Son cual luceros que desprendidos
de gasas de oro de mil corolas,
semejan besos entretejidos
en alas negras que tienen nidos
entre esmeraldas que forman olas!
*
Textos, imágenes, resonancias
Son cual luceros que desprendidos
de gasas de oro de mil corolas,
semejan besos entretejidos
en alas negras que tienen nidos
entre esmeraldas que forman olas!
Un suplemento cultural mexicano ha mantenido la costumbre de convocar a diversos escritores a colaborar con tradicionales “calaveras literarias” en festejo del Día de Muertos (halloween en el mundo angloparlante). He aquí la que a mi turno propuse, más dos que la acompañaron en esa página y que reproduzco con autorización de los autores. [DGD]
Este blog cumple un año y la consecuente celebración comienza agradeciendo el apoyo de sus organizadores, visitantes, seguidores y amigos. Ya uno de los textos aquí reunidos, "¿Quién estrena un espejo?", manifestaba su amor por los comienzos y su negación de los finales (aunque en rigor no existan ni unos ni otros), y de ahí la idea de continuar la celebración —y prolongarla indefinidamente— con un poema/prosema acuático que canta a los inicios del amor. [DGD]
que no se vaya el instante del amor(los amantes se invisibilizan: apenas protegidos se entregan uno a otro como no sabían que un cuerpo podía entregarse, que una frontera podía vencerse, que un único espacio podía ser de dos al mismo tiempo)
el instante en que los cuerpos se conocen
en que uno a otro descorren los velos
el primer instante de los cuerpos
*
que no se vaya, que no se disipe
ni en la memoria de la piel
ni en la piel de la memoria
que no termine ese relámpago
que el aroma no se pierda entre otros aromas(los velos son desvelos: desde el principio del tiempo los velos han sido hechos para caer, o mejor, para ser retirados ante los ojos de quien sabe mirarnos como nadie más nos mira; el primer velo en caer es el de los ojos: sólo los amantes se miran como el creador del universo los mira)
que entre otras la textura no se confunda
que el sabor no se disuelva entre sabores
que imágenes y sonidos no languidezcan
*
que no se vaya el instante del amor
que no exista sino ese instante
que todo el tiempo sea ese instante sin tiempo
que todo el espacio sea ese desvelarse
que los primeros tactos sean los únicos
que las primeras caricias sean todas las que vendrán
que el primer aliento de dos bocas permanezca
que las presentaciones sean interminables
*
que no se vaya el primer instante del amor
que nunca pase nadie de las primeras veces
que no termine el mutuo desciframiento
que esa infinita asunción de sentido no decaiga
a Guillermo Hagg
Yo tuve una doble inclinación; por una parte me interesó muchísimo el trabajo y la reflexión teóricos y todo lo que se puede hacer por ese lado, y en eso estoy, mis estudios académicos tienen que ver con eso. Pero al mismo tiempo sentí una necesidad de utilizar la palabra, el lenguaje, de manera artística, para expresar mis convicciones, mis vivencias personales, mis sentimientos, de una manera, en lo posible, seductora, que lograra un tipo de comunicación más bien emocional con la gente. En realidad he cultivado la literatura como una forma de establecer nexos de cariño, porque sentí gran admiración y amor por los grandes escritores y poetas que leí, y me sentí como endeudado con ellos y con la gente; me pareció que yo debía también poner mi parte en esa cadena de escritores, de poetas que han escrito para los demás. Y así he concebido a la literatura: como puente hacia los otros. Me siento muy feliz cuando alguien responde a esos mensajes que doy.
...y en lo cotidiano se abren fisuras por donde atisban curiosas criaturas del sueño que soñamos...
*
Bioy Casares
DGD: Figura 12, 2001El lenguaje no puede surgir sino de una vez, o para expresarlo más claramente, tiene que poseer en cada instante de su existencia aquello que hace de él una totalidad. Por ser la expresión inmediata de un ser orgánico en su doble validez sensorial y mental, el lenguaje comparte la naturaleza de todo lo orgánico, pues en él cada elemento es constituido por los demás y el todo por la fuerza unitaria que lo penetra.
La pregunta por el origen del lenguaje, como la pregunta sobre el origen del universo, no tiene respuestas lógicas. La teoría del Big bang es evidentemente un mito, o sea un relato del que la lógica no puede dar cuenta. Decir que en el comienzo hubo una gran explosión de algo que no podía ser materia, puesto que la materia nació de esa explosión, es tan incomprensible como decir que en el principio fue el Verbo, aunque seguramente ese lenguaje mítico es más homogéneo que el del Génesis con el lenguaje de la ciencia moderna. Paralelamente, las supuestas teorías —que no son verdaderas teorías, sino hipótesis casi siempre burdas— sobre el origen del lenguaje son simples fantasías más o menos caprichosas, generalmente de un utilitarismo primario. Lo mejor es tomar el lenguaje como lo percibe nuestra experiencia: como algo que siempre está y ha estado ya ahí. Suponer que tuvo tal o cual origen no ayuda para nada a entenderlo, más bien al revés, como también entre los científicos los que no creen en el Big bang hacen la misma física que los que sí creen.*Para nosotros el lenguaje está siempre dado, e imaginar un tiempo sin lenguaje es imaginar un tiempo sin hombres, mientras que la idea de un hombre antes del lenguaje es una pura fabulación humana, o sea una operación del lenguaje mismo. Si el lenguaje está dado, no hace ninguna falta imaginar unas etapas de gestación en que estaría medio dado, medio no dado. Suponer una especie de desarrollo embrionario del lenguaje a partir de gérmenes rudimentarios es un mito que satisface nuestros prejuicios positivistas y materialistas, por comparación con hechos biológicos o históricos conocidos. Pero no tenemos el menor indicio de que así haya sido. Todos los hechos de lenguaje que conocemos (me refiero a los lenguajes “naturales”) nos muestran que todo lenguaje es siempre, desde el comienzo, si es que hay un comienzo, un organismo completo.
Llegaste con la actitud de una niña que se levanta del lecho y camina por su casa todavía sin abandonar del todo un sueño profundo
[...]accediste con gusto a la deleitosa fatiga de tener cuerpo —o bien, a la de tener un solo cuerpo.
Un día, muy poco antes de que se venciera la prórroga, apareció de pronto el milagro que nunca buscamos, la más impensable de las visitaciones de lo Oculto: de la sucesiva depuración de formas brotó la Rosa, el diáfano clímax, una láctea floración de cristales memoriosos, el frágil milagro de nuestra Forma Verdadera.
a Santiago Bao, poeta onírico*
DGD: Serie de la piel 64, 2009Su habitación está situada directamente sobre la mía, y él es demasiado grande para ser un hombre silencioso. La casa gime con él y retumba cuando salta fuera de la cama. El suelo cruje bajo sus pies. Incluso las paredes tiemblan y caen los trozos de pintura seca. Pero a mí no me importa el ruido. Gracias a él puedo seguirle la pista. A veces imito sus movimientos desde mi apartamento. De la cama a la cocina, pasos, de la cocina al lavabo y otra vez de vuelta. Lo imagino ahí, en zapatillas. Lo imagino. Imagino cómo mete sus enormes piernas en los pantalones, anchas como las de un dios (porque ningún hombre normal puede tener unas piernas como esas), esas piernas que se introducen en unos pantalones grandes como cuevas.[*]
Me quedo hipnotizada. Es imposible descubrir el color de su piel, como sucede con los ojos verde-azulados y con el océano. Es bronceado, rosado, oliváceo, rojizo y a veces cubierto de un vello gris elefante. Sus ojos han de estar acostumbrados a multiplicidades como aquellas, y a plétoras, conglomeraciones, a una opulencia de sí mismo, a una exuberancia desmedida, a lo universal, a lo astronómico.
Te amaré, seas quien seas. (¿Cómo hace una para conocer esas cosas cuando todo está oculto?) Diles que nosotros aceptamos. Diles que son los trajes desnudos los que resultan feos. Aceptamos sus colgantes, sus arrugas, sus redondeces, sus bultos y jorobas, todo lo que sea. Sus curvas, fibras, gusanos, botones, higos, cerezas, pétalos de flores, sus pequeñas y suaves formas de sapo, sus lenguas de gato o sus colas de ratón, sus ostras, su único ojo entre las piernas, sus culebras, sus caracoles, todo lo aceptamos. Creemos que la verdad es digna de adoración.
¡Qué despreciables serán nuestras leyes, nuestras virtudes, nuestros vicios, nuestras deidades, a los ojos de una sociedad cuyos miembros tengan dos o tres sentidos más que nosotros, y una sensibilidad que duplique la nuestra! ¿Por qué? Porque esta sociedad sería más perfecta, más cercana a la naturaleza. De ahí que el más perfecto ser que podamos concebir diste enormemente de nuestras convenciones: este ser las encontrará completamente despreciables, del mismo modo en que nosotros calificamos las convenciones procedentes de sociedades inferiores a la nuestra.
Aparentemente, una persona se mete en ese cajón de archivo titulado “ciencia-ficción” al percatarse de la tecnología. Persiste la suposición de que nadie puede ser un escritor respetable y comprender, al mismo tiempo, cómo funciona un refrigerador, del mismo modo que un caballero no usa un traje marrón en la ciudad. [...] Pero de cualquier manera existen aquellos a quienes les encanta estar clasificados como escritores de ciencia-ficción, aquellos que se alarman ante la posibilidad de que quizás algún día serán reconocidos como simples y ordinarios escritores de cuentos y novelas que mencionan, entre otras cosas, los logros de la ingeniería y la investigación científica. [Guampeteros, fomas y granfalunes, 1974.]
En nuestra cultura, la ciencia-ficción se crea básicamente para jóvenes, según se dice, y una cierta cantidad de la CF que se hace tiene que cubrir las necesidades afectivas e intelectuales de los 13, 14 y 15 años. Si no consigue hacer eso como género, entonces no cumple su cuota de mercado. Así que, inevitablemente, la gente que inventó y escribió para Star Trek o hizo fantasía (“espadas y brujería”) se dirigía a ese público, un público que continuamente está renovándose. No son siempre los mismos: la gente joven vive su etapa CF y posteriormente la abandona, cuando llega a la madurez, de modo que una nueva generación de lectores ocupa su lugar. [Entrevista de David Horwich en Strange Horizons, 2001.]
La CF se hundió de forma evidente después de la “New Wave”. Había menos revistas en donde publicar historias. La historia corta era la única manera posible de que un escritor principiante se hiciera conocido, cosa que ahora es mucho más difícil de conseguir. Estuve en la Readercon de Boston y cuando miras al público que se reunía allí, llama la atención lo mayor que es en términos generales de edad. Aunque desde luego, la Readercon se dirige a los lectores en general, más que a la audiencia televisiva que parece ser el centro de la mayoría de las convenciones de CF.
a Paloma, Alondra y Rama
[y a todos los niños que eligieron crecer y madurarsin perder la mitad simultánea de su naturaleza]
¿Cómo distinguir la leyenda de los hechos en esos mundos tan alejados en el espacio y el tiempo? Planetas sin nombre, a los que sus habitantes llamaron simplemente El Mundo, planetas sin historia en donde el pasado es tema de mitos y en los que un explorador, a su regreso, se halla con que sus propios hechos —realizados unos cuantos años atrás— se han convertido en los gestos de un dios.
Pienso a veces que sólo estoy intentando supersticiosamente evitar el mal por medio de hablar de él. Ciertamente no considero proféticas a mis ficciones. Sin embargo, a lo largo de toda mi vida adulta nos he visto mancillar a nuestro mundo irrevocable, irremediable y despreocupadamente, sin hacer caso de las sucesivas advertencias y descartando cada alternativa benévola en la persecución del “crecimiento” y del beneficio económico inmediato. [Entrevista de Nick Gevers, 2001.]
Sí, tiendo a castigar a mis personajes centrales algo severamente. Eso es una pregunta enorme realmente, porque no creo que el sufrimiento purifica a un personaje. Generalmente el sufrimiento brutaliza a la gente: sólo lastima a las personas, y a veces las incapacita. Pero una cosa que la mayoría de las fantasías parecen hacer es mostrar a alguien que atraviesa por la adversidad usando inteligencia, valor y resistencia. Muchas historias de fantasía se pueden resumir en “el pequeño individuo triunfa sobre un mundo implacable”. Ese es un argumento muy antiguo, y lo necesitamos. Los niños lo necesitan, porque son pequeños individuos en un mundo que es muy difícil de entender. Y los necesitamos, porque todos enfrentamos una porción tremenda de adversidad y dureza.
No tengo una gran opinión sobre [las novelas de Rowling]. Cuando tantos críticos adultos insistían en la “increíble originalidad” del primer libro de Harry Potter, lo leí para descubrir cuál era el alboroto, y me quedé algo desconcertada; parecía una vivaz fantasía de chicos cruzada con una “novela de escuela”, buen material para su categoría de edad, pero estilísticamente ordinario, imaginativamente derivativo y éticamente más bien mezquino y malvado. [“Ursula Le Guin Q&A”, 2004, incluido en su página web.]
Podría precisar que la infeliz Tierra aludida en algunas de las ficciones de la serie del Ecumen sería solamente un paso oscuro en el camino a la Tierra que se describe en mi libro más esperanzado, El eterno regreso a casa, ubicada en un futuro muy distante. La mayoría de las personas cree que no tenemos ningún otro futuro que el del desarrollo de la alta tecnología, el de la extensión urgente, el de la urbanización y el de la explotación despiadada de los recursos naturales y humanos; esa gente, que cree que tenemos que seguir tal como estamos ahora, tiende a ver ese libro como retrógrado, como vuelta al pasado. No lo es.*El eterno regreso a casa mira al pasado, pero no regresa a él. Es una tentativa radical de pensar fuera de los sobreentendidos actuales; es una negación de esos sobreentendidos. Es la tentativa de retratar a una sociedad genuinamente madura. Es el esfuerzo de imaginarse una “tecnología del clímax”, cuyo principio no sea un crecimiento forzado, sino la homeostasis. Es ofrecer no un modelo mecánico sino uno orgánico para la cultura. [Entrevista de Nick Gevers, 2001.]
Ver que tu vida es una historia mientras estás ahí en medio viviéndola puede ayudarte a vivirla bien. Sin embargo, no conviene creer que sabes cómo te irá, o cómo acabará. Eso sólo debe saberse cuando ha terminado.*E incluso cuando ha terminado, incluso cuando se trata de la vida de otra persona, de alguien que vivió hace cien años y cuya historia he oído una y otra vez, mientras la oigo espero y temo como si no supiera cómo va a terminar; por eso vivo la historia y la historia vive en mí. Es la mejor manera que conozco de tratar con la muerte. Las historias son aquello a lo que la muerte cree que pone un final. No puede comprender que son las historias las que ponen un final a la muerte, aunque no acaben con ella.
[Lavinia] es la chica con la que Eneas está condenado a casarse, para poder fundar la ciudad y el imperio de Roma. Los últimos libros de la Eneida están llenos de batallas: Virgilio tenía bastante que contar sobre la guerra, su locura y tragedia, porque (creo) él quería mostrar a su nuevo emperador Augusto el costo real del Imperio y preguntarle: “¿Vale la pena?”. Pero no tuvo tiempo de contarnos mucho sobre Lavinia, o al menos de dejarla hablar. Así que, leyendo el poema, comencé a preguntarme sobre ella, y en un momento le pregunté: “¿Lavinia, quién eres?”. Y ella me respondió. Y aquí está la novela. Es diferente a todo lo que he escrito hasta ahora. Estoy muy contenta con ella.
He sido para mí, discípulo y maestro. Y he sido un buen discípulo, pero un mal maestro.
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Quien no habita solamente en esta tierra, no necesita mucho de esta tierra.
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Mi soledad, a veces creo que la hace lo que no existe, no lo que me falta. Y tal vez mi soledad no existe y yo la vivo de más.
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Era el testimonio de algo que apenas puede denominarse soledad, puesto que para llamarla de esa manera hay que establecer la relación dialéctica “solo/no solo”, y la soledad de Porchia no puede medirse comparándola o contraponiéndola con la no-soledad. Cómo negar la intuición de que, de haber sido posible el encuentro de Porchia con otras grandes poetas solitarias como Emily Dickinson, Sylvia Plath, Christina Rossetti, Virginia Woolf o Alfonsina Storni, ellas habrían llegado a la misma conclusión que Pizarnik: el libro más profundamente solo que se ha escrito.
Porchia rompió toda dicotomía, toda dialéctica, toda lucha de contrarios (Ahora somos nadie y yo. Y ahora no me siento estar solo. Ahora podría creer que sólo nadie es alguien), y mostró que hay profundidad sin superficialidad y, también, que existe algo aún más solo que la soledad: la tradición de uno, la infinita otredad. Y es aquí en donde se nota que no hay paradojas más profundas que las que surgen en la profundidad pura. Porque estando tan inconcebiblemente solo, Porchia se hundió en las raíces mismas de la humanidad como conjunto, como experiencia y como referente. Dicho en forma directa: nadie ha sido tan humano como Antonio Porchia. De ahí su insoportable extrañeza:
No creo en las excepciones. Porque creo que de uno solo no hay nada. Ni la soledad.
*
¿Lo nada o lo como nada? Lo nada. Porque lo nada me da soledad y lo como nada no me da nada. Ni soledad.
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El árbol está solo, la nube está sola. Todo está solo cuando yo estoy solo.*
Qué silencio tan grande el de este campo,
qué vastas y dormidas soledades,
qué inmensidad vacía,
qué tremenda tristeza derramada por los aires,
la sierra se derrumba lentamente
sobre la mansa angustia de los valles
que elevan puros, asombrados, ciegos,
el encendido grito de los árboles,
el cielo es plomo gris que se derrumba
sobre el pavor silente del paisaje,
es un inmenso buitre hambriento y sordo,
un infinito dios amenazante.
—Tienes que creer en estas cosas. Algún día serás vieja como yo. La gente te dirá lo mismo: “Oh no”, dirán, “estos buitres no fueron nunca ruiseñores, estos búhos no fueron oropéndolas, estos loros no fueron canarios”. ¡Un día serás como yo!
*
—¡No! ¡No! —dijeron las niñas.
*
—¿Sí? —se preguntaron.
*
—¡Esperad y veráis! —dijo la señora Bentley.
*
Y en su interior pensó: “Oh Dios, los niños son niños, y las viejas son viejas, y nada los une. No pueden imaginar un cambio que no ven”.
*
—Tu madre —dijo a Jane—. ¿No notaste, con los años, un cambio?*—No —dijo Jane—. Es siempre la misma.[1]
Se quedó despierta, muchas horas, entre sus baúles y chucherías. Miró las ordenadas pilas de materiales y juguetes y plumas de ópera, y dijo en voz alta:
*
—¿Son realmente míos?*¿O era aquello la elaborada intriga de una vieja que creía tener un pasado?
*—¿Cuántos años tiene usted, señora Bentley?
*
—Setenta y dos.
*
—¿Cuántos años tenía hace cincuenta años?
*
—Setenta y dos.
*
—¿Nunca fue joven, no es cierto, y nunca usó cintas y vestidos como estos?
*
—No.
*
—¿No tiene nombre?
*
—Mi nombre es señora Bentley.
*
—¿Y siempre vivió en esta casa?
*
—Siempre.
*
—¿Y nunca fue bonita?
*
—Nunca.
*
—¿Nunca en un millón de trillones de años?
*
Las dos niñas se inclinaban hacia la vieja, y esperaban en el apretado silencio de las cuatro de la tarde.*
—Nunca —decía la señora Bentley—, ni en un millón de trillones de años.
Soy hombre: nada de lo que es humano me es extraño.Terencio: El hombre que secastiga a sí mismo, I, 1, 25
Realmente es extraño ya no habitar la tierra,no seguir practicando las costumbres apenas aprendidas,no dar el significado de un porvenir humano a las rosasy a tantas otras cosas llenas de promesas;no seguir siendo lo que uno eraen unas manos infinitamente angustiadaso incluso dejar de lado el propio nombrecomo un juguete roto.Es extraño no seguir deseando los deseos. Es extrañover ondear libre en el espacio todo lo que antes tenía sus propias[relaciones.Y el estar muerto es doloroso y tan lleno de recuperaciónque sólo lentamente percibe uno algo de eternidad. Pero los vivoscometen todo el error de diferenciar demasiado tajantemente.Los ángeles (se dice) no sabrían a menudosi andan entre los vivos o los muertos.A través de ambas regiones la corriente eterna arrastra[siempre consigoa todas las edades, y acalla a ambas zonas.[1]
Casi todo me atrae. Sin embargo, se alberga en mí algún buscador infatigable. ¿Por qué no hay un descubrimiento de la vida? Algo para ponerle las manos encima y exclamar: “¿Es esto?” Mi depresión es un sentirme acosada. Estoy buscando: pero no, no es eso... no es eso. ¿Qué es entonces? ¿Tendré que morir sin haberlo encontrado? Y luego (como anoche, cuando atravesaba Russell Square) veo las montañas en el cielo: las grandes nubes, y la luna que se está alzando sobre Persia; tengo una grande, sorprendente impresión de que hay algo allí, ¿qué es “eso”? No es exactamente la belleza a lo que me refiero. Quiero decir que la cosa en sí basta: es satisfactoria; acabada. También una impresión de mi propia rareza, de la rareza de estar caminando sobre la tierra. También está ahí, la infinita extrañeza de la posición humana; estar atravesando Russell Square, con la luna ahí arriba y las nubes como montañas. Quién soy yo, qué soy, y todo el resto; preguntas que siempre flotan en torno: y de pronto doy de narices con algún hecho concreto —una carta, alguien— y vuelvo a ellos con un gran sentimiento de frescura. Y así continúa. Suelo toparme frecuentemente con este “eso”, y experimento entonces un gran reposo.[2]
Cada sorda vuelta del mundo tiene tales desheredados,
a quienes no pertenece ni lo anterior ni, todavía,
lo venidero. Pues aun lo venidero más cercano está lejos
de los hombres. Y esto no debe desconcertarnos, sino
fortalecernos en la conservación de la forma aun
reconocida. Esto estuvo en pie alguna vez entrelos hombres, estuvo en mitad del destino.
*Que mi rostro fluido me haga más resplandeciente:
que el llanto imperceptible florezca. Oh, entonces, cómo
me serán queridas ustedes, noches de aflicción.
Cómo no me arrodillé más ante ustedes, hermanas
inconsolables, para recibirlas; cómo no me abandoné
a mí mismo, más suelto todavía, en su suelto cabello.Nosotros, derrochadores de dolores.
Yo era dios, sencillamente, porque era hombre. Los títulos divinos que Grecia me concedió después no hicieron más que proclamar lo que había comprobado mucho antes por mí mismo. Creo que hubiera podido sentirme dios en las prisiones de Domiciano o en el pozo de una mina. Si tengo la audacia de pretenderlo se debe a que ese sentimiento apenas me parece extraordinario, y no tiene nada de único. Otros lo sintieron, o lo sentirán en el futuro. [4]
a Rafael Castanedo, que puso en loop a Dios,y a Claudio Isaac, que tanto colaboró
DGD: Textil 52, 2005 Dicen que no tengo duelo,
Llorona,
porque no me ven llorar.
Hay muertos que no hacen ruido,
Llorona,
y es más grande su penar.
DGD: Paisajes-Ciudad alienígena 2, 2003*Hollywood quiere que sólo se experimente en películas que dejen dinero, pero si no hay dinero entonces se echa la culpa al director, ya que el trabajo del director, por lo visto, es hacer dinero. El cine sólo podrá avanzar a despecho de la industria cinematográfica. No quiero asegurar a nadie que mañana mismo vaya a haber una película excepcional, ni que crea que Hollywood es un sitio donde las buenas películas se hacen como la cosa más normal del mundo, ya que, por el contrario, se hacen salvando muchos más obstáculos de cuantos se puedan imaginar.
Las obras de arte, como medios de hacer dinero, son muy problemáticas. Cuando pagas a alguien para que escriba un guión, o cuando contratas gente para hacer una película, no tienes idea de si lo que terminan haciendo gustará al público hasta el punto de que se decidirá a verla. Por eso el estudio está en la posición de querer repetir algo que tuvo éxito, de tratar de hacer lo que más gusta a todos, y por eso hay infinidad de secuelas y continuaciones, y aunque no lo sean, con frecuencia ves una película y te das cuenta de que tiene el mismo argumento que has visto en otra película.*
*Antes yo decía: “Estoy apasionado por hacer películas, estoy en mi mejor momento”. Y ahora que grabo esto estoy en declive porque ya no siento esa pasión por el tipo de cosas que hay que hacer en las películas para que tengan éxito hoy en día. Lo único que me devolvería esa pasión sería que se me permitiera explorar algo nuevo. Pero estar condenado a hacer la misma película una y otra vez es, como decía Jean-Paul Sartre, el infierno personal.*Hay un medio, el cine, del que quizás hemos explorado un ocho por ciento de lo que es su lenguaje y de lo que puede hacer. Que la gente que hace dinero con eso para comprar joyas a sus esposas te diga: “No, no puedes experimentar, no puedes recorrer un camino nuevo, debes repetir lo mismo una y otra vez”, eso es una píldora muy difícil de tragar. [...]*
Se quiere que el artista esté en un constante estado de servilismo. Siempre digo que si quieres entender quién maneja el mundo, en cualquier periodo de la historia, para saberlo basta con ver quién contrata al artista. [...] El pasado siempre está en guerra con el futuro. Yo intento pensar en el futuro, en nuevas cosas, pero siempre siento que el pasado me jala. Incluso el hecho mismo de estar grabando este comentario, ¿qué es sino ser atraído por el pasado? A nadie le interesa el futuro sino a los artistas. Ellos son los que quieren avanzar, seguir adelante, pero los demás sectores de la sociedad quieren retenerlos ahí donde todos nos protegemos de la tormenta: en el pasado. Lo llaman el presente, pero es el pasado.
En Perfiles del futuro (1962), Arthur C. Clarke postula su “Tercera Ley”, la más polémica y también la más exacta: “Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. Previsiblemente, en la mayoría de los casos suele interpretarse desde el paternalismo condescendiente, como si dijera “La tecnología de extrema sofisticación es vista como magia por los ojos del profano, del ignorante y del rústico”, con lo que una vez más se pretende demostrar la “superioridad” del homo technologicus a partir de la imagen del aborigen que retrocede espantado cuando aquél acciona un encendedor de gas. Sin embargo, esa interpretación paternalista, la verdaderamente profana, ignorante y rústica, no es, por fortuna, la única posible: tomemos la Tercera Ley de Clarke de manera literal y pongamos el acento, por una vez, en “suficientemente avanzada”, es decir, en una tecnología que por fin se da cuenta de que su raison d’être no es dominar el mundo sino colaborar con él, de manera orgánica y homeostática, en todo su irreductible misterio.