martes, 25 de junio de 2013

Tradición y ruptura: el conflicto esencial. Apostillas (XX: Orden y símbolo / Moda y modernidad)


DGD: Redes 195 (clonografía), 2012

(XX) Orden y símbolo / Moda y modernidad

Uno de los vinos más caros del mundo, el Château Margaux (Francia) cuesta alrededor de tres mil dólares la botella. Quien paga este precio, como es usual en el capitalismo, está pagando no sólo el líquido sino el proceso, es decir, el sueldo de un ejército de personas: desde cosechadores hasta vinateros, desde capataces hasta contadores, desde publicistas hasta abogados. Pero está adquiriendo algo más: compra el nombre, es decir, tradición. El conocedor de vinos, como cualquier otro habitante de Occidente, sabe que lo humano es un orden que trata de imponerse a un caos universal, a una entropía imparable. Quiere sentir que a mitad de ese caos, en donde todo tiende a la destrucción, es posible volver a ese néctar que ha sobrevivido a todas las rupturas, a ese sabor inconfundible que ha sabido mantenerse incólume en el tiempo y que es capaz de mezclarse con otros sabores y en los mejores casos dar pie a toda una experiencia sensorial. Acaso la humanidad como tradición no es otra cosa: un romperla en todos los sentidos para que se refuerce sin cesar y haga posible los retornos, seguras las combinaciones, placentero el fugaz instante presente. La tradición es un orden simbólico.

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El orden simbólico que sustenta a la modernidad es el castrense.
          En el ejército se dan órdenes, y la orden fundamental detrás de todas las demás es “Ordena”. El orden es una orden. Lo lleva en el nombre. El ejército es la representación simbólica de cómo funciona el orden, de cómo se ejercita. Lo lleva en el nombre.
          De ahí que todas las sociedades imperialistas se construyen según el orden militar y la lógica castrense.

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Las órdenes no son sugerencias, propuestas o alternativas; no son consejos o invitaciones. El orden no se ofrece: se impone. No hay disyuntiva.
          Las órdenes se imponen lo mismo que el orden.
          La orden es “Ordena”, pero no en el sentido de ofrecer el orden o demostrarlo preferible, sino de imponerlo. Y cuál es el orden a ser impuesto lo define el discurso de la conveniencia.

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El discurso de la conveniencia “empuja” a la Historia por medio de crear contextos que dignifican o legitiman a todo aquello que, fuera de esos contextos específicos, sería llamado por su nombre: asesinato, genocidio, crueldad, violencia, injusticia, discriminación, sojuzgamiento brutal. Esos contextos son eminentemente retóricos, pero no se presentan como tales sino como “realidades tangibles” que son incluso “evidentes por sí mismas” (nacionalismo, patriotismo, nobleza, incluso democracia).

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En un orden absoluto no hay nada desordenado, nada que ordenar. El propio orden se ve obligado, para cumplir la orden, a desarreglar una parte de sí mismo con objeto de reordenarla. Cuando esto se cumple, esa parte se reintegra en el orden absoluto y entonces retorna el estado en el que no hay nada que ordenar, es decir, el estado en el que el orden no puede obedecer la orden ni tiene órdenes que dar (imponer).
          En ese estado, el orden pierde por completo el sentido y deja de verse a sí mismo. Lo soluciona desarreglando periódicamente no una sino varias partes de sí, y dotando a cada parte de la misma capacidad de parcial desarreglo periódico. La generación periódica de desórdenes permite que siempre haya en alguna parte un desorden para reordenar, y así garantiza la permanencia del orden y su sentido, puesto que le permite estar constantemente obedeciendo la orden y dado órdenes para ordenar.

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El orden absoluto no puede mirarse a sí mismo, no tiene tamaño ni dirección. Las partes de sí a las que desarregla se convierten en sus espejos. Mientras existe el desorden, el orden puede verse reflejado en todos esos espejos y obtener de ellos un solo sentido y una sola dirección.
          Mientras más espejos, más dimensional es la imagen que el orden obtiene de sí mismo. Si no hubiera más que un solo espejo, esa imagen sería torpe y unidimensional. Si no hubiera ningún espejo, todo se inmovilizaría.

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La tradición es un orden absoluto que crea a la ruptura relativa. Ella es su espejo, y también aquello que le permite ordenar.

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Y he aquí la paradoja: mientras más multidimensional es la imagen que el orden obtiene de sí mismo, ese orden es más unidimensional. La multiplicación de espejos y su torbellino de imágenes son usados para la ulterior inmovilidad. Dicho de otro modo: mientras más rupturas haya actuando aquí y allá, más solida, inmóvil y unidimensional es la “tradición”.

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El orden desordena partes de sí mismo para mirarse en esos “fuera de lugar” como si fueran espejos, pero a la vez diseña cuidadosamente los reflejos, es decir, la imagen de sí que obtiene gracias a la descolocación autoinferida. Esa imagen se llama modernidad y, específicamente, su nombre es moda.

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Aquello a lo que se llama “moda” no consiste en una “tendencia”, como suele promocionarse, sino en una sustitución. El valor de una moda no está en sí misma sino en el hecho de que sustituye a la anterior. Sólo por ello la moda es una industria. Sólo por ello puede hablarse del “espíritu de los tiempos” en la misma forma en que se habla de una institución.

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La celeridad con que una moda remplaza a la anterior es vista como ruptura de ésta. La mayoría de los individuos están ávidos por adoptar los nuevos comportamientos, vestuarios, utensilios, las nuevas formas de hablar, los nuevos estilos de pensar, apenas aparecen y a veces antes incluso de que se extiendan convertidos en “espíritu de los tiempos”. Pero no lo hacen por convencimiento ni por una verdadera identificación con esta nueva moda, sino por temor a ser calificados como démodé, anticuados, retrógrados, incapaces de “vivir su tiempo”.
          Pero la modernidad, convertida en un puñado de modas, no se vive: se consume. Es así como el presente termina por ser definido por las rupturas convencionales, por los consensos de corporaciones que necesitan renovarse cada día y no para apoyar a la “evolución humana” sino para que el mercado permanezca activo. Lo único a lo que estas corporaciones temen es a que el consumismo disminuya. La más impensable de las rupturas sería que la economía dejara de “empujar” a la Historia con mayúscula.

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Pero que nadie piense que estas maniobras de la modernidad son “recientes”. Un siglo antes de Cristo, el gran Lucrecio escribía: “Conforme el tiempo transcurre va cambiando el valor de las cosas; lo que era antes apreciado no merece ahora ninguna estimación; ha venido a ocupar su puesto algo distinto que antes era menospreciado a su vez, y ahora cada día con vehemencia mayor es de todos apetecido, y goza de gran reputación e inagotables alabanzas” (De rerum natura, V, 1841-1846). O como lo dice mejor la versión en endecasílabos de José Marchena (1918):

Cambia el tiempo la suerte de las cosas;
Lo que antes se estimaba, hoy se desprecia;
Lo que no se quería, vale ahora
Y se codicia más de día en día,
Y es el objeto digno de alabanzas,
Y tiene sumo aprecio entre los hombres.

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Lucrecio fue aún más profundo y visionario: “A mi ver, el mundo no es antiguo; apenas acaba de nacer: así vemos que algunas artes van progresando y principalmente la navegación, la cual es más próspera de día en día” (V, 460-465). O en la versión de Marchena:

Nuevo es empero el mundo según pienso,
En la infancia está aún, y muy reciente
Tiene la fecha: pues se perfeccionan
También algunas artes al presente,
Y ahora se inventan otras; se adelanta
En la navegación bastante ahora.

Nos parece que sólo la más remota antigüedad podía pensar que el mundo estaba recién nacido. Y sin embargo Lucrecio, en su presente, encara su remota antigüedad (tradición) y reconoce que mientras haya invención (ruptura) el mundo está en la infancia. Algo nos impide, en nuestro presente, llegar al mismo reconocimiento.

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Cuando un arte “progresa” se coloca a la vanguardia de las demás artes, puesto que ha sido una vanguardia la que lo ha hecho progresar. Acaso ya en las palabras mismas se encuentran los gérmenes de la manipulación. Basta pensar que “vanguardia” y “retaguardia” son términos eminentemente bélicos (el orden castrense). En el léxico militar, avant-garde es la parte más adelantada del ejército, la “primera línea” de avanzada en exploración y combate. No deja de ser extraño que en la primera guerra mundial muchos artistas (Apollinaire entre ellos) cumplieron ambas facetas: como soldados en las trincheras y como vanguardistas en sus respectivas disciplinas. Y en este último sentido era una guerra contra las tradiciones, es decir, contra el statu quo. Pero pronto la carga energética cambió.
          En 1974 Peter Bürger se apresuró a distinguir: por un lado están las vanguardias “auténticas” (las que rompen o distorsionan los sistemas más aceptados de representación); por otro, los movimientos que orientan sus innovaciones en la búsqueda de nuevas relaciones de poder. Una de las características de ambas vanguardias es el tocar los temas denominados “tabú”. La diferencia estriba en que en la vanguardia “auténtica” el tabú es atacado de frente, mientras que las vanguardias acomodaticias buscan nuevas formas de acción de esos tabúes. Es evidente cuál de ellas ha ganado: la que ha vuelto tabú a ciertos usos de la inteligencia, entre ellos a aquel que busque la relación profunda entre tradición y vanguardia.



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