sábado, 28 de febrero de 2009

Arcadia

DGD: Textiles - Serie blanca 7, 2009
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En las primeras luces del silencio
la imagen es voz que busca
lengua, labios y garganta
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Entre todas las estatuas de la alameda
una es el sueño de la noche
y en su torno las demás se levantan
como el aroma del musgo tras la lluvia
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Del otro lado del mundo
el día esculpe hemisferios añorantes
De noche el sol es la raíz
de los árboles dormidos
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Arcadia, tantas voces deslavan tu voz
tantas imágenes acallan tu imagen
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El insomnio me pesa en los párpados
Todo este barullo
no me deja
despertar
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[Del poemario Para reconstruir a Galatea, Universidad Veracruzana, Ediciones Papel de Envolver, col. Luna Hiena, Xalapa, 1989. Edición agotada.]
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domingo, 15 de febrero de 2009

Un texto de José María Espinasa sobre Ónfalo

DGD: Textil 60, 2005
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La volatilidad de la permanencia
José María Espinasa
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La escritura de Daniel González Dueñas desde que se dio a conocer como escritor ha sido de una gran versatilidad, no sólo por los diferentes géneros que ha practicado sino por la libertad con que al interior de ellos se mueve, haciendo que hablen desde su voz formal, a la vez personal y anónima. Utilizo estas dos posiciones como contrapuestas para tratar de explicar lo que más me llama la atención de su escritura. Quiero aclarar, antes de seguir adelante con estas notas, que utilizo la palabra “escritura” en un sentido muy preciso —el que le da Roland Barthes en El grado cero de la escritura— pero aceptando la ambigüedad que en el propio autor francés adquiere con su uso y abuso. Así González Dueñas es para mí escritor no porque haya publicado novelas, cuentos, poemas o ensayos —lo ha hecho— sino porque escribe. Parecería una verdad de Perogrullo pero no lo es. Ese escritor no es un profesional —aunque tenga todos los rasgos de uno de ellos— ni tampoco un aficionado, sino, si traducimos el término amateur en toda su extensión, un apasionado.
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Todos sus libros suelen ser un gesto amoroso: a un autor —Cortázar, Méliès, Buñuel—, a un lenguaje —el del cine, el del inconsciente— o a una persona, que se llama de manera terminante ; esa contundencia la sitúa en la alteridad y la hace distinta de ese tú puramente nominal al que estamos tan acostumbrados. Y en ese sentido Ónfalo es su mejor libro. Claro, el autor, como la madre, quiere a sus hijos por igual, pero sus amigos reconocen más en uno u otro sus gestos. He tenido la suerte de ser, desde distintos lugares, editor de varios textos de González Dueñas. Su sutil pero rotundo estilo de ensayar —bien representado por libros como Las visiones del hombre invisible o Libro de Nadie— me ha hecho buscar ese impulso básico en sus otros libros, encontrándolo a veces de rebote o en carambola de tres bandas. Pero nunca de manera tan intensa en la brevedad de este volumen, texto que sin embargo se abre de manera infinita.
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Podría encontrarle algunos antecedentes en nuestras letras —quién podría olvidar al Arreola de Confabulario— pero cometería un error, pues enmascararía lo excepcional de su escritura. Prefiero ahora referirme a él —a Ónfalo— como algo único y (lo digo con tristeza) tal vez irrepetible. Los valores inmediatos saltan a la vista: precisión, concisión, belleza de la página casi como un universo plástico, como la tela de un cuadro, musicalidad, humor. Pero va más allá, porque engarza las joyas como se hace un objeto mágico, y ante la magia más que admirar su efectividad o su eficiencia admira la belleza del gesto. Dicho de otra manera: escribir páginas intensas sólo tiene sentido en la medida en que esa intensidad se conserva intocada después de que se ha mostrado; un poema de amor sólo lo es de verdad si no se agota en el amor, si es una rosa natural, fresca y radiante, pero eterna, y —aquí tiembla un poco la voz al decirlo— una eternidad por la que pasa el tiempo.
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El hecho de que estos relatos o poemas, llámelos como usted quiera, sean a la vez instantáneos, eternos y temporales es un desafío real. Porque su completud, que es una manera de decir su “acabado”, su “finitud”, no les quita su condición de fragmento, de la misma manera que el diamante nunca deja a fuerza de pulirlo de ser un guijarro. Sólo así escapa a la cristalización. Por ejemplo, la cantidad de dedicatorias que hay en este libro nos señala que los textos tienen algo de ofrendas humildes, de exvotos, de milagritos, muchos de ellos de una sofisticación tremenda por el tiempo acumulado en la vivencia de la duración como transcurso. Eso es lo que hace a los monumentos funerarios tener tanta fuerza: están vivos como el comendador ante don Juan.
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La concreción se da en estos textos en función del instante —la revelación de algo o alguien— y el trabajo que el tiempo hace sobre la posibilidad o imposibilidad de expresar lo ocurrido. La conservación de la experiencia depende de su capacidad para permanecer viva como revelación sobre la elusiva superficie del tiempo. Pondré un ejemplo cinematográfico muy conocido: los murales romanos de Roma Fellini, que se muestran al mismo tiempo que se pierden para siempre. La fotografía como arte también expresa eso: el momento fotografiado tiene una magia que rara vez se conserva en la foto. A la vez el tiempo al transcurrir las suele cargar de un contenido emotivo que antes no tenían. Por eso Ónfalo es un manual de sobrevivencia, pero sobre todo de vivencia. Nada hay de fijo en los textos reunidos, pero nada tampoco de transitorio: instalan una duración distinta.
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No es extraño que a González Dueñas le interese mucho Porchia y sus Voces; le gusta la condición aforística de la escritura, de koan trabajado por el mundo, de enseñanza cifrada e interpretable, nunca dogmática y siempre paradójica, construida sobre una vuelta de tuerca adicional, imprevista, sorpresiva, juguetona, que termina por resolverse como una elección estética encarnada en la ética. Este camino tiene dos direcciones, a veces de verdad muy diferentes: una la del rezo, la de la ley, la del mandato (que casi nunca es literatura), y otra, la del fuego de artificio que se enciende una y otra vez y no parece agotarse en su capacidad lúdica; es entonces cuando sí es literatura y eso ocurre en Ónfalo.
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Así la unidad de lo diverso vuelve al libro algo heterodoxo, poco frecuente en nuestras letras. Cercano, ya se dijo, a Arreola, pero también a Francisco Tario o Díaz Dufoo, y en su generación a Luis Ignacio Helguera y Francisco Segovia. En todo caso una muestra de que este autor, tan elusivo en su grafomanía a las definiciones, ha alcanzado una gran estatura literaria.
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[Texto leído por el autor en la presentación de Ónfalo (Ediciones Sin Nombre, col. Los Libros de la Oruga, México, 2004), Casa Refugio Citlaltépetl, mayo 31 de 2005.]
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martes, 3 de febrero de 2009

Pentimento

DGD: Redes 71, 2008
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Sale el sol, se nubla, sale el sol. Señal inequívoca de que Dios está indeciso. Aún más: voluble y acaso arrepentido, como el pintor que contempla largamente su obra, descontento del conjunto, y no sabe si bastará retocar esta zona o rehacer aquella, o de plano borrar el cuadro entero de la faz de la tierra.
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Hoy Dios parece echar marcha atrás, querer borrar la faz de la tierra. Partes del paisaje se retiran de la Creación como signos de la duda y el titubeo: esa zona del bosque se desdibuja, estas calles pierden la faz y partes de la ciudad se quedan como a medio hacer —o a medio deshacer. Vaya a saber qué recodos del mundo, como éstos, ahora mismo se desdicen y por instantes aspiran a su nada inicial.
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Tal vez la Creación no sea un parejo ir avanzando. Va y vuelve, festeja aquí y titubea allá, descontenta del conjunto. Parciales arrepentimientos, como en la vida de los hombres hay horas en que sin saberlo vuelven aunque vayan, desdicen aunque digan, y partes de sus cuerpos, y partes de sus almas, son a trechos como este bosque y estas calles: sale el sol, se nubla, sale el sol. A trechos la Creación se arrepiente y no es un irse acabando, porque acabar es ir de todos modos adelante.
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Vaya a saber si eso es también la Creación, y si Dios es lo voluble e indeciso del artista y no el artista mismo. Sabrá Dios si dudar es el único acto verdaderamente divino.
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[De Ónfalo, Ediciones Sin Nombre, col. Los Libros de la Oruga, México, 2004.]
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domingo, 25 de enero de 2009

El problema de otros

DGD: Textiles-Serie roja 3, 2008
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En la satírica serie de novelas de ciencia-ficción iniciada por The Hitchhiker’s Guide to the Galaxy (1979), Douglas Adams propone una irónica forma de la invisibilidad a través de una hipótesis tecno-psicológica llamada “El Problema de Otros” (lo abreviaremos PDO; la expresión original es Somebody Else’s Problem). En pocas palabras, se trata de un campo de energía que cubre a determinado elemento —objeto o sujeto—, de manera que las personas que lo rodean se dicen “no es mi problema sino el de otros” y, por tanto, se desinteresan de ese elemento a tal grado que dejan de verlo. En el tercer libro de la trilogía, Life, the Universe and Everything (1982), se da un buen ejemplo de PDO cuando una nave extraterrestre aterriza a mitad de un partido de cricket y la multitud sencillamente no la nota.
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Douglas Adams satiriza el hecho de que se conciba como “natural” la propensión de los seres humanos a ver la mayoría de las cosas como “problema de otros”; esa tendencia sólo puede ser natural en un muy determinado contexto socio-político —como el norteamericano— en donde el individualismo egoísta es el básico paradigma. La filosofía “práctica” define a la diversidad de lo real como una caótica avalancha de conflictos, contradicciones y pugnas; así, el ser humano sólo puede hacer suyas unas cuantas de las manifestaciones del mundo, a las que concibe precisamente como problemas. Si la realidad es un cúmulo de conflictos, resulta lógico (es decir, “natural”) que el individuo sea únicamente capaz de consagrarse a un número muy reducido de ellos. Ser, por ejemplo, hijo, padre, maestro, profesionista y ciudadano, implica ya demasiados problemas como para echarse encima otros.
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Ese es el único esencial problema: el hecho de que, para el individuo, la humanidad es siempre un problema que corresponde a otros. Lo es también que del mismo modo se descarta todo aquello que entra en conflicto con el interés de la filosofía individualista. Ésta se basa en un enfrentamiento “práctico” con la diversidad: sólo vemos lo que vale la pena de ser integrado a nuestra experiencia personal como problema. Es también una forma de defensa psicológica: tanto Adams como otro autor de ciencia-ficción, Terry Pratchett —en su serie Discworld—, se basan en el consenso psicológico según el cual las personas no ven cualquier cosa que están seguras de que no está ahí: lo imposible, lo improbable, lo contradictorio, lo paradójico, lo diverso e incluso lo impopular.
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La hipótesis del PDO se basa asimismo en otra convención de la psicología conductista llamada “filtración estática” (static filtering), fenómeno en el cual la gente de modo automático desecha información contraria a sus expectativas. Se espera que la realidad sea de tal o cual manera, y toda evidencia que no coincide con la definición preestablecida es descartada antes que atendida. Un ejemplo de “filtración estática” es el uso de imágenes subliminales en publicidad; la conciencia capta esas imágenes pero no las deja pasar al nivel de la crítica porque no pertenecen al continuo de lo que está presenciando: las toma como “basura” o error, tal como funcionan ciertos filtros en los servidores de correos electrónicos.
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Las metáforas suelen dialogar en los juegos de espejos más inesperados. Así sucede, por ejemplo, cuando se confronta la hipótesis del PDO y la noción de “filtración estática” con una cinta de ciencia-ficción que cabe de lleno en la saga de la invisibilidad por la virulenta duda que arroja de modo indirecto. El argumento de Capricorn One (Peter Hyams, 1978) plantea el primer vuelo tripulado a Marte: la humanidad entera ve las imágenes del “amartizaje” y a los astronautas humanos pisar la superficie del planeta rojo. Mas todo ha sido una gigantesca estafa con fines políticos y estratégicos, cuidadosamente orquestada por el gobierno norteamericano: lo que proyectan millones de televisores en todos los países son imágenes procedentes de un estudio de televisión clandestino y una escenografía especialmente diseñada para hacerse pasar por la realidad.
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Los resortes secretos de lo real son movidos en la total invisibilidad. El público podría sospechar la existencia de una estafa y hasta atar ciertos cabos para darse cuenta de ella, pero no lo hace porque sospechar y atar cabos son “problemas de otros”. ¿Cómo dudar de algo que aceptan todos? Por lo demás, el ciudadano sólo aplica la duda cuando algo atañe directamente a sus problemas: jamás su susceptibilidad está más desarrollada que en esos casos. Cuestionar más allá sólo puede adicionarle conflictos innecesarios; la prueba es que el mundo sigue funcionando. Ese ciudadano estaría incluso dispuesto a “hacerse de la vista gorda” puesto que, sea o no una estafa esa transmisión televisiva, ya en sí incrementa la supremacía de su país y por tanto afirma su seguridad individual y sus pequeños privilegios.
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La pregunta indirecta del director y guionista Peter Hyams se aplica claramente a la visita del hombre a la Luna: el histórico “alunizaje” del 20 de julio de 1969, ¿fue igualmente “virtual”, como se ha preguntado hasta el cansancio la conspirología del siglo XXI? Por más anodino que parezca el cuestionamiento de Capricorn One (lo fundamenta la puesta en escena parecida a un serial de los años cincuenta), tal hipótesis se relaciona en primera instancia con el complejo tema de la dicotomía entre lo percibido por los ojos y lo que registran instrumentos mecánicos. Hay, en efecto, buen pie para la duda: en el momento en que el Apolo 11, poco después de despegar, desapareció de la vista desnuda en el cielo, el resto del viaje fue una cuestión de los mass media. (Lo mismo podría aplicarse a las transmisiones de los siguientes vuelos a la Luna, los Apolos 12, 14, 15, 16 y 17; el costo final del programa Apolo-Saturno —llevado a cabo entre julio de 1969 y diciembre de 1972— fue de 25 billones de dólares.) Hyams se pregunta con bastante resonancia: ¿hasta dónde llega el poder de los medios para manipular la realidad y vender tal o cual certidumbre?
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Sin embargo, aún más allá queda la pregunta ulterior: ¿cuánto pueden ver los ojos desnudos en realidad? ¿Cuál es la compleja “filtración estática” que nos impide ver la mayor parte de lo que vemos? ¿En qué forma es adiestrada la conciencia para no permitir el paso de ciertas imágenes al nivel de la crítica? El momento en que el Apolo 11 desapareció de la vista desnuda para sólo ser perceptible por telescopios y radares, ¿marca el límite de la percepción humana y el comienzo de la “extensión tecnológica” de los sentidos, o señala el punto en donde el ojo es convencionalmente sustituido por el aparato? En última instancia: ¿qué parte de lo invisible lo es por educación cultural, hacinamiento de códigos, imposición de falsas fronteras?
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Otro elemento que interviene en la hipótesis de Douglas Adams en The Hitchhiker’s Guide to the Galaxy es lo que se llama “efecto del mirón” (bystander effect), también conocido como “apatía del espectador” (bystander apathy), un fenómeno psicológico según el cual una persona, si está sola, tiende a intervenir en situaciones de emergencia o a acudir en auxilio de alguien que necesita ayuda (bystander intervention), mas no así si otras personas están presentes. La “explicación” más común es que un observador, en presencia de otros observadores, asume que alguien más habrá de intervenir y por tanto no se siente directamente responsable de hacerlo.
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En incontables ocasiones el cine “B”, hecho a toda velocidad y sin demasiadas exigencias, arroja evidencias similares. En un muy precario filme de este tipo, Invisible Strangler (1976), un asesino invisible ataca a una bailarina cuando ella se encuentra en un escenario, en pleno ensayo, rodeada por otras personas. Éstas la ven contorsionarse con las manos al cuello pero lo toman como parte del brío con que la mujer ensaya, y sólo se alarman cuando ella cae y se convulsiona de un modo que comienza a resultar un tanto “exagerado”.
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La “apatía del espectador” puede deberse a diversas causas: el observador espera la llegada de otros individuos más calificados (como médicos o policías), o teme hacer el ridículo ante los demás espectadores (rechazo de una ayuda no solicitada; humillación debida a un auxilio torpe; demostración pública de debilidades o ignorancias). En una palabra: teme meterse en problemas... de otros. El fenómeno genera una mutua inmovilización: cada observador calibra primero las reacciones de los otros para evaluar si la ayuda es necesaria, y como todos hacen exactamente lo mismo, la inacción es tomada por el grupo como señal de que no es necesario intervenir (a esto se llama “difusión de responsabilidad”).
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En última instancia, he aquí una demostración de que aquello que en el efecto PDO funciona en un grupo, es menos funcional en un individuo aislado. Aquella multitud que participaba en el partido de cricket no vio a la nave espacial, pero un individuo solo tenía más probabilidades de detectarla. Si no hubiera habido más que un acompañante de la bailarina en la secuencia de Invisible Strangler en que ella es atacada, habría tratado de ayudarla sin titubeo ni paralización, lo que significa que, estando solo ese observador, no lo habría inmovilizado la ley que define como rotunda imposibilidad a una presencia invisible.
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No hay, pues, nada de “natural” en fenómenos como el PDO, el “efecto del mirón” o la “filtración estática”: son construcciones sociales apoyadas en una psicología ortodoxa. Una innovadora corriente de la medicina alternativa del siglo XXI se niega rotundamente a diagnosticar, basada en el lema “diagnóstico es profecía”: un paciente a quien algún especialista —esto es, una figura de la autoridad— le dice que sufre de esto o aquello, cree en la prescripción al grado de hacerla real y adaptarse a ella. Y no sólo el diagnóstico o la interpretación funcionan así, sino incluso la descripción. Toda la filosofía práctica de Occidente, enunciada minuto a minuto por los media, se basa en describir una miríada de rasgos de las personas que éstas asumen, puesto que todas esas descripciones son profecías procedentes de la autoridad inferida, del poder de los medios.
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Es por ello que las personas se inmovilizan unas a otras y mantienen invisible a lo invisible. También a ello se debe el hecho de que sigamos considerando a la cada vez más grave situación ecológica del planeta como "problema de otros", como si no estuviéramos en el mismo mundo que esos otros y nuestras acciones personales no repercutieran sino dentro de los límites de nuestra realidad doméstica y domesticada. Y es también por esto que la mitología popular vuelve, una y otra vez, a la figura del héroe-paria, del expulsado del clan que ve lo que no percibe el conjunto. Sin embargo, aquí se presenta otro “problema”, puesto que a la vez ese individuo aislado tendría que deshacerse de los filtros que le impiden registrar lo que “no espera que esté ahí”. Esta suprema liberación (la del individuo en sí mismo, y también la de la masa, que deja de ser una entidad informe y previsible y se transforma en un concierto de individuos) se halla en el núcleo de la novela The Invisible Man (1897) de H.G. Wells: el protagonista lleva a cabo una enorme serendibilidad puesto que, al hacerse invisible, va más allá de sus expectativas, pierde todos los filtros culturales y se convierte en humanidad, es decir, en el problema de todos.
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[Capítulo del libro Otras visiones del hombre invisible, Ediciones Sin Nombre, col. Los Libros del Arquero, México, 2007.]
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viernes, 16 de enero de 2009

Dedicatoria universal

DGD: Redes 42, 2008
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Se dice que los escritores escriben para unos cuantos. Esto es cierto, pero no tan cierto como que escriben para una sola e irrepetible persona. Cien o cien millones de lectores siguen siendo “unos cuantos”. Y entre ellos uno solo es el verdadero destinatario. A veces él o ella se dará cuenta al leer, como si aquel libro, aquella página, fueran una carta dirigida en exclusiva a su persona, y todos los demás ejemplares fueran la forma de llegar a sus manos a través de una enorme carambola. Sólo en ese lector o lectora el libro se cumple, sólo en él/ella cada palabra cae en un lugar originario, sólo ante sus ojos no hay sentidos espurios, rodeos, equívocos, circunloquios, partes inútiles o prescindibles. Pueden pasar siglos para que un libro llegue a su destino, que equivale a un único lector. Y él/ella puede no darse cuenta, puede pensar que sólo es “como” si hubiera sido escrito para ajustarse a su vida como un traje a la medida. Pero lo fue. El sueño de todo escritor es escribir para todos. Sólo hay una forma: aceptar que escribe para uno. Ni siquiera para sí mismo, ni siquiera para quien o quienes tiene en mente: escribe para uno o una que no está en su vida, mente o escritura, pero que las justifica. Cada libro personal debería tener una dedicatoria a esa irrepetible persona para quien ha sido escrito sin conocerla: Este libro está dedicado a ti, y únicamente a ti, a quien no conoceré nunca.
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miércoles, 7 de enero de 2009

La promiscuidad mítica

DGD: Redes 61, 2008
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En una delirante película comercial de muy precarios recursos, Dracula in the Castle of Blood (Antonio Margheriti, 1970), Edgar Allan Poe (interpretado por Klaus Kinski) aparece como un fantasma habitante del mundo espectral que en vida había descrito en sus historias imperecederas. Dicho en otras palabras, Poe se vuelve uno de los personajes de El pozo y el péndulo. Esta mecánica se llevaría aún más lejos en Tale of a Vampire (Shimako Sato, 1992), en donde el propio Poe (Kenneth Cranham) es un vampiro que busca vengarse de un congénere inmortal, Alex (Julian Sands), a quien Poe —sólo referido como “Edgar”— culpa de haber vampirizado a su amada esposa, Virginia Clem, quien a su vez habría conferido a Edgar el carácter vampírico. En este caso Poe es el incierto y torturado habitante de su poema Annabel Lee.
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Un posible nombre para este tipo de planteamientos podría ser “promiscuidad”, en el sentido de mezcla confusa o convivencia heterogénea, en este caso entre lo real y lo ficticio. Con qué asombrosa facilidad un nivel se inserta en el otro, con qué naturalidad convive Poe con Ligeia y con qué íntimo regocijo aceptamos estas propuestas al mismo tiempo que nos estremece su extrañeza. Se trata de esos juegos de espejos que, en su más alta expresión, están bien ejemplificados por la obra de teatro insertada en Hamlet o por la segunda parte del Quijote, cuyos personajes son lectores de la primera.
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Poe no es el único en haber sido víctima de lo que podría llamarse “promiscuidad dramática”; en Time After Time (Nicholas Meyer, 1979), H.G. Wells (encarnado por Malcolm McDowell) habría de viajar en su propia máquina del tiempo. En este filme, Wells tenía como enemigo no a los morlocks sino al propio Jack the Ripper (David Warner). Según el argumento de la cinta, Wells inventa una máquina del tiempo y, antes de atreverse a probarla, uno de sus amigos, que en secreto es Jack el Destripador, la aborda y se traslada a finales de los años setenta para reiniciar ahí su ola de crímenes, feliz por encontrar una sociedad más violenta que la originaria. Wells se entera de ello y persigue a Jack a la misma época.
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El escritor Brian Aldiss usó la “promiscuidad dramática” en una novela, Frankenstein Unbound (Frankenstein desencadenado, 1973), llevada al cine en 1990. Según el argumento, Mary Shelley (encarnada por Bridget Fonda en la versión fílmica) es uno de los personajes y vive en el mismo universo en que deambula su torturada criatura, el monstruo de Frankenstein. Dos décadas más tarde Aldiss escribió Dracula Unbound (Drácula desencadenado, 1991), otra novela basada en el mismo principio: uno de los personajes es Bram Stoker y éste se enfrenta con el conde Drácula.
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A todas luces, Aldiss dio con algo que es mucho más que un mero “recurso imaginativo”. Se trata, en efecto, de un principio, y casi de un arquetipo. Si los horizontes culturales de este escritor fueran otros, igualmente podría haber intentado un Don Quixote Unbound en el que Cervantes luchara al lado del caballero de la triste figura, o un Ulysses Unbound en donde Homero compartiera las cuitas de Ulises;[*] y si el resorte fundamental es una máquina del tiempo, acaso el propio James Joyce habría de abordarla para acompañar a Homero y Ulises en esa nueva odisea. Aldiss podría también imaginar a Melville al lado de Ahab persiguiendo a la ballena blanca, o a Stevenson ayudando a Jekyll a combatir a Hyde.
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Si ese principio fuera aceptado como arquetipo, o al menos como género, se hace muy posible imaginar toda una literatura (y un cine que de inmediato se alimentaría de ella con avidez). Así, qué diálogos espléndidos tendrían Victor Hugo y Quasimodo, o Flaubert y Madame Bovary, o Carroll y Alicia, o Nabokov y Lolita. Qué fascinantes encuentros serían los de Twain con Tom Sawyer, Mann con Gustav von Eschenbach, Cortázar con la Maga, Rulfo con Pedro Páramo o Fuentes con Aura. Las posibilidades serían infinitas: Wagner junto a Sigfrido, Wilde frente a Dorian Gray, Merimée cara a cara con Carmen, Perrault extraviado en el bosque de la bella durmiente, Balzac tomando café con Papá Goriot, Marguerite Yourcenar guiada por Adriano a los más oscuros rincones de la Roma imperial, Orson Welles deambulando por Xanadú, Ingmar Bergman jugando ajedrez con la Muerte.
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Resulta innegable que estos encuentros, en tanto arquetipos, se cubren con un carácter sagrado. Uno de esos milagros existe ya, plenamente realizado en el territorio del lenguaje, y es acaso el ejemplo más alto: se trata de aquel momento en que Jorge Luis Borges, convertido en su propio personaje, contempla el Aleph. Desde el lado de la convención literaria, en este relato publicado en 1949 el escritor argentino reúne sucesos autobiográficos a partir de una sutil codificación de “elementos simbólicos”. Pero esta es sólo una entre muchas aproximaciones posibles. Según otra de ellas, la visión total contenida en “El Aleph” (y ya incluso su mera posibilidad) elimina todas las fronteras convencionales. En ese texto fundacional se halla la suprema figura de un creador creado por su creación.
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Si la promiscuidad dramática fuera asumida por escritores y cineastas en tanto género, acaso en el último nivel se revelaría como promiscuidad mítica. En este proceso, tarde o temprano surgiría un Adam Unbound (esta última palabra equivale a desatado, desencadenado, liberado; debe acreditarse a Brian Aldiss haber elegido un término tan exacto). Es decir que en esa línea de extrapolación terminaría por aparecer la imagen suprema: la de Adán colaborando con Dios para crear el universo.
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Sin embargo, parece haber una cierta resistencia; si Aldiss insistiera en esa vena, el público lector se cansaría ya en la tercera novela basada en la misma “fórmula”. Aun si llegara a aceptarse como género a la “novela míticamente promiscua”, las revelaciones perderían atractivo incluso si se cambiara de protagonistas. ¿Pudor de la historia a ser asimilada a la ficción, o reticencia de secretos que no deben divulgarse? La promiscuidad mítica revela que, al correr el tiempo, la memoria colectiva vuelve a los autores tan hipotéticos o irreales como sus personajes, pero también prueba que lo que llamamos “realidad” no es sino una mera convención dramática.
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Coda. En una película muy temprana, Les Invisibles (Los invisibles), producida en 1906 por Pathé Frères y dirigida por el francés Gaston Velle, un hombre busca el secreto de la invisibilidad con objeto de cometer robos y se le ve consultar aplicadamente un cierto libro; para nuestra sorpresa, este último no es, como sería previsible, un tratado de física, un manual de química o un compendio de óptica, sino precisamente la novela The Invisible Man (El hombre invisible) de H.G. Wells, publicada con gran éxito apenas unos años antes, en 1897. Lo que no era más que un mero gag se revela, a una lectura atenta, como una metáfora atronadora y casi escalofriante.
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Basta relacionar esa propuesta con uno de los más antiguos textos judíos de comentarios a la Torá (la Biblia hebrea): el Midrash Rabbah (Gran Midrash o Midrash Múltiple). La parte de este documento llamada Bereshith Rabba, o Génesis Rabbá, redactada a principios del siglo V, contiene una asombrosa afirmación: “La Torá era a Dios, cuando Él creó el mundo, lo que el plano es a un arquitecto cuando erige un edificio”. El texto incluso asevera: “El mundo sólo fue creado a partir de la Torá, la cual, en verdad, existía antes de la creación; y si el Creador no hubiera previsto que Israel consentiría en recibir y difundir la Torá, la creación nunca hubiera sucedido” (versiones al español de Samuel Rapaport y Luis Vegas Montaner).
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Esto significa que la divinidad, antes de comenzar la creación del mundo, tuvo que consultar la Torá, para luego seguir paso a paso el Libro que era anterior y eterno, a la vez causa y efecto de la creación. Las implicaciones de esos pasajes colindan con el vértigo y el infinito. Antes de la creación del universo, Dios consulta un Libro que comienza describiéndolo creando el universo. El Libro es Dios y Dios es su propio personaje: el primerísimo acto de promiscuidad mítica que pueda jamás citarse, tiene como protagonista a la propia divinidad.
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La ecuación que el propio texto propone es incompleta, puesto que la Torá sería a Dios “lo que el plano es a un arquitecto”, si este último fuera anterior al plano. El vértigo se desata: el plano precede al arquitecto, y éste sólo existe para llevarlo a cabo punto a punto. Con objeto de evitar la regresión infinita (el plano debió haber tenido un autor, que debió haber seguido las indicaciones de un plano anterior...), el Bereshith Rabba comienza citando el Deuteronomio 4:32 para advertirnos que “Está prohibido inquirir qué existió antes de la creación, como Moisés claramente nos lo advierte”.
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Esta prohibición cobra un carácter revelador un poco más adelante: “El título de un rey terrestre precede a su nombre; por ejemplo, Emperador Augusto, etcétera. No era así la voluntad del Rey de Reyes; Él es sólo conocido como Dios después de crear los cielos y la tierra. Él no es mencionado como Dios antes de que creara”. La divinidad, pues, no tiene nombre anterior a la creación; y puesto que su nombre es el Verbo, carece de existencia antes de pronunciar el sagrado fiat (“Hágase”). Dios se crea a sí mismo cuando lee el Libro que lo precede y lo crea. Desde ese instante primigenio, toda promiscuidad mítica se baña de un sentido genésico y sagrado. En última instancia, el “principio” ficticio o literario que hemos mencionado no es otro que el que se enuncia en la frase “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”: a fin de cuentas, todo artista que mezcla lo real y lo ficticio manifiesta su profundo deseo de remontarse al origen.
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Desde un cierto punto de vista, la promiscuidad mítica prueba que la realidad es una convención dramática, lo que parecería un afantasmar el mundo; sin embargo, desde otro ángulo contiene la más elevada concreción: la metáfora del artista cuya obra máxima es sí mismo.
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Nota
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[*] En rigor, bien puede señalarse al propio Homero como el creador de la “promiscuidad dramática”: cuando Ulises regresa por fin a Ítaca luego de su larga ausencia, busca de inmediato a uno de sus hombres más sabios y fieles, el porquerizo Eumeo; se trata del único personaje de la Odisea a quien Homero se dirige en segunda persona, no sólo distinguiéndolo sino acaso señalándolo como su alter ego: aun en español, “Eumeo” es fonéticamente muy cercano a “Homero”. (Véase el capítulo “Los ardides de Nadie” de Libro de Nadie.)
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martes, 23 de diciembre de 2008

Los retratistas

DGD: Textiles-Serie blanca 4, 2008
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los retratistas beben la luz
como si cada gota fuera la última
y esta es la única certeza de que disponen
*
llenan sus casas de piedras y figuras
tallan, moldean, fijan
de nuevo son rupestres, góticos, surrealistas
almacenan grandes cantidades de instantáneas
en papel fotográfico
—porque todo papel es fotográfico—
en piel de basilisco
en hojas de espliego
con tiralíneas y sinalefas
y odómetros y puentes móviles
licuando, tañendo
con el ombligo ávido de fascinación
indignados
profundamente heridos de claroscuros
confesionales, rudos, postreros
lascivos, timoratos
siguiendo a las orugas
y acorralando a las salamandras
*
lo arriesgan todo a cada paso
y les gusta bordear el abismo
detectar minas explosivas y deshielos
meter la mano en los avisperos
cuidadosamente convertida en viento
*
desconfían
con cada poro abierto desconfían
saben que el mundo se mueve
y que el ojo está enseñado a estarse quieto
*
no hay arte del cazador que desconozcan
pero su presa es un espejo visto en sueños
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y así andan, desmoronados y vehementes
devorando sombras y sobreentendiendo fantasmas
perdidos en el ojo de la aguja perdida en el pajar
necios, diagonales, cronistas de lo imposible
lunáticos desorbitados, ufanos heresiarcas
con la cara hecha de reflejos
esperando siempre el reverso del miedo
y la lúbrica liturgia del instante
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pájaros marinos en una ciudad deshabitada
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[De Apuntes para un retrato de Alejandra, Departamento de Bellas Artes de Jalisco, Col. El Granado, Guadalajara, 1987. Edición agotada.]
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martes, 9 de diciembre de 2008

Virtualidades

DGD: Paisajes-Ciudad alienígena 14, 2003
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1. Bradbury: la elaborada intriga
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En la novela El vino del estío (1946) de Ray Bradbury aparece un personaje memorable, la señora Bentley, una ajada y marchita viuda de 72 años de edad que vive sola en la pequeña ciudad provinciana de Estados Unidos en donde Bradbury sitúa a la novela en 1929. Dos niñas vecinas suelen visitarla y un día la afable anciana les comenta que alguna vez ella también fue una niña. Las pequeñas se niegan a creerle, y tampoco que su nombre sea Helen: afirman que es la señora Bentley y que siempre ha tenido tanto la edad como el aspecto actuales.
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Para convencer a sus inconmovibles escuchas, la anciana les muestra los juguetes que utilizó en la infancia y hasta una fotografía que le tomaran a los siete años, entre otros objetos cuidadosamente conservados y catalogados por la mujer a lo largo de las décadas. Las niñas aducen que cualquiera puede conseguir objetos y fotografías como esos en cualquier parte; sólo podría convencerlas el testimonio directo de alguien que hubiera conocido a la señora Bentley desde la infancia, pero ella se ha mudado al pueblo cinco años atrás y nadie en los alrededores la conoció antes. La anciana dice a Jane, una de las niñas:
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—Tienes que creer en estas cosas. Algún día serás vieja como yo. La gente te dirá lo mismo: “Oh no”, dirán, “estos buitres no fueron nunca ruiseñores, estos búhos no fueron oropéndolas, estos loros no fueron canarios”. ¡Un día serás como yo!
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—¡No! ¡No! —dijeron las niñas.
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—¿Sí? —se preguntaron.
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—¡Esperad y veráis! —dijo la señora Bentley.
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Y en su interior pensó: “Oh Dios, los niños son niños, y las viejas son viejas, y nada los une. No pueden imaginar un cambio que no ven”.
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—Tu madre —dijo a Jane—. ¿No notaste, con los años, un cambio?
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—No —dijo Jane—. Es siempre la misma.[1]
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Estos diálogos llegan a ser tan firmes y repetitivos, que la señora Bentley termina por dudar:
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Se quedó despierta, muchas horas, entre sus baúles y chucherías. Miró las ordenadas pilas de materiales y juguetes y plumas de ópera, y dijo en voz alta:
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—¿Son realmente míos?
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¿O era aquello la elaborada intriga de una vieja que creía tener un pasado?
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A la mañana siguiente la anciana regala a las niñas los juguetes que ha conservado y les pide ayuda para quemar todas sus fotografías y documentos. A partir de entonces ya puede llevar con las pequeñas una relación sin suspicacias:
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—¿Cuántos años tiene usted, señora Bentley?
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—Setenta y dos.
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—¿Cuántos años tenía hace cincuenta años?
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—Setenta y dos.
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—¿Nunca fue joven, no es cierto, y nunca usó cintas y vestidos como estos?
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—No.
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—¿No tiene nombre?
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—Mi nombre es señora Bentley.
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—¿Y siempre vivió en esta casa?
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—Siempre.
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—¿Y nunca fue bonita?
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—Nunca.
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—¿Nunca en un millón de trillones de años?
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Las dos niñas se inclinaban hacia la vieja, y esperaban en el apretado silencio de las cuatro de
la tarde.
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—Nunca —decía la señora Bentley—, ni en un millón de trillones de años.
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¿En dónde está la identidad sino en la memoria? La señora Bentley se da cuenta de que sus recuerdos podrían en efecto parecer tan falsos —y que, de hecho, lo son— como las niñas los contemplan. Todos los objetos que minuciosamente ha atesorado por años representan un esfuerzo por conservar una identidad que de pronto se vuelve intriga. Las niñas dejan de considerarla una embustera cuando se vuelve Nadie, es decir, cuando por fin acepta que esa es su única identidad posible: la inalterable calidad de Nadie, que es siempre la misma.
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2. Beckett: la infinita soledad del único individuo
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Soy hombre: nada de lo que es humano me es extraño.
Terencio: El hombre que se
castiga a sí mismo, I, 1, 25
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En El innombrable (1953) de Samuel Beckett, la doliente voz narradora alcanza una iluminación: “Sólo yo soy hombre y todo lo demás es divino”.[2] Esta portentosa intuición podría enunciarse de otro modo: “Sólo yo soy Nadie y todo lo demás es Alguien”; sin embargo, aquí se encuentra un matiz que sitúa a esta afirmación en un nivel superior al que tendría, por ejemplo, decir: “Sólo yo soy nadie y todo lo demás es humano”. El narrador de esta novela es Nadie porque está exiliado del nivel divino, pero a la vez resulta “Más que Nadie” porque se halla en el nivel de lo humano, y no en el de la nada. Si “hombre” es una noción relativa y cambiante de acuerdo con el referente contra el que se establece, la afirmación del Innombrable se distingue por su simultaneidad entre dos referentes opuestos: la máxima soberbia luciferina y la más impensable humildad. El regusto soberbio procede del hecho de que este ser es único (“sólo yo soy hombre”), al tiempo que la divinidad es plural (“todo lo demás es divino”). Mas también existe una extrema humildad a partir del grado de exilio supremo que alcanza esta soledad innombrable.
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En la literatura mayoritaria, el sentido usual de soledad y de exilio se maneja respecto a inferioridades de nivel: así, numerosos personajes afirman “sólo yo soy hombre y todo lo demás es nada”; la superioridad es, así, un aislamiento sólo alimentado por la conciencia de tal superioridad. Sin embargo, la soledad del Innombrable es de signo inverso, puesto que para él la otredad —todo lo demás— es superior. En otras palabras, no se define contra lo diversamente inferior sino contra lo absolutamente superior, que sólo él puede contemplar. Hay en El innombrable, pues, el testimonio trágico de la humanidad contenida en un solo individuo, así como la pavorosa sugerencia de que los demás individuos, si los hay, son divinos sin saberlo. Porque podría no haber individuos, y justamente la individualidad sería lo humano; por tanto, el único individuo verdadero es este, que se da cuenta de que la ilusoria individualidad de los demás les impide ver su carácter divino: la diversidad.
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Lo trágico (contemplado por Beckett como cómico, o más bien como un juego viciado) estriba en que el único individuo verdadero, el único que podría testimoniar su excepcional carácter de humano, es individuo porque carece de divinidad; es radicalmente otro y, por tanto, desconoce el lenguaje a través del cual su testimonio podría ser escuchado. En la novela de Beckett ya no existe la noción de Nadie como una colectividad anónima, sino la infinita soledad del único individuo. Qué extraña relación dialéctica se establece entonces, puesto que lo divino no podría identificarse sin esa solitaria voz humana: sería luz sin oscuridad que la resalte y diferencie. Ante Dios, Nadie tiene acaso esa función: demarcar a la divinidad por comparación. Si lo divino es creativo por excelencia (y tal vez por necesidad), entonces el Innombrable ha sido creado para que exista una balanza y lo divino pueda existir en tanto noción contrapuesta a otra. La misión del Innombrable es trágica: se trata del supremo paria a quien se ha concedido la excepcional humanidad para que lo divino sepa que es divino.
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Esta anagnóris indirecta o reflejada (por así llamarla), se realiza, además, a través de las palabras. El Innombrable no es divino, sino el testimonio de la divinidad. Y justamente resulta innombrable porque, siendo el único individuo, es el único que carece de nombre —todo lo demás tiene nombre porque es divino. El innombrable es una paradójica lucha llevada a cabo en el terreno del lenguaje: el esfuerzo por decir, a través de quien no tiene nombre porque carece de divinidad, todos los nombres de lo numinoso. Nadie, el carente de nombre, pone nombre a Alguien. Acaso por ello, en el ciclo novelístico de Beckett, El innombrable precede a la última y más compleja de todas, Comment c’est.[3]
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Sin embargo, El innombrable guarda una sutil diferencia con las otras cinco novelas, en las que los narradores-protagonistas parecen sólo ellos tener realidad y estar rodeados por pesadillescos fantasmas. Esta diferencia se expresa de forma clara en los propios títulos de las novelas anteriores: todos sus protagonistas tienen nombre con excepción de éste, que es justamente innombrable. El conflicto del Innombrable es en esencia trágico, aunque su forma sea tragicómica, porque el sufrimiento del protagonista no tiene sentido, del mismo modo en que carece de coherencia el mundo en el que habita. Y, a diferencia de sus antecesores, esta voz narradora no basa tal conflicto en la dicotomía realidad-irrealidad, sino en humano-divino; estos son polos opuestos pero poseen la misma realidad. Mientras que Robbe-Grillet escribía que “las cosas son las cosas y el hombre sólo es el hombre”, el Innombrable beckettiano alcanza la máxima soberbia en la más desoladora humildad, que podría parafrasearse así: “las cosas, los nombres y los hombres son divinos y sólo yo soy Nadie, el único humano, el que les da su divinidad”.
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3. Broadcasting
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La palabra inglesa broadcasting resulta interesante. El adjetivo broad corresponde a ancho, extenso, amplio, general, claro, atrevido, esencial, comprensivo, abierto, como se nota en las expresiones in broad daylight (“en pleno día”) o on broad lines (“en grandes líneas”, “en líneas generales”). Por su parte, cast, en tanto sustantivo, significa lanzamiento, distancia, apariencia, matiz, naturaleza, disposición, jugada, cálculo; en cinematografía alude al reparto, así como en tecnología al molde y en matemáticas a la suma; refiere también a afectar totalidades, como se ve en las expresiones cast of features (conjunto de las facciones) o cast of mind (mentalidad).
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En tanto verbo, cast corresponde a lanzar, proyectar, emitir, dar, mirar (to cast a look, “echar una ojeada”), calcular, cambiar, vaciar, fundir, poner en duda (to cast doubt upon), buscar (to cast about for), deshacerse de un peso (to cast loose), arrojar luz sobre algo (to cast light on); en marítima es hacer virar una nave, volver sobre el curso o echar el ancla, e incluso naufragar (cast away), y en magia equivale a hechizar (to cast a spell), en la misma línea en que alude al poder de la mirada: to cast one’s eyes es mirar a alguien de forma especial, to cast the evil eye es arrojar una maldición, “aojar”, así como to cast out devils es exorcizar. Un castaway es un náufrago pero también un paria (outcast), al que asimismo se denomina castoff, persona o cosa desechada (o persona desechada como si fuera una cosa).
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De esta manera, la reunión de ambas poderosas palabras en broadcast significa, como sustantivo, emisión, y como verbo, radiar, transmitir, sembrar al voleo, propalar, difundir un rumor o una noticia. El sustantivo broadcasting es, pues, radiodifusión o transmisión televisiva, y se llama broadcasting station a una emisora.
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Los elementos están ahí, y apenas existe juego de palabras si se contempla a la persona como emisora. Lo que cada persona transmite es su personalidad y lo hace justamente como lo define la palabra broadcasting en su rica trama de significaciones: de modo ancho, abierto, extenso y general; su transmisión es (o debe ser) clara, atrevida, esencial, comprensible para todos. La personalidad es una apariencia lanzada a la distancia en todos sus matices, es la “naturaleza personal”, o más bien la disposición de la naturaleza de cada quien, el modo en que cada individuo dispone (adapta, configura) su naturaleza a través de una jugada, de un cálculo. Es un papel aprendido y es la transmisión de ese papel tanto como su inserción en el reparto general (como se habla de casting en cine y teatro).
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La personalidad es un rumor o una noticia que se transmite, se siembra. Esa transmisión depende de la mirada: entre tantos otros matices, cast significa vaciar. Se hace un vacío para luego llenarlo. Tener personalidad es irradiarla, deshacerse de ella como de un peso (to cast loose). Las miradas recíprocas arrojan luz unas sobre otras (to cast light on) y cada emisión genera en sí nuevas emisoras (en tecnología cast es molde y en matemáticas es la suma). Del mismo modo en que emitimos nuestras facciones (cast of features), irradiamos nuestra mentalidad (cast of mind). De ahí el poder sobreentendido que tienen los media —sobre todo en Estados Unidos—, que no sólo emiten la mentalidad de los tiempos sino la forma en que cada personalidad debe, a su vez, irradiar esa mentalidad.
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La convivencia de emisores humanos y la constante mirada de unos sobre otros (to cast one’s eyes) mantiene el hechizo (to cast a spell) e incluso arroja fuera de sí a todo lo que pudiera exorcizarlo (to cast out devils). La sociedad, en efecto, pronuncia una maldición (to cast the evil eye) sobre los castaway, los náufragos, los parias (outcasts), las personas desechadas como si fueran cosas (castoff), precisamente porque, al dejar de transmitir, al dejar de sostener el hechizo, se han vuelto Nadie, que para la sociedad equivale a cosa desechada.
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Notas
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[1] Ray Bradbury: Dandelion Wine (1946), Bantam Books, Nueva York, 1976. [El vino del estío, Hermes/Minotauro, México/Buenos Aires, 1987.]
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[2] Samuel Beckett: L’Innommable, Les Éditions de Minuit, París, 1953. [El innombrable, Lumen, Barcelona, 1966.]
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[3] Murphy (1938), Molloy (1951), Malone meurt (1952), Watt (1953), L’Innommable (1953), Comment c’est (1961).
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[De Libro de Nadie 2, en preparación.]

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viernes, 5 de diciembre de 2008

Otras virtualidades

DGD: Paisajes-Ciudad alienígena 16, 2003
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1. Rilke: sueño de Nadie bajo tantos párpados
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Cómo olvidar aquel humilde y altivo epitafio que en 1911 Rilke vio en la iglesia de Santa María Formosa en Venecia, sobre la tumba de un completo desconocido para la historia (en estos casos se antepone al nombre de estos Nadie el triste eufemismo “un tal”), Hermann Wilhelm o Hermanus Gulielmus, muerto en 1593. El epitafio contiene esta línea: “En vida viví para los demás; ahora, después de la muerte, no he perecido, sino que vivo en mármol frío para mí mismo”. Rilke lo mencionaría, estremecido, en la Primera elegía de Duino (1923), en donde agrega:
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Realmente es extraño ya no habitar la tierra,
no seguir practicando las costumbres apenas aprendidas,
no dar el significado de un porvenir humano a las rosas
y a tantas otras cosas llenas de promesas;
no seguir siendo lo que uno era
en unas manos infinitamente angustiadas
o incluso dejar de lado el propio nombre
como un juguete roto.
Es extraño no seguir deseando los deseos. Es extraño
ver ondear libre en el espacio todo lo que antes tenía sus propias
[relaciones.
Y el estar muerto es doloroso y tan lleno de recuperación
que sólo lentamente percibe uno algo de eternidad. Pero los vivos
cometen todo el error de diferenciar demasiado tajantemente.
Los ángeles (se dice) no sabrían a menudo
si andan entre los vivos o los muertos.
A través de ambas regiones la corriente eterna arrastra
[siempre consigo
a todas las edades, y acalla a ambas zonas.[1]
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Rilke escribiría su propio epitafio con la misma fuerza e idéntico sentido: “Oh, Rosa, pura contradicción / Deseo de no ser sueño de nadie / Bajo tantos párpados”. La palabra “extraño” se repite a lo largo de la literatura de Nadie, y a tal grado, que acaso Nadie se perfila justamente por eso, por su profunda, indoblegable extrañeza; lo atestigua Virginia Woolf en sus diarios:
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Casi todo me atrae. Sin embargo, se alberga en mí algún buscador infatigable. ¿Por qué no hay un descubrimiento de la vida? Algo para ponerle las manos encima y exclamar: “¿Es esto?” Mi depresión es un sentirme acosada. Estoy buscando: pero no, no es eso... no es eso. ¿Qué es entonces? ¿Tendré que morir sin haberlo encontrado? Y luego (como anoche, cuando atravesaba Russell Square) veo las montañas en el cielo: las grandes nubes, y la luna que se está alzando sobre Persia; tengo una grande, sorprendente impresión de que hay algo allí, ¿qué es “eso”? No es exactamente la belleza a lo que me refiero. Quiero decir que la cosa en sí basta: es satisfactoria; acabada. También una impresión de mi propia rareza, de la rareza de estar caminando sobre la tierra. También está ahí, la infinita extrañeza de la posición humana; estar atravesando Russell Square, con la luna ahí arriba y las nubes como montañas. Quién soy yo, qué soy, y todo el resto; preguntas que siempre flotan en torno: y de pronto doy de narices con algún hecho concreto —una carta, alguien— y vuelvo a ellos con un gran sentimiento de frescura. Y así continúa. Suelo toparme frecuentemente con este “eso”, y experimento entonces un gran reposo.[2]
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Innumerables personajes de la historia de la literatura viven para sí mismos en el mármol que los reviste en vida. Un lector angélico no sabría a qué “zona” pertenecen. En la Segunda elegía de Duino, Rilke define a este Nadie como un proceso de evaporación, de desgaste a través del sentimiento: “Porque nosotros, siempre que sentimos, nos evaporamos; / ay, nosotros nos exhalamos a nosotros mismos, / nos disipamos”. Como la piel de zapa imaginada por Balzac, el hombre se va haciendo Nadie, se va reduciendo, se va exhalando a sí mismo a medida que vive. Y, continúa la Segunda elegía, “Sólo nosotros pasamos / de largo sobre todas las cosas como un cambio / de vientos. Y todo se une para acallarnos, mitad / por vergüenza quizás, y mitad por esperanza indecible”.
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En la Séptima elegía, Rilke sugiere lo que hay de luz en la atracción por el abismo: “¡Oh, ya estar muerto, y conocerlas interminablemente, / todas las estrellas: pues cómo, cómo, cómo olvidarlas!” En la trascendencia de lo humano está el conocimiento, vedado al hombre por el simple hecho de haber nacido. Es por ello que
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Cada sorda vuelta del mundo tiene tales desheredados,
a quienes no pertenece ni lo anterior ni, todavía,
lo venidero. Pues aun lo venidero más cercano está lejos
de los hombres. Y esto no debe desconcertarnos, sino
fortalecernos en la conservación de la forma aun
reconocida. Esto estuvo en pie alguna vez entre
los hombres, estuvo en mitad del destino.
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Y ese destino no estuvo sólo en el principio de la raza sino en el de cada individuo: “No crean ustedes que el destino es más de lo que cupo / en la infancia”. Y de ahí acaso la diferenciación que se establece, en la Décima elegía, entre dolores comunes y sublimes:
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Que mi rostro fluido me haga más resplandeciente:
que el llanto imperceptible florezca. Oh, entonces, cómo
me serán queridas ustedes, noches de aflicción.
Cómo no me arrodillé más ante ustedes, hermanas
inconsolables, para recibirlas; cómo no me abandoné
a mí mismo, más suelto todavía, en su suelto cabello.
Nosotros, derrochadores de dolores.
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El hombre que pasa de largo como acallado por la eternidad, el que se va exhalando, el que en cada aliento se disipa un poco más, corresponde acaso al testimonio de una Creación inversa, es decir de una que va de más a menos. Quizás es ese el sentido de dos extraños versos del poeta español Claudio Rodríguez: “¿Quién hace menos creados / cada vez a los seres?”[3]
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2. Yourcenar: ser dios no tiene nada de único
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Pocos, muy pocos personajes llegan a la exclamación del emperador Adriano retratado en la eternidad por Marguerite Yourcenar:
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Yo era dios, sencillamente, porque era hombre. Los títulos divinos que Grecia me concedió después no hicieron más que proclamar lo que había comprobado mucho antes por mí mismo. Creo que hubiera podido sentirme dios en las prisiones de Domiciano o en el pozo de una mina. Si tengo la audacia de pretenderlo se debe a que ese sentimiento apenas me parece extraordinario, y no tiene nada de único. Otros lo sintieron, o lo sentirán en el futuro. [4]
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Por una vez, la divinidad humana no es vista como la contraparte ilusoria, la “idealización” de la fundamental insignificancia del hombre. A los 44 años de edad, Adriano ha alcanzado un punto en que “me sentía libre de impaciencia, seguro de mí, tan perfecto como mi naturaleza me lo permitía, eterno”. Etapa pasajera, es cierto, pero no menos real que ese saberse dios justamente porque ello no tiene nada de extraordinario ni se basa en una superioridad o una excepción, es decir, porque ser dios no tiene nada de único. Es la otra cara de Nadie que permanece insidiosamente oculta.
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3. Nadie, el intermediario
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En el panorama del poder sociopolítico, Nadie parece el oprimido y Alguien el opresor, mas ¿en qué sentido? En el siglo XV el imperio austriaco ostentaba la hegemonía en Europa, ya que continuaba la tradición del Imperio Romano de Occidente y se atribuía la “legitimidad histórica” del Sacro Romano Imperio Germánico. Los emperadores austriacos creían con absoluto convencimiento que eran los intermediarios entre Dios y los hombres, es decir, que el poder absoluto surgía de Dios, y que ese poder estaba reservado a los soberanos de la casa de Austria. Es una “fe” que no ha hecho sino reiterarse a lo largo de la historia.
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El término Kaiser, con el que se conoce a los emperadores de Austria, no es sino una deformación del nombre propio de Julio César, Iulius Cæsar. También procede de ese término latino el apelativo de los emperadores de Rusia, Zar. Un único linaje secreto identifica a los que se han creído intermediarios entre la divinidad y los humanos “comunes”, y han impuesto esa fe con sangre y fuego. Desde siempre, el poderoso se ha vestido con los ropajes de la “intermediación con lo divino”. Se alimenta, pues, de fe. Esa “fe” supone que estas personas son puentes entre Dios y los hombres para que éstos no se sientan tan solos, tan abandonados por el numen. Dios tiene un rebaño formado por pastores: son los elegidos, los discípulos, a quienes entrenará para ser a su vez pastores de la grey. Toda cracia, toda monarquía parte de ese principio inferido. La autoridad de los políticos o los líderes religiosos surge del mismo punto: bañarse del poder divino, representar en la tierra el orden celestial, transmitir a la grey el mensaje del pastor de pastores.
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Sin embargo, Nadie es el intermediario por antonomasia, puesto que sirve de comunicador entre dos Alguien. Para establecer el contacto, un intermediario debe perder los atributos que en sí tiene de uno y otro de los polos que habrán de usarlo, puesto que si los conservara no podría actuar justamente como intermediario. Los emperadores, dictadores, tiranos, y todas las cortes que los rodean en descendencia piramidal, ¿son individuos que borran tanto su humanidad como su divinidad? Puesto que conciben a Dios como el poder absoluto, y a la humanidad como la masa despojada de todo poder, su intermediación equivale a una voluntaria pérdida de todo lo que pudiera haber en ellos, tanto de divino como de humano. Sólo desdivinizados y deshumanizados pueden mediar entre lo “alto” y lo “bajo”. Este doble despojo los vuelve un Nadie insospechado, una figura que parece fascinar a los rapiñadores desde el origen mismo de lo humano.
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Esto se ve a cada minuto en el discurso político de la modernidad. Un arquitecto diseña casas y un médico atiende enfermedades, pero la función de un político, más que organizar o intermediar, es declarar. Un hombre de poder tiene un “proyecto”, que es justamente el que ha hecho que los ciudadanos le den ese poder; para explicarles ese proyecto, el “funcionario” debe estar en poder de su lenguaje; mas parece lo contrario: el lenguaje, o mejor dicho, un lenguaje muy especial, toma en su poder a los hombres de poder. Éstos dejan de hablar y comienzan a refinar una y otra vez su programa declarativo, que a su vez parece programarlos y unificarlos en una sola dirección.
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A través de la avalancha de frases huecas, el discurso político/económico del siglo XXI virtualiza el mundo y obliga a los ciudadanos a vivir en edificios de palabras falsas que los hacen perder su vida interior y servir a intereses ajenos. A cada momento el lenguaje de la cotidianidad extirpa hasta las últimas gotas de alma para sustituirla por valores funcionales. El poder somete a todos a un anonimato brutal: arrebata a cada uno el nombre y con él sus características profundas. El anonimato es la suprema invención de la Tierra Intermedia. Porque el poder depende de Nadie, y desaparecería si cada quien recuperara su nombre y su rostro.
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Notas
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[1] Rainer Maria Rilke: The Duino Elegies, The Hogarth Press, Londres, 1939, 1948. Eds.: J.B. Leishmann y Stephen Spender. [Elegías de Duino. Los sonetos a Orfeo, Cátedra, Madrid, 1987. Ed. y trad. de Eustaquio Barjau.]
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[2] Virginia Woolf: A Writer’s Diary (1953), Harvest Books, Fort Washington (Pennsylvania), 2003. [Diario de una escritora, Lumen, Barcelona, 1982.]
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[3] Claudio Rodríguez: “Don de la ebriedad” (1953), en Una antología, Conaculta-DGP, col. Práctica mortal, México, 2000.
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[4] Marguerite Yourcenar: Mémoires d’Hadrien (1951), Gallimard, coll. Folio, París, 1977. [Memorias de Adriano, Edhasa, Barcelona, 1997; trad. de Julio Cortázar.]
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[De Libro de Nadie 2, en preparación.]
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miércoles, 26 de noviembre de 2008

Umbrales

DGD: Frontispicio 8, 2001
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en el amor nada existe
sino el instante de los húmedos umbrales
al abrirse para dar y recibir
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se da y recibe sólo entonces
cuando el reclamo que siempre es el primero
ni antes ni después
ni en el deseo que busca posesiones
ni en la desposesión tras cruzar el umbral
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ni la promesa ni el cumplimiento
ni la declaración ni el embate
ni las palabras que convocan
ni los gemidos que deslavan
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el amor es el velo al descorrerse
el momento en que ya no hay distancia
pero aún no se requiere desaparecer
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cada vez todo comienza y termina
en ese punto en que los cuerpos
buscan acomodo en el silencio
después de la caricia que erosiona
y antes del acceso que devasta
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en el amor no hay sino umbrales
en el fugaz instante
en que se abren
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[Del poemario La raíz eléctrica, Conaculta-DGP, col. Práctica Mortal, México, 2006.]
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miércoles, 19 de noviembre de 2008

El Encore de Tokio de Keith Jarrett

DGD: Redes 8, 2008

a Rafael Castanedo, que puso en loop a Dios,
y a Claudio Isaac, que tanto colaboró
Ese consenso religioso según el cual Dios es una montaña de fuego que retruena hasta el corazón de los cielos, siempre me ha sonado un poco a Mago de Oz. Pura teatralidad. No. Dios debe ser algo más parecido al Encore de Tokio de Keith Jarrett. No el Deus Irae, y tampoco el Deus ex machina, no el trueno atemorizante, no la visión que calcina, sino la perfecta serenidad, la perfección matemática de la belleza, del simplemente estar ahí, sentado en el jardín del Edén, sin tiempo, sin carga, sin dolor, en el puro estar. Tampoco la euforia, el arrebato, la devastación por el éxtasis. No. Sólo la calma, la suavidad deliciosa del instante, sin el menor lastre pero también sin la menor distracción.
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Keith Jarrett, nacido en Allentown, Pennsylvania, en 1945, comenzó a los tres años a estudiar piano y a los siete dio su primer recital; diez años más tarde era capaz, como solista, de ofrecer un concierto de dos horas formado solamente con material propio. En 1972 inició sus giras de conciertos basados en improvisar de modo espontáneo sin mayor planeación anterior. Así nacieron discos tan importantes como Solo Concerts (1973), Köln Concert (1975) y el enorme Sun Bear Concerts (1976). Para sus seguidores, estos conciertos son monumentales en la historia de la música; sus detractores admiten que son inquietantes pero terminan por reducirlos, como dice uno de ellos, a “largos y demorados ejercicios de auto-indulgencia”.
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El álbum Sun Bear Concerts ha sido llamado “el ulterior ego trip” sobre todo por quienes no lo han escuchado. En su lanzamiento original era una enorme caja negra con diez pesados long plays de acetato, y con el arribo de la tecnología digital fue reducido a un pequeño estuche con seis compact discs. La longitud total es de más de siete horas continuas de aplicada y exacta creatividad; la pieza de menor duración es de 31 minutos; la más larga, de 43.
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Debe agradecerse a Manfred Eicher, productor de ECM Records, haber hecho caso a la petición de Jarrett de publicar todo el material en vez de sólo extractos, pese al poco atractivo que tendría en el mercado el elevado precio del álbum, puesto que —le dijo Jarrett— “la música funciona mejor como un todo coordinado”. Gracias a ello tenemos el registro completo de esa experiencia, incluidos los esenciales encores (hay tres en el álbum, los de Saporo, Nagoya y Tokio, de entre cuatro y diez minutos), que acaso no habrían sido incluidos en una versión sintética.
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El virtuosismo técnico que se manifiesta en este álbum ha llevado a algunos críticos a decir que en ciertos momentos parece que Jarrett tiene cuatro manos, sobre todo en los pasajes en que maneja simultáneamente varios temas musicales. Pero no basta la pericia técnica para explicar la calidad de este material; un crítico ha dicho metafóricamente que Jarrett “está transcribiendo palabras en música”; otro, que son “imágenes” las que traduce a sonidos.
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Sin embargo, no son ni palabras ni imágenes, sino algo situado a mitad de camino, y que todavía carece de nombre. Alguien ha sugerido la tesis de que el subconsciente de Jarrett está componiendo todo el tiempo (sin importar que el artista esté ante el piano, caminando por una calle sin la menor preocupación o incluso dormido), y que de esta manera “archiva” en la memoria una enorme magnitud musical para interpretarla a su debido tiempo. Puede ser, mas para mí su método consiste en sentarse ante el piano en el escenario, convocar algo muy parecido al silencio Zen y comenzar a traducir sus pensamientos, sensaciones, estados de ánimo: sus intuiciones, sí, pero también su flujo sanguíneo. La maestría de Jarrett es tal, que no resulta difícil imaginar que son sus dedos los que se encargan de la técnica, mientras que Jarrett, casi desatendido de ellos, simplemente se deja fluir. Más que música “creada”, lo que escuchamos es el proceso de creación en la interioridad del genio.
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¿Cómo puede hacer esto? ¿En qué modo es capaz de improvisar, entrar en estado de satori, por un lado dejarse fluir y por otro mantener la más alta perfección técnica mientras sabe que miles de personas lo están viendo y escuchando, y que además se está grabando el concierto para la Historia misma? Como pocos artistas, Jarrett transparenta el gran misterio de la creatividad. Otros músicos se amparan en un largo y solitario proceso de composición; cuentan con todo el tiempo del mundo para analizar cada nota en el papel, ensayar ante el piano, escribir poco a poco la obra que interpretarán en el escenario leyendo en la partitura. Lo que hace Jarrett es comparable a un escritor que llegara a un escenario sin mayor preparación, se plantara ante un micrófono e improvisara The Waste Land o El llano en llamas.
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La analogía tendría que añadir que ese escritor no sólo entra en otro estado de conciencia, sino que se mantiene en él por medio de ciertas palabras y su ritmo. Jarrett se conecta pero a la vez no se permite la menor distracción: mientras su mente profunda comienza a navegar, la conciencia queda en sus dedos y en la traducción cristalina y portentosa de lo que está viendo: de lo que está viviendo.
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No habría realmente exageración si afirmamos que todo su cuerpo se sumerge en el inconsciente con la sola excepción de sus manos (y de los pies en los pedales). Él mismo ha declarado, en una de sus más inefables afirmaciones desafiantes: “Tocar es lo menos importante, es el desecho, la actividad de ser musical”, es decir —escribe uno de sus críticos, el argentino Guillermo Bazzola— que “lo que habitualmente conocemos como ‘música’ no es más que el reflejo de una entidad ideal, el relato de una experiencia, de una vivencia espiritual”.
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Qué saludable sería aplicar el dictum de Jarrett a cualquier otro territorio del arte: el acento queda en la conexión, no en la técnica. ¿No se contradice esto con el hecho de que Jarrett ha llegado a cancelar conciertos si considera que el piano no es de la calidad adecuada? En ningún modo: la técnica es lo de menos, pero en sí debe ser lo más depurada posible. Sólo así, en la comparación, cobra su verdadero rostro aquello otro, sin nombre, que es lo de más.
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Es verdad que a veces sus viajes atraviesan atmósferas densas y hasta pesadillescas; ciertos pasajes se transforman a veces en un tam tam ritual, como en un diálogo con dioses antiguos. Sin embargo, Jarrett nunca se extravía, y aun en esos casos de gozo frenético, sus dedos traen hallazgos de este lado.
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Todo el material de Sun Bear Concerts, pues, fue improvisado sobre la marcha ante cinco públicos japoneses en las ciudades de Kioto, Osaka, Nagoya, Tokio y Saporo. Quienes luego de escuchar estos conciertos averiguan que todos ellos fueron improvisados, se sorprenden por la alta calidad del álbum, así como el hecho de que cada concierto tiene una personalidad distintiva. Y es que jamás la improvisación es en Jarrett un mecánico intercambio de recursos standard, o un simple llenar huecos entre dos inspiraciones momentáneas. Este músico es célebre por no reprimir exclamaciones de placer, sollozos o incluso aullidos sordos, que han quedado registrados en sus grabaciones en vivo. En los conciertos de Japón esa costumbre está casi ausente.
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Jarrett comenzó la gira el 5 de noviembre de 1976 en Kioto —ciudad tan recogida como es vociferante su opuesto fonético, Tokio—; en este concierto un elemento de gospel es notorio en las improvisaciones del artista. Más líricos y melancólicos son los de Osaka (noviembre 8) y Nagoya (noviembre 12), y más disonante y espeso el de Saporo (noviembre 18). Pero fue en Tokio en donde sucedió el milagro, el 14 de noviembre de 1976, y no en el concierto mismo, sino en una pieza no programada (es decir, doblemente no programada, puesto que el concierto era ya en sí improvisado) que el artista creó para agradecer el fervoroso aplauso de sus escuchas. Esto significa que el Encore estuvo a punto de no existir si otra hubiera sido la recepción del público (es sabido que Jarrett ha llegado a interrumpir conciertos si la gente habla o hace ruido).
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Sin duda fue una alquimia muy especial, una mezcla irrepetible. El territorio para la invocación se formó a partir de una combinatoria en la que intervinieron la específica naturaleza del largo concierto que había terminado, la receptividad del público, el estado espiritual del artista... (y aquí, con toda seriedad, habría que hacer una larga lista en que se incluyera no sólo lo que Jarrett comió ese día, sino la alineación de los planetas, las manchas solares, la carga eléctrica del aire, lo que llevaban los rayos cósmicos...). Lo cierto es que, luego de la ovación, Jarrett regresó al escenario, se sentó ante el piano y cuando se hizo el silencio comenzó un encore. Sólo que esta vez, en lugar de tocar, abrió la puerta del cielo durante exactamente ocho minutos.
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Acaso puede pensarse que la complejidad técnica del concierto que había dado extenuó sus recursos mentales más que en ninguna otra ocasión, es decir que ahí tradujo todos sus pensamientos. El concierto de Tokio había durado 75 minutos con una sola pausa. Cuando la ovación del público casi echó abajo el teatro, el artista que volvió al escenario para obsequiar a su audiencia con un surplus, ya lo había pensado todo: no le quedaba, pues, sino el sentimiento, la intuición pura. Lo que ofreció entonces fue una pequeña pieza despojada por completo de racionalidad. Esto no significa que el Encore no sea complejo, pero sí que, milagrosamente, contiene la complejidad de lo verdaderamente simple. Por una vez, Jarrett tradujo algo que va más allá del pensamiento —y que no lo necesita—: una receptividad (y aquí radica el milagro) que no depende de ninguna traducción.
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Muy pocas hechuras humanas pueden llamarse “perfectas”, y cuando se usa tal palabra ello se hace metafóricamente, como cuando Borges habla de La invención de Morel de Bioy Casares, o cuando Théophile Gautier se maravilla ante Las meninas de Velázquez. La perfección humana es algo complejo y enredado que debe pasar por todas las imperfecciones para que, de su suma, brote la gracia. Asombrosamente, por una vez en su vida (y por muchas otras vidas), Keith Jarrett lo consiguió: no fue devastado por el satori sino se acomodó en él como en una hamaca durante ocho minutos de gracia pura.
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El gran musicólogo, editor y cineasta Rafael Castanedo conoció Sun Bear Concerts hacia 1980 gracias al entonces muy joven cineasta Claudio Isaac, que veneraba los conciertos y quiso presentarlos a Castanedo a pesar de la repelencia de éste hacia el jazz y sus derivados. La puerta de entrada al disco y al pianista fue precisamente el parentesco más evidente del Encore con la música que Castanedo reverenciaba (Schubert, Grieg); Isaac se lo señaló como una obra impar, hipnótica y plena de maestría. Y aunque Castanedo solía decir que no consideraba al Encore de Tokio sino como una “musiquita”, es decir una pieza ligera, una “melodía” hermosa pero sin mayor complicación, lo grabó para escucharlo con frecuencia y además bajo una forma muy especial: grabado una y otra vez hasta llenar la longitud de una cinta de cassette por ambos lados.
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Fue de esa forma que Castanedo me lo dio a conocer, a través de una copia de su cinta. Para mí, pues, más que una “pieza repetida”, el Encore fue un continuo, un flujo, un loop, un Moebius sonoro. (No conozco obra musical que soporte un tratamiento semejante, y ciertamente no se halla en este caso ninguno de los conciertos de Japón, ni los otros dos encores, ni nada en el trabajo de Jarrett. Ciertos aires, ciertas canciones cumplen a veces una necesidad de repetición, pero son deslumbramientos pasajeros que terminan por cansar.)
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He escuchado el Encore así, durante años, y jamás se ha agotado en mi imaginación. Al contrario: cada vez es la primera y cada una aporta mayores hallazgos, mayor asombro, mayor delicia. Colocada la cinta en uno de esos aparatos que pueden programarse para reproducir una y otra vez sin que siquiera sea necesario voltear manualmente el cassette (o aún más, transportado a un CD con la orden de reproducirlo sin fin, en una hermosa sensación de eternidad y de infinito), el Encore se convierte en algo menos sucesivo que simultáneo, un estado de la conciencia, una androfanía y al mismo tiempo una teofanía.
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Acaso Jarrett compartiría esta certeza: sus conciertos han visitado todas las gamas y cada uno es una distinta apertura del genio, pero sólo el Encore es el diálogo del genio humano con el genio divino... “como un todo coordinado”.
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El Encore de Tokio, más que música, es un dejar paso a la gracia. Dios debe ser eso: una musiquita, no un tormentón sinfónico; una pieza ligera, no el bramido de los planetas chocando unos contra otros; una melodía sin otra complicación que el inmenso placer de conectarse con el universo y escucharlo fluir. Dios es un encore resultado de una ovación, de un instante colectivo de plenitud.
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Desde luego no es un caso único, y lo que hace es probar (por si a alguien hacen falta pruebas) que la música es la vía más profunda de que dispone el ser humano para sentir lo divino. Castanedo lo experimentaba con el Réquiem de Mozart; para mí, otro indudable punto de contacto es el Preludio de la Suite para cello número 5 de Bach, interpretado en el mismo centro del paraíso por Pablo Casals. ¿Qué singulariza a esta pequeña pieza de Jarrett? Acaso que nada parece singularizarla: Jarrett no está ante la zarza en llamas, sobrecogido por la gravedad infinita, sino se limita a juguetear desnudo entre la hierba, en plena gracia.
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Durante unos instantes privilegiados, John Keats fue el pajarillo que picoteaba en su ventana. Durante ocho minutos, Keith Jarrett fue la eternidad: la tersura de Dios.
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