martes, 15 de octubre de 2019

El misterio de los cien monos (XX)

DGD: Morfograma 71, 2019.


El espejo en los otros


Del reconocimiento por el hombre, con temor y temblor, de que hay algo incognoscible, viene todo lo que es mejor en las exploraciones de su mente, incluso aunque ese reconocimiento quede con frecuencia desviado en superstición, esclavitud y excesiva confianza.
Thornton Wilder

Una mente colectiva

En A New Science of Life, Rupert Sheldrake explica que los campos mórficos son creados por la repetición y la costumbre, es decir por el uso de los mismos patrones básicos, que en todo caso admiten cambios graduales y resultados igualmente paulatinos. La observación de estos patrones, sugiere el biólogo, puede aplicarse a áreas tan diferentes como predecir el curso de los huracanes o explicar el fenómeno del déjà-vu. Sin embargo, una de las propuestas más audaces de la noción de resonancia es aquella que sacude la concepción occidental de la individualidad.
          Hasta principios del siglo XX, la ciencia aceptaba, al observar el comportamiento de las hormigas o las termitas, la hipótesis de un organismo colectivo compuesto por individuos-células, tolerando incluso la posibilidad de contemplar así, en cierto modo, a los grupos humanos. Mas esta aceptación se volvió negación cuando hacia los años treinta la idea de colectivismo fue relacionada con el nazismo y se volvió aterradora. Curiosamente, esa idea fue también peyorativa y hasta peligrosa hacia los años sesenta de ese siglo, cuando el dominante materialismo individualista la asoció con la ideología comunista. Como resultado, se desalentó toda experimentación en esa área, mientras que núcleos políticos de ultraderecha centraron sus estudios en el colectivismo para perfeccionar las formas de explotación de ese miedo.[1]
          Así, por ejemplo, para la teoría de la propaganda el individuo es indesligable de la masa. Crear convicciones en los individuos, uno a uno, toma demasiado tiempo y es arduo; de ahí que ellos sean reducidos a promedios, estadísticas y listas de lo que comparten con otros (sentimientos, motivaciones, mitos): cuando el individuo es parte de la masa, sus defensas psíquicas se debilitan y sus reacciones son más fáciles de provocar. Por eso se dice que un ser humano se “disuelve” en la masa, lo que alude directamente a la enorme serie de presiones que cualquier persona recibe cuando se halla en uno u otro grupo, justamente para ser aceptada por él y permanecer en su seno. La propaganda se dirige a la parte gregaria del individuo no menos que a la parte individual de las sociedades. Para estos estrategas no es una “abstracción” el principio de una mente colectiva. El ensayista Jacques Ellul clarifica este proceso:

Emocionalidad, impulsividad, exceso, todas estas características del individuo cuando se halla atrapado en una masa son bien conocidas por la propaganda y muy útiles para ella. Nunca se considera aislado al individuo; el escucha de una transmisión radiofónica, aunque físicamente esté solo, es sin embargo parte de un vasto grupo, y está consciente de ello. Se ha probado que los radioescuchas exhiben una mentalidad masiva, que forman una masa con existencia orgánica, aunque difusa y no cohesionada en un punto: una masa psicológica, si no biológica. Todos ellos están unidos y constituyen una suerte de sociedad en la cual sus integrantes son cómplices y se influyen unos a otros sin saberlo. [...] El espectador de cine también está perfectamente solo, aunque se halle codo a codo con su vecino, debido a la oscuridad y a la atracción hipnótica de la pantalla. Esta es la situación de la “multitud solitaria”. [Propaganda, 1965.]

Sucede lo mismo con las encuestas: el mero hecho de entrevistar a un individuo para recoger sus opiniones, lo convierte automáticamente en masa, y no tanto porque comparte ideas, mitos y formas de vida con otros encuestados, sino simplemente porque ha sido enfocado por un organismo en particular: el partido, movimiento o institución que organiza la encuesta, es decir, otra instancia grupal sin rostro. Para la propaganda, y pese al aparente culto a la individualidad en Occidente, el individuo es masa y a la inversa: los media, los discursos políticos o las “campañas” ya no se dirigen a un muy específico “Fulano de Tal” sino al segmento de una corriente que fluye en una particular dirección; es justamente esa dirección lo que se trata de preestablecer (y se logra día a día con asombrosa eficacia). Sin embargo, para que esto funcione —escribe Ellul—, “cada uno debe sentirse individuado, tener la impresión de que es a él al que se mira, de que es a él a quien alguien se dirige personalmente. Sólo entonces responderá y dejará de ser anónimo, aunque en realidad jamás abandona el anonimato”.[2]


El consciente colectivo

No obstante, desligado de esos referentes (y también de los turbios conductismos de Skinner), el colectivismo (o “consciente colectivo”, como lo llama el sociólogo francés Émile Durkheim) puede ser devuelto a su carácter de espejo. Según Sheldrake, los grupos humanos poseen campos mórficos sociales y culturales que cohesionan y organizan a sus integrantes. Sólo por ello una sociedad puede funcionar y responder como un todo, pese a estar compuesta por millones de individualidades. Un campo magnético funciona a la vez dentro y alrededor de un imán; un campo gravitacional se encuentra tanto dentro de la Tierra como en torno a ella; así, el campo mórfico de un hormiguero funciona como lo hace el de un cuerpo humano que coordina las funciones de sus órganos internos. Un campo mórfico grupal o social haría lo mismo con sus integrantes.
          Esta visión no intenta negar al individuo (noción engañosamente reverenciada en el Occidente neoliberalista), sino devolverle su totalidad escatimada por sistemas políticos que requieren a los seres humanos, o bien con una individualidad disuelta en la masa, o bien obsesionados por ella y aislados unos de otros... y de sí mismos. R.D. Laing reflejó esto en una sola frase: “Sólo puedes ser quebrado si estás hecho de piezas” (You can be broken only if you are in pieces).
          En este punto, Laing y Sheldrake coinciden con Frithjof Schuon: “La personalidad de un hombre se deriva esencialmente de una idea, o más exactamente, de un racimo de ideas agrupadas alrededor de una idea central o determinante” (The Transfiguration of Man, 1995). El gran método del poder occidental para manipular y dominar al ser humano consiste en influir directamente en esa idea central. Así, lo que los aparatos de poder producen es la “masa”, a través de la imposición de “ideas centrales estandarizadas”. Lo que el poder teme, pues, no es a la masa, sino a un conjunto de individuos libres, capaces de elegir, diseñar y abrir esa idea central a mayores esferas de la conciencia.


Una mente no local

Sheldrake está convencido de que el lado oscuro del colectivismo ha obliterado a un lado luminoso, precisamente por el miedo que la parte oscura suscita. Uno de sus campos de investigación más frecuentados es la medicina alternativa y en especial las facultades terapéuticas y curativas del rezo y la oración. No se encuentra solo en estas búsquedas: en Healing Words (1993), el médico Larry Dossey toma la apariencia de secularizar la oración a través de un simple cambio de nombre (no se rezaría a Dios sino al Absoluto que vive en todas las cosas). Convencido de la existencia de una “mente no local”, y de que la oración conecta con las esferas más allá del tiempo y el espacio, Dossey llega a sugerir que un paciente puede re-escribir su historia clínica por el método de intervenir en procesos subatómicos del pasado. Sheldrake, cuyas tesis no son tan audaces, tendría sin embargo que admitir que ello cabe perfectamente en la teoría de los campos mórficos.
          El biólogo inglés estudia también los rituales de todo tipo en diferentes culturas y, dentro de ellos, la capacidad del mantra (antiguas frases sagradas orientales, por lo general procedentes del sánscrito) para posibilitar una apertura de la conciencia. Ya desde el punto de vista del manejo de campos mórficos, analiza fenómenos como la telequinesis, la clarividencia y la telepatía. Su libro Seven Experiments that Could Change the World: a Do-It-Yourself Guide to Revolutionary Science (1994) se ha convertido en una especie de best-seller porque propone una serie de sencillos experimentos que el lector no especializado puede emprender en su casa (y cuyos resultados puede enviar a Sheldrake para que éste los añada a las estadísticas que por años ha ido reuniendo para probar sus teorías). Pese a este lado “práctico” de divulgación popular apoyado decididamente en el método científico, el autor no desaprovecha las páginas de Seven Experiments para deslizar la sugerencia de que ciertas “constantes universales” como la velocidad de la luz pueden muy bien sufrir variaciones.
          Evadiendo, pues, los riesgos en todo lo posible, Sheldrake se pregunta: cuando una bandada de pájaros en vuelo da un súbito viraje, ¿por qué sus integrantes jamás chocan unos con otros? Tanto en este como en otros ejemplos que llenan los escritos y teorías de Sheldrake se trasluce el sentido de gestalt, el término alemán referido a forma, figura, configuración o esencia y que es usado para aludir a estructuras completas o totalidades que no pueden reducirse a la suma de sus partes (una influyente escuela psicológica usó esta palabra para basar sus tesis). El sentido general de la gestalt (en tanto formación, diseño, ensamble o figura) está presente en los grupos humanos cuyos integrantes podrían no estar conscientes del grupo del que forman parte y que influye en sus comportamientos individuales.
          Cuanto mayor conciencia tienen los individuos de su pertenencia a un grupo —y sobre todo cuando media en ello una deliberación—, las manifestaciones de la gestalt son tanto más visibles; pueden encontrarse, por ejemplo, en las descripciones aportadas por atletas sobre el trabajo conjunto en sus equipos deportivos: a través del entrenamiento se desarrolla su capacidad de respuesta de uno a otro, de tal modo que en los mejores momentos el equipo actúa como un solo organismo. Sheldrake se apoya en su tesis para iluminar los estudios que se han hecho de grupos y multitudes humanas en diversas situaciones, así como las siempre misteriosas formas en que se propagan las modas, los rumores o incluso los chistes. En todos estos ejemplos está resonando silenciosamente la metáfora de los cien monos.

*

Notas

[1] El lado teórico de este desprecio al socialismo y al pensamiento colectivo, a favor del individualismo, el interés personal y el capitalismo irrestricto, está bien representado por los libros de la filósofa rusa Ayn Rand, en especial su Virtue of Selfishness: a New Concept of Egoism (1961).
[2] Cf. Edward S. Herman y Noam Chomsky: Manufacturing Consent (2002).

Libros citados
Sheldrake, Rupert: A New Science of Life: the Hypothesis of Formative Causation, J.P. Tarcher, Los Ángeles/Nueva York, 1981.
——: Seven Experiments that Could Change the World: a Do-It-Yourself Guide to Revolutionary Science, Fourth Estate, Londres, 1994; Riverhead Books, Nueva York, 1995.
Ellul, Jacques: Propaganda: The Formation of Men’s Attitudes (1965), Random House, Nueva York, 1973.
Durkheim, Émile: Selected Writings, Cambridge University Press, Cambridge, 1972.
Laing, R.D.: Divided Self, Penguin Books, Nueva York-Londres-Toronto, 1979.
Frithjof Schuon: The Transfiguration of Man, World Wisdom Books, Bloomington, 1995.
Dossey, Larry: Healing Words: the Power of Prayer and the Practice of Medicine, Harper & Collins, San Francisco, 1993.






domingo, 6 de octubre de 2019

El misterio de los cien monos (XIX)

DGD: Morfograma 70, 2019.


Un diorama de lo sagrado

Una de las virtudes de la teoría de los campos mórficos es que no usa su nombre como máscara que elimina a las demás sino que lo emplea como reconocimiento del pasado, como integración con la memoria ancestral. Es por ello que cuando Sheldrake afirma “puede ser demasiado tarde”, está infiriendo una antiquísima raíz, la de la palabra Gaia, el término de la antigüedad griega para referirse a la Madre Tierra; alude también al movimiento ecologista que, centrado en esa palabra, intenta cambiar la mirada humana sobre su planeta de origen, sobre todo en una época en que la crisis ecológica se ha extremado a gravísimos niveles. Ya los antiguos celtas estaban convencidos de que existe una energía básica interior y exterior en el mundo, a la que llamaron shunnache y que estaría organizada, por las leyes naturales, en patrones denominados manred. Puesto que los cuatro elementos (tierra, aire, fuego y agua) se hallan en diferentes combinaciones a lo largo y ancho del cosmos, algunas veces la energía inherente a un lugar es más detectable que en otros sitios.
          Para la cosmología y la mística celtas, ciertos lugares estaban más “cargados” de shunnache que otros; una vez localizados, estos puntos recibían el nombre de nemeton. Ahí se construían templos o se situaban los druidas para comunicarse con el universo y desarrollar las artes de draíocht (magia), taghairm (adivinación) y corrguine (herbalismo). Incluso la “lectura tectónica” era una forma de reconocer tales lugares, revelados por la configuración de los árboles, plantas y piedras, o por la propia estratificación y conformación lítica del suelo; sin embargo, la primordial vía de identificación era el sentimiento, la sensación de hallarse en un lugar santo, un “diorama de lo sagrado”, un pequeño modelo del paraíso insertado en plena tierra. La creencia afirmaba que el manred de las energías corporales de un hombre podía alinearse con el patrón de la naturaleza: un nemeton era visto como un enlace místico y a la vez orgánico entre los seres humanos y el mundo natural: era el lugar en que los celtas se sentían más en casa. La astada diosa de los nemeton era Nemetona o Arnemetria, otra de las formas de la diosa blanca (en término de Robert Graves) cuyo nombre más extendido es Gaia.
          Cuando la palabra Gaia volvió en la modernidad para integrarse en la militancia ecologista, la ciencia ortodoxa la descalificó con el simple método de adjudicarle el nombre de “eco-religión”. Es curioso que la ciencia oficial utilice los nombres para descalificar a una corriente, cuando la misma raíz de las palabras que usa el mundo científico refiere directamente a lo que la ciencia descalifica: así, la palabra materia —único dios secular del orbe científico— proviene de mater (“madre”), así como todo el ethos materialista está permeado de metáforas maternas. “La ciencia”, nos hace recordar Ortega y Gasset, “es mero simbolismo.”[1] A partir de los insistentes trabajos de varios teóricos desde el lado de la ciencia occidental,[2] esa ortodoxia está siendo obligada a aceptar (aunque a pasos de tortuga) la concepción gaiana del planeta como un ser consciente. La relación del hombre con el mundo natural ya no puede ser “de yo a eso” sino “de yo a tú”, en una actitud simbiótica. Como afirman ciertos filósofos holísticos, los seres humanos requieren con urgencia una “Declaración de Interdependencia” no sólo entre sí sino de la humanidad con el planeta y el universo entero.


La Declaración de Interdependencia

Un primer resultado concreto de la teoría de los campos mórficos es, pues, hacernos conscientes y co-responsables (la primera forma de irresponsabilidad es la inacción) del asesinato de un ser vivo que la mentalidad mecanicista occidental perpetra hora tras hora. Una parte minoritaria de la humanidad está asesinando a Gaia. Los términos de la catástrofe ecológica apenas pueden enumerarse sin alarma, y son bien representados por la declaración de la Academia Norteamericana de Ciencias (NAS) en el año 2002: “Es posible que el sobrecalentamiento mundial que se preveía para los próximos cien años podría, de pronto y sin aviso, acelerarse dramáticamente en sólo unos cuantos años, provocando un nuevo régimen climático que podría dañar ecosistemas y asentamientos humanos en todo el mundo al impedir que las plantas, los animales y los seres humanos se adapten a él”. George W. Bush, entonces presidente de Estados Unidos, admitió este peligro, pero al mismo tiempo se rehusó a firmar los Acuerdos de Kyoto, un intento internacional de controlar el sobrecalentamiento, aun cuando Estados Unidos es el mayor causante de este problema. Al mismo tiempo, Bush anunció un presupuesto militar de mil millones de dólares por día. En agosto de 2002, el escritor Eduardo Galeano sintetizaba esta situación:

“La naturaleza está ya muy cansada”, escribió el fraile español Luis Alfonso de Carvallo. Fue en 1695. Si nos viera ahora. [...] Una gran parte del mapa de España se está quedando sin tierra. [...] De los bosques mediterráneos, queda en pie 15 por ciento. Hace un siglo, los bosques cubrían la mitad de Etiopía, que hoy es un vasto desierto. La Amazonia brasileña ha perdido florestas del tamaño del mapa de Francia. [...] Cuanto más se degrada la tierra en el mundo, más fertilizantes y pesticidas hay que usar. Según la Organización Mundial de la Salud, estas ayudas químicas matan a tres millones de agricultores por año. [...]
  Como las lenguas humanas y las humanas culturas, van muriendo las plantas y los animales. Las especies desaparecen a un ritmo de tres por hora, según el biólogo Edward O. Wilson. Y no sólo por la deforestación y la contaminación: la producción en gran escala, la agricultura de exportación y la uniformización del consumo están aniquilando la diversidad.

Diecisiete años después de esta alarmada declaración (en 2019), la ONU lanza un ultimátum mundial: en sólo tres décadas el daño planetario será irreversible. La generación que escucha esta advertencia es la primera en toda la historia de la humanidad para la cual el futuro ya no es una magnitud abierta e interminable. Pese a la multitud de campañas tendientes a conjurar la crisis y la concientización de cada vez más sectores de las sociedades, la vida cotidiana sigue transcurriendo bajo la ilusión de un futuro de largos plazos.
             La fragmentación del mundo en ciencia y religión no deparó dos reinos independientes entre sí, sino mitades que, despojada una de las características de la otra, desembocarían respectivamente en la sequedad, el endurecimiento y la cerrazón. Es difícil no estar de acuerdo con la opinión de Huston Smith: “Cuando se trata de averiguar cómo es el mundo, no hay mejor sitio que la ciencia moderna para empezar, y ninguno peor para terminar” (Forgotten Truth, 1976). Tres siglos atrás, Malebranche había hecho la misma advertencia (De la recherche de la vérité, 1674).
             Galeano hacía ver con suficiente claridad la profunda contradicción de un mundo basado en la ciencia materialista:

Se pelan los bosques, la tierra se hace desierto, se envenenan los ríos, se derriten los hielos de los polos y las nieves de las altas cumbres. [...] Las inundaciones y las sequías, los ciclones y los incendios incontrolables son cada vez menos naturales, aunque los medios insisten, contra toda evidencia, en llamarlos así. [...] 75 por ciento de la contaminación del mundo proviene de 25 por ciento de la población. [...] No es “la humanidad” la responsable de la devoración de los recursos naturales, ni de la pudrición del aire, la tierra y el agua. [...] El planeta está siendo asesinado por los modelos de vida, así como nos paralizan las máquinas inventadas para acelerar el movimiento y nos aíslan las ciudades nacidas para el encuentro.

Ni qué decir tiene que en 2019 todas esas predaciones y cifras se han disparado en lugar de reducirse.
             Gaia no es una “eco-religión” sino una de las manifestaciones centrales de una actitud de hartazgo, es decir aquella que ya no puede tolerar a los paradigmas impuestos, sobre todo a los que se basan en las truculentas tesis del “mal menor” y del “mal necesario”. El actual paradigma que gobierna al mundo manipula a la oscuridad para arrebatar todo sentido a la luz.
             A veces (acaso nunca como en el principio del siglo XXI) resulta necesario decirlo con la visionaria violencia con que en 1929 lo expuso D.H. Lawrence:

La némesis que guarda nuestra civilización es una locura social que al final siempre es homicida. Cordura significa la totalidad de nuestra conciencia, y nuestra sociedad sólo es consciente en parte, como un idiota. Si no abrimos rápidamente todas las puertas de la conciencia y refrescamos el pequeño espacio pútrido en que nos acunamos, los muros celestes de nuestro paraíso sin ventilación se mancharán del rojo brillante de la sangre.

*

Notas
[1] Cf. José Ortega y Gasset: Obras completas (1983), v. IV: “Imperialismo de la física” y “La ‘ciencia’ es mero simbolismo”; v. VII: “¿Qué es filosofía?”; v. XII: “Investigaciones psicológicas. Lección X: Las ciencias suponen la existencia de la verdad”.
[2] Entre ellos: James Lovelock: Gaia: a New Look at Life on Earth (2000); Lynn Margulis, Dorion Sagan y Philip Morrison: Slanted Truths (1997); Tyler Volk: Gaia’s Body (1997). Cfr. también Alan Ereira: The Heart of the World (1990) y Tom Brown Jr.: Awakening Spirits (1994).

Libros y artículos citados
Smith, Huston: Forgotten Truth: the Common Vision of the World’s Religions (1976), Harper & Collins, San Francisco, 1993.
Malebranche, Nicolas de: Œuvres complétes Tome I: De la recherche de la vérité: Où l’on traite de la nature de l’esprit de l’homme et de l’usage qu’il en doit faire pour éviter l’erreur des sciences (1674), Librairie J. Vrin (Bibliothèque des textes philosophiques), París, 2002.
Galeano, Eduardo: “El poder se alza de hombros: cuando este planeta deje de ser rentable, me mudo a otro”, en La Jornada, México, agosto 21 de 2002.
Lawrence, D.H.: “Nemesis”, en Pansies, P.R. Stephenson, Londres, 1929.