jueves, 23 de abril de 2009

Ursula K. Le Guin: “El verdadero viaje es el retorno”

DGD: Paisajes-Serie ártica 32, 2009
*
Ursula K. Le Guin adoptó a la ciencia-ficción como un centro desde donde irradiar, pero su literatura no acepta otra clasificación que la que pueda darse a los más grandes autores de todos los tiempos. Desde el momento en que eligió ese centro hasta el presente, su obra comprende más de veinte novelas, siete poemarios, siete colecciones de relatos, seis libros de ensayo y quince libros para niños y jóvenes, así como algunos espléndidos prólogos (memorable el de The Book of Fantasy, traducción inglesa de la Antología de la literatura fantástica de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo), además de media docena de guiones cinematográficos. Es también traductora, y se le debe una asombrosa versión del Tao Te King (Shambhala, 1997) y de una selección de poemas de su admirada Gabriela Mistral (University of New Mexico Press, 2003).
*
Probablemente ha recibido más premios que ninguna otra escritora: cinco veces el Premio Nebula y otras tantas el Hugo (máximos galardones de la ciencia-ficción), así como docenas de otros reconocimientos que incluyen el World Fantasy Award for Live Achievement (1995) y el Premio Howard Vursell de la Academia Americana de Artes y Letras. En el año 2003 fue la primera mujer en obtener el título de “Gran Maestra” de la SFWA (Asociación de Escritores Estadounidenses de Ciencia-Ficción). El único inconveniente de estos nombramientos es que colaboran a mantener sus libros en un margen de la “literatura sin más”. Su obra en conjunto sería merecedora del Premio Nobel de Literatura si nuestros ojos dependieran menos de deslumbramientos pasajeros y de clasificaciones confinantes (“fantasía”, “ciencia-ficción”). Sin embargo, aun en este caso contemplaría al Nobel como a cualquiera de las otras distinciones que se le han otorgado, es decir, con modestia taoísta: hermosas piedras recogidas en el camino, no el camino.
*
Le Guin nació en Berkeley, California, el 21 de octubre de 1929, hija del antropólogo Alfred L. Kroeber (autor de un buen número de trabajos esenciales sobre las tribus indígenas de California y la costa noroeste de Estados Unidos), y de la escritora Theodora Kroeber Quinn (a quien se deben dos crónicas sobre uno de los últimos sobrevivientes de las poblaciones autóctonas norteamericanas, Ishi, Last of his Tribe e Ishi Between Two Worlds, ambos de 1961). Desde la primera infancia, tanto Ursula como sus hermanos Clifton, Ted y Karl escucharon los cuentos que su padre había recolectado de las tribus del norte de California, y se nutrieron con los mitos y leyendas que su madre amaba, procedentes de todas las culturas.
*
La familia vivía en una casona de madera en Berkeley y pasaba los veranos en un viejo rancho en el valle de Napa. “Durante la segunda guerra mundial”, recuerda Le Guin, “todos mis hermanos ingresaron al servicio y los veranos en el valle se volvieron solitarios, únicamente mis padres y yo en la vieja casa. No había televisión entonces; una vez al día encendíamos la radio para escuchar las noticias de la guerra. Esos veranos de soledad y silencio —una adolescente vagabundeando por las colinas, sin compañía, sin ‘nada que hacer’— fueron muy importantes para mí. Creo que fue entonces que comencé a hacerme un alma.”
*
Uno de sus primeros encuentros decisivos fue con la obra de Rudyard Kipling, de quien aprendió lo que será la esencia misma de su propia escritura: “Kipling es capaz de contar una historia en cuatro o cinco niveles simultáneos”, comentará después. El taoísmo también sería esencial para su visión del mundo. Había aprendido a escribir a los cinco años y en su formación tuvo la suerte de encontrar apoyo y solidaridad de familia y amigos. “Cuando era joven, los pocos escritores mayores que conocí me animaron, y los escritores que cuento ahora como amigos son gente generosa con un fuerte sentido de comunidad. Me mantengo lejos de los escritores que consideran el arte como una competencia para lograr fama, dinero, premios, etcétera. Lo que importa es el trabajo”.
*
En una entrevista del 2008 recuerda: “Ya escribía historias fantásticas cuando tenía ocho años de edad, así que no creo que mis experiencias vitales sean la base de mi forma de escribir fantasía. Simplemente, mi mente funciona así. La ‘razón pura’ es inaccesible para mí; mi razón trabaja a través de la imaginación”.
*
En 1958 ella y Charles A. Le Guin, con quien se había casado en París en 1953, se establecieron en Portland, Oregon, en una casona victoriana situada en Thurman Street, a la orilla de Forest Park —una reserva ecológica en la parte noroeste de la ciudad—, desde donde se tiene una espléndida vista del Mount St. Helens. Medio siglo más tarde sigue viviendo ahí —bien podría decirse irradiando desde ahí.
*
Ella misma establece la diferencia entre los géneros: “En la ciencia-ficción uno no puede atentar contra el hecho científico; si rompemos las leyes de la física, entonces pienso que eso más correctamente debe llamarse fantasía. Siento muy claramente esa diferencia, y más o menos desde 1970 tengo perfectamente claro cuál de las dos estoy escribiendo”. “¿Qué escribe más, fantasía o ciencia-ficción?”, le pregunta el periodista polaco Slawek Wojtowicz. Le Guin responde de un modo que rompe los confinamientos genéricos que ella misma ha parecido respetar en otras entrevistas: “No puedo generalizar de ese modo. Lo que me gusta es un buen libro. No importa si es fantasía o ciencia-ficción. Si es bueno, es bueno. Si no, no lo es”.
*
Para Ursula Le Guin no existe una línea divisoria entre ciencia-ficción y literatura sin más: en uno u otro caso se trata de explorar culturas y el modo en que los hombres inventan sus sociedades y estructuran su realidad. A la manera de Kipling, el género existe en los primeros niveles, pero una vez que se profundiza, los confinamientos se rompen y lo que queda es profundidad en y por sí misma. En el mito, que es el gran territorio de la simultaneidad, no hay distinciones.
*
El prólogo a su primera novela, El mundo de Rocannon (1966) comienza así:
¿Cómo distinguir la leyenda de los hechos en esos mundos tan alejados en el espacio y el tiempo? Planetas sin nombre, a los que sus habitantes llamaron simplemente El Mundo, planetas sin historia en donde el pasado es tema de mitos y en los que un explorador, a su regreso, se halla con que sus propios hechos —realizados unos cuantos años atrás— se han convertido en los gestos de un dios.
El mundo de Rocannon se inserta en un universo ficticio, llamado hainita o del Ecumen, que la autora irá explorando en las décadas siguientes. Aunque Le Guin irónicamente lo llama “mi pseudo-coherente universo con hoyos en los codos”, lo cierto es que su formación antropológica, así como su poderoso sustento mítico y poético, ofrecen al universo ecuménico un sustento pocas veces visto en la llamada ciencia-ficción, en un vasto tapiz que abarca unos 2,500 años en una secuencia que hasta ahora comprende seis novelas mayores, así como varias novelas cortas y relatos.
*
En ese universo se encuentra su primera obra maestra, La mano izquierda de la oscuridad (1969), novela que marcó un hito ante todo por el cuestionamiento que hace de la identidad sexual humana y los tabúes relacionados con ella. Le Guin deconstruye el sentido humano del género sexual; la raza que habita el lejano planeta Gethen (o Invierno) está formada por individuos andróginos, asexuados la mayor parte del tiempo excepto cuando entran en kemmer; entonces adquieren, al azar, unos u otros caracteres sexuales masculinos o femeninos, de acuerdo con el género que haya adoptado previamente la persona con la que se relacionan. Despojados de la fundamental dicotomía humana, su cultura es otra en un sentido pocas veces vislumbrado por la ciencia-ficción. En este caso el contraste se da entre la raza nativa y el protagonista de la historia, un enviado del Ecumen llamado Genly Ai, que es, como todos los terrestres, unisexuado.
*
La obra de Le Guin está hecha de agudísimas preguntas; acaso la más subversiva de todas ellas da título a un ensayo que incluyó en El lenguaje de la noche (1979): “¿Es necesario el género sexual?”. En El cumpleaños del mundo y otros relatos (2002) se incluyen dos textos, “Las costumbres de las montañas” y “Amor no escogido” que, como la anterior “Otra historia” (incluida en Un pescador del mar interior, 1994), postulan el sedoretu, una forma de matrimonio socialmente aceptado que implica no a dos sino a cuatro personas, y que abarca tanto la hetero como la homosexualidad.
*
La autora examina el rubro con que se la ha identificado: “Al principio era una feminista tímida y conservadora. Pero hubo piedras de toque. Una de ellas fue la publicación de la Antología Norton de literatura femenina. Leí cada palabra. Fue una alegría descubrir que podíamos escribir como mujeres y no como ‘hombres honorarios’.”
*
Más tarde Le Guin regresó al universo hainita en la novela El nombre del mundo es bosque (1972), que volvió a ganar el premio Hugo. Lo obtendría de nuevo, y además el Nébula, con la novela considerada su segunda obra maestra: Los desposeídos (1974), que lleva como subtítulo Una utopía ambigua. Todas las dicotomías encarnan en Urras y Anarres (los dos planetas enfrentados en los que se ubica la historia): occidente y oriente, razón e intuición, progreso y simultaneidad, materialismo e idealismo, colectividad e individuo. Y ahí se encuentra el gran diálogo del capítulo 11: “Yo creía saber lo que era el ‘realismo’“, dice un personaje, y otro responde: “¿Cómo puede saberlo, si no conoce la esperanza?”. Esta es la definición de anarquismo que la novela enfoca tan lúcida como desapasionadamente. Es, también, aquella frase de la última página que bien contiene a toda la novela (y acaso a toda la obra de Le Guin): “El verdadero viaje es el retorno”.
*
En 1975 apareció una recopilación de cuentos llamada Las doce moradas del viento, en el que se recoge uno de sus relatos más implacables, “Los que se marchan de Omelas”. La fuerza de este relato, su apuesta valiente y su devastadora honestidad, así como esta característica en casi todo su trabajo, son en cierto modo asumidas por la escritora en una entrevista:
Pienso a veces que sólo estoy intentando supersticiosamente evitar el mal por medio de hablar de él. Ciertamente no considero proféticas a mis ficciones. Sin embargo, a lo largo de toda mi vida adulta nos he visto mancillar a nuestro mundo irrevocable, irremediable y despreocupadamente, sin hacer caso de las sucesivas advertencias y descartando cada alternativa benévola en la persecución del “crecimiento” y del beneficio económico inmediato. [Entrevista de Nick Gevers, 2001.]
Le Guin dista de ser gratificante o protectora de sus personajes protagónicos. En 2002 el periodista Mark B. Wilson le hace una pregunta clave: “Sus héroes realmente suelen pasar por el infierno. ¿Cómo se relaciona para usted el sufrimiento con el desarrollo del personaje?”. Le Guin responde:
Sí, tiendo a castigar a mis personajes centrales algo severamente. Eso es una pregunta enorme realmente, porque no creo que el sufrimiento purifica a un personaje. Generalmente el sufrimiento brutaliza a la gente: sólo lastima a las personas, y a veces las incapacita. Pero una cosa que la mayoría de las fantasías parecen hacer es mostrar a alguien que atraviesa por la adversidad usando inteligencia, valor y resistencia. Muchas historias de fantasía se pueden resumir en “el pequeño individuo triunfa sobre un mundo implacable”. Ese es un argumento muy antiguo, y lo necesitamos. Los niños lo necesitan, porque son pequeños individuos en un mundo que es muy difícil de entender. Y los necesitamos, porque todos enfrentamos una porción tremenda de adversidad y dureza.
El otro gran universo creado por Le Guin participa del género fantástico: la serie Los libros de Tarramar. En ella se narra la historia de Ged, un aprendiz de mago que debe luchar contra sus miedos y fantasmas; la serie fue iniciada con la novela Un mago de Terramar (1968) y continuada con Las tumbas de Atuan (1971), La costa más lejana (1972), Tehanu (1990), Cuentos de Terramar (2001) y En el otro viento (2001).
*
Cuando se produjo el “fenómeno Harry Potter” en 1997, comenzó a debatirse el hecho de que la celebérrima saga de J.K. Rowling debe a Terramar mucho más de lo que parece. Le Guin ha respondido en numerosas entrevistas a esta pregunta:
No tengo una gran opinión sobre [las novelas de Rowling]. Cuando tantos críticos adultos insistían en la “increíble originalidad” del primer libro de Harry Potter, lo leí para descubrir cuál era el alboroto, y me quedé algo desconcertada; parecía una vivaz fantasía de chicos cruzada con una “novela de escuela”, buen material para su categoría de edad, pero estilísticamente ordinario, imaginativamente derivativo y éticamente más bien mezquino y malvado. [“Ursula Le Guin Q&A”, 2004, incluido en su página web.]
En todos los registros de la escritura de Ursula Le Guin son evidentes sus fundamentales intereses: taoísmo, anarquismo, feminismo, antropología y sociología. Todos ellos se conjuntan en su creación de la antropología-ficción, ante todo en El eterno regreso a casa (1985), en donde se muestra a plenitud su capacidad para crear mundos verosímiles poblados por personajes profundamente humanos.
Podría precisar que la infeliz Tierra aludida en algunas de las ficciones de la serie del Ecumen sería solamente un paso oscuro en el camino a la Tierra que se describe en mi libro más esperanzado, El eterno regreso a casa, ubicada en un futuro muy distante. La mayoría de las personas cree que no tenemos ningún otro futuro que el del desarrollo de la alta tecnología, el de la extensión urgente, el de la urbanización y el de la explotación despiadada de los recursos naturales y humanos; esa gente, que cree que tenemos que seguir tal como estamos ahora, tiende a ver ese libro como retrógrado, como vuelta al pasado. No lo es.
*
El eterno regreso a casa mira al pasado, pero no regresa a él. Es una tentativa radical de pensar fuera de los sobreentendidos actuales; es una negación de esos sobreentendidos. Es la tentativa de retratar a una sociedad genuinamente madura. Es el esfuerzo de imaginarse una “tecnología del clímax”, cuyo principio no sea un crecimiento forzado, sino la homeostasis. Es ofrecer no un modelo mecánico sino uno orgánico para la cultura. [Entrevista de Nick Gevers, 2001.]
Esta más-que-novela guarda un lugar muy especial en su carrera: se trata de una minuciosa enciclopedia ficticia sobre una cultura indígena (los Kesh) situada miles de años en el futuro, reconstruida desde traducciones de una lengua desaparecida. “Resulta difícil traducir de un idioma que no ha llegado a existir”, escribe Le Guin en la nota preliminar, “pero tampoco hay que exagerar. Al fin y al cabo, el pasado puede ser tan oscuro como el futuro. [...] Lo que fue y lo que podría ser se halla, como niños cuyos rostros no podemos ver, en brazos del silencio. Lo único que tenemos en cada momento es el aquí y el ahora.” La minuciosa reconstrucción de otro mundo que es éste (concretamente la California indígena) implica todos los rubros: mitología, antropología, música y dramaturgia ritual, e incluso cartografía. Rigurosa y desafiante aventura: “Tuve que renunciar al argumento y a la convención”, comenta en una entrevista de 1997, “e imaginar lo que sería algo así como recorrer toda mi vida muy lentamente”. El resultado es una de las nociones más fascinantes que haya postulado la literatura: la arqueología del futuro.
*
Las utopías fascinan a Ursula K. Le Guin; “el problema con ellas”, declara en entrevista conducida por Elisabeth Sherwin, “es que no tenemos forma de realizarlas. Esa es la razón de que existan las novelas. Cualquier cambio drástico de dirección en nuestras sociedades es enormemente difícil porque tanta gente está involucrada”. En cierto sentido, ese problema la ha llevado a imaginar pequeñas sociedades, grupos étnicos plenamente insertos en sus tradiciones milenarias. Las etnias, sí, pero también otras formas de la marginalidad, y no sólo colectiva sino individual; por ejemplo, la forma en que el adulto relega y olvida su mirada infantil: “A finales de los años ochenta dije que la ciencia-ficción ya no estaba funcionando para mí, y me moví a lo que llaman literatura para niños. Tuve que detenerme, reflexionar, reorganizar. Sin embargo, ahora me siento feliz saliendo de nuevo al espacio exterior. Vencí una dificultad”. La literatura infantil fue otra faceta de su labor esencial: la poesía; es así como define ese tipo de escritura: “Es como escribir poesía. Los niños leen y responden tan intensamente, que cada palabra debe ser perfecta”.
*
Sus más recientes aportaciones a la literatura fantástica y de ciencia-ficción son una colección de cuentos publicada en el año 2003 titulada Planos paralelos y una nueva trilogía fantástica, los Anales de la Costa Oeste, compuesta por Los dones (2004), Voces (2006) y Poderes (2007). En 2009, Poderes la ha hecho acreedora a su cuarto premio Nébula, que se suma a los que obtuvo por La mano izquierda de la oscuridad, Los desposeídos y Tehanu (la cuarta parte del ciclo de Terramar). En Los dones, humildemente integrado en el cuerpo de la novela, radica una verdadera declaración de principios que revela la sabiduría de Le Guin, su irrepetible conciencia sobre lo sucesivo que es también simultáneo:
Ver que tu vida es una historia mientras estás ahí en medio viviéndola puede ayudarte a vivirla bien. Sin embargo, no conviene creer que sabes cómo te irá, o cómo acabará. Eso sólo debe saberse cuando ha terminado.
*
E incluso cuando ha terminado, incluso cuando se trata de la vida de otra persona, de alguien que vivió hace cien años y cuya historia he oído una y otra vez, mientras la oigo espero y temo como si no supiera cómo va a terminar; por eso vivo la historia y la historia vive en mí. Es la mejor manera que conozco de tratar con la muerte. Las historias son aquello a lo que la muerte cree que pone un final. No puede comprender que son las historias las que ponen un final a la muerte, aunque no acaben con ella.
Continúa en su bibliografía su segunda novela histórica luego de Malafrena (1979), llamada Lavinia (2008); para redactarla, Le Guin aprendió latín por medio de traducir, línea por línea, la Eneida de Virgilio. La escritora se centró en el personaje femenino que jamás habla, Lavinia, amada de Eneas, y le dio voz en esta profunda reescritura de la Eneida. Recuerda:
[Lavinia] es la chica con la que Eneas está condenado a casarse, para poder fundar la ciudad y el imperio de Roma. Los últimos libros de la Eneida están llenos de batallas: Virgilio tenía bastante que contar sobre la guerra, su locura y tragedia, porque (creo) él quería mostrar a su nuevo emperador Augusto el costo real del Imperio y preguntarle: “¿Vale la pena?”. Pero no tuvo tiempo de contarnos mucho sobre Lavinia, o al menos de dejarla hablar. Así que, leyendo el poema, comencé a preguntarme sobre ella, y en un momento le pregunté: “¿Lavinia, quién eres?”. Y ella me respondió. Y aquí está la novela. Es diferente a todo lo que he escrito hasta ahora. Estoy muy contenta con ella.
El universo de Ursula K. Le Guin es todo menos un reducto escapista: surge de un profundo compromiso (tanto humanista como político, social y cultural) que permite situar su literatura en el punto más álgido de la experiencia humana: sus novelas son verdaderas sinfonías que examinan, como en muy pocos casos, el amplio rango de las contradicciones (pero también las posibilidades) del hombre.
*
Le Guin ha creado una obra silenciosa y estentórea. Silenciosa porque no juega el juego de los ruidos cotidianos ni se presta a la farándula del “éxito” y el best-seller (lo que no contradice su enorme celebridad en círculos cada vez más amplios: su obra, traducida a dieciséis idiomas, cuenta sin duda con cientos de miles de lectores). Estentórea porque, sin ánimo retórico, bien puede encontrarse en ella la sabiduría y profundidad que tanto faltan en nuestro tiempo. Es en este sentido que también en esa obra reposa la única respuesta válida a si existe o no una literatura femenina: existe, si no se propone a priori como tal. Existe, si va más allá de todas las barreras genéricas. Existe, si contiene una mirada capaz de diseccionar las contradicciones de la civilización y arrojarles la violenta y definitiva luz del conocimiento ancestral, según esta declaración de principios: “La realidad es un pez huidizo que a veces sólo puede ser atrapado en una red de hechizos, o con el anzuelo de la metáfora” (Las llaves del aire, 1996).
*
En 1988 Slawek Wojtowicz le pregunta: “Si pudiera elegir un lugar y un tiempo para vivir, ¿cuándo y dónde sería?” Le Guin responde: “Sería aquí y ahora. ¿Por qué? Porque estos son mi tiempo y mi espacio, y mi ‘ser’ está ahora y aquí. Creo que el hecho de que en este aspecto no podemos elegir, es muy interesante, y extremadamente importante”.
*
Podría caerse en un fácil juego de palabras que sin embargo resultaría certero: “El nombre de Ursula es bosque”. Su obra se extiende en todas direcciones como el mundo vegetal descrito en su novela corta Más vasto que los imperios y más lento (1971). La intensidad de la escritura de Ursula K. Le Guin se encuentra justamente en la vida que en ella se refleja, según el método que la escritora delinea en la introducción de El cumpleaños del mundo: “Crear la diferencia, provocar un extrañamiento, y entonces dejar que el feroz arco de la emoción humana salte y cierre la brecha: esta acrobacia de la imaginación me fascina y me satisface como ninguna otra”. Como Ulises, Le Guin ha recorrido un largo camino para ser capaz de regresar a casa; y ese hogar es sin duda el mar interior.
*
*

miércoles, 15 de abril de 2009

Espejos voladores

DGD: Textiles - Serie roja 4, 2008
*
Mírame y dime
si soy lo que veo
en los espejos voladores de mi casa
Mírame y dime
si las miradas no son como guantes
que terminan por hacer manos
a fuerza de insistencia
O como zapatos
que nos vacían los pies
y dejan huecos a llenar
con forma de zapatos
Mírame y dime
cómo se ve el mundo
sin miradas como guantes o zapatos
O mírame y no me digas
pero mírame sin enguantarme
sin hacerme imagen
sin volverme lo que miras
*
***
*
[Del poemario La raíz eléctrica, Conaculta-DGP, col. Práctica Mortal, México, 2006.]*
*

martes, 31 de marzo de 2009

Antonio Porchia: “Un hombre solo es mucho para un hombre solo”

DGD: Figura 1, 2001
*
1. Un esbozo biográfico de Antonio Porchia
*
Antonio Porchia nació el 13 de noviembre de 1885 en el pueblo de Conflenti (Catanzaro), en la Calabria italiana; su niñez y principio de la adolescencia transcurrieron en Avellino (en la Campania). El padre, Francisco Porchia, muere hacia 1900 y Antonio asume el rol paterno, abandona los estudios y comienza a trabajar duramente. Más tarde la madre, Rosa Vescio, decide emigrar a la Argentina con seis de sus siete hijos; la familia arriba a Buenos Aires en octubre de 1906 y Porchia, que a los pocos días de su arribo ha de cumplir los 21 años de edad, se dedica a diversos oficios manuales (tejedor de cestas, apuntador en el puerto). Hacia 1918, Antonio y su hermano Nicolás compran una imprenta en la calle Bolívar, en donde el primero se dedica a los más humildes desempeños.
*
En 1936, cuando ya sus hermanos se valen por sí mismos y han establecido respectivas familias, Antonio deja la imprenta y compra una casa en la calle San Isidro del barrio de Saavedra. Con el tiempo ha hecho amistad con los militantes de la FORA (Federación Obrera Regional Argentina) en el barrio de La Boca y ellos lo invitan a colaborar en una publicación de izquierda llamada La Fragua (ca. 1939). Porchia les ofrece algunos de esos fragmentos o sentencias que caracterizan su conversación cotidiana y que ha decidido llamar voces.
*
También se relaciona con un grupo de pintores y escultores anarquistas que han formado la “Agrupación de Gente de Arte y Letras Impulso”. Varios de ellos lo instan a publicar en libro esas voces que a cada tanto escribe en modestas hojas de papel. Porchia, que tiene entonces 58 años de edad, acepta y costea el volumen. La edición de Voces (1943) pasa casi desapercibida. Los paquetes que contienen estos ejemplares quedan acumulados durante meses en la sede de Impulso y Porchia, que no se asume como escritor y está lejano a todas las usanzas de la vida socio-literaria, decide donar el tiraje completo a la Sociedad Protectora de Bibliotecas Populares, que coordina numerosos centros bibliotecarios diseminados por la Argentina.
*
En 1948 Porchia costea una segunda edición de autor, también bajo el sello de Impulso y con el material que ha ido acumulando en esos cinco años. Un ejemplar de la primera edición llega a manos del poeta y crítico francés Roger Caillois, que se encuentra en la Argentina trabajando para la UNESCO y en la redacción de la prestigiosa revista Sur. Asombrado, Caillois busca a Porchia y le dice: “Por esas líneas yo cambiaría todo lo que he escrito”.
*
De vuelta en Francia, Caillois traduce las voces y las hace publicar en revistas parisinas y luego en una plaqueta (1949). La lectura de esta traducción despierta la admiración de Henry Miller (que incluye a Porchia entre los cien libros de una biblioteca ideal), y lleva a André Breton a exclamar: “El pensamiento más dúctil de expresión española es, para mí, el de Antonio Porchia, argentino”.
*
A principio de los años cincuenta sobreviene la estrechez económica y Porchia vende su casa de San Isidro y ocupa otra en la calle Malaver del barrio de Olivos, en la que vivirá en solitario por el resto de su existencia. La resonancia de su obra continúa en Europa, en donde se suceden más traducciones al francés, al alemán y al italiano. (En Estados Unidos, el poeta W.S. Merwin vertirá al inglés y prologará su propia selección de voces en 1969.)
*
En Argentina, la editorial Sudamericana se percata de estas admiraciones y en 1956 le ofrece publicar Voces; para esta publicación masiva, Porchia hace una rigurosa selección de todas las voces publicadas en las dos ediciones de autor, y decide excluir casi la mitad; a la vez, agrega un conjunto de Voces nuevas. Esta será la edición “oficial”, marcada así por el propio Porchia a través de su dedicatoria a Roger Caillois. Se irá imprimiendo y agotando regularmente, lo mismo que las ediciones de Francisco A. Colombo en 1964 y Hachette en 1966.
*
Se presentan otros tipos de resonancia: la visita de jóvenes poetas (entre ellos Roberto Juarroz), la grabación de la voz de Porchia en disco, nuevas re-ediciones de Hachette. En 1967 Antonio Porchia sufre una caída desde una escalera; aunque se recupera, el golpe en la cabeza le produce complicaciones. Es operado de un coágulo cerebral y se restablece por un tiempo, pero experimenta un deterioro y muere el 9 de noviembre de 1968, a cuatro días de cumplir 83 años.
*
***
*
2. Antonio Porchia: “Un hombre solo es mucho para un hombre solo”
*
Quienes comparan a Antonio Porchia con Lao Tse, Pascal, Nietzsche, Jouhandeau, Kafka, Blake, La Rochefoucault o Lichtenberg se equivocan más que quienes lo ven cercano a figuras como la de don Juan Matus.[1] Porque aun en este último caso hay un cierto “error”: don Juan pertenece a una corriente ancestral, a una cultura secreta (la de los brujos, la de los hombres de conocimiento), mientras que Porchia es, de modo casi inaudito, sui generis. El conocimiento de don Juan es una tradición y por tanto puede heredarse, al menos en teoría: aunque la iniciación sea prácticamente imposible, existe la vía. En cambio, Porchia, como bien supo ver José Pugliese, no tiene herederos.[2] Don Juan puede heredar a otros porque él mismo heredó: tuvo maestros, iniciadores. Porchia no recibió una herencia sino fue una herencia, sólo recibida por sí mismo. No hay iniciación ni vía, y el propio Porchia lo especificó:
*

He sido para mí, discípulo y maestro. Y he sido un buen discípulo, pero un mal maestro.
*

El poeta Roberto Juarroz, uno de los pocos interlocutores de Porchia que supo reconocer con quién estaba hablando, expresó esa extrañeza con toda precisión: “Era un ser que del mismo modo en que estaba aquí podría haber estado en otro universo”.[3] En efecto, Antonio Porchia no parece realmente “haber vivido en Buenos Aires durante la primera mitad del siglo XX”, sino adaptarse a un entorno y a un tiempo fortuitos, que bien podrían ser cualesquiera otros. Porchia no lo oculta:
*
Quien no habita solamente en esta tierra, no necesita mucho de esta tierra.
*
De ahí esa soledad irrepetible, que ni siquiera ha conocido el ser más aislado, desprotegido o exiliado (Porchia sabía que Un hombre solo es mucho para un hombre solo); de ahí también que otra poeta, Alejandra Pizarnik, le escribiera en una carta: “Su libro es el más solitario, el más profundamente solo que se ha escrito en el mundo”.[4] En esas páginas, Pizarnik leyó esta voz:
*
Mi soledad, a veces creo que la hace lo que no existe, no lo que me falta. Y tal vez mi soledad no existe y yo la vivo de más.
*

Era el testimonio de algo que apenas puede denominarse soledad, puesto que para llamarla de esa manera hay que establecer la relación dialéctica “solo/no solo”, y la soledad de Porchia no puede medirse comparándola o contraponiéndola con la no-soledad. Cómo negar la intuición de que, de haber sido posible el encuentro de Porchia con otras grandes poetas solitarias como Emily Dickinson, Sylvia Plath, Christina Rossetti, Virginia Woolf o Alfonsina Storni, ellas habrían llegado a la misma conclusión que Pizarnik: el libro más profundamente solo que se ha escrito.

Porchia rompió toda dicotomía, toda dialéctica, toda lucha de contrarios (Ahora somos nadie y yo. Y ahora no me siento estar solo. Ahora podría creer que sólo nadie es alguien), y mostró que hay profundidad sin superficialidad y, también, que existe algo aún más solo que la soledad: la tradición de uno, la infinita otredad. Y es aquí en donde se nota que no hay paradojas más profundas que las que surgen en la profundidad pura. Porque estando tan inconcebiblemente solo, Porchia se hundió en las raíces mismas de la humanidad como conjunto, como experiencia y como referente. Dicho en forma directa: nadie ha sido tan humano como Antonio Porchia. De ahí su insoportable extrañeza:

No creo en las excepciones. Porque creo que de uno solo no hay nada. Ni la soledad.
*
Cuántos fueron los intelectuales, filósofos, analistas, que retrocedieron desconcertados (y hasta personalmente injuriados) cuando se encontraron con que Porchia no sólo carecía de soportes académicos o universitarios, sino que manifestaba una indiferencia hacia la “cultura”. No contaba con “grados”, “aprendizajes” o “méritos” y había logrado lo que casi ningún hombre de letras consideraba posible (si alguno de ellos había llegado a plantearse esa posibilidad). Los mejor intencionados trataron de disculparlo con motes como “más sabio que culto”; los demás vieron una especie de fenómeno que por mero azar había encontrado un atajo para llegar a la sabiduría, y que ignoraba qué hacer con ella. Es decir que, hijos de la dialéctica, separaron al hombre de la obra: en la medida en que ésta era desconcertante, aquél fue vuelto previsible, por “compensación”.
*
Justamente el carecer de una infraestructura “cultural” imanta a Porchia de elementos de cultura popular: se le llama “jardinero”, se le hace oír tangos, se subrayan las anécdotas con tintes de folletín o de novela rosa, se le prefabrica una imagen entre abuelo excéntrico y solterón amargado. Pero el autor de Voces lo había previsto todo, incluso esa imagen, y a ella respondió:
*
¿Lo nada o lo como nada? Lo nada. Porque lo nada me da soledad y lo como nada no me da nada. Ni soledad.
*
Qué insulto para la kultur es Antonio Porchia, y lo es incluso para las vanguardias, que si por un lado exaltan la ignorancia y los “estados primitivos”, por otro hacen lo mismo que las ortodoxias: presuponer que lo primigenio sólo puede ser valorado desde la erudición.
*
Quienes como Roger Caillois tuvieron la humildad de decir que cambiarían toda su obra por haber escrito Voces, tienen a la vez la soberbia de desear haber escrito ese libro sin cambiar toda su vida. (Una de las voces que Porchia nunca quiso reeditar parece aludir directamente a esto: Fulano quisiera ser zutano, sin dejar de ser fulano.) Incluso Henry Miller, que rehuía los riesgos de la exquisitez cultural y los limbos de la academe, y que incluyó a Voces entre los libros de una biblioteca ideal, no pudo solidarizarse del todo con la soledad de un hombre que sólo recurría a la lectura de dos libros: La divina comedia y La Jerusalén liberada.
*
Ante todo esto, Porchia callaba. Sabía que los demás no podrían verlo incluso aplicándole los pocos referentes que tenían a la mano para ello: el instructor no instruido, el santo laico, el profeta sin profecía, el iluminado sin iniciación ni escuela. Y callaba. Mas su forma de callar fue precisamente esa obra que sigue sin referentes y que, indesligable del autor, es la más sola que ha aparecido en el mundo. Sin embargo, más que nunca es necesario darse cuenta de que se trata de una soledad cósmica:
*
El árbol está solo, la nube está sola. Todo está solo cuando yo estoy solo.
*
Este es el único referente útil. Porque si se llama a esa obra “la más alta”, “la más profunda”, “la más insólita”, saltarán (y no sin razón) aquellos que defienden el vasto legado de tantos pensadores y artistas, esa herencia que bien podría situarse en las coordenadas de lo más esencial creado por la humanidad. Sólo un calificativo será aceptado: la obra más sola. Que así sea: ese epíteto es verdadero y, en tanto no genera discusiones de jerarquía, permite al menos no perder el tiempo en circunloquios. Pero si se acepta la frase “la obra más sola”, no se use como otra etiqueta más, no se vuelva “imagen común”, pretexto de olvido (porque a nadie le gusta escarbar solo en la soledad), y llévese hasta las últimas consecuencias. La obra de Porchia es la consecuencia última. Séase así justo, al menos de esa forma, con lo que Antonio Porchia mostró no por ráfagas sino de modo insobornable, doloroso y sostenido.
*
***
*
Notas
*
[1] Carlos Castaneda: The Teachings of Don Juan (A Yaqui Way of Knowledge), The University of California Press, Los Ángeles, 1968. [Las enseñanzas de Don Juan. Una forma yaqui de conocimiento, Fondo de Cultura Económica, México, 1974.]
*
[2] José Pugliese: “La obra de Antonio Porchia no admite herederos”, en Crisis, n. 37, Buenos Aires, mayo de 1976.
*
[3] Daniel González Dueñas y Alejandro Toledo: La fidelidad al relámpago (Conversaciones con Roberto Juarroz), Ediciones Sin Nombre / Juan Pablos Editor (col. Los Libros del Arquero), México, 1998.
*
[4] Ivonne Bordelois: Correspondencia Pizarnik, Seix Barral, Buenos Aires, 1998.
*
***
*
[Introducción a Antonio Porchia: cuaderno de lectura, en preparación.]
*
*

domingo, 22 de marzo de 2009

Metáfora y paisaje

DGD: Paisajes-Serie azul 4, 2003
*
“Paisaje” es el nombre de este poema del español Rafael Morales (1919-2005):
*

Qué silencio tan grande el de este campo,
qué vastas y dormidas soledades,
qué inmensidad vacía,
qué tremenda tristeza derramada por los aires,
la sierra se derrumba lentamente
sobre la mansa angustia de los valles
que elevan puros, asombrados, ciegos,
el encendido grito de los árboles,
el cielo es plomo gris que se derrumba
sobre el pavor silente del paisaje,
es un inmenso buitre hambriento y sordo,
un infinito dios amenazante.

*
Ante un poema como este, el afán de la crítica, al que debemos algunos buenos tips pero también un cúmulo de deplorables vicios, nos hace afilar la palabra “antropomorfismo”. Así, con una cierta condescendencia nos decimos que el poeta “proyecta” su subjetividad en el mundo que contempla, y que llena de adjetivos a una naturaleza que en sí carece de ellos. No hay en los valles mansa angustia, ni un pavor silente en el paisaje, ni tristeza en los aires, y mucho menos gritos de los árboles. Los valles son sencillamente los valles, el paisaje no es sino el paisaje en la imperturbable objetividad del mundo natural, y el poeta los ha usado como espejo de su propia interioridad, atribuyéndoles su propia angustia y su pavor. Se trata “sólo” de metáforas y ellas consisten en “comparar” el cielo con plomo gris, con un buitre, con un infinito dios amenazante.
*
Pero ¿qué tal si por un momento se invierten los términos de nuestra tranquilizadora explicación? ¿Qué tal si es el mundo el que ha hecho naturomorfismo en el poeta y ha proyectado en él su verdad? ¿Qué tal si los adjetivos que usa el poeta no son coloraciones de dentro hacia fuera sino del exterior al interior? ¿Qué tal si la subjetividad del mundo se ha objetivado en el espejo que le ofrecía la conciencia del poeta? ¿Qué tal si durante unos instantes ese poeta ha sido el poeta y ha encarnado la imperturbable objetividad del espejo más puro, ahí donde de golpe se reflejan la mansa angustia de los valles, el pavor silente del paisaje y en suma, de modo casi intolerable, ese infinito dios amenazante? ¿Qué tal si no hay aquí impresiones sino revelaciones? ¿Qué tal si puede decirse que existe tristeza en los aires de la misma exacta manera en que se dice que en ellos hay oxígeno? ¿Qué tal si la metáfora deja de ser una mera figura de retórica (los árboles “son como” gritos) y se vuelve epifanía (los árboles son gritos)?
*
Con una sonrisa condescendiente, el lógico y el materialista dirán que sólo un ser humano puede sentir tristeza, angustia y pavor. Y sin quererlo habrán dado con la clave. Es un hombre, en efecto, el que se ha vuelto espejo objetivo, y el lenguaje registra, de modo no menos objetivo, lo que se refleja en ese espejo. Un solo hombre ha recibido el mensaje; es el poema el que permite que otros hombres lo vean y lo transmitan sin que lo altere la subjetividad de ninguno de ellos a lo largo de esta transmisión. ¿No se refería exactamente a esto quien exclamó que la poesía es la única ciencia exacta, la única transmisora de la verdadera objetividad?
*
*

lunes, 16 de marzo de 2009

Un texto de José Manuel Pintado sobre Hollywood: la genealogía secreta

DGD: Redes 24, 2008
*
El mito de la libertad suicida
José Manuel Pintado
*
Antes que otra cosa una aclaración y una sospecha: tengo claro que la invitación que me hizo Daniel González Dueñas para presentar este libro partió de un equívoco. En su amable dedicatoria manuscrita se refiere a mí como cineasta, y esta equivocación me hizo sospechar que Daniel andaba urgido de algún incauto presentador que quisiera cambiar su verdadera identidad de cosmonauta reiteradamente cinéfilo con la de un profesional del séptimo arte, y que tal vez su libro podría ser un anzuelo mercadotécnico para pescar la ingenuidad de este aficionado al cine y del público aquí presente.
*
Nada más lejos de la verdad. Como verán, la invitación de Daniel a leer su libro, aunque haya sido con la mala intención de que lo presentara ante ustedes, ha tenido para mí una valiosa recompensa que ahora comparto.
*
En cuanto abrí las primeras páginas de Hollywood: la genealogía secreta, me atraparon la aguda exploración que hace Daniel del mito cinematográfico, su penetrante observancia del star system y el desvelo crítico al que somete la propuesta ideológica del aparato fílmico hollywoodense, inventado para la dominación del público globalizado a partir de la fascinación de sus rituales que se difunden inicialmente en la pantalla grande, se replican en la pantalla chica y se reproducen como la peste en los medios masivos de incomunicación.
*
Obviamente nos topamos en este libro con un autor de un vasto conocimiento cinematográfico, que tiene además la extraña habilidad de escribir como un director de cine que filma con elocuencia una película destinada a descubrir y desarmar sus propios engranajes.
*
¿Y qué película cuenta Daniel González Dueñas en su libro? La película que quisiera ser la madre de todas las películas: Hollywood, que se identifica con un nombre que magnetiza la industria fílmica mundial y que se autodenomina pomposamente la Meca del cine.
*
En su libro, Daniel nos cuenta la película de un ritual que pretende ser inolvidable al garantizar su permanencia y renovación en una ceremonia interminable que se repite año tras año con su parafernalia espectacular sostenida por la pasarela de la fama momentánea en una alfombra roja; en las entrevistas insulsas, los desfiles de vestidos, joyas, smokings, cortes de pelo, limusinas y una cauda de símbolos que retratan un sistema de vida al que toda sociedad que se respeta debe aspirar.
*
Este es Hollywood, señores y señoras: la realidad vuelta espectáculo, que rige las vidas y destinos de la mayoría de los mortales desde la fugacidad trágica, cómica, absurda pero siempre ejemplar de los personajes encarnados por las estrellas actorales de moda, que brillan intensamente durante un chispazo para acabar perdiéndose en su propia órbita, consumiéndose en su propio fuego o estallando por la propia voracidad del universo inverosímil que los crea.
*
En su análisis inicial, Daniel aborda una película que representa para él la impunidad sagrada, la fatalidad insumisa de Hollywood. En la historia de dos personajes legendarios, Butch Cassidy & the Sundance Kid, actuada por dos iconos hollywoodenses que aparentan rebelarse contra el sistema para acabar mitificándolo, Paul Newman y Robert Redford encarnan el mito de la libertad suicida —burlándose de paso de los dirty mexicans— y consolidando la ilusión ideológica que subyace en el american way of life, en el que te puedes salir con la tuya impunemente si aplicas la justicia por tu propia mano, y si además eres güero, de ojos azules, guapo, simpático y te atreves a abrirte paso a balazos contra el que se te oponga. No en balde en EU la constitución de ese país protege a sus ciudadanos contra su propio gobierno, y les permite defenderse de su propio gobierno con armas de fuego. No en balde ese gobierno se adjudica el derecho de imponerse a balazos al mundo, y de llenar de armas de fuego el planeta, como parte del negocio que se anuncia con implacable eficacia a través de sus películas.
*
Con la metodología precisa de un espía profesional, Daniel González Dueñas va desnudando en su libro a la madre de todas las películas para dejar al descubierto la estrategia hollywoodense y estadounidense para dominar al mundo; nos deja ver ese sofisticado aparato de renovación continua que genera en el público mundial la ilusión de que la realidad se inventa en las historias de Hollywood, y de que vive en las pantallas de salas de cine cada día más lujosas, construidas para discriminar toda producción fílmica que no provenga de sus estudios o que no obedezca sus cánones y su permanente propaganda disfrazada de una expresión artística que se autodefine como la más importante de todos los tiempos. No importa que la gran mayoría de las historias hollywoodenses sean de un contenido tan raquítico como deleznable; lo que importa es que estén contadas con un altísimo grado de violencia, efectos especiales, héroes y heroínas indestructibles y metrosexuales (que es lo de hoy, señoras y señores), de vertiginosas persecuciones por cielo, mar y tierra; por la destrucción interminable de vehículos y artefactos amigos y enemigos incluyendo los artefactos humanos antagónicos a nuestros héroes cada vez más metrosexuales.
*
Podría seguir enunciando sin parar las cuestionables virtudes que seguramente todos conocemos del cine hollywoodense, que Daniel va balconeando con una mirada que va afilando su inteligencia en las páginas de su libro hacia la valoración ética de este cine, y que tiene uno de sus mejores ejemplos en el análisis que hace de las películas que mejor ejemplifican el Hollywood de nuestro tiempo y, con él, el fenómeno cinematográfico mundial que en gran medida es una copia en calca de sus cánones.
*
Como un producto natural de la realidad económica, social y cultural de los Estados Unidos, Hollywood desprecia al mundo y lo sustituye por lo mundano. Con este enunciado, Daniel describe con acierto la egolatría gringa y hollywoodense, en cuya imagen no puede existir otra realidad que la suya. Cuando aparece el “otro”, cumple fatalmente el papel de antagonista enemigo que hay que destruir o, en el mejor de los casos, reducirlo a un papel subhumano. Esta ridiculización, que sirvió de tema a un brillante documental de Gloria Ribé titulado De acá de este lado, la podemos identificar claramente en la presencia de México y los mexicanos en el cine hollywoodense, en el que los mexicanos aparecen como personajes de pacotilla, y México constituye una especie de paraíso de escapismo y corrupción —lo que sabemos que es una mentira absoluta, sobre todo en estos últimos sexenios.
*
Otro valioso descubrimiento del libro de Daniel es el de la acción corrosiva que Hollywood aplica a la realidad, y que en mi opinión ha sido a la larga más devastadora que las bombas nucleares arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki, con que los Estados Unidos deciden concluir la Segunda Guerra Mundial y dejar al mundo aperplejado con este bombardeo nunca antes visto sobre la población civil. Los hongos mortíferos de las explosiones nucleares constituyeron en su momento las imágenes alucinantes de la capacidad humana hacia la destrucción, y confirman un principio llevado al límite, que parece tener en el mundo del espectáculo una posible traducción: el cine de Hollywood no busca una realidad convulsa sino que convulsiona la realidad.
*
Esta conclusión, dirigida a atrapar los sentidos del espectador desde la pantalla, ha sido la firma de las películas de Hollywood de los últimos años. Si en un principio las propuestas argumentales se centraban en historias de piratas enamorados o de nobles vaqueros exterminando a los últimos indios de la pradera, poco a poco las películas han ido derivando su contenido hacia el terror solapado o evidente.
*
Después de haber transitado por multitud de géneros para ir afinando su estrategia de reafirmación continua, Hollywood parece haber llegado al género con el que mejor se identifica: el del thriller terrorífico, en donde la regla es la exaltación del psicópata frente a una sociedad que se desmorona.
*
Trataré de sumergirme por un momento en el sostén de la ética hollywoodense que Daniel González Dueñas describe puntualmente al traer a escena al personaje más importante del cine de Hollywood de los últimos tiempos: el mal encarnado en la venganza, el mal vengativo, el mal reivindicativo, que surge en las pantallas desde el despiadado cinismo de Hannibal Lecter en El silencio de los inocentes o de la indestructible fortaleza de Maximilian Cady en Cabo de Miedo.
*
Para llegar a este momento de maldad surgida de las entrañas mismas de una sociedad psicópata, como el elemento destructivo de la propia sociedad norteamericana y de su hipócrita way of life, Hollywood tuvo que experimentar una serie de arquetipos en la que han desfilado héroes y villanos de una ingenuidad pasada de moda, mujeres fatales y galanes relamidos que invadieron en su momento el espacio público para imponer un modo y una moda de vestirse, de ser románticos, de besar, de fumar, de beber, de vivir y de morir. Ahora se han sofisticado hasta los límites de la imaginación los modos de destruir a los demás, y de paso destruir los fundamentos mismos de la sociedad que sigue estimulando el mito de la libertad suicida, y con él el de la impunidad infalible.
*
Como bien nos cuenta Daniel González Dueñas, en Cabo de Miedo el mal, encarnado en Maximilian Cady, destruye a una familia arquetípica y exitosa, y aunque al final la tríada familiar, padre, madre e hija, sobreviven a la persecución endemoniada de Cady, quedan tocados por su propia imagen de corrupción y de deseos inconfesados que el espejo de este personaje les ha reflejado.
*
En El silencio de los inocentes, Hannibal Lecter se escapa de una celda de máxima seguridad para seguir su carrera de refinado gastrónomo caníbal, y en su escapatoria deja clara la lección de que no hay manera de detener al Maligno, que tan bien conoce las recetas enfermas de la sociedad. No en balde el psiquiatra Hannibal Lecter aplica brillantemente las más retorcidas oscuridades de la psiquiatría para burlarse de sus perseguidores y seguir su carrera culinaria a expensas de sus víctimas convertidas en platillos gourmet. No en balde Maximilian Cady fundamenta su venganza en el conocimiento de la Biblia y del sistema jurídico que trató de convertirlo en víctima para acabar transformándolo en verdugo de sus victimarios.
*
En estos ejemplos, tomados de los muchos que menciona Daniel en su libro, yace en mi opinión el verdadero mensaje de Hollywood y el secreto de una genealogía que al fin ha venido a revelar sus verdaderas intenciones, disfrazadas durante generaciones con el cuento del entretenimiento y del espectáculo. Al final, lo que vemos y compramos en las películas de Hollywood es la trayectoria de una psicopatía sin remedio, que reproduce en el mundo del show business el proceso de degradación del mundo contemporáneo. Creo que aquí radica el secreto de la genealogía que Daniel menciona en el título de su libro, y en el que el héroe de la película se ha convertido en el mensajero de la convulsión y en un villano sin remedio, que reproduce en gran medida una caída brutal en la bolsa de valores de la humanidad.
*
El colapso económico que vive actualmente el mundo, originado fundamentalmente por la voracidad de los mercados financieros de Wall Street, sin duda está logrando convulsionar una realidad que desde hace un buen rato se ha vuelto una realidad virtual; ella había venido funcionando milagrosamente hasta hace poco tiempo desde una economía hueca, que oculta en la realidad el ocio irredento de financieros manipuladores y gobernantes acomodaticios, tan aferrados al valor de la bolsa.
*
Con esta vocación por la convulsión, Hollywood extiende su influencia fuera de las pantallas y nos propone cada vez más un mundo dislocado, con un grado de paranoia y autodestrucción que no parece que ha tocado fondo todavía y que en el colmo de su egocentrismo pretende arrasar con el mundo y exterminar los valores esenciales que todavía perviven en la mayoría de los seres humanos, a pesar de Hollywood y sus estereotipos que, a través de la pantalla chica de la televisión, se intensifica y magnifica.
*
Afortunadamente, todavía vivimos en una sociedad en la que, a pesar de las convulsiones cotidianas que pretenden aplicarnos, queda una buena base de valores fundamentales. Uno de estos valores que subsiste a pesar de todo es el de la creatividad. Hay todavía en este país los suficientes recursos creativos que permiten ver las posibilidades de un cine distinto al hollywoodense.
*
Por supuesto que hay muchas más vetas que explorar en Hollywood: la genealogía secreta, de Daniel González Dueñas. Para los aficionados al cine este libro es una herramienta fundamental para entender la sofisticada estrategia de uno de los mayores poderes mediáticos que sigue pretendiendo imponer una forma de vida. Para cineastas y creadores, este libro ofrece un análisis muy valioso, que seguramente ayudará a enfocar las nuevas producciones hacia mejores territorios. A mí, entre muchas cosas, me ha ayudado a recordar nuevamente un célebre poemínimo de Efraín Huerta, que seguramente estaría pensando en Hollywood cuando escribió: “como era psicópata, lo saqué a psicopatadas”.
*

***
*
[Texto leído por el autor en la presentación de Hollywood: la genealogía secreta (Universidad Autónoma de Nuevo León, col. Tiempo Guardado, Monterrey, 2008), Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, febrero 28 de 2009.]
*
*

sábado, 28 de febrero de 2009

Arcadia

DGD: Textiles - Serie blanca 7, 2009
*
En las primeras luces del silencio
la imagen es voz que busca
lengua, labios y garganta
*
Entre todas las estatuas de la alameda
una es el sueño de la noche
y en su torno las demás se levantan
como el aroma del musgo tras la lluvia
*
Del otro lado del mundo
el día esculpe hemisferios añorantes
De noche el sol es la raíz
de los árboles dormidos
*
Arcadia, tantas voces deslavan tu voz
tantas imágenes acallan tu imagen
*
El insomnio me pesa en los párpados
Todo este barullo
no me deja
despertar
*
***
*
[Del poemario Para reconstruir a Galatea, Universidad Veracruzana, Ediciones Papel de Envolver, col. Luna Hiena, Xalapa, 1989. Edición agotada.]
*
*

domingo, 15 de febrero de 2009

Un texto de José María Espinasa sobre Ónfalo

DGD: Textil 60, 2005
*
La volatilidad de la permanencia
José María Espinasa
*
La escritura de Daniel González Dueñas desde que se dio a conocer como escritor ha sido de una gran versatilidad, no sólo por los diferentes géneros que ha practicado sino por la libertad con que al interior de ellos se mueve, haciendo que hablen desde su voz formal, a la vez personal y anónima. Utilizo estas dos posiciones como contrapuestas para tratar de explicar lo que más me llama la atención de su escritura. Quiero aclarar, antes de seguir adelante con estas notas, que utilizo la palabra “escritura” en un sentido muy preciso —el que le da Roland Barthes en El grado cero de la escritura— pero aceptando la ambigüedad que en el propio autor francés adquiere con su uso y abuso. Así González Dueñas es para mí escritor no porque haya publicado novelas, cuentos, poemas o ensayos —lo ha hecho— sino porque escribe. Parecería una verdad de Perogrullo pero no lo es. Ese escritor no es un profesional —aunque tenga todos los rasgos de uno de ellos— ni tampoco un aficionado, sino, si traducimos el término amateur en toda su extensión, un apasionado.
*
Todos sus libros suelen ser un gesto amoroso: a un autor —Cortázar, Méliès, Buñuel—, a un lenguaje —el del cine, el del inconsciente— o a una persona, que se llama de manera terminante ; esa contundencia la sitúa en la alteridad y la hace distinta de ese tú puramente nominal al que estamos tan acostumbrados. Y en ese sentido Ónfalo es su mejor libro. Claro, el autor, como la madre, quiere a sus hijos por igual, pero sus amigos reconocen más en uno u otro sus gestos. He tenido la suerte de ser, desde distintos lugares, editor de varios textos de González Dueñas. Su sutil pero rotundo estilo de ensayar —bien representado por libros como Las visiones del hombre invisible o Libro de Nadie— me ha hecho buscar ese impulso básico en sus otros libros, encontrándolo a veces de rebote o en carambola de tres bandas. Pero nunca de manera tan intensa en la brevedad de este volumen, texto que sin embargo se abre de manera infinita.
*
Podría encontrarle algunos antecedentes en nuestras letras —quién podría olvidar al Arreola de Confabulario— pero cometería un error, pues enmascararía lo excepcional de su escritura. Prefiero ahora referirme a él —a Ónfalo— como algo único y (lo digo con tristeza) tal vez irrepetible. Los valores inmediatos saltan a la vista: precisión, concisión, belleza de la página casi como un universo plástico, como la tela de un cuadro, musicalidad, humor. Pero va más allá, porque engarza las joyas como se hace un objeto mágico, y ante la magia más que admirar su efectividad o su eficiencia admira la belleza del gesto. Dicho de otra manera: escribir páginas intensas sólo tiene sentido en la medida en que esa intensidad se conserva intocada después de que se ha mostrado; un poema de amor sólo lo es de verdad si no se agota en el amor, si es una rosa natural, fresca y radiante, pero eterna, y —aquí tiembla un poco la voz al decirlo— una eternidad por la que pasa el tiempo.
*
El hecho de que estos relatos o poemas, llámelos como usted quiera, sean a la vez instantáneos, eternos y temporales es un desafío real. Porque su completud, que es una manera de decir su “acabado”, su “finitud”, no les quita su condición de fragmento, de la misma manera que el diamante nunca deja a fuerza de pulirlo de ser un guijarro. Sólo así escapa a la cristalización. Por ejemplo, la cantidad de dedicatorias que hay en este libro nos señala que los textos tienen algo de ofrendas humildes, de exvotos, de milagritos, muchos de ellos de una sofisticación tremenda por el tiempo acumulado en la vivencia de la duración como transcurso. Eso es lo que hace a los monumentos funerarios tener tanta fuerza: están vivos como el comendador ante don Juan.
*
La concreción se da en estos textos en función del instante —la revelación de algo o alguien— y el trabajo que el tiempo hace sobre la posibilidad o imposibilidad de expresar lo ocurrido. La conservación de la experiencia depende de su capacidad para permanecer viva como revelación sobre la elusiva superficie del tiempo. Pondré un ejemplo cinematográfico muy conocido: los murales romanos de Roma Fellini, que se muestran al mismo tiempo que se pierden para siempre. La fotografía como arte también expresa eso: el momento fotografiado tiene una magia que rara vez se conserva en la foto. A la vez el tiempo al transcurrir las suele cargar de un contenido emotivo que antes no tenían. Por eso Ónfalo es un manual de sobrevivencia, pero sobre todo de vivencia. Nada hay de fijo en los textos reunidos, pero nada tampoco de transitorio: instalan una duración distinta.
*
No es extraño que a González Dueñas le interese mucho Porchia y sus Voces; le gusta la condición aforística de la escritura, de koan trabajado por el mundo, de enseñanza cifrada e interpretable, nunca dogmática y siempre paradójica, construida sobre una vuelta de tuerca adicional, imprevista, sorpresiva, juguetona, que termina por resolverse como una elección estética encarnada en la ética. Este camino tiene dos direcciones, a veces de verdad muy diferentes: una la del rezo, la de la ley, la del mandato (que casi nunca es literatura), y otra, la del fuego de artificio que se enciende una y otra vez y no parece agotarse en su capacidad lúdica; es entonces cuando sí es literatura y eso ocurre en Ónfalo.
*
Así la unidad de lo diverso vuelve al libro algo heterodoxo, poco frecuente en nuestras letras. Cercano, ya se dijo, a Arreola, pero también a Francisco Tario o Díaz Dufoo, y en su generación a Luis Ignacio Helguera y Francisco Segovia. En todo caso una muestra de que este autor, tan elusivo en su grafomanía a las definiciones, ha alcanzado una gran estatura literaria.
*
***
*
[Texto leído por el autor en la presentación de Ónfalo (Ediciones Sin Nombre, col. Los Libros de la Oruga, México, 2004), Casa Refugio Citlaltépetl, mayo 31 de 2005.]
*
*

martes, 3 de febrero de 2009

Pentimento

DGD: Redes 71, 2008
*
Sale el sol, se nubla, sale el sol. Señal inequívoca de que Dios está indeciso. Aún más: voluble y acaso arrepentido, como el pintor que contempla largamente su obra, descontento del conjunto, y no sabe si bastará retocar esta zona o rehacer aquella, o de plano borrar el cuadro entero de la faz de la tierra.
*
Hoy Dios parece echar marcha atrás, querer borrar la faz de la tierra. Partes del paisaje se retiran de la Creación como signos de la duda y el titubeo: esa zona del bosque se desdibuja, estas calles pierden la faz y partes de la ciudad se quedan como a medio hacer —o a medio deshacer. Vaya a saber qué recodos del mundo, como éstos, ahora mismo se desdicen y por instantes aspiran a su nada inicial.
*
Tal vez la Creación no sea un parejo ir avanzando. Va y vuelve, festeja aquí y titubea allá, descontenta del conjunto. Parciales arrepentimientos, como en la vida de los hombres hay horas en que sin saberlo vuelven aunque vayan, desdicen aunque digan, y partes de sus cuerpos, y partes de sus almas, son a trechos como este bosque y estas calles: sale el sol, se nubla, sale el sol. A trechos la Creación se arrepiente y no es un irse acabando, porque acabar es ir de todos modos adelante.
*
Vaya a saber si eso es también la Creación, y si Dios es lo voluble e indeciso del artista y no el artista mismo. Sabrá Dios si dudar es el único acto verdaderamente divino.
*
***
*
[De Ónfalo, Ediciones Sin Nombre, col. Los Libros de la Oruga, México, 2004.]
*
*

domingo, 25 de enero de 2009

El problema de otros

DGD: Textiles-Serie roja 3, 2008
*
En la satírica serie de novelas de ciencia-ficción iniciada por The Hitchhiker’s Guide to the Galaxy (1979), Douglas Adams propone una irónica forma de la invisibilidad a través de una hipótesis tecno-psicológica llamada “El Problema de Otros” (lo abreviaremos PDO; la expresión original es Somebody Else’s Problem). En pocas palabras, se trata de un campo de energía que cubre a determinado elemento —objeto o sujeto—, de manera que las personas que lo rodean se dicen “no es mi problema sino el de otros” y, por tanto, se desinteresan de ese elemento a tal grado que dejan de verlo. En el tercer libro de la trilogía, Life, the Universe and Everything (1982), se da un buen ejemplo de PDO cuando una nave extraterrestre aterriza a mitad de un partido de cricket y la multitud sencillamente no la nota.
*
Douglas Adams satiriza el hecho de que se conciba como “natural” la propensión de los seres humanos a ver la mayoría de las cosas como “problema de otros”; esa tendencia sólo puede ser natural en un muy determinado contexto socio-político —como el norteamericano— en donde el individualismo egoísta es el básico paradigma. La filosofía “práctica” define a la diversidad de lo real como una caótica avalancha de conflictos, contradicciones y pugnas; así, el ser humano sólo puede hacer suyas unas cuantas de las manifestaciones del mundo, a las que concibe precisamente como problemas. Si la realidad es un cúmulo de conflictos, resulta lógico (es decir, “natural”) que el individuo sea únicamente capaz de consagrarse a un número muy reducido de ellos. Ser, por ejemplo, hijo, padre, maestro, profesionista y ciudadano, implica ya demasiados problemas como para echarse encima otros.
*
Ese es el único esencial problema: el hecho de que, para el individuo, la humanidad es siempre un problema que corresponde a otros. Lo es también que del mismo modo se descarta todo aquello que entra en conflicto con el interés de la filosofía individualista. Ésta se basa en un enfrentamiento “práctico” con la diversidad: sólo vemos lo que vale la pena de ser integrado a nuestra experiencia personal como problema. Es también una forma de defensa psicológica: tanto Adams como otro autor de ciencia-ficción, Terry Pratchett —en su serie Discworld—, se basan en el consenso psicológico según el cual las personas no ven cualquier cosa que están seguras de que no está ahí: lo imposible, lo improbable, lo contradictorio, lo paradójico, lo diverso e incluso lo impopular.
*
La hipótesis del PDO se basa asimismo en otra convención de la psicología conductista llamada “filtración estática” (static filtering), fenómeno en el cual la gente de modo automático desecha información contraria a sus expectativas. Se espera que la realidad sea de tal o cual manera, y toda evidencia que no coincide con la definición preestablecida es descartada antes que atendida. Un ejemplo de “filtración estática” es el uso de imágenes subliminales en publicidad; la conciencia capta esas imágenes pero no las deja pasar al nivel de la crítica porque no pertenecen al continuo de lo que está presenciando: las toma como “basura” o error, tal como funcionan ciertos filtros en los servidores de correos electrónicos.
*
* * *
*
Las metáforas suelen dialogar en los juegos de espejos más inesperados. Así sucede, por ejemplo, cuando se confronta la hipótesis del PDO y la noción de “filtración estática” con una cinta de ciencia-ficción que cabe de lleno en la saga de la invisibilidad por la virulenta duda que arroja de modo indirecto. El argumento de Capricorn One (Peter Hyams, 1978) plantea el primer vuelo tripulado a Marte: la humanidad entera ve las imágenes del “amartizaje” y a los astronautas humanos pisar la superficie del planeta rojo. Mas todo ha sido una gigantesca estafa con fines políticos y estratégicos, cuidadosamente orquestada por el gobierno norteamericano: lo que proyectan millones de televisores en todos los países son imágenes procedentes de un estudio de televisión clandestino y una escenografía especialmente diseñada para hacerse pasar por la realidad.
*
Los resortes secretos de lo real son movidos en la total invisibilidad. El público podría sospechar la existencia de una estafa y hasta atar ciertos cabos para darse cuenta de ella, pero no lo hace porque sospechar y atar cabos son “problemas de otros”. ¿Cómo dudar de algo que aceptan todos? Por lo demás, el ciudadano sólo aplica la duda cuando algo atañe directamente a sus problemas: jamás su susceptibilidad está más desarrollada que en esos casos. Cuestionar más allá sólo puede adicionarle conflictos innecesarios; la prueba es que el mundo sigue funcionando. Ese ciudadano estaría incluso dispuesto a “hacerse de la vista gorda” puesto que, sea o no una estafa esa transmisión televisiva, ya en sí incrementa la supremacía de su país y por tanto afirma su seguridad individual y sus pequeños privilegios.
*
La pregunta indirecta del director y guionista Peter Hyams se aplica claramente a la visita del hombre a la Luna: el histórico “alunizaje” del 20 de julio de 1969, ¿fue igualmente “virtual”, como se ha preguntado hasta el cansancio la conspirología del siglo XXI? Por más anodino que parezca el cuestionamiento de Capricorn One (lo fundamenta la puesta en escena parecida a un serial de los años cincuenta), tal hipótesis se relaciona en primera instancia con el complejo tema de la dicotomía entre lo percibido por los ojos y lo que registran instrumentos mecánicos. Hay, en efecto, buen pie para la duda: en el momento en que el Apolo 11, poco después de despegar, desapareció de la vista desnuda en el cielo, el resto del viaje fue una cuestión de los mass media. (Lo mismo podría aplicarse a las transmisiones de los siguientes vuelos a la Luna, los Apolos 12, 14, 15, 16 y 17; el costo final del programa Apolo-Saturno —llevado a cabo entre julio de 1969 y diciembre de 1972— fue de 25 billones de dólares.) Hyams se pregunta con bastante resonancia: ¿hasta dónde llega el poder de los medios para manipular la realidad y vender tal o cual certidumbre?
*
Sin embargo, aún más allá queda la pregunta ulterior: ¿cuánto pueden ver los ojos desnudos en realidad? ¿Cuál es la compleja “filtración estática” que nos impide ver la mayor parte de lo que vemos? ¿En qué forma es adiestrada la conciencia para no permitir el paso de ciertas imágenes al nivel de la crítica? El momento en que el Apolo 11 desapareció de la vista desnuda para sólo ser perceptible por telescopios y radares, ¿marca el límite de la percepción humana y el comienzo de la “extensión tecnológica” de los sentidos, o señala el punto en donde el ojo es convencionalmente sustituido por el aparato? En última instancia: ¿qué parte de lo invisible lo es por educación cultural, hacinamiento de códigos, imposición de falsas fronteras?
*
* * *
*
Otro elemento que interviene en la hipótesis de Douglas Adams en The Hitchhiker’s Guide to the Galaxy es lo que se llama “efecto del mirón” (bystander effect), también conocido como “apatía del espectador” (bystander apathy), un fenómeno psicológico según el cual una persona, si está sola, tiende a intervenir en situaciones de emergencia o a acudir en auxilio de alguien que necesita ayuda (bystander intervention), mas no así si otras personas están presentes. La “explicación” más común es que un observador, en presencia de otros observadores, asume que alguien más habrá de intervenir y por tanto no se siente directamente responsable de hacerlo.
*
En incontables ocasiones el cine “B”, hecho a toda velocidad y sin demasiadas exigencias, arroja evidencias similares. En un muy precario filme de este tipo, Invisible Strangler (1976), un asesino invisible ataca a una bailarina cuando ella se encuentra en un escenario, en pleno ensayo, rodeada por otras personas. Éstas la ven contorsionarse con las manos al cuello pero lo toman como parte del brío con que la mujer ensaya, y sólo se alarman cuando ella cae y se convulsiona de un modo que comienza a resultar un tanto “exagerado”.
*
La “apatía del espectador” puede deberse a diversas causas: el observador espera la llegada de otros individuos más calificados (como médicos o policías), o teme hacer el ridículo ante los demás espectadores (rechazo de una ayuda no solicitada; humillación debida a un auxilio torpe; demostración pública de debilidades o ignorancias). En una palabra: teme meterse en problemas... de otros. El fenómeno genera una mutua inmovilización: cada observador calibra primero las reacciones de los otros para evaluar si la ayuda es necesaria, y como todos hacen exactamente lo mismo, la inacción es tomada por el grupo como señal de que no es necesario intervenir (a esto se llama “difusión de responsabilidad”).
*
En última instancia, he aquí una demostración de que aquello que en el efecto PDO funciona en un grupo, es menos funcional en un individuo aislado. Aquella multitud que participaba en el partido de cricket no vio a la nave espacial, pero un individuo solo tenía más probabilidades de detectarla. Si no hubiera habido más que un acompañante de la bailarina en la secuencia de Invisible Strangler en que ella es atacada, habría tratado de ayudarla sin titubeo ni paralización, lo que significa que, estando solo ese observador, no lo habría inmovilizado la ley que define como rotunda imposibilidad a una presencia invisible.
*
No hay, pues, nada de “natural” en fenómenos como el PDO, el “efecto del mirón” o la “filtración estática”: son construcciones sociales apoyadas en una psicología ortodoxa. Una innovadora corriente de la medicina alternativa del siglo XXI se niega rotundamente a diagnosticar, basada en el lema “diagnóstico es profecía”: un paciente a quien algún especialista —esto es, una figura de la autoridad— le dice que sufre de esto o aquello, cree en la prescripción al grado de hacerla real y adaptarse a ella. Y no sólo el diagnóstico o la interpretación funcionan así, sino incluso la descripción. Toda la filosofía práctica de Occidente, enunciada minuto a minuto por los media, se basa en describir una miríada de rasgos de las personas que éstas asumen, puesto que todas esas descripciones son profecías procedentes de la autoridad inferida, del poder de los medios.
*
Es por ello que las personas se inmovilizan unas a otras y mantienen invisible a lo invisible. También a ello se debe el hecho de que sigamos considerando a la cada vez más grave situación ecológica del planeta como "problema de otros", como si no estuviéramos en el mismo mundo que esos otros y nuestras acciones personales no repercutieran sino dentro de los límites de nuestra realidad doméstica y domesticada. Y es también por esto que la mitología popular vuelve, una y otra vez, a la figura del héroe-paria, del expulsado del clan que ve lo que no percibe el conjunto. Sin embargo, aquí se presenta otro “problema”, puesto que a la vez ese individuo aislado tendría que deshacerse de los filtros que le impiden registrar lo que “no espera que esté ahí”. Esta suprema liberación (la del individuo en sí mismo, y también la de la masa, que deja de ser una entidad informe y previsible y se transforma en un concierto de individuos) se halla en el núcleo de la novela The Invisible Man (1897) de H.G. Wells: el protagonista lleva a cabo una enorme serendibilidad puesto que, al hacerse invisible, va más allá de sus expectativas, pierde todos los filtros culturales y se convierte en humanidad, es decir, en el problema de todos.
*
* * *
*
[Capítulo del libro Otras visiones del hombre invisible, Ediciones Sin Nombre, col. Los Libros del Arquero, México, 2007.]
*
*

viernes, 16 de enero de 2009

Dedicatoria universal

DGD: Redes 42, 2008
*
Se dice que los escritores escriben para unos cuantos. Esto es cierto, pero no tan cierto como que escriben para una sola e irrepetible persona. Cien o cien millones de lectores siguen siendo “unos cuantos”. Y entre ellos uno solo es el verdadero destinatario. A veces él o ella se dará cuenta al leer, como si aquel libro, aquella página, fueran una carta dirigida en exclusiva a su persona, y todos los demás ejemplares fueran la forma de llegar a sus manos a través de una enorme carambola. Sólo en ese lector o lectora el libro se cumple, sólo en él/ella cada palabra cae en un lugar originario, sólo ante sus ojos no hay sentidos espurios, rodeos, equívocos, circunloquios, partes inútiles o prescindibles. Pueden pasar siglos para que un libro llegue a su destino, que equivale a un único lector. Y él/ella puede no darse cuenta, puede pensar que sólo es “como” si hubiera sido escrito para ajustarse a su vida como un traje a la medida. Pero lo fue. El sueño de todo escritor es escribir para todos. Sólo hay una forma: aceptar que escribe para uno. Ni siquiera para sí mismo, ni siquiera para quien o quienes tiene en mente: escribe para uno o una que no está en su vida, mente o escritura, pero que las justifica. Cada libro personal debería tener una dedicatoria a esa irrepetible persona para quien ha sido escrito sin conocerla: Este libro está dedicado a ti, y únicamente a ti, a quien no conoceré nunca.
*
*

miércoles, 7 de enero de 2009

La promiscuidad mítica

DGD: Redes 61, 2008
*
En una delirante película comercial de muy precarios recursos, Dracula in the Castle of Blood (Antonio Margheriti, 1970), Edgar Allan Poe (interpretado por Klaus Kinski) aparece como un fantasma habitante del mundo espectral que en vida había descrito en sus historias imperecederas. Dicho en otras palabras, Poe se vuelve uno de los personajes de El pozo y el péndulo. Esta mecánica se llevaría aún más lejos en Tale of a Vampire (Shimako Sato, 1992), en donde el propio Poe (Kenneth Cranham) es un vampiro que busca vengarse de un congénere inmortal, Alex (Julian Sands), a quien Poe —sólo referido como “Edgar”— culpa de haber vampirizado a su amada esposa, Virginia Clem, quien a su vez habría conferido a Edgar el carácter vampírico. En este caso Poe es el incierto y torturado habitante de su poema Annabel Lee.
*
Un posible nombre para este tipo de planteamientos podría ser “promiscuidad”, en el sentido de mezcla confusa o convivencia heterogénea, en este caso entre lo real y lo ficticio. Con qué asombrosa facilidad un nivel se inserta en el otro, con qué naturalidad convive Poe con Ligeia y con qué íntimo regocijo aceptamos estas propuestas al mismo tiempo que nos estremece su extrañeza. Se trata de esos juegos de espejos que, en su más alta expresión, están bien ejemplificados por la obra de teatro insertada en Hamlet o por la segunda parte del Quijote, cuyos personajes son lectores de la primera.
*
Poe no es el único en haber sido víctima de lo que podría llamarse “promiscuidad dramática”; en Time After Time (Nicholas Meyer, 1979), H.G. Wells (encarnado por Malcolm McDowell) habría de viajar en su propia máquina del tiempo. En este filme, Wells tenía como enemigo no a los morlocks sino al propio Jack the Ripper (David Warner). Según el argumento de la cinta, Wells inventa una máquina del tiempo y, antes de atreverse a probarla, uno de sus amigos, que en secreto es Jack el Destripador, la aborda y se traslada a finales de los años setenta para reiniciar ahí su ola de crímenes, feliz por encontrar una sociedad más violenta que la originaria. Wells se entera de ello y persigue a Jack a la misma época.
*
El escritor Brian Aldiss usó la “promiscuidad dramática” en una novela, Frankenstein Unbound (Frankenstein desencadenado, 1973), llevada al cine en 1990. Según el argumento, Mary Shelley (encarnada por Bridget Fonda en la versión fílmica) es uno de los personajes y vive en el mismo universo en que deambula su torturada criatura, el monstruo de Frankenstein. Dos décadas más tarde Aldiss escribió Dracula Unbound (Drácula desencadenado, 1991), otra novela basada en el mismo principio: uno de los personajes es Bram Stoker y éste se enfrenta con el conde Drácula.
*
A todas luces, Aldiss dio con algo que es mucho más que un mero “recurso imaginativo”. Se trata, en efecto, de un principio, y casi de un arquetipo. Si los horizontes culturales de este escritor fueran otros, igualmente podría haber intentado un Don Quixote Unbound en el que Cervantes luchara al lado del caballero de la triste figura, o un Ulysses Unbound en donde Homero compartiera las cuitas de Ulises;[*] y si el resorte fundamental es una máquina del tiempo, acaso el propio James Joyce habría de abordarla para acompañar a Homero y Ulises en esa nueva odisea. Aldiss podría también imaginar a Melville al lado de Ahab persiguiendo a la ballena blanca, o a Stevenson ayudando a Jekyll a combatir a Hyde.
*
Si ese principio fuera aceptado como arquetipo, o al menos como género, se hace muy posible imaginar toda una literatura (y un cine que de inmediato se alimentaría de ella con avidez). Así, qué diálogos espléndidos tendrían Victor Hugo y Quasimodo, o Flaubert y Madame Bovary, o Carroll y Alicia, o Nabokov y Lolita. Qué fascinantes encuentros serían los de Twain con Tom Sawyer, Mann con Gustav von Eschenbach, Cortázar con la Maga, Rulfo con Pedro Páramo o Fuentes con Aura. Las posibilidades serían infinitas: Wagner junto a Sigfrido, Wilde frente a Dorian Gray, Merimée cara a cara con Carmen, Perrault extraviado en el bosque de la bella durmiente, Balzac tomando café con Papá Goriot, Marguerite Yourcenar guiada por Adriano a los más oscuros rincones de la Roma imperial, Orson Welles deambulando por Xanadú, Ingmar Bergman jugando ajedrez con la Muerte.
*
Resulta innegable que estos encuentros, en tanto arquetipos, se cubren con un carácter sagrado. Uno de esos milagros existe ya, plenamente realizado en el territorio del lenguaje, y es acaso el ejemplo más alto: se trata de aquel momento en que Jorge Luis Borges, convertido en su propio personaje, contempla el Aleph. Desde el lado de la convención literaria, en este relato publicado en 1949 el escritor argentino reúne sucesos autobiográficos a partir de una sutil codificación de “elementos simbólicos”. Pero esta es sólo una entre muchas aproximaciones posibles. Según otra de ellas, la visión total contenida en “El Aleph” (y ya incluso su mera posibilidad) elimina todas las fronteras convencionales. En ese texto fundacional se halla la suprema figura de un creador creado por su creación.
*
Si la promiscuidad dramática fuera asumida por escritores y cineastas en tanto género, acaso en el último nivel se revelaría como promiscuidad mítica. En este proceso, tarde o temprano surgiría un Adam Unbound (esta última palabra equivale a desatado, desencadenado, liberado; debe acreditarse a Brian Aldiss haber elegido un término tan exacto). Es decir que en esa línea de extrapolación terminaría por aparecer la imagen suprema: la de Adán colaborando con Dios para crear el universo.
*
Sin embargo, parece haber una cierta resistencia; si Aldiss insistiera en esa vena, el público lector se cansaría ya en la tercera novela basada en la misma “fórmula”. Aun si llegara a aceptarse como género a la “novela míticamente promiscua”, las revelaciones perderían atractivo incluso si se cambiara de protagonistas. ¿Pudor de la historia a ser asimilada a la ficción, o reticencia de secretos que no deben divulgarse? La promiscuidad mítica revela que, al correr el tiempo, la memoria colectiva vuelve a los autores tan hipotéticos o irreales como sus personajes, pero también prueba que lo que llamamos “realidad” no es sino una mera convención dramática.
*
***
*
Coda. En una película muy temprana, Les Invisibles (Los invisibles), producida en 1906 por Pathé Frères y dirigida por el francés Gaston Velle, un hombre busca el secreto de la invisibilidad con objeto de cometer robos y se le ve consultar aplicadamente un cierto libro; para nuestra sorpresa, este último no es, como sería previsible, un tratado de física, un manual de química o un compendio de óptica, sino precisamente la novela The Invisible Man (El hombre invisible) de H.G. Wells, publicada con gran éxito apenas unos años antes, en 1897. Lo que no era más que un mero gag se revela, a una lectura atenta, como una metáfora atronadora y casi escalofriante.
*
Basta relacionar esa propuesta con uno de los más antiguos textos judíos de comentarios a la Torá (la Biblia hebrea): el Midrash Rabbah (Gran Midrash o Midrash Múltiple). La parte de este documento llamada Bereshith Rabba, o Génesis Rabbá, redactada a principios del siglo V, contiene una asombrosa afirmación: “La Torá era a Dios, cuando Él creó el mundo, lo que el plano es a un arquitecto cuando erige un edificio”. El texto incluso asevera: “El mundo sólo fue creado a partir de la Torá, la cual, en verdad, existía antes de la creación; y si el Creador no hubiera previsto que Israel consentiría en recibir y difundir la Torá, la creación nunca hubiera sucedido” (versiones al español de Samuel Rapaport y Luis Vegas Montaner).
*
Esto significa que la divinidad, antes de comenzar la creación del mundo, tuvo que consultar la Torá, para luego seguir paso a paso el Libro que era anterior y eterno, a la vez causa y efecto de la creación. Las implicaciones de esos pasajes colindan con el vértigo y el infinito. Antes de la creación del universo, Dios consulta un Libro que comienza describiéndolo creando el universo. El Libro es Dios y Dios es su propio personaje: el primerísimo acto de promiscuidad mítica que pueda jamás citarse, tiene como protagonista a la propia divinidad.
*
La ecuación que el propio texto propone es incompleta, puesto que la Torá sería a Dios “lo que el plano es a un arquitecto”, si este último fuera anterior al plano. El vértigo se desata: el plano precede al arquitecto, y éste sólo existe para llevarlo a cabo punto a punto. Con objeto de evitar la regresión infinita (el plano debió haber tenido un autor, que debió haber seguido las indicaciones de un plano anterior...), el Bereshith Rabba comienza citando el Deuteronomio 4:32 para advertirnos que “Está prohibido inquirir qué existió antes de la creación, como Moisés claramente nos lo advierte”.
*
Esta prohibición cobra un carácter revelador un poco más adelante: “El título de un rey terrestre precede a su nombre; por ejemplo, Emperador Augusto, etcétera. No era así la voluntad del Rey de Reyes; Él es sólo conocido como Dios después de crear los cielos y la tierra. Él no es mencionado como Dios antes de que creara”. La divinidad, pues, no tiene nombre anterior a la creación; y puesto que su nombre es el Verbo, carece de existencia antes de pronunciar el sagrado fiat (“Hágase”). Dios se crea a sí mismo cuando lee el Libro que lo precede y lo crea. Desde ese instante primigenio, toda promiscuidad mítica se baña de un sentido genésico y sagrado. En última instancia, el “principio” ficticio o literario que hemos mencionado no es otro que el que se enuncia en la frase “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”: a fin de cuentas, todo artista que mezcla lo real y lo ficticio manifiesta su profundo deseo de remontarse al origen.
*
Desde un cierto punto de vista, la promiscuidad mítica prueba que la realidad es una convención dramática, lo que parecería un afantasmar el mundo; sin embargo, desde otro ángulo contiene la más elevada concreción: la metáfora del artista cuya obra máxima es sí mismo.
*
***
*
Nota
*
[*] En rigor, bien puede señalarse al propio Homero como el creador de la “promiscuidad dramática”: cuando Ulises regresa por fin a Ítaca luego de su larga ausencia, busca de inmediato a uno de sus hombres más sabios y fieles, el porquerizo Eumeo; se trata del único personaje de la Odisea a quien Homero se dirige en segunda persona, no sólo distinguiéndolo sino acaso señalándolo como su alter ego: aun en español, “Eumeo” es fonéticamente muy cercano a “Homero”. (Véase el capítulo “Los ardides de Nadie” de Libro de Nadie.)
*
*