lunes, 25 de febrero de 2013

Tradición y ruptura: el conflicto esencial. Apostillas (VIII: Herencia y exilio / Memoria y olvido)


DGD: Redes 194 (clonografía), 2012

(VIII) Herencia y exilio / Memoria y olvido

En el momento en que surge el tótem, las leyes de la herencia se transfiguran: el padre ya no sólo transmite a sus descendientes los bienes materiales sino también y sobre todo los valores inmateriales. El clasicismo inglés heredó ese antiguo concepto a través de la palabra memory. En el primero de sus sonetos, Shakespeare dice:

But as the riper should by time decease,
His tender heir might bear his memory:

[“y cuando el ser maduro decaiga por el tiempo
perpetúe su memoria su joven heredero”.]

To bear posee numerosos significados: soportar, llevar, tener, admitir, merecer, ejercer, pagar, dar, resistir, profesar, acompañar, consentir o tener paciencia; dos de ellos son muy pertinentes: dar a luz (bearing a child) y desempeñar un papel en algo (to bear a part); otros dos resultan aún más relevantes: tener presente (to bear in mind) y dirigirse hacia (the ship bore east). Bear his memory: es un lugar común el que el heredero porta y perpetúa la memoria de sus ancestros, pero en dos sentidos: uno, el literal, implica que los recuerda; otro, el metafórico, que los tiene presentes, y aún más, que va hacia ellos.

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Bellamente dice esto Lezama Lima en Paradiso: “Siempre vio en su familia cercana, su esposa y sus hijos, el único camino para llegar a la otra familia lejana, hechizada, sobrenatural”. Habla del tótem, que convierte a la familia cercana (endogamia) en camino para llegar a la otra familia, la humana (exogamia). Casi puede decirse que, antes de la aparición del tótem no existía la humanidad: lo que había era una familia, la “mía”, cuyos integrantes, sólo reconocidos como tales por la consanguinidad, eran los únicos que poseían derechos (a la vida, al placer, a la libertad, a la realización física y espiritual), es decir, era los únicos reales. Fuera de “mi” familia quedaban los “demás”, no sólo carentes de derechos sino de realidad. (Lezama Lima menciona en Paradiso “la tesis de la perfección de determinados familiares, a la que todas las familias creen pertenecer, otorgándole todos los dones, todas las esencias cualitativas”.)
          El tótem abre todos los encierros y por medio de un gran conjuro mágico (simbólico, metafórico) hace que cualquiera pueda y deba decir “mi” ya no respecto a sus parientes literalmente consanguíneos, sino a todos, con los que ahora está emparentado de manera metafórica —pero no menos real: incluso más real que antes—; ahora existe un nivel en el que ya no hay “los demás”; ahora todos son “míos”, en el sentido de que todos tienen los mismos derechos (ahí está la semilla; otra cosa es que sólo hasta la Revolución francesa se le ponga nombre y contenidos enunciados y enunciativos). Nace la humanidad como un conjunto de seres reales, como un flujo, un ritmo, un ciclo. Nace, pues, el tiempo (porque no hay otro tiempo que el tiempo humano: no hay otra significación). Antes del tótem había un estancamiento, un enrarecimiento análogo al encierro del clan endogámico; después del tótem hay tiempo. Aceptar el tiempo es aceptar el pasado (la memoria) y el futuro (la esperanza), pero es también aceptar un compromiso; los encierros sólo son responsables de mantenerse como tales, pero la apertura a la intemperie es ahora responsable de comprometerse con un pasado (la memoria, la experiencia acumulada y el aprendizaje que se desprende de ella) y a la vez con un futuro (la aplicación de ese aprendizaje que ya no es endogámico, es decir sólo hacia adentro de las “líneas de sangre”, sino exogámico, es decir hacia afuera en todas direcciones que abarcan ya no sólo a los seres humanos sino al universo entero, en líneas de sangre metafóricas. Porque la exogamia no se detiene, no puede ya detenerse, en los límites de la familia humana, sino que debe seguir adelante, siempre adelante (eso es el tiempo humano). El tótem convierte al hombre en un pariente directo de las estrellas (exogamia metafórica) pero también en consanguíneo de los insectos. El macro y el microcosmos están ligados por el mismo gran ciclo que la familia humana. La gran apertura se ha dado: lo humano es lo cósmico.

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Esta apertura es inaceptable, intolerable, para quienes requieren volver al nivel de la endogamia, a los encierros, a los congelamientos, a aquellas nociones de la literalidad que les permite considerar “inferior” a todo lo que se encuentra fuera de su torre de marfil literal. Así nace la manipulación del tótem. Si ya no puede darse marcha atrás, entonces se manipulará a lo metafórico hasta lograr que la endogamia sobreviva en islas de dominio. El gran ciclo, el gran péndulo, es congelado, y comienzan así todos los desgarramientos que la Historia con mayúscula registra; esto es, que la Historia recuerda, porque es la memoria la que ha sido manipulada, tanto como lo ha sido la memoria del futuro (la esperanza, la imaginación, el compromiso cósmico).

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En el nivel literal, memory es “el recuerdo” de una persona (de ahí los monumentos dedicados “a la memoria” de alguien); en el nivel simbólico, parece implicar el conjunto de recuerdos que formaron su historia individual y por tanto su identidad (Borges usa esta ambivalencia en uno de sus últimos textos mayores, “La memoria de Shakespeare”).
          Pero nadie puede entrar en disposición absoluta de ese acervo de forma literal, ni siquiera la persona que lo portó. Perpetuar la memoria de alguien no es entrar en posesión de esa biblioteca de recuerdos o episodios grabados, sino, en cierto modo, ser poseído por la identidad que tuvo ese nombre y esos recuerdos (la identidad que fue esos recuerdos).
          Y aún las identidades se van diluyendo a medida que pasan las generaciones. La memoria que se perpetúa es, entonces, la herencia totémica, la gran metáfora, la última tradición: la humanidad. De ahí que el más frecuente significado de la palabra tradición es memoria y que la ruptura es vista como olvido.

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“Los recuerdos son cosas fugaces. Se pueden falsificar, se pueden borrar, se pueden incluso poner en duda.” Tal vez en esta observación de Joseph Conrad en el cuento “El alma del guerrero” (“The Warrior’s Soul”, 1925) se encuentra la clave de la manipulación que se ha perpetrado sobre la memoria esencial.
          Acaso el motivo ulterior se nota en otro pasaje conradiano. En el prólogo a su novela El negro del Narciso (1897) Conrad dejó las famosas líneas que eran su declaración de principios literarios: “Por el poder de la palabra escrita hacerte oír, hacerte sentir [...] y, ante todo, hacerte ver. Eso, y no más, y eso lo es todo. Si lo consigo, encontrarás ahí, de acuerdo con tus carencias: ánimo, consuelo, miedo, encanto —todo lo que pides— y, tal vez, también, el vistazo de una verdad de la cual te habías olvidado”.
          Así la vierte al español la mayoría de los traductores. La última frase en el original reza: and, perhaps, also that glimpse of truth for which you have forgotten to ask. Traducir como “una verdad de la cual te habías olvidado” es correcto, pero el traductor ha evadido enfrentar la complejidad de “una verdad de la cual te habías olvidado de preguntar” (o de pedir). No son lo mismo una verdad olvidada y una verdad obliterada.
          En más de un sentido, la parte sustancial de la tradición ha corrido esta suerte a través de la manipulación: es una verdad que, sin haber caído en el olvido, deja de estar presente en la vida humana porque los individuos han olvidado la necesidad de formularla, de extrañarla (en el sentido de echarla de menos), de exigirla de vuelta en el reino del hombre.

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La tradición originaria consistía en abrir lo cerrado: el tótem era la aceptación de un flujo, es decir del tiempo. Esa tradición fue manipulada para aprovechar su impulso pero cerrarse de nuevo. Quien abraza al poder abraza a la inmovilidad: el torrente de la modernidad, su vértigo constante, es la contradictoria apariencia de una movilidad que es inmutable. Abrazar a esa movilidad inmutable equivale a abrazar a la inmovilidad; es el precio que se paga por lo que el poder ofrece: una apariencia de estabilidad, de seguridad, de permanencia, que contrarrestan el sentido individual de fugacidad. Las cosas se repiten siempre en el mismo ciclo, y para que éste no sea intolerable, a cada vuelta se le viste con diferentes vestimentas: para eso sirve la ruptura convencional.

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En uno de sus momentos de mayor lucidez, Oscar Wilde alude a este punto: “Los secretos de la vida y de la muerte pertenecen únicamente a aquellos a quienes afecta el terrible paso del tiempo y que poseen no sólo el pasado, sino el futuro, y pueden elevarse o caer desde un pasado de gloria o de oprobio”. La tradición manipulada por el poder tiende a que no afecte a la humanidad el paso del tiempo en virtud de una apariencia de orden, de inafectable repetición. El precio es desposeerse del pasado, lo cual implica también deshacerse del futuro.



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