sábado, 18 de junio de 2016

Galería



DGD: Redes 31 (clonografía), 2008

 
[Fragmento de novela en proceso.]

Si me asomo a los encuentros queda como una pintura misteriosamente ignorada en la galería, con una firma ilegible, mínima, socarrona, que de nada vale descifrar bajo cualquier sistema. Hay un légamo que no perdona, una criptografía fuera de tono.
            La suma de lo hablado no es sino otra cifra para sumar, ecuación sin ecuanimidad, factor sin factoría, humo sensitivo, tristeza de peces en el acuario.
            Nos miramos, sí, pero la pecera se interpone. Nos hablamos, sí, pero el agua conduce a su modo a los sonidos.
            Busquémosle la firma, sin remedio. Somos los colores en la paleta y vamos pintando poco a poco. No elegimos pinceles ni texturas. De un momento a otro llega el último trazo y de nada sirve querer que todavía. El artista impone la firma y a otra cosa. No fuimos el pintor, no somos la pintura: el dibujo está terminado y ya demanda vida propia.
            Sin nosotros no habría sucedido, pero ni el color tenemos claro, ni la mano que combinó y matizó, ni la tela que recibió la obra.
            Se terminó, ya estuvo, a otro caballete. La pintura se va a la galería a ser misteriosamente ignorada, con una firma ilegible, mínima, socarrona.


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domingo, 5 de junio de 2016

La oscuridad de Rayuela


DGD: Textiles-Serie negra 3 (clonografía), 2008


“Sí, pero...”, dicen algunos lectores de Rayuela, jugando con la verdadera frase inicial de la novela (la del capítulo 73), y hacen una pregunta que no deja de cimbrar: vista de manera seca y escueta, Rayuela es la historia de un latinoamericano que viaja a París y ahí cae en el infierno; regresa a la Argentina y... cae en el infierno. ¿De dónde la luminosidad que algunos insisten en ver en la novela? Esta pregunta específica no parece haberse hecho a Cortázar, pero sin duda la respondió indirectamente, por ejemplo cuando se refiere a la sugerencia de suicidio del protagonista en el desenlace, posibilidad que el autor dejó deliberadamente abierta, a decisión del lector. Por su parte, ya considerándose un lector más de Rayuela, Cortázar opinó sin cesar que negaba la opción de que Horacio Oliveira se lanzara al vacío, aun cuando podría parecer que el salto “va” más con los postulados del propio Oliveira, que se pasa la novela lanzándose de cabeza contra todos los muros, una y otra vez, negándose a las falsas esperanzas, a las tranquilizaciones de todo tipo, a las ramplonerías optimistas al uso.

Incluso en una carta Cortázar parece alejarse de un “salvar” a Oliveira:

Vos decís al final que Horacio, “al borde de su aniquilación, cede —¿hasta cuándo? — ante ese llamado de lo humano en lo más puro y valioso que podía proponerle”. A vos te diré esto, que es absolutamente la verdad: yo no sé si Horacio cede. La remisión al infinito de los dos últimos capítulos, y el final del episodio en el manicomio (¿se tira o no se tira Horacio?) son mi manera de dejar también abierta esa cuestión. Me gusta que vos hayas creído lo que has escrito, porque también puede ser. Después de todo, Horacio es tan tuyo como mío, quiero decir que vos vivís un Horacio al leer el libro, como yo viví otro (o el mismo) al inventarlo. Y quizá, además de esos dos Horacios, hay un tercero: Horacio mismo, del que ni vos ni yo sabremos jamás el final. [Carta a Ana María Barrenechea, París, abril 19 de 1964.]

Y sin embargo... Existe también este otro enfoque sobre el problema: “no creo en las claridades apolíneas a priori, sino que la luz me parece siempre un término de la sombra, y pienso que hay que tirarse en plena noche cuando de verdad se merece lo que pocos ven, un amanecer que empieza sobre los tejados” (carta de Cortázar a Graciela de Sola, París, 5 de abril de 1966).

Porque a fin de cuentas Oliveira no va simplemente a lanzarse al vacío sino que va a hacerlo en dirección a una rayuela de tiza dibujada en el piso allá abajo, es decir que se va a convertir en el tajo, va a hacer su jugada final: “hay en mí una fuerza terrible y obsesionante que me dice que hay que seguir tirando los tejos fuera del perímetro del sapo” (Carta a Néstor Tirri, París, diciembre 4 de 1968).

Acaso la opción que queda abierta para el lector no es la de creer que Oliveira se lanza o no, sino la de que el salto de este personaje es literal (con lo que se acaba la discusión) o metafórico (con lo que la discusión comienza al colocarse en otro nivel más importante). La fascinación que Rayuela ha despertado desde su aparición en 1963 proviene acaso de la intuición de que el salto es metafórico, y equivale a un segundo nacimiento, del mismo modo en que la alquimia habla de la calcinación indispensable para la reconstitución. Un Oliveira-fénix es más útil que un Oliveira-suicida. Los lectores de Rayuela, con su propio fervor, han “votado” por un segundo nacimiento, por una luminosidad después de la más densa tiniebla.

Luminosidad, por lo tanto, que quedaría del lado de lo colectivo: Oliveira salta para integrarse en la Rayuela-humanidad. Puede volverse a aquella carta a Ana María Barrenechea de abril de 1964:

Y cómo me gusta que hayas citado la frase de la p. 507 sobre el rechazo de toda salvación “individual”. Aquí en París vivo rodeado de gente muchas veces extraordinaria, pero para la que su “cielito personal” basta y sobra. A mí también me bastó durante muchos años, y quizá fue bueno, porque hay que ser muy duro a veces para cumplirse. (Esa actitud casi insoportable de Cristo con su madre...) Pero llega el momento en que se descubre una verdad tan sencilla como maravillosa: la de que salvarse solo no es salvarse, o en todo caso no nos justifica como hombres. El Oriente encontró la fórmula opuesta; pero nosotros, esclaves de notre baptême [esclavos de nuestro bautismo], no podemos refugiarnos cómodamente en el gran escape de la liberación individual. Por eso el tema de la piedad es otra de las constantes de Rayuela, como lo es de mi propia vida actual; por eso el sentimiento de culpa, de no estar haciendo nunca lo que quizá debería hacer...

Los lectores que se extrañan de que una novela de argumento tan aparentemente oscuro pueda generar tanta luminosidad, resumen a Rayuela en estos términos: “te enseña a dudar de todo, pero también te muestra qué pasa con los que dudan a fondo: se alienan, caen en un caos interior autodestructivo”. Acaso es por eso que Cortázar deja abierta la opción; si hubiera hecho saltar a Oliveira, habría optado, en efecto, por el “castigo” al inconforme, al cuestionador, al “cazador de lo imposible”; habría afirmado que buscar el centro es destructivo y que mejor es quedarse en la periferia, dolorido pero vivo; habría terminado, pues, por colaborar con el establishment, que no se cansa de advertir lo que “pasa” a los “soñadores” (los utópicos) y a los anarquistas.

Pero también si hubiera hecho lo contrario, si hubiera claramente “salvado” a Oliveira, no habría hecho algo demasiado diferente, puesto que en este caso habría apostado por algo peor, el optimismo bobalicón de los media, el il faut tenter de vivre, el “hay que ir tirando”, el “hay que echarle ganas”, todas ellas fórmulas del desencanto y de la derrota.

Aquel pesimismo y este optimismo terminan por ser idénticos, puesto que ambos benefician al poder: el optimista termina insertándose en el aparato y el pesimista se inmoviliza y él solo se saca del juego. Era, pues, indispensable, dejar el desenlace abierto, es decir, optar por ese tercer Horacio que ya no es ni el del autor ni el del lector, sino “Horacio mismo, del que ni vos ni yo sabremos jamás el final”.

Decir “tercer Horacio” es decir “tercer camino”, algo que soluciona a la fácil dicotomía entre optimismo y pesimismo, y que queda necesariamente en la responsabilidad de cada lector. Si hay en Rayuela un “libro A” (la novela convencionalmente construida, de lectura lineal que prescinde sin remordimientos de los “capítulos prescindibles”, y que es muy oscura en efecto porque está despojada del juego) y un “libro B” (el juego mismo, el ir y venir entre capítulos —73-1-2-116-3-84...— con todos sus riesgos y vilos), hay también un “libro C”, que es el lector. Sólo éste puede decidir, primero, si hace suya la violenta e insobornable renuncia existencial de Oliveira, y luego, si la usa como percutor para encontrar un tercer camino fuera de las dicotomías.

Para ello es necesario regresar a la frase inicial de Rayuela, y sobre todo a sus dos primeras palabras: “Sí, pero...”. A los lectores que sienten la fuerza que hay en Rayuela pero usan su desenlace aparentemente negativo u oscuro para negar a esa fuerza, podría decírseles eso mismo: si Rayuela tiene tanto poderío es porque, contra todas las evidencias —todas las verdades de la ciencia y de la historia, todas las sensateces del ciudadano que prefiere alinearse al sistema—, hay desde el mismísimo origen en este novela un “Sí, de acuerdo, todo eso es muy cierto y muy coherente y verosímil y hasta indiscutible, colmado de razones elocuentes, de ejemplos atemorizantes, de horrores sin fin”, y sin embargo, a la manera shakespeareana (and yet, and yet), hay un espíritu que vive, por más vulnerable, solitario y condenado que parezca, un espíritu que, como el de la infancia, se niega a morir, a dejarse derrotar, doblegar, acallar, y que está representado en esa valerosa palabra que es en Rayuela el centro mismo: pero.

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miércoles, 25 de mayo de 2016

Los árboles sueñan



DGD: Paisaje 46 (clonografía), 2016


Las teorías nos rodean por todas partes, brotan a chorros de las piedras y de las rendijas entre las piedras. Frecuentemente se nos llama la atención acerca de la confusión entre “teoría” e “hipótesis” y se nos advierte que la ciencia llama teoría a un conjunto de descripciones de conocimiento solamente cuando tiene una “base empírica firme” (se nos da como ejemplo de una “teoría no científica” a la del Diseño Inteligente). El mundo académico nos exige distinguir entre hipótesis y mera conjetura, diciéndonos que es más confiable la primera que la segunda; en el vasto territorio “conjetural” quedan así exiliadas las “suposiciones no verificadas”, las “creencias basadas en experimentos no repetibles”, las anécdotas, la opinión popular, la “sabiduría de los antiguos” (enfáticamente entrecomillada) y, en última y oprobiosa instancia, la “pseudociencia”.

Se nos dice asimismo que la palabra “teoría” tiene su origen en el vocablo de origen griego theorein (“observar”, “contemplar”, referida al pensamiento especulativo), y en este sentido se la relaciona con la palabra “especular”, que proviene de theoros (“representante”), formada de thea (“vista”) y horo (“ver”). De acuerdo con algunas fuentes, theorein era utilizado en el contexto de observar una escena teatral, lo que sin duda se trasluce cuando la palabra “teoría” es utilizada para aludir a algo provisional o “no completamente real”. Y en efecto, la profusión de las teorías tiene algo teatral.

Pero hay otra acepción muy curiosa, según la cual en la antigua Grecia se llamaba “teoría” a un desfile o procesión (lo cual se complica, por ejemplo, cuando se considera que Plotino tenía una teoría de la procesión, con cinco leyes de bellos nombres: de la actividad, de la productividad de lo perfecto, de la donación sin merma, de la degradación progresiva y de la génesis bifásica). Además, en La Paz de Aristófanes aparece Teoría, diosa de las fiestas, que acompaña a Opora, diosa de las cosechas. Una fiesta teatral.

Camus escribía: “Esta ciencia que debía enseñármelo todo, termina en la hipótesis; esta lucidez naufraga en la metáfora; esta incertidumbre se resuelve en obra de arte. ¿Qué necesidad tenía yo de tantos esfuerzos? Las líneas suaves de esas colinas y la mano del crepúsculo sobre este corazón agitado me enseñan mucho más” (El mito de Sísifo).

La proliferación de las teorías se debe, sin duda, a la insaciable curiosidad humana, pero también a un fenómeno del que ya Hermann Hesse daba cuenta, algo que hoy sucede más que nunca y que es bien descrito por José María Carandell en el prólogo a Rastro de un sueño de Hesse: “El vanguardismo alcanza hasta las revistas y los periódicos de masas. Con anterioridad a la guerra, Freud apenas era conocido por unos cuantos iniciados, pero después ya todo el mundo habla de ‘complejos’, de represión del erotismo, de censura anímica, de subconsciente. Y lo mismo cabe decir de las teorías relativistas de Einstein, del principio de indeterminación de Heisenberg, de la destructividad del átomo”.

Abundan las teorías no porque se celebre la difusión masiva del conocimiento sino porque cada uno quiere ser un iniciado sin pagar el precio de la iniciación (esfuerzo, responsabilidad, entrega).

En el fondo todos intuimos que a una determinada teoría no habrá de seguirla una “demostración”, sino un nuevo cúmulo de teorías que la matizan, critican y a veces niegan. Como si el universo sólo fuera susceptible a una hipótesis cuya validez depende de que jamás llegue a ser demostrada.

El escepticismo vence siempre al eclecticismo, sencillamente debido a que lo único que parece firme es la duda permanente (no necesariamente sistemática). Menos que generar un seguimiento (y menos aún un convencimiento), una buena teoría sirve ante todo para afinar las armas de la descalificación. No existe realmente un sentido positivo en la frase “teoría aceptada”, y en cambio hay que ver el magnetismo que suscita la frase “teoría controvertida”.

De aquí parecería desprenderse (sin afán de hacer otra teoría más) una primera categorización: teorías activas y pasivas. La “teoría aceptada” me deja ante todo dos respuestas: la acepto o no la acepto (hay una tercera poco usual: ver antes quién la acepta y en qué contexto), posturas más bien pasivas, mientras que “teoría controvertida” parece invitarme a intervenir en la controversia, reacción activa puesto que implica argumentar a favor o en contra.

Pero tal vez sería posible entrever una categorización inusual de las teorías, que brota de una pregunta: sea cual sea el territorio o contenido de una teoría, ¿cuestiona al statu quo o termina por afirmarlo?

La teoría de la relatividad de Einstein, la teoría de la evolución de Darwin y la teoría del psicoanálisis de Freud están dentro de estas últimas. Independientemente de la riqueza de sus propuestas individuales, el uso que se ha dado de ellas las ha fundido en el paradigma mismo de la modernidad, que curiosamente coincide con la del poder. (En el mismo sentido en que ya se sabe qué se hizo con el superhombre nietzscheano, quién lo hizo y con qué fines.) El fenómeno humano es un peregrinaje: el poder no intenta detenerlo sino decirle a dónde dirigirse.

A su tiempo, hicieron lo mismo la teoría atómica, la del Big Bang, la teoría del Caos, la Teoría General de Sistemas y, en una “suma” que tiene más de teatral que de fiesta, la Teoría de Todo. Ese “Todo” dista del Tao oriental: para aceptar la altanería de su nombre se la llama “un paquete de hipótesis rivales”, lo mismo que a la teoría de las cuerdas.

Resulta arduo encontrar teorías que cuestionen al establishment sin caer en esa sospechosa ingenuidad que tan rápida y sagazmente es atrapada, no sin sorna, en el depósito de desechos conocido como “pseudociencia”. Y sin embargo siguen apareciendo, aquí y allá, teorías que no refuerzan al sistema sino que ahondan la realidad.

Un buen ejemplo es el de un estudio reciente emprendido por investigadores del Centre for Ecological Research en Tihany, Hungría. Ellos observaron a un conjunto de árboles en Finlandia y Austria y comprobaron que reducían su tamaño hasta en diez centímetros cuando comenzaba a desaparecer la luz del día. Las ramas y las hojas caían en una especie de letargo del que se recuperaban al despuntar el nuevo día, cuando los árboles recuperaban su tamaño habitual en unas horas.

“Es como si los árboles se fueran a dormir tras un día agotador”, explica András Zlinszky, uno de los autores de la investigación. Y la revista NewScientist, que da cuenta de ese estudio como algo curioso —desde luego no se le ocurre siquiera llamarlo teoría—, se permite dar el paso siguiente (un paso que daría un científico solamente si tuviera algo de poeta, y además de modo privado, para no suscitar la sorna de sus colegas): “Ahora, falta hacer otro experimento para descubrir si, además de dormir, los árboles también sueñan”.

La literatura hermética en un remoto pasado y a mediados del siglo XX la ciencia-ficción (el único territorio en el que se salvan las teorías de ser condenadas a la “psudociencia”) ya lo había dicho desde largo tiempo atrás: todo ser consciente sueña.


Si llegara a encontrarse una “base empírica firme” para esta sospecha de los científicos húngaros, muy probablemente la ciencia se desentendería de aquellos antecedentes y proclamaría un “descubrimiento” (y en el peor de los casos, una conquista). Sólo así se reconocería como un hecho el de que los árboles sueñan, y sólo entonces sería divulgado masivamente por los medios y aceptado por el “hombre de la calle”, que ya no podría ver a los árboles de noche como antes lo hacía (automáticamente, sin verlos). Y si un extrañamiento de esta naturaleza logra colarse, otros podrían hacerlo de igual manera, e irse sumando. Desde tiempo antiguo los poetas sabían —entre muchas otras cosas— que los árboles sueñan, pero también saben que únicamente comenzará la fiesta cuando lo sepan y acepten todos, en una celebración colectiva de la realidad.


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