jueves, 21 de mayo de 2009

Ciencia-ficción y adolescencia

DGD: Textil 99, 2007
*
1. La conciencia marginal
*
Contra las versiones más comunes, la ciencia-ficción no es hija de la tecnología, o al menos no de una manera primordial o exclusiva. Nace, ante todo, de una necesidad de distanciamiento. Como ningún otro género, se aleja en el tiempo, el espacio, o ambos, para buscar una perspectiva desconocida. De ahí que se le haya llegado a denominar “género escapista”. Y es que ella, en cualquiera de sus vertientes, tiene como destino centrarse en las zonas inciertas: gracias a su posición marginal ante los territorios llamados “serios”, dispone de una serie de licencias inconcebibles en otros géneros. Estas licencias resultan asimismo su mayor desventaja: al equipararla menos a la gran literatura que al cómic y a los productos de la “subcultura”, comúnmente se pasa de largo ante sus obras clave. Fomentado por sus propios escritores, avanza el prejuicio bajo el cual la lectura de ciencia-ficción se desdeña ante las obras paradójicamente calificadas como de “gran vuelo”.
*
Kurt Vonnegut Jr. (autor de extraordinarias novelas del género, entre ellas Las sirenas de Titán —1970—) enuncia el fenómeno por medio del cual el género que por excelencia detona los sobreentendidos, resulta a su vez víctima de ellos:
*
Aparentemente, una persona se mete en ese cajón de archivo titulado “ciencia-ficción” al percatarse de la tecnología. Persiste la suposición de que nadie puede ser un escritor respetable y comprender, al mismo tiempo, cómo funciona un refrigerador, del mismo modo que un caballero no usa un traje marrón en la ciudad. [...] Pero de cualquier manera existen aquellos a quienes les encanta estar clasificados como escritores de ciencia-ficción, aquellos que se alarman ante la posibilidad de que quizás algún día serán reconocidos como simples y ordinarios escritores de cuentos y novelas que mencionan, entre otras cosas, los logros de la ingeniería y la investigación científica. [Guampeteros, fomas y granfalunes, 1974.]
*
En una gran mayoría de los casos, la acusación de “menor” o de “escapista” acierta. Uno de los más destacados autores de este rubro, Theodore Sturgeon, aporta una sentencia tajante: sólo un cinco por ciento de este género puede usar el nombre ciencia-ficción si se aplican sus definiciones más esenciales: el resto, ese 95 por ciento, es basura. La “ley de Sturgeon” parece justificar, pues, el desdén generalizado hacia la ciencia-ficción; sin embargo, aunque tal ley es cuantitativa, busca lo cualitativo. Es cierto que un juicio similar podría aplicarse a cualquier género, mas en ningún otro el área parásita es tan grande: la ley de Sturgeon no significa que el noventa y cinco por ciento restante sea necesariamente desdeñable a priori, sino ante todo señala la prerrogativa de la ciencia-ficción: su distintivo no es el porcentaje mayoritario y prescindible, sino su emplazamiento marginal.
*
La cortante sentencia de Sturgeon indica que el mero hecho de haberse considerado desde siempre un “subgénero” a la ciencia-ficción, la hizo natural reducto de escritores que no encajaban o no querían insertarse en los marcos oficiales de la hechura literaria. No obstante, esa marginalidad convierte a la desventaja en lo opuesto: el aislamiento se hace foso alrededor del castillo. Curioso fenómeno: a pesar del éxito de las revistas o cómics, el castillo de la “fantaciencia” habría llegado a hacerse inexpugnable —esotérico— de no ser por el auge de la vertiente cinematográfica (que con prioridad recoge los elementos más superficiales, cumpliendo a su vez con el porcentaje demarcado por Sturgeon).
*
Por una parte, el 95 por ciento de la ciencia-ficción provoca que sus obras clave permanezcan en una especie de tierra de nadie; pero ese doble carácter de marginalidad concede al cinco por ciento una visión privilegiada sobre la “corriente principal” (esta última es la denominación que la gente de ciencia-ficción utiliza para referirse a la literatura sin más o, en palabras de Vonnegut, “al mundo fuera del cajón del archivo”). Estar dentro del castillo, bajo la protección de su foso, ofrece una licencia para utilizar con los otros terrenos dramáticos la misma mecánica por medio de la cual el “género anticipativo” es juzgado: no “por encima” sino al trasluz, como desde los bastidores de un teatro. Y a fin de cuentas, ¿la mirada del mito no actúa de forma similar, siempre encontrando la coyuntura, la manera de colarse aun en los recintos más férreamente cerrados —cuya impermeabilidad a lo “nimio” o incluso a lo “irracional” se considera su virtud más ponderable?
*
La ciencia-ficción, hija de la mitología, especula así sobre los grandes temas despojando su mirada de esa solemnidad que la “corriente principal” les adjudica a priori (o al menos reinventando ante lo serio un sentido foso-en-el-castillo que detiene a los elementos convencionales y desarticula las oclusiones). ¿Ventaja o insuperable desequilibrio? Quizás ambos: fuera de los balances instituidos, descentrada, esa óptica avanza por un filo; de un lado quedan los “subgéneros”, la autogratificación, el maniqueísmo y la barata grandilocuencia (el 95 por ciento).
*
Del otro lado (el cinco por ciento), queda el territorio de las esencias: despojada —desde su mismo origen— de las coordenadas convencionales, la ciencia-ficción debe buscar sus propios centros, no dar nada por sentado. Su búsqueda no puede —como otras— evitar lo riesgoso: no le queda más remedio que moverse en una escala que va del salto a la extrapolación, del desarraigo al viaje en las profundidades. No trabaja con hipótesis “aceptadas”: al necesitar el asombro incesante, aprende a encontrarlo en todas partes; al alimentarse de la extrañeza, consigue encarnarla aun cuando no se lo proponga; al “no poder estarse quieta”, reencuentra a veces la danza sagrada.
*
*
2. La adolescencia perpetua
*
Thomas M. Disch, escritor que suele visitar el “subgénero” de la ciencia-ficción, propicia un muy especial punto de vista sobre este fenómeno:
*
En nuestra cultura, la ciencia-ficción se crea básicamente para jóvenes, según se dice, y una cierta cantidad de la CF que se hace tiene que cubrir las necesidades afectivas e intelectuales de los 13, 14 y 15 años. Si no consigue hacer eso como género, entonces no cumple su cuota de mercado. Así que, inevitablemente, la gente que inventó y escribió para Star Trek o hizo fantasía (“espadas y brujería”) se dirigía a ese público, un público que continuamente está renovándose. No son siempre los mismos: la gente joven vive su etapa CF y posteriormente la abandona, cuando llega a la madurez, de modo que una nueva generación de lectores ocupa su lugar. [Entrevista de David Horwich en Strange Horizons, 2001.]
*
Disch se limita a hacer una descripción práctica, en el sentido de que, en esas condiciones editoriales y mercantiles, prácticamente carece de público un escritor que pretendiera inyectar a la c-f contenidos emocionales e intelectuales menos “precarios” (con lo que Disch incurre en la común definición casi etimológica de adolescencia, es decir como la edad de quien “adolece”, la etapa de quien todavía no está “hecho”). Sin embargo, esa observación se vuelve muy reveladora apenas se le practica una lectura metafórica. En primer lugar, ilumina de un modo inquietante el hecho de que el lector medio suele consumir ciencia-ficción en sus primeros años, para luego abandonarla en función de una literatura más “madura” o “seria”. También esta visión “explica” el porqué a veces los escritores maduros de c-f o fantasía son vistos como artistas que parecen “negarse a crecer” a la manera de Peter Pan. Quienes esbozan la parte “psicológica” de esa visión pasan de largo ante una evidencia: el hecho de que ese género se ubica, por definición, en una especie de interregno anterior a la “maduración”, que en términos socioculturales significa el punto en que se dejan atrás los “sueños” para enfrentar la “realidad” (definida por el discurso político). Uno madura cuando abandona las ilusiones.
*
Lo que hay aquí en realidad es el porqué en la c-f hubo una decadencia cuando irrumpió la “nueva ola” y con ella territorios como el del cyberpunk, visión nihilista que se solazó en el desencanto, la rapiña y la corrupción. Disch lo pone nuevamente en términos prácticos:
*
La CF se hundió de forma evidente después de la “New Wave”. Había menos revistas en donde publicar historias. La historia corta era la única manera posible de que un escritor principiante se hiciera conocido, cosa que ahora es mucho más difícil de conseguir. Estuve en la Readercon de Boston y cuando miras al público que se reunía allí, llama la atención lo mayor que es en términos generales de edad. Aunque desde luego, la Readercon se dirige a los lectores en general, más que a la audiencia televisiva que parece ser el centro de la mayoría de las convenciones de CF.
*
A partir de los años ochenta del siglo XX, la c-f “maduró”, es decir se rindió al realismo detrítico que dominaba a todas las áreas artísticas. Abandonó así su territorio más propio, no aquel de la “ingenuidad” (según se le cataloga en comparación con el realismo nihilista) sino el punto anterior a las dicotomías y bifurcaciones impuestas. Si la afirmación de Sturgeon acierta, el cinco por ciento de la c-f (y esto sucede aún más que en la fantasía) representa una adolescencia que aún no se resigna a destruir el gran privilegio de la infancia: la simultaneidad.
*
Porque esta línea de pensamiento, apenas se lleva a sus últimas consecuencias, revela el más profundo rostro de la ciencia-ficción. El niño es un creador: juega, inventa, crea mundos. La c-f no es otra cosa que el más impensado e indirecto cuestionamiento del acto genésico, la más honda (y a veces dolorosa) especulación del hombre como creador. Creador, ante todo, de una otredad que lo supera (la máquina, el androide: la inteligencia artificial), o bien creador de los modos de concebir y representar a esa otredad (el alienígena) que desborda los límites del hombre y con su sola presencia prueba que tales límites son convencionales y falsos. El gran protagonista de la c-f es el hombre como adolescente, es decir como creatura de un universo que a la vez, de un modo misterioso, él está creando. La verdadera ciencia-ficción es la adolescencia en su sentido más creativo: aquella que, por su propia definición, nunca va a renunciar, a resignarse, a madurar.
*
*

viernes, 8 de mayo de 2009

El bien y la amnesia

DGD: Redes 104, 2009
*
En alguna parte Éliphas Lévi afirma que los malos han ganado porque saben hacer el mal, mientras que los buenos pierden porque no saben hacer el bien. Responder tal afirmación es temerario y acaso inútil porque la sabiduría sólo sabe de sabiduría, pero en todo caso se hace necesario a veces, cuando la realidad parece saber de todo menos de sabiduría.
*
Es cierto: quien hace el mal gana porque sabe hacer el mal, pero quien intenta el bien sólo parece perder porque no sabe hacer el bien. Y la respuesta es “simple”: el mal es su propia praxis, mientras que el bien no es otra cosa que no saber hacer el bien. (Si se supiera hacer el bien habría un sistema, y si hubiera sistema el bien sería automáticamente absorbido por el mal.)
*
En cierta forma, el mal puede definirse como experiencia acumulada, mientras que el bien nace a cada instante, amnésico y sin referentes, y se esfuma sin dejar huellas. El que quiere hacer el bien sólo puede amar, por ejemplo, a Francisco de Asís, pero no comprenderlo, no derivarlo a un sistema, a una praxis.
*
En cambio, no puede decirse que haya quien quiere hacer el mal, porque el mal se hace en cualquiera: ya nace hecho, total, consumado. No necesita comprensión: el sistema es la praxis. Quien hace el mal no necesita ninguna referencia, no tiene que “amar” (u odiar) a alguien que haya hecho el mal.
*
El mal es experiencia acumulada, pero no acumulándose: equivale a un sistema cerrado que no puede crecer, perfeccionarse, afinarse. Sólo puede “adaptarse”. El primer acto malvado de la historia es idéntico al último. Nació ya “acumulado”.
*
*
*
El mal no necesita saberse hacer: no hay vocaciones para el mal sino para recibirlo ya hecho, como totalidad. El mal no crece: desde el principio tiene el mismo tamaño.
*
El mal nace ya hecho y completo: quien hace mal hace todo el mal imaginable, el de todo el pasado, el de todo el futuro. (No hay males pequeños.) El bien nace y se esfuma: quien hace el bien no hace sino ese bien concreto y específico que luego de cumplirse se desvanece. (No hay sino bienes pequeños que no pueden sumarse ni acumularse.) Por eso el mal no puede atraparlo.
*
El mal es un hacer, pero el bien es un no saber hacer, un hacer que brota y se extingue sin dejar rastro. Sólo por eso parece que no existe, o que, como decía Antonio Porchia, no es sino “un bello deseo del mal”. Y en otra ocasión el propio Porchia reconoce el poder del bien sin sabiduría: “El no saber hacer supo hacer a Dios”.
*
Francisco de Asís no es una vida: es un cúmulo de instantes de bien que nacen, se cumplen y se esfuman sin necesidad de perduración, de acumulación, de herencia. Y precisamente por eso (y sólo por eso) el bien se hereda. No como herencia o legado (sistema) sino como instante excepcional.
*
El mal se hace; el bien sólo se intenta, se busca a tientas, se realiza a manotazos.
*
*
*
El mal es el mal. El bien es elegir el bien.
*
El mal está en todas partes, como una sombra ya cumplida. El bien es siempre la posibilidad de la luz, sin garantía alguna de que se cumpla.
*
Y sin embargo, el bien se cumple cuando alguien lo elige. Es, acaso, la única elección verdadera, la única que no está pre-determinada por el mal.
*
El bien es elegir la posibilidad imposible.
*
Elegir la posibilidad imposible es la única libertad posible.
*
*
*
El mal gana sólo en ese sentido: parece ser no únicamente un sistema sino “el” sistema, la realidad en sí. Pero es una apariencia que se denuncia a cada instante fugaz en que brota el bien amnésico.
*
El bien es la amnesia. El mal es la memoria que sólo se recuerda a sí misma, pero no como acumulación de recuerdos: lo único que esa memoria recuerda es su forma de recordar.
*
El mal gana si nos convence de que la realidad es un continuo inamovible y condenado. Gana por imponer una apariencia, una ilusión. Y sólo dentro de esa ilusión el bien “pierde”.
*
El mal es el falso mar. El bien es cada gota de realidad.
*
Cada vez que afirmamos la existencia de continuos, de herencias, de fatalidades, hacemos ganar al mal. Cada instante de reconocimiento fulgurante, de belleza excepcional, de humildad, de generosidad, de solidaridad, hace perder al bien un poco menos.
*
*
*
El mal es un “estado”: por eso es íntimamente falso e irreal. El bien es un instante real: por eso no puede ser vencido o sumergido en la irrealidad.
*
El bien no puede saberse hacer: no hay vocaciones para el bien sino para cumplirlo (elegirlo) en un instante fugaz, como milagro sutil e irrepetible. El bien sólo nace y se extingue: tiene cada vez el tamaño de quien lo deja nacer en sí y extinguirse en sí.
*
El mal triunfa en la “carrera larga” porque nos convence de que existen las carreras largas (los progresos, las evoluciones, los desarrollos). El bien es el instante, y ese instante se ubica en el paraíso: no tiene memoria ni ilusiones (sólo por eso parece cumplirse en un pasado que nunca fue presente). Es lo que es, sin ambición de perdurar o de instaurarse. Sólo por eso el bien es lo contrario del poder, y sólo por eso puede más que cualquier poder.
*
El bien se cumple en lo callado, pero no en el silencio.
*
El mal es el ruido. El bien es el intervalo en el ruido: el intervalo que nos permite oír, por un instante casi inexistente, el gran silencio en que el universo nace a cada instante.
*
***
*
[De Libro de Nadie 3, en preparación.]
*
*

jueves, 30 de abril de 2009

Galateanas

DGD: Textiles-Serie blanca 8, 2008

a Paloma, Alondra y Rama

[y a todos los niños que eligieron crecer y madurar
sin perder la mitad simultánea de su naturaleza]
1
*
Luego de terminada
la escultura posa
para que el modelo
esculpa al escultor
*
*
2
*
La mano moldea grifos
y no inventa: recuerda
La piel todo ha tocado
hasta el día del exilio
*
*
3
*
Las gárgolas esperan
a que el libro de piedra
despierte en los ojos
catedrales dormidas
*
*
4
*
La marea terminó
por esculpir la luna
Ciertos seres arriban
tras una larga espera
*
*
5
*
Dos ciudades, dos tiempos
Las estatuas no yacen
Posan con parsimonia
para seres de luz
*
*
6
*
Cuando el viento moldea
los huecos, la escultura
pendiente se reanima
El mundo caracol
*
*
7
*
La selva canta
El silencio puede rastrearse
porque sólo él deja
huellas sonoras
*
***
*
[Del poemario Para reconstruir a Galatea, Universidad Veracruzana, Ediciones Papel de Envolver, col. Luna Hiena, Xalapa, 1989. Edición agotada.]
*
*

jueves, 23 de abril de 2009

Ursula K. Le Guin: “El verdadero viaje es el retorno”

DGD: Paisajes-Serie ártica 32, 2009
*
Ursula K. Le Guin adoptó a la ciencia-ficción como un centro desde donde irradiar, pero su literatura no acepta otra clasificación que la que pueda darse a los más grandes autores de todos los tiempos. Desde el momento en que eligió ese centro hasta el presente, su obra comprende más de veinte novelas, siete poemarios, siete colecciones de relatos, seis libros de ensayo y quince libros para niños y jóvenes, así como algunos espléndidos prólogos (memorable el de The Book of Fantasy, traducción inglesa de la Antología de la literatura fantástica de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo), además de media docena de guiones cinematográficos. Es también traductora, y se le debe una asombrosa versión del Tao Te King (Shambhala, 1997) y de una selección de poemas de su admirada Gabriela Mistral (University of New Mexico Press, 2003).
*
Probablemente ha recibido más premios que ninguna otra escritora: cinco veces el Premio Nebula y otras tantas el Hugo (máximos galardones de la ciencia-ficción), así como docenas de otros reconocimientos que incluyen el World Fantasy Award for Live Achievement (1995) y el Premio Howard Vursell de la Academia Americana de Artes y Letras. En el año 2003 fue la primera mujer en obtener el título de “Gran Maestra” de la SFWA (Asociación de Escritores Estadounidenses de Ciencia-Ficción). El único inconveniente de estos nombramientos es que colaboran a mantener sus libros en un margen de la “literatura sin más”. Su obra en conjunto sería merecedora del Premio Nobel de Literatura si nuestros ojos dependieran menos de deslumbramientos pasajeros y de clasificaciones confinantes (“fantasía”, “ciencia-ficción”). Sin embargo, aun en este caso contemplaría al Nobel como a cualquiera de las otras distinciones que se le han otorgado, es decir, con modestia taoísta: hermosas piedras recogidas en el camino, no el camino.
*
Le Guin nació en Berkeley, California, el 21 de octubre de 1929, hija del antropólogo Alfred L. Kroeber (autor de un buen número de trabajos esenciales sobre las tribus indígenas de California y la costa noroeste de Estados Unidos), y de la escritora Theodora Kroeber Quinn (a quien se deben dos crónicas sobre uno de los últimos sobrevivientes de las poblaciones autóctonas norteamericanas, Ishi, Last of his Tribe e Ishi Between Two Worlds, ambos de 1961). Desde la primera infancia, tanto Ursula como sus hermanos Clifton, Ted y Karl escucharon los cuentos que su padre había recolectado de las tribus del norte de California, y se nutrieron con los mitos y leyendas que su madre amaba, procedentes de todas las culturas.
*
La familia vivía en una casona de madera en Berkeley y pasaba los veranos en un viejo rancho en el valle de Napa. “Durante la segunda guerra mundial”, recuerda Le Guin, “todos mis hermanos ingresaron al servicio y los veranos en el valle se volvieron solitarios, únicamente mis padres y yo en la vieja casa. No había televisión entonces; una vez al día encendíamos la radio para escuchar las noticias de la guerra. Esos veranos de soledad y silencio —una adolescente vagabundeando por las colinas, sin compañía, sin ‘nada que hacer’— fueron muy importantes para mí. Creo que fue entonces que comencé a hacerme un alma.”
*
Uno de sus primeros encuentros decisivos fue con la obra de Rudyard Kipling, de quien aprendió lo que será la esencia misma de su propia escritura: “Kipling es capaz de contar una historia en cuatro o cinco niveles simultáneos”, comentará después. El taoísmo también sería esencial para su visión del mundo. Había aprendido a escribir a los cinco años y en su formación tuvo la suerte de encontrar apoyo y solidaridad de familia y amigos. “Cuando era joven, los pocos escritores mayores que conocí me animaron, y los escritores que cuento ahora como amigos son gente generosa con un fuerte sentido de comunidad. Me mantengo lejos de los escritores que consideran el arte como una competencia para lograr fama, dinero, premios, etcétera. Lo que importa es el trabajo”.
*
En una entrevista del 2008 recuerda: “Ya escribía historias fantásticas cuando tenía ocho años de edad, así que no creo que mis experiencias vitales sean la base de mi forma de escribir fantasía. Simplemente, mi mente funciona así. La ‘razón pura’ es inaccesible para mí; mi razón trabaja a través de la imaginación”.
*
En 1958 ella y Charles A. Le Guin, con quien se había casado en París en 1953, se establecieron en Portland, Oregon, en una casona victoriana situada en Thurman Street, a la orilla de Forest Park —una reserva ecológica en la parte noroeste de la ciudad—, desde donde se tiene una espléndida vista del Mount St. Helens. Medio siglo más tarde sigue viviendo ahí —bien podría decirse irradiando desde ahí.
*
Ella misma establece la diferencia entre los géneros: “En la ciencia-ficción uno no puede atentar contra el hecho científico; si rompemos las leyes de la física, entonces pienso que eso más correctamente debe llamarse fantasía. Siento muy claramente esa diferencia, y más o menos desde 1970 tengo perfectamente claro cuál de las dos estoy escribiendo”. “¿Qué escribe más, fantasía o ciencia-ficción?”, le pregunta el periodista polaco Slawek Wojtowicz. Le Guin responde de un modo que rompe los confinamientos genéricos que ella misma ha parecido respetar en otras entrevistas: “No puedo generalizar de ese modo. Lo que me gusta es un buen libro. No importa si es fantasía o ciencia-ficción. Si es bueno, es bueno. Si no, no lo es”.
*
Para Ursula Le Guin no existe una línea divisoria entre ciencia-ficción y literatura sin más: en uno u otro caso se trata de explorar culturas y el modo en que los hombres inventan sus sociedades y estructuran su realidad. A la manera de Kipling, el género existe en los primeros niveles, pero una vez que se profundiza, los confinamientos se rompen y lo que queda es profundidad en y por sí misma. En el mito, que es el gran territorio de la simultaneidad, no hay distinciones.
*
El prólogo a su primera novela, El mundo de Rocannon (1966) comienza así:
¿Cómo distinguir la leyenda de los hechos en esos mundos tan alejados en el espacio y el tiempo? Planetas sin nombre, a los que sus habitantes llamaron simplemente El Mundo, planetas sin historia en donde el pasado es tema de mitos y en los que un explorador, a su regreso, se halla con que sus propios hechos —realizados unos cuantos años atrás— se han convertido en los gestos de un dios.
El mundo de Rocannon se inserta en un universo ficticio, llamado hainita o del Ecumen, que la autora irá explorando en las décadas siguientes. Aunque Le Guin irónicamente lo llama “mi pseudo-coherente universo con hoyos en los codos”, lo cierto es que su formación antropológica, así como su poderoso sustento mítico y poético, ofrecen al universo ecuménico un sustento pocas veces visto en la llamada ciencia-ficción, en un vasto tapiz que abarca unos 2,500 años en una secuencia que hasta ahora comprende seis novelas mayores, así como varias novelas cortas y relatos.
*
En ese universo se encuentra su primera obra maestra, La mano izquierda de la oscuridad (1969), novela que marcó un hito ante todo por el cuestionamiento que hace de la identidad sexual humana y los tabúes relacionados con ella. Le Guin deconstruye el sentido humano del género sexual; la raza que habita el lejano planeta Gethen (o Invierno) está formada por individuos andróginos, asexuados la mayor parte del tiempo excepto cuando entran en kemmer; entonces adquieren, al azar, unos u otros caracteres sexuales masculinos o femeninos, de acuerdo con el género que haya adoptado previamente la persona con la que se relacionan. Despojados de la fundamental dicotomía humana, su cultura es otra en un sentido pocas veces vislumbrado por la ciencia-ficción. En este caso el contraste se da entre la raza nativa y el protagonista de la historia, un enviado del Ecumen llamado Genly Ai, que es, como todos los terrestres, unisexuado.
*
La obra de Le Guin está hecha de agudísimas preguntas; acaso la más subversiva de todas ellas da título a un ensayo que incluyó en El lenguaje de la noche (1979): “¿Es necesario el género sexual?”. En El cumpleaños del mundo y otros relatos (2002) se incluyen dos textos, “Las costumbres de las montañas” y “Amor no escogido” que, como la anterior “Otra historia” (incluida en Un pescador del mar interior, 1994), postulan el sedoretu, una forma de matrimonio socialmente aceptado que implica no a dos sino a cuatro personas, y que abarca tanto la hetero como la homosexualidad.
*
La autora examina el rubro con que se la ha identificado: “Al principio era una feminista tímida y conservadora. Pero hubo piedras de toque. Una de ellas fue la publicación de la Antología Norton de literatura femenina. Leí cada palabra. Fue una alegría descubrir que podíamos escribir como mujeres y no como ‘hombres honorarios’.”
*
Más tarde Le Guin regresó al universo hainita en la novela El nombre del mundo es bosque (1972), que volvió a ganar el premio Hugo. Lo obtendría de nuevo, y además el Nébula, con la novela considerada su segunda obra maestra: Los desposeídos (1974), que lleva como subtítulo Una utopía ambigua. Todas las dicotomías encarnan en Urras y Anarres (los dos planetas enfrentados en los que se ubica la historia): occidente y oriente, razón e intuición, progreso y simultaneidad, materialismo e idealismo, colectividad e individuo. Y ahí se encuentra el gran diálogo del capítulo 11: “Yo creía saber lo que era el ‘realismo’“, dice un personaje, y otro responde: “¿Cómo puede saberlo, si no conoce la esperanza?”. Esta es la definición de anarquismo que la novela enfoca tan lúcida como desapasionadamente. Es, también, aquella frase de la última página que bien contiene a toda la novela (y acaso a toda la obra de Le Guin): “El verdadero viaje es el retorno”.
*
En 1975 apareció una recopilación de cuentos llamada Las doce moradas del viento, en el que se recoge uno de sus relatos más implacables, “Los que se marchan de Omelas”. La fuerza de este relato, su apuesta valiente y su devastadora honestidad, así como esta característica en casi todo su trabajo, son en cierto modo asumidas por la escritora en una entrevista:
Pienso a veces que sólo estoy intentando supersticiosamente evitar el mal por medio de hablar de él. Ciertamente no considero proféticas a mis ficciones. Sin embargo, a lo largo de toda mi vida adulta nos he visto mancillar a nuestro mundo irrevocable, irremediable y despreocupadamente, sin hacer caso de las sucesivas advertencias y descartando cada alternativa benévola en la persecución del “crecimiento” y del beneficio económico inmediato. [Entrevista de Nick Gevers, 2001.]
Le Guin dista de ser gratificante o protectora de sus personajes protagónicos. En 2002 el periodista Mark B. Wilson le hace una pregunta clave: “Sus héroes realmente suelen pasar por el infierno. ¿Cómo se relaciona para usted el sufrimiento con el desarrollo del personaje?”. Le Guin responde:
Sí, tiendo a castigar a mis personajes centrales algo severamente. Eso es una pregunta enorme realmente, porque no creo que el sufrimiento purifica a un personaje. Generalmente el sufrimiento brutaliza a la gente: sólo lastima a las personas, y a veces las incapacita. Pero una cosa que la mayoría de las fantasías parecen hacer es mostrar a alguien que atraviesa por la adversidad usando inteligencia, valor y resistencia. Muchas historias de fantasía se pueden resumir en “el pequeño individuo triunfa sobre un mundo implacable”. Ese es un argumento muy antiguo, y lo necesitamos. Los niños lo necesitan, porque son pequeños individuos en un mundo que es muy difícil de entender. Y los necesitamos, porque todos enfrentamos una porción tremenda de adversidad y dureza.
El otro gran universo creado por Le Guin participa del género fantástico: la serie Los libros de Tarramar. En ella se narra la historia de Ged, un aprendiz de mago que debe luchar contra sus miedos y fantasmas; la serie fue iniciada con la novela Un mago de Terramar (1968) y continuada con Las tumbas de Atuan (1971), La costa más lejana (1972), Tehanu (1990), Cuentos de Terramar (2001) y En el otro viento (2001).
*
Cuando se produjo el “fenómeno Harry Potter” en 1997, comenzó a debatirse el hecho de que la celebérrima saga de J.K. Rowling debe a Terramar mucho más de lo que parece. Le Guin ha respondido en numerosas entrevistas a esta pregunta:
No tengo una gran opinión sobre [las novelas de Rowling]. Cuando tantos críticos adultos insistían en la “increíble originalidad” del primer libro de Harry Potter, lo leí para descubrir cuál era el alboroto, y me quedé algo desconcertada; parecía una vivaz fantasía de chicos cruzada con una “novela de escuela”, buen material para su categoría de edad, pero estilísticamente ordinario, imaginativamente derivativo y éticamente más bien mezquino y malvado. [“Ursula Le Guin Q&A”, 2004, incluido en su página web.]
En todos los registros de la escritura de Ursula Le Guin son evidentes sus fundamentales intereses: taoísmo, anarquismo, feminismo, antropología y sociología. Todos ellos se conjuntan en su creación de la antropología-ficción, ante todo en El eterno regreso a casa (1985), en donde se muestra a plenitud su capacidad para crear mundos verosímiles poblados por personajes profundamente humanos.
Podría precisar que la infeliz Tierra aludida en algunas de las ficciones de la serie del Ecumen sería solamente un paso oscuro en el camino a la Tierra que se describe en mi libro más esperanzado, El eterno regreso a casa, ubicada en un futuro muy distante. La mayoría de las personas cree que no tenemos ningún otro futuro que el del desarrollo de la alta tecnología, el de la extensión urgente, el de la urbanización y el de la explotación despiadada de los recursos naturales y humanos; esa gente, que cree que tenemos que seguir tal como estamos ahora, tiende a ver ese libro como retrógrado, como vuelta al pasado. No lo es.
*
El eterno regreso a casa mira al pasado, pero no regresa a él. Es una tentativa radical de pensar fuera de los sobreentendidos actuales; es una negación de esos sobreentendidos. Es la tentativa de retratar a una sociedad genuinamente madura. Es el esfuerzo de imaginarse una “tecnología del clímax”, cuyo principio no sea un crecimiento forzado, sino la homeostasis. Es ofrecer no un modelo mecánico sino uno orgánico para la cultura. [Entrevista de Nick Gevers, 2001.]
Esta más-que-novela guarda un lugar muy especial en su carrera: se trata de una minuciosa enciclopedia ficticia sobre una cultura indígena (los Kesh) situada miles de años en el futuro, reconstruida desde traducciones de una lengua desaparecida. “Resulta difícil traducir de un idioma que no ha llegado a existir”, escribe Le Guin en la nota preliminar, “pero tampoco hay que exagerar. Al fin y al cabo, el pasado puede ser tan oscuro como el futuro. [...] Lo que fue y lo que podría ser se halla, como niños cuyos rostros no podemos ver, en brazos del silencio. Lo único que tenemos en cada momento es el aquí y el ahora.” La minuciosa reconstrucción de otro mundo que es éste (concretamente la California indígena) implica todos los rubros: mitología, antropología, música y dramaturgia ritual, e incluso cartografía. Rigurosa y desafiante aventura: “Tuve que renunciar al argumento y a la convención”, comenta en una entrevista de 1997, “e imaginar lo que sería algo así como recorrer toda mi vida muy lentamente”. El resultado es una de las nociones más fascinantes que haya postulado la literatura: la arqueología del futuro.
*
Las utopías fascinan a Ursula K. Le Guin; “el problema con ellas”, declara en entrevista conducida por Elisabeth Sherwin, “es que no tenemos forma de realizarlas. Esa es la razón de que existan las novelas. Cualquier cambio drástico de dirección en nuestras sociedades es enormemente difícil porque tanta gente está involucrada”. En cierto sentido, ese problema la ha llevado a imaginar pequeñas sociedades, grupos étnicos plenamente insertos en sus tradiciones milenarias. Las etnias, sí, pero también otras formas de la marginalidad, y no sólo colectiva sino individual; por ejemplo, la forma en que el adulto relega y olvida su mirada infantil: “A finales de los años ochenta dije que la ciencia-ficción ya no estaba funcionando para mí, y me moví a lo que llaman literatura para niños. Tuve que detenerme, reflexionar, reorganizar. Sin embargo, ahora me siento feliz saliendo de nuevo al espacio exterior. Vencí una dificultad”. La literatura infantil fue otra faceta de su labor esencial: la poesía; es así como define ese tipo de escritura: “Es como escribir poesía. Los niños leen y responden tan intensamente, que cada palabra debe ser perfecta”.
*
Sus más recientes aportaciones a la literatura fantástica y de ciencia-ficción son una colección de cuentos publicada en el año 2003 titulada Planos paralelos y una nueva trilogía fantástica, los Anales de la Costa Oeste, compuesta por Los dones (2004), Voces (2006) y Poderes (2007). En 2009, Poderes la ha hecho acreedora a su cuarto premio Nébula, que se suma a los que obtuvo por La mano izquierda de la oscuridad, Los desposeídos y Tehanu (la cuarta parte del ciclo de Terramar). En Los dones, humildemente integrado en el cuerpo de la novela, radica una verdadera declaración de principios que revela la sabiduría de Le Guin, su irrepetible conciencia sobre lo sucesivo que es también simultáneo:
Ver que tu vida es una historia mientras estás ahí en medio viviéndola puede ayudarte a vivirla bien. Sin embargo, no conviene creer que sabes cómo te irá, o cómo acabará. Eso sólo debe saberse cuando ha terminado.
*
E incluso cuando ha terminado, incluso cuando se trata de la vida de otra persona, de alguien que vivió hace cien años y cuya historia he oído una y otra vez, mientras la oigo espero y temo como si no supiera cómo va a terminar; por eso vivo la historia y la historia vive en mí. Es la mejor manera que conozco de tratar con la muerte. Las historias son aquello a lo que la muerte cree que pone un final. No puede comprender que son las historias las que ponen un final a la muerte, aunque no acaben con ella.
Continúa en su bibliografía su segunda novela histórica luego de Malafrena (1979), llamada Lavinia (2008); para redactarla, Le Guin aprendió latín por medio de traducir, línea por línea, la Eneida de Virgilio. La escritora se centró en el personaje femenino que jamás habla, Lavinia, amada de Eneas, y le dio voz en esta profunda reescritura de la Eneida. Recuerda:
[Lavinia] es la chica con la que Eneas está condenado a casarse, para poder fundar la ciudad y el imperio de Roma. Los últimos libros de la Eneida están llenos de batallas: Virgilio tenía bastante que contar sobre la guerra, su locura y tragedia, porque (creo) él quería mostrar a su nuevo emperador Augusto el costo real del Imperio y preguntarle: “¿Vale la pena?”. Pero no tuvo tiempo de contarnos mucho sobre Lavinia, o al menos de dejarla hablar. Así que, leyendo el poema, comencé a preguntarme sobre ella, y en un momento le pregunté: “¿Lavinia, quién eres?”. Y ella me respondió. Y aquí está la novela. Es diferente a todo lo que he escrito hasta ahora. Estoy muy contenta con ella.
El universo de Ursula K. Le Guin es todo menos un reducto escapista: surge de un profundo compromiso (tanto humanista como político, social y cultural) que permite situar su literatura en el punto más álgido de la experiencia humana: sus novelas son verdaderas sinfonías que examinan, como en muy pocos casos, el amplio rango de las contradicciones (pero también las posibilidades) del hombre.
*
Le Guin ha creado una obra silenciosa y estentórea. Silenciosa porque no juega el juego de los ruidos cotidianos ni se presta a la farándula del “éxito” y el best-seller (lo que no contradice su enorme celebridad en círculos cada vez más amplios: su obra, traducida a dieciséis idiomas, cuenta sin duda con cientos de miles de lectores). Estentórea porque, sin ánimo retórico, bien puede encontrarse en ella la sabiduría y profundidad que tanto faltan en nuestro tiempo. Es en este sentido que también en esa obra reposa la única respuesta válida a si existe o no una literatura femenina: existe, si no se propone a priori como tal. Existe, si va más allá de todas las barreras genéricas. Existe, si contiene una mirada capaz de diseccionar las contradicciones de la civilización y arrojarles la violenta y definitiva luz del conocimiento ancestral, según esta declaración de principios: “La realidad es un pez huidizo que a veces sólo puede ser atrapado en una red de hechizos, o con el anzuelo de la metáfora” (Las llaves del aire, 1996).
*
En 1988 Slawek Wojtowicz le pregunta: “Si pudiera elegir un lugar y un tiempo para vivir, ¿cuándo y dónde sería?” Le Guin responde: “Sería aquí y ahora. ¿Por qué? Porque estos son mi tiempo y mi espacio, y mi ‘ser’ está ahora y aquí. Creo que el hecho de que en este aspecto no podemos elegir, es muy interesante, y extremadamente importante”.
*
Podría caerse en un fácil juego de palabras que sin embargo resultaría certero: “El nombre de Ursula es bosque”. Su obra se extiende en todas direcciones como el mundo vegetal descrito en su novela corta Más vasto que los imperios y más lento (1971). La intensidad de la escritura de Ursula K. Le Guin se encuentra justamente en la vida que en ella se refleja, según el método que la escritora delinea en la introducción de El cumpleaños del mundo: “Crear la diferencia, provocar un extrañamiento, y entonces dejar que el feroz arco de la emoción humana salte y cierre la brecha: esta acrobacia de la imaginación me fascina y me satisface como ninguna otra”. Como Ulises, Le Guin ha recorrido un largo camino para ser capaz de regresar a casa; y ese hogar es sin duda el mar interior.
*
*

miércoles, 15 de abril de 2009

Espejos voladores

DGD: Textiles - Serie roja 4, 2008
*
Mírame y dime
si soy lo que veo
en los espejos voladores de mi casa
Mírame y dime
si las miradas no son como guantes
que terminan por hacer manos
a fuerza de insistencia
O como zapatos
que nos vacían los pies
y dejan huecos a llenar
con forma de zapatos
Mírame y dime
cómo se ve el mundo
sin miradas como guantes o zapatos
O mírame y no me digas
pero mírame sin enguantarme
sin hacerme imagen
sin volverme lo que miras
*
***
*
[Del poemario La raíz eléctrica, Conaculta-DGP, col. Práctica Mortal, México, 2006.]*
*

martes, 31 de marzo de 2009

Antonio Porchia: “Un hombre solo es mucho para un hombre solo”

DGD: Figura 1, 2001
*
1. Un esbozo biográfico de Antonio Porchia
*
Antonio Porchia nació el 13 de noviembre de 1885 en el pueblo de Conflenti (Catanzaro), en la Calabria italiana; su niñez y principio de la adolescencia transcurrieron en Avellino (en la Campania). El padre, Francisco Porchia, muere hacia 1900 y Antonio asume el rol paterno, abandona los estudios y comienza a trabajar duramente. Más tarde la madre, Rosa Vescio, decide emigrar a la Argentina con seis de sus siete hijos; la familia arriba a Buenos Aires en octubre de 1906 y Porchia, que a los pocos días de su arribo ha de cumplir los 21 años de edad, se dedica a diversos oficios manuales (tejedor de cestas, apuntador en el puerto). Hacia 1918, Antonio y su hermano Nicolás compran una imprenta en la calle Bolívar, en donde el primero se dedica a los más humildes desempeños.
*
En 1936, cuando ya sus hermanos se valen por sí mismos y han establecido respectivas familias, Antonio deja la imprenta y compra una casa en la calle San Isidro del barrio de Saavedra. Con el tiempo ha hecho amistad con los militantes de la FORA (Federación Obrera Regional Argentina) en el barrio de La Boca y ellos lo invitan a colaborar en una publicación de izquierda llamada La Fragua (ca. 1939). Porchia les ofrece algunos de esos fragmentos o sentencias que caracterizan su conversación cotidiana y que ha decidido llamar voces.
*
También se relaciona con un grupo de pintores y escultores anarquistas que han formado la “Agrupación de Gente de Arte y Letras Impulso”. Varios de ellos lo instan a publicar en libro esas voces que a cada tanto escribe en modestas hojas de papel. Porchia, que tiene entonces 58 años de edad, acepta y costea el volumen. La edición de Voces (1943) pasa casi desapercibida. Los paquetes que contienen estos ejemplares quedan acumulados durante meses en la sede de Impulso y Porchia, que no se asume como escritor y está lejano a todas las usanzas de la vida socio-literaria, decide donar el tiraje completo a la Sociedad Protectora de Bibliotecas Populares, que coordina numerosos centros bibliotecarios diseminados por la Argentina.
*
En 1948 Porchia costea una segunda edición de autor, también bajo el sello de Impulso y con el material que ha ido acumulando en esos cinco años. Un ejemplar de la primera edición llega a manos del poeta y crítico francés Roger Caillois, que se encuentra en la Argentina trabajando para la UNESCO y en la redacción de la prestigiosa revista Sur. Asombrado, Caillois busca a Porchia y le dice: “Por esas líneas yo cambiaría todo lo que he escrito”.
*
De vuelta en Francia, Caillois traduce las voces y las hace publicar en revistas parisinas y luego en una plaqueta (1949). La lectura de esta traducción despierta la admiración de Henry Miller (que incluye a Porchia entre los cien libros de una biblioteca ideal), y lleva a André Breton a exclamar: “El pensamiento más dúctil de expresión española es, para mí, el de Antonio Porchia, argentino”.
*
A principio de los años cincuenta sobreviene la estrechez económica y Porchia vende su casa de San Isidro y ocupa otra en la calle Malaver del barrio de Olivos, en la que vivirá en solitario por el resto de su existencia. La resonancia de su obra continúa en Europa, en donde se suceden más traducciones al francés, al alemán y al italiano. (En Estados Unidos, el poeta W.S. Merwin vertirá al inglés y prologará su propia selección de voces en 1969.)
*
En Argentina, la editorial Sudamericana se percata de estas admiraciones y en 1956 le ofrece publicar Voces; para esta publicación masiva, Porchia hace una rigurosa selección de todas las voces publicadas en las dos ediciones de autor, y decide excluir casi la mitad; a la vez, agrega un conjunto de Voces nuevas. Esta será la edición “oficial”, marcada así por el propio Porchia a través de su dedicatoria a Roger Caillois. Se irá imprimiendo y agotando regularmente, lo mismo que las ediciones de Francisco A. Colombo en 1964 y Hachette en 1966.
*
Se presentan otros tipos de resonancia: la visita de jóvenes poetas (entre ellos Roberto Juarroz), la grabación de la voz de Porchia en disco, nuevas re-ediciones de Hachette. En 1967 Antonio Porchia sufre una caída desde una escalera; aunque se recupera, el golpe en la cabeza le produce complicaciones. Es operado de un coágulo cerebral y se restablece por un tiempo, pero experimenta un deterioro y muere el 9 de noviembre de 1968, a cuatro días de cumplir 83 años.
*
***
*
2. Antonio Porchia: “Un hombre solo es mucho para un hombre solo”
*
Quienes comparan a Antonio Porchia con Lao Tse, Pascal, Nietzsche, Jouhandeau, Kafka, Blake, La Rochefoucault o Lichtenberg se equivocan más que quienes lo ven cercano a figuras como la de don Juan Matus.[1] Porque aun en este último caso hay un cierto “error”: don Juan pertenece a una corriente ancestral, a una cultura secreta (la de los brujos, la de los hombres de conocimiento), mientras que Porchia es, de modo casi inaudito, sui generis. El conocimiento de don Juan es una tradición y por tanto puede heredarse, al menos en teoría: aunque la iniciación sea prácticamente imposible, existe la vía. En cambio, Porchia, como bien supo ver José Pugliese, no tiene herederos.[2] Don Juan puede heredar a otros porque él mismo heredó: tuvo maestros, iniciadores. Porchia no recibió una herencia sino fue una herencia, sólo recibida por sí mismo. No hay iniciación ni vía, y el propio Porchia lo especificó:
*

He sido para mí, discípulo y maestro. Y he sido un buen discípulo, pero un mal maestro.
*

El poeta Roberto Juarroz, uno de los pocos interlocutores de Porchia que supo reconocer con quién estaba hablando, expresó esa extrañeza con toda precisión: “Era un ser que del mismo modo en que estaba aquí podría haber estado en otro universo”.[3] En efecto, Antonio Porchia no parece realmente “haber vivido en Buenos Aires durante la primera mitad del siglo XX”, sino adaptarse a un entorno y a un tiempo fortuitos, que bien podrían ser cualesquiera otros. Porchia no lo oculta:
*
Quien no habita solamente en esta tierra, no necesita mucho de esta tierra.
*
De ahí esa soledad irrepetible, que ni siquiera ha conocido el ser más aislado, desprotegido o exiliado (Porchia sabía que Un hombre solo es mucho para un hombre solo); de ahí también que otra poeta, Alejandra Pizarnik, le escribiera en una carta: “Su libro es el más solitario, el más profundamente solo que se ha escrito en el mundo”.[4] En esas páginas, Pizarnik leyó esta voz:
*
Mi soledad, a veces creo que la hace lo que no existe, no lo que me falta. Y tal vez mi soledad no existe y yo la vivo de más.
*

Era el testimonio de algo que apenas puede denominarse soledad, puesto que para llamarla de esa manera hay que establecer la relación dialéctica “solo/no solo”, y la soledad de Porchia no puede medirse comparándola o contraponiéndola con la no-soledad. Cómo negar la intuición de que, de haber sido posible el encuentro de Porchia con otras grandes poetas solitarias como Emily Dickinson, Sylvia Plath, Christina Rossetti, Virginia Woolf o Alfonsina Storni, ellas habrían llegado a la misma conclusión que Pizarnik: el libro más profundamente solo que se ha escrito.

Porchia rompió toda dicotomía, toda dialéctica, toda lucha de contrarios (Ahora somos nadie y yo. Y ahora no me siento estar solo. Ahora podría creer que sólo nadie es alguien), y mostró que hay profundidad sin superficialidad y, también, que existe algo aún más solo que la soledad: la tradición de uno, la infinita otredad. Y es aquí en donde se nota que no hay paradojas más profundas que las que surgen en la profundidad pura. Porque estando tan inconcebiblemente solo, Porchia se hundió en las raíces mismas de la humanidad como conjunto, como experiencia y como referente. Dicho en forma directa: nadie ha sido tan humano como Antonio Porchia. De ahí su insoportable extrañeza:

No creo en las excepciones. Porque creo que de uno solo no hay nada. Ni la soledad.
*
Cuántos fueron los intelectuales, filósofos, analistas, que retrocedieron desconcertados (y hasta personalmente injuriados) cuando se encontraron con que Porchia no sólo carecía de soportes académicos o universitarios, sino que manifestaba una indiferencia hacia la “cultura”. No contaba con “grados”, “aprendizajes” o “méritos” y había logrado lo que casi ningún hombre de letras consideraba posible (si alguno de ellos había llegado a plantearse esa posibilidad). Los mejor intencionados trataron de disculparlo con motes como “más sabio que culto”; los demás vieron una especie de fenómeno que por mero azar había encontrado un atajo para llegar a la sabiduría, y que ignoraba qué hacer con ella. Es decir que, hijos de la dialéctica, separaron al hombre de la obra: en la medida en que ésta era desconcertante, aquél fue vuelto previsible, por “compensación”.
*
Justamente el carecer de una infraestructura “cultural” imanta a Porchia de elementos de cultura popular: se le llama “jardinero”, se le hace oír tangos, se subrayan las anécdotas con tintes de folletín o de novela rosa, se le prefabrica una imagen entre abuelo excéntrico y solterón amargado. Pero el autor de Voces lo había previsto todo, incluso esa imagen, y a ella respondió:
*
¿Lo nada o lo como nada? Lo nada. Porque lo nada me da soledad y lo como nada no me da nada. Ni soledad.
*
Qué insulto para la kultur es Antonio Porchia, y lo es incluso para las vanguardias, que si por un lado exaltan la ignorancia y los “estados primitivos”, por otro hacen lo mismo que las ortodoxias: presuponer que lo primigenio sólo puede ser valorado desde la erudición.
*
Quienes como Roger Caillois tuvieron la humildad de decir que cambiarían toda su obra por haber escrito Voces, tienen a la vez la soberbia de desear haber escrito ese libro sin cambiar toda su vida. (Una de las voces que Porchia nunca quiso reeditar parece aludir directamente a esto: Fulano quisiera ser zutano, sin dejar de ser fulano.) Incluso Henry Miller, que rehuía los riesgos de la exquisitez cultural y los limbos de la academe, y que incluyó a Voces entre los libros de una biblioteca ideal, no pudo solidarizarse del todo con la soledad de un hombre que sólo recurría a la lectura de dos libros: La divina comedia y La Jerusalén liberada.
*
Ante todo esto, Porchia callaba. Sabía que los demás no podrían verlo incluso aplicándole los pocos referentes que tenían a la mano para ello: el instructor no instruido, el santo laico, el profeta sin profecía, el iluminado sin iniciación ni escuela. Y callaba. Mas su forma de callar fue precisamente esa obra que sigue sin referentes y que, indesligable del autor, es la más sola que ha aparecido en el mundo. Sin embargo, más que nunca es necesario darse cuenta de que se trata de una soledad cósmica:
*
El árbol está solo, la nube está sola. Todo está solo cuando yo estoy solo.
*
Este es el único referente útil. Porque si se llama a esa obra “la más alta”, “la más profunda”, “la más insólita”, saltarán (y no sin razón) aquellos que defienden el vasto legado de tantos pensadores y artistas, esa herencia que bien podría situarse en las coordenadas de lo más esencial creado por la humanidad. Sólo un calificativo será aceptado: la obra más sola. Que así sea: ese epíteto es verdadero y, en tanto no genera discusiones de jerarquía, permite al menos no perder el tiempo en circunloquios. Pero si se acepta la frase “la obra más sola”, no se use como otra etiqueta más, no se vuelva “imagen común”, pretexto de olvido (porque a nadie le gusta escarbar solo en la soledad), y llévese hasta las últimas consecuencias. La obra de Porchia es la consecuencia última. Séase así justo, al menos de esa forma, con lo que Antonio Porchia mostró no por ráfagas sino de modo insobornable, doloroso y sostenido.
*
***
*
Notas
*
[1] Carlos Castaneda: The Teachings of Don Juan (A Yaqui Way of Knowledge), The University of California Press, Los Ángeles, 1968. [Las enseñanzas de Don Juan. Una forma yaqui de conocimiento, Fondo de Cultura Económica, México, 1974.]
*
[2] José Pugliese: “La obra de Antonio Porchia no admite herederos”, en Crisis, n. 37, Buenos Aires, mayo de 1976.
*
[3] Daniel González Dueñas y Alejandro Toledo: La fidelidad al relámpago (Conversaciones con Roberto Juarroz), Ediciones Sin Nombre / Juan Pablos Editor (col. Los Libros del Arquero), México, 1998.
*
[4] Ivonne Bordelois: Correspondencia Pizarnik, Seix Barral, Buenos Aires, 1998.
*
***
*
[Introducción a Antonio Porchia: cuaderno de lectura, en preparación.]
*
*

domingo, 22 de marzo de 2009

Metáfora y paisaje

DGD: Paisajes-Serie azul 4, 2003
*
“Paisaje” es el nombre de este poema del español Rafael Morales (1919-2005):
*

Qué silencio tan grande el de este campo,
qué vastas y dormidas soledades,
qué inmensidad vacía,
qué tremenda tristeza derramada por los aires,
la sierra se derrumba lentamente
sobre la mansa angustia de los valles
que elevan puros, asombrados, ciegos,
el encendido grito de los árboles,
el cielo es plomo gris que se derrumba
sobre el pavor silente del paisaje,
es un inmenso buitre hambriento y sordo,
un infinito dios amenazante.

*
Ante un poema como este, el afán de la crítica, al que debemos algunos buenos tips pero también un cúmulo de deplorables vicios, nos hace afilar la palabra “antropomorfismo”. Así, con una cierta condescendencia nos decimos que el poeta “proyecta” su subjetividad en el mundo que contempla, y que llena de adjetivos a una naturaleza que en sí carece de ellos. No hay en los valles mansa angustia, ni un pavor silente en el paisaje, ni tristeza en los aires, y mucho menos gritos de los árboles. Los valles son sencillamente los valles, el paisaje no es sino el paisaje en la imperturbable objetividad del mundo natural, y el poeta los ha usado como espejo de su propia interioridad, atribuyéndoles su propia angustia y su pavor. Se trata “sólo” de metáforas y ellas consisten en “comparar” el cielo con plomo gris, con un buitre, con un infinito dios amenazante.
*
Pero ¿qué tal si por un momento se invierten los términos de nuestra tranquilizadora explicación? ¿Qué tal si es el mundo el que ha hecho naturomorfismo en el poeta y ha proyectado en él su verdad? ¿Qué tal si los adjetivos que usa el poeta no son coloraciones de dentro hacia fuera sino del exterior al interior? ¿Qué tal si la subjetividad del mundo se ha objetivado en el espejo que le ofrecía la conciencia del poeta? ¿Qué tal si durante unos instantes ese poeta ha sido el poeta y ha encarnado la imperturbable objetividad del espejo más puro, ahí donde de golpe se reflejan la mansa angustia de los valles, el pavor silente del paisaje y en suma, de modo casi intolerable, ese infinito dios amenazante? ¿Qué tal si no hay aquí impresiones sino revelaciones? ¿Qué tal si puede decirse que existe tristeza en los aires de la misma exacta manera en que se dice que en ellos hay oxígeno? ¿Qué tal si la metáfora deja de ser una mera figura de retórica (los árboles “son como” gritos) y se vuelve epifanía (los árboles son gritos)?
*
Con una sonrisa condescendiente, el lógico y el materialista dirán que sólo un ser humano puede sentir tristeza, angustia y pavor. Y sin quererlo habrán dado con la clave. Es un hombre, en efecto, el que se ha vuelto espejo objetivo, y el lenguaje registra, de modo no menos objetivo, lo que se refleja en ese espejo. Un solo hombre ha recibido el mensaje; es el poema el que permite que otros hombres lo vean y lo transmitan sin que lo altere la subjetividad de ninguno de ellos a lo largo de esta transmisión. ¿No se refería exactamente a esto quien exclamó que la poesía es la única ciencia exacta, la única transmisora de la verdadera objetividad?
*
*

lunes, 16 de marzo de 2009

Un texto de José Manuel Pintado sobre Hollywood: la genealogía secreta

DGD: Redes 24, 2008
*
El mito de la libertad suicida
José Manuel Pintado
*
Antes que otra cosa una aclaración y una sospecha: tengo claro que la invitación que me hizo Daniel González Dueñas para presentar este libro partió de un equívoco. En su amable dedicatoria manuscrita se refiere a mí como cineasta, y esta equivocación me hizo sospechar que Daniel andaba urgido de algún incauto presentador que quisiera cambiar su verdadera identidad de cosmonauta reiteradamente cinéfilo con la de un profesional del séptimo arte, y que tal vez su libro podría ser un anzuelo mercadotécnico para pescar la ingenuidad de este aficionado al cine y del público aquí presente.
*
Nada más lejos de la verdad. Como verán, la invitación de Daniel a leer su libro, aunque haya sido con la mala intención de que lo presentara ante ustedes, ha tenido para mí una valiosa recompensa que ahora comparto.
*
En cuanto abrí las primeras páginas de Hollywood: la genealogía secreta, me atraparon la aguda exploración que hace Daniel del mito cinematográfico, su penetrante observancia del star system y el desvelo crítico al que somete la propuesta ideológica del aparato fílmico hollywoodense, inventado para la dominación del público globalizado a partir de la fascinación de sus rituales que se difunden inicialmente en la pantalla grande, se replican en la pantalla chica y se reproducen como la peste en los medios masivos de incomunicación.
*
Obviamente nos topamos en este libro con un autor de un vasto conocimiento cinematográfico, que tiene además la extraña habilidad de escribir como un director de cine que filma con elocuencia una película destinada a descubrir y desarmar sus propios engranajes.
*
¿Y qué película cuenta Daniel González Dueñas en su libro? La película que quisiera ser la madre de todas las películas: Hollywood, que se identifica con un nombre que magnetiza la industria fílmica mundial y que se autodenomina pomposamente la Meca del cine.
*
En su libro, Daniel nos cuenta la película de un ritual que pretende ser inolvidable al garantizar su permanencia y renovación en una ceremonia interminable que se repite año tras año con su parafernalia espectacular sostenida por la pasarela de la fama momentánea en una alfombra roja; en las entrevistas insulsas, los desfiles de vestidos, joyas, smokings, cortes de pelo, limusinas y una cauda de símbolos que retratan un sistema de vida al que toda sociedad que se respeta debe aspirar.
*
Este es Hollywood, señores y señoras: la realidad vuelta espectáculo, que rige las vidas y destinos de la mayoría de los mortales desde la fugacidad trágica, cómica, absurda pero siempre ejemplar de los personajes encarnados por las estrellas actorales de moda, que brillan intensamente durante un chispazo para acabar perdiéndose en su propia órbita, consumiéndose en su propio fuego o estallando por la propia voracidad del universo inverosímil que los crea.
*
En su análisis inicial, Daniel aborda una película que representa para él la impunidad sagrada, la fatalidad insumisa de Hollywood. En la historia de dos personajes legendarios, Butch Cassidy & the Sundance Kid, actuada por dos iconos hollywoodenses que aparentan rebelarse contra el sistema para acabar mitificándolo, Paul Newman y Robert Redford encarnan el mito de la libertad suicida —burlándose de paso de los dirty mexicans— y consolidando la ilusión ideológica que subyace en el american way of life, en el que te puedes salir con la tuya impunemente si aplicas la justicia por tu propia mano, y si además eres güero, de ojos azules, guapo, simpático y te atreves a abrirte paso a balazos contra el que se te oponga. No en balde en EU la constitución de ese país protege a sus ciudadanos contra su propio gobierno, y les permite defenderse de su propio gobierno con armas de fuego. No en balde ese gobierno se adjudica el derecho de imponerse a balazos al mundo, y de llenar de armas de fuego el planeta, como parte del negocio que se anuncia con implacable eficacia a través de sus películas.
*
Con la metodología precisa de un espía profesional, Daniel González Dueñas va desnudando en su libro a la madre de todas las películas para dejar al descubierto la estrategia hollywoodense y estadounidense para dominar al mundo; nos deja ver ese sofisticado aparato de renovación continua que genera en el público mundial la ilusión de que la realidad se inventa en las historias de Hollywood, y de que vive en las pantallas de salas de cine cada día más lujosas, construidas para discriminar toda producción fílmica que no provenga de sus estudios o que no obedezca sus cánones y su permanente propaganda disfrazada de una expresión artística que se autodefine como la más importante de todos los tiempos. No importa que la gran mayoría de las historias hollywoodenses sean de un contenido tan raquítico como deleznable; lo que importa es que estén contadas con un altísimo grado de violencia, efectos especiales, héroes y heroínas indestructibles y metrosexuales (que es lo de hoy, señoras y señores), de vertiginosas persecuciones por cielo, mar y tierra; por la destrucción interminable de vehículos y artefactos amigos y enemigos incluyendo los artefactos humanos antagónicos a nuestros héroes cada vez más metrosexuales.
*
Podría seguir enunciando sin parar las cuestionables virtudes que seguramente todos conocemos del cine hollywoodense, que Daniel va balconeando con una mirada que va afilando su inteligencia en las páginas de su libro hacia la valoración ética de este cine, y que tiene uno de sus mejores ejemplos en el análisis que hace de las películas que mejor ejemplifican el Hollywood de nuestro tiempo y, con él, el fenómeno cinematográfico mundial que en gran medida es una copia en calca de sus cánones.
*
Como un producto natural de la realidad económica, social y cultural de los Estados Unidos, Hollywood desprecia al mundo y lo sustituye por lo mundano. Con este enunciado, Daniel describe con acierto la egolatría gringa y hollywoodense, en cuya imagen no puede existir otra realidad que la suya. Cuando aparece el “otro”, cumple fatalmente el papel de antagonista enemigo que hay que destruir o, en el mejor de los casos, reducirlo a un papel subhumano. Esta ridiculización, que sirvió de tema a un brillante documental de Gloria Ribé titulado De acá de este lado, la podemos identificar claramente en la presencia de México y los mexicanos en el cine hollywoodense, en el que los mexicanos aparecen como personajes de pacotilla, y México constituye una especie de paraíso de escapismo y corrupción —lo que sabemos que es una mentira absoluta, sobre todo en estos últimos sexenios.
*
Otro valioso descubrimiento del libro de Daniel es el de la acción corrosiva que Hollywood aplica a la realidad, y que en mi opinión ha sido a la larga más devastadora que las bombas nucleares arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki, con que los Estados Unidos deciden concluir la Segunda Guerra Mundial y dejar al mundo aperplejado con este bombardeo nunca antes visto sobre la población civil. Los hongos mortíferos de las explosiones nucleares constituyeron en su momento las imágenes alucinantes de la capacidad humana hacia la destrucción, y confirman un principio llevado al límite, que parece tener en el mundo del espectáculo una posible traducción: el cine de Hollywood no busca una realidad convulsa sino que convulsiona la realidad.
*
Esta conclusión, dirigida a atrapar los sentidos del espectador desde la pantalla, ha sido la firma de las películas de Hollywood de los últimos años. Si en un principio las propuestas argumentales se centraban en historias de piratas enamorados o de nobles vaqueros exterminando a los últimos indios de la pradera, poco a poco las películas han ido derivando su contenido hacia el terror solapado o evidente.
*
Después de haber transitado por multitud de géneros para ir afinando su estrategia de reafirmación continua, Hollywood parece haber llegado al género con el que mejor se identifica: el del thriller terrorífico, en donde la regla es la exaltación del psicópata frente a una sociedad que se desmorona.
*
Trataré de sumergirme por un momento en el sostén de la ética hollywoodense que Daniel González Dueñas describe puntualmente al traer a escena al personaje más importante del cine de Hollywood de los últimos tiempos: el mal encarnado en la venganza, el mal vengativo, el mal reivindicativo, que surge en las pantallas desde el despiadado cinismo de Hannibal Lecter en El silencio de los inocentes o de la indestructible fortaleza de Maximilian Cady en Cabo de Miedo.
*
Para llegar a este momento de maldad surgida de las entrañas mismas de una sociedad psicópata, como el elemento destructivo de la propia sociedad norteamericana y de su hipócrita way of life, Hollywood tuvo que experimentar una serie de arquetipos en la que han desfilado héroes y villanos de una ingenuidad pasada de moda, mujeres fatales y galanes relamidos que invadieron en su momento el espacio público para imponer un modo y una moda de vestirse, de ser románticos, de besar, de fumar, de beber, de vivir y de morir. Ahora se han sofisticado hasta los límites de la imaginación los modos de destruir a los demás, y de paso destruir los fundamentos mismos de la sociedad que sigue estimulando el mito de la libertad suicida, y con él el de la impunidad infalible.
*
Como bien nos cuenta Daniel González Dueñas, en Cabo de Miedo el mal, encarnado en Maximilian Cady, destruye a una familia arquetípica y exitosa, y aunque al final la tríada familiar, padre, madre e hija, sobreviven a la persecución endemoniada de Cady, quedan tocados por su propia imagen de corrupción y de deseos inconfesados que el espejo de este personaje les ha reflejado.
*
En El silencio de los inocentes, Hannibal Lecter se escapa de una celda de máxima seguridad para seguir su carrera de refinado gastrónomo caníbal, y en su escapatoria deja clara la lección de que no hay manera de detener al Maligno, que tan bien conoce las recetas enfermas de la sociedad. No en balde el psiquiatra Hannibal Lecter aplica brillantemente las más retorcidas oscuridades de la psiquiatría para burlarse de sus perseguidores y seguir su carrera culinaria a expensas de sus víctimas convertidas en platillos gourmet. No en balde Maximilian Cady fundamenta su venganza en el conocimiento de la Biblia y del sistema jurídico que trató de convertirlo en víctima para acabar transformándolo en verdugo de sus victimarios.
*
En estos ejemplos, tomados de los muchos que menciona Daniel en su libro, yace en mi opinión el verdadero mensaje de Hollywood y el secreto de una genealogía que al fin ha venido a revelar sus verdaderas intenciones, disfrazadas durante generaciones con el cuento del entretenimiento y del espectáculo. Al final, lo que vemos y compramos en las películas de Hollywood es la trayectoria de una psicopatía sin remedio, que reproduce en el mundo del show business el proceso de degradación del mundo contemporáneo. Creo que aquí radica el secreto de la genealogía que Daniel menciona en el título de su libro, y en el que el héroe de la película se ha convertido en el mensajero de la convulsión y en un villano sin remedio, que reproduce en gran medida una caída brutal en la bolsa de valores de la humanidad.
*
El colapso económico que vive actualmente el mundo, originado fundamentalmente por la voracidad de los mercados financieros de Wall Street, sin duda está logrando convulsionar una realidad que desde hace un buen rato se ha vuelto una realidad virtual; ella había venido funcionando milagrosamente hasta hace poco tiempo desde una economía hueca, que oculta en la realidad el ocio irredento de financieros manipuladores y gobernantes acomodaticios, tan aferrados al valor de la bolsa.
*
Con esta vocación por la convulsión, Hollywood extiende su influencia fuera de las pantallas y nos propone cada vez más un mundo dislocado, con un grado de paranoia y autodestrucción que no parece que ha tocado fondo todavía y que en el colmo de su egocentrismo pretende arrasar con el mundo y exterminar los valores esenciales que todavía perviven en la mayoría de los seres humanos, a pesar de Hollywood y sus estereotipos que, a través de la pantalla chica de la televisión, se intensifica y magnifica.
*
Afortunadamente, todavía vivimos en una sociedad en la que, a pesar de las convulsiones cotidianas que pretenden aplicarnos, queda una buena base de valores fundamentales. Uno de estos valores que subsiste a pesar de todo es el de la creatividad. Hay todavía en este país los suficientes recursos creativos que permiten ver las posibilidades de un cine distinto al hollywoodense.
*
Por supuesto que hay muchas más vetas que explorar en Hollywood: la genealogía secreta, de Daniel González Dueñas. Para los aficionados al cine este libro es una herramienta fundamental para entender la sofisticada estrategia de uno de los mayores poderes mediáticos que sigue pretendiendo imponer una forma de vida. Para cineastas y creadores, este libro ofrece un análisis muy valioso, que seguramente ayudará a enfocar las nuevas producciones hacia mejores territorios. A mí, entre muchas cosas, me ha ayudado a recordar nuevamente un célebre poemínimo de Efraín Huerta, que seguramente estaría pensando en Hollywood cuando escribió: “como era psicópata, lo saqué a psicopatadas”.
*

***
*
[Texto leído por el autor en la presentación de Hollywood: la genealogía secreta (Universidad Autónoma de Nuevo León, col. Tiempo Guardado, Monterrey, 2008), Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, febrero 28 de 2009.]
*
*

sábado, 28 de febrero de 2009

Arcadia

DGD: Textiles - Serie blanca 7, 2009
*
En las primeras luces del silencio
la imagen es voz que busca
lengua, labios y garganta
*
Entre todas las estatuas de la alameda
una es el sueño de la noche
y en su torno las demás se levantan
como el aroma del musgo tras la lluvia
*
Del otro lado del mundo
el día esculpe hemisferios añorantes
De noche el sol es la raíz
de los árboles dormidos
*
Arcadia, tantas voces deslavan tu voz
tantas imágenes acallan tu imagen
*
El insomnio me pesa en los párpados
Todo este barullo
no me deja
despertar
*
***
*
[Del poemario Para reconstruir a Galatea, Universidad Veracruzana, Ediciones Papel de Envolver, col. Luna Hiena, Xalapa, 1989. Edición agotada.]
*
*

domingo, 15 de febrero de 2009

Un texto de José María Espinasa sobre Ónfalo

DGD: Textil 60, 2005
*
La volatilidad de la permanencia
José María Espinasa
*
La escritura de Daniel González Dueñas desde que se dio a conocer como escritor ha sido de una gran versatilidad, no sólo por los diferentes géneros que ha practicado sino por la libertad con que al interior de ellos se mueve, haciendo que hablen desde su voz formal, a la vez personal y anónima. Utilizo estas dos posiciones como contrapuestas para tratar de explicar lo que más me llama la atención de su escritura. Quiero aclarar, antes de seguir adelante con estas notas, que utilizo la palabra “escritura” en un sentido muy preciso —el que le da Roland Barthes en El grado cero de la escritura— pero aceptando la ambigüedad que en el propio autor francés adquiere con su uso y abuso. Así González Dueñas es para mí escritor no porque haya publicado novelas, cuentos, poemas o ensayos —lo ha hecho— sino porque escribe. Parecería una verdad de Perogrullo pero no lo es. Ese escritor no es un profesional —aunque tenga todos los rasgos de uno de ellos— ni tampoco un aficionado, sino, si traducimos el término amateur en toda su extensión, un apasionado.
*
Todos sus libros suelen ser un gesto amoroso: a un autor —Cortázar, Méliès, Buñuel—, a un lenguaje —el del cine, el del inconsciente— o a una persona, que se llama de manera terminante tú; esa contundencia la sitúa en la alteridad y la hace distinta de ese tú puramente nominal al que estamos tan acostumbrados. Y en ese sentido Ónfalo es su mejor libro. Claro, el autor, como la madre, quiere a sus hijos por igual, pero sus amigos reconocen más en uno u otro sus gestos. He tenido la suerte de ser, desde distintos lugares, editor de varios textos de González Dueñas. Su sutil pero rotundo estilo de ensayar —bien representado por libros como Las visiones del hombre invisible o Libro de Nadie— me ha hecho buscar ese impulso básico en sus otros libros, encontrándolo a veces de rebote o en carambola de tres bandas. Pero nunca de manera tan intensa en la brevedad de este volumen, texto que sin embargo se abre de manera infinita.
*
Podría encontrarle algunos antecedentes en nuestras letras —quién podría olvidar al Arreola de Confabulario— pero cometería un error, pues enmascararía lo excepcional de su escritura. Prefiero ahora referirme a él —a Ónfalo— como algo único y (lo digo con tristeza) tal vez irrepetible. Los valores inmediatos saltan a la vista: precisión, concisión, belleza de la página casi como un universo plástico, como la tela de un cuadro, musicalidad, humor. Pero va más allá, porque engarza las joyas como se hace un objeto mágico, y ante la magia más que admirar su efectividad o su eficiencia admira la belleza del gesto. Dicho de otra manera: escribir páginas intensas sólo tiene sentido en la medida en que esa intensidad se conserva intocada después de que se ha mostrado; un poema de amor sólo lo es de verdad si no se agota en el amor, si es una rosa natural, fresca y radiante, pero eterna, y —aquí tiembla un poco la voz al decirlo— una eternidad por la que pasa el tiempo.
*
El hecho de que estos relatos o poemas, llámelos como usted quiera, sean a la vez instantáneos, eternos y temporales es un desafío real. Porque su completud, que es una manera de decir su “acabado”, su “finitud”, no les quita su condición de fragmento, de la misma manera que el diamante nunca deja a fuerza de pulirlo de ser un guijarro. Sólo así escapa a la cristalización. Por ejemplo, la cantidad de dedicatorias que hay en este libro nos señala que los textos tienen algo de ofrendas humildes, de exvotos, de milagritos, muchos de ellos de una sofisticación tremenda por el tiempo acumulado en la vivencia de la duración como transcurso. Eso es lo que hace a los monumentos funerarios tener tanta fuerza: están vivos como el comendador ante don Juan.
*
La concreción se da en estos textos en función del instante —la revelación de algo o alguien— y el trabajo que el tiempo hace sobre la posibilidad o imposibilidad de expresar lo ocurrido. La conservación de la experiencia depende de su capacidad para permanecer viva como revelación sobre la elusiva superficie del tiempo. Pondré un ejemplo cinematográfico muy conocido: los murales romanos de Roma Fellini, que se muestran al mismo tiempo que se pierden para siempre. La fotografía como arte también expresa eso: el momento fotografiado tiene una magia que rara vez se conserva en la foto. A la vez el tiempo al transcurrir las suele cargar de un contenido emotivo que antes no tenían. Por eso Ónfalo es un manual de sobrevivencia, pero sobre todo de vivencia. Nada hay de fijo en los textos reunidos, pero nada tampoco de transitorio: instalan una duración distinta.
*
No es extraño que a González Dueñas le interese mucho Porchia y sus Voces; le gusta la condición aforística de la escritura, de koan trabajado por el mundo, de enseñanza cifrada e interpretable, nunca dogmática y siempre paradójica, construida sobre una vuelta de tuerca adicional, imprevista, sorpresiva, juguetona, que termina por resolverse como una elección estética encarnada en la ética. Este camino tiene dos direcciones, a veces de verdad muy diferentes: una la del rezo, la de la ley, la del mandato (que casi nunca es literatura), y otra, la del fuego de artificio que se enciende una y otra vez y no parece agotarse en su capacidad lúdica; es entonces cuando sí es literatura y eso ocurre en Ónfalo.
*
Así la unidad de lo diverso vuelve al libro algo heterodoxo, poco frecuente en nuestras letras. Cercano, ya se dijo, a Arreola, pero también a Francisco Tario o Díaz Dufoo, y en su generación a Luis Ignacio Helguera y Francisco Segovia. En todo caso una muestra de que este autor, tan elusivo en su grafomanía a las definiciones, ha alcanzado una gran estatura literaria.
*
***
*
[Texto leído por el autor en la presentación de Ónfalo (Ediciones Sin Nombre, col. Los Libros de la Oruga, México, 2004), Casa Refugio Citlaltépetl, mayo 31 de 2005.]
*
*

martes, 3 de febrero de 2009

Pentimento

DGD: Redes 71, 2008
*
Sale el sol, se nubla, sale el sol. Señal inequívoca de que Dios está indeciso. Aún más: voluble y acaso arrepentido, como el pintor que contempla largamente su obra, descontento del conjunto, y no sabe si bastará retocar esta zona o rehacer aquella, o de plano borrar el cuadro entero de la faz de la tierra.
*
Hoy Dios parece echar marcha atrás, querer borrar la faz de la tierra. Partes del paisaje se retiran de la Creación como signos de la duda y el titubeo: esa zona del bosque se desdibuja, estas calles pierden la faz y partes de la ciudad se quedan como a medio hacer —o a medio deshacer. Vaya a saber qué recodos del mundo, como éstos, ahora mismo se desdicen y por instantes aspiran a su nada inicial.
*
Tal vez la Creación no sea un parejo ir avanzando. Va y vuelve, festeja aquí y titubea allá, descontenta del conjunto. Parciales arrepentimientos, como en la vida de los hombres hay horas en que sin saberlo vuelven aunque vayan, desdicen aunque digan, y partes de sus cuerpos, y partes de sus almas, son a trechos como este bosque y estas calles: sale el sol, se nubla, sale el sol. A trechos la Creación se arrepiente y no es un irse acabando, porque acabar es ir de todos modos adelante.
*
Vaya a saber si eso es también la Creación, y si Dios es lo voluble e indeciso del artista y no el artista mismo. Sabrá Dios si dudar es el único acto verdaderamente divino.
*
***
*
[De Ónfalo, Ediciones Sin Nombre, col. Los Libros de la Oruga, México, 2004.]
*
*