miércoles, 25 de enero de 2023

Postales: imagen hablante y vocablo icónico (IX)


 

 

Postales: imagen hablante y vocablo icónico (IX)

Entrevista con Daniel González Dueñas

Praxedis Razo

 

 

¿Se han dado colaboraciones, alguien descubre textos, o imágenes, pensando que te puedan interesar? ¿En qué sentido y hasta dónde lo has permitido?

            —Estoy siempre abierto a todo tipo de influencias, a la manera recomendada por Swedenborg y Baudelaire (las correspondencias) o Jung (la sincronicidad). Las postales han sido una gran experiencia en ese terreno, que es el de la disponibilidad (una palabra que gustaba mucho al poeta Roberto Juarroz). Ha sucedido con la imagen, y en unas pocas ocasiones con el texto: hay personas que me sugieren imágenes de cuando en cuando (sobre todo amigos que son diseñadores, fotógrafos o pintores), y algunas veces esos encuentros inesperados han reverberado en una postal.

            En algunos de estos casos ha sido difícil dar con el crédito correspondiente, puesto que ya conocemos esa condición de la red de difundir sin acreditar, ese extraño anonimato que parecería —pero es sólo una apariencia— dar la razón a Barthes en cuanto a la “muerte del autor”.

 

Sin embargo, en las postales tu nombre apenas aparece.

            —Al principio hice las postales sin firmarlas hasta que ciertos amigos me demostraron que alguien debía responsabilizarse por ellas. Elegí entonces las siglas, en homenaje al JEP de José Emilio Pacheco, puestas ahí con toda la discreción posible. Tomar en este sentido el papel de intermediario es una gran experiencia; esto abre el terreno a incesantes sorpresas.

 

Menciona alguna.

            —Una de ellas es, por ejemplo, el descubrir a posteriori que hay series internas en las postales que yo no había apreciado. Sucede con estas tres, hechas en tiempos muy distintos:

 


 

 


            El tema las acercaba de una u otra manera, pero no las había visto dialogar. Porchia establece que no veremos realmente los ojos de alguien si no vemos lo que mira; bajo esa luz los versos de Chesterton se vuelven sorprendentes, puesto que el poeta pide unos ojos milagrosos cuyo milagro sea el de ver sus propios ojos: nadie ve tampoco sus ojos puesto que estamos siempre sumergidos en lo que ellos miran. Y es entonces que en el poema de Pedro Salinas el lugar común “clavar la mirada” cobra una dimensión insospechada: en efecto, mirar es elegir un blanco hacia el que se dispara el alma-saeta, y entonces, en el clímax del amor, el poeta dice al ser amado: “lo que miras debe ser fascinante pero la flecha de mi alma no se clava en lo que miras sino en verte mirar: ese es el único milagro que me interesa”.

            Otro ejemplo de los ecos sorpresivos de las postales se halla en esta otra:



            Cuando vi el grabado original del arlequín lo asocié de inmediato con una luna dotada de rostro que había visto mucho antes en otro grabado antiguo, y a la vez recordé esa voz de Porchia.

            Cuando sobrepuse la luna al rostro del arlequín, me di cuenta de que era necesaria una segunda luna para completar la máscara; aquí se dio la primera sorpresa: misteriosamente, no parece una máscara sino el rostro “real” del personaje. La máscara, es decir lo que lo mantiene “anónimo”, es ulteriormente lo que lo singulariza y revela. De ese modo surgió la necesidad del equilibrio: coronar el bastón bufo (o slap stick, palmeta del “pastelazo”) con otro antiguo grabado, el sol.

            La sorpresa mayor se dio a través de una sensación muy curiosa: esa imagen parecía ya no ser un mero arlequín para convertirse en algo que en un determinado momento podría intuirse como una cierta versión del arcano del Tarot llamado El Loco. Era como si una imagen primordial emergiera en el fondo de una figura que parece “común”, y no como una excepción sino como una regla oculta. Intuir el proceso de esa manera implicaba una posibilidad fascinante: ver a toda imagen, y por lo tanto también a las postales, un poco a la manera en que vemos a las cartas del Tarot: arquetipos que se transparentan más o menos. La pregunta sería: ¿todo es oracular?, ¿cualquier imagen aislada por un encuadre posee esa grave solemnidad esotérica? En todo caso podría decirse tal vez que toda imagen podría revestir un carácter sagrado, de acuerdo al contexto y a la disponibilidad de quien la contempla.



En las cartas del Tarot hay ya un texto mínimo, que es el nombre del arcano.

            —Sí. Independientemente de los ilustres y secretos antecedentes del Tarot, o incluso de que creas o no que se trata de la versión icónica (la esencialización) de un antiquísimo y misterioso volumen de sabiduría esotérica: el Libro de Toth, como dicen algunos; según la tradición, Toth inventó la escritura, actuó como secretario en las reuniones de los dioses y más tarde se le identificó con Hermes Trismegisto, fundador de la alquimia. En el siglo XV circuló una leyenda según la cual la sociedad secreta que poseía el Libro de Toth vulgarizó un resumen de este Libro en una especie de fichero accesible a todos que no sería otro que la famosa baraja de naipes llamados Tarot.

            Sea como sea, esas imágenes han sido miradas con una atención muy especial durante siglos y se han ido cargando de un sentido sagrado (o si quieres, han ido revelando lo que contenían desde siempre). Quizás sólo sea una “impresión subjetiva”, pero acaso en toda imagen hay un atisbo a un lenguaje ulterior —lo que llamábamos esencialización—, o a la base arquetípica de los lenguajes de lo cotidiano. Quién sabe. Y ese quién sabe es el lema de las postales. No imponer nada, no imponerse nada: sólo alimentar la curiosidad, abrirse a las posibilidades escatimadas. Transparentarse.

 

*

 

[Continúa.]

 

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