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| DGD: Redes 84 (clonografía), 2009 |
martes, 6 de mayo de 2014
Ramón Gaya: “Portalón de par en par”
El pintor y poeta español Ramón Gaya (1910-2005) fue un
contemplador y un visionario, pero ante todo un hombre de fe. En el prólogo a Obra completa de Ramón Gaya (Pre-Textos,
Valencia, 2010), Tomás Segovia se encarga de librar de equívocos esta última expresión:
“Hablar de fe es hablar de lo sagrado. Decir que Ramón Gaya es un hombre de fe
es decir que su mundo se funda en lo sagrado. Leyendo sus escritos tiene uno
constantemente la impresión de que la obra de los grandes creadores es sagrada,
pero antes que nada la realidad es sagrada, la vida es sagrada. En esa visión,
si el arte es sagrado no es a pesar de la burda realidad, sino porque la
realidad misma es sagrada”. La obra entera de Ramón Gaya es un portón abierto
de par en par que invita, incita, demanda limpiar la mirada. “Portalón de par
en par” fue escrito en 1947, durante el exilio de este poeta en México. Ese fue
el año en que Gaya conoció a Tomás Segovia, entonces un joven poeta de veinte
años. Gaya pintó un retrato de Segovia en 1949 y a él lo unirá una profunda
amistad hasta el final de sus días. Algo que los identificó desde el principio fue
la total independencia respecto a los dogmas artísticos de la época, algo que
no dejaron de manifestar a lo largo del tiempo a través de sus obras respectivas.
[DGD]
Portalón de par en
par
Ramón Gaya
El hombre natural cree que la obra de arte es un compuesto,
y supone que el artista va colocando en ella cosas, cosas conquistadas en la
realidad y en el espíritu. Claro que el arte, o mejor, la Historia del Arte
está plagada de obras conseguidas así, conseguidas por composición, por
acumulación de virtudes, de excelencias, de valores (la pintura de Botticelli,
la poesía de Góngora, son eso, vitrinas, vitrinas maravillosamente cerradas, en
donde el autor ha ido guardando, apresando, esto y aquello); pero esas obras no
son sino arte artístico, es decir, no son arte total. En Fidias, en
Shakespeare, en Tiziano, en Velázquez, en Cervantes, en Mozart no ha sido
encerrado nada, sino libertado todo, dejado escapar todo. Paseando por las
salas del Louvre con alguien a quien estimo mucho —S.G., terriblemente
inteligente y pedante—, nos detuvimos frente a un Poussin, y después de una
larga contemplación me dijo algo como esto: “¡Qué hermoso cadáver!”. Entonces
me pareció una frase tonta; hoy la reproduzco aquí porque debajo de su
ridiculez externa le encuentro ahora mucho sentido. Es cierto, y no sólo es
cierto en un artista mediocre como Poussin; las obras de Praxiteles, Leonardo,
incluso Bach, son como grandes cadáveres de hermosura, cuerpos fijos en donde
la belleza ha sido atrapada, pero no la vida, o quizá también la vida, pero la
vida detenida, no continuada hasta el alma. Sus espléndidas obras son siempre
muertas porque no son hijas de la generosidad, sino de la avaricia, del ahorro,
de la acumulación; son muertas porque han sido cerradas con llave. Y Dios
parece castigar al avaro, más que inutilizando, más que matando su tesoro,
conservándoselo eternamente bello, bello sin qué, bello sin sentido.
Pocas obras
tan generosas como Don Quijote. Se
diría que hay libros engrosados por la codicia y libros alargados por la
generosidad. Don Quijote es, sin
duda, de estos últimos; se extiende páginas y páginas, pero no para hacer con
ellas un libro, sino para deshacerlo, para que no sea un libro precisamente,
para que la literatura quede rota en él, es decir, sobrepasada, saltada. Porque
Don Quijote no está escrito —¡qué
disparate!— contra los libros de caballerías, sino contra los libros, contra el
libro, como el lienzo de Las Meninas
está pintado contra los cuadros, más aún, contra la pintura. Claro que, dicho
así, de pronto, esto casi no se entiende hoy, ya que sufrimos aún el peso de
aquel convencimiento estúpido y pobre que convirtió al escultor en un exaltado
por el mármol, al pintor en un enamorado de los colores, al poeta en un
saboreador de las palabras, al músico en un beato de los sonidos. Recuerdo
ahora —porque hace ya veinte años de este furor, aunque nos queden residuos—
que de un cuadro con asunto se decía que no era pintura, sino literatura; de un
poema con algo de paisaje o de color se decía que no era poético, sino
pictórico; de un cuarteto donde se transparentaba tal o cual sentir se decía
que no era música; y de la escultura se pensó que era un volumen, un bulto. Con
tanta vigilancia y delimitación se llegaba, sí, a una especie de pureza, pero
una pureza, en todo caso, de los oficios, no de la creación. Se redujo todo a
sensualidad, a la sensualidad del trabajo, de los trabajos de arte, es decir,
se redujo todo a materialidad, a cuerpo, a nada. En cambio, cuando volvemos la
cabeza hacia lo grande, vemos que es precisamente la piedra lo que ha sido
destruido en la escultura de Fidias, pero no porque esa piedra la vuelva carne
—como hizo Rodin, confundiéndose—, sino porque la vuelve alma, alma sola; vemos
que son precisamente los colores, los contornos, el dibujo, la composición, la
plasticidad, en fin, lo que desapareció por completo en Las Meninas, de Velázquez; vemos que es precisamente la palabra lo
que borró de sus Canciones San Juan
de la Cruz; vemos que es el ruido del sonido lo que ya no está en Mozart.
El arte no
es, pues, un cuerpo. Si el gran arte no es algo corpóreo, sino una existencia
cóncava, el artista es, necesariamente, un hombre que resta. El hombre natural,
por el contrario, va sumándolo todo: cultura, hechos, sentimientos, belleza. En
la obra de un artista todo ha sido restado, quitado, porque lo que él quiere de
sí mismo y de las cosas es, como se sabe, el alma nada más. Pero el artista
—como el místico—, que cree en el alma, que la siente, ignora, en cambio, lo
que ésta es y dónde se encuentra, es decir, no sabe de ella nada, no tiene de
ella nada, sino acaso, la sensación de su vacío.
Mantener
limpio, puro, cóncavo ese vacío, es ser artista grande, completo; dejarlo que se
llene de cosas, aunque sea de cosas válidas, es ser artista pequeño, terrenal,
material, decorativo, pobre. El gran artista y el místico están siempre al
borde de lo imperdonable, de lo inhumano, de lo hereje; los dos expulsan,
excluyen de su vacío absolutamente todo, hasta la Iglesia, hasta el Arte.
Porque para esos seres desnudos la Iglesia y el Arte no son templos, como se
dice, sino prisiones.
La Primavera de Botticelli, La Gioconda de Leonardo, Las Soledades de Góngora, La vida es sueño de Calderón, Las Walkirias de Wagner, todas estas
obras magníficas y maestras —eso es lo que gusta y entontece más a los
historiadores, que sean maestras— descubrimos un día que son como preciosas
cajas estériles, de las que no nace nada, en las que nunca encontraremos nada
que no haya sido puesto allí, metido allí, colocado allí —y con qué arte— por
el artista. Destapar esas cajas nos defrauda siempre como defrauda abrir la
tumbas de los faraones, ya que de una muerte tan cuidadosamente mimada y
eternizada esperábamos sin duda ver salir un hálito del más allá, un
desconocido suspiro, una esperanza difícil; por el contrario, sólo hallaremos cosas,
las cosas que fueron guardadas en esas artísticas cárceles, es decir, un
cuerpo, muebles, algo de oro, un poco de comida. De una tumba cristiana, como
no hay nada en ella, brota siempre de allí un vacío, la flor inmensa del vacío,
la negación del cuerpo, la negación de todo, o sea, brota, nace sin impedimento
alguno el alma, lo que es posiblemente el alma.
El artista
pequeño, terrenal, material, decorativo, pobre, quiere llenar su obra de tesoros,
y combina, suma, reúne; cree que así no se le escapa nada, cree que se enriquece
puesto que lo guarda todo y se guarda, se ahorra a sí mismo. El gran artista, en
cambio, lo resta todo y se resta, se despersonaliza porque siente que no sólo
la carne es enemiga del alma, sino la persona, la personalidad. Todo el arte
moderno es de oro bajo porque está sostenido, cuando mucho, por la
personalidad, más aún, porque todo en él ha sido sacrificado a la personalidad.
En el arte moderno todo lo encontramos posible, admisible, siempre que venga
respaldado por la persona. En nuestra moderna vanidad de hombres personales nos
hemos empeñado en verlo todo desde el hombre personal sin caer en la cuenta de
que hay cosas, como el arte, por ejemplo, que si tienen algún sentido no es un
sentido para nosotros, para nuestro uso, sino un sentido relacionado con algo
muy superior. Por eso un gran artista no es el que conoce la divinidad, sino el
que, ignorándola, cree en ella, conoce la fe en ella, en esa divinidad que
precisamente no conoce. Por eso el gran artista no quiere encerrar cosa alguna,
porque sabe que en todo aquello que puede ser apresado, aprisionado, ya no está
lo que él buscaba. Por eso una gran obra de arte no es nunca una conclusión,
como se compromete a serlo una obra científica o filosófica, sino un principio,
un principio que escapa, que huye, que se liberta. Porque no sólo Don Quijote, sino toda gran obra de arte
brota siempre de una prisión, de la prisión que somos, y por eso tiene esa
libertad, tiende hacia esa libertad.
Don Quijote no es un libro de aventuras
o sucedidos; ni un libro psicológico; ni un libro filosófico; ni es, como se
supone, el compuesto de todas esas cosas, ya que ni siquiera es un libro. Don Quijote es algo así como un gran
portalón abierto de par en par, no al paisaje, ni a los seres, ni a las ideas,
ni a la fantasía, sino abierto de par en par al vacío, región difícil para el
hombre, donde hasta el mismo Cervantes, el hombre que hay en Cervantes, se
siente a disgusto y vuelve los ojos hacia su Persiles y Segismunda, como un náufrago hacia tal madero, es decir,
hacia tal corporeidad, porque el Persiles
existe, sabe Cervantes que existe porque lo ha construido, y todo lo que
Cervantes ha puesto allí, allí está encerrado para siempre, eternamente.
Don Quijote se le escapa, se le escapa
al vacío donde Cervantes no puede acompañarle, no puede seguirle. Don Quijote se desprende de Cervantes
porque ha sido creado por esa parte de generosidad infinita, de desprendimiento
monstruoso, inhumano, que es el alma desnuda. Y el alma desnuda sólo crea obras
en donde todo ha desaparecido, obras así, de alma desnuda. Por eso es tan
impresionante su final, cuando vemos que don Quijote no es, como creen algunos,
que gane la razón, sino que pierde la
locura.
México, 1947
domingo, 27 de abril de 2014
Deseo y venganza (Apostillas a Contra el amor, 2)
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| DGD: Textiles-Serie roja 24 (clonografía), 2009 |
Deseo. Me dicen que te deseo menos a ti que a tu deseo.
Deseo que me desees. Esto es altamente improbable, pero podría llegar a
suceder. Sin embargo, es peor aún: no sólo deseo tu deseo: deseo que me hayas
deseado antes que yo a ti. Deseo ser, primero, el deseado inadvertido, y luego
advertido, y entonces, tal vez, el que se hace desear, el que no cede. ¿Y por
qué? Para vengarme de haber deseado primero, de estar sufriendo por desear un
deseo que lo más altamente probable es que no ceda a mis requerimientos. Deseo
poder vengarme de ser deseado sin desear, justamente porque deseo sin ser
deseado, o más bien, porque deseo con las más altas probabilidades de no ser
deseado en igual medida. ¿El deseo es venganza a posteriori de un acto que no sucederá a priori? Y entonces, ¿de qué me estoy vengando? ¿De ti, que sólo
por una especie de milagro podrías llegar a desearme, o de mí mismo, justamente
por desear?
Esto de la “igual
medida” es una entelequia. No deseo ser deseado en la misma medida en la que deseo,
sino en una medida mucho mayor. La igualdad no me basta. Quiero la desigualdad:
deseo que me desees mucho más de lo que yo te deseo. No es que prefiera ser “receptor”
que “dador” del deseo, sino que lo que no quiero es que el deseo haya surgido
de mí. Y como surgió de mí, la única manera de escapar de él es enfrentarlo a
un deseo mayor (a un sufrimiento mayor). Pero si aun un pequeño deseo es un
milagro, lo es más que exista “en igual medida”, y en esa línea el mayor
milagro imaginable es que existiera en una medida mucho mayor que la mía.
Sufro porque
tú no sufres por mí. Yo sufriría un poco menos si hubiera un pequeño
sufrimiento que contraponer al mío. Y sufriría aún menos si tú estuvieras
sufriendo igual que yo. Y casi no sufriría si tu sufrimiento fuera mucho mayor
que el mío, por más grande que el mío sea. Deseo, pues, no tu deseo sino tu
sufrimiento. Mientras mayor fuera ese sufrimiento, acaso mi deseo disminuiría.
O dicho de otra manera: quiero pasarte el sufrimiento y quedarme solamente con
el deseo. Y vuelta a empezar. De ahí la venganza. El deseo es la venganza del
deseo.
jueves, 17 de abril de 2014
Fragmentario (XIV)
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| DGD: Textiles-Serie verde 10 (clonografía), 2009 |
Tierra
y Cielo
En uno de sus textos más devastadores, escrito
en el tono de una minuciosa y tersa pesadilla, Swedenborg, para reprobar el
ascetismo (“que empobrece y puede anular a los hombres”), narra una parábola
(pero no como tal, sino como una visión directa) sintetizada por Borges de este
modo:
En un confín del Cielo vio a un eremita que se había
propuesto [ganar el Cielo] y que durante su vida mortal había buscado la
soledad y el desierto. Alcanzada la meta, el bienaventurado descubre que no
puede seguir la conversación de los ángeles ni penetrar las complejidades del
Paraíso. Finalmente le permiten proyectar a su alrededor una alucinatoria
imagen del yermo. Ahí está ahora, como estuvo en la tierra, mortificándose y
rezando, pero sin la esperanza del Cielo.
Sin
esperanza del cielo, porque ya está en el cielo. Acaso este desventurado
bienaventurado reza ahora con esperanza de la tierra, es decir, con esperanza
de una humanidad que por fin se encuentre a sí misma.
*
Homenaje
a Pavese
La ópera rock Tommy contiene un estribillo resonante: See me, feel me, touch me, heal me. No es otra cosa lo que en
última instancia dice toda la poesía amorosa. Quiero ser visto por esos ojos,
sentido por ese cuerpo, tocado por esas manos y, al final (que es el
principio), sanado por esa presencia a la que canto, a la que llamo, a la que
suplico, y que me resulta indispensable para curarme, ante todo, de la
enfermedad de su ausencia, de su tardanza en verme, de su indiferencia a
sentirme, de su completa falta de necesidad de tocarme.
*
Más
sabio y más triste
Sadder
and wiser es una expresión que implica que a medida
que la sabiduría aumenta, también lo hacen la desilusión, la decepción, la
tristeza. Pero también implica lo que hace recordar Ursula K. Le Guin: “Mucha
gente no se vuelve sabia cuando envejece: sólo envejece”. La tristeza de esta
gente es su única sabiduría, o lo que ella así denomina. Pero eso no quiere
implicar que la sabiduría sea "alegre".
En
Moby Dick (cap. 96), Melville dice
que un hombre que define a Rabelais como “el más sabio, y por tanto el más
alegre”, no es digno de “sentarse en lápidas sepulcrales y romper el verde
terrón húmedo con el insondablemente maravilloso Salomón”. Resulta
perfectamente comprensible que Melville comparta el dictum de aquellos que ven la sabiduría aumentar con su aliada la
tristeza. Sin embargo, existe una alegría en Rabelais que en ningún modo se
contrapone con su sabiduría. Una irrepetible Freude a la vez schilleriana, dionisiaca y budista, podría decirse.
La
sonrisa que, según Plinio el Viejo, sólo un hombre en el mundo, Zoroastro, ha
tenido al nacer, o la propia sonrisa del Buda no son estúpidas, como parece al wiser and sadder man: son
incomprensibles para él. La tristeza es una forma de resignación, de
apartamiento y de inmovilidad. Buda, Dionisio, Schiller, Beethoven, Bach y
Schubert no sonríen desde la alegría sino desde la gracia, que está hecha de
sufrimiento. Sólo por eso pueden orar, como lo hace Bach en su diario en 1720 cuando
de regreso de un viaje se entera del fallecimiento de su esposa, Maria Barbara
Bach: “Señor, no permitas que se agote mi alegría”.
sábado, 5 de abril de 2014
Versiones de dos poemas de Peter Bakowski
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| DGD: Textil 39 (clonografía), 2001 |
Their quiet anguish
Peter
Bakowski
I see men
in bars
in poolrooms
in the common streets
that have been without love for so
long.
To simply continue
some of them
have closed down their hearts,
become harder,
more narrow in view and opinion.
They say, “Men are this, women are
that...”
It’s an equation that makes
walking to the corner store
easier for them.
We have painted the waterfall black,
We have butchered the tiger,
We have buried our hope and our
envy.
They inhabit single rooms,
where they sit
listening to
the wash of traffic,
pigeons squabbling on the roof.
They watch
the day becoming night,
the stars growing in the sky.
In the dark
they lie down
and wait for
the mercy of sleep.
[From The
Neon Hunger, 2007.]
Su angustia
silenciosa
Peter Bakowski
Veo hombres,
en bares,
en salones de
billar,
en las calles comunes,
hombres que han
estado sin amor demasiado tiempo.
Para seguir
adelante,
algunos de
ellos
han clausurado
sus corazones,
se han
endurecido,
han vuelto más
estrechas sus miradas y opiniones.
Dicen: “Los
hombres son esto, las mujeres son aquello...”.
Es una ecuación
que les hace
más fácil
caminar a la
tienda de la esquina.
Hemos pintado de negro la cascada,
Hemos destazado al tigre,
Hemos enterrado la esperanza y la envidia.
Habitan cuartos
solos
en donde se
sientan
a escuchar
el rumor del
tráfico,
a las palomas riñendo
en el tejado.
Contemplan
al día
haciéndose noche,
a las estrellas
apareciendo en el cielo.
En la oscuridad
se acuestan
y esperan
la misericordia
del sueño.
[De
The Neon Hunger, 2007. Trad. de DGD.]
*
Portrait of Diego Rivera, December 1955
Peter Bakowski
For Patrick Marnham
I will paint
my eroded mother
surrounded by tiny coffins,
trying to climb a ladder to heaven,
her feet
made of wet sand.
I will paint
my earnest father,
trying to juggle sacks of money and
his heart,
his hands on fire.
I will paint
the two lovers,
the selves they cannot learn or
flee,
the time between kisses growing
longer,
the time between lies growing
shorter.
I will paint
the sky raining blood,
villagers anxious beneath it,
some wiping the blood
from their children’s foreheads
with shreds of the Mexican flag,
others trying to catch every drop in
soup bowls.
I will paint
what Spain, Paris, Detroit,
California, New York City, Mexico,
each sampled woman, grain and fruit,
have meant to me,
king of gluttony, seated at table,
reaching for knife and fork
as a skeleton waiter whisks away
my unfinished heart.
[From Beneath
Our Armour, 2009.]
Retrato de Diego
Rivera, Diciembre de 1955
Peter
Bakowski
A Patrick Marnham
Pintaré
a mi corroída madre,
rodeada por
diminutos ataúdes,
tratando de
subir una escalera al cielo,
sus pies hechos
de arena
húmeda.
Pintaré
a mi cumplido padre,
tratando de hacer
malabarismos con sacos de dinero
mientras su
corazón y sus manos
están en
llamas.
Pintaré
a los dos
amantes
que no pueden
comprenderse ni huir,
el tiempo entre
los besos alargado,
el tiempo entre
mentiras acortado.
Pintaré
la sangre que
llueve del cielo,
a los
pueblerinos angustiados debajo,
algunos
enjugando la sangre
de la frente de
sus hijos
con jirones de
la bandera mexicana,
otros
intentando recoger cada gota en tazones de sopa.
Pintaré
lo que España,
París, Detroit,
California, Nueva
York, México,
cada mujer,
grano y fruta que he probado,
significaron
para mí,
el rey de la
gula, sentado ante la mesa,
alcanzando el
cuchillo y el tenedor
mientras un
esqueleto mesero se lleva a toda prisa
mi corazón inacabado.
[From Beneath
Our Armour, 2009. Trad. de DGD.]
*
Peter Bakowski (1954) nació
en Melbourne de padres polaco-alemanes. Ha recorrido el mundo como poeta
itinerante. Sus poemas han sido traducidos a una quincena de lenguas. Su primer
poemario, In the Human Night (1995)
obtuvo el Victorian Premier’s Award. Más tarde ha dado a la imprenta The Heart at 3 a.m. (1998), Days That We Couldn’t Rehearse (2002), The Neon Hunger (2007), Beneath Our Armour (2009). Ha declarado: “Mi objetivo como poeta es escribir de
un modo claro y accesible, usando palabras ordinarias para decir cosas
extraordinarias. No importa cuántos libros escriba en mi vida, siempre tratarán
acerca de cómo es ser humano”. Su blog puede visitarse aquí.
martes, 25 de marzo de 2014
¿Qué haremos cuando seamos pequeños?
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| DGD: Redes 143 (clonografía), 2012 |
a
Ludwik Margules
Amaba las frases sucintas que parecen no decir nada y lo dicen todo. En
el teatro de todos los tiempos, uno de sus ejemplos favoritos provenía del acto
tercero de Tío Vania de Chejov: “Ya estamos en septiembre. No sé qué
haremos durante todo el invierno”. Estas frases han tenido muy diversas
traducciones al español, acaso porque no se les reconoce una especial significación;
a veces el segundo enunciado se ha vertido de este modo: “No sé cómo
sobreviviremos al invierno”; algunos traductores prefieren “¡Veremos cómo
pasamos aquí el invierno!”, paradójicamente muy exacta en su rica ambigüedad;
en otras más afortunadas ocasiones se le ha intuido como pregunta: “¿Qué vamos
a hacer durante todo el invierno?” En una de las mejores versiones libres, tal
pregunta fue acaso devuelta a su sentido original: “¿Qué haremos ahora con
nuestra libertad?”.
Libertad, claro está, en
un sentido cósmico y teológico, es decir metafísico. Se trata de imaginar la
más ardua de todas las luchas humanas, tanto colectiva como individual —aquella
que busca alcanzar la libertad—, e imaginarle un final victorioso. Tanto el
género como el individuo logran por fin liberarse de toda cadena: ¿qué harán a
partir de ese impensable momento?
Aquellas eran sus frases
favoritas, y acaso le gustaría colocar, junto a ellas, la que formula la
pedagoga neoyorquina Penny Ritscher: “¿Qué haremos cuando seamos pequeños?”.
Tal vez, con esa risilla fáunica que nunca lo abandonó, terminaría por aceptar
que ese fue su lema y el núcleo de su rebeldía artística: no se trata sino de
recuperar la libertad del niño, el único que sabe perfectamente qué hacer con
su libertad.
*
lunes, 17 de marzo de 2014
Fragmentario (XIII)
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| DGD: Textil 79 (clonografía), 2008 |
Incubación
Antes,
la oscuridad de la noche no era sino eso, oscuridad. Ahora es el sitio en donde
se incuba la luz que tus ojos recibirán al amanecer. En otras palabras: habrá
amanecer porque tus ojos lo esperan. Tus ojos: la única certeza de que habrá un
mañana.
*
Límites
“Nunca
lograrás encontrar los límites del alma”, dice Heráclito, “aunque recorrieras
en tu marcha todos los caminos.” Pero los caminos son los límites del alma, y
el caminante, con el acto mismo de ir avanzando, lleva más y más lejos esos
límites. (Aunque crea huir. Huir es ahondar. No por otra razón todos huimos de
lo real.) El alma es eso precisamente: aquello que crece sin cesar y sin fin en
todas las direcciones, en todos los caminos, llevado por sus caminantes. En el
alma no hay posible retroceso ni reducción, porque el alma busca el Espíritu.
*
Callados
—¿Por
qué se quedan tan callados?
—No lo están. Hablan, hablan todo el
tiempo, pero no sabemos escucharlos.
*
Falta
Eso
es lo que falta en nuestro tiempo: espacio. Eso es lo que falta en nuestro
espacio: poesía. Usar el microscopio, por ejemplo, para ver las estrellas.
*
Procesión y teoría
En “Promontorio”,
Rimbaud habla de la rentrée des théories.
Comprensiblemente, casi todos los traductores al español entienden aquí “el
regreso de las teorías”. Y a la vez aciertan y se equivocan, porque Rimbaud
utiliza “teoría” en su acepción originaria y arcaica, es decir, el nombre que
se daba a las procesiones religiosas en la antigua Grecia. Ese verso, entonces,
corresponde a “el regreso de las procesiones”. Oportuno recordatorio, ahora que
todo son teorías que pretenden explicar la totalidad, mientras que ya nada es
procesión, romería, peregrinación: una exploración en el sentido que nunca
debió haber perdido: el regreso a lo interior.
miércoles, 5 de marzo de 2014
La palabra corazón
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| DGD: Textiles-Serie roja 7 (clonografía), 2009 |
En nuestros días la palabra corazón sólo es tolerable en contextos geográficos (“el corazón de Viena”)
o históricos (“el corazón de la Edad Media”). Ah, qué magníficamente hablaban del
corazón los antiguos. Es verdad que en determinado momento hubo un exceso de
sentimentalidad y cursilería centrado en esta palabra y que ello generó la
proscripción, pero tal vez era la intuición de que muy pronto el corazón del
mundo quedaría roto y no volvería a reintegrarse. El exceso era acaso una
especie de despedida. Por eso hubo una epidemia de rubor, una infección de
vergüenza, y los poetas comenzaron a decir en sus cartas “Pues sí, he dicho la
palabra corazón, ni modo”, como disculpándose. Ya no es posible decirla sin
sentir que la sangre sube a la cabeza, como si se nos escapara un eructo en
público. (Pero cada vez que se pronuncia esta palabra inevitable e
imprescindible, de eso se trata: de un intento por bombear sangre hasta la
altura de las abstracciones, por restaurar la antigua unidad de corazón y cerebro.)
Qué vergüenza de esa vergüenza, qué nostalgia de aquel tiempo en que era
posible decir, como Proust, por ejemplo: “sigo buscando mi camino, doblo una
calle..., pero todo sin salir de dentro de mi corazón”.
*
martes, 25 de febrero de 2014
Una versión de Impenitentia Ultima de Ernest Dowson
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| DGD: Textiles-Serie roja 5 (clonografía), 2009 |
Impenitentia Ultima
Ernest
Dowson
Before my light goes out for ever if
God should give me a choice of graces,
I would not reck of length of days,
nor crave for things to be;
But cry: “One day of the great lost
days, one face of all the faces,
Grant me to see and touch once more
and nothing more to see.
“For, Lord, I was free of all Thy
flowers, but I chose the world’s sad roses,
And that is why my feet are torn and
mine eyes are blind with sweat,
But at Thy terrible judgment-seat,
when this my tired life closes,
I am ready to reap whereof I sowed,
and pay my righteous debt.
“But once before the sand is run and
the silver thread is broken,
Give me a grace and cast aside the
veil of dolorous years,
Grant me one hour of all mine hours,
and let me see for a token
Her pure and pitiful eyes shine out,
and bathe her feet with tears.”
Her pitiful hands should calm, and
her hair stream down and blind me,
Out of the sight of night, and out
of the reach of fear,
And her eyes should be my light
whilst the sun went out behind me,
And the viols in her voice be the
last sound in mine ear.
Before the ruining waters fall and
my life be carried under,
And Thine anger cleave me through as
a child cuts down a flower,
I will praise Thee, Lord, in Hell,
while my limbs are racked asunder,
For the last sad sight of her face
and the little grace of an hour.
*
Impenitentia Ultima*
Ernest Dowson
Antes de que mi
luz se apague para siempre, si Dios me da una elección de gracia,
No pediré un
aumento de los días, ni desearé cosas futuras,
Sino clamaré:
“Uno de los grandes días perdidos, un rostro entre todos los rostros,
Concédeme ver y
tocar una vez más, y nada más quiero ver.
”Porque, Señor,
yo estaba libre de todas tus flores, pero elegí las rosas más tristes del mundo,
Y es por eso
que mis pies están rotos y mis ojos se hallan ciegos por el sudor,
Pero en tu
terrible asiento del juicio, cuando esta mi vida cansada se cierra,
Estoy listo
para cosechar lo que sembré, y pagar mi deuda justa.
”Pero una vez
antes de que se termine la arena y el hilo de plata se rompa,
Dame una gracia
y haz a un lado el velo de los años dolorosos,
Concédeme una
hora de todas mis horas, y déjame ver como muestra
Sus ojos puros
y piadosos resplandecer, y bañarse sus pies con lágrimas”.
Sus manos
piadosas habrán de tranquilizarse, y su cabello fluir hacia abajo y cegarme,
Fuera de la
vista de la noche, y fuera del alcance del miedo,
Y sus ojos
serán mi luz, mientras que el sol se pone a mis espaldas,
Y las violas de
su voz serán el último sonido en mis oídos.
Antes de que
las aguas de la ruina caigan y arrastren con ellas mi vida,
Y tu ira me
abata como un niño que corta una flor,
Te alabaré,
Señor, en el infierno, mientras mis miembros se devastan,
Por el último
triste vislumbre de su rostro y la pequeña gracia de una hora.
[Versión de DGD.]
*
* El término eclesiástico en latín Impenitentia Ultima (“impenitencia final”) es usualmente definido como “obstinación en el pecado antes de morir”, pero puede entenderse sobre todo como una desafiante renuncia al arrepentimiento hipócrita de último minuto.
sábado, 15 de febrero de 2014
El Héroe de las Mil Caras contra el Emperador de Todas las Cosas (II de II)
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| DGD: Paisajes-Ciudad alienígena 10 (clonografía), 2001 |
Norman
Spinrad es un escritor inclasificable que se ha interesado por la
ciencia-ficción y la fantasía (un outsider
a la segunda potencia), y por ello da por sobreentendido que estos territorios
son no sólo capaces de examinar los temas humanos más profundos (en territorios
filosóficos, políticos, sociales) sino que por su propia naturaleza se
encuentran en un punto privilegiado para ese examen. No parece así a los lectores
poco aficionados a la ciencia-ficción y la fantasía, y tampoco a los
espectadores de cine que, cansados de la saturación de fórmulas y clichés en
esos géneros fílmicos, optan por el “realismo”. Pero en ese mismísimo realismo,
si se analiza a fondo, está presente la deformación de la única Historia
contada por el mito. Y esta deformación es tanto menos notable cuanto se rodea
de elementos “cotidianos”, de tal manera que en las historias de personajes
“comunes” que se superan —o que al
menos ventilan su amargura y resentimiento, en general por medio del resorte
supremo del realismo, la venganza— no es tan fácil encontrar los elementos y la
ideología del Emperador de Todas las Cosas. Pero están ahí, puesto que los
resortes de la “superación” del personaje no son otros que el cinismo, la
crueldad, la ambición y un muy especial sentido de la “superioridad” respecto a
sus semejantes.
En un esfuerzo por demostrar la
seriedad que alienta detrás de su desparpajo irónico, Spinrad escribe:
Las repúblicas degeneran en imperios, los caminos para
conseguir la iluminación degeneran en religiones jerarquizadas y los líderes
inspirados por una idea degeneran en tiranos; y lo mismo ocurre a la historia
del Héroe de las Mil Caras, que tiende a degenerar en la del Emperador de Todas
las Cosas, y por razones muy parecidas.
Pero no es que “tienda a degenerar” —frase equívoca que parece definir la
naturaleza del Héroe de las Mil Caras a través de su propia degradación—, sino
que ha sido deliberada y muy estratégicamente manipulada a través de la
desviación del más íntimo deseo de lo humano. Spinrad se libra de ese equívoco
cuando usa el adjetivo “despojado”:
Superficialmente hablando, tanto la una como la otra son
fantasías de poder, pero la auténtica historia tiene también una dimensión moral
y espiritual. Despojado de sus hazañas, el Héroe de las Mil Caras es un mito de
iluminación, como Siddartha [Hesse], La Montaña Mágica [Mann] o Los vagabundos del Dharma [Kerouac], en
los que el lector se ve recompensado con una trascendencia mística y una
elevada conciencia moral vividas de manera indirecta. Pero despojada de su
corazón espiritual, despojada del clímax de democracia mística [...], la
historia sólo puede convertirse en lo que Hitler hizo de Nietzsche.
Y
la pérdida no es poca, puesto que todos necesitamos historias y si se pierde
ese corazón espiritual, “se pierde la luz interior de la historia, y en vez de
un paradigma de madurez moral nos queda la pornografía del poder, con la
egoísta fantasía masturbatoria faustiana de la mística fascista, mientras el lector en sus
ajustados pantalones de cuero negro se ve a sí mismo como el super-hombre
todopoderoso instalado en el podio definitivo”.
Ahora bien: ¿cómo se traduce esto en
la propia ficción de Spinrad? Pese a su postura anarquista, es un escritor
profundamente norteamericano y sus modos de combatir al Emperador de Todas las Cosas
pueden no ser tan eficientes como la denuncia que de éste emprende en ese
ensayo. Su respuesta literaria fue una sangrienta ironía a la manera
norteamericana, la novela El sueño de
hierro (The Iron Dream, 1972), en
donde incluye todos los engaños, trampas y traiciones del Emperador de Todas
las Cosas en una novela dentro de la novela escrita por un oscuro autor de
ciencia-ficción llamado Adolf Hitler. ¿Por qué los grupos nazis pusieron el
libro de Spinrad en la lista de sus libros favoritos? Sin duda se debe a la
elevada carga de estulticia necesaria a esos grupos, pero también a que la
ironía de la novela, de tan concentrada, termina por volverse una mera
literalidad para lectores no avisados.
Spinrad insiste en que el paradigma
del Héroe de las Mil Caras puede fácilmente ser manipulado hasta volverse el
“paradigma” (entre comillas) del Emperador de Todas las Cosas. “Lo más
corriente”, escribe, “es que ni el mismo escritor sea enteramente consciente de
lo que hace, porque es demasiado fácil perder de vista el significado interior
del Héroe de las Mil Caras. En ese momento, la entropía y la presión comercial
suelen hacer que la historia degenere en el Emperador de Todas las Cosas, como
sucedió incluso a Frank Herbert con las últimas novelas de Dune. Otro ejemplo es el descenso de Robert Silverberg, desde su
genial versión de Hijo del hombre,
hasta la narración hábil pero desapasionada de El castillo de Lord Valentine; o la trayectoria de Orson Scott Card
desde Maestro cantor y La esperanza del venado, pasando por El juego de Ender, hasta llegar a La voz de los muertos”.
Norman Spinrad publicó “El
emperador de todas las cosas” en 1987; la distancia temporal permite apreciar, en ese último ejemplo,
la culminación de tal línea: la exitosa adaptación al cine de la primera
novela, El juego de Ender, estrenada
en 2013, que es un enésimo canto al Emperador de Todas las Cosas y que al final amenaza
claramente con la secuela, La voz de los
muertos. Ya resulta perfectamente significativo el hecho de que no se han
adaptado a la pantalla Maestro cantor ni La esperanza del venado; la película El juego de Ender se vende (y está
hecha) con la misma antigua estrategia de mercado de The Matrix y Harry Potter
(por no hablar de cientos de películas que van desde Terminator y Highlander hasta El rey león, o de interminables series de
televisión semejantes).
Y en este panorama es aún más evidente otro fenómeno: el de que la
ideología del Emperador de Todas las Cosas toma elementos, sin ningún escrúpulo
(no es de sorprender, puesto que su esencial ingrediente es el cinismo) de su
opositor ideológico y filosófico, el Héroe de las Mil Caras. Esto se nota, por ejemplo,
en la influencia nunca confesada que la novela El
juego de Ender de Orson Scott Card tiene de El nombre del mundo
es Bosque de Ursula K. Le Guin, novela que ya había sido significativamente
saqueada, desde luego sin crédito, en Avatar
de James Cameron. Se ha convertido ya en una “tradición” el tomar impunemente y
sin crédito alguno elementos de la obra de Le Guin para el cine de
ciencia-ficción, por ejemplo el decidido plagio que hace la película Enemigo mío (Enemy Mine), de la gran novela de Le Guin La mano izquierda de la oscuridad; y lo mismo sucede en el cine de
fantasía: basta mencionar todo lo que debe Harry
Potter a Los libros de Terramar
de la propia Le Guin. Esta última referencia permite una clara diferenciación:
Harry Potter es el Emperador de Todas las Cosas, mientras que Ged, el protagonista de Los libros de Terramar, es sin duda alguna una encarnación perfecta
del Héroe
de las Mil Caras.
En su página de Internet, Spinrad incluye unas líneas que son más
vigentes en un tiempo como el nuestro, en el que cada vez se radicalizan más los
paradigmas del reino de las artes narrativas; un tiempo en que la
ciencia-ficción verdaderamente especulativa ha sido prácticamente desterrada
del panorama:
Hay una cosa mal con la ciencia-ficción, y creo que proviene
de la cultura también. ¿Cuánta ciencia-ficción de la que se publica ahora está
ambientada en mundos que sean mejores que los nuestros? No que tengan grandes
centros comerciales o naves espaciales más rápidas, sino mundos cuyos
personajes sean moralmente superiores, y donde la sociedad funcione mejor y sea
más justa. No muchos. Se vuelve difícil hacerlo, y eso es una relación de
retroalimentación con lo que está pasando en la cultura, con la ciencia-ficción
como la nota de menor importancia. ¡La gente ya no le da crédito! No sólo
mejores aparatos y más equipos de realidad virtual, sino mejores sociedades. La
gente no cree que el futuro será un lugar mejor. Y eso da miedo.
Ofrecer esperanza es
algo que la ciencia-ficción debería estar haciendo. Suena arrogante decirlo,
pero si no lo hacemos, ¿quién diablos va a hacerlo? Una de las funciones
sociales de la ciencia-ficción es ser visionaria, y cuando no lo está siendo,
hiere al sentido visionario de la cultura. Y cuando la cultura no es receptiva,
tampoco lo es la ciencia-ficción. Es una espiral descendente.
La mitología puede fabricarse (en el sentido de manipularse, de volverse
producto manufacturado): lo sabe bien la “fábrica de sueños”, cuya tendencia
ideológica quedó aplastantemente definida desde la aparición de Hollywood como
“Meca”. Resulta evidente que el Emperador de Todas las Cosas, como matriz
mítica, como paradigma moral (el reinado del cinismo y la crueldad) y
filosófico (el fascismo infinitamente renovado y enésimamente vuelto
fascinante) es la única veta que todos los poderes detrás de Hollywood están
dispuestos a apoyar.
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miércoles, 5 de febrero de 2014
El Héroe de las Mil Caras contra el Emperador de Todas las Cosas (I de II)
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| DGD: Paisajes-Ciudad alienígena 10 (clonografía), 2001 |
Existe una Historia que cuentan todas las historias, un Mito de fondo que se halla oculto detrás de las leyendas urbanas de moda, una única y persuasiva Moraleja debajo de las aparentemente diversas y contradictorias moralejas individuales en las obras del arte narrativo occidental. No es un “lujo” ni un “delirio” el intento de desentrañar esa Historia general, ese Mito global, esa Moraleja institucional; es, en todo caso, un deber de todo individuo que desee usar esa libertad expresiva e imaginativa que por todos lados se fomenta pero que prácticamente no se usa.
En su ensayo “El emperador de todas las cosas” (“Emperor of Everything”, en Isaac Asimov’s SF Magazine, 1987), Norman Spinrad hace uso de esa libertad y coloca los puntos sobre las íes en un territorio sembrado de minas explosivas. Ahí Spinrad afirma que la gran mayoría de las novelas más difundidas de ciencia-ficción y fantasía (y, podría agregarse, de las películas basadas en ellas) cuentan casi siempre una única Historia bajo distintos disfraces. A continuación, con su desparpajo e ironía características, Spinrad procede a describir esa Historia en sus términos esenciales:
Nuestra historia comienza en los límites de la civilización, en
donde un joven aparentemente normal está sufriendo los tormentos de la angustia
adolescente. Sin que lo sepan los patanes que lo rodean (y quizá sin que lo
sepa él mismo), es, de hecho, el heredero legítimo aunque exiliado del trono
del Imperio, o un superhombre mutante de incógnito, o el propietario de poderes
mágicos latentes, o quizá, sencillamente, un fuera-de-serie con una espada de doble
filo.
Pero las Fuerzas
Oscuras están en auge, se está cociendo un Apocalipsis como la copa de un pino
entre el Bien y el Mal, y nuestro héroe está destinado, por imperativos
genéticos, hereditarios o argumentales, a ser el campeón de los Ejércitos de la
Luz. Unos siniestros personajes merodean buscándolo, y puede que hacia el final
del primer capítulo hayan estado cerca de eliminarlo.
No tarda en aparecer
un forastero procedente de los mundos centrales, un Forastero poseedor de
conocimientos avanzados, perspectiva histórica, visión política y la misión de
buscar al Enchufado del Destino para entrenarlo y conseguir que se enfrente a
Darth Vader en la gran pelea por la corona de peso pesado del universo.
Así comienza la educación
errante de nuestro héroe bajo las directrices de Merlín el Mutante. Irá
desarrollando sus poderes potenciales en un viaje organizado por la galaxia, y a
golpes irá abriéndose paso desde la nada de la que provino, en una lenta
trayectoria espiral hacia el Trono del Imperio.
Por el camino sufre el
desprecio de la Princesa, va acumulando a su alrededor un abigarrado sistema
satélite de duros tenientes y sargentos de primera, monta un Ejército del
Pueblo, salva a la Princesa —ganándose su amor de paso—, y por último le revela
su Identidad Secreta de legítimo Emperador de Todas las Cosas y la convierte a
la causa.
El ejército
guerrillero se abre camino luchando hasta Roma, y consigue llegar al Palacio
Presidencial tras una batalla de unas sesenta páginas llena de sacrificios y
proezas. Pero el Señor Oscuro no ha llegado a convertirse en Maestro del Mal
chupándose un dedo: así que se mete una herradura en el guante de una mano y un
disruptor neurónico en el guante de la otra, y el héroe y él se disputan quince
asaltos mano a mano en lucha por el destino del universo.
Pero resulta que el
Tío Feo no ha oído hablar de las reglas de boxeo del Marqués de Queensbury:
tumba al árbitro sobre la lona y nuestro chico recibe palos durante catorce
asaltos, así que parece que al universo le espera una mala racha de un millón
de años.
Pero, justo cuando
está en el suelo y a punto de oír el final de la cuenta regresiva, sus poderes
mágicos entran en acción, la princesa le lanza un beso, Obi Wan Kenobi le
recuerda que la Fuerza lo acompaña, su intelecto mutante le permite fabricar un
lanzarrayos de partículas con palillos y clips, y un criado al que una vez
salvó la vida le inyecta cien miligramos de anfetas sagradas.
Nuestro héroe se
levanta de la lona a la cuenta de nueve y lanza un inspirado discurso: “Eh, tú”,
dice al Villano Definitivo, “se te ha desatado el cordón del zapato”. Cuando
Ming el Implacable baja la vista para comprobarlo, el Héroe del Pueblo le lanza
un gancho a la mandíbula que lo saca del cuadrilátero y de la novela, haciéndolo
volar hasta el segundo libro de la serie.
El bien triunfa sobre
el mal, se hace justicia, el héroe se casa con la princesa y se convierte en
Emperador de Todas las Cosas, y todo el mundo vive feliz por siempre jamás....
o, por lo menos, hasta que llegue el momento de fabricar la segunda parte.
En “El emperador de todas las cosas”,
Spinrad tiene la tremenda ambición no sólo de glosar la parte mayoritaria de la
literatura de ciencia-ficción y fantasía sino a fin de cuentas toda la
literatura desde un punto de vista arquetípico y global: el resorte secreto de
prácticamente todas las historias centradas por la figura de un héroe. Éste en
particular es “un héroe que inspira simpatía: es la fantasía masturbatoria
definitiva, el lector como Emperador del Universo, como Divinidad”.
Independientemente de que se esté de acuerdo o no con esta visión, de entrada
es claro que Spinrad ha dado con la razón por la cual la ciencia-ficción es,
como se dice, una “lectura de adolescencia”. Es tal vez por eso que se deja de
leer ciencia-ficción y fantasía e incluso mitología cuando se deja atrás la
juventud, entendida como etapa de “sueños”, y se aborda la adultez, con todas
sus decepciones y desilusiones, como etapa de “realidades”.
Si tiene tanto éxito esa “fórmula
primigenia para la acción-aventura” a la que Spinrad denuncia es porque está
dirigida a los adolescentes, sí, pero también a esa pequeña pero significativa
parte del adulto que no se resigna del todo a perder la capacidad de
crecimiento, de sueño, de enfrentamiento con lo imposible, de trascendencia.
Por eso tiene tanto éxito Star Wars
lo mismo que toda la literatura de auto-ayuda y el seudo-esoterismo: porque, al
igual que la saga del “Emperador de todas las cosas”, promete una revancha de todas las
pérdidas. Lo malo es que una idéntica fascinación es la que rodeó al nazismo,
que no hizo otra cosa con las ideas de Nietzsche.
Spinrad sabe
ubicar un digno contrapeso: la más lúcida revisión que se ha hecho al respecto, la de Joseph Campbell
en El héroe de las mil caras (The Hero with a Thousand Faces, 1949), al que Spinrad sabe dar su
sitio preciso: “el Héroe de las Mil Caras, a diferencia del héroe del Emperador
de Todas las Cosas, es un ser humano prototípico embarcado en una búsqueda
mística”.
La misma contraposición podría
establecerse experimentalmente en el cine de ciencia-ficción norteamericano,
entre Star Wars y Star Trek; en otras palabras: George
Lucas es a Gene Roddenderry lo que el “Emperador de todas las cosas” al “Héroe
de las mil caras”. El problema reside que en otros casos no es tan fácil
deslindar los bandos, y hay sagas que pisan ambos territorios, como Dune de Frank Herbert. Spinrad advierte este complejo
fenómeno:
También es cierto que muchas auténticas obras maestras del
género encajan cómodamente dentro de estos parámetros formales. Dune, Neuromante [Gibson], El libro
del Sol Nuevo [Gene Wolfe], ¡Tigre,
tigre! [Bester], la mayor parte del ciclo Dorsai de Gordon Dickson, El
Señor de los Anillos [Tolkien], Los
tres estigmas de Palmer Eldritch [Philip K. Dick], El Señor de la Luz [Zelazny], Nova
[Samuel R. Delany], La intersección
Einstein [Delany], las novelas del Mundo
del Río de Philip José Farmer, Forastero
en tierra extraña [Heinlein], Tres
corazones y tres leones [Poul Anderson], y otras muchas novelas de
auténtico valor literario son hermanas encubiertas, al menos en términos
argumentales, de esta fórmula primigenia para la acción-aventura.
Y si a eso vamos,
también lo son el Libro del Éxodo, el Nuevo Testamento, el Bhagavad Gita, las leyendas del Rey Arturo, Robin Hood, Sigfrido,
Barbarroja y Musashi Murakami, las vidas [tal como las cuentan los libros de
historia] de Alejandro el Grande, Napoleón, George Washington, Simón Bolívar,
Tokugawa Ieyasu, Lawrence de Arabia y Fidel Castro, por no mencionar Una tragedia americana, [Dreiser], El conde de Montecristo [Dumas], David Copperfield [Dickens], El hombre que podía hacer milagros [H.G.
Wells] y Superman.
Por tanto, es obvio
que nos enfrentamos a algo más profundo que una simple fórmula de ficción comercial:
se trata de una historia arquetípica intercultural que parece surgir del
inconsciente colectivo de la especie, presente ahí en donde se cuenten
historias, e incluso hay quienes aseguran que es la historia arquetípica.
Spinrad (nacido en 1940 en el Bronx
neoyorquino) no es un teórico sino un escritor, un inventor de ficciones, y su
ensayo es divagante y un poco débil a la hora de los soportes éticos o
filosóficos, pero su llamada de atención no puede sino agradecerse. Qué bien
que nos haga recordar que el Héroe de las Mil Caras de Campbell tiene “un
maestro espiritual shamánico” y que su viaje “es la historia de su despertar
espiritual. Libra batalla con las facetas más bajas de su propia naturaleza, ya
sea de forma abierta o transmutadas en una imaginería de villanos o monstruos.
El inframundo o centro al que por fin consigue penetrar, es el Vacío que hay en
el centro de la Gran Rueda, el nivel de la mente en donde el ego y la
conciencia emergen de la base colectiva de la creación. Y la batalla definitiva
en el centro es la lucha por conseguir la fusión mística de su espíritu con el
mundo, el clímax triunfal mediante el que obtiene una trascendencia espiritual
con la que puede volver al mundo de los hombres como Portador de Luz e
inspiración heroica”.
Este fenómeno puede entenderse ya no
como el choque de dos formas opuestas de concebir el destino humano, sino como
una sola forma antiquísima de concebirlo, que ha sido deformada con fines de
manipulación colectiva. En otras palabras: contamos una única historia de dos
modos distintos; una de ellas, la minoritaria, la del Héroe de las Mil Caras,
es, después de todo —dice Spinrad—, “la historia de nosotros mismos, o al menos
la historia de nuestras vidas que todos escribiríamos si pudiéramos poner las
manos sobre el teclado del Procesador de Textos del Cielo, y por eso los
narradores profesionales nos la siguen contando una y otra vez por todo el
mundo a lo largo de los milenios, y por eso siempre estamos dispuestos a
vivirla indirectamente una vez más”.
Si esta historia originaria se cuenta
de forma sincera y sin trucos, “puede hacemos sentir valientes, fuertes y
alegres, y ello puede animarnos a realizar hazañas de valentía espiritual en
nuestras propias vidas”, pero si se cuenta con trampas y bajezas para explotar
nuestros deseos, apetencias y necesidades más íntimas y volverlas cómplices del
poder instituido y del ulterior conformismo, se convierte en el otro modo de
contar la misma historia: la del Emperador de Todas las Cosas, el mayoritario canto
del poder masculino predador y la barbarie: el espíritu adormecido.
Por eso es
tan resonante el momento en que Spinrad plantea la diferencia entre el Emperador de Todas las Cosas,
que es un Arnold Schwarzenegger vociferante y cargado de armas fálicas, y el Héroe
de las Mil Caras, que es “el Hombre Corriente transformado en el Portador de la
Luz, como el auténtico Bodhisattva, [que] rehúye la cima de la trascendencia
ególatra y vuelve al mundo de los hombres no como un avatar de la divinidad,
sino como un Hombre Corriente renacido, como avatar democrático del dios que
hay en el interior de todos nosotros. Y esa es la verdadera luz del mundo, no
la magnificencia de algún ungido Enchufado del Destino”.
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