sábado, 25 de julio de 2009

Un texto de Dolores Castro sobre Rosa Blanda

DGD: Redes 128, 2009 (clonografía dedicada a Dolores Castro)
*
Narración y creación
Dolores Castro
*

E.M. Forster, en Aspectos de la novela, considera el papel que representa el relato dentro de este género literario. Para él, el relato tiene importancia, ya que “lo que el relato hace es narrar la vida en el tiempo, pero lo que la novela en su integridad hace —si es una buena novela— es abarcar también la vida según los valores”.
*
La lectura de Rosa Blanda, novela de Daniel González Dueñas, es para mí el ejemplo más claro: tiene un relato, sí, en Rosa Blanda se le da cierta importancia al tiempo, al relato, pero dentro de éste destaca el espacio propio de la creación poética como verdadero valor.
*
No sólo interviene la imaginación mágica del autor, también su capacidad de penetrar en el misterio de concepción y la forma dentro de la creación.
*
En síntesis, el relato avanza desde el momento en que un lector y escritor común se encuentra con una bruja. Entre la bruja y el embrujado surge un vínculo misterioso que ha de pasar por enamoramiento, unión íntima y, como consecuencia, concepción, embarazo, hijos y separación de los amantes, porque a eso estaban sentenciados.
*
En apariencia es un relato de brujas; en verdad, es una novela que, desbordando la imaginación, nos conduce a reconocer valores sensibles de percepción y verdades sobre la memoria y su transformación en nostalgia y poesía. Nostalgia que asume y expresa con verdadera originalidad el autor.
*
Pertenece esta novela a las nuevas formas que escapan a la clasificación, la de los ficheros. Al escapar de las formas clásicas de la narrativa, encontramos dos personajes principales, la bruja y el embrujado. Y más bien, el personaje principal es el embrujado, quien recuerda, en el principio, todo cuando la bruja le fue enseñando: a percibir, en forma de vaso comunicante, hasta convertirse en lo contemplado. La bruja, por su parte, envuelve al embrujado con su magia, lo introduce en un mundo asombroso, y con una tal cercanía que, como podemos imaginar, se convierte pronto en amor.
*
En Rosa Blanda la imaginación construye, en unión con la bruja, tejidos de plenitud radial más allá de lo que el Registro guardara en el lugar privilegiado de la costumbre y su fichero de datos.
*
El narrador, iluminado por la bruja, descubre otro modo de ver el mundo, que corresponde a otra manera —única— de expresarlo, y a la vez que se introduce, para conocer, en el mundo mágico, incorpora a la bruja en el ámbito propio hasta que ella finalmente adquiere plena corporeidad.
*
¿Cómo ocurre esto?
*
Llegaste con la actitud de una niña que se levanta del lecho y camina por su casa todavía sin abandonar del todo un sueño profundo
[...]
accediste con gusto a la deleitosa fatiga de tener cuerpo —o bien, a la de tener un solo cuerpo.
*
Entre tanto, el embrujado aprende que conocer significa ser en otro, convertirse en aquello que se contempla; por ejemplo, para poder expresar lo que es un pájaro, ser un pájaro.
*
Continuando con el relato, los protagonistas amantes recuerdan que están condenados a separarse: ella para volver a su propio mundo, mientras él debe borrar en absoluto el recuerdo de la bruja y su embrujamiento, por lo que deben separarse, sin encontrar solución. Ante tal alternativa, tratan de vivir plenamente cada instante.
*
Ocurre el encuentro erótico, el embarazo de la bruja, y la incertidumbre ante cómo ha de ser el hijo: ¿semejante al embrujado? Sí, como los otros hijos que lo suceden, hijos que irán por el mundo narrando cuentos de brujas.
*
La nostalgia iluminadora de toda poesía brota en la trama de esta novela con nueva fuerza concientizadora ante lo que puede ser el simple registro de algo y la expresión creadora, así como la nostalgia de verdadera y única forma en vez de las formas caducas: nostalgia de la libre ensoñación creadora del arte, y no de fichas acumuladas tradicionalmente en un registro.
*
La nostalgia, columna de la poesía, es el hilo invisible y permanente en Rosa Blanda. Nostalgia que impulsa al embrujado a no olvidar a su bruja, cuando ella deba cumplir su destino y regresar a su mundo, mientras a él le corresponda borrar el recuerdo de lo vivido, lo inasible-maravilloso.
*
Y en el relato, durante las angustiosas prórrogas que la bruja consigue en su mundo original:
*
Un día, muy poco antes de que se venciera la prórroga, apareció de pronto el milagro que nunca buscamos, la más impensable de las visitaciones de lo Oculto: de la sucesiva depuración de formas brotó la Rosa, el diáfano clímax, una láctea floración de cristales memoriosos, el frágil milagro de nuestra Forma Verdadera.
*
Palabras, magia, creación y concepción de mundo, expresión, lenguaje, todo esto es lo que se agrega al relato de esta novela-poema.
*
Habría querido citar muchos de los párrafos de imágenes tan relampagueantes como intensas y hermosas. Sabemos que no es posible comunicar la poesía más que con las propias palabras que la expresan.
*
Como novela, Rosa Blanda cumple bien con el relato: no se abandona la lectura, y queremos saber siempre lo que ocurre. Es el “¿y luego?, ¿y luego?”, como Forster señala que es condición del relato en la narrativa.
*
Como lectores de poesía, no bastará con leer Rosa Blanda una, dos o más veces; en cada una se descubrirán nuevos valores de la sabiduría en convivio con la imaginación que se descubren y expresan en voz de su autor.
*
Daniel González Dueñas elige tres epígrafes reveladores para su libro. El primero, de Roberto Juarroz, sobre la palabra y su permanencia; el segundo, de Alberto Blanco, sobre la rosa blanda y la poesía; el tercero, de Johan Huizinga, sobre el relato “que se mima o se juega”.
*
Leer Rosa Blanda, releer este libro, es indispensable.
*
***
*
[Texto leído por la autora en la presentación de Rosa Blanda (Ediciones Sin Nombre, col. Los Libros de la Oruga, México, 2009), Casa Refugio Citlaltépetl, julio 21 de 2009.]
*
[Dolores Castro Varela, una de las poetas más entrañables de México, maestra y formadora de varias generaciones de escritores, nació en Aguascalientes. Obtuvo la maestría en literatura española por la Universidad Nacional Autónoma de México y cursó estudios de estilística e historia del arte en la Universidad Complutense de Madrid. Formó parte del grupo Ocho Poetas Mexicanos junto con Alejandro Avilés, Roberto Cabral del Hoyo, Rosario Castellanos, Efrén Hernández, Honorato Ignacio Margaloni, Octavio Novaro y Javier Peñalosa Calderón. Ha recibido numerosos reconocimientos, entre ellos el Premio Nacional de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz. En abril de 2008 recibió el homenaje que el Instituto Nacional de Bellas Artes le dedicó por sus 85 años. Tiene una novela, La ciudad y el viento (1962) y es autora de poemarios antologados en ¿Qué es lo vivido? (1980), Las palabras (1990), Poemas inéditos (1990), No es el amor el vuelo (1995) y A mitad de un suspiro (2009).]
*
*

domingo, 19 de julio de 2009

Un fragmento de Rosa Blanda

DGD: Textiles-Serie roja 24, 2009
*
Las brujas sonríen. Cuando son niñas, árboles, piedras perdidas en los caminos, cualquiera puede pasar al lado de una bruja e ignorarla, pero nadie que vea esa sonrisa quedará intacto. Cuando una bruja es su sonrisa, el mundo entero se detiene, estremecido hasta la médula de los huesos.
*
(Sí, digo bruja y a pesar de todo no puedo evitar un rastro de vergüenza, como si hubiera deslizado un ratón en un solemne concurso de felinos. En cuanto a ciertos brincos metálicos parecería inútil haberte conocido: digo “bruja” y es como si en la sopa hubiera caído una mancha de tinta, como si el conserje comenzara a lanzar baldes de agua y a lavar el escenario en pleno concierto sinfónico.)
*
Que las brujas asuman cualquier forma es una leyenda veraz pero inexacta: en realidad les resulta muy arduo no ser todas las cosas, y en ello interviene menos la voluntad que la intuición. Tú misma, en la ira o en el abandono, distraída de tu forma, comenzabas a deslavarte, tu cuerpo se deshacía en copos brillantes que se me pegaban a la piel: tocarte era internarse en algodón deshilado, en nostalgias dispersas, en transparencias superpuestas, la otra cara del deseo. Hacerte el amor era obligarte a regresar a la forma, reintegrar esa grieta que se había abierto de pronto en mitad de nuestra cama, por donde asomaban las estrellas.
*
***
*
[De Rosa Blanda, Ediciones Sin Nombre, col. Los Libros de la Oruga, México, 2009. Distribuidor: Casa Juan Pablos. ventas@casajuanpablos.com. // Página web de Ediciones Sin Nombre: Ana María Jaramillo. anajarami@hotmail.com. Ventas en línea.]
*
*

miércoles, 8 de julio de 2009

Abismos

DGD: Textiles-Serie blanca 5, 2008
*
a Santiago Bao, poeta onírico*
*
Cada noche de mi vida caigo en el gran engaño, el mismo, una y otra vez: lo que estoy viviendo es real, irrefutablemente real..., hasta el instante en que aquello que he vivido se revela como un sueño.
*
De nada sirve que lo haya experimentado cientos, miles de veces: cada ocasión es la primera porque esa realidad onírica —tan intensa, tan real— borra, así sea provisionalmente, la memoria de toda otra realidad.
*
La clave radica en que entonces yo ignoro que se trata de algo “provisional” y no sé que pueda existir “otra” realidad. (Pero existe, y no una sino innumerables: esa es la primera enseñanza.)
*
Si conservara la memoria, me diría “esto es un sueño” y no lo tomaría en serio; sin amnesia lo viviría como un simulacro, una farsa, un mero juego de la mente. Pero si soy engañado con tal eficacia, si cada noche el sueño me prueba su altísima realidad, ¿es acaso para que, durante el día, la vigilia me pruebe su abismal irrealidad?
*
Tengo memoria diurna: cuanto estoy despierto, recuerdo el día de ayer. Tengo amnesia nocturna: cuanto estoy dormido, no recuerdo ningún otro sueño y ni siquiera haber soñado (sí, a veces en sueños reconozco rostros, sitios y paisajes, me digo ya he estado aquí; a veces incluso me quedo dormido y hasta sueño, pero todo eso no hace sino intensificar y reunificar la realidad de lo que vivo). ¿En qué forma dependen, una de la otra, esa memoria que aparenta continuidad y esa amnesia discontinua?
*
¿Cuántas cosas olvido provisionalmente en la vigilia y a dónde van esos olvidos? (Pienso en el parpadeo, esa noche instantánea e inadvertida que refresca los ojos y la mente, y que rompe desde dentro lo que yo me obstino en creer que es una percepción continua sobre el mundo.)
*
¿Cuántas cosas recuerdo en el sueño y dónde se acumulan tales recuerdos? (Pienso en esas certezas inauditas que de modo abrumador y fragmentario brotan en los sueños y que parecen testimonios de otra continuidad, y acaso de un mundo en donde todo es simultáneo.)
*
No importa cuántas veces he sido engañado por el sueño: de nueva cuenta despierto entre alaridos y manotazos. Pero despierto, por unos instantes, lúcido.
*
Mientras tanto, las pruebas diurnas de la realidad del mundo se suceden insidiosas aunque una sola habría sido suficiente. Esa monotonía termina por arrullarme.
*
De noche se me engaña para despojarme de toda posibilidad de comparación: la realidad que vivo en los sueños es absoluta y única. De día soy capaz de recordar que he soñado y de comparar esa realidad nocturna con la diurna. Es sólo por esta comparación que la realidad soñada se vuelve relativa y abstracta, mientras que la realidad diurna (por si hicieran falta más “pruebas”) se torna a su vez absoluta y única.
*
La solidez del día depende de volver insustancial la solidez de la noche.
*
¿Quién engaña con tan recurrente perfección, puesto que cada sueño elimina el recuerdo de los engaños anteriores?
*
¿Y quién acumula “pruebas” de la concreción de la vigilia? Yo no pido esas evidencias, y de hecho me aletargan, puesto que cada una es la repetición al infinito de la misma evidencia.
*
Con qué facilidad el sueño elimina a la vigilia y también a los sueños anteriores: no podría ser engañado si supiera que estoy dormido.
*
Con qué dificultad la vigilia intenta parecer continua, cuando es rota de tanto en tanto por esos fragmentos nocturnos de realidad irrefutable.
*
Sin embargo, no sabría qué tan real es el sueño (o el engaño) si no despertara a continuación.
*
Y no sabría qué tan irreal es la vigilia (y qué tan engañosas son sus pruebas de realidad) si no me deslizara irremediablemente al sueño a cada tanto.
*
El engaño me sacude. La prueba me adormece.
*
El sueño no prueba nada. La vigilia engaña.
*
La noche muestra y demuestra. El día acumula simulacros. Y lo único irrefutable es el abismo.
*
¿Cuál es el verdadero engaño? ¿Por qué una supuesta memoria de lo “real” depende de una rotunda amnesia de lo “irreal”?
*
¿Es que de noche debo olvidar que estoy dormido para ser capaz de recordar, durante el día, que no estoy despierto?
*
*

domingo, 28 de junio de 2009

De Descaro de la máscara

DGD: Redes 123, 2009
*
Vivir como si alguien te estuviera recordando
como el mejor recuerdo de su vida.
Vivir como si alguien te estuviera recordando.
Vivir como si alguien.
*
*
*
Los que ven lo que sucede.
Los que preguntan para ver qué sucedió.
Los que hacen suceder para ver.
*
*
*
Saber esperar.
Todo lo que vale la pena está aquí y ahora.
Este es el instante.
Este es el presente.
Pero tarda en llegar.
*
*
*
El cantor canta
sabiendo que canta.
El trovador canta
sabiéndonos canto.
*
*
*
Lo que sucede es lo que pasa.
Lo que permanece
es lo que no sucede.
*
*
*
Te veo de frente.
Pero no te veo porque estoy de frente.
Estoy de frente porque te veo.
*
*
*
Para ir hay que haber llegado.
La superficie
es el canto de las profundidades.

*

Un amor en el que dos sabidurías inocuas
se vuelven una ignorancia capital.

Un amor para ver de cerca
lo más lejano.

Un amor sin violetas oscuras.
Un amor de girasoles.

*

Eso que tú eres
cuando duermo.

Eso que me haces ser
cuando te ocupas
sólo de ser tú.

Eso a lo que tú y yo
hacemos el amor
cuando hacemos el amor.
*
***
*
[De Descaro de la máscara, Instituto Sonorense de Cultura, V Juegos Trigales del Valle del Yaqui, Hermosillo/Ciudad Obregón, 1997.]
*
*

martes, 16 de junio de 2009

El traje desnudo y la desnudez vestida (Una visión femenina de la otredad)

DGD: Serie de la piel 64, 2009
*
La más antigua añoranza del arte es lo otro. En cuanto un individuo se pregunta por lo que hay más allá, por lo intensamente distinto de sí mismo, se convierte en Uno. Dicho de otra manera, el Otro crea al Uno; la Otredad es la madre de la Unicidad. La excepción crea a la regla. Y desde siempre, las reglas aprendieron a servirse de las excepciones para tomar de ellas su poder.
*
En el arte narrativo, lo diferente a la media, lo lejano al promedio, lo alternativo, se esconde. Su motivo más obvio es la monstruosidad: Quasimodo, Frankenstein, el Fantasma de la Ópera viven en la oscuridad y en el exilio. La monstruosidad es tolerada a veces cuando se le convierte en espectáculo, como en las ferias, circos y carnavales. Pero a fin de cuentas, estos otros han nacido de los unos, son sus “puestas en extremo”, sus excesos y, en secreto, sus espejos más inmediatos.
*
La otredad es en sí un concepto elástico, mutante, dependiente de contextos siempre móviles. El adulto ve al niño como el otro (y viceversa), el joven al anciano, el hombre a la mujer, el heterosexual al detentador de sexualidades alternativas, el anglosajón al de raza negra, el culto al iletrado, el del presente al del pasado, el sano al enfermo, el cuerdo al demente, el rico al pobre, el europeo al americano, el católico al budista..., pero en ciertos contextos todas esas facetas se funden a su vez en una Unicidad, por ejemplo cuando la humanidad en conjunto se pregunta por otras posibles formas de inteligencia/existencia, ya sean naturales (los mundos mineral, vegetal y animal), sobrenaturales (fantasmas, seres de otras dimensiones), religioso (lo divino, lo numénico, lo diabólico), cósmicas (el extraterrestre) o incluso cibernéticas (el androide, la computadora).
*
En un cierto instante, el propio individuo se vuelve otredad de sí mismo, a través de su memoria, de sus propias zonas oscuras, de sus extrañamientos mayores. Jekyll contempla a Hyde; Hyde contempla a Jekyll. Este extrañamiento a veces se llama filosofía, a veces metafísica, a veces fantasía.
*
Los géneros narrativos más aceptados tienen también formas aceptadas de investigar a la otredad. Son ante todo los “subgéneros” aquellos que se atreven a asumir las formas menos aceptadas. Y uno de ellos, la ciencia-ficción, no sólo se atreve sino que su ser mismo está en imaginar a lo otro como no está permitido, e incluso como nadie es capaz de imaginarlo.
*
Es precisamente en este ámbito que se refugia la escritora Carol Emshwiller (1921) para escribir un breve cuento que en su momento fue recibido con estupefacción y luego fue minuciosamente olvidado. “Sexo y/o el señor Morrison” (1967) reúne todas las detonaciones y las multiplica desde el momento en que añade el más riesgoso de los territorios: la teoría de género.
*
En un tono sui generis cuya extrañeza recuerda a las mejores atmósferas de Clarice Lispector y Felisberto Hernández, Emshwiller se sirve de una narradora en primera persona que vive sola en un departamento neoyorkino cercano a Central Park y que se dedica a investigar cada paso de su vecino, el enigmático, solitario y obeso señor Morrison.
Su habitación está situada directamente sobre la mía, y él es demasiado grande para ser un hombre silencioso. La casa gime con él y retumba cuando salta fuera de la cama. El suelo cruje bajo sus pies. Incluso las paredes tiemblan y caen los trozos de pintura seca. Pero a mí no me importa el ruido. Gracias a él puedo seguirle la pista. A veces imito sus movimientos desde mi apartamento. De la cama a la cocina, pasos, de la cocina al lavabo y otra vez de vuelta. Lo imagino ahí, en zapatillas. Lo imagino. Imagino cómo mete sus enormes piernas en los pantalones, anchas como las de un dios (porque ningún hombre normal puede tener unas piernas como esas), esas piernas que se introducen en unos pantalones grandes como cuevas.[*]
La narradora experimenta hacia el esquivo Morrison una fascinación creciente, y esta fascinación muy pronto deja el terreno de lo previsible: “Deténganse a pensar sólo una cosa. Hay solamente dos sexos y cada uno de nosotros pertenece a uno de ellos, y sin duda —o al menos es lo más probable— cada uno sabe algo acerca del otro. Pero pudo ser ahí en donde yo cometí mi error: ¿nunca han pensado ustedes...? Bueno, eso que yo comencé a pensar: ‘Ha de haber Otros entre nosotros’”.
*
La narradora se dedica, pues, a encontrar el rastro de los Otros, es decir de aquellos que viven escondidos o camuflados, precisamente porque no son ni hombres ni mujeres y tampoco lo que eufemísticamente se llama “tercer sexo”, porque esto, en última instancia, sólo se entiende como una combinatoria de los otros dos sexos/géneros (ya el mero hecho de llamarlo “tercero” es confirmar la regla de los “dos” y mantenerla precisamente como paradigma, ley binaria, mandato divino, dogma, estereotipo, etcétera). La narradora de este cuento sospecha, pues, que el señor Morrison no es uno de los “Normales” sino precisamente uno de esos silenciosos y obliterados “Otros”, un ser radicalmente distinto, humano pero otro, y cuya sola presencia (e incluso la mera hipótesis, la sospecha imaginativa) arroja una luz violenta sobre la exclusividad de los “dos” (la “exacta modularidad” queda cuestionada por un elemento supernumerario en la ecuación).
*
Dispuesta a jugarse el todo por el todo, la narradora se oculta en el departamento de Morrison (ella es pequeña y delgada) y lo espera durante lo que parece una eternidad. Finalmente el individuo llega y luego de un rato se desnuda, de espaldas a su trémula contempladora:
Me quedo hipnotizada. Es imposible descubrir el color de su piel, como sucede con los ojos verde-azulados y con el océano. Es bronceado, rosado, oliváceo, rojizo y a veces cubierto de un vello gris elefante. Sus ojos han de estar acostumbrados a multiplicidades como aquellas, y a plétoras, conglomeraciones, a una opulencia de sí mismo, a una exuberancia desmedida, a lo universal, a lo astronómico.
Mientras lo contempla, la narradora se vuelve Una: “No cabe duda de que él es como un iceberg, sumergido en sus siete octavas partes”. Finalmente el hombre se vuelve y ella lo contempla de frente: “Pero ahora lo veo. Ahí, la piel cuelga en pliegues fláccidos, blandos, y hay un pequeño círculo color cobre como una moneda de cincuenta centavos. Hay un agujero en el centro, verdoso en los bordes. Eso debe ser una especie de ‘traje desnudo’, y sean los que fueran los órganos sexuales, han de estar ocultos tras esa caliente y abolsada imitación de piel”.
*
Esa expresión proviene de un momento anterior en que la narradora asiste, en una matiné, a una puesta en escena de La consagración de la primavera por el Royal Ballet. “Y se me ocurrió entonces... Bueno, ¿qué pensarían ustedes si los vieran enfundados en unos trajes que simulaban ser la piel desnuda? ‘Trajes desnudos’, los llamé. Y toda aquella gente bien vestida, culta, aplaudiéndoles, aceptándolos pese a que sabían perfectamente bien..., como una especie de Traje Nuevo del Emperador a la inversa”.
*
En efecto, en el cuento de Andersen el traje del Emperador es una “desnudez vestida”, puesto que el monarca va desnudo y ha sido persuadido de que lleva un vestuario opulento; de igual modo, todos los súbditos adultos se obligan a “ver” ese ropaje imaginario. A la inversa, las mallas y leotardos de los bailarines del ballet responden a la convención civilizada de la desnudez, puesto que el cuerpo desnudo es socialmente intolerable (he ahí la otredad física: el propio cuerpo, que sólo puede ser visto sin atavíos en determinadas situaciones que la sociedad sanciona con especial cuidado).
*
La narradora, pues, contempla a Morrison, y éste la descubre en su escondite; ambos se miran en total inmovilidad durante un instante fuera del tiempo. Entonces la narradora huye a su propio departamento y se queda en espera de que Morrison se presente ahí. Ella sabe lo que dirá a este individuo en cuanto llegue a buscarla:
Te amaré, seas quien seas. (¿Cómo hace una para conocer esas cosas cuando todo está oculto?) Diles que nosotros aceptamos. Diles que son los trajes desnudos los que resultan feos. Aceptamos sus colgantes, sus arrugas, sus redondeces, sus bultos y jorobas, todo lo que sea. Sus curvas, fibras, gusanos, botones, higos, cerezas, pétalos de flores, sus pequeñas y suaves formas de sapo, sus lenguas de gato o sus colas de ratón, sus ostras, su único ojo entre las piernas, sus culebras, sus caracoles, todo lo aceptamos. Creemos que la verdad es digna de adoración.
El cuento cierra con estas frases: “Pero qué silencio tan prolongado. ¿Dónde está? Porque él debe (¿o no?) venir por mí después de lo que he visto. ¿Pero a dónde ha ido? Tal vez cree que he cerrado mi puerta con llave, pero no lo he hecho, no lo he hecho. ¿Por qué no viene?”.
*
Acaso porque el camino del extrañamiento de la narradora no se detiene en el Otro que es Morrison; poco antes del desenlace (que no lo es, puesto que el texto queda tan abierto como su propia entrevisión), la narradora había alcanzado una nueva iluminación: “debo admitir que tal vez estoy tan lejos en la escala de mi humanidad como él en la suya”.
*
Ella descubre en sí misma la semilla de la otredad. No es una Normal, sino uno de los Otros. Acaso Morrison no llegue porque su vecina es tan Otra para él como ambos para los Normales. Y he aquí lo que este cuento tiene de sexología posmoderna avant la lettre: quizás Morrison no la busque porque todos y cada uno de los seres humanos (llámese Normal u Otro) es un sexo/género y una sexualidad en sí mismo. Acaso los Normales no existen y todos son Otros escondidos por temor a una “ley” que a fin de cuentas resulta convencional e ilusoria.
*
O acaso no llegue porque ya está ahí, como el Otro en el Uno.
*
La calidad subversiva de este cuento sólo puede compararse con aquella concisa pregunta que Ursula K. Le Guin colocaba como título de un ensayo: “¿Es necesario el género sexual?”. Emshwiller no llega a hacerse esta pregunta, pero la sustituye por otra análoga y no menos arquetípica: ¿es sencillamente la Otredad el modo en que Unicidad se investiga a sí misma?
*
Sin duda existe una literatura femenina, a veces escrita por mujeres, a veces por hombres (y quizás, de cuando en cuando, por individuos silenciosos, cuidadosamente camuflados: los Otros), y su existencia queda demostrada cuando incluye preguntas como la que se hace la narradora de “Sexo y/o el señor Morrison”: “¿Cómo hace una para conocer esas cosas cuando todo está oculto?” (y, sobre todo, cuando las responde no de modo racional sino a través de una tal organicidad en la mirada).
*
Carol Emshwiller ha cumplido el prodigio de reflejar una verdadera extrañeza, y no, como es usual, una mera extrapolación más o menos rutinaria tendiente a construir una “excepción” verosímil cuyo único objetivo es “confirmar la regla”. En otras palabras, ha conseguido el milagro de transmitir una verdadera desnudez y ya no sólo el civilizado “traje desnudo” o la convencional “desnudez vestida”. De ahí que su pregunta ulterior sea tan subversiva: ¿qué tan lejos estamos todos en la escala de la humanidad?
*
***
*
Nota
*
[*] Carol Emshwiller: “Sex and/or Mr. Morrison”, en Harlan Ellison (ed.): Dangerous Visions, Doubleday, Garden City (NY), 1967. También recopilado en Pamela Sargent (ed.): Women of Wonder, Vintage, Nueva York, 1974, y en Lisa Tuttle (ed.): Crossing the Border: Tales of Erotic Ambiguity, Gollancz, Londres, 1998. [“Sexo y/o el señor Morrison”, en Mujeres y maravillas, Bruguera, Barcelona, 1977; traducción de Manuela Diez.]
*
*
*

sábado, 6 de junio de 2009

Buñuel: una escala en la percepción humana

DGD: Figura 14, 2001
*
Hacia el final de La Vía Láctea (1968) de Luis Buñuel, Cristo —personificado por Bernard Verley— reintegra la vista a dos mendigos ciegos de nacimiento. Éstos, maravillados, agradecen el don que aparentemente comienzan a disfrutar; sin embargo, uno de ellos se distrae y, a pesar de su “curación”, dice: “Acaba de pasar un pájaro; lo reconocí por el ruido de las alas”. Refiriéndose a esta secuencia (inspirada en el Evangelio de San Marcos, 5:43 y 9:27-31), Buñuel especula: “Puede haber visto realmente pasar al pájaro, pero si antes no veía, ¿cómo sabe que es un pájaro? Por el ruido de las alas”.[1]
*
Cuando los mendigos siguen a Cristo y los apóstoles, de todas maneras caminan guiándose por el tentaleo de sus bastones, como si no vieran. La cámara sigue sus pies: el seco lecho de un riachuelo los detiene. Con movimientos trémulos, los bastones palpan esa irregularidad del terreno: los hombres se hallan incapacitados para codificarla por medio de la visión. Un mendigo consigue pasar a tropezones, casi por casualidad; el otro —continúa Buñuel— “tal vez sigue estando ciego, pero no quiere desilusionar a Cristo. Lo más probable, sin embargo, es que todavía tiene reflejos de ciego y no se acostumbra a su nueva situación. Además no sabe, visualmente, cómo es un hoyo o una zanja”.
*
Sin requerir la intervención del raciocinio demarcador, el episodio final de La Vía Láctea alude a una de las más arduas controversias en la historia de la filosofía: el proceso por medio del cual la experiencia de los sentidos, la interrelación de sus respectivas informaciones, se convierte en conocimiento de la realidad. ¿Permanecerían intactas las más asentadas certezas, las más “evidentes” versiones del mundo si el hombre accediera a un nuevo sentido?
*
Salvador Elizondo menciona una carta escrita por el físico y filósofo dublinés William Molyneux (1656-1698) en que se plantea el álgido interrogante: “Supongamos un hombre nacido ciego y llegado a la edad adulta, que por el tacto ha aprendido a distinguir entre un cubo y una esfera hechos del mismo metal. Supongamos luego que el cubo y la esfera se colocan sobre una mesa y que al ciego se le da la vista; la pregunta entonces es la siguiente: ¿podría este hombre únicamente por la vista, antes de tocar los objetos, distinguir cuál es la esfera y cuál es el cubo? [...] El agudo y juicioso demandante contesta que no, pues aunque ha obtenido la experiencia de cómo la esfera y el cubo afectan su tacto, no así por lo que respecta a la visión recién adquirida”.[2]
*
La Vía Láctea reúne todas sus descolocaciones en un supremo instante: el ciego “curado” ve la zanja pero no la mira. El nuevo sentido es incomprensible. Poco antes y apenas recibido el misterioso don, este hombre se ha vuelto hacia el Mesías para preguntar con un cierto tono de reproche: “Hijo de David, enséñame dónde está el color blanco, dónde el negro”. Por toda respuesta, Cristo ha sonreído y reanudado su sermón al tiempo que prosigue la marcha y atraviesa la zanja que durante un momento crucial detendrá al mendigo cuya exigencia es saber. La súbita visión es un misterio desbordante: el depositario del milagro sigue siendo ciego y quizá lo es ahora por partida doble.
*
Lo que este mendigo pide a Cristo es que le ofrezca la compleja educación perceptual que la sociedad da a los niños en sus primeros años: “así se ve el blanco”, “este es el sonido de la lluvia”, “así huele una rosa”, “de este modo sabe una manzana”, “esta es la aspereza de una roca”, etcétera. La clave está en la liga establecida entre los conceptos y las sensaciones. No parecen faltar motivos a este hombre para su desconcierto: ¿por qué el milagro no implica la cesión del código para entenderlo? La sonrisa del Mesías acaso lo insta a encontrar por sí mismo las nuevas relaciones entre lo verbal y lo sensorial. Un nuevo sentido ha cambiado de golpe todas las anteriores definiciones convencionales (todos los así es).
*
Plasmando el enigma sin violentarlo, Buñuel toca uno de los más oscuros territorios de la experiencia humana. Parábola sin exégesis, adivinanza exacta y abierta, numerosas zanjas habrá en su obra colocadas entre sujeto y objeto, entre el deseo y su realización, entre el fruto y los labios. Si el sistema perceptual del mendigo paralizado ante el obstáculo ulterior se conmociona ante un quinto umbral impredecible, ¿los cinco sentidos de un hombre “normal” sufrirán idéntico impacto al dar un paso más en la escala? Y esta apertura, ¿puede ser considerada no tanto el advenimiento de un sexto sentido como los ya existentes liberándose?
*
El individuo que intuye en su percepción de la realidad un estorbo creado por el andamiaje racional, ¿será derrotado por el ensanchamiento de la conciencia? Fiel a sí mismo, Buñuel no responde. Sin embargo, la escena que selecciona es, como siempre, exacta en su ambigüedad: luego de una tensa vacilación, el mendigo de La Vía Láctea supera el obstáculo y continúa caminando. La cámara no lo sigue y permanece fija en la imagen de la zanja. Sobre este plano, el último de la película, desfilan los créditos finales.
*
El espectador ya no sabe “a ciencia cierta” qué sucede en seguida, pero sí tiene una certeza: a esos hombres ya no les bastará con cerrar los ojos para huir del nuevo sentido y sus horizontes. Esa adquisición actúa de forma retroactiva en cada uno sobre sus cuatro sentidos anteriores que falsamente parecían un todo. El ciego ya ve y continúa ciego, y exige saber; pese a que en apariencia lo tiene todo en contra y por ello se aferra a su antiguo mundo táctil, logra pasar la zanja y sigue adelante, dueño de su libertad.
*
De un modo muy curioso, cierto pensamiento herético define el episodio bíblico en que se basa el final de La Vía Láctea como “el falso milagro de Cristo”: según esa versión, no hubo tal milagro y los mendigos nunca dejaron de estar ciegos. Ante La Vía Láctea, algún sector ilustrado de la crítica afirma que Buñuel, al recoger este episodio, coloca el acento en esa sospecha de un “falso milagro”; la prueba exhibida por estos críticos es justamente la actitud esquiva que Cristo mantiene durante la secuencia, como si intentara ocultar a los evangelistas presentes el fracaso en su propósito de devolver la vista a los mendigos. Mas antes de reducir las “intenciones” del cineasta a un pueril esfuerzo por demostrar que hubo o no un milagro, conviene confrontar el final de La Vía Láctea con unas líneas escritas en 1782 por el Marqués de Sade bajo el título “Pensée”:
¡Qué despreciables serán nuestras leyes, nuestras virtudes, nuestros vicios, nuestras deidades, a los ojos de una sociedad cuyos miembros tengan dos o tres sentidos más que nosotros, y una sensibilidad que duplique la nuestra! ¿Por qué? Porque esta sociedad sería más perfecta, más cercana a la naturaleza. De ahí que el más perfecto ser que podamos concebir diste enormemente de nuestras convenciones: este ser las encontrará completamente despreciables, del mismo modo en que nosotros calificamos las convenciones procedentes de sociedades inferiores a la nuestra.
En la ambigüedad que Buñuel afirma poseer de modo consustancial puede también asumirse literalmente la metáfora del final de La Vía Láctea: el arribo de un nuevo sentido no haría que el hombre viera a Dios sino que se viese a sí mismo inmerso en el misterio integral.
*
Quizá las versiones heréticas sobre el “falso milagro de Cristo” tienen en este específico caso una función extra-religiosa: negar que exista una escala en la percepción humana y, sobre todo, negar la posibilidad del salto hacia un punto superior. Los mendigos deben continuar ciegos para que continúe ciega toda lectura simbólica, toda apertura de la conciencia. Porque en La Vía Láctea acaso no interesa a Buñuel demostrar si hubo o no milagro sino intuir que éste sea posible.
*
El considerar esa mera posibilidad encierra una carga subversiva de una magnitud insospechada, y tanto, que pasó casi desapercibida en el estreno de La Vía Láctea y en su posteridad crítica. Incluso no la notó un autor tan contestatario e inconforme como Julio Cortázar —gran amigo de Buñuel—; aun el autor de Rayuela, tan abierto a las posibilidades inauditas, rechazó la película en bloque con alguna iracundia (divertido, Buñuel narra en sus memorias el comentario que hizo Cortázar, según el cual La Vía Láctea parecía “pagada por el Vaticano”). A lo largo de su obra, Buñuel nunca “demuestra”: le basta con exponer, a través de su insobornable respeto al misterio. En modo alguno resulta gratuito que consagre ni más ni menos que el desenlace de esta cinta —que es una colección de herejías contempladas con ironía surrealista— a esa escena de los Evangelios. Sería pueril que hubiera decidido cerrar el filme con una simple demostración de un “falso milagro” de Cristo; si elige el episodio de los dos ciegos para enfatizarlo como corolario del filme entero, es por un motivo más intenso y más profundo.
*
Las implicaciones de la última secuencia de La Vía Láctea se disparan en todas direcciones y en todos los territorios; si, por ejemplo, uno quiere mantenerse en el terreno teológico, Buñuel sugiere lo que bien podría ser leído metafóricamente como una enseñanza cifrada por el Mesías, un mensaje en código que él deja también apenas sugerido (pero de modo igualmente enfático): la posibilidad de que existe una escala en la percepción humana. Por qué la Iglesia está implícitamente en contra de esa idea (herejía de herejías) se explica por el dogma según el cual Dios crea al hombre a su imagen y semejanza, de donde se desprende otro dogma: no hay “más” que los cinco sentidos. Atribuyendo una pentasensorialidad a Dios (o bien implicando que la percepción del Ser Supremo “se traduce” en los cinco sentidos de la criatura humana), el dogma infiere que las criaturas perciben el universo tal como éste “es”. Buñuel, gran lector de Sade y primordial surrealista, concluye La Vía Láctea con una de las posibilidades más subversivas de la historia del cine (y de la cultura entera): la sospecha de que los cinco sentidos son apenas el principio de una escala acaso interminable.
*
***
*
Notas
*
[1] Luis Buñuel entrevistado por José de la Colina y Tomás Pérez Turrent, en Prohibido asomarse al interior, Joaquín Mortiz/Planeta, México, 1986.
*
[2] Salvador Elizondo: “El problema de Molyneux”, en Contextos, SEP/Setentas, México, 1973. Este ensayo menciona el volumen Eye and Brain: The Psychology of Seeing (1966), en donde Richard L. Gregory registra desde el año 1020 unos sesenta casos de adquisición de la vista en ciegos de nacimiento y afirma que en la mayoría de los casos esta vivencia exige una readaptación perceptual tan desmedida que muchos de estos individuos caen en la demencia o en el suicidio. (Cf. la edición actualizada: Princeton University Press —Princeton Science Library—, Princeton, 1997.)
*
***
*
[Fragmento de Luis Buñuel: la trama soñada, Cineteca Nacional, col. Ensayos, México, 1993. Edición agotada.]
*

*

sábado, 30 de mayo de 2009

Creer

DGD: Paisajes-Serie del otoño 1, 2008
*
Y qué ardua faena creer.
*
Todo es posible menos la fe.
No creer en la fe:
creer, simplemente,
como el pez en el agua,
que también es su conciencia;
*
creer,
como el manantial que lanza a los bosques
al venado, su reflejo impredecible.
*
Nadar en la conciencia,
luna en un charco de lodo:
creer.
*
Uno se cree:
se mira y se cree;
se cree la cara que se mira.
Y así andamos,
creyéndonos,
creyendo que uno se cree,
mirando que los demás se mueven
—se creen—.
*
Nos movemos,
y de ahí el problema:
el exceso de fe:
ni buena ni mala.
Día tras día,
uno cree en el espejo en que se mira.
*
Sí, a veces hay la duda:
creemos a ratos en la duda,
pero siempre algo nos distrae
a tiempo
y uno sigue creyéndose.
*
La búsqueda de Dios,
entre otras cosas,
es también una forma
de restarle fe al mundo,
de hacer que un día
las montañas muevan a la fe:
a ver
si de una vez por todas
por fin comienza
la Creación.
*
***
*
[De Apuntes para un retrato de Alejandra, Departamento de Bellas Artes de Jalisco, Col. El Granado, Guadalajara, 1987. Edición agotada.]
*

*

jueves, 21 de mayo de 2009

Ciencia-ficción y adolescencia

DGD: Textil 99, 2007
*
1. La conciencia marginal
*
Contra las versiones más comunes, la ciencia-ficción no es hija de la tecnología, o al menos no de una manera primordial o exclusiva. Nace, ante todo, de una necesidad de distanciamiento. Como ningún otro género, se aleja en el tiempo, el espacio, o ambos, para buscar una perspectiva desconocida. De ahí que se le haya llegado a denominar “género escapista”. Y es que ella, en cualquiera de sus vertientes, tiene como destino centrarse en las zonas inciertas: gracias a su posición marginal ante los territorios llamados “serios”, dispone de una serie de licencias inconcebibles en otros géneros. Estas licencias resultan asimismo su mayor desventaja: al equipararla menos a la gran literatura que al cómic y a los productos de la “subcultura”, comúnmente se pasa de largo ante sus obras clave. Fomentado por sus propios escritores, avanza el prejuicio bajo el cual la lectura de ciencia-ficción se desdeña ante las obras paradójicamente calificadas como de “gran vuelo”.
*
Kurt Vonnegut Jr. (autor de extraordinarias novelas del género, entre ellas Las sirenas de Titán —1970—) enuncia el fenómeno por medio del cual el género que por excelencia detona los sobreentendidos, resulta a su vez víctima de ellos:
*
Aparentemente, una persona se mete en ese cajón de archivo titulado “ciencia-ficción” al percatarse de la tecnología. Persiste la suposición de que nadie puede ser un escritor respetable y comprender, al mismo tiempo, cómo funciona un refrigerador, del mismo modo que un caballero no usa un traje marrón en la ciudad. [...] Pero de cualquier manera existen aquellos a quienes les encanta estar clasificados como escritores de ciencia-ficción, aquellos que se alarman ante la posibilidad de que quizás algún día serán reconocidos como simples y ordinarios escritores de cuentos y novelas que mencionan, entre otras cosas, los logros de la ingeniería y la investigación científica. [Guampeteros, fomas y granfalunes, 1974.]
*
En una gran mayoría de los casos, la acusación de “menor” o de “escapista” acierta. Uno de los más destacados autores de este rubro, Theodore Sturgeon, aporta una sentencia tajante: sólo un cinco por ciento de este género puede usar el nombre ciencia-ficción si se aplican sus definiciones más esenciales: el resto, ese 95 por ciento, es basura. La “ley de Sturgeon” parece justificar, pues, el desdén generalizado hacia la ciencia-ficción; sin embargo, aunque tal ley es cuantitativa, busca lo cualitativo. Es cierto que un juicio similar podría aplicarse a cualquier género, mas en ningún otro el área parásita es tan grande: la ley de Sturgeon no significa que el noventa y cinco por ciento restante sea necesariamente desdeñable a priori, sino ante todo señala la prerrogativa de la ciencia-ficción: su distintivo no es el porcentaje mayoritario y prescindible, sino su emplazamiento marginal.
*
La cortante sentencia de Sturgeon indica que el mero hecho de haberse considerado desde siempre un “subgénero” a la ciencia-ficción, la hizo natural reducto de escritores que no encajaban o no querían insertarse en los marcos oficiales de la hechura literaria. No obstante, esa marginalidad convierte a la desventaja en lo opuesto: el aislamiento se hace foso alrededor del castillo. Curioso fenómeno: a pesar del éxito de las revistas o cómics, el castillo de la “fantaciencia” habría llegado a hacerse inexpugnable —esotérico— de no ser por el auge de la vertiente cinematográfica (que con prioridad recoge los elementos más superficiales, cumpliendo a su vez con el porcentaje demarcado por Sturgeon).
*
Por una parte, el 95 por ciento de la ciencia-ficción provoca que sus obras clave permanezcan en una especie de tierra de nadie; pero ese doble carácter de marginalidad concede al cinco por ciento una visión privilegiada sobre la “corriente principal” (esta última es la denominación que la gente de ciencia-ficción utiliza para referirse a la literatura sin más o, en palabras de Vonnegut, “al mundo fuera del cajón del archivo”). Estar dentro del castillo, bajo la protección de su foso, ofrece una licencia para utilizar con los otros terrenos dramáticos la misma mecánica por medio de la cual el “género anticipativo” es juzgado: no “por encima” sino al trasluz, como desde los bastidores de un teatro. Y a fin de cuentas, ¿la mirada del mito no actúa de forma similar, siempre encontrando la coyuntura, la manera de colarse aun en los recintos más férreamente cerrados —cuya impermeabilidad a lo “nimio” o incluso a lo “irracional” se considera su virtud más ponderable?
*
La ciencia-ficción, hija de la mitología, especula así sobre los grandes temas despojando su mirada de esa solemnidad que la “corriente principal” les adjudica a priori (o al menos reinventando ante lo serio un sentido foso-en-el-castillo que detiene a los elementos convencionales y desarticula las oclusiones). ¿Ventaja o insuperable desequilibrio? Quizás ambos: fuera de los balances instituidos, descentrada, esa óptica avanza por un filo; de un lado quedan los “subgéneros”, la autogratificación, el maniqueísmo y la barata grandilocuencia (el 95 por ciento).
*
Del otro lado (el cinco por ciento), queda el territorio de las esencias: despojada —desde su mismo origen— de las coordenadas convencionales, la ciencia-ficción debe buscar sus propios centros, no dar nada por sentado. Su búsqueda no puede —como otras— evitar lo riesgoso: no le queda más remedio que moverse en una escala que va del salto a la extrapolación, del desarraigo al viaje en las profundidades. No trabaja con hipótesis “aceptadas”: al necesitar el asombro incesante, aprende a encontrarlo en todas partes; al alimentarse de la extrañeza, consigue encarnarla aun cuando no se lo proponga; al “no poder estarse quieta”, reencuentra a veces la danza sagrada.
*
*
2. La adolescencia perpetua
*
Thomas M. Disch, escritor que suele visitar el “subgénero” de la ciencia-ficción, propicia un muy especial punto de vista sobre este fenómeno:
*
En nuestra cultura, la ciencia-ficción se crea básicamente para jóvenes, según se dice, y una cierta cantidad de la CF que se hace tiene que cubrir las necesidades afectivas e intelectuales de los 13, 14 y 15 años. Si no consigue hacer eso como género, entonces no cumple su cuota de mercado. Así que, inevitablemente, la gente que inventó y escribió para Star Trek o hizo fantasía (“espadas y brujería”) se dirigía a ese público, un público que continuamente está renovándose. No son siempre los mismos: la gente joven vive su etapa CF y posteriormente la abandona, cuando llega a la madurez, de modo que una nueva generación de lectores ocupa su lugar. [Entrevista de David Horwich en Strange Horizons, 2001.]
*
Disch se limita a hacer una descripción práctica, en el sentido de que, en esas condiciones editoriales y mercantiles, prácticamente carece de público un escritor que pretendiera inyectar a la c-f contenidos emocionales e intelectuales menos “precarios” (con lo que Disch incurre en la común definición casi etimológica de adolescencia, es decir como la edad de quien “adolece”, la etapa de quien todavía no está “hecho”). Sin embargo, esa observación se vuelve muy reveladora apenas se le practica una lectura metafórica. En primer lugar, ilumina de un modo inquietante el hecho de que el lector medio suele consumir ciencia-ficción en sus primeros años, para luego abandonarla en función de una literatura más “madura” o “seria”. También esta visión “explica” el porqué a veces los escritores maduros de c-f o fantasía son vistos como artistas que parecen “negarse a crecer” a la manera de Peter Pan. Quienes esbozan la parte “psicológica” de esa visión pasan de largo ante una evidencia: el hecho de que ese género se ubica, por definición, en una especie de interregno anterior a la “maduración”, que en términos socioculturales significa el punto en que se dejan atrás los “sueños” para enfrentar la “realidad” (definida por el discurso político). Uno madura cuando abandona las ilusiones.
*
Lo que hay aquí en realidad es el porqué en la c-f hubo una decadencia cuando irrumpió la “nueva ola” y con ella territorios como el del cyberpunk, visión nihilista que se solazó en el desencanto, la rapiña y la corrupción. Disch lo pone nuevamente en términos prácticos:
*
La CF se hundió de forma evidente después de la “New Wave”. Había menos revistas en donde publicar historias. La historia corta era la única manera posible de que un escritor principiante se hiciera conocido, cosa que ahora es mucho más difícil de conseguir. Estuve en la Readercon de Boston y cuando miras al público que se reunía allí, llama la atención lo mayor que es en términos generales de edad. Aunque desde luego, la Readercon se dirige a los lectores en general, más que a la audiencia televisiva que parece ser el centro de la mayoría de las convenciones de CF.
*
A partir de los años ochenta del siglo XX, la c-f “maduró”, es decir se rindió al realismo detrítico que dominaba a todas las áreas artísticas. Abandonó así su territorio más propio, no aquel de la “ingenuidad” (según se le cataloga en comparación con el realismo nihilista) sino el punto anterior a las dicotomías y bifurcaciones impuestas. Si la afirmación de Sturgeon acierta, el cinco por ciento de la c-f (y esto sucede aún más que en la fantasía) representa una adolescencia que aún no se resigna a destruir el gran privilegio de la infancia: la simultaneidad.
*
Porque esta línea de pensamiento, apenas se lleva a sus últimas consecuencias, revela el más profundo rostro de la ciencia-ficción. El niño es un creador: juega, inventa, crea mundos. La c-f no es otra cosa que el más impensado e indirecto cuestionamiento del acto genésico, la más honda (y a veces dolorosa) especulación del hombre como creador. Creador, ante todo, de una otredad que lo supera (la máquina, el androide: la inteligencia artificial), o bien creador de los modos de concebir y representar a esa otredad (el alienígena) que desborda los límites del hombre y con su sola presencia prueba que tales límites son convencionales y falsos. El gran protagonista de la c-f es el hombre como adolescente, es decir como creatura de un universo que a la vez, de un modo misterioso, él está creando. La verdadera ciencia-ficción es la adolescencia en su sentido más creativo: aquella que, por su propia definición, nunca va a renunciar, a resignarse, a madurar.
*
*

viernes, 8 de mayo de 2009

El bien y la amnesia

DGD: Redes 104, 2009
*
En alguna parte Éliphas Lévi afirma que los malos han ganado porque saben hacer el mal, mientras que los buenos pierden porque no saben hacer el bien. Responder tal afirmación es temerario y acaso inútil porque la sabiduría sólo sabe de sabiduría, pero en todo caso se hace necesario a veces, cuando la realidad parece saber de todo menos de sabiduría.
*
Es cierto: quien hace el mal gana porque sabe hacer el mal, pero quien intenta el bien sólo parece perder porque no sabe hacer el bien. Y la respuesta es “simple”: el mal es su propia praxis, mientras que el bien no es otra cosa que no saber hacer el bien. (Si se supiera hacer el bien habría un sistema, y si hubiera sistema el bien sería automáticamente absorbido por el mal.)
*
En cierta forma, el mal puede definirse como experiencia acumulada, mientras que el bien nace a cada instante, amnésico y sin referentes, y se esfuma sin dejar huellas. El que quiere hacer el bien sólo puede amar, por ejemplo, a Francisco de Asís, pero no comprenderlo, no derivarlo a un sistema, a una praxis.
*
En cambio, no puede decirse que haya quien quiere hacer el mal, porque el mal se hace en cualquiera: ya nace hecho, total, consumado. No necesita comprensión: el sistema es la praxis. Quien hace el mal no necesita ninguna referencia, no tiene que “amar” (u odiar) a alguien que haya hecho el mal.
*
El mal es experiencia acumulada, pero no acumulándose: equivale a un sistema cerrado que no puede crecer, perfeccionarse, afinarse. Sólo puede “adaptarse”. El primer acto malvado de la historia es idéntico al último. Nació ya “acumulado”.
*
*
*
El mal no necesita saberse hacer: no hay vocaciones para el mal sino para recibirlo ya hecho, como totalidad. El mal no crece: desde el principio tiene el mismo tamaño.
*
El mal nace ya hecho y completo: quien hace mal hace todo el mal imaginable, el de todo el pasado, el de todo el futuro. (No hay males pequeños.) El bien nace y se esfuma: quien hace el bien no hace sino ese bien concreto y específico que luego de cumplirse se desvanece. (No hay sino bienes pequeños que no pueden sumarse ni acumularse.) Por eso el mal no puede atraparlo.
*
El mal es un hacer, pero el bien es un no saber hacer, un hacer que brota y se extingue sin dejar rastro. Sólo por eso parece que no existe, o que, como decía Antonio Porchia, no es sino “un bello deseo del mal”. Y en otra ocasión el propio Porchia reconoce el poder del bien sin sabiduría: “El no saber hacer supo hacer a Dios”.
*
Francisco de Asís no es una vida: es un cúmulo de instantes de bien que nacen, se cumplen y se esfuman sin necesidad de perduración, de acumulación, de herencia. Y precisamente por eso (y sólo por eso) el bien se hereda. No como herencia o legado (sistema) sino como instante excepcional.
*
El mal se hace; el bien sólo se intenta, se busca a tientas, se realiza a manotazos.
*
*
*
El mal es el mal. El bien es elegir el bien.
*
El mal está en todas partes, como una sombra ya cumplida. El bien es siempre la posibilidad de la luz, sin garantía alguna de que se cumpla.
*
Y sin embargo, el bien se cumple cuando alguien lo elige. Es, acaso, la única elección verdadera, la única que no está pre-determinada por el mal.
*
El bien es elegir la posibilidad imposible.
*
Elegir la posibilidad imposible es la única libertad posible.
*
*
*
El mal gana sólo en ese sentido: parece ser no únicamente un sistema sino “el” sistema, la realidad en sí. Pero es una apariencia que se denuncia a cada instante fugaz en que brota el bien amnésico.
*
El bien es la amnesia. El mal es la memoria que sólo se recuerda a sí misma, pero no como acumulación de recuerdos: lo único que esa memoria recuerda es su forma de recordar.
*
El mal gana si nos convence de que la realidad es un continuo inamovible y condenado. Gana por imponer una apariencia, una ilusión. Y sólo dentro de esa ilusión el bien “pierde”.
*
El mal es el falso mar. El bien es cada gota de realidad.
*
Cada vez que afirmamos la existencia de continuos, de herencias, de fatalidades, hacemos ganar al mal. Cada instante de reconocimiento fulgurante, de belleza excepcional, de humildad, de generosidad, de solidaridad, hace perder al bien un poco menos.
*
*
*
El mal es un “estado”: por eso es íntimamente falso e irreal. El bien es un instante real: por eso no puede ser vencido o sumergido en la irrealidad.
*
El bien no puede saberse hacer: no hay vocaciones para el bien sino para cumplirlo (elegirlo) en un instante fugaz, como milagro sutil e irrepetible. El bien sólo nace y se extingue: tiene cada vez el tamaño de quien lo deja nacer en sí y extinguirse en sí.
*
El mal triunfa en la “carrera larga” porque nos convence de que existen las carreras largas (los progresos, las evoluciones, los desarrollos). El bien es el instante, y ese instante se ubica en el paraíso: no tiene memoria ni ilusiones (sólo por eso parece cumplirse en un pasado que nunca fue presente). Es lo que es, sin ambición de perdurar o de instaurarse. Sólo por eso el bien es lo contrario del poder, y sólo por eso puede más que cualquier poder.
*
El bien se cumple en lo callado, pero no en el silencio.
*
El mal es el ruido. El bien es el intervalo en el ruido: el intervalo que nos permite oír, por un instante casi inexistente, el gran silencio en que el universo nace a cada instante.
*
***
*
[De Libro de Nadie 3, en preparación.]
*
*

jueves, 30 de abril de 2009

Galateanas

DGD: Textiles-Serie blanca 8, 2008

a Paloma, Alondra y Rama

[y a todos los niños que eligieron crecer y madurar
sin perder la mitad simultánea de su naturaleza]
1
*
Luego de terminada
la escultura posa
para que el modelo
esculpa al escultor
*
*
2
*
La mano moldea grifos
y no inventa: recuerda
La piel todo ha tocado
hasta el día del exilio
*
*
3
*
Las gárgolas esperan
a que el libro de piedra
despierte en los ojos
catedrales dormidas
*
*
4
*
La marea terminó
por esculpir la luna
Ciertos seres arriban
tras una larga espera
*
*
5
*
Dos ciudades, dos tiempos
Las estatuas no yacen
Posan con parsimonia
para seres de luz
*
*
6
*
Cuando el viento moldea
los huecos, la escultura
pendiente se reanima
El mundo caracol
*
*
7
*
La selva canta
El silencio puede rastrearse
porque sólo él deja
huellas sonoras
*
***
*
[Del poemario Para reconstruir a Galatea, Universidad Veracruzana, Ediciones Papel de Envolver, col. Luna Hiena, Xalapa, 1989. Edición agotada.]
*
*

jueves, 23 de abril de 2009

Ursula K. Le Guin: “El verdadero viaje es el retorno”

DGD: Paisajes-Serie ártica 32, 2009
*
Ursula K. Le Guin adoptó a la ciencia-ficción como un centro desde donde irradiar, pero su literatura no acepta otra clasificación que la que pueda darse a los más grandes autores de todos los tiempos. Desde el momento en que eligió ese centro hasta el presente, su obra comprende más de veinte novelas, siete poemarios, siete colecciones de relatos, seis libros de ensayo y quince libros para niños y jóvenes, así como algunos espléndidos prólogos (memorable el de The Book of Fantasy, traducción inglesa de la Antología de la literatura fantástica de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo), además de media docena de guiones cinematográficos. Es también traductora, y se le debe una asombrosa versión del Tao Te King (Shambhala, 1997) y de una selección de poemas de su admirada Gabriela Mistral (University of New Mexico Press, 2003).
*
Probablemente ha recibido más premios que ninguna otra escritora: cinco veces el Premio Nebula y otras tantas el Hugo (máximos galardones de la ciencia-ficción), así como docenas de otros reconocimientos que incluyen el World Fantasy Award for Live Achievement (1995) y el Premio Howard Vursell de la Academia Americana de Artes y Letras. En el año 2003 fue la primera mujer en obtener el título de “Gran Maestra” de la SFWA (Asociación de Escritores Estadounidenses de Ciencia-Ficción). El único inconveniente de estos nombramientos es que colaboran a mantener sus libros en un margen de la “literatura sin más”. Su obra en conjunto sería merecedora del Premio Nobel de Literatura si nuestros ojos dependieran menos de deslumbramientos pasajeros y de clasificaciones confinantes (“fantasía”, “ciencia-ficción”). Sin embargo, aun en este caso contemplaría al Nobel como a cualquiera de las otras distinciones que se le han otorgado, es decir, con modestia taoísta: hermosas piedras recogidas en el camino, no el camino.
*
Le Guin nació en Berkeley, California, el 21 de octubre de 1929, hija del antropólogo Alfred L. Kroeber (autor de un buen número de trabajos esenciales sobre las tribus indígenas de California y la costa noroeste de Estados Unidos), y de la escritora Theodora Kroeber Quinn (a quien se deben dos crónicas sobre uno de los últimos sobrevivientes de las poblaciones autóctonas norteamericanas, Ishi, Last of his Tribe e Ishi Between Two Worlds, ambos de 1961). Desde la primera infancia, tanto Ursula como sus hermanos Clifton, Ted y Karl escucharon los cuentos que su padre había recolectado de las tribus del norte de California, y se nutrieron con los mitos y leyendas que su madre amaba, procedentes de todas las culturas.
*
La familia vivía en una casona de madera en Berkeley y pasaba los veranos en un viejo rancho en el valle de Napa. “Durante la segunda guerra mundial”, recuerda Le Guin, “todos mis hermanos ingresaron al servicio y los veranos en el valle se volvieron solitarios, únicamente mis padres y yo en la vieja casa. No había televisión entonces; una vez al día encendíamos la radio para escuchar las noticias de la guerra. Esos veranos de soledad y silencio —una adolescente vagabundeando por las colinas, sin compañía, sin ‘nada que hacer’— fueron muy importantes para mí. Creo que fue entonces que comencé a hacerme un alma.”
*
Uno de sus primeros encuentros decisivos fue con la obra de Rudyard Kipling, de quien aprendió lo que será la esencia misma de su propia escritura: “Kipling es capaz de contar una historia en cuatro o cinco niveles simultáneos”, comentará después. El taoísmo también sería esencial para su visión del mundo. Había aprendido a escribir a los cinco años y en su formación tuvo la suerte de encontrar apoyo y solidaridad de familia y amigos. “Cuando era joven, los pocos escritores mayores que conocí me animaron, y los escritores que cuento ahora como amigos son gente generosa con un fuerte sentido de comunidad. Me mantengo lejos de los escritores que consideran el arte como una competencia para lograr fama, dinero, premios, etcétera. Lo que importa es el trabajo”.
*
En una entrevista del 2008 recuerda: “Ya escribía historias fantásticas cuando tenía ocho años de edad, así que no creo que mis experiencias vitales sean la base de mi forma de escribir fantasía. Simplemente, mi mente funciona así. La ‘razón pura’ es inaccesible para mí; mi razón trabaja a través de la imaginación”.
*
En 1958 ella y Charles A. Le Guin, con quien se había casado en París en 1953, se establecieron en Portland, Oregon, en una casona victoriana situada en Thurman Street, a la orilla de Forest Park —una reserva ecológica en la parte noroeste de la ciudad—, desde donde se tiene una espléndida vista del Mount St. Helens. Medio siglo más tarde sigue viviendo ahí —bien podría decirse irradiando desde ahí.
*
Ella misma establece la diferencia entre los géneros: “En la ciencia-ficción uno no puede atentar contra el hecho científico; si rompemos las leyes de la física, entonces pienso que eso más correctamente debe llamarse fantasía. Siento muy claramente esa diferencia, y más o menos desde 1970 tengo perfectamente claro cuál de las dos estoy escribiendo”. “¿Qué escribe más, fantasía o ciencia-ficción?”, le pregunta el periodista polaco Slawek Wojtowicz. Le Guin responde de un modo que rompe los confinamientos genéricos que ella misma ha parecido respetar en otras entrevistas: “No puedo generalizar de ese modo. Lo que me gusta es un buen libro. No importa si es fantasía o ciencia-ficción. Si es bueno, es bueno. Si no, no lo es”.
*
Para Ursula Le Guin no existe una línea divisoria entre ciencia-ficción y literatura sin más: en uno u otro caso se trata de explorar culturas y el modo en que los hombres inventan sus sociedades y estructuran su realidad. A la manera de Kipling, el género existe en los primeros niveles, pero una vez que se profundiza, los confinamientos se rompen y lo que queda es profundidad en y por sí misma. En el mito, que es el gran territorio de la simultaneidad, no hay distinciones.
*
El prólogo a su primera novela, El mundo de Rocannon (1966) comienza así:
¿Cómo distinguir la leyenda de los hechos en esos mundos tan alejados en el espacio y el tiempo? Planetas sin nombre, a los que sus habitantes llamaron simplemente El Mundo, planetas sin historia en donde el pasado es tema de mitos y en los que un explorador, a su regreso, se halla con que sus propios hechos —realizados unos cuantos años atrás— se han convertido en los gestos de un dios.
El mundo de Rocannon se inserta en un universo ficticio, llamado hainita o del Ecumen, que la autora irá explorando en las décadas siguientes. Aunque Le Guin irónicamente lo llama “mi pseudo-coherente universo con hoyos en los codos”, lo cierto es que su formación antropológica, así como su poderoso sustento mítico y poético, ofrecen al universo ecuménico un sustento pocas veces visto en la llamada ciencia-ficción, en un vasto tapiz que abarca unos 2,500 años en una secuencia que hasta ahora comprende seis novelas mayores, así como varias novelas cortas y relatos.
*
En ese universo se encuentra su primera obra maestra, La mano izquierda de la oscuridad (1969), novela que marcó un hito ante todo por el cuestionamiento que hace de la identidad sexual humana y los tabúes relacionados con ella. Le Guin deconstruye el sentido humano del género sexual; la raza que habita el lejano planeta Gethen (o Invierno) está formada por individuos andróginos, asexuados la mayor parte del tiempo excepto cuando entran en kemmer; entonces adquieren, al azar, unos u otros caracteres sexuales masculinos o femeninos, de acuerdo con el género que haya adoptado previamente la persona con la que se relacionan. Despojados de la fundamental dicotomía humana, su cultura es otra en un sentido pocas veces vislumbrado por la ciencia-ficción. En este caso el contraste se da entre la raza nativa y el protagonista de la historia, un enviado del Ecumen llamado Genly Ai, que es, como todos los terrestres, unisexuado.
*
La obra de Le Guin está hecha de agudísimas preguntas; acaso la más subversiva de todas ellas da título a un ensayo que incluyó en El lenguaje de la noche (1979): “¿Es necesario el género sexual?”. En El cumpleaños del mundo y otros relatos (2002) se incluyen dos textos, “Las costumbres de las montañas” y “Amor no escogido” que, como la anterior “Otra historia” (incluida en Un pescador del mar interior, 1994), postulan el sedoretu, una forma de matrimonio socialmente aceptado que implica no a dos sino a cuatro personas, y que abarca tanto la hetero como la homosexualidad.
*
La autora examina el rubro con que se la ha identificado: “Al principio era una feminista tímida y conservadora. Pero hubo piedras de toque. Una de ellas fue la publicación de la Antología Norton de literatura femenina. Leí cada palabra. Fue una alegría descubrir que podíamos escribir como mujeres y no como ‘hombres honorarios’.”
*
Más tarde Le Guin regresó al universo hainita en la novela El nombre del mundo es bosque (1972), que volvió a ganar el premio Hugo. Lo obtendría de nuevo, y además el Nébula, con la novela considerada su segunda obra maestra: Los desposeídos (1974), que lleva como subtítulo Una utopía ambigua. Todas las dicotomías encarnan en Urras y Anarres (los dos planetas enfrentados en los que se ubica la historia): occidente y oriente, razón e intuición, progreso y simultaneidad, materialismo e idealismo, colectividad e individuo. Y ahí se encuentra el gran diálogo del capítulo 11: “Yo creía saber lo que era el ‘realismo’“, dice un personaje, y otro responde: “¿Cómo puede saberlo, si no conoce la esperanza?”. Esta es la definición de anarquismo que la novela enfoca tan lúcida como desapasionadamente. Es, también, aquella frase de la última página que bien contiene a toda la novela (y acaso a toda la obra de Le Guin): “El verdadero viaje es el retorno”.
*
En 1975 apareció una recopilación de cuentos llamada Las doce moradas del viento, en el que se recoge uno de sus relatos más implacables, “Los que se marchan de Omelas”. La fuerza de este relato, su apuesta valiente y su devastadora honestidad, así como esta característica en casi todo su trabajo, son en cierto modo asumidas por la escritora en una entrevista:
Pienso a veces que sólo estoy intentando supersticiosamente evitar el mal por medio de hablar de él. Ciertamente no considero proféticas a mis ficciones. Sin embargo, a lo largo de toda mi vida adulta nos he visto mancillar a nuestro mundo irrevocable, irremediable y despreocupadamente, sin hacer caso de las sucesivas advertencias y descartando cada alternativa benévola en la persecución del “crecimiento” y del beneficio económico inmediato. [Entrevista de Nick Gevers, 2001.]
Le Guin dista de ser gratificante o protectora de sus personajes protagónicos. En 2002 el periodista Mark B. Wilson le hace una pregunta clave: “Sus héroes realmente suelen pasar por el infierno. ¿Cómo se relaciona para usted el sufrimiento con el desarrollo del personaje?”. Le Guin responde:
Sí, tiendo a castigar a mis personajes centrales algo severamente. Eso es una pregunta enorme realmente, porque no creo que el sufrimiento purifica a un personaje. Generalmente el sufrimiento brutaliza a la gente: sólo lastima a las personas, y a veces las incapacita. Pero una cosa que la mayoría de las fantasías parecen hacer es mostrar a alguien que atraviesa por la adversidad usando inteligencia, valor y resistencia. Muchas historias de fantasía se pueden resumir en “el pequeño individuo triunfa sobre un mundo implacable”. Ese es un argumento muy antiguo, y lo necesitamos. Los niños lo necesitan, porque son pequeños individuos en un mundo que es muy difícil de entender. Y los necesitamos, porque todos enfrentamos una porción tremenda de adversidad y dureza.
El otro gran universo creado por Le Guin participa del género fantástico: la serie Los libros de Tarramar. En ella se narra la historia de Ged, un aprendiz de mago que debe luchar contra sus miedos y fantasmas; la serie fue iniciada con la novela Un mago de Terramar (1968) y continuada con Las tumbas de Atuan (1971), La costa más lejana (1972), Tehanu (1990), Cuentos de Terramar (2001) y En el otro viento (2001).
*
Cuando se produjo el “fenómeno Harry Potter” en 1997, comenzó a debatirse el hecho de que la celebérrima saga de J.K. Rowling debe a Terramar mucho más de lo que parece. Le Guin ha respondido en numerosas entrevistas a esta pregunta:
No tengo una gran opinión sobre [las novelas de Rowling]. Cuando tantos críticos adultos insistían en la “increíble originalidad” del primer libro de Harry Potter, lo leí para descubrir cuál era el alboroto, y me quedé algo desconcertada; parecía una vivaz fantasía de chicos cruzada con una “novela de escuela”, buen material para su categoría de edad, pero estilísticamente ordinario, imaginativamente derivativo y éticamente más bien mezquino y malvado. [“Ursula Le Guin Q&A”, 2004, incluido en su página web.]
En todos los registros de la escritura de Ursula Le Guin son evidentes sus fundamentales intereses: taoísmo, anarquismo, feminismo, antropología y sociología. Todos ellos se conjuntan en su creación de la antropología-ficción, ante todo en El eterno regreso a casa (1985), en donde se muestra a plenitud su capacidad para crear mundos verosímiles poblados por personajes profundamente humanos.
Podría precisar que la infeliz Tierra aludida en algunas de las ficciones de la serie del Ecumen sería solamente un paso oscuro en el camino a la Tierra que se describe en mi libro más esperanzado, El eterno regreso a casa, ubicada en un futuro muy distante. La mayoría de las personas cree que no tenemos ningún otro futuro que el del desarrollo de la alta tecnología, el de la extensión urgente, el de la urbanización y el de la explotación despiadada de los recursos naturales y humanos; esa gente, que cree que tenemos que seguir tal como estamos ahora, tiende a ver ese libro como retrógrado, como vuelta al pasado. No lo es.
*
El eterno regreso a casa mira al pasado, pero no regresa a él. Es una tentativa radical de pensar fuera de los sobreentendidos actuales; es una negación de esos sobreentendidos. Es la tentativa de retratar a una sociedad genuinamente madura. Es el esfuerzo de imaginarse una “tecnología del clímax”, cuyo principio no sea un crecimiento forzado, sino la homeostasis. Es ofrecer no un modelo mecánico sino uno orgánico para la cultura. [Entrevista de Nick Gevers, 2001.]
Esta más-que-novela guarda un lugar muy especial en su carrera: se trata de una minuciosa enciclopedia ficticia sobre una cultura indígena (los Kesh) situada miles de años en el futuro, reconstruida desde traducciones de una lengua desaparecida. “Resulta difícil traducir de un idioma que no ha llegado a existir”, escribe Le Guin en la nota preliminar, “pero tampoco hay que exagerar. Al fin y al cabo, el pasado puede ser tan oscuro como el futuro. [...] Lo que fue y lo que podría ser se halla, como niños cuyos rostros no podemos ver, en brazos del silencio. Lo único que tenemos en cada momento es el aquí y el ahora.” La minuciosa reconstrucción de otro mundo que es éste (concretamente la California indígena) implica todos los rubros: mitología, antropología, música y dramaturgia ritual, e incluso cartografía. Rigurosa y desafiante aventura: “Tuve que renunciar al argumento y a la convención”, comenta en una entrevista de 1997, “e imaginar lo que sería algo así como recorrer toda mi vida muy lentamente”. El resultado es una de las nociones más fascinantes que haya postulado la literatura: la arqueología del futuro.
*
Las utopías fascinan a Ursula K. Le Guin; “el problema con ellas”, declara en entrevista conducida por Elisabeth Sherwin, “es que no tenemos forma de realizarlas. Esa es la razón de que existan las novelas. Cualquier cambio drástico de dirección en nuestras sociedades es enormemente difícil porque tanta gente está involucrada”. En cierto sentido, ese problema la ha llevado a imaginar pequeñas sociedades, grupos étnicos plenamente insertos en sus tradiciones milenarias. Las etnias, sí, pero también otras formas de la marginalidad, y no sólo colectiva sino individual; por ejemplo, la forma en que el adulto relega y olvida su mirada infantil: “A finales de los años ochenta dije que la ciencia-ficción ya no estaba funcionando para mí, y me moví a lo que llaman literatura para niños. Tuve que detenerme, reflexionar, reorganizar. Sin embargo, ahora me siento feliz saliendo de nuevo al espacio exterior. Vencí una dificultad”. La literatura infantil fue otra faceta de su labor esencial: la poesía; es así como define ese tipo de escritura: “Es como escribir poesía. Los niños leen y responden tan intensamente, que cada palabra debe ser perfecta”.
*
Sus más recientes aportaciones a la literatura fantástica y de ciencia-ficción son una colección de cuentos publicada en el año 2003 titulada Planos paralelos y una nueva trilogía fantástica, los Anales de la Costa Oeste, compuesta por Los dones (2004), Voces (2006) y Poderes (2007). En 2009, Poderes la ha hecho acreedora a su cuarto premio Nébula, que se suma a los que obtuvo por La mano izquierda de la oscuridad, Los desposeídos y Tehanu (la cuarta parte del ciclo de Terramar). En Los dones, humildemente integrado en el cuerpo de la novela, radica una verdadera declaración de principios que revela la sabiduría de Le Guin, su irrepetible conciencia sobre lo sucesivo que es también simultáneo:
Ver que tu vida es una historia mientras estás ahí en medio viviéndola puede ayudarte a vivirla bien. Sin embargo, no conviene creer que sabes cómo te irá, o cómo acabará. Eso sólo debe saberse cuando ha terminado.
*
E incluso cuando ha terminado, incluso cuando se trata de la vida de otra persona, de alguien que vivió hace cien años y cuya historia he oído una y otra vez, mientras la oigo espero y temo como si no supiera cómo va a terminar; por eso vivo la historia y la historia vive en mí. Es la mejor manera que conozco de tratar con la muerte. Las historias son aquello a lo que la muerte cree que pone un final. No puede comprender que son las historias las que ponen un final a la muerte, aunque no acaben con ella.
Continúa en su bibliografía su segunda novela histórica luego de Malafrena (1979), llamada Lavinia (2008); para redactarla, Le Guin aprendió latín por medio de traducir, línea por línea, la Eneida de Virgilio. La escritora se centró en el personaje femenino que jamás habla, Lavinia, amada de Eneas, y le dio voz en esta profunda reescritura de la Eneida. Recuerda:
[Lavinia] es la chica con la que Eneas está condenado a casarse, para poder fundar la ciudad y el imperio de Roma. Los últimos libros de la Eneida están llenos de batallas: Virgilio tenía bastante que contar sobre la guerra, su locura y tragedia, porque (creo) él quería mostrar a su nuevo emperador Augusto el costo real del Imperio y preguntarle: “¿Vale la pena?”. Pero no tuvo tiempo de contarnos mucho sobre Lavinia, o al menos de dejarla hablar. Así que, leyendo el poema, comencé a preguntarme sobre ella, y en un momento le pregunté: “¿Lavinia, quién eres?”. Y ella me respondió. Y aquí está la novela. Es diferente a todo lo que he escrito hasta ahora. Estoy muy contenta con ella.
El universo de Ursula K. Le Guin es todo menos un reducto escapista: surge de un profundo compromiso (tanto humanista como político, social y cultural) que permite situar su literatura en el punto más álgido de la experiencia humana: sus novelas son verdaderas sinfonías que examinan, como en muy pocos casos, el amplio rango de las contradicciones (pero también las posibilidades) del hombre.
*
Le Guin ha creado una obra silenciosa y estentórea. Silenciosa porque no juega el juego de los ruidos cotidianos ni se presta a la farándula del “éxito” y el best-seller (lo que no contradice su enorme celebridad en círculos cada vez más amplios: su obra, traducida a dieciséis idiomas, cuenta sin duda con cientos de miles de lectores). Estentórea porque, sin ánimo retórico, bien puede encontrarse en ella la sabiduría y profundidad que tanto faltan en nuestro tiempo. Es en este sentido que también en esa obra reposa la única respuesta válida a si existe o no una literatura femenina: existe, si no se propone a priori como tal. Existe, si va más allá de todas las barreras genéricas. Existe, si contiene una mirada capaz de diseccionar las contradicciones de la civilización y arrojarles la violenta y definitiva luz del conocimiento ancestral, según esta declaración de principios: “La realidad es un pez huidizo que a veces sólo puede ser atrapado en una red de hechizos, o con el anzuelo de la metáfora” (Las llaves del aire, 1996).
*
En 1988 Slawek Wojtowicz le pregunta: “Si pudiera elegir un lugar y un tiempo para vivir, ¿cuándo y dónde sería?” Le Guin responde: “Sería aquí y ahora. ¿Por qué? Porque estos son mi tiempo y mi espacio, y mi ‘ser’ está ahora y aquí. Creo que el hecho de que en este aspecto no podemos elegir, es muy interesante, y extremadamente importante”.
*
Podría caerse en un fácil juego de palabras que sin embargo resultaría certero: “El nombre de Ursula es bosque”. Su obra se extiende en todas direcciones como el mundo vegetal descrito en su novela corta Más vasto que los imperios y más lento (1971). La intensidad de la escritura de Ursula K. Le Guin se encuentra justamente en la vida que en ella se refleja, según el método que la escritora delinea en la introducción de El cumpleaños del mundo: “Crear la diferencia, provocar un extrañamiento, y entonces dejar que el feroz arco de la emoción humana salte y cierre la brecha: esta acrobacia de la imaginación me fascina y me satisface como ninguna otra”. Como Ulises, Le Guin ha recorrido un largo camino para ser capaz de regresar a casa; y ese hogar es sin duda el mar interior.
*
*

miércoles, 15 de abril de 2009

Espejos voladores

DGD: Textiles - Serie roja 4, 2008
*
Mírame y dime
si soy lo que veo
en los espejos voladores de mi casa
Mírame y dime
si las miradas no son como guantes
que terminan por hacer manos
a fuerza de insistencia
O como zapatos
que nos vacían los pies
y dejan huecos a llenar
con forma de zapatos
Mírame y dime
cómo se ve el mundo
sin miradas como guantes o zapatos
O mírame y no me digas
pero mírame sin enguantarme
sin hacerme imagen
sin volverme lo que miras
*
***
*
[Del poemario La raíz eléctrica, Conaculta-DGP, col. Práctica Mortal, México, 2006.]*
*