miércoles, 18 de febrero de 2026

Hombre de Vitrubio: la sagrada proporción (1)

 

DGD: Postales, 2020-2025.

 

r e t r a t o s   (e n)   (c o n)   p o s t a l e s

El Hombre de Vitrubio: una cosmografía del microcosmos (1)

D.G.D.

 

Marco Vitruvio Polión (Marcus Vitruvius Pollio, ca. 80 a.C.-ca. 15 a.C.), mayoritariamente conocido como Vitrubio, fue durante su juventud arquitecto de Julio César y luego de Augusto. Es autor del tratado más antiguo sobre arquitectura que se conserva, De Architectura (divulgado como Los diez libros de Arquitectura, en realidad un solo libro de diez capítulos), en el que diserta sobre órdenes, materiales, técnicas decorativas, construcción, tipos de edificios, hidráulica, colores, mecánica, gnomónica (la ciencia que se ocupa de estudiar la trayectoria del Sol sobre el horizonte) y máquinas. En este tratado, Vitrubio introduce la doctrina del cuerpo humano bien formado (homo bene figuratus): en las proporciones de éste se basa su sentido arquitectónico y a la vez sintetizan su concepción del universo mismo.

               “La construcción de templos”, establece Vitrubio, “se basa en proporciones simétricas, cuyas leyes deben ser observadas con sumo cuidado por los arquitectos. Éstas, sin embargo, se originan en la simetría (proporción), que los griegos llaman analogía. La proporción es la armonía de las partes correspondientes de la obra y del todo, de donde surge la ley de la simetría. Porque ningún templo puede justificarse sin simetría y proporción en su construcción si no lleva dentro de sí, como un ser humano bien formado, una ley de ordenación ejecutada con precisión” (De Architectura, Libro 3, capítulo 1).

               Ya Platón consideraba que todas las formas naturales se deben a proporciones geométricas simples, sea el tamaño de los planetas o la longitud de sus órbitas (Macrocosmos), o las múltiples formas de las flores, las plantas, los insectos, y hasta lo diminuto como los átomos (Microcosmos). Los griegos diseñaron sus órdenes arquitectónicos —dórico, jónico y corintio— a partir de esta concepción, para la cual el cuerpo humano era el compendio de todos los órdenes y el mapa de la interacción entre lo grande y lo pequeño. Vitrubio entendió la arquitectura como imitación de la naturaleza: los nidos de las aves y los insectos (especialmente las abejas) evidencian un sentido de la proporción que, a manera de espejo, define las proporciones y los órdenes del cuerpo humano, concebido, por lo tanto, como la mayor obra de arte.

               Más tarde, De Architectura circuló de modo casi secreto en series de copias en las que se perdieron las ilustraciones originales y se preservó únicamente el texto. Siguieron usándose algunos de los principios arquitectónicos de Vitrubio, pero la visión central, con su implícita consagración del ser humano, fue obliterada de la atención colectiva durante los largos siglos en que la cultura greco-romana fue vencida en la guerra religiosa contra lo pagano; en toda la Edad Media el acento en lo espiritual implicó un correspondiente desprecio hacia lo corporal: para merecer una vida eterna extramundana, el cuerpo, origen y sujeto de pecado, debía desvalorizarse y hasta humillarse. El Renacimiento —de nombre elocuente— implicó una revuelta contra esa mentalidad a través de un esfuerzo que tuvo que ser superlativo; para oponerse a la corriente dominante por más de un milenio, el humanismo tuvo que llegar hasta una especie de narcisismo exacerbado: de considerarse la periferia del universo, el hombre volvió a sentirse el centro.

               En el siglo XIV copias del tratado de Vitrubio llegaron a las manos de los tempranos humanistas italianos Petrarca y Boccaccio, y hacia 1450 Leon Battista Alberti —un polímata de la estirpe de Leonardo da Vinci— lo dio a conocer en su tratado sobre la arquitectura De re aedificatoria. Al fin en 1486 De Architectura fue formalmente impreso, en Roma y en edición del humanista y gramático fray Giovanni Sulpicio de Veroli; a partir de ese momento se extendió por la mayor parte de los países. Así, la gran revuelta renacentista recuperó un canon del cuerpo humano largamente reprimido y sentó las bases para una arquitectura que volviera a unir todas las proporciones y los órdenes. [Continúa.]

 


 


 


 


 


 


 

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P O S T A L E S  /  D G D  /  E N L A C E S

Voces de Antonio Porchia

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sábado, 7 de febrero de 2026

Manjunatha: la terrible armonía de lo sublime

 

DGD: Postales, 2022.

 

r e t r a t o s   (e n)   (c o n)   p o s t a l e s

Escritos (selección)

Manjunatha

 

[Manjunatha (Antonio María Pérez y Pérez, julio 5 de 1958-febrero 3 de 2026), maestro budista de origen venezolano, obtuvo en 1978 una beca para estudiar ingeniería metalúrgica en la universidad de Manchester y cursar lenguas en la de Reading; en el Centro Budista de Manchester conoció a quien sería su maestro, Sangharakshita (Dennis Philip Edward Lingwood, 1925-2018). En 1982 se relacionó con la comunidad semi-monástica de Aryatara en Croydon, al sur de Londres, y se unió a la Comunidad Budista Triratna, que había sido fundada en 1968 por Sangharakshita con la cualidad de no ser de carácter monástico y de que sus miembros siguen el estilo de vida que consideran afín a su compromiso espiritual. El nombre Triratna significa “Tres Joyas”, y se refiere al Buda, el Dharma y la Sangha, que son respectivamente el ideal de la Iluminación, el Camino que conduce a la Iluminación y la Comunidad de aquellos que han entrado en el camino transcendental. Manjunatha fue el primer latinoamericano en recibir la ordenación en Triratna.

   La ceremonia de su iniciación se llevó a cabo en 1984 en un antiguo monasterio de la Toscana en Italia; a partir de entonces centró su devoción en Manjusri (el Gentil Resplandor, el Bodhisattva de la sabiduría, la iluminación y la visión clara en el budismo Mahayana y Vajrayana), conocido también como Manjughosha (Voz Gentil), o Manjunatha (Gentil Protector), de quien obtuvo su nombre ritual. “El efecto más notable de esta devoción”, explicó, “es la sobriedad, la ecuanimidad que permite ver las cosas del mundo interior o exterior con claridad objetiva y sin dramas fantasiosos.”

   En 1992 regresó a Venezuela y co-fundó el Centro Budista de Mérida, en donde asumió la enseñanza a lo largo de dos décadas y media. En 2016 se separó de la Orden Triratna pero continuó dedicando su vida a una vocación de servicio que dejó una huella profunda en quienes lo conocieron. De humor irreverente y risa franca, ávido lector, incursionó en la escritura y en la traducción, por ejemplo de los Versos raíz de los seis bardos (atribuidos al legendario Padmasambhava, el gurú que llevó el budismo al Tíbet y a otros sitios, conocido como el segundo Buda).

   A partir del año 2022 tuve el privilegio de sostener con él una correspondencia que de manera espontánea y natural fue impregnándose de sus aforismos y reflexiones; le sugerí reunir estos fragmentos en un libro; Manjunatha revisó lenta y cuidadosamente un primer armado al que añadí como colofón una entrevista. Llamó a este libro, con sencillez budista, Escritos. La siguiente es una selección de esos fragmentos de sabiduría. (DGD)]

 

Cuando escribo, las palabras son mías mientras las voy moldeando en un sentido. Luego de que vuelan, ya son de quien las reciba. Otro tanto ocurre con los pensamientos con los que he vivido en claridad: pertenecen más al Buda y a la tradición, y a tantos otros guías anteriores de quienes adquirí los términos para entender y decir. Mía ha sido la ocasión de asumir esa guía con seriedad para orientar la vida que me ha tocado en suerte vivir.

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Me identifico con el andariego peregrino: con el fuego fugaz sobre la montaña. El camino y la intemperie son mi hogar. Andar los caminos de tierra me sirvió para orillar los horizontes de la tierra, buscando caminos de vida para orillar los horizontes de la conciencia.

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Sangharakshita, amado maestro budista, nos dice que el hecho de ser “sujetos” conscientes, con una subjetividad perturbada, difusa e inasible, seres que sufrimos un mundo de objetos aparentemente sólidos y cognoscibles, hace de la poesía una herramienta indispensable para acercarnos a nosotros mismos, a nuestra finitud y perplejidad, a nuestros temores de un más allá oscuro y amenazante. Como un modo de honrar a los misterios que yacen más allá del mundo aparentemente objetivo, la poesía es devoción y reverencia liberadora.

 


Me muevo por la vida adivinando y sin saber mucho, tanteando y tonteando, y descubriendo poco a poco el drama en que me toca participar.

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¡Invisibles somos, aún para nosotros mismos! ¡Pero con una sed perniciosa de ser visibles, concretos, eternos, y validados por otros de igual suerte! Infructuosa, pero inevitable empresa.

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Desde siempre, tal vez por una previa formación budista contemplativa, en esta vida he tenido problemas, conflictos y contrariedades con la gente inteligente. Veo a la inteligencia siempre al servicio de la ambición y el poder. Mi interés por saber tiene otra manera, que contrasta con lo intelectual. Me gustan las ideas, pero sé que no son la única forma de ver el mundo, y confío más en mi corazón. Soy contemplativo y antropófago. Para mí las ideas nobles no son suficientes; prefiero siempre a una persona noble, aunque no tenga idea de lo que es.

 

 

Si no nos vemos a nosotros mismos donde miramos, no hemos aprendido aún a mirar hacia adentro. Si no vemos más allá de nosotros mismos, no hemos aprendido aún a mirar hacia afuera.

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Libertad, belleza unicolor. Cielo azul sin manchas. Simple y certera. La gaviota. (“Blanquísima gaviota, novia del mar y el cielo”, dice Alí Primera, cantor del pueblo.) Las gaviotas son del mar, las golondrinas son de tierra firme. Mi anhelo es de golondrinas y gaviotas.

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Entre mis objetos regulares de contemplación están los cuatro elementos materiales: tierra, agua, fuego y aire, los ríos, los árboles y los caminos. Nuestra humana existencia está irremediablemente ligada a ellos.

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¡El agua nunca llega a un destino, porque su destino es circular! El agua que pasa por nosotros sirve de soporte vital a todos nuestros procesos, ¡es el mismo río de agua recién llovida, inexorable, que fluye y sigue, y sigue su curso a través de la existencia!

 


Tal vez sea la locura la forma más antigua y humana de volar.

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Retornamos siempre a lo humano, inevitable e intrínseco, a pesar de nuestros desvaríos y extravíos, persiguiendo espejismos de deseo y peleando contra molinos de viento. Hay una humanidad subyacente que retorna. Por suerte somos apenas burbujas en la corriente inexorable de la vida.

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No todos los pecados son negros. Ni es pecado todo lo que tememos. Lo que mancha y oscurece nuestra conciencia es la negrura de no querer ver lo que alguna vez escondimos.

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El individuo humano, en tanto que Uno autoconsciente, tiene como horizonte posible integrar en sí lo masculino y lo femenino para llegar a ser como los dioses. Puede llegar aún más lejos, si logra trascender la percepción dualista y con Perfecta Sabiduría rompe el velo de ignorancia fundamental, experimentando directamente la Vacuidad esencial de todo. Siendo uno con todo en conciencia trascendente y a la vez nada, cero, vacuidad, habrá destruido toda posibilidad de caer en el engaño.

 


¡Con los ojos cerrados se ve más lejos, porque se ve con el sentir y la intuición, los ojos del corazón! ¡Paradójicamente certero! Como el koan zen. ¡Para subir hasta el tope de un mástil, hay que comenzar por el tope!

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Se cuenta que el primer patriarca de la tradición budista Zen, Mahakashapa, fue el único que despertó al Nirvana, después de un largo silencio meditativo, en una congregación de quinientos discípulos en donde el Buda sólo mostró y sostuvo una flor amarilla. Para decir su liberación, Mahakashapa solamente sonrió. Luego, la traición Zen tuvo que explicar lo que había ocurrido en ese momento: “Una transmisión. Sin depender de escrituras. Mostrando directamente la naturaleza de la Mente”. Un altísimo nivel de la conciencia que, a la vez, permea y está en lo más bajo, ordinario y concreto de la forma. Esa es la paradoja terrible de la perfección de la sabiduría: Forma es vacío, Vacío es forma. La Unidad está en la esencia inasible y vacía de la cosa.

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La agitación generalizada, tan característica de cualquier ciudad moderna, crea un campo energético desenfrenado, un torbellino de actividad inútil, muy contagioso, que desgasta la vitalidad. Pausar, aquietar y dejar fluir la vida en contemplación, es el mejor antídoto. Pero es muy costoso. Canta Chabela Vargas: “Las ciudades destruyen las costumbres”. Las grandes ciudades no son aptas para la vida humana.

 


Es bueno y saludable para el intelecto aceptar que hay cosas que no puede comprender, aunque sepa manejarlas. ¿Quién se atreverá a decir que ha comprendido qué es la vida?

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Creo que es la obligación más esencialmente humana: asumir individualmente la responsabilidad de educarnos, desde la dignidad y la libertad, para ser verdaderamente humanos.

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Los pensamientos y emociones de los artistas —poetas, pintores, músicos— se contagian a veces de un fuego sagrado que los impulsa a la trascendencia: hacen lo que hacen con tal pasión que olvidan necesidades, comodidades y temores; dan todo, aunque sea sólo por momentos, para vivir la inspiración que los transporta más allá de sí mismos. De esa vida profunda no quedará memoria, sólo la obra que surgió de esa experiencia. Lo curioso es que, habiendo expresado de modo tal su Ser, quedan en paz y viven aspirando ser y expresarse así, siempre; aunque nadie vea, escuche, lea o entienda. Su paz y satisfacción provienen de haber cumplido una ley fundamental, expresar esa conciencia inspirada y trascendente que los habita.

 


Me atrae y me seduce esa región oscura del alma y de las cosas. Me atrae irresistiblemente lo que no sé, lo que se esconde, lo sutil, lo subjetivo tenebroso que no acepta yugos de palabras o determinación alguna. Me atrae y me seduce el misterio en el otro, lo objetivo que además es sujeto tenebroso, es alma y vida. Es irresistible el misterio de las cosas, pero sólo hay misterio si hay mirada.

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Cada vez que medito, siento que eso desconocido está presente, que sabe de mi mirada y se esconde. Con el tiempo lo he aprendido a pillar de reojo, notando matices en la luz de la conciencia que ilumina el espacio de la experiencia, o en intenciones repentinas, ajenas y contrarias a la continuidad de las establecidas al inicio de la meditación. He aprendido a ser paciente para aceptar ese no saber, aun cuando miro lo más obvio. Una sensación en el cuerpo, intensa, burda y definida, que creo saber definitivamente lo que es; pero cuando eso desconocido está presente, de súbito comienza a vibrar, a disolverse, se vuelve intermitente y difusa. ¡Ya no sé más, ni lo que es, ni lo que viene, pero es liberador, es un deleite! He aprendido a sentir terror y deleite ante ese desconocido que me quita todos los saberes.

 


Sin duda, somos apenas una brizna de sed, pero insaciable. Somos la brizna fugaz, somos la sed de ser y de infinito, y somos el palpitar del espejo profundo. Esa sed de infinito hace de lo poco, grande, y logra el misterio de que lo grande quepa en lo poco.

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Sólo es oscura la mirada ignorante. El espejo del fondo se esclarece y transparenta a la atención atinada de conciencia pura, vacía y sin centro. Pasado, presente, futuro, son sólo puntos relativos, una forma de mirar el proceso del devenir. La conciencia es luz y, en sí misma impoluta, es espacio infinito para todo, y es ser esencial en todos.

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Mi corazón es un tambor. Cada día la vida golpea su propia melodía. Lloro, canto, sueño, vivo y digo. Hoy agradezco y comprendo el porqué de haber nacido en una gran familia: la Humanidad.

 


El fuego por naturaleza es nada en sí mismo, sólo un vibrar intenso que se adhiere a las cosas combustibles. Un misterio que vive y muere por arder. ¡Tal es el amor, un fuego sagrado! ¡Salud! ¡Brindemos por el fuego sagrado que transmuta materia gruesa en sentir celestial y conciencia infinita! ¡Por el aire de la inspiración que alimenta ese fuego! ¡Y por la esencia vital, impulso creativo, misterio de la nada, más allá de ser y de no ser!

 

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[Entrevista a DGD sobre las postales]

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