lunes, 6 de febrero de 2017

Magritte: El imperio de las luces (IV)




Acaso lo que define a una imagen arquetípica es una sencillez infinita. Reunir al día y a la noche en un solo instante reviste una sencillez tan abismal que resulta inconcebible (como en todas las metáforas capitales) que sólo aparezca en la obra de Magritte. Ello prueba que no es una “idea”, al menos como se entiende comúnmente esta palabra aplicada a las artes plásticas, es decir como “ocurrencia” en el sentido de “ingeniosidad”, “agudeza”, “golpe de ingenio”; no puede concebirse sino como un suceso, una coordenada, un encuentro.
            La reunión de la noche y el día en una sola imagen no es una idea que se le “ocurrió” a alguien, sino un encuentro que sin duda ha ocurrido a todos los artistas plásticos (les ha sucedido de una u otra manera), y Magritte fue el encargado de singularizar esa experiencia extrema, es decir, de ponerla en una sola imagen. Una imagen que es absolutamente “única” sin contradecir el hecho de que se manifiesta en numerosos óleos a lo largo de la carrera de Magritte. Una imagen irrepetible en manifestación plural.
            Tan infinita es la sencillez de esa imagen como lo es la subversión que implica. Aparentemente apacible, ante ella toda la mentalidad binaria en que se basa Occidente estalla de un modo impensable justamente por su placidez: no hay ninguna catástrofe, ningún cataclismo apocalíptico, casi ninguna historia que contar. El día y la noche se funden sin confundirse, y lo mismo sucede con todos los campos semánticos relacionados: luz-oscuridad, fuego-hielo, vigilia-sueño, conciencia-inconsciente, cordura-locura, exterior-interior, e incluso masculino-femenino.
            Magritte mezcla sus temas, sus obsesiones, sus intuiciones, de formas siempre nuevas, en combinatorias nunca del todo satisfechas consigo mismas debido precisamente a la intensidad del desafío que el artista se impone en cada revisión. En Las barricadas misteriosas, al tema de El imperio de las luces se incorpora otra hermosa metáfora visual de Magritte, la del árbol-hoja.

Las barricadas misteriosas, 1961.

En este caso hay una sola casa con todas sus ventanas iluminadas que se reflejan en el estanque frontal, y detrás un seto vegetal a manera de cerco o límite. La sorpresiva presencia de un jinete, casi perdido en la vastedad del espacio, dota de un carácter muy especial a esta combinatoria.
            En El coro de la esfinge (1964) vuelve a verse el seto vegetal sobre el que flota una hoja que en sí es el mundo vegetal.

El coro de la esfinge, 1964.


Esta versión inconclusa de 1967 resulta elocuente debido justamente a haber sido abandonada por el artista.

El imperio de las luces, 1967.


Aquí no aparecen los árboles-hoja de Las barricadas misteriosas ni el estanque frontal, y el seto o barricada vegetal no tiene la parte superior cortada en línea recta (lo cual daba en Las barricadas misteriosas una sensación de algo artificial, como los setos podados de los jardines ingleses y franceses). A la vez, el jinete, que está apenas esbozado, provoca por ello mismo que se le perciba como a mitad de una tiniebla nocturna, o acaso —inquietantemente— afantasmado.


[Continúa.]

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1 comentario:

Ética Zapática ♥ dijo...

Hola, ¿qué tal Daniel? Recién leí una antología de poesía en donde sale un fragmento de un libro tuyo. Me gustó bastante. Me gustaría saber si existe alguna versión electrónica de aquel libro. Este es: Apuntes para un retrato de Alejandra. Gracias por leer :)