viernes, 26 de agosto de 2011

Límites

DGD: Paisajes-Serie azul 15 (clonografía), 2008



Aquí estoy con toda mi presencia.
Mi alma gris. Mi corazón distante.
Otra cosa no tengo. Ni he tenido.
Y sin embargo, falto.

Falto en mi corazón. Huyo en mi sangre.
Mi alma siente su humedad de nada.
Y sólo tengo como mío, el fondo
Del propio abismo que nos crece dentro.

Roque Vallejos




El mar sólo se deja sentir en sus límites. A medida que la mirada desde la costa se aleja hacia el horizonte, el azul se va aquietando de tal manera que a lo lejos no es sino algo tan inmóvil como el cielo. Pero basta ver cómo y de qué manera se mueve en la orilla, cómo la ola rompe, esa ola que ha sido engendrada en la quietud, en la aparente inmovilidad del azul de lontananza, y que ha venido acercándose, cobrando cuerpo, cargándose de sí misma, hasta culminar en eso que llamamos rompimiento, ahí, justo en el límite entre mar y tierra.

No sólo el mar: también su espejo en el cielo. En la nube que está sobre nuestras cabezas podemos apreciar ese otro oleaje, el hilado y deshilado, el irse descargando de sí misma, mientras que las nubes lejanas —sobre todo aquellas que se posan sobre el límite entre cielo y mar— nos parecen inmóviles.

Lo mismo sucede con los árboles agitados por el viento. Lo que más se mueve es la parte más alta del follaje, la más fina. A medida que la mirada baja, hay menos y menos movimiento hasta llegar al tronco y a la quietud con que se asienta en la tierra. Una gradación de movimientos: del tronco a las ramas inferiores, y de ellas a las superiores, y de ellas a las hojas y así, en lo más alto, a la danza espléndida que son los árboles que creemos quietos.

Tampoco la montaña debe estar tan quieta como nos parece.

No. Toda esta naturaleza no es indiferente: sólo está absorta. Es como la parte más lejana de mi conciencia, equivalente al romper de la ola, al destejerse de las nubes o a los ramajes más altos y delgados.

En lo más quieto está lo más raudo. Lo que llamamos límites no son sino los cambios de ritmo, la síncopa que aumenta, la percusión que se acelera.

El mundo sólo se deja sentir en los límites, precisamente para sabernos ilimitados.


*


[De Ónfalo, nuevo material.]





lunes, 15 de agosto de 2011

Los que saben no hablan

DGD: Paisajes-Serie ártica 17 (clonografía), 2009


Un antiguo principio del Zen rinzai indica: “Los que saben no hablan; los que hablan no saben”. En la “era de la información”, la práctica mística de la iniciación puede actualizarse de este modo: “Los que hablan están informados, algunos de ellos conocen, ninguno sabe. Los que saben no están informados, algunos de ellos conocen, ninguno habla”.

Estar informado es con frecuencia el mayor impedimento para conocer. Conocer es con frecuencia el mayor impedimento para saber.

“La sabiduría no conoce, pero ilumina la más profunda hondura”, dice la doctrina Zen.

La “era de la información” comete la falacia de considerar al conocimiento como punto medio entre estar informado y saber.

Los que están informados confunden información con conocimiento. Esa confusión los hace perder por completo el contacto con la sabiduría.

Los que saben no necesitan el conocimiento, pero algunos lo buscan por elección y casi por gusto. Casi todos ellos se desentienden por completo de la información, pero unos pocos la acumulan como entrenamiento, e incluso, a veces, llegan a hablar como amorosa penitencia.

Entonces dicen, con Antonio Porchia: “Hablo pensando que no debiera hablar: así hablo”. Pero hablan. Y el porqué hablan es claramente expuesto por otro hombre que sabe y habla, Tomás Segovia:



Hablar es desarmarse porque es estar siempre en falta abiertamente. Es cierto pues que seul le Silence est grand, tout le reste est faiblesse. Pero esta debilidad puede ser el principio de una fuerza. El que se transporta, el que habla y con ello abre la puerta a la duda, el que se explica y de ese modo se descubre, el que se expresa y por tanto nunca coincidirá exactamente consigo mismo, el que se delata y se traiciona, en fin, renuncia a la victoria. Lo cual no significa necesariamente que esté por debajo de la victoria. Puede quizá aspirar a una victoria más alta, no sobre el contrincante, sino sobre la guerra misma. [...] Perderse en explicaciones es correr efectivamente el riesgo de perderse. Pero todo lo que puede perderse puede también salvarse, e incluso sólo eso puede salvarse.

Las escuelas esotéricas y herméticas de Occidente asumen el no hablar como ocultar; de manera muy distinta, Oriente denuncia la total incompatibilidad de la sabiduría y la razón, y ante todo la racionalidad del lenguaje. El occidental calla para mantener en secreto de élite las claves y principios; el oriental no habla porque considera que la verdadera iniciación es ajena al pensamiento discursivo y que la verbalidad racional sólo produce falsas iluminaciones.

En un momento en que Occidente se ha extendido a casi todo el mundo y ha impuesto su cultura basada en la información, saber ya no puede ser el antagónico de hablar. El que sabe debe hablar, aun con todos los “aunques” imaginables: aunque nuestra modernidad coloca a todo hablar en un mismo nivel superficial equivalente a hacer ruido con la boca; aunque vivamos en una verborrea diseñada por el poder para enmudecer el sentido y mantenerlo mudo; aunque haya tantos informados y conocedores que hablan casi como tiros al aire, esperando que de modo espontáneo y azaroso adquirirán (así lo dicen) alguna sabiduría, o al menos ese simulacro que tanto deslumbra en las academias.

De ahí la amorosa penitencia del que sabe y habla. Sabe que no debería hablar, pero habla. Se dirige a todos, amorosamente, y no sólo a aquellos que saben que escuchar es la forma más íntima de saber. Porque también sabe que su palabra habrá de distinguirse de la de los que hablan sin saber, y que un día será la única palabra posible: la que se expone, descubre y desnuda, la que se pierde para salvarse.


sábado, 6 de agosto de 2011

Tiempo y control

DGD: Paisajes-Ciudad alienígena 13 (clonografía), 2001


Desde épocas remotas se ha cultivado la idea según la cual medir es controlar. Gran ejemplo es el tiempo y, con él, ese mecanismo de larga historia y cuyo nombre es reloj. Las antiguas civilizaciones observaron que el universo era modular: el día y la noche o los ciclos de la luna eran sucesivos, pero esa sucesividad no se cerraba en sí misma: era la expresión de una portentosa simultaneidad. Para el hombre “arcaico” medir el tiempo no era controlarlo sino reconocerse parte de esa expresión cósmica. Desde el presente concebimos a esos hombres como encerrados en una maquinaria de ominosa regularidad a la que debían adaptarse (tal como hacemos nosotros, que todo lo definimos como maquinaria), pero ellos no se contemplaban de ese modo. Aún no había nacido el tiempo como invención humana de control.

Tres milenios antes de Cristo, los chinos (y más tarde los egipcios y los incas) usaron el reloj de sol: brillantemente notaron que la sombra de una arista dispuesta sobre un disco podía marcar fragmentos del día a los que luego se llamó horas. Sin embargo, las noches y los días nublados quedaban sin medida (es decir sin la ilusión de ser “controlados”); los romanos solucionaron en parte ese problema por medio de velas con marcas regulares cuyo propósito era sentir las horas nocturnas.

El siguiente paso fue apoyarse en el agua, que era otro fluir semejante al del tiempo: en Babilonia, Egipto, Grecia y Roma se impuso el bello diseño de la clepsidra, en la que más tarde el agua se cambió por arena: otra forma de flujo, como sabían los hombres que veneraban el desierto. (Vitrubio habla de un reloj de aire cuyos pormenores nos son desconocidos.) Alfonso el Sabio cuenta que hacia el año 1267 se fue afinando el mecanismo de movimiento rotatorio continuo cuyos antecedentes se remontan a los ilustres nombres de Leonardo y Galileo.

Hacia principios del siglo VIII los relojes de pesas adornaron las torres de las iglesias europeas, imagen simbólica de la eternidad divina. Era, en efecto, una forma de control, pero no del tiempo sino de los fieles, que a cada tanto debían volver las miradas hacia la iglesia para medir el tiempo (y aunque no lo hicieran, las campanadas les recordaban no sólo sus obligaciones religiosas sino su lugar subordinado en el universo). Si ya para la ciencia de la época el mundo era un mecanismo, la iglesia lo convirtió en un reloj cuyo centro inalterable era la institución religiosa. Las torres “laicas”, como la de Londres, se basaron en el mismo principio, sólo que sustituyendo la omnipresencia divina por la del poder del Estado.

Fue justamente en un grupo de refugiados que huían de las persecuciones religiosas y que hacia el año 1535 se ubicaron en los Alpes suizos, que comenzó la idea de construir un reloj que midiera el tiempo humano en independencia de la ominosa eternidad que la iglesia había monopolizado. Así nació el reloj del que el herético Harry Lime se burla cuando en The Third Man (1949), desde la historia de Graham Greene y la cínica voz y expresión facial de Orson Welles, emprende su célebre elogio del mal como motor de la historia: “En Italia durante treinta años bajo el dominio de los Borgia hubo guerra, terror, asesinatos y baños de sangre, pero produjeron a Miguel Ángel, a Leonardo da Vinci y al Renacimiento. En Suiza proclamaron el amor fraterno: tuvieron quinientos años de democracia y paz, y ¿qué produjeron? ¡El reloj cucú!”.

Todos los cronómetros están sincronizados, en el sentido de que existe un acuerdo universal en la medida del tiempo: en todas partes se “controla” el devenir de igual modo. Por eso es tan interesante el reloj japonés o wadokei, que medía las horas tradicionales de esa cultura; sucedió que el reloj occidental, llevado a Japón por misioneros jesuitas y comerciantes holandeses en el siglo XVI, fue adaptado a husos particulares del Japón; el primer paso fue dotarlo de seis unidades de tiempo diurnas y seis nocturnas. Mientras que los relojes europeos medían horas siempre iguales, el wadokei variaba con las estaciones: las horas diurnas duraban más en verano y menos en invierno, y a la inversa. Lo fascinante es que este reloj iba hacia atrás: la hora novena comenzaba a medianoche; luego venían la octava y la séptima; la sexta marcaba el amanecer; después de la quinta y la cuarta, al llegar el mediodía se retornaba a la hora novena (no se usaban los números 1 a 3 porque ellos estaban reservados al ámbito de lo sagrado). Además, a cada hora correspondía un signo del zodíaco oriental. Este meritorio —y complejo— esfuerzo por mantener unidas la sucesividad y la simultaneidad terminó en 1873, cuando el gobierno japonés se avino al estilo occidental: desde entonces también en Japón hay igualdad con el calendario gregoriano y horas desgajadas del sustento arquetípico.

No es el único ejemplo de una gran pérdida: también en Mesoamérica había un calendario, el Tonalpohualli, y la versión maya, el Tzolkin, que medían el tiempo de acuerdo con una visión integral: el orden humano coincidía con órdenes mayores y medir no era controlar sino sincronizarse. Las cuentas cortas (kalendarium: libro de cuentas) eran parte de las cuentas largas, y la más larga estaba presente en la más corta. El tiempo no era una máquina opresiva consagrada a la producción sino un organismo vivo, consciente. Ahora se mide; antes se contaba, en el mismo sentido en que se dice contar un cuento o un mito.

Y aunque en el siglo XX y el XXI la industria relojera es ya cuestión de robótica, cuarzo, sistemas numéricos y fibra óptica (y, sobre todo, en que los relojes son símbolos de distinción y de clase), la ilusión es la misma: el hombre cree que controla el tiempo pero en realidad es controlado por él, y a tal grado, que la simultaneidad ha desaparecido por completo de la mentalidad humana. Miramos las manecillas que como cuchillas nos dividen en tajadas el día y la noche, pero ya no contemplamos la carátula misma en conjunto, que contiene todos los signos a la vez.

Ese era uno de los portentos que lograba el wadokei con su sola presencia: el hecho de numerar los fragmentos de tiempo con una numeración inversa (de 9 a 4) era un conjuro mágico que permitía a quien se regía por él mantener viva la certeza de que el ir hacia adelante no es la única dirección posible del tiempo. Las repercusiones de este conjuro son profundas e inagotables; la más inmediata es que el japonés se liberaba de la esclavitud con un simple cambio de mirada. El occidental se concibe como esclavo del tiempo, pero lo es del poder que ha inventado el tiempo exclusivamente sucesivo como una “carrera contra el reloj” sin posible escapatoria.

Lo que los relojes omnipresentes miden no es el tiempo sino la prisa. No es el tiempo al que se da tanta importancia, sino a la premura por la producción y el “progreso”, la insaciable carrera hacia ninguna parte. Homo hominis lupus: el tiempo exclusivamente sucesivo es la mayor y más eficiente forma de control del hombre sobre el hombre.

“No hay tiempo que perder”, dice Huidobro en Altazor. (Nótense de paso las dos posibles lecturas: la primera es la previsible: “hay que aprovechar el tiempo”, pero la segunda es una antigua intuición que ha sido eliminada por la idea moderna del tiempo útil: “no existe tal cosa como el tiempo perdido”.) El occidental entiende la frase “No hay tiempo que perder” como la desesperada exhortación a “aprovechar” cada segundo de una cuenta finita, de una clepsidra que se vacía inexorablemente. Sin embargo, los versos que siguen aclaran el sentido que persigue el poeta: “A la hora del cuerpo en el naufragio ambiguo / Yo mido paso a paso el infinito”. El cuerpo parece sumido en el naufragio (la inmersión en el tiempo), pero el adjetivo elegido es perfecto en cuanto a su conjuro mágico: el naufragio no es absoluto (unívoco) sino ambiguo (poseedor de distintos sentidos aparentemente contradictorios entre sí). Si desde el punto de vista de lo sucesivo la “carrera contra el reloj” —la finitud— parece imponderable, desde la mirada de lo simultáneo el cuerpo no sólo puede medir paso a paso el infinito (medir no como controlar sino como sincronizarse), sino que ello es su mayor desafío y su más profunda prerrogativa.

lunes, 25 de julio de 2011

Memoria fotográfica

DGD: Redes 122 (clonografía), 2009


Alguna vez, en alguna eternidad, ¿las cosas habrán sido las cosas y no recuerdo de las cosas?


Antonio Porchia



Me dicen que esa estrella que veo dejó de existir hace millones de años. Me dicen que veo el sol como era hace ocho minutos, no como es ahora. Incluso la montaña que contemplo en el horizonte está sumida unos instantes en el pasado. Observo mis propias manos como eran un milisegundo atrás. Sólo el punto focal del ojo sería contemporáneo de sí mismo, únicamente él estaría en el esquivo presente —si he de creer en quienes afirman que la realidad es visual—, pero ese punto nunca se contempla.

Todo está lejano a mis ojos, absorbido ya en el pretérito. En el instante en que veo el mundo, ese mundo que creo que es, ya no es: fue. La luz es lenta. Y nostálgica. Y sueña. Debe haber otra cosa que no tenga que avanzar, como ella, a tropezones, debe haber algo capaz de informarnos de lo que existe ahora, y con ello hacernos contemporáneos del universo. Debe haber algo que no sea, como la luz, celosa y represora. Porque nos oculta lo que existe tanto allá como aquí, lo que es en las galaxias ahora, ahora mismo que las necesito a ellas y no a sus imágenes diferidas.

Somos contemporáneos sólo de lo invisible. Porque la luz mantiene ignoto a todo aquello que no alimenta su nostalgia por lo que ya no es. La luz es la memoria fotográfica de lo inexistente. Toda imagen es póstuma. Toda imagen nace ya insertada en el álbum de recuerdos de la luz.

sábado, 16 de julio de 2011

Quien puede ser quien es

DGD: Textil 40 (clonografía), 2001


Antonio Porchia exclama: "Quien puede ser quien es, ¡qué poco es para quien no puede ser quien es!".

Estos son algunos de los infinitos niveles de esa exclamación:

1) Existe la posibilidad de ser quien se es, puesto que hay algunos que pueden ser quienes son.

2) Existe la imposibilidad de ser quien se es, puesto que hay algunos que no pueden ser quienes son.

3) Para los segundos, los primeros son poco.

4) Los primeros, por tanto, es también poco lo que pueden ser, mientras existan quienes no pueden en absoluto.

5) Si unos pueden, todos pueden.

6) Nadie puede ser lo que es hasta que todos y cada uno sean lo que son.

7) Así sea por egoísmo, los que pueden muestran a los que no pueden que esa imposibilidad es falsa, y los llevan a ser quienes son, porque sólo entonces unos serán mucho para otros. Serán ser.

martes, 5 de julio de 2011

Resquicios

DGD: Textil 73 (clonografía), 2009

“Demiurgo, el viento da vía.” Ahí está la vieja certeza de los exploradores del alma: irse hacia donde el viento sopla, seguir a esa guía por más voluble que parezca. Los marinos de Conrad, los exiliados de Melville, los extraviados de London, saben que el viento sopla siempre en una dirección determinada, y que no es por azar que va para acá o para allá, que mil veces cambia de rumbo, que sigue yendo hacia alguna parte aunque en apariencia se haya estacionado. Y lo siguen, a sabiendas o no, porque saben que el alma es eso, un soplo, un aliento. En los relatos genésicos, Dios sopla sobre sus criaturas para insuflarles vida. Por eso quien da aliento es el que sopla en un alma estancada, quieta, enrarecida. El alma es un impulso; por eso sufre cuando está encerrada, cuando no se le dejan resquicios para que el viento pueda colarse. Los exploradores del anima mundi tienen cuerpos porosos, llenos de resquicios: a cada instante el alma se les va en murmullos, en suspiros, en exhalaciones, en rugidos: es así que han aprendido a seguir al gran impulso del mundo, a irse por la vía que les indica el soplo divino. Saben que decir “el viento” no es generalizar: cada quien tiene una irrepetible rosa de los vientos. Por eso se van por la gran vía siempre irrepetible que el gran demiurgo da, por eso se atreven a ir siempre viento en popa, sin importarles hacia dónde los lleve, por eso se deciden a seguir al gran aliento genésico que anda por el mundo completando la creación.

*

[De Ónfalo; sobre uno de los poemas incluidos en Mil usos curativos del fuego.]

sábado, 25 de junio de 2011

Los cuatro votos de Marguerite Yourcenar

DGD: Paisajes-Serie ártica 2 (clonografía). 2009

En 1999 la editorial Gallimard, en su serie Cahiers de la NRF, publicó en París Sources II (Fuentes II), que recoge la mayor parte de un cuaderno de notas que Marguerite Yourcenar (1903-1987) no había destinado a la imprenta y que donó a la biblioteca Houghton de Harvard. Este libro —en edición de Elyane Dezon Jones y con presentación de Michèle Sarde— contiene esbozos de textos, reflexiones, citas, inventarios, recuerdos, resúmenes de lecturas y fragmentos que posiblemente pueden fecharse en la década del setenta y ubicarse en Petite-Plaisance, la casa de Yourcenar en la isla de los Montes Desiertos (Mount Desert Island, Northeast Harbor, Maine).

En uno de los textos de Fuentes II, “Meditaciones en un jardín”, la autora de Memorias de Adriano (1951) delinea sus principios y dibuja su mundo ideal:



ANHELOS

Desearía vivir en un mundo sin ruidos artificiales e inútiles, sin velocidad, y en el cual la noción misma de velocidad sería despreciada o aborrecida; los medios rápidos de transporte estarían reservados para las profesiones indispensables o para algunos casos graves.

Un mundo sin efusión de sangre humana o animal, en el cual todo crimen se consideraría odioso y conllevaría sanciones prácticas y purificaciones morales. El hombre manchado de sangre sería automáticamente apartado por considerarse mancillado, extraviado e insensato.

Un mundo en el que la sexualidad, en todas sus formas, se consideraría sagrada, aunque no necesariamente situada en el más alto rango de lo sagrado. [...]

Un mundo en el que la prostitución sería solamente ritual. [...]

Un mundo que tendría muy en alto la idea de renovación y que despreciaría la noción de novedad. [...]

Un mundo en el que todo objeto viviente, árbol, animal, sería sagrado y jamás destruido, salvo por absoluta necesidad y con un sentimiento de aflicción. [...]

Un mundo sin idolatría pero rico en respeto. [...]

“Meditaciones en un jardín” incluye los cuatro votos de Marguerite Yourcenar, que nunca podrán ser reiterados lo suficiente:



PROYECTOS

Ausencia total del miedo físico.

Ausencia total del miedo intelectual (creo que ya está logrado).

Aprender a ignorar el ruido. [...]

Rectificar siempre si el mínimo error se ha dicho o escrito.

Recordar siempre que cierto coeficiente de error es humano.


Principales virtudes:

Serenidad (ausencia de agitación inútil);

Valentía (casi lo mismo);

Atención, sin cesar alerta;

Sobriedad (ausencia de abusos);

Circunspección (rigor o prudencia);

No malignidad (bondad).


Tomar fuerzas momento tras momento. Es Dios (quien quiera que Él sea) quien proveerá el valor de mañana o pasado mañana.

Intentar estar o parecer tranquilo. La calma es calmante.

Volver a leer las cartas manuscritas y retocarlas con el fin de aclarar las palabras poco legibles. No olvidar jamás que escribimos para comunicarnos.

¿La alegría? No. Prematura en un mundo miserable.

¿La felicidad? Tal vez. Pero entonces que la felicidad sea un estanque claro en el cual el dolor vaya a beber.


Los cuatro votos:

Por numerosos que sean mis errores

Me esforzaré en vencerlos.

Por difícil que sea el estudio

A él me entregaré.

Por ardua que sea la vía de la perfección

No renunciaré a caminar en ella.

Por innumerables que sean las criaturas vivientes

En la extensión de los tres mundos,

Trabajaré para su salvación.


Después de esto, todo está dicho y no hay ninguna necesidad de otro precepto en esta tierra.

[Traducción de Vicente Torres.]


miércoles, 15 de junio de 2011

Metáfora: el camino infinito

DGD: Paisajes-Ciudad alienígena 7 (clonografía), 2001




Ninguna empresa que busque definir al genio tiene más que breves y efímeras posibilidades de satisfacerse, pero si en lugar de buscar criterios se buscaran signos, el sendero de menor equívoco sería estudiar la mirada metafórica de cada autor. Un maestro en esa forma de mirar es sin duda Lawrence Durrell; sus grandes edificios narrativos (El cuarteto de Alejandría, 1962; La revuelta de Afrodita, 1974, y El quinteto de Aviñón, 1992) reposan en un complejo tejido de metáforas deslumbrantes.

Un esfuerzo de enlistado sería casi tan largo como estos once libros; bastaría centrarse en los dos primeros volúmenes del Cuarteto de Alejandría (Justine, 1957, y Balthazar, 1958) para obtener ejemplos virtuosos en todas las tesituras. Por ejemplo, en el ámbito de los contrastes: “Los sirvientes negros, de largos guantes blancos, se mueven veloces de grupo en grupo, como eclipses de luna”. O bien las imágenes fulgurantes: “Yo, recluido en espíritu al igual que todos los escritores —como el velero en la botella, que no navega a ninguna parte”.

Existen muestras en que la poesía se alía a lo metafísico: “La representación era tan alucinante como una obra maestra pintada con toques de rocío”. Y en el mismo sendero de lo hermético, aquí en el sentido de la expiación y la trascendencia: “Tendría que pasar por las mismas contorsiones ridículas que todos nosotros, sentir su cuerpo como una capa de cal viva que se apaga torpemente para consumir el cadáver del criminal que está debajo”. O esta joya: “El desierto, melodramáticamente insípido como una hostia”. Son esas metáforas-palimpsestos que engloban más y más metáforas en progresión sensible:


Podía seguir los sentimientos de su madre en la voz como quien sigue la línea de una melodía.


La desnudez del espacio, puro como un teorema.


Su espíritu era una confusión de colores y sensaciones agudas, filosas como puñales, como si todo su sistema sensorial se hubiera derretido con el calor, a la manera de una caja de pinturas, fundiendo las ideas y los deseos. La alegría le daba vértigo y se sentía tan inmaterial como un arco iris.

Durrell utiliza a la metáfora para dar una imagen a algo que de otro modo no podría tenerla, y este es un ejemplo climático: “tuvo la sensación de que su libro pasaba rápidamente por debajo de su vida, de la misma manera que el imán, en la experiencia clásica que se hace en la escuela, atrae a las limaduras de hierro bajo una hoja de papel trazando en ella las líneas del campo magnético”.

En algún momento de su vida (presumiblemente, en la escuela), Durrell presencia ese experimento y su memoria visual guarda la imagen de las limaduras de hierro animadas y ordenadas por el campo magnético sobre la hoja de papel, cuando un imán se mueve por debajo de ésta. En otro momento, esa imagen concreta se inserta en otra, infinitamente abstracta, y en la conjunción metafórica lo invisible se vuelve visible en el territorio de la magia pura.

Vemos entonces al libro que se mueve por debajo de la vida del autor imantando, animando, reordenando de manera impensada a sucesos, emociones, pensamientos. La conjunción metafórica funciona de esa manera: ayudando a la formación de imágenes impensadas y, de hecho, a que todo tenga imagen, aun lo más etéreo e intangible, es decir, a lo que era inimaginable y que de ese modo ha sido conquistado y llevado dentro de los límites de la imaginación. Esos límites nunca son fijos: sólo esperan a la imagen que los desencadene, que los impulse y abra. Esto puede enunciarse de otra manera: no existe lo imposible; no hay límites, no existe nada ajeno a la imaginación.

Las imágenes que persigue Durrell, puesto que nacen en el blanco de la cuartilla (para el autor) y de la página impresa (para el lector), se vuelven magia en el sentido de revelación:


En el rostro dormido de Justine vio también a la niña que habitaba en ella, “la huella de un helecho en una roca cretácea”.


Era tan fácil desalentar a Justine como a un equinoccio.


Eran besos saludables como el mordisco de un niño hambriento en una manzana al horno.


Como leía poco llevaba, como una tribu antigua, toda su literatura en la cabeza.

Integradas en tal riqueza y pluralidad de registros y entrevisiones, las metáforas más sencillas de Durrell resultan doblemente eficientes: “la multitud, tensa como las chispas que saltan de un yunque”; o “el viejo sombrero, tan abollado o desteñido por el tiempo, que colgaba detrás de la puerta como un retrato de su dueño”.

En esa vena, una de las más memorables metáforas es esta de Justine: “A través de todo eso, como a través de la imagen de alguien muy querido que se sostiene en el lente de aumento de una lágrima gigantesca, vi avanzar el moreno y rígido cuerpo desnudo de Justine”. El lector se desentiende de la descripción, del suceso, de los personajes, y permanece absorto en el hallazgo: ¡las lágrimas como lentes de aumento! Si alguien reprochara a este fragmento la invención, un tanto forzada y artificial, de una lágrima gigantesca, es la propia imagen la que se explica: esa lágrima enorme que contiene la imagen de “alguien muy querido” debe sus dimensiones a que está aumentada por la lágrima que la sigue en el torrente.

En un nivel sucesivista, el llanto queda entrevisto como una sucesión de lentes de aumento que acrecientan la imagen hasta penetrar en lo microscópico; en otro nivel simultáneo, el llanto entero queda comprendido en una sola lágrima que, surgida del ojo y puesta ante él, hace crecer la imagen dolorosa hasta el tamaño del mundo... y entonces lo microscópico se identifica con lo macrocósmico. Lo de arriba con lo de abajo. La alquimia con la poesía.

Cuando parecía que el lenguaje era incapaz de ir más lejos, aparece la metáfora (imagen hecha de palabras, palabra hecha de imágenes) y muestra el camino infinito que hay todavía por recorrer.

domingo, 5 de junio de 2011

Una versión del soneto 84 de Shakespeare

DGD: Textil 36 (clonografía), 2001


William Shakespeare


Sonnet 84


Who is it that says most, which can say more,
Than this rich praise, that you alone, are you,
In whose confine immured is the store,
Which should example where your equal grew?

Lean penury within that pen doth dwell,
That to his subject lends not some small glory,
But he that writes of you, if he can tell,
That you are you, so dignifies his story.

Let him but copy what in you is writ,
Not making worse what nature made so clear,
And such a counterpart shall fame his wit,
Making his style admired everywhere.

You to your beauteous blessings add a curse,
Being fond on praise, which makes your praises worse.



* * *



William Shakespeare


Soneto 84

¿Quién es el que más dice, quién puede más decir
que este gran elogio: que sólo tú eres tú?
¿En qué castillo amurallado podrá nadie mostrar
como ejemplo la bóveda en donde tu semejante florece?

Oprobiosa vergüenza espera a aquella pluma
que a su modelo no concede una u otra gloria pequeña.
Pero aquel que de ti escribe, si es capaz de decir
que tú eres tú, ya tiene la luz del retrato.

Basta que sólo copie lo que en ti está escrito,
sin manchar aquello que la vida dijo en ti tan claro,
y ese doble dará nobleza a su sabiduría,

y tal copia será admirada en todas partes.
Y es que a tus dones celestiales sumas una maldición:
amas tanto a los elogios que ninguno te alcanza.



[Versión libre de DGD.]


viernes, 27 de mayo de 2011

Escritores inclasificables: la extrañeza (octava y última parte)

DGD: Textil 72 (clonografía), 2009

8

La extrañeza bien puede entenderse metafóricamente como un atisbo del otro lado. Hemos mencionado aquí al maestro argentino Antonio Porchia; el poeta Roberto Juarroz, que disfrutó de la amistad de Porchia, lo describe de este modo: “Su forma de escuchar parecía crear la profundidad en sus acompañantes, y cuando él hablaba, teníamos la sensación de que él lo hacía ‘desde el otro lado’, que por otra parte se volvía infinitamente próximo, mucho más que este lado”. Acaso ese otro lado al que alude Juarroz pueda entreverse si —de modo experimental— es primero identificada la magnitud opuesta, este lado.

Cuando el hombre piensa, una serie de corrientes intervienen directamente en ese proceso: el espíritu de los tiempos, la opinión pública, la modernidad, la cultura y, ante todo, la educación que ha recibido. Qué parte de ese pensamiento realmente le pertenece, es una cuestión que sigue debatiéndose, pero lo más probable es que, por más original e irrepetible que sea el pensar de un individuo, en todo caso se sirve, como los demás seres humanos, de una única base mental, definida ésta como la forma de traducir el pensamiento a las palabras que lo expresan.

Es precisamente la base mental lo que primero aprenden los seres humanos, aquello que los forma: en primer lugar la mentalidad binaria (la dialéctica, la lucha de los opuestos) y todos los mecanismos racionales asociados a ella. Dicho en términos llanos: el hombre piensa según la forma en que ha aprendido a traducir sus pensamientos. En todo caso los individuos reacomodan los módulos, fórmulas y núcleos constitutivos de esa base mental, pero nunca inventan nuevos sistemas cognoscitivos. Para ello sería necesaria otra mentalidad. En este sentido un pensamiento “puro”, es decir totalmente ajeno a los paradigmas y sistemas culturales, resultaría la mayor y más inalcanzable de las abstracciones. La base mental parece, pues, inamovible.

Si el hombre no hace sino reacomodar módulos, fórmulas y núcleos preexistentes, a veces se presentan reacomodos absolutamente imprevisibles: es a esto a lo que se llama genio. Sin embargo, incluso este altísimo registro no es más que una combinatoria inaudita, no la invención de otra base mental. (En casos como los de Leonardo Da Vinci y otros grandes creadores, lo que los modernos creemos entender es la parte de su pensamiento que se aproxima a nuestra base mental, aquella que nos permite reconocer un discurso y validarlo.) Porque la característica de tal base, fabricada por la razón, es ser exclusiva, es decir que construye su coherencia a partir de negar cualquiera otra base de pensamiento. Tanto Occidente como el Oriente occidentalizado contemplan como incoherencia, e incluso como locura o delirio, a módulos, fórmulas o núcleos que no sean los que determinan su base mental. Aun el pensamiento más radical, más esforzado por salirse de los paradigmas culturales, permanece, así, de “este lado”.

La noción de un “pensamiento puro” tiene una larga historia en el mundo de la filosofía. Mientras que los geómetras griegos pedían “aferrar la realidad con el pensamiento puro” (que fue más tarde el sueño de Einstein), Parménides —para quien ser y pensar son sinónimos: lo que no puede ser pensado no existe— aseveraba que la mayor dificultad del pensamiento puro está en alcanzar algún conocimiento del contenido de su objeto. Es por eso que un refrán afirma: “Un pensamiento puro es más penetrante que el filo de una cuchilla de afeitar”. Se trata del correspondiente de lo que, en otras esferas, Buda enseñaba: un solo pensamiento puro constituye en sí un momento de iluminación.

El problema del lenguaje como traducción del pensamiento es abordado en un texto poco conocido del metafísico René Guénon llamado “Discurso contra los discursos” (dictado en 1917 en plena guerra mundial), al que pertenece este fragmento:



Se ha dicho, sin duda bromeando, que el lenguaje fue dado al hombre para disfrazar su pensamiento; pero esto encierra una verdad más profunda de lo que podría suponerse a primera vista, a condición, no obstante, de añadir que este disfraz puede ser inconsciente e involuntario. En efecto, la función esencial del lenguaje es la de expresar el pensamiento, es decir la de revestirlo de una forma exterior y sensible, por medio de la cual podamos comunicarlo a nuestros semejantes, en la medida, al menos, en que sea comunicable: y es bajo esta restricción que quiero llamar más particularmente la atención de ustedes.


¿Puede decirse que la expresión sea alguna vez adecuada al pensamiento?, ¿y no es cualquier traducción, por su misma naturaleza, forzosamente infiel? Traduttore, traditore, dice un proverbio italiano bien conocido, que aunque parezca un poco un juego de palabras por su extrema concisión, no por ello es menos justo, y hasta tal punto que es extremadamente difícil y raro encontrar en dos lenguas diferentes, e incluso bastante cercanas la una a la otra, dos términos que se correspondan exactamente, de tal modo que cuanto más una traducción quiere ser literal, a menudo más se aleja del espíritu del texto.


Y si esto ocurre cuando se trata simplemente de pasar de una lengua a otra, es decir de cierta forma sensible a otra forma de la misma naturaleza —de cambiar de alguna manera el vestido del pensamiento—, ¿cómo no será todavía más difícil hacer entrar en las formas estrechas y rígidas del lenguaje a ese mismo pensamiento, que es esencialmente independiente de cualquier signo exterior y radicalmente heterogéneo respecto a su expresión? Para comprender hasta qué punto el puro pensamiento debe verse por ello disminuido, reducido y como esquematizado, sólo hace falta un instante de reflexión, a menos que se parta de las ilusiones de ciertos filósofos que, cegados por el espíritu de sistema, han creído que el pensamiento entero podía y debía encerrarse en una especie de fórmula concebida según el tipo matemático.



Lo que es cierto, por el contrario, es que lo que expresan las palabras o los signos no es nunca la totalidad del pensamiento, que éste contiene siempre en sí mismo una parte inexpresable, luego incomunicable, y que esta parte es tanto mayor cuanto más elevado sea el orden de este pensamiento, puesto que más alejado está entonces de cualquier figuración sensible. Lo que podemos confiar a nuestros semejantes no es pues nuestro pensamiento mismo, sino sólo un reflejo más o menos indirecto y lejano de él, un símbolo más o menos oscuro y velado; y es por ello que el lenguaje, vestido del pensamiento, es también forzosamente y por el mismo motivo, su disfraz.

Guénon toca aquí un fenómeno esencial que bien puede ejemplificarse en el hecho de que, de manera opuesta a las ambiciones de Descartes, el pensamiento sólo existe como palabra y discurso. El tan añorado “pensamiento puro” no aparece en la civilización humana como tal, sino sólo en su traducción a la palabra. Aun quien se aísla y piensa a solas, no hace otra cosa que seguir hablándose a sí mismo; él es su propio traductor, puesto que lo que llama pensar es la búsqueda de fórmulas que le permitan “entender” su propio pensamiento.
Se crean nuevos términos cuando no hay fórmulas lingüísticas para determinadas dimensiones del pensar que no se entienden mediante el lenguaje existente. Esos términos nuevos son eminentemente técnicos, y de ahí que la ciencia sea la primera en inventar conceptos para sus interpretaciones de la realidad. El pensamiento humano es discursivo o dialogal, pero no se identifica con la palabra, no es su prisionero: supera al verbo y lo precede. Por ello se dice que el lenguaje es un disfraz del pensamiento. Guénon enfrenta esta difícil cuestión:




Sin embargo, que el lenguaje sea un disfraz del pensamiento, supone evidentemente que hay un pensamiento escondido detrás de las palabras: ¿es siempre así para todos los hombres? Se puede estar tentado de dudarlo, y de preguntarnos si, para algunos, las palabras mismas no llegan a ocupar casi por completo el lugar de un pensamiento ausente. ¿No hay demasiados que, incapaces de pensar verdadera y profundamente, llegan sin embargo a darse la impresión a sí mismos, y a veces a los demás, de que son capaces de hacerlo, encadenando, con más o menos habilidad y arte, palabras que no son más que formas vacías, sonidos que, aun ofreciendo tal vez un conjunto armonioso, están en cambio desprovistos de significación real?


Ciertamente, el lenguaje rinde al pensamiento grandes y preciosos servicios, no solamente suministrándonos un medio de transmitirlo en la medida de lo posible, sino también ayudándonos a precisarlo y permitiendo definírnoslo mejor a nosotros mismos, y hacerlo consciente de una manera más clara y completa. Pero al lado de estas ventajas incontestables, el lenguaje, o mejor, su abuso, da lugar a graves inconvenientes, el menor de los cuales no es el verbalismo que ahora mismo denunciaba yo aquí ante ustedes, verbalismo cuya deplorable manifestación es lo que se ha convenido en llamar elocuencia. [...]


Es tan raro que un mismo hombre reúna dones tan diversos como los del escritor y el orador: el escritor, que no tiene a su disposición los mismos medios exteriores, necesita cualidades de otro orden, quizás menos brillantes, pero también menos superficiales y más sólidas en el fondo. Y además la obra del orador solamente tiene su razón de ser en una circunstancia determinada y pasajera, mientras que la del escritor debe tener normalmente un alcance más duradero. Al menos debería ser así, pero desde luego hay escritores cuyas frases no contienen más pensamiento que las de los oradores [...], y mucha de la literatura que en suma no es más que mala elocuencia, y que, fijada sobre el papel, ya ni siquiera tiene los encantos artificiales que podría prestarle una dicción agradable o sabia. Y naturalmente, al atacar a la elocuencia verbal, incluyo también con el mismo título, a toda esta vana literatura.

Guénon se aplica entonces a rastrear las causas de ese verbalismo hueco y estéril; si bien algunas parecen inherentes a la naturaleza humana en general, o bien al temperamento de ciertos pueblos o de ciertas personas, el factor esencial es la educación. Y aquí se lamenta de la educación helenística que él mismo recibió, puramente verbal: “En lugar de que la idea fuera independiente de la palabra, como debe serlo naturalmente, era la palabra la que, al contrario, se hacía independiente de la idea y usurpaba su lugar”.

Por un lado está el inalcanzable pensamiento puro; por otro, su traducción a las palabras; finalmente, la usurpación que hace el lenguaje al pensamiento. Es por ello que Guénon, no sin cierta amargura, termina por advertir: “Parece ser, hoy más que nunca, que el dominio del pensamiento puro debe permanecer como patrimonio de un pequeño número, y quizás es bueno que así sea, si es verdad que la especulación y la acción normalmente van bastante mal juntas”. Y concluye: “No nos dejemos engañar más por las palabras, como nos ha sucedido demasiado a menudo; sepamos de ahora en adelante, en todos los dominios, mirar las realidades cara a cara, verlas tal y como son”. Sin embargo, con objeto de mirar frontalmente a las realidades como son, hace falta estar lo más lejos que sea posible de “este lado”. Un logro enorme y casi impensable.

El pensamiento de Antonio Porchia no es “puro” en el sentido usual, y sin embargo, de un modo asombroso y apabullante, contiene una forma de la pureza que resulta radicalmente inédita:


Has venido a este mundo que no entiende nada sin palabras, casi sin palabras.
En las sentencias de Porchia, a las que él mismo denominó voces, están los módulos, fórmulas y núcleos preexistentes en la base mental humana:


Y si no hay nada que es igual al pensamiento y no hay nada sin el pensamiento, o el pensamiento es sólo pensamiento o el pensamiento es todo.
Precisamente porque Porchia habla “como todos”, Occidente puede reconocer una coherencia en las voces; por ello, la mentalidad occidental se ve impedida de descartarlas bajo la acusación de incoherencia, irracionalidad o delirio. No obstante, Porchia “habla como todos” situado en un punto anterior al establecimiento de esa base mental común —y acaso de cualquiera otra base mental posible.


Si yo fuese como una roca y no como una nube, mi pensar, que es como el viento, me abandonaría.
Y, sobre todo:


Mirando las nubes he visto que mi pensamiento no tiene su cuerpo solamente en mi cuerpo.
Qué portentoso el reconocer que el pensamiento tiene su propio cuerpo, y que éste es complementario pero no del todo equivalente al cuerpo físico. Mi pensamiento tiene un cuerpo que sólo en parte incluye a mi cuerpo material y que, con toda naturalidad incluye, por ejemplo, a las nubes.

Notable analogía y portentosa metáfora, porque las nubes tienen un cuerpo flexible, cambiante, que a veces se comprime hasta la forma de un cirrocúmulo y a veces se extiende por todo el firmamento como un tapiz algodonoso. Si soy capaz de contemplar así el cuerpo de mi pensamiento, ya no resulta tan delirante dar el salto y decir: “así también es el pensamiento de mi cuerpo”; no sólo mi cerebro piensa, del mismo modo en que mi pensamiento no sólo procede de lo que considero mi cuerpo y sus fronteras. Mirando las nubes no sólo veo cómo piensa mi pensamiento, sino veo el cuerpo del que procede ese pensamiento mío, y tal cuerpo incluye a las nubes y a todo lo que me parece “exterior” a mí, distinto y ajeno. Lo que resulta antinatural o incluso demencial desde una determinada base mental, es perfectamente natural apenas se aborda otra base.

Resulta muy probable que Roberto Juarroz se refiera, con la frase “el otro lado”, a ese punto desde donde Porchia se sitúa para hablar del mundo humano. Y, en efecto, Juarroz es el primero en advertir que Porchia “está en este universo pero podría estar en cualquier otro”, lo que implica que si Porchia habla de lo humano no es por fatalidad (el hombre piensa según la forma en que aprende a pensar) sino por decisión:


Mi palabra olvidada es la otra palabra que pronuncio; es todas mis palabras.
En efecto, la lectura profunda de la obra de Antonio Porchia lleva a la intuición —que es casi una certeza extralingüística— de que el autor eligió la base mental por medio de la cual sería entendido, es decir, el modo en que, al menos en una primera instancia, sería entendida la forma en que tradujo su pensamiento, en sí infragmentable:


Todos mis pensamientos son uno solo. Porque no he dejado nunca de pensar.
Sin embargo, a la vez sabemos que de igual modo podría haber utilizado otra base mental para esa traducción. Porchia lo sabía muy bien:


Lo que dicen las palabras no dura. Duran las palabras. Porque las palabras son siempre las mismas y lo que dicen no es nunca lo mismo.
Y:


El ocaso de las primeras palabras comienza en las segundas palabras.
Detrás de las palabras brota siempre lo no dicho, lo que no necesita traducción. El pensamiento en Porchia es algo que sale por completo de la base mental en la que sin embargo se sitúa para hablar: es una nube que por decisión habla como roca. El pensamiento de “este lado”, el de las rocas, es el que aleja de lo real: “Parece que mi pensar, cuando se encuentra conmigo, pierde las alas”, exclama Porchia. Y en otro momento: “Dejo y sé qué dejo; mas si pienso qué dejo, no sé qué dejo”. Sin embargo, existe también el otro lado:


Cuando pienso yo, pienso como pienso yo, no “seriamente”.
Una gran parte de las voces, independientemente de su discurso particular, parecen ser módulos, fórmulas o núcleos destinados a mostrar el acceso a otra base mental, e incluso podría decirse que a una mente sin bases, es decir a una mentalidad capaz de usar la base que desee, pero que no depende de ninguna de ellas. Es como un árbol que lo fuera por decisión —casi diríase por gusto—, y que si así lo quisiera podría ser nube, o roca, o ambas, o nada. Al hombre de la modernidad, en cambio, no le queda de otra: está convencido de que eso es precisamente lo que lo vuelve hombre, el no quedarle “de otra”, es decir que, esté en donde esté, se halla siempre y fatalmente de este lado, con lo que el otro lado se mantiene permanentemente en las antípodas: es lo imposible, lo más opuesto al hombre, aquello que éste no podría visitar sin dejar, automáticamente, de ser hombre.

Es sin duda a esto a lo que Porchia alude con ese uso tan agudo que hace del adverbio seriamente. Cuando el hombre piensa, lo hace como piensa el hombre; pensar seriamente equivaldría al impensable acto de hacer a un lado a los lados, de dejar de concebirse respecto a, de ser hombre porque no se es nube, roca, árbol. La extrañeza no es sino eso: pensar seriamente. En suma: las voces de Antonio Porchia son a la vez el lenguaje y la traducción universal de éste, la codificación para traducirlas a cualquier base mental posible. Está, por ejemplo, la forma de convertir el pensamiento de las rocas en el de las nubes:



Lo que me digo, ¿quién lo dice? ¿A quién lo dice?


Con las palabras que no he dicho he desarmado mis armas.


Las veces que hablo conmigo, algunas cosas no me las digo.


La verdad, cuando la pienso, no la digo.


Está, también, la más profunda experiencia humana:



Habla con su propia palabra sólo la herida.


Para que tu tristeza muda no oyese mis palabras, te hablé bajito.


A veces una palabra que parece de más no está de más, porque acompaña.


Las voces saben desligarse del espíritu de los tiempos, de la opinión pública, de la modernidad, de la cultura, de este lado:



Lo que quiero es lo que quiero si no pienso. Si pienso es lo que piensas.


Y enfocan la diferencia entre lo que el hombre es y lo que cree o piensa ser:



Sí, sufro siempre, pero sólo en algunos momentos, porque sólo en algunos momentos pienso que sufro siempre.


Y si no puedo decirte nada sin lo que yo me digo; lo que yo te digo, ¿es lo que yo te digo o es lo que yo me digo?


Antonio Porchia no está “lo más lejos posible de este lado” sino que se sitúa y habla desde el otro lado, lo cual significa, en primer lugar, que no hay lados para su pensamiento, es decir, que no los necesita para pensar:



Cuando me parece que escuchas mis palabras, me parecen tuyas mis palabras y escucho mis palabras.


Cuando digo lo que digo es porque me ha vencido lo que digo.


Hablo pensando que no debiera hablar: así hablo.


Y seguiré eliminando las palabras malas que puse en mi todo, aunque mi todo se quede sin palabras.


Acaso la magnitud del milagro implícito en las voces sólo podrá ser apreciado en el futuro (Palabras que me dijeron en otros tiempos, las oigo hoy), en un tiempo en que el hombre sea capaz de abandonar una base mental, y no para acceder a otra sino para aprender a usarlas todas; eso es la extrañeza a la que hemos intentado entrever aquí en tan diversos registros: traducir cualesquiera bases mentales una a otra, por decisión, por gusto, según la magnitud de ese único deseo intemporal que nos vuelve humanos.



domingo, 15 de mayo de 2011

Escritores inclasificables: la extrañeza (séptima parte)

DGD: Textil 62 (clonografía), 2009

7

Sí, hay más utopistas entre los piantados que entre los cronopios. Los piantados sueñan al margen de la modernidad, mientras que los cronopios saben muy bien que la modernidad equivale a un desgarramiento, y lo que hacen es salvaguardar sus mundos respectivos, su alegría lúdica y su libertad creativa; están conscientes, y ello hace más intensa su lucha por conservar la inocencia. Los piantados no saben que están en el margen ni que no pertenecen a la modernidad que los ha exiliado: ellos sueñan, y más exacto sería decir que mantienen vivo un antiguo sueño. Esta es la razón profunda de que a Cortázar interesaran tanto las utopías de los piantados, y de que diera tanto espacio en Rayuela a La luz de la paz del mundo de Ceferino Piriz. En un texto llamado “Paseo entre las jaulas”, Cortázar afirma: “hay encuentros que rozan potencias fuera de toda nomenclatura, que quizá no merecemos todavía”. Acaso la experiencia de los piantados es eso precisamente: merecer esos encuentros, sin que les preocupe cómo o por qué, y quizás aún menos el hecho de que los merecen por nosotros.

En otro texto (“Del gesto que consiste en ponerse el dedo índice en la sien y moverlo como quien atornilla y destornilla”) Cortázar desentraña —y asume— la relación entre cronopios y piantados:


Mi dulce Francia es un país de piantados descomunales, como lo demostró Raymond Queneau en Les enfants du limon, pero Bélgica es todavía peor y lo proclamo con el orgullo de haber nacido en Bruselas. Apena sin embargo comprobar que el número de piantados aprovechables para la cultura sigue por debajo del de los cibernéticos y/o estructuralistas, y por eso nos toca a los cronopios dar a conocer la labor de todo piantado sobresaliente que vayamos vislumbrando, máxime cuando ellos no hacen gran cosa por manifestarse salvo que sean muy mediocres, en cuyo caso apenas se diferencian de los cuerdos.
Los piantados sueñan utopías, y para ello hacen clasificaciones del mundo que nos suenan delirantes y risibles. Pero ¿no es verdad que suenan así sólo al compararlas con la utopía oficial que rige al mundo por medio de una férrea clasificación? Porque la modernidad tiene su utopía: habla sin cesar de evolución, de desarrollo, de progreso, de una inminencia del estado ideal de justicia social, derecho e igualdad, y al mismo tiempo se ríe de cualquier otra utopía alternativa (y cuando no ríe, la reprime sin miramientos) y no acepta sino una sola realidad: la del fracaso humano.

La modernidad, en efecto, es un desgarramiento. Camina con enorme orgullo y a toda prisa hacia la culminación de una utopía oficial en la que a todas luces no cree. Se vale hipócritamente del deseo de los individuos, de su necesidad de trascendencia, de su voluntad de crecimiento, para hacerlos ir, pero sólo le importa el transcurso ciego, y minuciosamente se desentiende del hecho de que la forma de ese transcurso niega cada vez más a la supuesta meta.

Los media nos enseñan que sólo hay sentido en ser moderno y nosotros lo aceptamos con algo que sólo puede llamarse fe: la fe de quien necesita metas que justifiquen el transcurso hacia ellas. A la vez, en el fondo a nadie pasa desapercibido que ser moderno es saber, con la tristeza de quien se enfrenta a lo innegable e inevitable (a wiser and a sadder man), que lo humano es un fracaso, que toda utopía es pueril y que el hombre nunca podrá levantarse de la rapiña y la devastación. ¿Cómo es posible conciliar progreso incesante con fracaso anticipado, el rutinario optimismo de los medios con el rabioso pesimismo de los intelectuales?, ¿cómo es posible vivir en el desgarramiento resultante de ese intento de conciliación? Y sin embargo el mundo moderno lo hace minuto a minuto, manipulando nuestra fe: creemos en la superación, el crecimiento y el avance hacia una gloriosa meta prometida; aceptamos que sólo hay un camino para llegar ahí, y que es el del neoliberalismo, la tecnología y las economías de mercado; y al mismo tiempo, por todos lados la intelligentzia nos dice que toda superación, crecimiento y avance son ilusorios y hasta ridículos. Y mientras todo esto sucede, los piantados sueñan, instalados en sus mundos simultáneos.

A principios del siglo XX pocas fueron las voces que cuestionaron el progreso y su carácter ilimitado, omnipresente y necesario. Una de ellas fue la de Charles Baudelaire en “El pintor de la vida moderna”:



Queda aún un error muy a la moda, del que quiero protegerme como del infierno. Me estoy refiriendo a la idea de progreso. Ese fanal oscuro, invención del filosofismo actual, patentado de garantía de la Naturaleza o de la Divinidad, esa linterna moderna arroja tinieblas sobre los objetos del conocimiento; la libertad se desvanece, el castigo desaparece. Quien quiera ver claro en la historia debe ante todo apagar ese pérfido fanal. Esta idea grotesca, que ha florecido en el podrido terreno de la fatuidad moderna, ha descargado a todos de su deber, liberado a cada alma de su responsabilidad, liberado a la voluntad de todos los vínculos que le imponía el amor de lo bello; y de durar mucho tiempo esta lastimosa locura, las razas menoscabadas se dormirán sobre la almohada de la fatalidad en el sueño senil de la decrepitud.


Este engreimiento es el diagnóstico de una decadencia en exceso visible. Pregunten a todo buen francés que lee todos los días su periódico en su cafetín lo que entiende por progreso: responderá que es el vapor, la electricidad y la iluminación a gas, milagros desconocidos para los romanos, y que estos descubrimientos testimonian plenamente nuestra superioridad sobre los antiguos; ¡tantas nieblas han hecho en ese infortunado cerebro y de tal manera se han confundido curiosamente las cosas del orden material y del orden espiritual! El pobre hombre está de tal modo americanizado por sus filósofos zoócratas e industriales que ha perdido la noción de las diferencias que caracterizan a los fenómenos del mundo físico y del mundo moral, de lo natural y de lo sobrenatural.
Estas palabras son tan vigentes para la modernidad de Baudelaire como para todas las que han sobrevenido desde entonces: basta actualizar las referencias tecnológicas de su texto. (Hay que hablar de modernidades, en plural, del mismo modo en que se habla de generaciones; pluralizar es un primer conjuro contra “la” modernidad que, contradictoria y desgarradoramente, se quiere eterna e inmutable, culminación de los tiempos, resultado egregio de las épocas anteriores, revancha contra un pasado que no era sino el vulgar pretexto para que ella existiera en su deslumbrante exquisitez.)

Baudelaire concluye:


Si una nación entiende hoy la cuestión moral en un sentido más delicado de lo que se entendía en el siglo precedente, hay progreso; eso está claro. Si un artista produce este año una obra que demuestra mayor saber o fuerza imaginativa de la demostrada el año pasado, es indudable que ha progresado. Si los productos son ahora de mejor calidad y más baratos que antes, en el orden material es un progreso incontestable. Pero ¿en dónde está, por favor, la garantía del progreso para el mañana? Pues los discípulos de los filósofos del vapor y de las cerillas químicas lo entienden así: el progreso sólo se les aparece bajo la forma de una serie indefinida. ¿En dónde está la garantía? No existe, digo yo, más que en su credulidad y en su fatuidad.


Dejo de lado la cuestión de saber si, fragilizando a la humanidad en proporción a los nuevos goces que le aporta, el progreso indefinido no sería su más ingeniosa y cruel tortura; si, procediendo por una porfiada negación de sí mismo, no sería un modo de suicidio incesantemente renovado, y si, encerrado en el círculo del fuego de su lógica divina, no se parecería al escorpión que se atraviesa a sí mismo con su terrible cola, ese eterno desideratum que produce su eterna desesperación.

A cada paso que da la modernidad hacia su meta anunciada, ésta se aleja, como en los malos sueños. Lo que le importa es ir, rauda y confiadamente, aunque a cada paso se recrudecen la injusticia social, la intolerancia y la irracionalidad. Y sin embargo, hay quien sigue soñando, pese a todas las advertencias en contra y a las sangrientas burlas que esa actitud despierta a su alrededor. La presencia de esos obcecados soñadores denuncia, en primerísimo lugar, la infinita falsedad de ese fracaso ontológico que es en lo único que la modernidad acepta creer.

*




jueves, 5 de mayo de 2011

Escritores inclasificables: la extrañeza (sexta parte)

DGD: Paisajes-Serie ártica 1 (clonografía), 2009

6

El adjetivo ingenuo es el máximo terror de la modernidad (de cualquier modernidad), cuyo máximo estereotipo intelectual es a sadder and a wiser man, como afirma el célebre verso del Ancient Mariner (1798) de Coleridge. En 1795 Coleridge, Robert Southey y Robert Lowell se enfrascaron en el proyecto de fundar, en las tierras salvajes de Pennsylvania, una utópica sociedad comunista llamada pantisocracia y en la que todos gobernarían en completa igualdad. Este plan fue pronto abandonado y, como el marinero de su poema, Coleridge devino “más sabio y más triste”.

Para el pensamiento moderno resulta muy evidente (es, de hecho, su principal evidencia) que la experiencia acumulada no puede crear otra cosa que un individuo más y más triste a medida que adquiere mayor sabiduría. La Historia con mayúscula es la de un pasado ingenuo y crédulo que nada ha acumulado sino utopías lastimosamente fracasadas (el marxismo es el gran ejemplo que suele esgrimirse como gran evidencia, pero hay muchos otros, casi uno para cada intento de contraargumentación). La tristeza proviene de ese monumental fracaso ante el cual quedan, como únicas actitudes intelectuales aceptables (es decir, “lógicas”), la amargura, la tristeza y, para las vanguardias artísticas, el cinismo. Cualquier actitud intelectual que no sea amarga, triste o cínica, queda automáticamente tasada como ingenua. (En el fondo, es este el origen del inusitado éxito cultural de virulentos críticos de la cultura como Cioran. Pensadores como Foucault, Barthes, Eco o Deleuze deben primero afirmar su autoridad intelectual, a través de su diálogo con lo clásico, para sólo entonces incursionar en lo “silvestre” sin que ello contamine a su seriedad.)

En lo que no se repara —precisamente porque detenerse en ello resulta ingenuo— es en el hecho de que, por la vía de esa lógica, el pasado tiene siempre que ser primitivo, crédulo, vergonzante y oscuro, únicamente con objeto de fundamentar la depuración, el escepticismo, el orgullo y la luminosidad del presente. No que el fracaso del ayer sea inferido como el triunfo del hoy (lo cual sería insostenible, ilógico y, una vez más, ingenuo); de lo que se trata es de asumir el mismo fracaso, sólo que conjurado por una sensación de “impotencia ilustrada” más aguda que en las épocas anteriores: el sadder and wiser man es un hombre cuya tristeza corresponde a la medida de lo que sabe, es decir, lo que ha aprendido de la experiencia acumulada, de la Historia con mayúscula. Tal aprendizaje se traduce en una esencial certeza: este individuo aprende —y acepta— que no puede hacer nada en absoluto ante la tremenda y casi cósmica derrota que lo precede.

Sin embargo, todavía existe una razón más profunda para su amargura y su cinismo: la intolerable certeza de que incluso la superlativa malicia del hoy será vista en el futuro como ingenua. No importa cuán desgarrado sea el realismo del presente, no importa cuán desolador sea su nihilismo ni los medios que ha inventado para lamentar la ulterior derrota del hombre: aun eso será superado por las siguientes modernidades que, previsiblemente (y de esto sí arroja una certeza la experiencia acumulada), continuarán en esa especie de competencia por lograr el mayor desencanto, la más rotunda desesperanza.

La perfecta salud del piantado, así como la de otros obstinados soñadores de utopías, estriba en su inconcebible libertad para negar los paradigmas instituidos, cuya única virtud es transformar en cordura la ulterior demencia de esos mismos paradigmas. Uno de los personajes de Rayuela, asombrado, comenta: “Ceferino adivina las relaciones, y eso en el fondo es la verdadera inteligencia, ¿no te parece? Después de semejantes proemios, su clasificación final no tiene nada de extraño, muy al contrario. Habría que ensayar un mundo así”. Acaso la extrañeza es eso: un mundo en el que por fin lo extraño no sea alarma para alertar a los alguaciles de la cordura. Lezama Lima y Francisco Fabricio Díaz, Felisberto Hernández y Ceferino Piriz se integran finalmente en la figura del poeta, que resulta profundamente subversiva desde el instante en que es capaz de adivinar las verdaderas relaciones entre las cosas.

Como resulta cada vez más claro, en este territorio las fronteras son móviles y están diluidas. Hacer cualquier afirmación sobre los inclasificables parece traicionar a su propio llamado, pero en vía experimental podría hacerse la misma equiparación/diferenciación que hace Cortázar entre los cronopios y los piantados, por ejemplo entre Lezama y Piriz, o entre Felisberto y Fabricio Díaz. Los cronopios y los piantados se parecen en que asumen el tiempo de otro modo, y esto de ninguna manera es una ilusión o un desvarío; se trata en sí de una denuncia de la estrategia por medio de la cual la modernidad manipula el sentido del tiempo. Un buen ejemplo se halla en el infaltable lugar común “escritores de reconocido prestigio”. Un eufemismo gemelo a éste es el de “artistas de fama internacional”, que coloca el acento en el espacio y se desentiende del tiempo: basta el hecho de que el renombre de estos artistas sea reiterado en varios países; se deja fuera de este panorama a la posible consideración del tiempo que pudiera durar tal consagración.

Por experiencia se sabe muy bien que los prestigios suelen durar un tiempo muy reducido (los quince minutos de fama a los que irónicamente aludía Warhol), pero no es por esto que el tiempo es estratégicamente retirado de este tipo de consideraciones, es decir que no se trata de una especie de pudor o conmiseración (si hubiera honestidad en los medios, ellos dirían “hoy, jueves 19 de agosto de tal año, disfrutan de prestigio reconocido; de mañana no sabemos ni nos hacemos responsables”), sino justamente para que frases como “escritores de reconocido prestigio” o “artistas de fama internacional” se cubran de un falso sentido intemporal, como si todo reconocimiento o celebridad fueran otorgados desde y para siempre.

El tiempo corre (si es que corre) de otra forma para cronopios y piantados, y acaso lo que los define y unifica es el hecho de que escapan a la sucesividad pasado-presente-futuro (“el dos después del uno y antes del tres”) en tanto su territorio fundamental es la simultaneidad. Pero aunque comparten ese alto privilegio, a la vez se diferencian: hay más escritores naïve o “silvestres” entre los piantados, es decir entre los que son más carentes de autocrítica. Y ello bien podría dar paso a otra pregunta: ¿es precisamente la autocrítica aquello que diferencia a las respectivas ingenuidades de un cronopio y un piantado? Porque para la modernidad, la palabra “autocrítica” no significa “afán de superación” sino “malicia que impide cometer ingenuidades”.

Tal vez podría hablarse más bien de distintas longitudes de onda. Ello implica una gama en la que cronopios y piantados no serían sino distintas formas de manifestación de lo excepcional, de lo inclasificable. Mientras que autores como Lezama Lima y Felisberto Hernández son arriesgados especuladores en el terreno del arte y el lenguaje, y en ellos no está exenta la ironía y la malicia, sin que éstas cancelen su inmensa capacidad de asombro (que bien podría llamarse inocencia adánica, como lo hace Cortázar), en personalidades como las de Ceferino Piriz y Francisco Fabricio Díaz parece haber un rompimiento total con las convenciones del mundo de la cultura: no pueden juzgarlas ni burlarse de ellas porque no las perciben; tales convenciones no tienen para ellos ninguna significación. Cada piantado vive en un mundo propio que tiene con nuestro mundo frágiles ligas, puentes etéreos que pueden desintegrarse en cualquier momento. A la inversa, los cronopios viven en un mundo tan vasto que tiene a nuestro mundo sólo como una de sus provincias, y no la que más les gusta explorar.

Para Cortázar, la ingenuidad de Lezama es la de Adán, es decir la de quien se planta, contra toda la malicia de su tiempo y, sobre todo, sin miedo, en la plena raíz de lo humano. (El miedo sigue siendo el gran motor intelectual, y se trata en primer lugar del miedo a ser ingenuo.) He ahí una primera herramienta para saber distinguir a los grandes extrañados/extrañadores, a los grandes inclasificables.

Para una mirada de fáciles contrastes, Lezama Lima y Felisberto Hernández equivalen a creatividad, mientras que Ceferino Piriz y Francisco Fabricio Díaz son (como escribe Julio Ortega) “el otro lado de la creatividad, su desvarío”. La frontera entre unos y otros existe, pero no es tan fácil de establecer. Pero ya el mero hecho de buscarla ayuda a cuestionar el más extendido afán de nuestra cultura, el ansia clasificatoria.

Con todos los riesgos, podría plantearse la diferencia en términos experimentales: ¿autores como Lezama y Hernández van en pos de la obra, mientras que escritores como Díaz y Piriz se concentran más bien en la utopía, cada uno a su manera? En esta pregunta queda a la vista lo precario de esa clasificación, puesto que ¿no hay utopía en la escritura de los cronopios?, ¿y no van los piantados tras la obra, sea utópica o no? Y pese a todo, parece que en efecto, y de manera muy curiosa, hay más utopías en las obras de los piantados que en la de los cronopios.

Lo que a fin de cuentas nos importa de unos y otros es que comparten un rasgo esencial: la extrañeza, aunque evidentemente en dosis muy distintas y con fines muy diversos. Todos necesitamos a la extrañeza, por más que parezcamos tan cómodos en el mundo racional, ordenado y convencional que nos rodea (y precisamente por eso). Los medios nos pueden convencer de que estamos en un mundo en crisis, pero a la vez nos tranquilizan con la aseveración de que conocemos tan bien a esa crisis como al mundo al que esa crisis afecta. Pero algo en el fondo de nosotros no lo cree del todo. Algo se resiste a aceptar todo lo que se nos dice acerca de las bases del mundo y del universo en que ese mundo está inmerso. Necesitamos, pues, a la extrañeza como impulso para salir del férreo entramado de convenciones que por todos lados nos sostiene (y en más de un sentido, nos recluye).

En cuanto a la literatura, existe una experiencia profunda que todos compartimos: hay una cierta decepción cuando leemos a un escritor que nos devuelve la misma maraña de convenciones de la que esperábamos librarnos así fuera por un momento. Ese autor puede captar nuestra atención, puede incluso sorprendernos y hasta deleitarnos, pero al dejar ese cuento o esa novela intuimos, de manera más o menos oscura, que hemos sido traicionados: nos han devuelto el mundo tal como lo conocíamos y en realidad ese escritor no ha hecho sino reforzar el poder de las convenciones.

De ahí el asombro, el íntimo placer cuando descubrimos a autores que nos proporcionan accesos a otras realidades (que es una sola realidad, sólo que despojada de los filtros que usualmente nos alejan de ella), a mundos que son éste pero que se bañan de una luz más pura, de una atmósfera más profunda. En este caso no es que nos hayan sacado de este mundo (lo cual sería mero escapismo y de eso tenemos bastante) sino que nos han puesto en los ojos una cierta claridad que nos permite ver más de lo que nos rodea y en nosotros mismos. Y como no hay forma de describir a esa claridad, ni a la experiencia misma de dialogar con ese autor, sabemos entonces que estamos ante un escritor inclasificable, porque no hay forma de categorizarlo sin traicionar a eso que nos da.

Eso que los inclasificables nos dan está bien descrito por Cortázar: es “un increíble enriquecimiento de la realidad total, que no sólo contiene a lo verificable sino que lo apuntala en el lomo del misterio como el elefante apuntala al mundo en la cosmogonía hindú. [...] ¿Debe pedírsele más a un narrador capaz de aliar lo cotidiano con lo excepcional al punto de mostrar que pueden ser la misma cosa?”.

Podría haber otros modos de reconocer a los escritores heterodoxos, atípicos o transparentes (obviamente no a los secretos, porque si en verdad lo son, nunca se sabrá nada de ellos). Uno de esos modos es el protagonismo: qué tanto les preocupa estar “en el candelero”, ser vistos, reconocidos y admirados. Escritores como Antonio Porchia, José Lezama Lima o Felisberto Hernández no se negarán a charlar con un pequeño grupo de amigos, pero dar una conferencia ante cinco mil personas los horrorizaría sobremanera (es acaso en este sentido que Porchia afirma: “Cien hombres, juntos, son la centésima parte de un hombre”). Les gusta publicar, sienten un enorme orgullo ante cada libro e incluso en algunos casos ante las obras completas, pero saben que nunca llegarán a millones de lectores y que sus nombres jamás estarán en las listas de libros más vendidos de la semana, del mes o del año.

Podremos también reconocer a los inclasificables porque cuando hablan no hacen concesiones. E incluso, cuando hablan, parecen repetir dos sentencias de Antonio Porchia: “Hablo pensando que no debiera hablar: así hablo”, y “Cuando digo lo que digo es porque me ha vencido lo que digo”. Afortunadamente hablaron; para fortuna nuestra se dejaron vencer por lo que dijeron, es decir, por lo que dicen. Porque así hay rastros suyos en todas partes, y sobre todo porque les debemos la gran enseñanza: la de buscar los rastros por nosotros mismos, la de encontrar nuestras propias brújulas, la de no conformarnos con lo que se nos da, la de desarrollar cada uno nuestras propias antenas para la recepción de esas vibraciones a las que aquí se ha llamado extrañeza.

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lunes, 25 de abril de 2011

Escritores inclasificables: la extrañeza (quinta parte)

DGD: Textil 67 (clonografía), 2009


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A Julio Cortázar se debe la primera difusión internacional de la obra de uno de los más inclasificables autores del siglo XX, el cubano José Lezama Lima, ante todo a través del ensayo que le dedica en las páginas del libro-almanaque La vuelta al día en ochenta mundos (1967). De entrada, en ese texto Cortázar establece su territorio:



Estas páginas acerca de Paradiso, novela de José Lezama Lima (Ediciones Unión, La Habana, 1966) no son un estudio sobre la novelística de Lezama, que exigiría el análisis riguroso de toda su obra de poeta y de ensayista a la luz de los más fecundos avances en el campo antropológico (Bachelard, Eliade, Gilbert Durand...), sino la aproximación por vía simpática que elige todo cronopio para entablar comercio con otro.

La palabra “cronopio” es un invento de Cortázar que tiende menos a clasificar lo inclasificable que a aludir a ciertos seres de inaudita libertad creativa (en términos muy llanos, los cronopios, heterodoxos, tienen como opuestos a los famas, ortodoxos; entre ambos se sitúan los esperanzas, que de una u otra manera poseen la vocación —el llamado, no la garantía de llegada— de trascender a la ortodoxia por medio del extrañamiento). En su texto acerca de Lezama, Cortázar marca como método a la “aproximación por vía simpática que elige todo cronopio para entablar comercio con otro”; el objetivo es no permitir que la extrañeza de la obra lezamiana obligue a engolar el tono y por tanto reseque un texto que se quiere catálogo de entrevisiones y vivencias oblicuas.

El conjuro es indispensable, porque en el transcurso del ensayo Cortázar se ve en la necesidad de abordar —y exorcizar— la palabra más proscrita en el discurso intelectual de Occidente: ingenuidad. Porque la grandeza de Lezama, su carácter de clásico en el sentido más puro, no cancela automáticamente a ciertos registros de lo ingenuo, sino que incluso se basa en ellos. Así, Cortázar anota:


A la ironía defensiva que se apoya en falencias de superficie se suma la que ha de provocar en muchos la insólita ingenuidad que aflora en tantos momentos de la narrativa de Lezama. En el fondo es por amor a esa ingenuidad que hablo aquí de él; más allá de todo canon escolar, sé de su penetrante eficacia; mientras tantos buscan, Parsifal encuentra, mientras tantos hablan, Mishkin sabe. El barroquismo de complejas raíces que va dando en nuestra América productos tan disímiles y tan hermanos a la vez como la expresión de Vallejo, Neruda, Asturias y Carpentier (no hagamos cuestión de géneros sino de fondos), en el caso especialísimo de Lezama se tiñe de un aura para la que sólo encuentro esa palabra aproximadora: ingenuidad. Una ingenuidad americana, insular en sentido directo y lato, una inocencia americana. Una ingenua inocencia americana abriendo eleáticamente, órficamente los ojos en el comienzo mismo de la creación, Lezama Adán previo a la culpa, Lezama Noé idéntico al que en los cuadros flamencos asiste aplicadamente al desfile de los animales: dos mariposas, dos caballos, dos leopardos, dos hormigas, dos delfines... Un primitivo que todo lo sabe, un sorbonard cumplido pero americano en la medida en que los albatros disecados del saber del Eclesiastés no lo han vuelto a wiser and a sadder man sino que su ciencia es palingenesia, lo sabido es original, jubiloso, nace como el agua con Tales y el fuego con Empédocles. Entre el saber de Lezama y el de un europeo (o sus homólogos rioplatenses, mucho menos americanos en el sentido al que apunto) hay la diferencia que va de la inocencia a la culpa.

El racionalista occidental acepta cualquier acusación, incluso las más graves, excepto una sola: la de ser ingenuo, y esto porque su máximo título de gloria es la malicia, traducida en una sabiduría que ya no puede sorprenderse, que todo lo abarca y cuyo último regusto son la amargura, el cinismo y el desencanto. Es tanto el miedo de la ortodoxia a lo ingenuo que el modelo de estilo académico imperante en Occidente considera a la claridad un sinónimo del empobrecimiento... o de la ingenuidad, que es concebida como la enemiga declarada de la sabiduría, a su vez definida como erudición.

Por ello la peor imputación que puede hacerse a los autores clasificables, y con mayor razón a los inclasificables, es precisamente la de ser ingenuos, primitivos o autodidactas, esto último siempre dicho por los sorbonards cumplidos, es decir por aquellos que entienden al desencanto y la amargura como únicas coronaciones de la sabiduría (naïve es un adjetivo dirigido a todo autor en el que haya una palingenesia poética, es decir una auto-creación continua). Por ello resulta doblemente oportuna la diferenciación que hace Cortázar (“la diferencia que va de la inocencia a la culpa”). En el texto que hemos citado queda bien establecida esa diferencia, pero aún permanece otra que es necesario dilucidar —si ello es realmente posible.

Seis años después de Rayuela, en otro libro-almanaque, Último round (1969), Cortázar abunda sobre el tema de la excentricidad y en el texto “En vista del éxito obtenido, o los piantados firmes como fierro” presenta ahora fragmentos de un libro-utopía del también cubano Francisco Fabricio Díaz, llamado Poético ensayo al conjuro efluente cristífero; se trata de una edición de autor fechada en 1961 cuyo asunto es más bien oscuro pero parece centrarse en la posibilidad —más o menos descrita por el autor— de tomar una fotografía a Jesucristo y en general a otros expectros (“deben ser fantasmas que tosen mucho”, comenta Cortázar). Díaz prologa su libro con un pensamiento vagamente atribuido a José Martí que bien podría ser una declaración de principios del piantadismo universal: “El mayor porcentage [sic] de genios y hasta supergenios, bajan a la tumba desconocidos hasta de sí mismos”. Una primera balanza surge de inmediato, así como una pregunta que sólo en principio suena en sí misma ingenua: ¿cuál es la diferencia profunda entre la ingenuidad de Lezama y la de Díaz?

En otro texto incluido en La vuelta al día en ochenta mundos (“Del gesto que consiste en ponerse el dedo índice en la sien y moverlo como quien atornilla y destornilla”), Cortázar designa a la palabra piantado como “una de las contribuciones culturales del Río de la Plata. Los lectores al norte del paralelo 32 tomarán nota de que viene de ‘piantare’, en italiano mandarse mudar, aceptación ilustrada por un rotundo tango donde también se oye el ruido de rotas cadenas: Pianté de la noria... ¡se fue mi mujer!”. En su origen el piantado es, pues, el “ido”, pero esta unidad puede ser tomada también como separación, como entrevé Cortázar: “si la capital se enorgullece de un meritorio porcentaje de piantados, en cambio nuestras provincias continúan repletas de idos; la querella lingüística no tiene importancia frente a la esperanza de que la suma de idos y piantados alcance algún día a contrarrestar la influencia de los cuerdos, con los cuales nos está yendo hasta ahora como usted sabe”. Y a continuación Cortázar atenta aún más contra la terminología en cuanto plantea una nueva disyuntiva:


La diferencia entre un loco y un piantado está en que el loco tiende a creerse cuerdo mientras que el piantado, sin reflexionar sistemáticamente en la cosa, siente que los cuerdos son demasiado almácigo simétrico y reloj suizo, el dos después del uno y antes del tres, con lo cual sin abrir juicio —porque un piantado no es nunca un bien pensante o una buena conciencia o un juez de turno—, este sujeto continúa su camino por abajo de la vereda y más bien a contrapelo, y así sucede que mientras todo el mundo frena el auto cuando ve la luz roja, él aprieta el acelerador y Dios te libre.

Y, para agravar las dificultades clasificatorias, apunta: “Todo piantado es cronopio, es decir que el humor reemplaza gran parte de esas facultades mentales que hacen el orgullo de un prof o un doc, cuya sola salida en caso de que les fallen es la locura, mientras que ser piantado no es ninguna salida sino una llegada”.

Lo que es Latinoamérica respecto al mundo, acaso lo es Cuba respecto a Latinoamérica. O tal vez lo sea Uruguay, un país que parece especialmente fecundo a un cierto tipo de rareza. En el más inclasificable y alto de los registros de lo raro, el gran ejemplo sigue siendo la obra del uruguayo Felisberto Hernández, cuya difusión también se debe en alto grado a Cortázar. En el prólogo a La casa inundada y otros cuentos de Hernández, Cortázar intenta —como lo hiciera en el caso de Lezama— dar “el salto fulgurante a lo único que vale para él: el extrañamiento, la indecible toma de contacto con lo inmediato, es decir con todo eso que continuamente ignoramos o distanciamos en nombre de lo que se llama vivir”. (En una carta dirigida a Ida Vitale —septiembre 20 de 1973—, Cortázar recuerda “ese pasado en que fui entrando en su mundo secreto [de Felisberto], los años cincuenta cuando descubrí que alguien, ahí enfrente [del otro lado del Río de la Plata], había escrito una de las obras más alucinantes de nuestro tiempo”.) Y agrega:


Siempre secretamente angustiada, la crítica literaria llamada a situar una obra como la de Felisberto tiende a sacar de su sombrero de copa el gran conejo blanco del surrealismo; es una manera de fijar la imagen antes de pasar a otra cosa, y además es cierto que el conejo está muy vivo y que se pasea continuamente sobre el piano de Felisberto. [...] Pero también aquí opera la maniobra discriminatoria que Felisberto habría sido el primero en rechazar. ¿Hasta cuándo se insistirá en situar al surrealismo en un terreno falsamente privilegiado, lo que es una manera de marginarlo frente a una realidad supuestamente más imperiosa e importante? ¿Hasta cuándo el absurdo magisterio surrealista, fomentado antaño por Breton, más tarde por sus epígonos, y siempre por una cierta crítica ávida de etiquetas simplificadoras?

Una segunda balanza aparece cuando se considera que también Cortázar difundió otro de los registros de la rareza, el de los piantados uruguayos, por medio de la cita que hace en Rayuela de fragmentos de un libro de Ceferino Piriz, La luz de la paz del mundo, cuya historia no es menos excéntrica que su contenido: en 1953 fue enviado por el autor a un concurso de ensayo promovido por la UNESCO. Cortázar, elegido como miembro del jurado de ese concurso, pudo salvar del olvido a ese y otros textos:


Como las cosas se cumplen por sus vías que no siempre son las de la Unesco, apenas se encendió el farol-concurso aparecieron enormísimos piantados con sobres y paquetes de todos los colores. Por supuesto nadie les hizo caso y el premio se lo dieron a Wladimir Weidlé que es la inteligencia misma; pero yo pude salvar algunos de los manuscritos más memorables, y despacito les fui dando a mi manera los premios que podía. Cefe anda ya conmigo en varios idiomas.

El texto de Ceferino Piriz suelta algunas ideas para resolver los problemas mundiales y para ello emprende una clasificación universal que suena delirante y nos hace reír a carcajadas, pero el autor la ha hecho muy en serio. Cuando Cortázar escribió “el surrealismo suele mostrarse más activo y eficaz en manos de los no surrealistas” (“Teoría del túnel”), acaso se refería a muestras como La luz de la paz del mundo.

El autor de Rayuela llegó a considerar la idea de explicar en la novela, por medio de una “nota de editor”, que Ceferino Piriz no era un invento suyo y que se había limitado a citar textualmente La luz de la paz del mundo, añadiendo la historia de cómo este manuscrito había llegado a sus manos. Y es que si Piriz hubiera sido un personaje más, habría sido una “mala invención”, una mofa cruel —y bastante inútil— dirigida a ciertos escritores naïve o “silvestres”, mientras que existente y citado al pie de la letra resultaba increíble, pero no por inverosímil sino por insultante para la mentalidad moderna. Cortázar desechó la idea de esta nota bajo la consideración de que era una ruptura a la convención de realidad de la novela misma. (De esto no hay registro, pero es posible imaginar que, buscando una forma de intercalar estos fragmentos en un libro que estuviera fuera del libro pero a la vez dentro, actuando como su gran caja de resonancia, Cortázar haya pensado en los “capítulos prescindibles” que hicieron la justa fama de Rayuela como libro plural y permutante.)

A la estupefacción del lector de Rayuela cuando comprueba que existen escritores como Piriz, a tal grado despojados de malicia intelectual (en el caso de que ese lector no se haya topado antes con otros raros), se suma un cuestionamiento que nunca es respondido de manera cabal: ¿por qué Piriz interesó a tal grado a Cortázar como para dedicarle tan amplio espacio en una novela que por otro lado está llena de referencias a la gran literatura, a la obra seria, a la brillante malicia (a las que por cierto el autor dedica menor espacio respectivo)? El crítico Luis Harss intenta una respuesta: “A Cortázar le gustó porque le pareció un ejemplo perfecto de los extremos de sinrazón a que puede llegar la razón pura (‘lo último que pierde el loco es su facultad de razonar’, dijo Chesterton) y lo copió sin cambiar una palabra. Y la verdad es que calza perfectamente en un paisaje novelesco en el que la farsa y la metafísica se unen para abrirse paso hacia los confines de lo conocido entre linderos apocalípticos que parecen los productos de una monstruosa liquidación en un bazar turco o un mercado de las pulgas” (Los nuestros, 1966). Mas la pregunta permanece: ¿por qué calza perfectamente?

Adolfo Castañón nos recuerda de dónde proviene nuestra actitud receptiva hacia la extrañeza: “El culto profesado a Macedonio Fernández, Oliverio Girondo o César Vallejo no sería del todo explicable sin la impronta surrealista. Caprichos de la historia y la geografía: primero nos enamoramos de la Maga y luego de Nadja. Primero la Pequeña sinfonía del nuevo mundo de Cardoza y luego el Viaje a México de Artaud” (“Autorretrato con paisaje. André Breton”, 1996). Y es Tomás Segovia quien remonta aún más esa línea y hace ver que esa vocación de los surrealistas venía del romanticismo:


Lo que los románticos dicen es: “Nosotros sabemos lo que Homero dijo, pero también lo que quiso decir sin darse cuenta, cómo se hace un poema épico y cuál era el contexto histórico que hizo posible su escritura, pero al saber eso hemos perdido el poder de escribir la Ilíada”. Pero esta reflexión no la hacían confrontados a la razón o contra la ciencia, sino desde la razón y con la ciencia. Los románticos eran científicos y se consideraban herederos de Rousseau y Voltaire; lo que buscaban era la síntesis, eran críticos de la objetividad que nos hizo perder el genio, por eso se acercan a los lenguajes oscuros, como el religioso o el mágico, al lenguaje de los que han sido proscritos por la razón: los locos, los niños, las mujeres, los salvajes. [Archipiélago, Barcelona, diciembre de 2004.]

Mientras sigue buscándose la síntesis, cada vez con mayor conciencia de los tesoros en potencia que ella contiene, la extrañeza continúa presentándose en sus propios términos, sin conciliación ni síntesis posible, sin concesiones a quien quiera interpretarla, situarla, catalogarla o categorizarla y, ante todo, sin posible código para acercarla a lo cotidiano y menos aún para verla como la fuente misma de lo cotidiano.

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[Se ha incorporado aquí una parte del libro
Rayuela: cuaderno de lectura (Un tránsito por la novela de Julio Cortázar).]

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