad interminable de volver a la fuente, de recuperar el contenido. Por eso la interpretación es infinita.
El psicoanálisis se debate entre un deseo constituido, analizable, determinado, pero sin sentido, y un deseo con sentido pero inanalizable, inabarcable: inconstituible.
Por ejemplo: el psicoanálisis no puede hablar en ninguna medida de la preferencia, del gusto, de la belleza, del atractivo. Freud dice que el afecto es inabordable. Es pura arbitrariedad para el deseo constituido. Si yo veo una mujer atractiva, el psicoanálisis tiene que volver eso del revés y decir que no es que ella sea atractiva, sino que yo soy “atractible”. Porque es en ese atractivo donde el deseo inconstituible se manifiesta en medio del deseo constituido.
Lo más generalmente deseable es el Espíritu. O sea: lo más generalmente deseable para el humano es ser humano: ser que habla y entiende. (Y también, circularmente, ser que valora.)
De acuerdo en que ese valor es tan general que en ciertos niveles no es pertinente. Pero funda lo que en esos niveles es pertinente.
Todo lo que el hombre hace, incluso conocer “desinteresadamente”, presupone que el hombre valora. Y todo lo que se valora presupone que hablar, entender y valorar son valiosos: interesan.
Lo más generalmente valioso se confunde con el sentido mismo. “Hay sentido” equivale a: La vida es un campo de valores, la vida es interesante.
De eso no hay conocimiento objetivo. Conocimiento objetivo es desvalorización (la “decoloración del mundo” de Bachelard). La desvalorización no puede conocer el valor.
El valor del Espíritu (el interés de la historia del hombre, de sus lenguajes y su entendimiento) es un comienzo absoluto. No proviene de nada: todo lo demás proviene de eso. Es irrebasable.
Es estúpido pensar que el valor del Espíritu es instrumental (o enmascarador): que valoramos el lenguaje y el entendimiento porque son instrumentos para adquirir la riqueza y el poder. La riqueza es obviamente instrumental (aunque sea como instrumento para conseguir el poder).
El poder es otra cosa; pero el poder como tal, que no es ni la riqueza ni el placer, que pueden o no ir asociados con él, el puro poder sobre los hombres y sus decisiones, no tendría para un hombre ningún valor si los hombres y su historia no fueran valiosos. No se puede simultáneamente desear el poder y desear la desaparición del hombre como tal (ser histórico y entendiente). En cambio se puede desear esa humanidad del hombre deseando simultáneamente la desaparición del poder.
(“No se puede” significa aquí: no puede mi deseo; tal vez pueda mi albedrío, tal vez incluso ese albedrío llegue a imponerse; pero entonces el deseo aullaría. O sea: hay efectivamente actitudes esquizofrénicas; no explican nada; tienen que ser explicadas.)
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[Termina aquí el adelanto-novenario de esta antología temática de El tiempo en los brazos de Tomás Segovia.]
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miércoles, 25 de enero de 2012
Tomás Segovia: una antología temática (VIII. Crítica y modernidad)
DGD: Textil 121 (clonografía), 2010
[De El tiempo en los brazos. Cuadernos de notas, de Tomás Segovia; anotación del 23 de diciembre de 1992 (título de DGD).]
Un texto de Tomás Segovia
Un rasgo característico de la modernidad es que la crítica tiende a morderse la cola, tiende a secretar un paradójico dogmatismo crítico. (Al hablar aquí de crítica pienso en la crítica del consenso y de las instituciones, en la crítica de la ideología no en el sentido actual de crítica de la naturaleza de la ideología, sino en el más concreto y pragmático de apartarse del consenso y de lo instituido, de buscar un pensamiento que hoy se llamaría alternativo. En una palabra, pienso en los que en una época dada piensan de manera original y diferente y en los que ponen en tela de juicio las ideas y actitudes aceptadas.)
En las épocas antiguas da la impresión de que los campos eran nítidos: había un consenso generalizado que merece llamarse central, y un pensamiento crítico y disidente por lo general poco unitario, puntual y aislado y que merece por ello llamarse marginal. Esta situación da la impresión de que empieza a cambiar desde el Renacimiento, cambio que se acelera a lo largo de los siglos XVII y XVIII: para capas cada vez más amplias de la sociedad, la crítica se va haciendo más y más central; para la época romántica puede decirse probablemente que en todos los grupos educados de la sociedad es el consenso acrítico lo que se ha vuelto marginal. En la época moderna no sólo sigue siendo así la situación, sino que el poder y el prestigio de esos grupos se han vuelto absolutamente hegemónicos. La sociedad moderna está hecha de dos tipos de grupos: modernizados y no modernizados. Pero los no modernizados aparecen bajo la forma típicamente moderna de la marginalidad: como una rémora. A diferencia de cualquier otra época histórica, en la nuestra parece que la tarea casi única de la clase dirigente es modernizar a los no modernizados.
(No sé si es necesario aclarar que “grupos” y “clases” son nociones fuertemente funcionales o incluso estructurales; no se refieren a individuos sino a relaciones; los individuos mismos albergan en su seno funciones diversas y pueden pertenecer simultáneamente a grupos o clases diversos.) Esa modernización comprende entre sus rasgos esenciales la pluralidad ideológica y la centralidad de la crítica.
Pero ¿puede la crítica ser central? ¿Cómo, convertida en crítica de la marginalidad desde el centro, no se volvería centralista? Ese centralismo es consenso ideológico y da pie necesariamente a una crítica de esa ideología, a una crítica de la crítica.
El panorama se vuelve vertiginoso. Es típico de nuestra época que el librepensamiento sea dogmático, que la rebeldía sea prestigiosa, que la revolución sea opresora, que la diversificación sea uniformadora (típicamente en la publicidad consumista), que la originalidad sea mostrenca. Es absolutamente paradójico que una sociedad se base en la crítica del consenso, o sea en la modernización, porque si se basa en eso, es que eso es justamente el consenso, mientras que lo que ella definió previamente como consenso ha pasado a ser marginal (por lo menos marginal para el consenso hegemónico). Esos grupos marginales se basan a su vez en su propio consenso, pero esa base ha pasado a ser no sólo parcial y regional, sino claramente relegada. Es lo que explica que en las sociedades modernas, donde es evidente que la tarea central consiste en la modernización, haya a la vez, de manera paradójica y en parte hipócrita, toda una ideología de resistencia a la modernización: ecologismo, folclorismo, anticuarismo, naturismo, exotismo, etc. etc.
Dicho de otra manera: sólo una sociedad moderna puede proponerse como tarea la modernización; pero sólo una sociedad no moderna puede modernizarse.
Por supuesto, la modernización consiste ostensiblemente en extender a todas las capas de la sociedad el grado de modernidad de sus capas más modernizadas. Pero eso no es todo: esas capas mismas también se proponen modernizarse. Podría decirse que esta segunda tarea, la de modernizar a las capas modernas, o a toda la sociedad cuando todas las capas estén ya modernizadas, consiste en la perpetua actualización de una modernidad que constantemente se va volviendo obsoleta.
Esto podría ser una explicación si la modernización fuera únicamente material. Pero la modernización es también ideológica. Modernizar a las capas arcaicas no consiste únicamente en integrarlas en la tecnología y los mecanismos de mercado de las capas modernizadas. Consiste también en integrarlas en la mentalidad de la crítica, la pluralidad y la autonomía respecto del consenso. Esta segunda integración no resulta automáticamente de la primera: la prueba es que es ella misma un consenso, una pérdida de diferencias y una desaparición de su autonomía. Que este desajuste no es secundario, superficial o pasajero, sino radical y violento, es cosa que comprueba cualquiera que eche una mirada a todos los procesos de integración modernizadora de las sociedades actuales. No es de extrañar que escuchemos por todas partes airadas protestas contra la violencia ideológica que esas integraciones implican, y que como todas las violencias ideológicas, suele manifestarse en violencia a secas.
En cuanto a la modernización de las capas modernas, es también contradictoria en el plano ideológico. Una sociedad que hubiera logrado (cosa por ahora bastante utópica) no contar más que con grupos modernizados, seguiría teniendo en principio como tarea fundamental su propia modernización. En el plano material, esa modernización sería posiblemente pura actualización.
Pero ideológicamente ¿cómo se puede modernizar la modernidad? El ideal de actualización material no es una actualización del ideal de modernidad, sigue siendo ese mismo ideal que siempre se propuso eso. Por otra parte, pensar que el ideal de actualización se actualiza no parece tener sentido. ¿Cómo actualizar el mandamiento que dice “Actualizad”?
En concreto, una ideología de la crítica, la pluralidad, la diferencia y la autonomía no puede ser ideología, o sea consenso y uniformización, sino reprimiendo su propia contradicción radical, o sea enmascarándose e invirtiendo a escondidas su sentido.
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[Leer Tomás Segovia: una antología temática (IX. Deseo y apropiación).]
domingo, 15 de enero de 2012
Tomás Segovia: una antología temática (VII. Ver y mirar)

DGD: Redes 142 (clonografía), 2012
[De El tiempo en los brazos. Cuadernos de notas, de Tomás Segovia; anotación del 23 de diciembre de 1991, en México (título de DGD).]
Un texto de Tomás Segovia
La diferencia entre ver y mirar es que mirar no es simplemente abrir los ojos para que reciban lo visible, sino lanzarse por ellos a apresarlo.
La verdad no es otra cosa que lo visible como presa. La presa que la mirada hace en lo visible. En un sentido la verdad no es más que lo visible: lo visible mismo. Pero lo visible sólo se hace lo visible mismo cuando está apresado en la mirada.
La verdad, como todo el mundo sabe, es intangible. Eso significa: es objeto de una devoración que no la destruye, que no la consume, que “no la toca”. Noli me tangere. Esa presa intocada hace a su vez de nosotros su presa. La mirada es esencialmente predadora, pero de una manera enteramente distinta de las otras predaciones, en el sentido de que se arroja sobre el mundo con un hambre violenta, pero es hambre de arrojarse, no de apropiarse. La mirada es ese animal de presa que se disuelve en la presa en lugar de disolverla. Por eso la verdad originaria y naciente, la evidencia, es a la vez y sin contradicción presa de la mirada y verdad desarmante. La evidencia salta a la vista. Como una liebre. O sea: si se pone a la vista llama inmediatamente a la mirada. La desarma en el sentido de que no le deja escapatoria.
La evidencia es lo que no se deja no mirar. La presa que se hace apresar invenciblemente, y en ese sentido hace de nosotros su presa.
En cuanto al decir, su relación con el hablar es en alguna medida paralela a la relación entre mirar y ver. El decir es la verdad del hablar como el mirar es la verdad del ver. Pero hay también diferencias importantes: el decir pasa necesariamente por un transitorio enmudecimiento.
Para decir hay que empezar por callarse, o más bien por callar al hablar, por taparle momentáneamente la boca al hablar, mientras que para mirar no hay que dejar de ver, no hay que cerrar los ojos. Justamente se puede (tal vez) ver con los ojos cerrados; pero no mirar.
No, no es eso. Tampoco para decir es necesario dejar de hablar. Lo que pasa es que el decir en su radicalidad, el decir mismo, está más allá del hablar. También lo mirado dice algo. También lo pintado dice algo (y lo compuesto sonoramente, etc.). El decir es el sentido mismo en cierta perspectiva. Todos los verbos relacionados con dar, recibir, tener, ver, seguidos de la palabra “sentido”, son sinónimos de “decir”: dar sentido, tomar sentido, tener sentido, mostrar sentido, etc. “No me dice nada” significa “Para mí no tiene sentido” o “No le veo el sentido”.
Entonces se puede decir tanto hablando como callando, pero también de las dos maneras se puede no decir.
Lo que no se puede es decir hablando (simplemente hablando) lo que se dice callando. O sea: lo que una pintura dice se puede decir puesto que la pintura misma lo dice; pero no se puede hablar de ello. Lo que dice un cuadro, o lo que dice la pintura, se puede decir hablando del cuadro o de la pintura, pero no se puede hablar de ello, incluso (o sobre todo) cuando se está hablando del cuadro o de la pintura.
Esto no es sino el principio general de la poesía. El sentido de la realidad, de la vida, de la vida real y la realidad viva, se puede decir, pero no se puede hablar de él. Se puede decir hablando, pero hablando de otra cosa: de la realidad, de la vida, pero no del sentido de la realidad y de la vida.
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[Leer Tomás Segovia: una antología temática (VIII. Crítica y modernidad).]
viernes, 6 de enero de 2012
Tomás Segovia: una antología temática (VI. Lenguaje, no lengua)

Sentir el lenguaje desde el ojo, no desde la pluma. Lenguaje, no lengua.
Típico del arte “moderno”: empezar por la otra punta. Dejarse bobamente seducir por las curiosas, curiosísimas, ingeniosísimas posibilidades aprovechables que cualquier sistema de expresión ofrece gratuitamente, y que cualquiera que cuenta con suficiente ociosidad puede multiplicar indefinidamente, que incluso se multiplican solas indefinidamente. Curiosidad típicamente infantil. En esa música “moderna” y “experimental” que escucho masivamente en la radio francesa la cosa es clarísima: esos “compositores” están puerilmente fascinados por las chistosas sonoridades que pueden producir o descubrir ya producidas. Pero ¿qué tiene que ver eso con la música? Ese “artista”, que habría que llamar descompositor, no quiere hacer música, no quiere decir nada, no sólo no tiene nada que decir sino que tampoco escucha nada que decir. O sea, ante esas posibilidades aprovechables sigue negándose a dejarse guiar por una Visión, a orientar esos acontecimientos auditivos para entrar en el sentido —que como su nombre lo indica está siempre orientado). El artista descompositor no está buscando lo decible de la realidad, el mundo como decible, la relación entre lo que se experimenta y lo que se dice, sino que vacía el decir para desmenuzarlo no como un significar sino como un acontecer.
Apostilla a lo anterior:
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domingo, 25 de diciembre de 2011
Tomás Segovia: una antología temática (V. Música y nostalgia)
Un texto de Tomás Segovia
Por su música el hombre medieval tiene derecho a ser religioso. Cuando un cisterciense[1] canta está absolutamente fuera de lugar preguntarle cómo es que cree. Sólo en la música la religión se resuelve.
[1] Se denomina arte cisterciense al desarrollado por los monjes de la orden benedictina del Císter en la construcción de sus abadías a partir del siglo XII. En el año 1098, Roberto de Molesmes fundó la orden, cuya expansión fue dirigida por el Capítulo General, integrado por todos los abades, que aplicó un programa preconcebido en la construcción de los nuevos monasterios. El resultado fue una gran uniformidad en las abadías de toda Europa. La figura decisiva fue Bernardo de Claraval, que planificó y dirigió el diseño inicial (a partir de 1135), influyó en el programa de la orden y participó activamente en la construcción de nuevas abadías. A su muerte en 1153, la Orden había fundado 343. Se llegó a fundar 754 abadías, cada una con un abad independiente. Sus construcciones prescinden de los adornos, en consonancia con los preceptos de su orden de ascetismo riguroso y pobreza, y consiguen espacios conceptuales, limpios y originales. Su estilo se inscribe en el final del románico, con elementos del gótico inicial, lo que se ha llamado “estilo de transición”.
jueves, 15 de diciembre de 2011
Tomás Segovia: una antología temática (IV. Ocio y libertad)
Un texto de Tomás Segovia
lunes, 5 de diciembre de 2011
Tomás Segovia: una antología temática (III. El desprestigio del futuro)
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sábado, 26 de noviembre de 2011
Tomás Segovia: una antología temática (II. Humanidad y deseo)
[Conviene repetir que este homenaje consiste en entresacar, del vasto corpus de El tiempo en los brazos, los cuadernos de notas de Tomás Segovia (1927-2011), y específicamente de su segunda mitad (1984-2011), ciertos fragmentos en ilación temática. El título es mío; entre corchetes y en cursivas añado a cada fragmento la fecha de inserción en los cuadernos. (DGD)]
Un texto de Tomás Segovia
Supongo que lo que quise decir el otro día cuando fui interrumpido es que incluso si el teórico es de buena fe, sólo puede referirse al bien biológico: el egoísmo despiadado sería según eso benéfico para la evolución de la especie animal homo, pero obviamente no para su historia.
Es seguro que no faltará algún elegante para burlarse de mí por hablar del Hombre con mayúscula. Comparto la burla, pero no hallé mejor manera de decir que el proyecto humano no es ni idéntico ni asimilable al “proyecto” de la Naturaleza —que evidentemente no tiene proyecto. Este proyecto humano es en cierto modo prolongación o relevo del “proyecto” natural, pero sólo en el sentido de que sólo empieza después de que el “proyecto” natural —o sea la evolución— ha alcanzado cierto grado de complejidad que funciona como su condición de posibilidad. Pero no olvidemos aquellas lecciones de Lógica en las que nos enseñaron que una condición no es una causa. El proyecto no es continuación, en un nivel más complejo, de la evolución natural. No es ni siquiera otra evolución, sino decididamente otra cosa.
Volviendo al tema: la competencia entre humanos no acarrea un mejoramiento biológico de la especie. Más bien al contrario: los vencedores en esa lucha no suelen ser los mejores ejemplares biológicos de su grupo, a pesar de que tienen más acceso a los alimentos, a los entornos higiénicos y a la salud administrada por hombres. Biológicamente, la especie humana está prácticamente estacionaria: su evolución no ha avanzado nada en los tiempos históricos. La “lucha por la vida” es entre nosotros lucha por el poder y el dinero, y si acarrea alguna evolución biológica, tendría que ser una evolución del “organismo” social. La estructura de ese organismo consiste, por lo menos en parte, en sus modos de dominar el mundo para sus propios fines, o sea en sus modos de producción y de consumo. Lo cual no representa una evolución biológica sino una evolución histórica.
Lo que le sucede evolutivamente a una especie animal es algo enteramente exterior a sus individuos, de lo que esos individuos no podrían tener ninguna clase de conciencia, ni siquiera una experiencia individual, y de lo que sería ridículo preguntarse si esos individuos lo desean o no. En cambio lo que les sucede a los hombres en su historia es a la vez consecuencia (voluntaria o involuntaria) y objeto (positivo o negativo) de su deseo. La evolución no es en ninguna medida un valor: un cambio evolutivo no es ni un bien ni un mal, sino viable o no viable, y si decimos que un cambio viable es un bien para la especie lo decimos obviamente desde nuestra perspectiva, no desde la de la especie misma. Porque el bien, el valor, es valor para alguien, y no podría ser valor para un animal. El valor es lo que a los ojos de alguien está valuado, y es el deseo el que valúa.
martes, 15 de noviembre de 2011
Tomás Segovia: una antología temática (I. Sobre amor y deseo)
[En este caso el experimento aquí consiste en entresacar, del vasto corpus de los Cuadernos de notas de Tomás Segovia (1927-2011), y específicamente de su segunda mitad (1984-2011), ciertos fragmentos en ilación temática. Los títulos y subtítulos son míos; entre corchetes y en cursivas añado a cada fragmento la fecha de inserción en los Cuadernos, a los que el autor dio el nombre de El tiempo en los brazos. Esta segunda mitad puede leerse íntegra aquí. (DGD)]
Amor y verdad
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