jueves, 18 de junio de 2026

Reunión (37). Teatro, 1

 

DGD: Postales, 2022-2026.

 

r e t r a t o s   (e n)   (c o n)   p o s t a l e s

Teatro y representación

D.G.D.

 

La aguda percepción de Walter Benjamin se detiene en un detalle de la parafernalia teatral: “Una y otra vez, en Shakespeare, en Calderón, los combates ocupan el último acto y reyes, príncipes, escuderos y séquito ‘entran huyendo’. El instante en que se hacen visibles a los espectadores los hace detenerse. La escena da el alto a la fuga de los personajes del drama. Su entrada en el campo visual de los ajenos a la acción y en verdad superiores permite tomar aliento a los abandonados y los envuelve en un aire nuevo. De ahí que la repentina aparición en escena de los que entran ‘huyendo’ tenga su significado oculto. En la lectura de esta fórmula entra en juego la expectativa de un lugar, de una luz o de unas candilejas en las que también nuestra huida por la vida quede a salvo de observadores extraños” (Calle de sentido único, 1928).

               En el teatro es perfectamente aceptable que un personaje se sitúe en un punto alto de la escenografía, mire a lo lejos y exclame: “He ahí a cuatro mil hombres trenzados en batalla”. Igual podría decir “La luna cayó anoche en ese valle” o “He ahí a Dios dictando los mandamientos a Moisés”. De cualquier forma el espectador, en lugar de sonreír con sorna, colabora con el drama y visualiza aquello que el personaje dice estar viendo en la lejanía. El cine, en cambio, está obligado a mostrar la batalla, la luna caída o la divinidad dictadora, y si no lo hace, el espectador se siente estafado y sujeto de burla. En el cine todo es imagen, incluso lo que no se ve. En el teatro —bien lo sabe Kafka— no sólo los actores al entrar en escena se hacen visibles a los espectadores, sino que se hace visible (visualizable) todo lo invisible.

               El teatro tiene como prerrogativa el espacio sagrado en cuya horizontalidad (el escenario) todo puede representarse, mientras que la verticalidad del cine (la pantalla) tiene como demanda el mostrar. Si en el séptimo arte hay representación, es lo que toma del teatro y queda casi totalmente en el trabajo de los actores. Es por ello que los actores de mayor virtuosismo se han formado en el teatro: su oficio implica un dominio intuitivo de los signos, mientras que los actores formados en el cine son expertos en mostrarse y muy poco se interesan por el paso del estar al significar.

               En el teatro, en efecto, la figura de un actor que entra huyendo es simbólica y esencial: es la mirada de los espectadores la que lo detiene; si no la hubiera, entraría corriendo por un lado del escenario y saldría de inmediato por el otro. Pero esta mirada es tan poderosa porque actúa en colaboración con la sacralidad del escenario: quien entra en escena siempre lo hace huyendo, aunque camine a paso calmo, sencillamente porque antes de entrar existía sólo a medias, o dicho de otro modo, era únicamente un ser físico y al entrar recobra la otra mitad de su carácter: la del símbolo.

               La presentación sucede en la vida cotidiana, en las calles e incluso en los bastidores teatrales. En el escenario hay re-presentación: el actor que entra en escena huye de la media existencia (medianía, mediocridad, aurea mediocritas): su imagen, durante los minutos sagrados que esté en escena, se complementa con el signo. Y lo mismo sucede al espectador. El cine satisface lo que tenemos de imagen; el teatro, lo que tenemos de anhelo de un lenguaje completo, es decir, de universo.

 


 


 


 


 


 

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martes, 9 de junio de 2026

Líber Falco: un atajo en el cielo

 

DGD: Postales, 2022-2026.

 

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Líber Falco: un atajo en el cielo

 

[Hay en la poesía del uruguayo Líber Falco (1906-1955) una paradoja esencial, como si se volviera contra el lugar común “recuperar la inocencia”. Sólo se recupera lo que se ha perdido, y para este poeta es la ingenuidad, y no la inocencia, lo que se pierde. Pero puede olvidarse, y de hecho, acaso la inocencia sólo puede existir en el olvido, no como un recuerdo perdido sino como algo que únicamente  puede conocerse en lo desconocido: “algo quiero olvidar que no conozco todavía” (“El abismo”). En la poesía no hay contradicción: “Yo mismo temo, a veces, / que nada haya existido; / que mi memoria mienta, / que cada vez y siempre / —puesto que yo he cambiado— / cambie lo que he perdido” (“Lo que fue”). La memoria sólo dice la verdad cuando se lanza a buscar el origen mítico del olvido: “Oh triste, oh dulce tiempo cuando acaso / velaba Dios desde muy lejos” (“Extraña compañía”). Todos los orígenes son míticos: “con una risa helada buscaré mi origen” (“Destino”). La poesía, entonces, es el estado de alerta: “Quiero solamente, / en bautismos de alegría y de dolor, / apretarme a la Tierra / bajo el ala quebrada del desvelo” (“Oración a la desesperanza”). Poesía es desvelo, y la inocencia es lo que no puede conocerse, porque si se conociera se volvería ingenuidad; es lo que la memoria no puede mentir porque no pertenece al recuerdo; es lo que puede y debe olvidarse para que el instante de plenitud deje de ser excepcional y se reconozca como lo único permanente y verdadero: “Hoy domingo de mañana, / cielo, sol, / vuelan campanas, / vuela mi corazón / en la mañana” (“Momentos”). Para Líber Falco, sólo se puede recuperar lo que nunca se ha perdido: “Lo que fue tuyo siempre será tuyo. / Y lo que un hombre busca olvidar amando, / ni los demás lo saben, ni apenas tú lo sabes” (“Regreso al fondo”). (DGD)]

 


 


 


 


 


 

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Bibliografía de Líber Falco:

Cometas sobre los muros, Imprenta Stella, Montevideo, 1940.

Equis andacalles, Montevideo, 1942.

Días y noches, Imprenta Herculina, Montevideo, 1946.

Tiempo y tiempo (edición definitiva preparada por el autor), Asir, Montevideo, 1956.

 

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